martes, 25 de octubre de 2016

Un momento crucial

Un momento crucial
Jason M. Hough

Los soldados de asalto imperiales pueden tener muchas habilidades, pero la sutileza no es una de ellas.
Esa mañana me levanté temprano, preocupado, aunque no sabría decir por qué. Aún tenía que romper el alba. Dejé a Chloa y a los niños sumidos en sus sueños e hice lo único que sabía que tranquilizaría mi mente: limpié mi equipo.
Por eso estaba en mi taller bajo la casa, esforzándome en despojar de óxido las bisagras de una trampa, cuando los escuché.
Pude seguir su avance únicamente por el sonido, disfrutando con el ejercicio mental, aunque no era especialmente difícil. Avanzaban con paso rápido, con sus botas resonando contra los gastados adoquines. Cuatro sonaban idénticos y podrían haber pasado por una patrulla estándar por las serpenteantes calles de Tavuu. Sólo que había otros tres pares de botas más. Los pasos de dos de ellos sonaban más pesados. Era algo más que una patrulla normal, entonces, porque estaban cargando con algo. ¿Armas mayores? Eso me causó un nudo en la garganta. Raramente se necesitaban armas de cualquier tipo en este tranquilo distrito de la ciudad sobre la jungla. Tavuu era un lugar grande, la capital de Radhii. Había bastante crimen y agitación en los más oscuros rincones del lado oriental para mantener ocupada a la guarnición. Sin embargo, aquí arriba, en los extremos occidentales donde la ciudad terminaba abruptamente al borde de un monstruoso acantilado, las cosas eran pacíficas.
Era como si se hubiera llegado hace tiempo a un acuerdo tácito entre los que vivíamos en esta parte de la ciudad. Estamos arrinconados aquí; no tenemos dónde ir salvo saltar por el borde, así que vamos a seguir la corriente. Mantendremos la cabeza gacha.
Era el último par de pisadas en el que me estaba concentrando ahora. Pasos más ligeros, arrastrando ligeramente los pies. Tal vez no muy sutil, pero el concepto tampoco me resultaba enteramente desconocido.
Estaban más allá del callejón, en el mercado.
Dejé la trampa, a medio limpiar, y puse el trapo grasiento junto a ella. Mi excesivamente entusiasta droide ASP emitió un pequeño glomp -¿debo llevarme eso?- pero le hice callar, con los oídos bien atentos. Pisadas en el callejón lleno de charcos. Cuando sus pasos comenzaron a sonar más fuerte, empecé a ponerme nervioso. ¿Cuál de mis vecinos había atraído la atención de los imperiales? Debería prestar más atención a nuestros vecinos. Lo único que compartíamos era esta hilera de viejas casas apelotonadas al borde del acantilado. Más allá del muro a mi espalda había una escarpada pared de roca que bajaba hasta el bosque.
El bosque. Zoess, su nombre antiguo, que literalmente significaba impenetrable. Mi segundo hogar.
La voz de Chloa, a mi espalda.
-¿Gorlan, querido?
-Creía que estabas dormida.
Ella conocía el arte de la sutileza. Después de todos estos años aún podía deslizarse detrás de mí -¡de mí!- y plantarme un beso en la nuca, y el primer indicio de su presencia sería la estática justo antes de que sus labios me tocaran.
-¿Vienen a por nosotros?
Pasos en las escaleras de madera del exterior, respondiendo su pregunta. Me di la vuelta, miré a mi mujer a los ojos, y me encogí de hombros.
-Vayamos a ver.
Llamaron con fuerza suficiente para sacudir la pesada puerta. Esperé unos cuantos segundos, tratando de presentar un aspecto cansado. Les gustaba despertarte. Sacarte de la cama.
Chloa permaneció a mi lado, con la barbilla alta, mientras entreabría la puerta unos pocos centímetros.
-¿Sí? –dije, con un toque de carraspeo matutino.
-¿Gorlan Seba?
-¿Sí?
-¿Podemos entrar?
Este no llevaba casco. Pelo oscuro, rasgos afilados, ojos penetrantes. Yo sabía poco acerca de los rangos imperiales, pero el hecho de que él estaba al mando era inconfundible.
-¿Hemos hecho algo malo?
El rostro del hombre se tensó, aunque muy ligeramente, y supe con claridad de día la respuesta a mi pregunta. Lo que había hecho mal era no decir sí a su petición.
-Al contrario –dijo él-. Estamos aquí para contratarle. Necesitamos un guía.
No dije nada. No podía pensar en nada que decir.
-Necesitamos –continuó- visitar el Zoess.
Me quedé mirándole fijamente, desconcertado. Chloa recobró la compostura antes de que yo pudiera hacerlo.
-¿Cuándo? –preguntó ella.
-Ahora mismo. Esta misma mañana.
-Imposible –dije automáticamente-. Una expedición adecuada tarda semanas en prepararse.
-No tenemos semanas –dijo el líder apretando los dientes. Luego echó un vistazo a su alrededor, estudiando detenidamente las ventanas y balcones con cortinas que nos rodeaban. Finalmente alzó las manos, mostrándome las palmas-. Déjenos entrar, y se lo explicaré.
Me senté junto a Chloa, con los brazos cruzados sobre el estómago, y escuché.
-Ha habido una fuga –dijo el líder. Se presentó como el teniente Vrake y soltó una retahíla de números y categorías que sin duda impresionarían a alguien a quien le importasen tales cosas. Sólo importaba el subtexto. Era quien tenía la autoridad aquí-. Ayer –añadió, arqueando una ceja.
Me di cuenta de que estaba esperando a que yo hablara.
-¿Oh? –dije, y sentí que Chloa me propinaba un ligero codazo. No causes problemas.
-¿Algún visitante la pasada noche?
-No.
-Nada... fuera de lo habitual, entonces.
Mi boca se abrió con voluntad propia para decir que no, pero la memoria me retuvo. Tragué saliva.
-Bueno –dije, y sentí que Chloa se ponía tensa. Yo continué-. No le di mucha importancia en su momento. Cosas de niños, pensé. Ruidos de carreras justo después de la última campanada. Corrían por el callejón y...
Vrake se inclinó sobre mí.
-¿Habló con ellos? ¿Les ayudó?
Un toque de acusación. Negué con la cabeza.
-Sólo les escuché. Tengo bastante buen oído.
-¿Y? –preguntó Vrake.
-Y nada. Ellos, quienesquiera que fuesen, ya se habían ido para cuando quise siquiera incorporarme.
Era la verdad.
Vrake pensó sobre ello. Luego se explicó.
Cuatro soldados de la rebelión, prisioneros, habían logrado escapar de un transporte de camino a la prisión de Segenka, en el extremo más oriental de Tavuu, cerca de la base imperial. Unos testigos habían visto a los rebeldes descender por el acantilado hacía ocho horas, a medio kilómetro al norte de aquí, usando una de las antiguas escaleras de piedra talladas en la propia roca. El camino temerario. Un acto de desesperación.
Permanecí ahí sentado, mirando al hombre que se encontraba frente a mí y a los dos soldados de armadura blanca tras él, que sostenían sus aras apuntando al suelo. Perfectamente podría haber habido frente a mí cuatro forajidos, buscando un guía, si la noche anterior hubieran sabido dónde detenerse en lugar de pasar corriendo. Me pregunté qué habría hecho en ese caso. La rebelión me importaba tanto como el gobierno imperial. Es decir, no demasiado. No era de mi incumbencia. Tenía a Chloa y a los niños, y tenía el Zoess. Eso era suficiente para mí.
-Tenemos entendido que tiene un ascensor –dijo Vrake-. Y conocemos su reputación como rastreador. Nadie conoce el bosque tan bien como usted. De modo que le estoy pidiendo, Gorlan, que nos ayude a volver a atrapar a esos criminales.
Pidiendo. Desde luego. Es muy fácil pedir algo cuando puedes limitarte a ordenarlo si la respuesta es no. De hecho, en todas esas circunstancias el único motivo para molestarte siquiera en pedir algo a alguien es para dar a esa persona la oportunidad de demostrar su lealtad. Me froté la barbilla, fingiendo considerar la supuesta petición. Chloa me puso la mano sobre el hombro y me dio un par de palmaditas. Termina con esto, decía su gesto.
Finalmente, asentí al teniente.
-Tendrán que dejar atrás esos blásters. Y los comunicadores. No funcionarán allí abajo.
-Están especialmente reforzados. Con el blindaje adicional...
Mi paciente sonrisa le detuvo.
-Un error común que ha causado más accidentes de los que me molestado en contar. Confíe en mí, no funcionarán.
-Hmm. –Vrake frunció el ceño-. Bueno, usted es el experto.
-Querrá tener un buen cuchillo. Tal vez una lanza. Tengo algunos de sobra. Pueden disponer de ellos.
Uno de sus hombres se inclinó hacia él y le susurró algo.
-Ah, bien –le dijo Vrake. Se volvió hacia mí-. Parece que puede que tengamos una alternativa.
A veinte metros de la base del acantilado, mi ascensor se detuvo silenciosamente. Antes de descender de él, me llevé un dedo a los labios, y Vrake confirmó haber entendido el gesto. Él y su escuadra permanecían completamente parados, esperando. Todos habían dejado atrás sus cascos. Ninguno de los añadidos que ofrecían funcionaría una vez descendiéramos bajo el dosel del bosque, lo que los hacía peor que inútiles: estorbarían la visión y la audición, dos cosas mucho más importantes que la armadura una vez dentro del Zoess. Sin embargo, pensé que habrían pensado alguna forma de quedarse con ellos. Quitarles toda la electrónica, por ejemplo. Algo, aunque sólo fuera para conservar el temible aspecto que sus uniformes sin rostro les proporcionaban.
Todos observamos la vasta y bulbosa alfombra de follaje, viva con tonos verdes, púrpuras y amarillos.
El bosque zumbaba.
Un sonido grave y ululante, casi como un latido. Poco más que un ruido de fondo para los de la ciudad de arriba, pero ahí abajo el zumbido era algo físico. Podías sentir su peso. Una presión, forjada por la acumulación electrostática en los árboles-rayo que poblaban el bosque. Di a la escuadra un momento para que se acostumbraran, mientras yo escuchaba atentamente por sí se oían otras cosas. Ghoma y otras bestias, más extrañas. Por el momento, todo tranquilo.
-A partir de ahora hagan exactamente lo que yo diga –les dije. Los soldados miraron a Vrake, quien me miró y asintió con un único y brusco movimiento de cabeza.
Abandonamos la plataforma por una serie de escalones de madera que descendían hasta el borde de un pequeño claro, lejos de las basuras y los escombros que habían sido arrojados por el borde del acantilado antes de que la ley imperial prohibiera esa práctica.
Caminamos hacia el norte, hacia la base de la escalera de piedra, una serie de peldaños tallados en la cara del acantilado hace eones, algunos tan desgastados que apenas eran visibles. Mostré señales de que alguien había descendido recientemente por allí, tal y como habían dicho los testigos de Vrake. Hojas pisoteadas, guijarros recién expuestos. Los que habían descendido por esa escalera habían ido directos al corazón del Zoess. Yo había pensado –deseado, incluso- que tal vez simplemente habrían seguido el acantilado hacia el norte, hasta el final. Pero obviamente eso sólo habría servido para que les capturaran, y claramente los riesgos del bosque eran preferibles a aquello.
-¿Qué delito cometieron exactamente esos prisioneros? –pregunté.
-Se rebelaron –dijo Vrake, dando por zanjado el tema con su tono de voz.
Por mí bien. Prediqué con el ejemplo, al no decir nada. Con esta compañía, sólo podía avanzar a la mitad de mi ritmo habitual. Me agaché bajo unas pesadas frondas azules, que goteaban con un jarabe gelatinoso que arrastraba consigo sus semillas. Aparté espinosas enredaderas cavenna que colgaban en retorcidos bucles ante nuestros rostros, sondeando, saboreando el aire. Bastante inofensivas si no dejabas que las pequeñas puntas semejantes a lenguas llegaran a probar tu piel.
Cuanto más nos alejábamos de la sombra del acantilado, más altos se volvían los árboles. Sus bases eran más gruesas, y las cúpulas que formaban sus pesadas ramas superiores dejaron a mis seguidores sin habla al mirar atónitos el verde y fantasmal techo, como el de una catedral, de Zoess. Los insectos pasaban como flechas a nuestro alrededor, dejando pequeños rastros de bioluminiscencia azul. Los pájaros cantaban en la distancia, la mayoría al oeste, donde la luz del sol había comenzado a asomar sobre la ciudad y alcanzaba el bosque. A mediodía haría un calor sofocante.
Y por debajo de todo ello, el zumbido de los árboles-rayo.
Y también había algo más.
Me agaché sobre una rodilla y levanté una mano. Los soldados de asalto imitaron mi posición, con las armas preparadas. Algunos sostenían garrotes, uno un largo cuchillo de cazador. El resto portaba las “alternativas” que Vrake había mencionado: ballestas modificadas. Armas wookiee, sin duda confiscadas y luego modificadas para únicamente disparar, por medios mecánicos, proyectiles sin carga. Me pregunté de dónde las habría sacado la guarnición. ¿Alguna vez habían sido disparadas? No es problema mío, traté de decirme a mí mismo.
El sonido que se acercaba a nosotros, ese era mi problema.
Habíamos estado siguiendo un sendero de caza, el mismo que habían usado los rebeldes. Hice un gesto a mis acompañantes para que se apartaran a un lado del camino. Algunos de ellos se movieron realmente rápido.
Delante de nosotros, al otro lado de la estrecha franja de embarrado suelo del bosque, un helecho estalló en un rocío verde y azul. Sólo vi dientes y garras y el borrón de movimiento antes de rodar hacia un lado y sacar mi cuchillo de su funda. La bestia, un deschene –uno joven, de hecho- pasó galopando a mi lado y chocó contra uno de los dos soldados de asalto que aún no se habían puesto a cubierto. Los dos –hombre y animal- se adentraron rodando en la maleza.
Salí disparado hacia la maraña de arbustos y raíces hasta que encontré a la pareja, sacudiéndose. El soldado estaba de espaldas, con las manos sobre la cabeza y los brazos juntos cubriéndose la cara, mientras el deschene clavaba sus garras en su armadura blanca. Ya había logrado atravesar el material, y comenzaba a manar sangre del hombre que tenía debajo. Unas pocas sacudidas más y acabaría con él. Metí la mano a un bolsillo y extraje un dispositivo de mi propia invención. Un pequeño disco negro, con su superficie exterior salpicada con pequeñas púas.
-¡Al suelo! –grité, y arrojé el dispositivo tan fuerte como pude. Entonces me arrojé al suelo y me tapé los oídos, esperando que me hubieran escuchado.
Con los brazos rodeándome la cabeza, sólo podía ver entre mis codos. El lanzamiento había sido correcto. Golpeó al animal de seis patas en mitad del costado. Las púas atravesaron la piel y se enredaron con el fino pelaje. El impacto causó que se quebrara la segunda característica de mi dispositivo, una esfera en el interior de la esfera. Los productos químicos del interior se mezclaron, creando una potente corriente eléctrica.
Hubo una detonación, que pudo sentirse más que escucharse, y un brillante destello blanco. Relámpagos eléctricos saltaron desde el dosel del bosque y golpearon el pequeño dispositivo y la bestia en la que estaba enganchado. Otra detonación, esta vez repugnante y húmeda, tuvo como resultado una ducha de carne y duro pellejo humeante. Oculté el rostro para no verlo. Amaba a los animales que vagaban por el Zoess, incluso a los depredadores.
Me puse de rodillas, y luego me levanté. El soldado de asalto en el suelo yacía inmóvil. Vrake pasó atropelladamente junto a mí y se arrodilló junto a su soldado.
-¿Vivo? –pregunté.
La respuesta llegó unos segundos más tarde.
-Se pondrá bien. ¡Traedme un medipac!
Esta última orden la gritó por encima del hombro. Uno de los otros soldados se había recuperado y obedeció.
Vrake me miró.
-¿Qué era esa cosa que ha lanzado?
Me encogí de hombros.
-Un invento mío. Las descargas de los árboles son atraídas por los dispositivos con energía, de modo que me pregunté: ¿Por qué no aprovecharlas?
-Muy inteligente –dijo, examinando la repentinamente patética ballesta que sostenía en sus manos.
-Tal vez, pero nada sutil. Si sus rebeldes están aquí fuera, saben que venimos.
Él resopló con desdén.
-Se están enfrentando al Imperio. Sabían que iríamos tras ellos desde el momento que eligieron el bando equivocado.
Yo no dije nada, un hecho del que él pareció darse cuenta. Pero Vrake ignoró mi desaire y ayudó a su agitado soldado a ponerse en pie. Pronto estuvimos de nuevo en movimiento.
Pasaron las horas. Los sonidos del bosque se estremecían ocasionalmente con el hueco gruñido de cazas TIE lejanos, que patrullaban los límites del bosque manteniéndose a una distancia prudencial de los árboles-rayo. Me detuve cuando los escuchamos por primera vez, y miré a Vrake.
-No pensaría que íbamos a arriesgarnos a dejar que los prisioneros se escabulleran por el extremo opuesto del bosque, ¿verdad?
Medio kilómetro después, conforme declinaba el día, llegamos a un antiguo tronco de árbol petrificado en el centro de un pequeño claro. El rastro de los rebeldes era obvio, la tierra pisoteada.
-Descansaron aquí –dije.
-¿Cuándo? –preguntó Vrake.
-Hace tres horas. Tal vez cuatro.
Dejó escapar un suspiro de frustración.
-Necesitamos avanzar más rápido, Gorlan.
-¿Por qué? –pregunté-. Sus patrullas...
-Necesitamos atraparles antes de que lo haga este bosque.
-Entonces encontrarán sus restos, ¿y qué? El bosque hará el trabajo por ustedes.
-No, no lo hará –dijo apretando los dientes, en los límites de su paciencia.
-No lo entien...
-Aún no les hemos interrogado –dijo, pronunciando cada sílaba seca y cortante como un cuchillo.
Le mantuve un instante la mirada y luego tuve que apartarla, hacia el antiguo árbol muerto. Interrogar. ¿En qué me he metido?, pensé. Nunca debería haber abierto la puerta esa mañana. No debería haberme involucrado.
Estudié los rastros alrededor del tronco del árbol. Había una zona hueca en la base.
-Si no le importa –dijo Vrake, señalando con una mano en la dirección en la que los rebeldes habían estado avanzando-, ¿podemos continuar?
-No tiene que preocuparse por eso –dije.
-¿Y eso qué significa?
Me acerqué al nudoso tronco petrificado y me agaché.
-Hicieron algo más que detenerse aquí a descansar. Tenían suministros escondidos aquí. –Señalé unas depresiones en el barro dentro del tronco hueco-. Tres, tal vez cuatro mochilas, supongo. Pesadas.
Vrake parpadeó.
-¿Qué?
-Y otra cosa. Mire las pisadas. Hay más desde aquí, dirigiéndose al oeste. Ahora son ocho, creo. Se reunieron con otros.
-¿Está diciéndome que planearon esto?
Ante eso, sólo puede encogerme de hombros.
-Dudo que fuera un encuentro casual.
-No se pase de listo –dijo con voz ronca.
-Al menos están cargando con equipo –propuso uno de los soldados-. Puede que los ralentice.
El teniente reunió a sus hombres.
-Que todo el mundo permanezca alerta. Nuestros fugitivos probablemente estén armados. Al menos podemos conformarnos con saber que no nos dispararán con blásters. –Echó una mirada a la bolsa de mi cinturón-. ¿Cuántos más de esos pequeños inventos suyos le quedan?
-Dos –dije, lamentando haber permitido que vieran siquiera uno de ellos.
Sostuvo en alto la palma de su mano. Dudé, sólo un instante, y luego deposité en ella los discos.
-Bien- dijo-. En marcha.
Avanzamos hasta el atardecer. El bosque se volvió más frío y silencioso, y no tuvimos más encuentros con la fauna salvaje local. Por suerte, los rebeldes habían tomado un camino que conducía a uno de los escasos grandes claros del bosque, uno que yo usaba frecuentemente cuando mis viajes requerían más de un día de camino.
-Acamparemos aquí –dije.
-Continuamos –replicó Vrake.
-No, no lo haremos –dije-. Confíe en mí. No podemos atravesar el bosque en la oscuridad, y mucho menos seguir un rastro.
-Nos sacarán toda una noche de camino de ventaja.
-Créame –dije-, ellos también tendrán que detenerse. El Zoess es intransitable después del ocaso. Cualquier luz activaría los árboles, y una llama atraería la ira del ghoma salvaje. No ha visto la rabia hasta que no ha visto uno de ellos enfurecido por la visión del fuego. Además, este claro ofrece algunas pequeñas comodidades.
Fui al mismo centro y dejé mi equipo en el suelo junto a un elevado poste de madera que sobresalía de la tierra. En una docena de lugares a lo largo de su longitud asomaban unos ganchos. Extraje de mi mochila una linterna eléctrica, la colgué de uno de los ganchos, y busqué el interruptor de encendido.
-¡¿Qué está haciendo?! –bramó Vrake. Él y sus hombres retrocedieron de un salto.
Encendí la linterna. Una débil luz roja bañó el centro del claro.
-Tranquilos –dije, satisfecho por sus expresiones, debo admitir. Indiqué un círculo de piedras alrededor del poste, de apenas un metro de diámetro-. El único lugar del Zoess fuera del alcance de los árboles-rayo.
Tardaron un instante en recobrar su compostura.
-Debería habérnoslo dicho –dijo Vrake-. Podríamos haber colocado aquí una torreta. O un conjunto de sensores.
-No sabía que su camino nos conduciría aquí –expliqué-. Y esa clase de equipo nos habría ralentizado.
-¿La luz no alertará a nuestra presa, o a esos ghoma, de nuestra presencia?
-Este color tranquiliza a los animales. No sé por qué. Y sólo la tendremos encendida mientras establecemos el campamento, ¿de acuerdo?
Me ocupé preparando el saco de dormir. Vrake y sus hombres se reunieron a unos metros de distancia y hablaron entre ellos. Cuando terminaron, un par de los soldados de asalto se alejaron un poco y comenzaron a patrullar el borde del claro.
Comimos bajo el cielo nocturno. Los soldados que no estaban patrullando hablaban en susurros. Charlas de soldados, viejas como el propio tiempo. Me senté solo, sopesando los acontecimientos. Mi mente bullía, como habría dicho Chloa.
Algo no estaba bien. Sólo que no podía distinguir el qué.
-No se preocupe –me dijo de repente Vrake.
Salí bruscamente de mi ensimismamiento.
-¿Hmm?
-Conozco esa mirada pensativa. Mañana los habremos atrapado, y podrá volver con su familia. El Imperio recordará la ayuda que nos está prestando, me aseguraré de ello.
Asentí.
-¿Tiene usted hijos?
-Ajá. Lejos de aquí –dijo-. Ahora, descanse. Hemos organizado guardias.
Sin embargo, no estaba cansado. Mi cuerpo lo estaba, claro, pero mi mente aún daba vueltas a los eventos del día. Saqué varios objetos de mi mochila y los ensamblé, con cuidado de conectar la batería especial en último lugar. Pronto tuve montado el holoproyector. Me tumbé junto a él, sobre mi saco de dormir, en la noche agradablemente templada. Con las manos entrelazadas detrás de la cabeza, contemplé grabaciones de mis hijos jugando. Chloa, sonriendo tímidamente.
Había aprendido, durante todos los años ahí fuera. La luz suave parecía apaciguar al bosque. El Zoess siempre me había dejado tranquilo, como si hubiéramos alcanzado un acuerdo. Me pregunté si hoy había roto ese acuerdo.
Tal vez sí, porque me desperté algún tiempo después con sonidos de violencia.
Furiosos gruñidos de esfuerzo. Un grito de triunfo, o tal vez de rabia.
Una figura ante mí. Cereana, con un mono de prisionera. Su rostro fantasmal, iluminado por las parpadeantes imágenes del holoproyector. Rodé en el suelo cuando su lanza descendió. Golpeó la tierra donde había estado mi cabeza. Ella maldijo.
Sus compañeros estaban formando un tosco círculo alrededor del poste de madera, cada uno de pie sobre un saco de dormir, apuñalando con lanzas, una y otra vez.
-¡Algo va mal! –gritó uno de ellos.
-No están aquí –dijo otro.
Una bota me golpeó en las costillas, lanzándome de nuevo al suelo. Rodé sobre mí mismo y alcé las manos.
-Sólo soy un guía –dije.
-Cállate –dijo ella siseando entre dientes.
-Sí –exclamó una voz. Vrake-. Cállate.
Los soldados de asalto surgieron de sus escondites alrededor del perímetro del claro, formando un círculo alrededor de los rebeldes, que pasaban el peso de un pie al otro, apuntando con sus lanzas de un objetivo al siguiente.
Sacudí la cabeza. Las costillas me palpitaban dolorosamente. Gritos similares de “¡mantened la posición!” y “¡no os mováis!” se entremezclaron en la confusión del campamento, conforme los soldados de asalto se acercaban.
-No nos rendiremos –dijo la mujer a mi lado.
Vrake comenzó a avanzar.
-Interesante lugar, este bosque. Nos coloca en igualdad de condiciones. Nuestras ballestas –dijo, y señaló con la cabeza al rebelde más cercano- y vuestras... ¿qué es lo que tenéis? ¿Lanzas? Encantadoramente primitivo...
La mujer junto a mí apretó el arma entre sus manos. Se escuchó un chasquido apagado, y entonces la punta de la lanza se abrió. Un arpón. Debería haberlo adivinado antes, por el cable enrollado en el antebrazo de cada rebelde.
La punta del arma salió disparada a una velocidad asombrosa, errando por poco el golpe al rostro de Vrake, antes de volver como un látigo y recolocarse por sí misma en el barril de la “lanza”.
Los hombres de Vrake alzaron sus ballestas. Todo el mundo se tensó.
Mis ojos estaban fijos en las manos de Vrake. Sujetaba con ellas algo a su espalda, pero al girarse para esquivar el ataque pude ver fugazmente lo que sostenía. Las dos pequeñas esferas que yo le había dado. Retrocedí de espaldas hacia el centro del claro, junto al poste marcador y mi equipo.
Todos ellos –tanto rebeldes como soldados de asalto- cambiaban su peso de un pie a otro, ajustando su objetivo de un blanco a otro. Tomándose la medida entre ellos. Decidiendo a quién disparar primero o hacia qué lado lanzarse.
El aire se hizo más denso e inmóvil. El bosque cobró un silencio sepulcral. Ese extraño instante de calma que siempre se manifestaba antes de la violencia.
Mi mano golpeó algo. Me giré, vi mi holoproyector, que aún parpadeaba, y mi mente se llenó de pesar y remordimiento. La idea de que tal vez no volvería a ver más a Chloa y a los niños.
Una última mirada, al menos. Enfoqué la imagen.
Y vi a una extraña. No a mis hijos, ni a Chloa, sino a una mujer de cabello oscuro. Mi mente necesitó unos segundos para comprender quién era. No era una extraña en absoluto. Ni mucho menos.
La Princesa Leia Organa estaba allí, holográficamente. La interrupción de mi propia grabación significaba que eso era una transmisión de emergencia. Estaba hablando. Tomé el dispositivo, con cuidado de mantenerlo dentro del círculo de piedras para que el bosque no nos aniquilase a todos.
-Tiene un arma –ladró uno de los rebeldes, no muy seguro. No se me ocurrió hasta más tarde que se estaba refiriendo a mí.
-El rastreador lucha con nosotros –dijo Vrake-. O más le vale, si quiere volver a ver a su familia.
Activé el sonido. Ya no les escuchaba a ellos, sino a ella. A la Princesa Leia Organa.
-Todos vosotros, deteneos. ¡Escuchad! –grité. Fue una especie de graznido, en realidad-. Dejad de luchar. Algo ha pasado.
Amplié la imagen hasta que Leia pareció estar de pie, a tamaño real, sobre la palma de mi mano.
Estaba diciendo: “La Estrella de la Muerte en la órbita de la luna boscosa de Endor ya no existe, y con ella se ha ido el liderazgo imperial. El tirano Palpatine ha muerto...”
Permanecí ahí, sin escuchar el resto de sus palabras. Palpatine estaba muerto. El liderazgo imperial, desaparecido. Miré a Vrake, que se encontraba inmóvil, atrapado entre la incredulidad y la rabia. Yo no sabía qué hacer, qué decir. De algún modo, las únicas palabras que venían a la mente eran las que acababa de pronunciar.
Dejad de luchar.

lunes, 12 de septiembre de 2016

El Hogar de la Sabiduría

El Hogar de la Sabiduría
August Hahn y Cynthia Hahn

Entre los árboles del irstat Hiironi hay una morada tejida con las ramas más robustas que los bosques de Cularin pueden ofrecer. Esta choza está limpia y seca, totalmente al abrigo de las lluvias torrenciales y los vientos más fuertes. Los tarasin honran esta morada y únicamente hablan de ella con la mayor de las reverencias, denominándola el “Hogar de la Sabiduría”. Consideran sagrada cualquier conversación mantenida en esa chiza, y cualquier decisión que allí se tome se tiene como un mandato del propio Cularin.
Pocos ajenos a las tribus tarasin saben esto, pero muchas de las decisiones que han dado forma a su pueblo proceden de esta pequeña cabaña de ramas y paja. Fue allí donde, por primera vez, los tarasin decidieron acercarse a Reidi Artom, planearon su rebelión contra las fuerzas esclavizadoras que les llegaron desde las estrellas, y decidieron conjuntamente aceptar la presencia de extranjeros en su mundo en lugar de ir a la guerra.
Esta pequeña choza ha sido el punto focalizador de muchos eventos importantes de Cularin, mucho más de lo que los alienígenas que habitan en ese planeta puedan reconocer. La decisión tomada hoy allí también afectará el destino de muchos, tanto tarasin como alienígenas. La Fuerza crea cruces en el espacio y el tiempo, lugares donde se decide el destino de millones o miles de millones de seres mediante un encuentro casual, un conflicto épico, o –como es el caso este día en el Hogar de la Sabiduría- un sueño y las personas lo bastante iluminadas para comprender lo que pueda significar.
Llegaron en silencio, arrastrando silenciosamente las almohadillas de los pies sobre la suave superficie del suelo gastado. Las cortinas de hojas en la entrada se cerraron tras ellas con un siseo, dejando entrar solamente unos pocos rayos de luz lunar. Estaban tan altas que el denso dosel de la selva estaba en su mayoría bajo ellas. Por encima se encontraban las estrellas despejadas y el infinito cielo nocturno. La luz plateada del exterior rápidamente fue vencida por el rico resplandor dorado de la hoguera central de la choza y los arcos amarillos y blancos que saltaban de ella.
-Mi agradecimiento por acudir. Ha sido una larga carrera para la mayoría de vosotras, así que seré breve.
La voz de la Madre Dariana temblaba con el peso de la edad, pero su aspecto era ahora más vibrante que lo que había sido en bastante tiempo. Lo que tuviera que decir debía ser importante para sacarla del abrigo de su dormitorio. La Madre no las llamaba a menudo; cuando lo hacía, siempre acudían tan rápido como podían.
Ese día no fue ninguna excepción. Algunas de ellas aún estaban siseando ligeramente, con los kampos desplegados para ayudar a eliminar el exceso de calor de su carrera nocturna. Las Guardianas de Dariana las observaban a todas fijamente. Las líderes de los irstats no siempre se llevaban bien entre ellas, y reunirlas con tanta premura sólo podía conducir a calentar los ánimos. La presencia tranquilizadora de la Madre Dariana parecía mantener las cosas bajo control, pero cada una de ellas sabía lo rápido que eso podía cambiar.
-He tenido un se’neth.
Sus palabras hicieron callar de inmediato los murmullos de la sala. Un se’neth no era un simple sueño; sólo si creyera que se trataba de una auténtica visión la Madre habría usado esa palabra para referirse a él. El poder de la tierra era tan fuerte en ella como lo había sido en cualquier tarasin que cualquiera pudiera recordar, pero los se’neth eran inusuales, incluso para ella. Siempre anunciaban grandes eventos. Acercándose a ella, las líderes de las tribus reunidas esperaron ansiosamente que Dariana compartiera su visión.
-Ya os he hablado antes de la tormenta. La he vuelto a ver, pero esta vez he observado el viento con más detenimiento. La gran tormenta caerá sobre nosotros, pero ahora veo que su furia no sólo cubre el cielo, sino también las estrellas. Las oscuras nubes de tormenta alcanzarán nuestro mundo, pero no proceden de aquí.
Esto hizo que comenzaran de nuevo los murmullos. Una joven tarasin se ruborizó con manchas azules y rosas antes de preguntar en voz baja:
-¿Podemos detener la tormenta, Madre?
Con gesto de tristeza, la anciana sabia negó con la cabeza.
-No, mi niña. Sólo podemos esperar sobrevivir a ella. Pero no es por eso por lo que os he llamado hoy aquí. Debemos mirar al futuro, y mi se’neth me ha mostrado una cosa importante que debe hacerse.
Eso atrajo la atención de todas las tarasin, y el silencio reinó en el Hogar de la Sabiduría. Todas las presentes, incluso las más jóvenes, con menos tiempo en sus posiciones como líderes de su comunidad, sabían que si eso sólo hubiera involucrado a su especie, Dariana habría enviado mensajeros por la mañana. No, este encuentro era acerca de algo más. Algo más grande.
-Estos árboles, y el gran poder que los une a ellos y a nosotros con la tierra, nos protegerán de lo peor de la tormenta. Su terrible ojo caerá pronto sobre nosotros, y tras su estela reinará el caos, no la calma. Antes de que esto ocurra, debemos preparar el camino.
Volvió a quedarse en silencio, y conforme fueron pasando los segundos, sus Guardianas temieron que se hubiera quedado dormida. Su avanzada edad y los eventos de los últimos años suponían una carga tan pesada para ella que su carne se había más débil con cada estación que pasaba. Justo cuando la Guardiana jefa se inclinaba hacia ella, una de las demás líderes de irstats tomó la palabra.
-¿El camino para qué?
Ella respondió antes de que la Guardiana la tocara.
-El camino para todos. Son el futuro, y deben ser protegidos del ojo de la tormenta.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Escuadrón Bastardo: Kuat


Escuadrón Bastardo: Kuat
David J. Williams y Mark S. Williams

El ordenador de combate de la teniente Gina Moonsong comenzó a mostrar luces verdes destellando mientras veía cómo las defensas de los Astilleros de Propulsores Kuat entraban en alerta. Los astilleros consistían en un inmenso anillo de acero que rodeaba el planeta Kuat como una gigantesca serpiente de metal. Los diques secos, almacenes, talleres de maquinaria e inmensos hábitats orbitales hacían que la estación fuera la principal instalación de producción de algunas de las armas más temidas del Imperio, entre ellas el Destructor Estelar clase Imperial, el AT-AT, y nuevas monstruosidades tecnológicas que se rumoreaba que estaban en fase de prototipo. La Nueva República había decidido que ya era hora de ocuparse del principal suministrador de armas del Imperio, y se había enfrascado en un asalto que rivalizaba con el ataque en Endor. Cientos de baterías láser se iluminaron cuando las defensas del astillero abrieron fuego sobre la flota de la Nueva República que se aproximaba.
Moonsong tiró de la palanca de su ala-B y comprobó la formación del escuadrón. A su cola, los cruceros Mon Cala y el resto de naves capitales estaban preparados con sus grandes baterías de torpedos, mientras que los ala-X en vanguardia colocaban sus alerones-S en posición de ataque. A izquierda y derecha, docenas de otros escuadrones de cazas también estaban ocupando sus posiciones. Ante ellos, una flota de Destructores Estelares y su complemento de cazas TIE salía de la órbita superior del planeta detrás del anillo y aceleraba para enfrentarse a ellos. Llevaban tres asaltos y los imperiales seguían usando las mismas tácticas. El problema es que eran efectivas. El elevado número de fuerzas que habían destinado a los astilleros representaba una gran inversión. Los imperiales querían mantener esa instalación prácticamente a cualquier precio y había destinado más recursos de espacio profundo que los que la Nueva República había previsto. Apenas llevaban unos días de campaña y ya estaba caro para todos que esa batalla no iba a ser ni breve ni sencilla.
-Mira quién sale a jugar.
-Los veo, Fanty. Teniente Li, vamos a por los DE’s del Cuadrante Cuatro. Cerrad formación y esperad la señal.
-Recibido, Líder Bastardo.
La teniente Sandara Li lideraba la nueva sección de alas-X de escolta que había sido añadida al Escuadrón Bastardo. Hasta ahora, la relación de Moonsong con Li había sido menos que cordial. Moonsong suponía que Li habría preferido volar con Stramm... pero Stramm se había quedado en el portanaves Amalthea ayudando al comodoro a coordinar la acción general de la flota.
Unas explosiones a su derecha captaron la atención de Moonsong cuando la primera oleada de la Nueva República chocó con las fuerzas Imperiales. Docenas de escuadrones de cazas de la Nueva República e imperiales danzaban en los vientos solares, iluminando la oscuridad mientras las naves capitales se lanzaban entre sí una oleada tras otra de torpedos de protones. La tensa voz de Yori Dahn crepitó en los auriculares de Moonsong:
-¡Tengo uno a la cola! No puedo librarme de él.
Moonsong efectuó un barril con su ala-B y se lanzó a toda velocidad en un rumbo de interceptación. Justo cuando el caza TIE se alineaba para efectuar un disparo letal, los láseres de Moonsong le partieron en dos.
-Gracias, jefa –dijo Dahn.
-No me lo agradezcas tan rápido –replicó Moonsong... justo cuando las llamas recorrían un Destructor Estelar cercano; al instante siguiente, estallaba, lanzando escombros en todas direcciones. Un fragmento de metal descarriado golpeó de lleno a un ala-B al mismo tiempo que su ala-X de escolta quedaba desintegrado por el fuego enemigo. Mientras Moonsong trataba de comunicar una corrección de curso para su gente, en el sistema de comunicaciones de todos los pilotos se escuchó un mensaje del comodoro:
-Mando central a todos los escuadrones de cazas: esto es una orden de retirada. Repito, todos los escuadrones deben regresar.
-¿Qué demonios está pasando? –exclamó Li por el comunicador.
-Ya ha escuchado la orden, teniente. Estoy segura de que el mando tiene una buena razón para esto. Ahora volvamos al establo.
Moonsong dio media vuelta a su nave mientras se preguntaba cuál podría ser esa razón.

***

Braylen Stramm se encontraba de pie junto al capitán Tane, al lado del holoproyector. Moonsong no pudo evitar pensar que Stramm tenía un aspecto extraño con su uniforme color caqui y azul pólvora en lugar de con su traje de vuelo. Extraño, pero atractivo de todos modos. Aún más extraño era que Moonsong fuera la nueva líder de escuadrón en funciones. Cuando el mando transfirió temporalmente a Stramm a Planificación de Operaciones de Combate, supuso que recurrirían a alguno de los comandantes de los otros escuadrones para ocupar su lugar.
Así pues, en ese instante Moonsong, Fanty, Li y el compañero de ala de Li –Johan Volk- estaban sentados con los demás líderes de escuadrón del grupo de cazas del crucero Amalthea. Stramm dio un paso adelante y dejó que su voz de barítono llenara la sala.
-Muy bien, gente, hemos estado analizando al enemigo, y ha quedado claro que necesitamos cambiar nuestras tácticas. Simplemente, no tenemos la potencia de fuego para superar la flota de defensa del objetivo con un único golpe. Por tanto, hemos decidido centrarnos en un bombardeo estratégico de elementos clave de la infraestructura del astillero. Depósitos de combustible, monorraíles de suministros y conjuntos de sensores serán en adelante nuestros objetivos principales. Esto significa que nuestro calendario cambiará, pero todas nuestras simulaciones validan la nueva estrategia.
Li levantó la mano, y Stramm le dio permiso para hablar con una inclinación de cabeza; Li se puso en pie con toda su estatura y se apartó de los ojos su largo cabello negro. Moonsong no pudo evitar darse cuenta de que todos los ojos de la sala estaban clavados en la imponente figura de Li. Demonios, la mujer parecía una de esas duras heroínas de los holodramas de Coruscant.
-Comandante, ¿significa eso que ahora los elementos de ala-X estarán equipados con torpedos de protones para que podamos participar en el bombardeo?
-Negativo. Hasta ahora, la adición de elementos de ala-X al grupo de bombarderos ala-B ha tenido éxito en calidad de escolta, pero nuestros alas-B aún dependerán de sus pilotos de ala-X para quitarles los cazas TIE de encima.
Volk, el compañero de ala de Li, fue el siguiente en levantarse. Era un hombre alto y calvo con una tremenda barba y una sonrisa aún mayor. Se rumoreaba que él y su mujer Vira eran legendarios luchadores de guerrilla en el planeta perdido del que procedían.
-Disculpe, señor, pero, ¿quién va a mantener a esos Destructores Estelares alejados de nosotros?
El capitán Tane señaló la imagen holográfica de los astilleros, y se detuvo en un grupo de Destructores Estelares.
-Elementos de la flota se enfrentarán al enemigo aquí, aquí, y aquí... obligándoles a emplear el grueso de sus destructores y naves de apoyo para enfrentarse a nosotros, permitiendo entonces que ustedes pilotos realicen sus ataques. Recibiremos algunos daños... eso es seguro; pero si ustedes, pilotos, son capaces de inutilizar sus depósitos de suministros y sus centros de mando, entonces merecerá la pena. –Luego, como si sintiera la tensión general en el aire, añadió-: Miren, sabemos que les hemos pedido mucho; y, francamente, les vamos a pedir más aún. Esta lucha es crítica; si perdemos, se verá amenazada la estabilidad de la Nueva República.
Tane dio un paso atrás y permitió que Stramm completara la exposición.
-Los líderes de escuadrón recibirán sus nuevos paquetes de misión y serán responsables de hacer que esos datos estén disponibles para sus pilotos. Si no hay más preguntas... Muy bien, entonces. Buena suerte ahí fuera, y buena caza. ¡Pueden retirarse!

***

Moonsong trató de concentrarse más allá del caos que la rodeaba mientras el escuadrón avanzaba a toda velocidad hacia el monorraíl de suministros. En teoría, si destruían suficientes de los elementos que permitían a los astilleros mover suministros y munición, ciertas áreas se quedarían mucho más vulnerables. Un chillido estridente llenó su auricular cuando el indicador de la nave de Bastardo Nueve desapareció del monitor en el casco de Moonsong.
-Le han dado a...
-¡Lo sé, Fanty!
El ala-B de Yori Dahn se alzó a su lado. Su voz llegó rota por el canal.
-Teniente, ¿está viendo lo mismo que yo?
Sobre el anillo, frente al monorraíl, se alzaba un grupo de AT-ATs y AT-ACTs, uno o dos AT-TE más antiguos, de la época de las Guerras Clon... junto con varios AT-ATs sin terminar que parecían gigantescos transportes de tropas esqueléticos, únicamente con las cabezas y sus poderosos cañones en funcionamiento. Los caminantes imperiales escupían plasma abrasador hacia ellos. La voz de Li sonó con fuerza.
-¡Alas-X, vamos a atacar a esos caminantes!
-Manteneos en formación –dijo Moonsong-. Os necesitamos para ocuparos de esos cazas TIE.
-¡Esto sólo nos tomará un minuto, y no hay modo de que lleguéis al objetivo si no nos deshacemos de ellos! Guardad vuestras bombas para el objetivo. ¡Vamos!
-Estoy contigo, jefa –dijo Volk sin asomo de duda.
-Mantened la formación –exclamó Moonsong. Pero era demasiado tarde; los alas-X ya estaban separándose y lanzándose hacia los gigantes. Por un instante Moonsong pensó realmente que podrían lograrlo... hasta que varios elevadores de carga se alzaron, transportando más AT-ATs parcialmente completos y torretas láser acorazadas de Destructor Estelar. Moonsong vio que dos alas-X recibían impactos de disparos. Uno de ellos estalló en una radiante bola de fuego, mientras que el otro giró fuera de control e impactó contra una pared del astillero. Aún más alarmante era el hecho de que los láseres de los alas-X no eran lo bastante potente para atravesar de un único disparo el blindaje pesado de los caminantes. Moonsong sabía que si no concentraban su fuego en los emplazamientos de armas improvisados, las oportunidades de que cualquiera de su grupo saliera de allí con vida era exactamente cero... y la única forma de derribar a esos caminantes era con los torpedos que estaban destinados para el monorraíl.
Y eso significaba que el monorraíl tendría que esperar.
-Escuadrón Bastardo, seguidme, y concentrad el fuego de los cañones iónicos sobre esos emplazamientos. –El grupo de cazas tejió un asombroso patrón mientras cambiaban sus trayectorias, aumentaban su velocidad y se dirigían hacia el enemigo-. ¡Usad vuestros torpedos sobre esos caminantes!
-¿Pero qué pasa con el objetivo principal? –preguntó Dahn.
-¡Este es ahora el objetivo principal, así que desplegaos!
Los alas-B se alzaron frente a los caminantes y desencadenaron una lluvia de fuego letal sobre los mastodontes que tenían debajo. El ala-B de Moonsong pasó zumbando sobre el anillo principal del astillero mientras los AT-ATs se erguían ante él. Aunque las armas de las bestias acorazadas podían atravesar la mayoría de cazas, no eran igual de efectivas para fijar su objetivo sobre ellas a altas velocidades. Moonsong alineó su disparo y soltó un par de torpedos que aniquilaron el compartimento de tripulación de ese AT-AT y causaron que el caminante se derrumbara sobre un modelo explorador a medio construir. Desafortunadamente, el piloto bajo ella recibió el impacto de un TIE atacante, y chocó contra el tanque andante en su caída... haciendo que su propia nave trazara espirales fuera de control y chocara contra las patas de otro caminante. La explosión empujó al gigantesco vehículo fuera del anillo, desplomándose hacia el planeta bajo ellos. Por todas partes los gigantes acorazados estaban siendo convertidos en montones de piezas sueltas. Fragmentos de caminantes destrozados flotaban hacia el espacio. El propio anillo tenía grietas en varios lugares por el impacto de los torpedos que los alas-B disparaban al pasar. Moonsong maldijo en voz baja... qué desperdicio. Qué diversión.
-Muy bien, gente, salgamos de aquí. El objetivo no va a irse a ninguna parte.

***

Li descendió de su baqueteado ala-X y se encontró cara a cara con una furiosa Moonsong. Los mecánicos y el personal del hangar les dieron bien de espacio mientras que los demás pilotos permanecían a una distancia prudencial... pero lo bastante cerca para poder escuchar los fuegos artificiales.
-¿Qué centellas creía que estabas haciendo ahí fuera?
-Estaba haciendo mi trabajo –respondió secamente Li.
-Su trabajo era protegernos de los cazas TIE, no enfrentarse a objetivos de bombardeo. He perdido a un buen piloto. La única razón por la que usted no está muerta también es porque eché por tierra la misión principal para salvarle el gordo trasero. Ha sido imprudente...
-Oh, mira quién fue a hablar, Gina. ¿Crees que no he escuchado lo que se cuenta de ti?
-¿Lo que se cuenta de mí?
-Las palabras vuelan. ¿Crees que no sé que la única razón por la que te han nombrado líder de escuadrón en funciones es porque tu novio te ha puesto al mando?
-Se ha pasado de la raya, teniente.
Li se puso en posición de firmes e hizo chocar con fuerza sus talones. Moonsong dio un paso atrás, se frotó los ojos, y dejó escapar un largo suspiro.
-¿Sabe cuál es su problema, teniente?
-No, señora, no lo sé. Tal vez la líder de escuadrón en funciones pueda iluminarme.
Moonsong dibujó una sonrisa falsa y bajó el tono de voz.
-En primer lugar, obtuve este mando a pesar de las recomendaciones de Stramm. A decir verdad él no estaba seguro de que yo estuviera a la altura, pero le necesitaban en planificación de operaciones, y había que poner a alguien en su lugar. Y ese alguien fui yo. Pero el verdadero problema que hay aquí es el hecho de que usted es exactamente igual que yo hace tan solo unos meses. Mire, me hizo falta mucho tiempo darme cuenta de que la única forma de la que cualquiera de nosotros podrá salir con vida de esta guerra es si trabajamos juntos. Usted es una piloto realmente buena, Li, tal vez incluso tan buena como yo, y con un poco de disciplina podrá ser una de los mejores. Y no lo digo sólo por decir. Vio esos emplazamientos; sólo le faltó la experiencia para saber que su armamento no les haría ni un rasguño. Así que sí, puede que usted sea realmente buena, y sí, puede que yo me sienta un poco amenazada por usted, pero le diré una cosa: si alguien puede encontrar un modo de eliminar a esos cerdos imperiales del cielo, somos usted y yo. ¿Qué me dice?
Moonsong se quitó el guante de vuelo y le tendió la mano. Li bajó la vista para mirarla, asombrada. Y entonces tendió la mano a su vez y las estrecharon.

***

El caos y la intensidad de la campaña hizo que los días parecieran semanas, y la flota de la Nueva República y sus pilotos se vieron exprimidos al máximo. Moonsong luchaba contra la fatiga cuando su ordenador de objetivo mostró con un aviso sonoro las coordenadas del nexo de mando. Moonsong tenía que pasárselas a Stramm; él y su pequeño grupo de planificadores de menor nivel habían descubierto el nexo al estudiar las imágenes de combate aportadas por una docena de escuadrones de cazas. En ese preciso momento, la flota estaba enfrascada en una espectacular batalla contra la fuerza de defensa principal del Imperio y los habían atraído a un festival de proyectiles a corta distancia sobre el polo norte del planeta. La maniobra debería haber permitido que un trio de escuadrones de ala-B atacara el nexo de mando pasando prácticamente inadvertidos. Por desgracia, los imperiales consiguieron liberar un grupo improvisado de TIEs que superaba en número a los alas-B en una proporción de tres contra uno.
-Que vuestras naves mantengan sus posiciones y nos cubran.
Moonsong se mostró reacia a ello.
-Es demasiado peligroso, no puedo...
-Eh, como si nunca antes hubiéramos tenido gente disparándonos desde dos frentes. Al menos de este modo podemos seguir vuestros disparos y confundir sus sensores. Si tiene un plan mejor, me encantaría escucharlo.
-¿Quiere un plan mejor? –preguntó Moonsong-. Muy bien. Que todos los alas-B reduzcan potencia y mantengan posiciones. Configurad los cañones láser en disparo rápido y apuntad con los cañones de iones más allá del objetivo. Os esperaremos antes de comenzar nuestra pasada de bombardeo, teniente Li.
-Puede merecer la pena intentarlo...
Mientras los alas-B soltaban su devastadora andanada contra los TIEs, Li hizo pasar sus alas-X entre el fuego amigo hasta el corazón de la formación enemiga. Moonsong no pudo evitar sonreír al ver cómo se despejaba un camino en su ordenador de objetivos. Su sonrisa se hizo mayor al observar un modo incluso mejor de acabar con el nexo de mando.
-Muy bien, chicos y chicas; seguidme en la siguiente trayectoria. Vamos.
Los alas-B formaron detrás de Moonsong y se lanzaron hacia el anillo, donde todos vieron el gran hangar abierto, con los escudos de energía aún bajados. Los alas-B entraron al hangar; mientras volaban por debajo de la sección del nexo de mando, apuntaron sus bombas y torpedos guiados por láser a las profundidades de su corazón. La nave de Moonsong se deslizó sobre la cubierta de vuelo, disparando a las naves enemigas que no habían sido lo bastante rápidas para despegar. Mientras el escuadrón salía del hangar al otro lado del anillo, Moonsong escuchó los gritos triunfales de Fanty y Dahn cuando el nexo estalló tras ellos. Sonrió y activó el comunicador.
-¡Hora de irnos, gente! ¡Así es como se hace!

***

Moonsong comprobó su reloj; tenía menos de una hora antes de que el escuadrón despegara en otra misión de ataque. Ya había perdido la cuenta de cuántas horas de vuelo en misión llevaba. Para el Escuadrón Bastardo, parecía que cada vez que daban una patada a una piedra salían más imperiales de debajo de ella. Su gente, como todos los demás, estaban cansados y agotados. Al atravesar el hangar, pasó junto al ala-X gravemente dañado de Volk. Volk había logrado pilotar la nave de vuelta, y ahora estaba en la enfermería, aunque su pájaro nunca volvería a volar. Pero fue la nave que estaba justo a su lado la que supuso una auténtica sorpresa.
-Braylen... quiero decir, comandante Stramm; ¿qué está...?
Siguió a Stramm con la mirada mientras este descendía de la cabina del ala-X y miraba a Gina con una extraña sonrisa.
-Estamos escasos de pilotos de ala-X y necesitamos todos los cazas disponibles para el ataque –dijo, sin más.
-No sabía que supieras pilotar un ala-X.
La sonrisa de Stramm se ensanchó, y entonces dio la impresión de ser menos extraña.
-Puede que no sea tan buen piloto como tú, pero aún no se ha construido ningún caza que no sea capaz de pilotar. Además, las cosas se están volviendo un poco aburridas arriba en el puente.
Te he echado de menos, quiso decir Gina. Pero cuando abrió la boca, todo lo que se escuchó decir fue:
-Bueno... Tu escuadrón está listo.
-Querrás decir tu escuadrón –respondió él sin perder un instante-. Sigues siendo la jefa. Técnicamente, aún estoy con planificación de operaciones. Dado que Volk está en la enfermería, ocuparé el puesto de compañero de ala de la teniente Li.
-¿En serio? –dijo ella.
-Afirmativo.
Hubo una larga pausa.
-Entonces a ver si me aclaro –dijo ella-. Rompiste conmigo porque no querías tener que ordenarme que fuera a la batalla, o ponerme en riesgo. ¿Y ahora me estás pidiendo que yo te haga lo mismo a ti?
-¿Tenemos que tener esta conversación ahora?
-Sí.
-Muy bien. –Stramm dudó un instante-. En realidad es muy sencillo. Confío en tu buen juicio más que en el mío propio.
-Esta es nuestra última misión juntos –dijo ella.
-¿Estás segura de eso?
-No estoy segura de nada –dijo-. Ya no.
Dio media vuelta y comenzó a alejarse.
-Eh, Gina –exclamó él-. Buena suerte ahí fuera.
-La suerte es el menor de mis problemas –replicó ella.

***

-Bandidos acercándose, teniente.
La voz de Stramm era tensa, y por una buena razón. Daba la impresión de que Moonsong y él habían pasado todo el último día en combate constante. Sus lanzatorpedos estaban vacíos, el impulsor de maniobra de su ala-B se forzaba al máximo cada vez que aceleraba. Los alas-X y sus pilotos estaban igual de maltrechos y cansados. Pero de algún modo el escuadrón estaba aguantando unido.
-Los tenemos –respondió Moonsong-. Colocad vuestros alerones-S en posición de ataque y no disparéis hasta que se acerquen.
El sentido común le decía que debería dar la vuelta a su pájaro, rearmarse, tal vez incluso echarse veinte pequeñas siestas en la cubierta de vuelo... pero ese no era momento de usar el sentido común. Era el momento de seguir dándolo todo hasta el final.
Las dos maltrechas flotas que se enfrentaban se olvidaron de vistosas maniobras y se lanzaron directamente una contra otra. Ambos comandantes sabían que se habían terminado todos los trucos y las astutas estratagemas. Ambos bandos habían perdido demasiadas naves y pilotos, y todo lo que quedaba por decidir era cuántos de los astilleros seguirían intactos después del enfrentamiento final. Una nube de cazas TIE, bombarderos TIE, interceptores TIE y lanzaderas fuertemente armadas surgió de los Astilleros de Propulsores en un último y desesperado intento de llegar hasta la flotilla de cruceros de la Nueva República. La formación se encontró con otra similar que contenía todos los cazas que la flota de la Nueva República podía lanzar en su contra.
Los alas-X de Li y Stramm salieron de la parte delantera de la formación y entablaron una danza letal con un caza TIE tras otro. Gina tuvo que admitir que eran un equipo muy eficiente.
-Quédate cerca, Fanty; vamos a ganarnos el jornal.
-Recibido, jefa.
Moonsong condujo a sus pilotos a través de una andanada de fuego laser hacia un carguero ligero imperial dañado. Transmitió al resto de sus pilotos un patrón de ataque; y, como una máquina bien engrasada, se abrieron camino más allá de los cazas TIE y descargaron sus devastadores disparos contra el hangar abierto del carguero. El carguero explotó, lanzando escombros y llamas en todas direcciones.
-¡Buen trabajo, gente! Reagrupémonos, y busquemos un nuevo objetivo.
Mientras decía esas palabras, Moonsong ya estaba examinando sus pantallas: vio que la flota de la Nueva República estaba siendo golpeada con bastante dureza. Su transporte, el Amalthea, se alejaba renqueante dejando detrás un rastro de plasma de impulsión. Eso no tenía buena pinta en absoluto. Si se quedaban allí, fuera del alcance de su transporte, los imperiales les atraparían, o se quedarían sin combustible... o ambas cosas.
Pero entonces la situación cambió abruptamente. Al unísono, las fuerzas imperiales se retiraron y se dispersaron en todas direcciones. Aquellas naves demasiado dañadas para huir transmitieron el código que indicaba la señal de rendición.
-Dios mío... Se están rindiendo.
-¡Lo logramos!
Gina se recostó en su asiento de aceleración y cerró los ojos. Una sensación de puro alivio recorrió su cuerpo mientras los hurras y los vítores de sus pilotos resonaban por el comunicador. Finalmente, la voz del comodoro llegó por el canal general de la flota:
-A todas las fuerzas de la Nueva República: acabo de aceptar la rendición de los Astilleros de Propulsores Kuat de manos del moff Maksim. Repito: hemos aceptado su rendición.
Gina echó un vistazo por la ventanilla de la cabina al dañado pero aún espectacular anillo. Por su superficie, ardían fuegos, rodeados por los escombros de cientos de cazas y naves estelares. Recortados contra la luz de los incendios y las explosiones, esos escombros parecían un gigantesco campo de asteroides. Era tan hermoso que resultaba fácil olvidarse de que no era otra cosa que la tumba de luchadores de ambos bandos. Moonsong respiró profundamente.
-Muy bien... Volvamos a casa.
Dio media vuelta, y su escuadrón imitó el movimiento en formación detrás de ella.