jueves, 18 de septiembre de 2014

Charla de reclutamiento


Charla de reclutamiento
Simon Smith y Eric Trautmann

La antigua mansión, llamada “Palomar” de acuerdo con la desgastada señal de madera, se alzaba al borde de Ciudad Koved, a una media hora del espaciopuerto principal de Siluria III. La mayor parte de las casas vecinas tenían las puertas y ventanas cerradas con tablones, abandonadas cuando llegó el Imperio. La propietaria de la casa, Kaiya Adrimetrum, estaba sentada sobre una caja de suministros y miraba con tristeza la ciudad, observando el amanecer. Había actividad en la casa, con sus hijas preparando comida y los pacientes de la enfermería improvisada quejándose de sus heridas. Y la misteriosa figura de Corwin Shelvay entraba y salía de la periferia de la consciencia de Kaiya.
Kaiya se quedó mirando unos instantes al otro lado del jardín. Corwin Shelvay fue a tomar un par de tazas del cocinero automático, y se sentó frente a ella, tendiéndole una bebida.
-Buena operación –dijo amablemente.
Kaiya levantó la mirada.
-Sí. Lo ha sido. –Tenía la voz entrecortada, pero bajo control. En sus ojos quedaba el recuerdo del tiroteo, el humo, los disparos de bláster volando, la excitación de enviar a esos malditos soldaditos imperiales al infierno y más allá-. Aunque no encontramos el cuerpo del Gobernador Quannith.
-La casa se estaba cayendo abajo. Y supongo que eso fue una suerte, porque si no habríamos tenido más problemas con los imperiales. –Corwin tomó otro sorbo de té y se quitó la gorra para sacudirle el polvo de la parte superior. Parecía ligeramente entristecido-. Tuvimos bastante pocas bajas teniendo en cuenta que nos enfrentábamos a dos escuadras de tropas de asalto.
-¿Catorce heridos es poco? –Kaiya quedó sorprendida por esa afirmación. Catorce heridos le parecía terriblemente excesivo. Especialmente catorce heridos de su propia gente.
-Catorce heridos es poco –afirmó Corwin-. Especialmente contra experimentados soldados de asalto imperiales perfectamente atrincherados en una casa. Sospecho que lo logramos gracias al cañón bláster, y al rifle de Wince. En terreno despejado nos habrían dejado con catorce muertos. –Bajó la mirada un instante, tal vez recordando algo-. Regla número uno: nunca subestimes a los soldados de asalto. Sólo son estúpidos cuando sus comandantes son estúpidos, pero dales una situación táctica acertada y se volverán muy, muy peligrosos. –Meneó la cabeza y volvió a mirar a Kaiya-. De todas formas, ¿qué demonios te hizo el gobernador Quannith?
Corwin no podía sacudirse el recuerdo de la batalla de la noche anterior, de la ferocidad de la mujer silenciosa que estaba ante él.
-Él... no quiero hablar de ello. –Kaiya apartó la mirada, como si apartara un doloroso recuerdo.
Corwin se preguntó brevemente cuál podría ser ese recuerdo, y entonces recordó la casa en la que vivía Kaiya. Sola, pero con espacio y efectos personales para tres o más... miembros de su familia. Sus hijas estaban aquí. Pero ningún marido.
Bajó la mirada, acercando una mano al curioso cilindro que colgaba de su cinturón. Sus ojos miraron al rostro de Kaiya, y luego volvió la cabeza para mirar al exterior de la ventana.
-Sí, lo sé –dijo suavemente.
Un par de segundos después, suspiró y se encogió de hombros para liberar algo de la tensión de su espalda. A pesar de la frenética batalla, no parecía estar físicamente cansado. Volvió a mirar a Kaiya.
-Entonces, ¿cuál va a ser vuestro siguiente paso?
Kaiya salió de su ensimismamiento. Alzó la mirada hacia Corwin, endureciendo de nuevo la expresión.
-Asegurarnos de haber terminado el trabajo –dijo.
-¿Cuánto tiempo planeáis usar para hacer eso? Ahora mismo la base imperial de Siluria Tres ya sabrá de vosotros. Os enfrentáis a una guerra.
-Una guerra no, seguramente. El Imperio no... –Se detuvo en seco. Tal vez por primera vez desde que Corwin la conocía, pudo ver cómo pensaba seriamente en las consecuencias derivadas de la muerte del gobernador local imperial. Pasaron algunos segundos más en los que Corwin pudo escuchar a los demás moviéndose en la cocina de la vieja casa, preparando algo de comida. Los segundos se convirtieron en un minuto o más antes de que Kaiya levantara la mirada.
-Tendremos que convertirnos en guerrillas. Nos perseguirán a todos. –Se detuvo, con el rostro tensándose conforme iba comprendiendo más implicaciones-. No tengo los recursos para esto. Necesitaremos más dinero, más pisos francos, equipo, suministros médicos... –Dejó caer la cabeza entre sus manos-. Esa gente eran mis amigos. ¿Qué es lo que he hecho?
Corwin la observó por un instante.
-Mi maestro me habló una vez de una raza de guerreros –dijo-. Eran gente cuidadosa y considerada, lo que era inusual para una especie así. Tenían una religión, una creencia acerca de sus comandantes. Creían que el comandante llevaba el alma de todos los guerreros bajo su mando. Significaba que cuando un hombre elegía seguir a un líder era un acto de puro altruismo. También hacía que los oficiales se comprometieran mucho con sus soldados. El comandante sangraba con cada uno de sus hombres y mujeres... sentía cómo morían. Pero sus almas permanecían con su comandante. Hasta el final. –Se detuvo-. Ninguno de sus soldados murió nunca en vano –añadió suavemente.
-Los engañé para que me siguieran –explotó Kaiya, furiosa-. Ahora puedo verlo. –Kaiya alzó la cabeza y miró fijamente a Corwin, súbitamente suspicaz. Apenas conocía a ese hombre, y de algún modo le había dejado ver sus planes más audaces. ¿Quién es este hombre?, pensó-. ¿Qué pretendes exactamente, amigo? ¿Eres alguna clase de cruzado galáctico? Me quieres llevar a alguna parte con esta conversación. ¿Adónde?
Corwin sonrió irónicamente.
-Para ser honestos, sí. Soy una especie de cruzado galáctico. Y creo además que deberíamos llevaros fuera del planeta. Seríais útiles para la rebelión.
-¡Estás de broma! ¿Qué podrían querer los rebeldes de nosotros? Si es que eres un rebelde –añadió rápidamente, moviendo la mano ligeramente hacia el rifle bláster de cañones recortados que descansaba sobre una caja cercana. Si es un informante, es hombre muerto, pensó lúgubremente.
Corwin se encogió de hombros, advirtiendo la agitación de Kaiya.
-Uno –dijo, enumerando los puntos con los dedos con la esperanza de poder razonar con ella-: Tienes suficiente liderazgo como para reunir un grupo de gente. Dos, conseguiste suficiente dinero para comprar cuatro cañones bláster y hacer que los transportaran. Tres, hiciste eso y organizaste el ataque y los pisos francos sin que los imperiales lo supieran. Cuatro, llevaste a cabo un ataque exitoso. Eso te convierte en muy, muy buena materia prima para un oficial. Tienes en tu equipo algunos buenos tiradores y médicos, y más gente con otras habilidades que pueden aprender más. La rebelión siempre necesita gente como vosotros.
Corwin hizo una pausa, sonriendo.
-Y veinticinco mil créditos de recompensa imperial dicen que si no soy un rebelde, debo de estar haciendo algo terriblemente mal –Corwin sonrió débilmente.
-¿Veinticinco mil? ¿Quién eres?
-Veinticinco es la recompensa estándar por cualquiera a quien se encuentre con uno de estos.
Corwin desenganchó el extraño cilindro de su cinturón y lo sostuvo en la mano. Kaiya miró fijamente el aparato sin tener la menor idea de qué era. Con cuidado, lo tomó y le dio vueltas en su mano, asegurándose de no tocar ninguno de los botones de control.
-¿Qué es?
Corwin lo recuperó y, con un giro experimentado, apuntó su extremo hacia fuera pulsando uno de los controles. Un haz de luz brillante de un metro de largo se extendió, creando sombras que danzaban detrás de las cajas. Emitía un ligero zumbido, que se hizo más fuerte mientras hacía girar la punta trazando un ocho tan rápidamente que la sorprendente imagen residual aún no se había desvanecido cuando terminó el movimiento. El número permaneció ahí, en su retina, apagándose lentamente.
-Un sable de luz –susurró Kaiya-. Había escuchado hablar de ellos, pero nunca había visto uno realmente. Entonces, ¿eres un Jedi? Creía que se suponía que todos erais viejos arrugados y con barba, comulgando con la Fuerza o algo así.
Corwin apagó el sable, sonriendo. El zumbido cesó. Kaiya aprovechó la pausa para respirar.
-No todos nosotros. Mira, puedo poneros en contacto con la alianza, y daros buenas referencias. –Volvió a colgar el sable de luz de su cinturón-. Reconócelo, aquí no podéis hacer mucho contra el Imperio, y sois lo bastante buenos como para marcar una diferencia. ¿Qué dices?
Kaiya se puso en pie de golpe, y caminó hasta la ventana, frotándose los ojos.
-No puedo creerlo. Un Caballero Jedi, pidiéndome que trabaje para la rebelión. Y aún no estoy segura de poder aceptar. –Hizo una pausa, suspiró profundamente y se volvió para mirar a Corwin. El cansancio era evidente en su rostro-. Había planeado quedarme en Siluria para luchar contra los imperiales –continuó-. No quiero abandonar este lugar, ni a mis amigos. Y no creo que deba.
Permaneció en silencio.
-Si te quedas aquí, estarás golpeando al aire en vano. Este lugar no es importante para el Imperio. Si consigues convertirte en una seria molestia, se limitarán a mandar un par de bombarderos TIE para hacerte pedazos desde órbita, y no les importará a quién más matan con tal de acabar contigo. –Corwin terminó su té-. El Imperio también tiene una táctica que usa en mundos que no necesita demasiado. Comienzan matando a la población inocente. Es el truco anti-guerrilla más viejo del manual: matar a alguien en la plaza del pueblo cada mediodía hasta que se rindan.
”Kaiya, serás una buena comandante, pero aquí estarás desaprovechada. Si quieres al Imperio fuera de Siluria, tendrás que enfrentarte a él fuera de Siluria. Causarás más daño, y la gente de aquí estará más segura. Y no tienes por qué dejar atrás a todo el mundo. Trataremos de aceptar a todo el mundo que quiera salir de aquí. Si Siluria os necesita, os necesita ahí fuera, golpeándoles donde hace falta.
-Así de fácil, ¿verdad? ¿Sólo salir volando, unirme a la rebelión, y todo irá bien? –Kaiya se pasó una mano por el pelo con aire ausente-. No creo que el universo funcione así.
-Nada que merezca la pena es sencillo. Pero haréis más daño al Imperio con la rebelión. Habéis arrasado la casa de un gobernador, Kaiya. Ahora imagina hacer lo mismo a un bunker de comunicaciones de línea o al edificio de un reactor. No es mucho, pero si lo hacéis dos minutos antes de que una unidad de las Fuerzas Especiales rebeldes ataque la base, seguro que dejaba al Imperio sangrando de la nariz. O algo peor. Además, Siluria estaría a salvo de represalias, porque no sabrían quiénes sois.
Corwin se levantó y metió las manos en los bolsillos.
-Será duro para ti y para todos los que decidáis venir. No voy a mentirte. Mucha gente muere cada día. Puede que pase un tiempo antes de que encuentre a alguien con quien contactar, ya que la seguridad es muy estricta. Pero es bueno que los planes sean flexibles: la necesidad está ahí, los medios están ahí, y vosotros tenéis el talento para dejar huella. Confiemos en la Fuerza para el resto.
Se oyeron más ruidos desde la cocina y la puerta se abrió. Una niña, de unos diez u once años, entró con dos platos humeantes.
-Lleváis siglos hablando, vosotros dos –dijo con una sonrisa-. Supuse que tendríais hambre.
Kaiya sonrió ligeramente y tomó un plato de los que ofrecía la niña, su hija. Entonces se sentó a comer, dando la espalda a Corwin. Parecía que la conversación había terminado. Corwin la miró unos instantes, y luego tomó el otro plato.
-Me comería un bantha –dijo-. Gracias.
Entonces volvió a ponerse la gorra, y dejo a Kaiya con sus pensamientos.

martes, 16 de septiembre de 2014

Amanecer Arkaniano

Amanecer Arkaniano
Simon Smith y Eric Trautmann

Generalmente, la cabina de control de un transporte de esclavos thalassiano Y164 no es un lugar agradable. La cabina del Amanecer Arkaniano era especialmente poco atractiva, cubierta con los deshechos de demasiadas guardias largas en las que había muy poco que hacer, en una nave impulsada únicamente por la codicia y la miseria de los demás. El suelo estaba cubierto por una capa de envoltorios de comida y diversos fragmentos de plástico. Las estanterías de la cabina de la nave estaban repletas con latas, botellas, y media baraja de sabacc, el resto de la cual había caído por una rendija detrás de una de las abolladas consolas.
La vista del sombrío planetoide Dalastine IV en el exterior complementaba perfectamente el interior, pensó Thila amargamente. Sobre su cabeza, tres pares de luces rojas que avanzaban en formación pasaron disparadas hacia el norte: bombarderos Skipray que operaban desde la base rebelde ubicada en Dalastine. Thila se hundió en el asiento del copiloto, con varias latas de cerveza sullustana en las manos.
Corwin se detuvo en la puerta, echó un vistazo al desorden reinante, se encogió de hombros y se dirigió al asiento del piloto.
-Jamás pensé que estaría en uno de estos en términos amistosos –dijo, sentándose-. A veces la vida da extrañas vueltas.
Thila permitió que el silencio reinara unos instantes. Entonces tomó una lata, la abrió, y pasó una segunda a Corwin.
-Quería hablar conmigo, comandante Shelvay –dijo tras tomar un sorbo. No era una pregunta.
-Amanecer Arkaniano. Es un buen nombre para una nave. Despierta recuerdos. –Corwin tomó un trago de cerveza-. ¿Cuánto tiempo hace falta para acostumbrarse a un disfraz así?
-¡¿Qué?! –Thila hizo una pausa, desprevenida. Luego tomó una profunda inspiración y la soltó lentamente-. Mucho tiempo. Años. Demasiados años. –Miró lentamente el desorden de la cabina, y un esbozo de sonrisa irónica asomó en sus labios-. Ahora es parte de mí. Yo no solía ser tan desordenada.
Corwin sonrió amablemente.
-Yo pensé en hacer algo parecido –dijo, reclinándose en su asiento-. Aunque supongo que lo hice. No puede haber más de tres personas que conozcan al viejo Corwin Shelvay, y probablemente ahora no me reconocerían. –Volvió a tomar un trago de la lata, haciendo una pausa-. Me pregunto si alguien recuerda a Alba Arkanian[1].
Thila bajó la mirada un instante y se frotó la cara con las manos. Cuando levantó la cabeza, los duros rasgos de esclavista sullustana casi habían desaparecido. Ahora el parecido con su hermano era más aparente. Pero Thila también parecía preocupada y cansada.
-Yo sí. Pero no muy bien. –Soltó una risita seca, desprovista de humor-. A veces me pregunto si fue buena idea bautizar mi nave inspirándome en mi antiguo ser.
Entonces volvió a quedarse en silencio, conforme más recuerdos regresaban a su memoria.
Corwin asintió, inclinándose de nuevo hacia delante.
-Estás a salvo. Yo sólo te conocí debido a un viejo amigo mío. –Corwin miró fijamente su lata de cerveza, arrastrando las palabras con tristeza-. Un muy buen amigo. –Después de un instante, se frotó los ojos y posó la lata en la consola-. Ese amigo mío se hacía llamar Dimitri Melamor, y era mi tutor en la universidad. Ese no era su auténtico nombre. Su auténtico nombre era Darrin Arkanian, dato que me reveló poco antes de ayudarme a hacer esto.
Corwin alzó brevemente su sable de luz en una mano y lo miró fijamente, recordando en silencio.
-Sí... supuse que eras su... pupilo en cuanto oí tu nombre completo. Yo... recibí algunas cartas suyas a lo largo de los años... Mediante apartados de correos y cosas así. –Thila alzó la mirada hacia Corwin y continuó-. Hablaba bien de ti. –Con voz entrecortada, añadió-: ¿Qué pasó hace todos esos años?
Corwin alzó la mirada. Se dio cuenta de que ella ya podía sentir la respuesta.
-Estábamos viajando. Vi muchas cosas en ese viaje; yo era mucho más joven... entonces. Aprendí mucho sobre la vida, sobre la realidad del maldito Imperio. Bespin, Kessel, Tatooine, incluso hicimos una parada en Coruscant.
Apartó la mirada, hacia el sombrío paisaje del exterior, y suspiró.
-Tratamos de pasar desapercibidos, pero nos encontraron. Me capturaron.
Vació la lata, y luego la aplastó en silencio, con precisión.
-Me entregaron a Tremayne; Darrin vino a rescatarme. –El rostro de Corwin era neutro, como si todas las emociones se hubieran recluido tras una coraza. Un instante después, parpadeó, y la expresión regresó. Era una expresión de pesar, tristeza y pérdida-. Me dijo que huyera, me dio un nombre y algo de dinero. Le desobedecí, incluso luché contra Tremayne... pero no llegué a tiempo. –Dejó caer el disco aplastado sobre la consola y tomó otra lata, pero no la abrió-. Tremayne le mató –terminó en voz baja.
-Pensando en ello ahora, creo que él sabía cómo iba a ocurrir. Se dejó llevar como si pensara que no tenía elección... como si supiera que su destino era salvarme sin importar el coste para él.
Thila asintió una vez, con lágrimas asomando en sus ojos.
-Sí –dijo únicamente. Entonces se rindió al incómodo sentimiento y se desplomó en su asiento con las lágrimas recorriéndole el rostro. Parecía estar en una especie de estado de equilibrio, sin sollozar, pero con las lágrimas manando libremente.
Corwin quedó sentado en silencio, sin moverse, con la expresión triste y silenciosa de alguien cuyas lágrimas se han agotado hace tiempo. Después de un instante se escuchó el estridente siseo de una lata al abrirse, pero no hizo ningún movimiento para beber.
-Hace tiempo que lo sabía, en realidad –dijo Thila, con la voz tensa y llena de dolor de alguien que está llorando-, pero necesitaba que me lo dijeran. Gracias.
Dejó escapar un sollozo. Luego escondió la cabeza entre sus manos y comenzó a temblar en silencio.
Corwin dejó la lata y avanzó para pasarle un brazo sobre los hombros, preguntándose por qué no sentía nada aparte de remordimiento. Entonces de pronto sintió con mucha fuerza la presencia de su maestro. Susurró en silencio un saludo a la sombra (real o imaginada, no le importaba). Tomó la cerveza con la mano libre y se sentó en compañía de ambos, observando la superficie de Dalastine.
Fue varios días después cuando Corwin volvió a verla. Aunque, en realidad, no consiguió ver a Thila. La esclavista que trabajaba para la rebelión parecía haber desaparecido y Alba Arkanian finalmente había dejado atrás el disfraz que había llevado durante años. Cuando ella vio a Corwin, sonrió, y él se dio cuenta de que tal vez no había sido el único en sentir la presencia de Darrin Arkanian, Caballero Jedi.


[1] En el original, la nave se llama Arkanian Dawn y la sullustana Dawn Arkanian, es decir, las mismas palabras cambiadas de orden. Dado que en castellano el orden de las palabras es el mismo, el “disfraz” no sería tan efectivo, así que opto por la palabra Amanecer para el nombre de la nave, y Alba (que aparte de sinónimo de amanecer es un nombre propio femenino bastante común en castellano) para el personaje.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Una inspección típica


Una inspección típica
Bill Smith

Deeve alcanzó finalmente la cima del risco. Con un suspiro, miró por encima del borde... al corazón del planeta. Durante una fracción de segundo, se olvidó de sus doloridos brazos y piernas, mientras observaba cómo se arremolinaban las nieblas miles de metros más abajo. Parecían nubes, pero sabía que esos vapores estaban tan calientes que respirar una sola bocanada le mataría al instante.
Volvió a ajustarse el respirador en la cara, asegurándose de que estuviera bien ceñido. Trató de quitarse parte del sudor que se había concentrado junto a sus ojos, pero una gruesa pieza de vidrio transparente detuvo su mano.
-Nunca me acostumbro a ver cosas como estas –murmuró para sí mismo-. Qué vista tan maravillosa, y soy la primera persona que jamás la haya visto. –Buscó en el suelo de rocas sueltas un lugar cómodo donde sentarse. Hace mucho tiempo que había superado el miedo a las alturas, y se sentó a menos de un metro del borde del precipicio-. Aquí fuera hay otras cosas de las que sí merece la pena preocuparse.
Pequeños pedazos de tierra púrpura-azulada cayeron al abismo.
Tomó su tableta de datos de los ganchos moleculares en su cintura y pulsó el botón de encendido. Mientras esperaba que los programas operativos básicos de la tableta de datos comenzaran a funcionar, pasó la lengua por las almohadillas de diagnóstico en el interior de su máscara respiratoria. Mientras el ordenador de análisis integrado en el respirador ejecutaba un diagnóstico rápido, iba mostrando los resultados en su placa facial:

2:14:48 de aire restante
Respiración aceptable
Potencial energético aceptable
Clima exterior hostil pero dentro de las especificaciones del traje sellado
Recomendaciones: Sin precauciones adicionales. Proceda

-Bien. Estoy preparado.
Activó su comunicador con un movimiento de la lengua.
-Nave Fundador del SENR1, aquí Deeve. Estoy en el borde del cañón, con unos cinco minutos de adelanto sobre el horario previsto. ¿Algo nuevo que deba saber?
Una voz electrónica pero claramente femenina le respondió.
-Adelante, Deeve, cielo. Nada nuevo que informar. La temperatura te freirá sin ese traje, y la atmósfera es asesina. Unas pocas décadas de terraformación y este lugar será un buen hogar para... algo.
-Efecé... ¿dónde está Jarsa? –Deeve reprimió un comentario acerca del comportamiento de la droide. Creía haberla reprogramado para que no fuera tan insufriblemente cariñosa.
-Jarsa ha salido a trabajar en la aleta solar. Hemos tenido más mynocks; esta vez han roído los condensadores de campo de la aleta, y una mota de polvo la hizo añicos antes de que descubriéramos que el escudo de partículas estaba desactivado.
-Genial. Asegúrate de que regresa ahí pronto. Si llamo pidiendo ayuda, que sea ella quien pilote hasta aquí abajo; no quiero que trates de aterrizar esa cosa. Acabarías enterrando el Fundador en una montaña, o algo así.
-Cariño, eso me hace querer intentarlo. Sólo para demostrar que te equivocas...
¡CLICK!
-Deeve fuera –murmuró para sí mismo mientras apagaba el comunicador con un movimiento de la lengua. Esto ya iba a ser bastante duro sin un montón de circuitos enamorados parloteándole al oído.
Devolviendo su atención a la tableta de datos, se quitó la mochila de su hombro dolorido y abrió uno de los grandes bolsillos. Sacó un dispositivo grande, más o menos rectangular, y pulsó el botón de encendido. Espectrómetros, detectores de radiación, buscadores de mineral, monitores de temperatura y una docena más de sondas y chismes cobraron vida con un zumbido cuando el analizador ambiental se activó. Tomando un enlace de datos, introdujo un conector en el analizador ambiental y conectó el otro en su tableta de datos. Con un movimiento de la lengua, pasó su comunicador al modo de grabación de audio.
-Escaneo remoto de recursos: comenzado –anunció en voz alta.
Diales, medidores y otros monitores comenzaron a emitir sonidos mientras el analizador ambiental recopilaba todos los datos que podía acerca de esa remota ubicación. Echó otro vistazo a su alrededor.
El cañón se extendía hacia el horizonte por el norte y por el sur, y desde ese punto elevado parecía tener más o menos forma de media luna. Probablemente mediría unos diez kilómetros de ancho, y quién sabe cuánto de profundidad. En el costado del cañón que estaba a la vista, pudo ver siete tipos distintos de suelo; primero, esa capa superior de roca azulada; luego una roca aparentemente más sólida, de un azul más fuerte; conforme el cañón iba descendiendo más, el color de los estratos se iba haciendo cada vez más oscuro, hasta que los vapores de los flujos de hirviente lava en las profundidades ocultaban su visión.
-Tiene que haber algún buen depósito de mineral ahí abajo –pensó para sí mismo-. De lo contrario, este será el quinto planeta seguido desolado y sin valor.
Tres sistemas más y regresarían a la Base de Exploración Foxar de las Regiones Exteriores, y hasta ese momento iban a regresar con las manos vacías. Apenas habían obtenido lo suficiente para cubrir sus gastos de operación, pero una gran veta de mineral... y entonces ese viaje habría merecido la pena.
Abrió el compartimento más grande de su mochila y sacó una caja cuadrada de aproximadamente medio metro de lado. Examinó los pequeños nódulos repulsores en la superficie inferior.
-¿ErreeEme-CeroDós, qué tal estás? ¿Preparado para hacer tu trabajo?
Una serie de alegres trinos surgió de un altavoz lateral. REM-02 ahorraba un montón de problemas en esas inspecciones planetarias. Podía descender flotando, más cerca de la lava de lo que Deeve se atrevía a ir. El pequeño e intrépido droide podía efectuar un análisis completo del suelo y el aire y transmitirlo de vuelta al sensor receptor del analizador ambiental. Por descontado, la unidad no era lo bastante lista como para sacar nada en claro por su cuenta (para eso estaba el analizador ambiental), debido a que la mayor parte de su programación se concentraba en la auto conservación. Había un límite en los que los técnicos de Industrial Automaton podían integrar en ese pequeño cuerpo.
-¡Ahí vas!
Con un empujón, lanzó el pequeño droide por encima del borde del precipicio y los repulsores se activaron con un zumbido uniforme. Pronto el zumbido dejó de oírse, pero los datos comenzaron a cruzar a toda velocidad la pantalla de su tableta de datos. Supuso que en diez o quince minutos podría hacer el rápido descenso de vuelta a su saltacielos y pasar al siguiente punto de inspección.
Entonces, escuchó un sordo rugido mezclado con varios crujidos amortiguados que parecían... pasos. Dándose la vuelta, vio lo que parecía una criatura cuadrúpeda, de cuatro metros de altura, cubierta con esa roca azulada. De la parte inferior de su cuerpo, un tentáculo bajó hasta el suelo y reptó por la roca hacia él.
Deeve extrajo instintivamente su pistola bláster y trató de retroceder para ganar distancia. Cuando su pie izquierdo notó el borde del precipicio, recordó las circunstancias en las que se encontraba.
-Algo delante, nada detrás. Este es un mal lugar.
Conforme el tentáculo se acercaba deslizándose, disparó al suelo, más por miedo que por otra cosa. El tentáculo se detuvo cuando llegó al borde del impacto. Inmediatamente, Deeve sacó su tableta de datos, ordenando al programa que detuviera su lectura de sensores remotos y diciéndole que examinara esa cosa que estaba frente a él a menos de cinco metros de distancia.
La cosa retrocedió uno o dos metros, haciendo lo que los humanos podrían interpretar como un “movimiento relajado”; se reclinó, descansando sobre sus patas traseras. Por supuesto, la cosa también podía estar preparándose para saltar sobre él.
Se sentó ahí, sin hacer nada. El tentáculo volvió a meterse bajo una placa de roca que pareció apartarse a su paso.
-Ojalá tuviera cabeza. Al menos sería capaz de saber si me está mirando.
Deeve supuso que, por el momento, no estaba interesada en enfrentarse a él. Siempre era buena señal.
-¡Efecé, bajad aquí AHORA MISMO! Tenemos algo que merece la pena investigar.
Sólo era un día como cualquier otro en el servicio de exploración.


[1] Servicio de Exploración de la Nueva República. En el original, NRSS, New Republic Scout Service (N. del T.)