jueves, 23 de octubre de 2008

MedStar: Intermezzo (II)

Por fin volvían a tener algo parecido a una cantina, y Den Dhur, reportero estrella de HoloRed, fue el segundo en la fila cuando las puertas abrieron. Habría sido el primero, pero, siendo un sullustano, su baja estatura y peso lo habían convencido de no molestar al bothano más grande delante de él.
Afortunadamente, los bothanos tienden a beber material simple, cervezas embotelladas y similares, de modo que Baloob, el camarero ortolano, pudo atenderle lo suficientemente rápido. Esa primera bebida era la importante; necesitabas que bajase rápidamente.
Den vio a doc Vondar unos lugares detrás de él, lo que no era exactamente una sorpresa. La cantina había sido últimamente el segundo hogar de Jos; si no estaba en la SO bombeando fluidos en algún paciente, estaba en una mesa en la taberna escasamente iluminada bombeándose fluidos a sí mismo. ¿Y quién podría culparlo? Su mejor compañero, el cirujano zabrak Zan Yant, había muerto sólo hace unos días. Den no era humano, pero emociones como el pesar y la pérdida eran bastante universales. No podías estar consciente y no sentirlos.
—Un reventador bantha, ¿no? —preguntó el ortolano. Limpió su sudorosa frente azul con un trapo anudado a su rechoncha cintura.
—Desde luego. Y tan pronto como puedas ver mi cara a través del vidrio, prepara otro.
—Ningún problema. No quiero tener que mirar tu cara más de lo necesario —dijo Baloob. Empezó a preparar la bebida mientras Den se dirigió hacia una pequeña mesa todavía vacía. Llamó a Jos por el camino.
—Hey, doc. Aquí.
Jos miró a Den como si nunca lo hubiera visto antes pero se volvió y caminó hacia él. Se movió como una criatura no-muerta en un holo de horror.
Pobre humano. Ésta es su primera guerra, y Zan Yant es el primer amigo real que ha perdido en ella. Den comprendió con algo de asombro que él ni siquiera podía recordar su primera guerra y el primer amigo que había visto matar. Todos se emborronaban juntos en un largo recuerdo de sangre y caos.
Un droide camarero pasó a su lado. Den le hizo una seña, captando su atención.
—Dile a Narizotas que haga otro reventador para mi amigo —dijo, señalando a Jos aproximándose.
—Por supuesto, señor —dijo el droide, y se dirigió hacia la barra.
Den volvió a sentarse y bebió a sorbos su bebida. No era doctor, pero sabía qué prescribir en este caso particular.

***

Barriss Offee entró en la cantina. Realmente no quería una bebida, y, como padawan Jedi, se suponía que de todas formas no debía beber. No era una prohibición, pero el Consejo no aprobaba que los miembros más jóvenes de la orden se emborrachasen. Barriss había ignorado esa pauta algunas veces; la última vez había sido hace una semana, cuando murió Zan Yant. Se había tomado varias jarras de cerveza, más para acompañar a Jos, Den y los otros que para ayudarse a sí misma a superar la tragedia. La Fuerza siempre estaba allí con ella para ayudarle a tratar tales cosas.
Ella también estaba cansada de su rotación en la unidad médica, y a veces estar alrededor de otras personas ayudaba a despejarse un poco. Aunque su entrenamiento como potencial Caballero Jedi le daba reservas de las que la mayoría de los seres carecían, cuidar de los heridos y los moribundos durante todo un turno era agotador, incluso con la ayuda de la Fuerza.
Barriss todavía se preguntaba por qué la Maestra Luminara Unduli la había enviado allí, a Drongar. La galaxia tenía más necesidad de Caballeros Jedi que doctores en la serie de enfrentamientos galácticos que habían llegado a ser conocidos como las Guerras Clon. Aunque ella no era técnicamente un caballero, teniendo que completar su entrenamiento todavía, seguía sin poder evitar sentir que sus talentos se estaban desaprovechando en ese lugar. Después de todo, ¿acaso no había ayudado a derrotar a las fuerzas de Dooku en la arena de Geonosis? ¿No había luchado codo con codo con los legendarios Kenobi y Skywalker en Ansion, y jugado allí un papel clave en la consecución de un tratado de paz? Aunque intentaba en la medida de lo posible aceptar la decisión de su Maestra con humildad y agradecimiento, y pese a la nobleza intrínseca del trabajo de curandera, todavía se sentía a veces frustrada bajo el yugo de su asignación a ese sitio.
Vio al reportero Den Dhur y al capitán Vondar sentados juntos, y como el pequeño sullustano le hacía una seña. Sonrió en respuesta.
—Buenas noches, Jedi Offee —dijo una voz de detrás de ella.
Se volvió para ver al droide de protocolo I-5YQ entrando en la cantina detrás de ella.
—I-Cinco. ¿Cómo estás? —parecía extraño estar preguntando a un droide por su salud, pero desde luego I-Cinco era un droide singular en muchos aspectos. La mayoría de la gente encontraba difícil, después de más de unos minutos de conversación, pensar en la unidad como un "ello"; el pronombre apropiado para I-Cinco era definitivamente "él". La personalidad contenida dentro de ese cerebro positrónico era demasiado individual para ser asexual.
—Ningún cambio sustancial para informar —explicó—. Todavía estoy trabajando en completar mi restauración de memoria.
—¿Algún progreso?
Él encogió los hombros de modo notablemente humano.
—Nada para lanzar cohetes. Estaba esperando descubrir que soy el gobernante depuesto de M4-78, pero hasta ahora no he tenido esa suerte.
Barriss sonrió. M4-78 era el planeta legendario de droides, datado supuestamente mucho antes de la Antigua República. El sentido del humor de I-Cinco —el mero hecho de que un droide pudiera tener sentido del humor— todavía le sorprendía en algunos momentos.
Ella señaló la mesa.
—¿Te importaría unirte a nosotros?

***

—¿Alguien ha visto a Klo últimamente? —preguntó Den a los asistentes. Normalmente estarían jugando al sabacc, pero todo el mundo estaba demasiado cansado como para concentrarse.
Tolk llegó a tiempo de oír la pregunta.
—Está hasta arriba de trabajo —dijo—. Tiene muchos pacientes infelices y apenados.
—Ya me imagino —dijo Jos, siendo cuidadoso de no dejar resbalar sus palabras. Tras el reventador, había seguido con un par de Frescas de Coruscant y estaba bastante bebido, pero no quiso dejar ver hasta qué punto estaba mal. Notó que Den le miraba.
—¿Qué? —preguntó, y quedó sorprendido de lo airado que sonaba.
—¿Has hablado ya con él?
—¿Con quién?
Den gesticuló, suavemente.
—Con Merit. Klo Merit, el Gran Tipo, el equani, ¿recuerdas? ¿Nuestro mentalista residente, el tipo que parchea psiques como tú parcheas cuerpos?
—¿Yo? —dijo Jos—. No —agitó su cabeza—. No.
Notó la expresión en la cara de Tolk y supo lo que quería decir, porque ya se lo había dicho tres o cuatro veces: Ve a ver al empático. Déjale ayudarte con esto. Ése es su trabajo, eso es lo que él hace.
Pero él no quería su ayuda. Dolía, cierto, pero debía doler. Por eso también rechazó la oferta de Barriss de ofrecerle consuelo a través de la Fuerza. Su amigo estaba muerto, y eso no era algo que un hombre pudiera —o debiera— dejar pasar encogiéndose de hombros.
Y no es que su muerte hubiera tenido mucho sentido. Zan había muerto por una planta. El ejército clon de la República estaba aquí en Drongar librando una guerra contra la fuerza droide Separatista por una sola razón: la bota, una rara planta que podía convertirse en una droga, una panacea, que servía de muchas cosas a muchas especies; podía usarse como antibiótico, antipirético, narcótico, o somnífero, dependiendo de la forma de vida a la que se administrase. La lista era larga, y seguía creciendo aún más conforme los científicos de la República experimentaban con varias variaciones de ella. Parecía tener pocos efectos secundarios, si es que tenía alguno. Era de verdad una droga milagrosa; pero la estructura celular de la bota era tan frágil que cualquier vibración más fuerte que el avance de un droide segador podría matarla. Eso usualmente impedía que las facciones belicosas se arrojaran la una a la otra algo que hiciera un estampido demasiado grande. Pero no siempre.
La bota crecía salvaje en los pantanos del continente del sur de Tanlassa, y la República y los Separatistas querían tanta de ella como pudieran conseguir. No tenía beneficios específicos para los seres mecánicos, pero las fuerzas del Conde Dooku no eran todo droides; había suficientes seres biológicos que podrían usar lo que la planta les ofrecía.
La ironía fundamental era que su lista aparentemente interminable de curas milagrosas se prohibió para su uso en Drongar. Se prohibió a Jos y a los otros doctores que usaran bota para ayudar a las mismas tropas que luchaban para protegerla; se conservaba para su uso en batallas más importantes en otros mundos. Zan había luchado contra esto, había ido hasta el extremo de tratar ilegalmente a varios pacientes con un destilado de la planta. Lástima que lo que lo había abatido había sido una de las pocas cosas que la fenomenal planta no podía curar.
El ensueño de Jos fue interrumpido por un sonido demasiado familiar, creciendo en la distancia. Alzó la mirada y vio que los otros estaban oyéndolo también. El zumbido penetró la ruidosa cantina, un sonido que todos conocían y todos odiaban: aeroambulancias.
—Comienza el espectáculo —dijo Jos, terminando su bebida.
Se dirigió fuera de la cantina, colocándose una máscara con filtro mientras el aire sofocante del mediodía drongarano le envolvía como la lengua de un rontu. Barriss y Tolk le siguieron. Vio a Leemoth y a otros cirujanos que se aproximan a sus kioscos. El camino de todos convergió en la plataforma de desembarco que también servía como área de diagnóstico. El primero de los transportes estaba aterrizando, con sus elevadores de repulsión levantando polvo y esporas, y Jos ya podía ver que iba a ser uno malo.

***

El coronel Vaetes agarró a Jos mientras se estaba colocando la bata y los guantes.
—La mesa seis es tuya —dijo—. Y será mejor que te des prisa.
Jos no cuestionó a su jefe. Después de todo, no le importaba. Corta, encola, sujeta con grapas, cose, un clon era igual que el siguiente. No significaba nada, daba igual; cosido uno, cosidos todos.
Pero cuando se acercaba a la mesa y miró al paciente, sintió un estremecimiento tan frío como si se hubiera sumergido en un campo criogénico.
¡Zan!
Entonces, cuando se acercó más, comprendió su error. Sí, el paciente era un varón zabrak, pero los tatuajes eran diferentes, aunque los cuernos seguían el mismo patrón. Era un error en el que caer fácilmente, dado su estado en los últimos días.
Su estremecimiento desapareció. Por supuesto que no era Zan. Él había visto el cuerpo de Zan. Estaba muerto, para siempre.
Tolk estaba colocando los instrumentos, y la enfermera de turno estaba conectando tensores, generadores de presión y lámparas de campo estéril cuando él llegó.
—No sabía que teníamos más personal zabrak —dijo.
—No lo tenemos —dijo Tolk—. Es un mercenario Separatista. Fue abatido detrás de nuestras líneas.
No había tenido ocasión de trabajar en ninguno desde la muerte de Zan. Una rápida ola de ira pasó sobre él.
—Que cualquier otro se ocupe de este —dijo.
Vaetes se enfrentó de nuevo a Jos.
—Nadie puede hacerlo. Tú eres el experto en la anatomía zabrak, Jos. El escáner de resonancia magnética muestra un pequeño trozo de metralla contra su plexo sub-esternal, un fragmento de otro en su duodécimo nervio circuncollar, y varios otros trozos de metal aquí y allá. Lo tenemos en inmobilina.
—Genial —dijo Jos, recordando los días en que trabajaba como residente quirúrgico en el Gran Zoo. Había tenido gran cantidad de pacientes zabrak, después de que el transporte de un grupo de visitantes hubiera chocado. Había ayudado en más de cuarenta cirugías en cinco días—. Será difícil. Si movemos el plexo aunque sea un poco, entrará en shock sistémico y morirá. Una molestia al CC-12, y vivirá, pero será sólo un trozo de carne del cuello para abajo.
Por eso le estaban administrando inmobilina, un paralizador; cualquier movimiento, por pequeño que fuera, podría ser desastroso.
Mientras hablaba, Jos oyó el sonido de otra aeroambulancia acercándose.
—Entonces será mejor que empieces —respondió Vaetes—. Vamos a necesitar la mesa. Pronto.
—Coronel… —comenzó Jos.
—Lo sé. Es un combatiente enemigo y ahora mismo no eres demasiado aficionado a ellos. Pero también es un oficial de alto rango, y la IR lo quiere vivo y hablando.
—La Inteligencia de la República, el mayor oxímoron que jamás haya habido, no es mi preocupación.
—No, pero la cirugía sí. Él es tu paciente; cuida de él, doctor Vondar.
Por los ojos del Creador, pensó Jos. Entró en el campo estéril, parpadeando cuando las luces antipatógenas brillaron sobre él.
—¿Escáner?
Tolk señaló a la enfermera de turno, que sostuvo la pantalla de datos con la imagen de la anatomía del herido zabrak en ella.
Esas bebidas estaban regresando para asustar a Jos. Ya era demasiado tarde para un trago de zumo anti-resaca. Incluso sereno, relajado, y descansado, esta clase de cosa era neurocirugía peliaguda, y estaba medio borracho, tenso, y exhausto. No apostaría un decicrédito contra el título de propiedad un crucero estelar de lujo por las oportunidades de supervivencia de este tipo.
—¿Un humano? —dijo una voz profunda y gutural—. ¿No podían encontrar un doctor de verdad?
El zabrak aparentemente todavía estaba despierto.
—¿Quién se encarga de la anestesia? —preguntó Jos-. ¿Por qué está hablando este paciente?
—Ni siquiera has empezado a rebanarme aún y ya has infringido las reglas, ¿eh, humano? Buena sorpresa, esta.
Jos apretó los dientes.
—Que alguien ponga a este paciente a dormir, por favor. Ahora.
—¿Qué pasa? —preguntó el zabrak—. ¿No tienes los nodos para matarme mientras te miro a los ojos?
Jos echó una feroz mirada al paciente herido.
—¿Crees que es una brillante idea fastidiar al cirujano de que está a punto de abrirte como un trikaloo del Día de Fiesta?
El zabrak sonrió con desprecio. Mucha gente podría no haber reconocido la expresión, pero Jos había vivido con Zan durante meses, y la conocía.
—Continúa y corta algo fatal, humano. Estarás haciéndome un favor. Si sobrevivo, tus estruja-cerebros me exprimirán como a una esponja de mar para sacarme lo que sé. Muerte rápida o tortura lenta, ¿qué escogerías?
—Nosotros no torturamos a los prisioneros.
El zabrak se rió. Le dolió al hacerlo, Jos podría asegurarlo. Mejor, pensó, y estaba sorprendido del feroz placer que sentía.
—No sales mucho, ¿verdad? —preguntó el zabrak.
Jos se concentró en su respiración. No dejes que te pueda.—¿Cómo te llamas, zabrak?
—¿Y a ti qué te importa, humano?
—Curiosidad, solamente. Después de todo, voy a estar abriéndote en unos minutos. Yo soy el doctor Jos Vondar, por cierto.
—¿Planeando leer mi epitafio?
Jos no pudo evitarlo.
—Quizá, si tengo suerte.
El zabrak consiguió reír de nuevo, aunque volvió a costarle bastante.
—Sar Omant —dijo—. En realidad, es coronel Sar Omant, de los Cuerpos Mercenarios Independientes. A tu servicio... desafortunadamente.
La anestesista se presentó por fin y plantó un parche dérmico en el cuello del coronel Omant.
—Lo siento, doctor Vondar —dijo—. Tenía que encontrar suficiente phyleol sódico para su peso.
Jos asintió. Por supuesto, la fisiología de un zabrak requería un anestésico especial. No es que tuvieran demasiado de ello por ahí tirado.
Los ojos del Zabrak empezaron a girar, poniéndose en blanco. Antes de que perdiera la consciencia, alcanzó a decir algunas palabras más:
Ioz noy jitat...—¿Qué fue eso? —preguntó Tolk—. ¿Una oración?
Jos rechinó sus dientes de nuevo.
—No. Una maldición.

***

Comenzando, Jos comprendió que iba a tener que hacer la cirugía en dos partes. El CC-12 era el más fácil de los dos procedimientos, en la medida en que tomaría sólo una hora a lo sumo terminar con ello. El plexo sub-esternal podría esperar; no mataría al Zabrak con tal de que fuera inmovilizado. Jos podría extraer el primer fragmento y, si no causaba más daños al nervio circuncollar, el paciente sería capaz de caminar, asumiendo que no muriera durante el segundo procedimiento.
Sería tan fácil meter la pata. Ni siquiera los mejores maestros cirujanos del Hospital de Coruscant podrían extraer un proyectil del tamaño de la punta del dedo pulgar de un área tan sensible como el plexo de un zabrak sin poner al paciente en shock sistémico. Nadie podría señalar con el dedo a Jos si Sar Omant no sobrevivía. Simplemente con empujarle ligeramente mientras sacas la esquirla, sólo con tirarle bruscamente de un cabello...O podría dañar el CC-12 un poco y paralizar al bastardo. Salvar su vida pero déjalo lisiado; era tentador, muy tentador. Después de todo, Zan estaba muerto debido a asesinos como este. De esa forma, Omant tendría tiempo suficiente para pensar sobre sus acciones. Y por lo menos habría un poco de justicia.
—Vibroescalpelo número dieciocho, por favor.
Ella tomó el asa del escalpelo en su mano enguantada. Al hacerlo, las luces parpadearon, apagándose y volviendo a encenderse.
—¿Qué? —dijo Jos, apartando su mano de la caja torácica del paciente.
—Es el generador —dijo alguien—. Probablemente las esporas se estén comiendo los platos armónicos.
¿Realmente se ha sorprendido alguien?, se preguntó Jos. Habían tenido que conseguir que la SO y sus aledaños funcionaran antes de que todos los generadores estuvieran en su sitio, y por consiguiente todo estaba constantemente al borde de la sobrecarga. Incluso el personal. Especialmente el personal.
—Tenemos algunos trombos en el pericardio secundario, doctor —dijo la anestesista—. El MEG muestra un aumento de fluido en el sub-corazón.
¡Mierda!, pensó Jos.
—Tendremos que drenar antes de extraer la esquirla.
Los zabraks tenían dos corazones, uno principal y uno secundario, y si uno empezaba a latir fuera de sincronización con el otro, la arritmia podría causar que los dos empezaran a fibrilar. Y eso probablemente habría matado a Omant antes de que el shock del plexo tuviera oportunidad de hacerlo.
—Abre una bandeja cardiaca —dijo Jos. Mientras su gente se volvió conseguir una, él echó una mirada alrededor de la gran sala. Todas las mesas de operación estaban llenas. Pudo ver a los droides celador, incluyendo a I-Cinco, empujando más camillas al otro lado de las claras puertas de transpariacero de la SO, en el vestíbulo. Y aunque comprendió con el corazón hundido lo lejos de ellos que aún estaban, oyó el gemido creciente de más aeroambulancias aproximarse.
Esto está durando demasiado. ¿Cuántos de los clones morirían mientras él estaba trabajando en este soldado enemigo?

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