miércoles, 9 de abril de 2014

El (no tan) gran golpe de Hondo Ohnaka (y IV)


-¿Ha escuchado eso? –preguntó Tarfait-. Hemos salido del hiperespacio.
-Estoy seguro de que es pura rutina –dijo Hondo con un bostezo.
Casi lamentaba que su tiempo con sus compañeros de mesa estuviera a punto de terminar. Había pasado el tercer día sin preocuparse por los tenedores, sin permitir que las rabietas de Pelf alterasen sus nervios, sin diseccionar cada pregunta de Monchan en busca de insultos ocultos. En lugar de eso, había paseado por el Paseo Vista, había echado siestas, había contado historias de Porla el hutt, había cenado y había pedido muchas veces que le rellenaran la copa con brandy vasariano, el cual había resultado ser bastante de su agrado.
Y ahora todo estaba terminando, pensó, comprobando su cronómetro.
Hmm. De hecho, ya debía de haber comenzado a terminar.
Hondo se disculpó y se escabulló a la unidad sanitaria, donde un asistente con la librea del Marinero y aspecto sombrío estaba en su puesto junto al lavabo.
-¿Es que ya no existe el concepto de privacidad? –preguntó Hondo-. ¡Fuera!
-Es mi trabajo –protestó el asistente.
-¡Observa el milagro de los pulgares oponibles! ¡Eso significa que soy capaz de lavar mis propias manos y tomar yo mismo un mentolado cardelliano de la cestita!
Un chip de crédito voló por el aire y apresuró la partida del asistente, y Hondo sacó su comunicador... que aún conservaba un desagradable olorcillo a estómago de perro de pantano.
-¿Goru? ¿Por qué estáis tardando tanto?
-Las minas se han activado según lo planeado, jefe –dijo Goru-. Pero el capitán no nos deja subir a bordo. Creo que no nos cree.
-Si hay algo que no me gusta, es un escéptico. ¿Has seguido el guión?
-Bueno... se perdieron algunas páginas, así que Gwarm y yo improvisamos.
-¿Qué os he dicho acerca de improvisar?
Goru parecía alarmado.
-¡Jefe! ¡Se acercan las fuerzas del sector!
Hondo suspiró.
-Me llevaré a los prisioneros en una cápsula de escape.
-Pero la distracción...
-Oh, vuela un agujero en la nave.

***

Cuando el Marinero se estremeció, Hondo estaba preparado.
-Si eso no es un misil de impacto, yo soy un cachorro de bantha –dijo, terminando su brandy-. Síganme todos. Rápido y en silencio; no queremos que cunda el pánico.
Tarfait se puso en pie. Pelf jadeó y se llevó una mano a la boca. Monchan y Haffa intercambiaron una mirada de preocupación.
-No hay nada que temer, señores; que todo el mundo mantenga la calma mientras investigo –dijo al resto de pasajeros de primera clase, y luego bajó la voz-. Diríjanse a las cápsulas de escape de la escalera de estribor.
Para fastidio de Hondo, Pelf se agarró a su brazo, con los ojos abiertos de terror. Sintiendo su angustia, Higgs y Twiggs comenzaron a aullar.
Hondo pulsó el botón de apertura de la escotilla de la cápsula de escape. En la distancia, escuchó gritos y ruido de pasos.
-¡Señor Tarfait, sígame a la libertad! –dijo, agarrando al estupefacto gotal y lanzándolo al interior de la cápsula-. ¡Monchan! ¡Haffa! ¡Apresúrense!
-¿Eyectarnos en una zona de combate? –preguntó Monchan-. ¿Está usted loco? Yo voy a la sala segura de la Intersección Besh.
-Y yo –dijo Haffa.
-¡No hay tiempo para discutir! –dijo Hondo.
-Estoy de acuerdo –dijo Monchan-. Hasta la vista, Rosada.
-Tiene usted razón; llévese a la señorita Pachoola con usted –dijo Hondo.
-¿Esa lunática chillona? –dijo Monchan por encima de su hombro-. Es problema suyo.
-¡Quiero salir de esta nave! –gemía Pelf-. ¡Las mujeres y los niños primero!
-Pelf, mi tesoro de zafiro... –comenzó a decir Hondo, pero Pelf ya se había lanzado al interior de la cápsula.
Higgs y Twiggs comenzaron a ladrar. Dándose la vuelta, Hondo vio a Turk y Piit haciendo avanzar a empujones a los pasajeros, con las pistolas alzadas. Antes de que Hondo pudiera avisarles, esquivaron a Monchan y Haffa.
-¡No! ¡Detened a esos dos! –exclamó Hondo.
-¡No hay tiempo, jefe! –respondió Turk-. ¡El capitán ha repartido armas! Y la Patrulla del Sector acaba de salir del hiperespacio. ¡Corramos!
Turk y Piit pasaron junto a él y entraron en la ahora abarrotada cápsula de escape. Ceñudo, Hondo les siguió. Fume, con ojos salvajes, permaneció en el pasillo con Higgs y Twiggs.
-¡Pelf! –exclamó Hondo-. ¡Quédate con tu padre!
-¡NO! ¡PAPI! ¡NO ME DEJES!
-¡Dejadme salir! –se quejó Tarfait.
-¡Turk! –gritó Hondo-. ¡Pulsa el botón de eyección!
Un Fume frenético se abrió paso al interior de la cápsula. Hondo trató de empujarlo de nuevo al pasillo, sólo para conseguir que Higgs y Twiggs le tiraran al suelo y le impidieran levantarse, comenzando a lamerle la cara.
-Turk, pulsa el botón de eyección –dijo Hondo con un suspiro, activando su comunicador.
La cápsula salió despedida del Marinero de Salin, y luego comenzó a dar tumbos.
-¡Lo hemos conseguido! –exclamó Pelf con un chirrido estridente-. ¡Espero que Higgsie y Twiggsie no se mareen!
-Oh, no –dijo Hondo.

***

Hondo y Turk observaban cómo el carguero desaparecía en el cielo sobre Florrum. El capitán que había entregado el brandy vasariano había protestado poderosamente cuando se le ordenó que se llevase a Fume, Pelf y dos perros de pantano además de Tarfait, pero una impresionante cantidad de armas apuntando en su dirección habían detenido sus quejas.
-¿Cuántos créditos hemos pagado y cuánto tiempo hemos perdido a cambio de ocho cajas de grog? -preguntó Turk con disgusto.
-Bath... las matemáticas son para escolares y contables, no para aguerridos piratas como nosotros –dijo Hondo.
-El novio de la chica dijo que podíamos quedárnosla. El viejo dijo que preferiría morir antes que pagarnos. Los perros de pantano comían diez kilos de comida al día. Y el gotal mintió acerca de que tenía dinero.
-Eh, era bastante rico como para conseguirnos ocho cajas de grog –dijo Hondo-. Y además pudimos conseguir al señor Pachoola de que nos dejase este excelente abrigo.
-Me olvidaba de tus lujosas ropas –bufó Turk-. Supongo que entonces es un triunfo, después de todo.
-La diferencia entre tú y yo, Turk, es que yo soy un incansable optimista –dijo Hondo-. Hoy, Florrum... y este abrigo, y este grog. Mañana, ¡las estrellas!
-Eres un optimista porque no has tenido que trabajar en el servicio de limpieza. Ni limpiar vómito de perro de pantano.
-Trata de no vivir en el pasado, Turk –dijo Hondo-. No es bueno para el ánimo.

martes, 8 de abril de 2014

El (no tan) gran golpe de Hondo Ohnaka (III)


Hondo llegó cuando la comida estaba finalizando, con su atronador dolor de cabeza reducido a un apagado latido gracias a una siesta de media mañana y a una garrafa de caf. El salón de banquetes quedó en silencio cuando él entró, y el cuarteto perdió el compás. Luego la cháchara comenzó de nuevo y los músicos pasaron a interpretar un cálido vals. Ceñudo, Hondo avanzó silencioso a su asiento. Los Pachoolas estaban discutiendo sobre las invitaciones, mientras Higgs y Twiggs roncaban satisfechos en el pasillo.
-Ah, señor Rosada –dijo Monchan con una sonrisa que Hondo encontró ligeramente burlona-. Usk y yo estábamos hablando de problemas con los sindicatos. Sin duda un hombre de negocios educado como usted debe tener un interesante punto de vista acerca de la relación con sus empleados.
Hondo decidió dos cosas en ese mismo instante: No estaba de humor para que se burlaran de él, e iba a doblar el rescate pedido por Monchan y Haffa.
-Consiga un gundark –gruñó-. Lo mejor es una matriarca establecida; como en todas las culturas, son las peores. Agarre al alborotador con menos talento y arrójelo al foso con ella mientras todos los demás miran. Después de que le haya arrancado los brazos, las quejas cesarán por arte de magia.
-Habla usted metafóricamente, claro –dijo Dix Tarfait.
-Metáforas, bah... ¡Soy un hombre de acción! –dijo Hondo, dejando caer el puño sobre la mesa y haciendo saltar al exceso de tenedores.
El hosco gotal sonrió, mostrando sus dientes amarillos y planos.
-Distribuyo licores y otras bebidas alcohólicas... mi territorio comprende cinco sectores. Un gundark resultaría útil en las visitas comerciales.
La azafata apareció junto a Hondo.
-¡Señor Rosada! ¡Qué viaje tan ajetreado ha tenido hasta ahora, señor!
-¿Ajetreado? ¡Ja! Sólo trato de hacer las cosas interesantes.
-Hemos preparado una sorpresa; una exposición holográfica de pinturas saffa después del postre. ¡No sea tímido, señor Rosada! ¡En su formulario de inscripción dijo que era un experto en pinturas saffa!
Un camarero tropezó con uno de los perros de pantano, lanzando un tureen por los aires.
Monchan miró fijamente a Hondo.
-¿Pinturas saffa? ¿En serio? No parece esa clase de personas, señor Rosada.
-Oh, odio presumir. La humildad es una virtud; eso es lo que me enseñó mi madre.
-Estoy seguro –dijo Monchan. Susurró algo a Haffa, que sonrió maliciosamente.
Tres asistentes introdujeron terminales flotantes que mostraban cuadros brillantes, todos ellos con líneas y remolinos entrelazados y colores que hicieron que a Hondo le doliera aún más la cabeza.
-Ooh, qué bonito –dijo Pelf, echando un vistazo a los cuadros.
Hondo maldijo la razón que había traído las pinturas saffa a su cerebro cuando se enfrentaba a los espacios vacíos del cuestionario. Pero la cháchara sobre arte le recordó a un fastidioso filósofo nouanés que Sabo había secuestrado en un transporte de línea.
-¿Se le ha comido la lengua el perro de pantano, señor Rosada? –preguntó Monchan-. Por favor, ilumínenos acerca de lo que estamos observando.
Sabo había parecido perplejo cuando Hondo le explicó que la sofisticación al hablar no implicaba que una persona tuviera siquiera dos créditos que echarse al bolsillo, y la palabrería del filósofo había resultado ser tan molesta que realmente acabó en el pozo del gundark. ¿Pero cómo se llamaba? Hondo no podía recordarlo.
-¿Señor Rosada? –insistió Monchan-. Le he preguntado si reconoce la época de esta pintura saffa.
Hondo decidió triplicar el rescate de Monchan.
-Su pregunta, señor Monchan, revela la diferencia entre mirar al arte y entenderlo –dijo Hondo, aclarándose la garganta-. ¿De qué época es? ¿Con qué medios está hecho? ¡Esos pequeños y aburridos datos no son conocimiento, ni sabiduría! ¡Sólo son ruido! ¡Y eso es lo opuesto al aprecio! Pelf, mire este cuadro. Dígame lo que ve, mi adorable pastelito azul.
-Hmm, ¿es rojo? ¡Rojo y verde y ondulado! ¿Es un deek-paneek que sale a nadar?
-¡Ja! Ahí lo tiene, Monchan. Eso es sensibilidad artística; no su búsqueda carroñera de datos. Me pidió que le describiera las pinturas saffa, y no puedo... ¡porque nadie puede! Pero me temo que las pinturas saffa han hecho un gran trabajo describiéndole a usted.
Monchan miró a Hondo y parpadeó, y el pirata cruzó sus brazos y se recostó en su asiento, sonriendo.
Entonce Pelf comenzó a gritar, con el brazo extendido y un gesto horrorizado en su rostro.
-¿Qué es eso? –graznó, señalando a una mujer al otro lado de la sala con un complejo vestido naranja que a Hondo le recordó una flor carnívora nocturna de Forlonis Menor.
-Vaya, señorita Pachoola, esa es la aprendiz de repostería del Marinero –dijo la azafata-. Simplemente está trayendo el nuevo carrito de los postres.
-¡PAPI! –protestó Pelf-. ¡SU VESTIDO! ¡ES EL MISMO VESTIDO DE LAS DAMAS DE HONOR!
La manga del abrigo bermellón de Fume quedó instantáneamente empapada de lágrimas. Susurró algo para consolar a su hija.
-¡NO, NADA IRÁ BIEN! ¡UNA REPOSTERA EN UN CRUCERO DE TERCERA LLEVA EL MISMO VESTIDO QUE MIS DAMAS DE HONOR!
-Aprendiz de repostera –dijo Hondo servicialmente, haciendo un gesto para pedir un brandy.
-¡HAZ QUE PARE, PAPI! ¡HAS QUE SE VAYA PARA SIEMPRE!
Higgs y Twiggs se despertaron y comenzaron a aullar. Hondo se tapó un oído con un dedo y se inclinó sobre la mesa hacia Dix Tarfait.
-Distribuidor de licores, ¿eh?

***

Con Pelf todavía sumida en su aflicción, Hondo se ofreció voluntario para llevar a Higgs y Twiggs a dar su paseo vespertino habitual por el Paseo Vista. Los perros de pantano alternaban entre olisquear cosas y saltar sobre Hondo, que se defendía de ellos con imprecaciones en hutés mientras esperaba a que llegase el sobrecargo.
Hondo decidió no secuestrar a Pelf; sólo pensar en ella gritando en una celda de Florrum hacía que volviera a dolerle la cabeza. Pero Tarfait sería un buen sustituto. Un distribuidor de licores, un aristócrata wrooniano, un magnate de la HoloRed y un importante terrateniente... sí, esos cuatro servirían perfectamente. Si tan sólo ese idiota del sobrecargo moviera el culo y...
-¿Señor Rosada? –preguntó un joven humano con gafas y la librea del Marinero-. Tengo entendido que su compañía animal necesita un emético.
-Urgentemente –dijo Hondo, tomando el vial y pasándole un crédito al sobrecargo-. ¡Siempre comiendo cosas que no deben! Higgs, pilluelo... ¿no te dije que la tripita te metería en líos?
No estaba seguro de cómo convencer a un perro de pantano kobariano para que se tomase la medicina, pero las dos bestias vieron el vial y comenzaron a ladrar ansiosamente. Hondo trató de recordar cuál era Higgs y cuál era Twiggs, y finalmente se rindió dejando caer los brazos.
-¿Acaso soy veterinario? –preguntó, abriendo el vial y vaciándolo en el suelo.
Higgs y Twiggs lamieron el emético, luego menearon sus colas y relamieron los restos. Nada ocurrió durante cerca de un minuto, pero entonces los dos perros de pantano dejaron de menear sus rabos, mostrando un aspecto más perplejo de lo habitual. Un momento después, Hondo se había apartado tanto como le permitían las correas, mientras los demás pasajeros huían del Paseo Vista como si una banda de esclavistas de Merson acabara de atravesar los ventanales.
Hondo abrió uno de sus ojos llorosos lo suficiente para ver su comunicador brillando en medio de la masa regurgitada por Higgs y Twiggs, que inclinaban avergonzados sus cabezas. Dio un paso adelante, agitando una mano ante él, y luego comenzó a sentir arcadas.
-¿Qué os da de comer esa gente? –dijo Hondo entre jadeos-. ¿Codillo de mynock marinado en lubricante para deslizadores?
Estaba claro: Fume y sus valiosos perros de pantano también iban a quedarse atrás. Los fluidos digestivos de Higgs y Twiggs podrían dejar inhabitable medio Florrum.
Hondo vio al sobrecargo de aspecto horrorizado al otro lado del Paseo Vista, planeando su retirada.
-¡No se quede ahí como un nerf atontado! –exclamó, chasqueando los dedos-. ¡Llame al servicio de limpieza!

lunes, 7 de abril de 2014

El (no tan) gran golpe de Hondo Ohnaka (II)


A la mañana siguiente, con su camarote dando vueltas, Hondo se dirigió tambaleándose a la bañera de la unidad sanitaria, donde tras un breve debate decidió no ahogarse. Se vistió con su jubón de terciopelo verde, buscó sin mucho entusiasmo su monóculo desaparecido, y avanzó vacilante al Paseo Vista del Marinero, encogiéndose de dolor con cada saludo de los diversos sirvientes, dolorosamente ensordecedores para su gusto.
Al otro lado de los ventanales, el brillo del hiperespacio era mareante. Se aseguró de que estaba solo y extrajo su combinación de comunicador y localizador. El dispositivo era tecnología punta, diseñado para enviar una señal encriptada a Goru y a las naves que les seguían.
Goru respondió de inmediato, y a un volumen deplorable.
-Más alto... puede que en Coruscant no te hayan escuchado –dijo Hondo-. Detendremos la nave mañana por la noche... después de cenar, por supuesto. ¿Están las minas de masa listas para el despliegue?
-Sí, jefe –dijo Goru, con voz más baja esta vez-. Sacarán la nave fuera del hiperespacio. Pero estamos teniendo problemas para encontrar uniformes médicos adecuados.
Hondo suspiró.
-¿Uniformes? ¿Para qué necesitáis uniformes? ¡Una vez que estéis dentro de la nave podréis comportaros como piratas! Pinta una de las lanzaderas de ataque con los colores de una nave de respuesta a emergencias y memoriza el guión que te di. Ya sabes, el que hablaba de la cuarentena en Phindar. ¿Goru? ¿Me estás escuchando?
-Podríamos limitarnos a abrir un agujero en la nave –dijo Goru con aire lastimero.
Hondo suspiró y se apoyó contra el ventanal, pensando en descansar la vista un momento. Entonces algo le golpeó en el pecho, haciendo que se tambalease hacia atrás cruzándose en el camino de una matrona ruebeqni de carnes exuberantes, que graznó asustada.
-¡HIGGSIE! ¡HIGGSIE MALO!
-¡Por el azadón de Am-Shak! ¿Qué demonios es esto? –exclamó Hondo, mientras el perro de pantano kobariano volvía a saltar sobre él, con la correa colgando inútil tras él. El comunicador de Hondo salió despedido de su mano y Higgs lo atrapó en el aire mientras Hondo caía sobre su espalda.
-¡Higgsie! ¡Siéntate ahora mismo! –ordenó Pelf.
Higgs ladró y se sentó obedientemente sobre sus patas traseras, mientras Twiggs comenzaba a dar grandes lametones al rostro de Hondo.
-¡Twiggie! ¡Siéntate! –dijo Pelf-. ¡Los pequeños se alegran de verle, señor Rosada! ¡Y yo también! ¡Estuvo tan divertido anoche! ¡Todo el rato pellizcándome las mejillas y diciendo que estaba preciosa!
Hondo se levantó agitado, ofreciendo una mirada asesina a Higgs, el devorador de comunicadores.
-Bueno, es que lo es usted, mi pequeño bollito azul.
Pelf soltó una risita nerviosa y recriminó a Hondo meneando el dedo índice.
-¡Dijo que quería secuestrarme y mantenerme cautiva para pedir un rescate! ¡No creo que a mi prometido le gustara mucho eso, señor Rosada!
-Ah –dijo Hondo-. Je. No debería hacer caso a las conversaciones de sobremesa; se le pueden subir a su preciosa cabeza cerúlea.
-¡En los postres anunció que adoraba a toda la mesa y que planeaba secuestrarnos a todos! -dijo Pelf-. Eso fue antes de que decidiera que era hora de hablar con la banda.
-¿Hablar con la banda? –preguntó Hondo.
-¡Oh, sí! Proclamó que si tenía que soportar otro aburrido minueto, se apoderaría del timón y nos llevaría directamente al sol más cercano. Luego lanzó una pila de chips de crédito a la banda y les ordenó que no tocasen otra cosa que scrack y smazzo. ¡Nunca dijo que supiera bailar, señor Rosada!
-Solían decirme que no era nada malo meneando el esqueleto –dijo Hondo, acercándose con aire casual a Higgs para darle un tentativo golpe en las costillas.
-¡Ya le digo! Fue todo un espectáculo... bueno, al menos hasta que catapultó a la Dama Malitikis contra el carrito del postre. Pero el cirujano dice que su hombro quedará como nuevo.
Higgs, cansado de recibir golpes de Hondo, gruñó.
-Tranquilo, Señor Rosada... ¡Higgsie no es un tambor! –dijo Pelf-. Bueno, tengo que elegir los aperitivos de la fiesta. ¡Le veo en la comida!

viernes, 4 de abril de 2014

El (no tan) gran golpe de Hondo Ohnaka (I)

El (no tan) gran golpe de Hondo Ohnaka
Jason Fry

Era un día de verano en Florrum, lo que significaba que las llanuras ardían, los generadores estaban sobrecargados, y el último lugar donde Hondo Ohnaka quería estar era una oficina desastrosa repleta de desaseados piratas weequay. Y, para colmo, el holoproyector se negaba a funcionar por muchas veces que el jefe pirata lo golpeara con su puño.
-Amo, le está dando al botón de apagado –protestó 4A-2R, intentando abrirse paso entre la curtida piel de Finn, Tegotash y Goru. Tegotash, molesto, empujó al droide de protocolo con ojos de insecto contra Goru, y este amenazó al desafortunado autómata con un desensamblaje inmediato.
-Cuatro-a, en cuanto termines de molestar a los caballeros hablaremos de negocios –dijo Hondo.
Uno de los golpes de Hondo impactó en el interruptor de encendido, y los piratas emitieron sonidos de apreciación al ver el crucero brillante con morro afilado que ahora flotaba en el aire sobre el escritorio.
-Nuestro objetivo es el Marinero de Salin, que viaja de Lianna a Botajef –dijo Hondo-. Un crucero C-Uno con dieciocho pasajeros en primera clase, disfrutando de la mejor hospitalidad que Excursiones Salin puede ofrecer.
Hondo se levantó las gafas y sonrió.
-¡Oh, qué vistas contemplarán en el fabuloso Salin! ¡Los Rápidos de Fuego de Mazuma! ¡El Enjambre de Cometas de Carpastor! ¡Y como colofón, unos pocos afortunados visitarán las llanuras de Florrum y observarán de primera mano una auténtica base pirata en funcionamiento!
La mayoría de los piratas rieron y vitorearon... sólo la apresurada advertencia de Hondo evitó que Dagu Flask lo celebrara disparando su pistola a la lámpara. Pero algunos de los weequays parecían confusos.
-El viaje a Florrum vendrá después de que los secuestremos de la nave y los retengamos pidiendo un rescate –dijo Hondo, más lentamente esta vez.
Ahora todo el mundo vitoreaba; incluido el mono lagarto kowakiano Pilf Mukmuk, que cacareaba alegremente desde su lugar habitual subido al hombro de Hondo.
-Será un placer volar un agujero en esa preciosa nave –gruñó el corpulento Goru-. ¡La detendremos en seco y luego la saquearemos a placer!
Hondo hizo callar los vítores.
-Un momento, un momento... una operación como esta requiere sutileza y finura. Seleccionaremos a nuestros invitados después de una inspección personal durante la travesía. Una vez que los hayamos elegido, montaremos una distracción, haremos que el Marinero se detenga, y habremos entrado y salido antes de que las fuerzas policiales del sector puedan llegar.
-Pero yo quería volarle un agujero –refunfuñó Goru.
-¿Quién elegirá a los afortunados pasajeros, jefe? –preguntó Tegotash.
-Ah –dijo Hondo-. Para ese trabajo necesitaremos alguien sofisticado y culto, un viajero refinado que pueda mezclarse con los altos estratos de la sociedad galáctica.
Los piratas parecían confusos.
-Eh, estoy hablando de mí mismo, por supuesto –dijo Hondo-. ¡Contemplad a Rondo Rosada, magnate de importaciones y exportaciones, y coleccionista de arte!
-Pero jefe, ¿no necesitarás apoyo para tomar los rehenes?
-Nuestro socio en Excursiones Salin ha dispuesto de tres huecos a bordo del Marinero. Turk y Piit se unirán conmigo en el crucero.
Los piratas miraron con envidia a Turk Falso y a Piit Pata de Palo.
-¡Eso sí que es piratería de alto nivel! –dijo Sabo, y luego comenzó a reírse a carcajadas-. ¡Imaginaos a la vieja Piit vestida con las galas de una princesa sakiyana!
Piit meneó sus trenzas con aire ofendido.
-Puedo acicalarme muy bien. A diferencia de un mugriento duende espacial como tú.
Hondo silbó para detener la discusión que se avecinaba.
-Lamentablemente, sólo hay un hueco disponible en primera clase. Turk y Piit se harán pasar por miembros de la tripulación, y me ayudarán (heroicamente, sin duda) desde las cubiertas inferiores.
-¿Las cubiertas inferiores? –gimió Turk, dejando caer los pliegues de piel de su mandíbula.
-Las cubiertas inferiores –dijo Hondo-. Servicio de limpieza, para ser exactos.

***

Hondo se alisó las rayas de su jubón de terciopelo negro, frotó su monóculo de cristal en una manga, y luego salió a la cubierta de paseo del Marinero de Salin. En el exterior de las ventanas de transpariacero, el agitado caos del hiperespacio bullía y se arremolinaba. Pero en el interior, un cuarteto del Lejano Dostony tocaba un majestuoso vals, mientras criados de librea flotaban alrededor de las tres mesas, llevando cócteles y bandejas de exquisiteces.
-¿Señor Rosada? –preguntó una joven humana vestida con la librea de la nave-. Sus compañeros de mesa ya le están esperando, señor. ¿Puedo traerle algo del bar? ¿Un Reserva Corelliano tal vez?
-Espléndido –dijo Hondo, parpadeando soñoliento. Tras encontrar de su agrado su bien surtida suite, había solicitado una pedicura (lo mejor para lucir sus pantuflas de lana gaber) y luego había disfrutado de una larga siesta vespertina entre sábanas de brilloseda-. De hecho, capullito mío, ¡que sea doble! ¡Estoy de celebración!
-Doble, entonces –dijo la criada con una sonrisa, ofreciéndole una silla en la mesa central-. Y este es su asiento, señor.
Hondo se acomodó en su silla y sonrió a sus compañeros de mesa: una joven wrooniana, casi-humana y de piel azul, y un wrooniano gordo y de más edad con un abrigo bermellón; un gotal calvo, con barba y cuernos; un siniteen con ojos pequeños y brillantes y una cabeza calva que parecía un cerebro al aire libre; y un bivall de piel color salmón que llevaba broches enjoyados en sus zarcillos oculares giratorios.
-Buenas noches a todos ustedes, damas y caballeros –dijo Hondo-. Soy Rondo Rosada, de... ¡GRAN MADRE DE QUAY, ME ESTÁN DEVORANDO!
Hondo se apartó de un salto de la mesa, sujetando entre sus manos uno de sus pies enfundados en pantuflas.
-Le han lamido los dedos de los pies, ¿verdad? –preguntó el wrooniano mayor, con una risita-. Sólo son Higgs y Twiggs diciendo hola. ¡Salid de ahí, gamberretes!
Levantó el mantel y aparecieron dos cabezas alargadas cubiertas de pelaje verde, con sus lenguas púrpura colgando en el aire.
-Papi quiere a sus perros de pantano kobarianos casi tanto como a mí –dijo la wrooniana con una sonrisa afectada-. Higgsie y Twiggsie son perros de exhibición; un regalo de bodas para mí y mi prometido.
-Valen una fortuna –dijo su padre-. Son parte de la dote de mi querida Pelf. Es un matrimonio concertado, claro está; no somos plebeyos.
Hondo volvió a sentarse, apartando de su jubón las manos de los sirvientes que trataban de alisárselo, y sus pies calzados con pantuflas buscaron la seguridad entre las patas de su silla. Llegó su brandy, y durante los aperitivos conoció a sus compañeros de mesa. Los wroonianos eran Pelf Pachoola y su padre Fume, de camino a Botajef para las nupcias de la joven. El siniteen, era un empresario que diseñaba interfaces de HoloRed, mientras que el bivall era Usk Haffa, quien orgullosamente se proclamaba como el mayor propietario de superficies comerciales en Protobranch. El gotal, Dix Tarfait, dijo con un gruñido que era un pequeño hombre de negocios, y luego siguió manteniendo un hostil silencio.
-¿Y usted a qué se dedica, Rosada? –preguntó Fume, haciendo ruiditos de besos mientras daba menudillos de ave a Higgs y Twiggs.
-Oh, un poco a todo –dijo Hondo, haciendo señas para pedir otro brandy-. Importación y exportación, transporte de mercancías y, hmm, adquisición de personal. No es mucho, pero es suficiente para darme un capricho como este ocasionalmente.
-Yo no trabajo –murmuró Fume, sacudiéndose una mota de polvo de su largo abrigo-. La fortuna de mi abuelo me libró de tal indignidad. La sola idea me resulta humillante.
-Hable por usted –gruñó Monchan sin levantar la mirada de su tableta de datos-. Mi empresa Monchantrónica, obtuvo quinientos millones de créditos de beneficio neto en el último trimestre fiscal. Nuestra primera emisión pública de acciones sale a la venta en la Bolsa de Valores de Mileva el mes que viene. Todo gracias a una amplia visión y el trabajo duro.
-Obviamente yo no he trabajado lo bastante –dijo Haffa-. Puede que usted se sienta como entre algodones, señor Rosada, pero a mí no me impresionan nuestros alojamientos. Los camarotes están prácticamente hechos jirones, los holos son del mes pasado, y aunque en las botellas ponga Reserva Corelliano, lo que nos están sirviendo es brandy vasariano.
-Me gusta el vasariano –gruñó el gotal.
-Estoy de acuerdo; este crucero es como una acampada –gruñó Fume-. Al menos no estamos perdiendo el don de gentes.
Sus compañeros de mesa rieron entre dientes y Hondo miró fijamente su brandy mientras aparecían camareros con platos tapados. Decidió no comentar los gherks en gelatina hasta estar informado de sus deficiencias.
Hondo se dio cuenta de que su servilleta estaba todavía sobre la mesa y se la colocó en el regazo. Parecía que había demasiados tenedores –por la galaxia, la mesa estaba cubierta de ellos- y miró con disimulo a Pelf, esperando a ver qué utensilio tomaba. Pero ella estaba cotorreando con su padre acerca de arreglos florales, mientras Haffa y Monchan discutían sobre impuestos arancelarios de la Federación de Comercio. Nadie comía, ni mostraba ninguna señal de hacerlo. El estómago de Hondo rugió.
Claramente eso pedía otro brandy, fuera cual fuese la calidad.