Hutts 1, Bresallis 0
Rick D. Stuart
Brahle Logris masticó los últimos pedazos de su
pastel de especia fringi mientas observaba los primeros rayos del alba
deslizándose por los huecos entre los edificios que le rodeaban. Tomando un
último sorbo de brandy corelliano, dio unas palmaditas a su rifle bláster con
algo bastante cercano a afecto.
Ya no falta
mucho. El embajador Walads debería estar despertándose en estos momentos. Ha
estado practicando su discurso casi toda la noche, ¿verdad, embajador? Lástima
que nunca vaya a tener la oportunidad de pronunciarlo.
Otro sorbo de brandy. Ahora había movimiento en el
ático del otro lado. Un hombre desperezándose, preparándose para tratar
desesperadamente de llevar paz a ese rincón de la galaxia. Logris se colocó en
posición de disparo. Ahora podía verse la sombra de un hombre robusto, claramente
silueteada en los trazos del visor infrarrojo del asesino.
Eso es,
embajador. Ahora acérquese a la ventana. Es un buen día para un discurso ante
la asamblea Bresallis... vaya a mirarlo en persona.
Mientras su dedo incrementaba lentamente la presión
contra el gatillo del arma, un gemido amortiguado a su espalda interrumpió su
línea de pensamiento. Mirando por encima de su hombro con un gesto de fastidio,
Logris observó a la legítima ocupante de la habitación del hotel, que yacía
atada y amordazada en la cama junto a él.
-Me gustaría que dejaras de hacer eso, querida. Es
bastante molesto, ¿sabes? ¡Como si alguien pudiera escucharte! Así que, por
favor, cállate y déjame hacer mi trabajo. Cuanto antes termine, antes podrás
continuar con tu mañana.
En serio. Qué
gente. ¿Es que uno no puede dedicarse a sus cosas sin que todo el mundo trate
de interrumpirle a cada momento?
Volviendo a mirar a su objetivo, Logris se dio
cuenta de que en pocos minutos la luz ambiental sería suficiente para hacer
inútil su visor infrarrojo.
¡Ahí está!
El embajador Walads, con el cuerpo envuelto en un
amplio batín, estaba de pie tras las ventanas de su ático, con los brazos
abiertos mientras separaba las gruesas cortinas hacia los lados. Treinta y
siete metros al otro lado y 53 metros más abajo, un hombre al que jamás había
visto apretó el dedo sobre el gatillo, desencadenando eventos que segundos más
tarde acabarían con la vida del embajador.
Desde el cañón superior de su arma, un rayo blanco
azulado de energía altamente cargada salió disparado hacia fuera y hacia
arriba. Un microsegundo después de la ignición del rayo, detonó un segundo
disparo del cañón inferior del arma. Para los dos ocupantes de la habitación
547, los disparos fueron virtualmente simultáneos.
El rayo de energía producido en el primer disparo
golpeó la ventana del ático a tres centímetros de distancia del pecho del
embajador. En circunstancias normales, los polímeros reforzados con los que
seguridad había insistido en recubrir las ventanas habrían sido suficientes
para absorber el impacto sin causar daños a la persona que estuviera cerca. Sin
embargo, antes de ir al hotel Logris había modificado el convertidor de energía
de su arma. Como había previsto, aunque aún no era suficiente para causar un
daño directo, la energía adicional producida fue suficiente para abrir un
agujero en la lámina reforzada. A través de ese agujero, pasó a toda velocidad
un proyectil de aleación de plomo disparado por el segundo cañón del arma,
impactando en el embajador. Incluso esto, en circunstancias normales, podría no
haber sido suficiente para matar de inmediato al embajador. Pero, como el
asesino concienzudo que era, Logris había tomado la precaución de cubrir la
superficie del proyectil con un nuevo y totalmente letal veneno. Mientras
observaba cómo el embajador caía al suelo, Logris supo instintivamente que
había completado su trabajo.
Sus empleadores estarían complacidos.
Después de desmontar y embalar cuidadosamente su
arma, para depositarla junto con su disfraz de camarero en un atomizador de
basura cercano, Logris se detuvo y contempló por última vez a su reticente
rehén. Al ver el contenido de un estuche de cosméticos que yacía disperso a sus
pies, una sonrisa asomó a los labios de Logris. Tomando una barra de bermellón
del suelo, volvió a la ventana y, con grandes y gruesas letras, escribió un breve
epitafio para el embajador muerto: “Hutts 1, Bresallis 0”.
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