martes, 1 de septiembre de 2015

Desenfundando

Desenfundando
Michael Allen Horne

En mi opinión, desenfundar rápido en los duelos es algo que está sobrevalorado. Desde luego, es algo que queda bien en las holopelis, ¿pero en la vida real? He visto a más gente caer de esa forma que de cualquier otra. Claro, la velocidad cuenta, pero también la precisión. No te sirve de nada si disparas cinco veces al suelo mientras tu oponente pone su punto de mira perfectamente centrado en ti.
Esto lo he aprendido por las malas. Oh, en mis días de juventud era bravucón. Estaba realmente metido en esa actitud. Entonces era un crío. Cuando comencé a jugar en ligas mayores, obtuve más experiencia y trabajé para mantenerme en forma.
Yo mismo desenfundaba bastante rápido, pero había practicado. Mucho. Con remotos, holo-dianas, en campos de tiro, y con tipos sin sentido del humor. Sé lo peligroso que puede ser un duelo. He liberado a muchos de sus miserias y sé lo estúpido que resulta. Deja que te diga una cosa: no tengo mira óptica en mi pistola sólo para que esté equilibrada...
La mayoría de las veces que te ves metido en una lucha, deberías ser capaz de verlo venir y sacar el arma, para empezar. O bien, alguien te dispara desde la distancia y, si no te hieren de inmediato, corres en busca de refugio y entonces te tomas el tiempo que necesites para reaccionar. Si en cambio te imaginas que algún payaso va a salir al centro de una calle y llamarte, entonces no durarás mucho en esta galaxia.
He estado en muchos tiroteos y batallas, y lo que siempre he encontrado mucho más útil es mantener la mente clara. Cuando tengo que disparar, tengo que concentrarme en disparar. He escuchado que todo el mundo está capacitado para desenfundar rápido un puñado de veces; simplemente no veo la razón para malgastarlas cuando no es necesario.
Por supuesto, con esto no quiero decir que me limite simplemente a eso. Sacar el arma limpia y equilibradamente es sólo parte del trabajo.
Eso es lo que marca la diferencia: sacar el bláster de su funda y apuntarlo. La mayoría de la gente no llega más allá de dar un buen tirón a la funda.
Disparar realmente y sentir si aún sigo lo bastante a salvo para disparar de nuevo es el siguiente paso, más complicado.
No quiero menospreciar la velocidad al desenfundar. Es sólo que de todas las veces que he desenfundado, apuntado y disparado en menos de un segundo, la mayoría de ellas fueron contra un objetivo equivocado o inútil. Para mí, la verdadera prueba es la mirada antes de que salgan las armas. Cuando miras a alguien directamente a los ojos, eso es lo que realmente separa a los profesionales de los aficionados.
Ha habido dos veces en las que he sentido que todo trabajaba al unísono: mi brazo, mi hombro, mis dedos, todo. Es toda una sensación. Tal vez los profesionales de bolachoque sientan algo parecido.
La primera vez, fue contra... sí, seguramente sería el pistolero más rápido de la época. Gallandro me tenía sin escapatoria. Yo estaba pensando en lo impresionado que quedaría cuando mi bláster le apuntara... cuando olí que algo se quemaba. Era yo. Por desgracia para él, no mantuvo la mente clara. Me disparó y comenzó a presumir, confiado, cuando la palmó.
Me hizo pensar. Antes de que muriera, dijo cómo le habría gustado tener de segundo a alguien como yo. Me dio escalofríos.
¿Qué? ¿La otra vez? Oh, por supuesto la segunda vez tampoco sirvió de mucho. Fue muchos años después, entonces era más mayor, pero eso no supuso una gran diferencia. Puede que los reflejos se vuelvan ligerísimamente más lentos, pero el cerebro que dirige todo el cotarro se agudiza con el tiempo.
Nunca olvidaré cómo todo parecía en perfecta sincronía. Quiero decir, me sentía perfectamente afinado, como un hipermotor micropreciso. Sin duda, sin la más remota duda, aquella fue la vez que más rápido haya desenfundado jamás. Pero a Leia, a Chewie y a mí no nos sirvió de gran cosa.
El gigantón se limitó a detener el disparo con un gesto de su mano, y luego me arrebató el arma de la mano como si fuera un niño. Por supuesto, si puedes presentarme a algún otro que haya desenfundado así ante un Señor del Sith, me gustaría ver cómo le fue a él.
-Han Solo

lunes, 31 de agosto de 2015

Farol rebelde

Farol rebelde
Michael Kogge

Lando Calrissian no podía creer su mala suerte. Una vez más recibía una mano horrorosa en una ronda de sabacc. Para ganar el bote principal y saldar sus deudas, necesitaba que sus cartas sumaran un total de veintitrés puntos positivos o negativos. Ahora mismo tenía cinco puntos negativos... y las cosas no tenían aspecto de ir a mejorar en un futuro inmediato. Habían sido diez repartos de cartas nefastos seguidos y sus créditos estaban en las últimas.
Evaluó cómo les iban las cosas a sus competidores en la mesa. El Viejo Jho, el ithoriano propietario de la cantina, permanecía inmóvil y en silencio, salvo por una vena que palpitaba en la base de su cuello, delatando su nerviosismo. Por otro lado, la joven sentada junto a él, una morena con cazadora de explorador y pantalones amplios, no parecía molesta en absoluto por sus cartas. Tomaba sorbos de su bebida y paseaba su mirada por la cantina con aire ausente.
Lando supuso que habría venido de la Ciudad Capital, ya que su rostro no se veía curtido por haber crecido en las llanuras de Lothal, y sus manos, suaves y delicadas, delataban trabajo de oficina, probablemente en un centro de datos. Sus ojos revelaban la mayor parte, como siempre ocurría con los humanos. Había un brillo pícaro en ellos, una chispa de inteligencia que desmentía su apariencia ingenua. No importaba lo mucho que tratara de fingir una casual indiferencia, no podía ocultar a Lando que su mirada se dirigía una y otra vez a la entrada de la cantina. La mujer esperaba que alguien pudiera irrumpir allí, tal vez un ex amante enloquecido o un cobrador de recibos. Era una mujer fugitiva.
El último de los jugadores, un devaroniano con un cuerno roto, no mostraba ni pizca de ansiedad. Ni debería. Cikatro Vizago era el gran ganador hasta ese momento, ya que había obtenido la mayoría de los botes de mano de las rondas individuales. Sin embargo, era obvio que quería más. Tamborileaba con las uñas en la superficie de la mesa, acercando los dedos al bote de sabacc que, a diferencia de los botes de mano, iba aumentando en número de créditos con cada ronda.
-Fuera las zarpas, Vizago –dijo Lando-, a menos que vayas a cantar sabacc.
El gánster ofreció a Lando una sonrisa de dientes afilados que podría conseguirle un papel protagonista en un Holo de terror.
-Puede que esté a punto de hacerlo –dijo con su fuerte acento-. ¿Dispuesto a plantarte?
-Deberías saber que no me planto. Sólo gano –dijo Lando. Puede que tuviera la peor mano de todas, pero nunca lo mostraría. Había ganado con menos.
-Entonces deja que haga que te merezca la pena.
Vizago depositó un puñado de chips de crédito en el bote de sabacc, subiendo en mil la apuesta.
-No voy –gruñó Jho por el traductor que cubría sus bocas. Dejó caer sus cartas sobre el campo de suspensión de la mesa, que fijó su valor facial a un total de nueve puntos negativos.
-Yo tampoco –dijo la mujer, para sorpresa de Lando. No parecía darse cuenta de que se había plantado con una buena mano. Los dieciocho puntos positivos que dejó en el campo de suspensión podrían haberle hecho ganar si hubiera continuado jugando.
Vizago estiró los dedos, extendiéndolos sobre la mesa. Pocos habrían encontrado algún significado en ello, pero para Lando esa acción revelaba el farol del gánster. El devaroniano había estado golpeando la mesa con las uñas durante toda la partida, y este breve momento de respiro demostraba un cambio en su estado de ánimo. Muy probablemente estaba aliviado de que la mujer se hubiera plantado, lo que significaba que sus cartas sumaban un total inferior a los dieciocho puntos de la mujer.
Lando tocó los créditos de su bolsillo. No tenía ni de lejos los mil necesarios para permanecer en la partida. Lo que tenía era la tarjeta llave de su Ubrikkian 9000. Recientemente había comprado el deslizador terrestre para explorar potenciales lugares de prospección en un terreno que había comprado a Vizago... y por el que aún le debía un buen montón de créditos.
Midió el bote de sabacc, engordado considerablemente por la contribución de Vizago. El montón pagaría de sobra su deuda. Y con dos jugadores fuera de juego, a Lando le gustaban las probabilidades. Años en el circuito de casinos lo habían enseñado cuando jugársela a todo o nada. En la situación correcta, la suerte podía ser tan fiable como un buen bláster.
Lando depositó su tarjeta llave.
-Todo lo que tengo.
Vizago soltó un gruñido.
-Oh, no. No intentes encasquetarme tu chatarra, Calrissian.
-¿Un Ubrikkian 9000? Eso no es chatarra. –La mirada viajera de la mujer quedó fija en la tarjeta llave-. Incluso como piezas sueltas, vale más que todo el bote. Los mineros los están pidiendo a gritos.
Lando lanzó a la mujer un gesto de aprobación.
-La dama sabe de lo que habla.
-En mi opinión, esos Ubriks son todo un regalo para la vista –dijo el Viejo Jho-. Casi tanto como una cápsula de escape, en vez de un deslizador.
-Estoy de acuerdo. –Las pupilas de Vizago se estrecharon como cabezas de alfiler-. Pero esta vez dejaré que te patines, Calrissian... aunque rezo por que tengas algo más con lo que pagarme una vez acabemos con esta diversión.
-¿Qué tal si te pago con el bote? –dijo Lando, con una sonrisa fanfarrona.
La mesa de sabacc emitió un pitido, indicando que comenzaba la fase de desplazamiento. Esta era la parte del juego favorita de Lando, cuando el aleatorizador de la mesa tomaba el control de las cartas y transmitía señales a los receptores integrados en cada una de ellas. Sus cartas comenzaban a desdibujarse y a pasar por los distintos palos de Bastones, Monedas, Frascos y Sables, presentando totales completamente nuevos, nuevas formas de ganar... y de perder. Como una broma cósmica, un Arreglo de Idiota parpadeó ante sus ojos, sólo para ser reemplazado instantes después por un par de Malignos. Esas cartas también se desvanecieron para convertirse en algo distinto, luego en algo distinto de nuevo, ofreciendo un cosmos de posibilidades.
El corazón de Lando latía con fuerza. Su mente cavilaba. Mientras las cartas siguieran cambiando, la fase de desplazamiento podría terminar en cualquier momento, siendo su duración tan aleatoria como su barajeo. La emoción estaba en no saber. Por eso le gustaba apostar. Por eso jugaba. Eso era la vida, vivida al límite, donde el futuro y el destino de uno podían estar determinados únicamente por el puro azar.
Todo el mundo le miraba. No verían nada inusual. Al contrario que ellos, él había perfeccionado su cara de sabacc. Aunque su corazón martilleara y su mente trabajara sin descanso, en la superficie Lando permanecía tranquilo y calmado.
Cuando la fase terminó y las cartas adquirieron su valor definitivo, sus instintos demostraron haber estado de nuevo en lo cierto. Puso sus cartas en el campo de suspensión, mostrando un Once, un Tres y un Nueve de Sables, todos ellos positivos.
-Sabacc –dijo, suavemente, como si fuera evidente que eso era lo que tenía que ocurrir.
Vizago rugió, golpeando la mesa. Arrojó sus cartas al campo.
-¡Tramposo!
-No. Sólo es suerte.
Lando fue a echar mano al bote cuando un fuerte golpe metálico le distrajo. Se volvió para ver un droide guardaespaldas IG-RM detenido en el exterior de la puerta trasera de la cantina.
-Creí que acordamos que tus colegas no estarían–dijo Lando.
-Efectivamente, en el interior–dijo Vizago-. Y te lo prometo: no va a entrar.
No necesitaba hacerlo. Uno de los brazos del droide había sido convertido en un cañón bláster. Un disparo bien colocado acabaría definitivamente con la carrera de Lando en el sabacc.
Pero Lando debía saber que no había que subestimar al Viejo Jho.
-Puedes apostar a que no lo hará –dijo el ithoriano. El viejo Jho pulsó un botón en su cinturón, y una puerta blindada se cerró de golpe frente al droide-. No puedo soportar a esos droides. Ahora vete –dijo a Vizago.
-Jho, vamos, sólo quería asegurarme de que todo era justo. ¿Por qué no nos olvidamos de esto y seguimos jugando, para que todo el mundo tenga una oportunidad de recuperar sus créditos? –dijo Vizago-. Seguro que te apuntas a otra partida, ¿verdad, Calrissian?
-Lo siento, Vizago. Tengo que irme a casa. Mi cerdo inflable se pone de malos humos si no lo saco a pasear.
Vizago se levantó de la mesa.
-¿Y qué tal si te llevo a ti a dar un paseo?
Lando le ignoró, advirtiendo que la silla junto a Jho estaba vacía.
-¿Adónde ha ido nuestra amiga?
Jho volvió la cabeza.
-Ni siquiera la he visto marcharse.
Lando examinó la cantina. Un grupo de tripulantes de carguero se divertían en la barra, mientras dos snivvinanos se acurrucaban en un oscuro reservado. No había ni rastro de la joven.
-El bote de sabacc –dijo Vizago-. ¡Lo ha robado!
Una mirada a la mesa confirmó que ya no estaba allí.
-Karabast –maldijo Lando, usando una palabra que había aprendido bastante recientemente. Debería haber prestado más atención. Con toda la confusión con Vizago, ella debía de haber tomado el bote y luego se escabulló.
La súbita llegada de un transporte de tropas imperial dejó esas preocupaciones a un lado. El vehículo repulsor de casco gris aparcó en el exterior de la entrada, con sus torretas ametralladoras de proa y popa apuntando amenazadoramente a la cantina. Tres soldados de asalto desembarcaron de su cabina.
Toda la diversión de la barra terminó, así como los achuchones del reservado. Vizago se escabulló de nuevo en las sombras. Se hizo un silencio tal en la cantina que Lando podía escuchar el entrechocar metálico de las placas de armadura de los soldados de asalto al entrar, con los rifles preparados.
-¿Puedo ofrecerles un refresco a todos ustedes? –preguntó Jho.
El líder de la escuadra, cuyo rango venía indicado por la hombrera naranja de su uniforme, soltó un bufido.
-Debería arrestarle por intento de envenenamiento a un oficial del Imperio. Los humanos no beben bazofia alienígena.
-Señor, he servido a algunos de los mejores pilotos de TIE de Lothal...
-Cierra tus bocas, cuello de cuero.
El líder de la escuadra hizo un gesto y el soldado que iba tras él activó una tableta holográfica. Proyectó un holograma azul de la joven ahora ausente, salvo que en lugar de la chaqueta y los pantalones vestía el atuendo de un burócrata del gobierno.
-Tenemos informes de que esta traidora estaba en las inmediaciones. ¿Ha estado aquí?
El Viejo Jho dudó, con su vena hinchada como una raíz de árbol. A pesar del hecho de que la mujer les había robado, Lando sabía que Jho nunca arruinaría su reputación delatando a alguien al Imperio.
Lando dio un paso adelante para estudiar el holograma.
-¿Quién es ella? –Todos los blásteres se volvieron de inmediato hacia él-. Caballeros, por favor –dijo, usando el más apaciguador de sus tonos-. Quiero ayudarles.
-Identifíquese –ordenó el líder de la escuadra.
-Mi nombre es Lando Calrissian. Recién llegado a Lothal y leal patriota del Imperio Galáctico. Puede comprobar mi historial.
Hubo una pausa mientras un soldado hacía precisamente eso. Por unos instantes todo lo que Lando pudo escuchar era el distorsionado tráfico de comunicaciones que resonaba en el interior del casco de soldado. No estaba nervioso. Puede que su pasado no fuera inmaculadamente limpio, pero su archivo de datos en los ordenadores de la Oficina de Seguridad Imperial sí lo era. Antes de llegar a Lothal, previo pago de una suma suficiente para pagar el rescate de un príncipe, un hacker había pulido su historial de la OSI para hacerle parecer un brillante parangón de civismo imperial.
-Está limpio, señor –dijo el soldado.
Los blásteres descendieron, pero sólo uno o dos grados.
-Se llama Ria Clarr –dijo el líder de la escuadra-. Anteriormente analista en el Instituto de Minería Imperial, hasta su actividad sediciosa.
-¿Qué hizo? ¿Robó algunos archivos? ¿Avergonzó a algún lugarteniente?
-Borró las bases de datos de los informes geológicos de Lothal. –El bláster del líder de la escuadra volvió a alzarse, y los demás hicieron lo mismo-. ¿Dónde está?
-Tranquilo, tranquilo, no hace falta ponerse nervioso –dijo Lando, retrocediendo un paso-. Su holograma se parece a una mujer que he visto por aquí hace unos minutos. Se tomó un trago rápido y luego se fue por donde llegaron ustedes.
-¿En qué dirección se marchó?
-Ni idea. No le estaba prestando tanta atención. Pero si hubiera sabido que el Imperio la buscaba, habría hecho algo. Todos lo habríamos hecho –dijo Lando mirando al Viejo Jho de reojo.
-Sí, sí –dijo el ithoriano-. Siempre informo de cualquier actividad sediciosa que veo.
El líder de la escuadra ofreció a Jho una penetrante mirada carente de rostro, haciendo que la vena del ithoriano latiera aún más fuerte. Entonces el líder se dio media vuelta y salió de la cantina, seguido por sus soldados.
-De nada –dijo Lando a los soldados. No respondieron.
Una vez que el transporte se fue a toda velocidad, Vizago emergió de las sombras.
-Nunca hubiera pensado que fueras tan devoto del Imperio, Calrissian.
-He venido a Lothal a hacer fortuna como minero, no como agitador –dijo Lando-. Pero también quiero mis ganancias. Si se hubiera marchado por donde he dicho, se habría topado de bruces con esos soldados de asalto antes de que llegaran aquí.
Vizago echó un vistazo a la puerta trasera, que permanecía cerrada.
-¿Entonces cómo se fue?
Lando miró a Jho en busca de la respuesta.
-En la cocina, hay una puerta al patio trasero –dijo el Ithoriano.
Lando frunció el ceño. Ahí era donde había aparcado su Ubrikkian. Y si ella había robado el bote, tenía su tarjeta llave.
Cruzó corriendo la cocina, ignorando los chillos de los cocineros ugnaught. Pero para cuando llegó al patio trasero, la forma esférica de su deslizador se desvanecía en las praderas.
-No debería haberte dejado cometer ese desliz, Calrissian –dijo Vizago, llegando a su altura.
Lanco comprobó su crono. Estaba ligado a los sistemas de navegación de su deslizador, permitiéndole navegar por todo tipo de información pertinente, desde velocidad hasta altitud, pasando por el tráfico circundante y los potenciales destinos. Ese último dato le hizo temblar.
-El juego aún no ha acabado. Calienta los motores de tu deslizador.
Vizago miró por encima de su hombro.
-¿Sabes adónde va?
Lando levantó la mirada de su crono. Las llanuras dominaban el horizonte salvo por un punto oscuro.

***

Aunque la única designación oficial que Ciudad Tarkin había recibido del Imperio era “Campo de reubicación 43 de Lothal”, todo el mundo, incluso las tropas de asalto, lo identificaban por su nombre coloquial. Todo comenzó cuando el Gran Moff Tarkin, de quien recibía el nombre, había ejercido el derecho de dominación del Imperio sobre Lothal y ordenó que todas las tierras ricas en recursos fueran incautadas para su uso imperial. Aquellos que fueron desposeídos de sus tierras fueron reubicados a la fuerza en un lugar tan yermo que no podía cultivarse ninguna cosecha, donde incluso la ubicua hierba de Lothal era escasa. Eso hacía difícil encontrar un lugar para ocultar el deslizador de Vizago. Tuvieron que aparcarlo a medio klick de distancia del campamento y dejar atrás al droide IG-RM como vigilante.
Acercándose a pie a Ciudad Tarkin, Lando observó que ni siquiera era propiamente una ciudad, sino más bien un conjunto de chozas y casuchas improvisadas con viejos contenedores de carga apiñadas alrededor de la aguja de un evaporador de humedad gastado por el clima. El óxido había perforado grandes agujeros en el casco del evaporador y probablemente habría contaminado el agua potable que suministraba. Además, resultaba obvio que no servía también como suministro para un sistema sanitario o de higiene comunal. Avanzando por las afueras del campamento, Lando chapoteaba en un fango que sabía que no era barro precisamente. En varias ocasiones tuvo que taparse la nariz... y contener el aliento. Ciudad Tarkin apestaba a suciedad y basura y a toda clase de podredumbre. El hedor de la extrema pobreza.
-Precioso, ¿verdad? –dijo Vizago.
Lando no dijo nada. Tenía la mente puesta en su granja, a sólo unos klicks de distancia y todo un paraíso en comparación con esto. Si su cerdo inflable conseguía olisquear el rastro de una veta y su negocio minero resultaba lo bastante exitoso como para contratar personal, se aseguraría de que él y su gente vivieran todos con paz y comodidad. Nunca sería un habitante de Ciudad Tarkin.
El crono de Lando les dirigió hacia el borde oriental de la ciudad, donde vieron el Ubrikkian flotando en modo de espera detrás de una cabaña. Un hombre con una banda metálica en la cabeza estaba de pie a su lado, presionando la tarjeta llave de Lando contra los puertos circulares que rodeaban la cápsula. Cuando se abrió una de las escotillas, el hombre saltó de alegría y trepó al interior.
-¡Eh...!
El ruido de los micro-impulsores del Ubrikkian ahogó las protestas de Lando. Antes de que pudiera llegar al deslizador, el hombre se alegó zumbando por la pradera.
Vizago, mientras tanto, había ido en la dirección opuesta, adentrándose rápidamente por un callejón. Lando miró por última vez su Ubrikkian, y luego le siguió.
En el centro del campamento, Ria Clarr se encontraba al borde del evaporador de humedad, rodeada por todas partes por refugiados. Todos, rodianos, grans y humanos por igual, trataban de apoderarse de los chips de crédito que ella lanzaba desde su bolsillo como si fueran confeti.
-Esa bruja infernal... ¿Cómo se atreve? –Vizago extrajo su bláster y disparó al aire. Los refugiados se dispersaron como ratas loth, temerosas de un ataque imperial. Los pilotos de TIE eran conocidos por usar los campos de reubicación como práctica de tiro durante las patrullas.
Con la multitud dispersada, Vizago apuntó a Clarr con su pistola.
-Por los abismos de Malachor, ¿qué estás haciendo?
Clarr dejó caer los pocos chips que aún tenía y alzó las manos en un gesto de rendición.
-Compensar las cosas.
-¿Con mis créditos? Debería abrirte un agujero humeante en el corazón.
-Te falla la memoria, Vizago. –Lando dio un paso adelante-. Yo gané esos créditos, así que yo decido quién es agujereado y quién no. Baja el arma.
-Calrissian, estoy harto de tus trucos.
Lando se interpuso en la trayectoria del bláster de Vizago.
-Puedes dispararme o esperar a que te pague. ¿Qué prefieres?
Con una mueca de disgusto, el devaroniano bajó su pistola. Entonces Lando miró a la mujer y la examinó por segunda vez. Debería haber reconocido ese extraño brillo en sus ojos. Ya lo había visto en algunas personas que había conocido hace poco.
Se agachó y recogió un chip de crédito.
-¿Compensar qué?
-Ciudad Tarkin –dijo ella-. Yo soy la razón por la que existe.
-Eso es ridículo –dijo Vizago-. Todo el mundo sabe que Tarkin ordenó que se construyera este campamento.
-Basándose en mis informes –dijo Clarr-. Mi investigación para el Instituto de Minería concluyó que bajo las granjas de esta gente yacía una rica veta de mineral. Convencí personalmente al Gran Moff que valdría la pena explotar la perforación. En esa época, yo creía que el Imperio era una fuerza para el bien, y que ayudaría a sacar a Lothal de la pobreza y la oscuridad.
-¿Qué te hizo cambiar de idea? –preguntó Lando.
-Descubrir las mentiras tras la propaganda imperial. Como la mayoría de la gente, yo sabía que esta era una zona pobre, pero sólo me di cuenta de en qué malas condiciones estaba cuando la sobrevolé en una inspección de seguimiento. Durante mucho tiempo, me debatí en agonía pensando en qué hacer, sabiendo que había sido cómplice de lo que estaba pasando aquí. Pero tenía miedo de hacer algo por mí misma... tenía miedo de lo que el Imperio pudiera hacerme a ... hasta que escuché la transmisión de Holored de ese chico, pidiendo a todo el mundo que se levantara contra la tiranía imperial. Pensé que si un niño no tenía miedo de desafiar al Imperio, yo tampoco debería tenerlo.
Se refería a Ezra Bridger, el más joven de esos mismos nuevos conocidos que habían ayudado a Lando a adquirir su cerdo inflable. Un tiempo después, el grupo había pirateado la red de comunicaciones imperial y había difundido un mensaje de resistencia a cualquiera con un receptor de Holored.
Lando tenía que admitir que fue un mensaje inspirador. Pero prefería mantenerse fuera de la política galáctica. Tratar con gánsteres del mercado negro como Vizago ya le causaba suficientes quebraderos de cabeza.
-Así que borraste toda tu investigación y huiste de Ciudad Capital –dijo Lando-. ¿Pero por qué detenerse en el bar del Viejo Jho? Hay mejores lugares para ocultarse que una partida de sabacc.
-¡Quería los créditos! –dijo Vizago.
Clarr agitó la cabeza.
-El bote de sabacc era una oportunidad que no podía dejar pasar. Pero fui al local del Viejo Jho buscando a alguien como tú –dijo, mirando a Lando.
-¿Necesitas los servicios de un jugador? –preguntó Vizago.
-De un rebelde.
Lando soltó una risita entre dientes y le ofreció la misma sonrisa generosa que había dado a un millar de damas que había rechazado por uno u otro motivo.
-Me halaga tu petición, en serio. Pero la revolución es un juego al que no me dedico.
-Eso es lo que yo pensaba antes –dijo Clarr-, pero si no te involucras, es un juego que vas a perder.
El crono de Lando emitió un pitido. Echó un vistazo a su muñeca. El rastreador indicaba que su Ubrikkian había dado media vuelta y viajaba hacia Ciudad Tarkin a gran velocidad. Un segundo icono parpadeaba tras él, persiguiéndolo y ganando terreno a tal velocidad que Lando no necesitó agrandar la imagen para saber qué era.
-Recomiendo que ocultes por el momento tus auténticas lealtades –dijo Lando-. Estamos a punto de tener compañía de tipo imperial.
El silbido de los láseres subrayó su advertencia. El Ubrikkian de Lando se acercaba hacia ellos a toda velocidad desde el oeste, con su sección de popa ardiendo. El hombre con la cinta craneal de acero estaba sentado en la cabina, boca abajo mientras la nave giraba y avanzaba como una flecha hacia el campamento.
Lando se tiró al suelo buscando protección. Segundos después, el paseo del hombre terminó en una colisión que sacudió la tierra.
Una abrasadora ola de calor pasó sobre Lando, chamuscándole la ropa y la espalda. Contuvo el aliento hasta que ya no pudo hacerlo más, esperando a que se despejara el humo.
Finalmente, se puso en pie, tosiendo. Aparte de algunas quemaduras menores, no había sufrido daños. Su Ubrikkian, por el contrario, había experimentado una terrible muerte mecánica. Yacía retorcido alrededor del evaporador de humedad, con piezas de su fuselaje dispersas por todas partes. El hombre de la cabina no se movía.
-Usted otra vez –dijo una voz filtrada que resultaba familiar.
El líder de la escuadra de tropas de asalto asomó de la compuerta del transporte imperial de tropas mientras este emergía entre el humo. Saltó a tierra, seguido de dos soldados. Todos apuntaron son sus blásteres a Lando y Vizago, y las torretas láser del transporte hicieron otro tanto.
-Vaya, hola –dijo Lando, recuperando el aliento-. Deberíamos tomar algo juntos alguna vez, visto que nos movemos en los mismos círculos.
-¿Dónde está ella? –ladró el líder de la escuadra.
La pregunta llevaba consigo una cierta implicación, que Lando fue incapaz de confirmar plenamente. Al no responder, Vizago dio un paso adelante.
-¿Es que el humo ha empañado vuestros visores? Está en el evaporador.
Dos de los soldados pasaron junto a ellos para inspeccionar el lugar del accidente. Sólo entonces obtuvo Lando su confirmación. Entre los escombros no podía verse ni a Clarr ni nada que parecieran sus restos.
Vizago flexionó sus manos enfundadas en guantes.
-Juro que estaba aquí. La he visto hace tan sólo un instante.
Lando también la había visto... corriendo a través del humo por detrás de los soldados. Intercambió con ella una mirada momentánea antes de que ella se deslizara detrás del transporte.
Los dos soldados volvieron junto a su comandante, clavando los cañones de sus rifles en las espaldas de Vizago y Lando.
-Si no nos decís la verdad, arrasaremos este poblado –dijo el líder de la escuadra-, después de reduciros a cenizas a vosotros.
El devaroniano siseó a Lando, como si estuviera a punto de morderle.
-Díselo... ¡Dile que era la verdad!
Lando miró fijamente al líder de la escuadra, centrándose en las lentes curvadas del casco, que ocultaban los auténticos ojos del soldado. Aunque Lando no podía leer nada en esos ojos, se recordó que estaban allí, que debajo de la armadura de plastoide blanco había una persona, por muy robótica y carente de rostro que pareciera. Y a las personas se les podía engañar con un farol.
-Ordene a sus tropas que bajen sus rifles y le diré dónde está.
El líder de la escuadra se inclinó sobre Lando.
-No negociamos con escoria. Esta es tu última oportunidad.
Lando no podía ver a Clarr, pero tenía que confiar a la suerte que ella supiera lo que se hacía. Todo lo que tenía que hacer él era mantener la atención de los soldados apartada del transporte durante un par de instantes más.
-Eso no sería muy inteligente, señor. Mi socio y yo valemos más vivos que muertos. –Puso su cara de sabacc más seria-. Somos rebeldes, ¿sabe?
Rebeldes. Esa única palabra resultó ser incendiaria. Encendieron los ojos del líder de la escuadra bajo las lentes, ensanchando sus pupilas, haciéndolos al menos visibles. Lando jamás había visto tanto odio.
-¿Qué? Yo no soy ningún rebelde –dijo Vizago-. ¡Está mintiendo, le digo que está mintiendo!
-Ponedles esposas aturdidoras –dijo el líder de la escuadra-. Se los llevaremos al agente Kallus para...
Un disparo de láser interrumpió la orden del líder de la escuadra. Salió despedido hacia delante, contra Lando, y ambos golpearon el suelo. Lando rodó poniéndose de rodillas, pero el líder de la escuadra permaneció boca abajo, con un agujero humeante en la espalda.
Los otros dos soldados se volvieron y abrieron fuego contra el transporte. Pese a que el cuerpo del piloto del transporte colgaba inerte de la escotilla, las torretas de proa del transporte continuaban moviéndose. Clarr debía de haberse infiltrado en el vehículo y tomado el control de su armamento.
Pero ocuparse de dos objetivos demostró ser difícil para alguien no versado en tecnología militar. Sus siguientes disparos fallaron. Los de los soldados de salto no. Concentraron su fuego a través de la escotilla abierta del transporte. En cuestión de segundos, sus torretas dejaron de rotar.
Los soldados volvieron a apuntar a Lando y Vizago con sus rifles.
-Pagaréis por esto, escoria rebelde –dijeron ambos.
Lando esperó a que llegara el inevitable disparo de bláster. No había forma de salir de esta con un farol.
Una roca golpeó el casco de uno de los soldados. Sorprendidos, el soldado y su camarada se dieron la vuelta... para encontrarse con una lluvia de objetos. Los refugiados habían salido de sus chozas y arrojaban cualquier objeto que tuvieran a mano, desde hidrollaves dobladas hasta varas luminosas gastadas. Aunque la mayor parte rebotaba inocuamente en la armadura de los soldados, el impacto fue suficiente para hacerles perder el equilibrio. No volvieron a levantarse. Los refugiados se abalanzaron sobre los soldados, con el miedo reemplazado por una furia hirviente. El chasquido de los bastones eléctricos para pastorear nerfs silenció los gritos de los soldados, pero los refugiados continuaron con su ataque. Obtendrían su venganza.
Lando se apresuró a alejarse de la multitud, dirigiéndose hacia el transporte imperial. Temía lo que se encontraría allí, pero tenía que ir. Clarr había arriesgado su vida para salvar la de él, así que estaba en deuda con ella y tenía que ver si había alguna posibilidad de que él pudiera salvarle la vida a ella.
Los disparos de los soldados de asalto habían convertido el interior del transporte en una ruina humeante. Las consolas de la cabina crepitaban. Los cables al aire soltaban chispas. El mando de pilotaje colgaba de un cordón de cable fundido, mientras que los controles de armamento no eran más que un revoltijo ennegrecido.
En el suelo, entre todo ello, yacía Ria Clarr.
Lando se acercó y se inclinó sobre ella para inspeccionar las heridas. Le habían dado en el abdomen, lo que ciertamente sería doloroso, pero no necesariamente letal. Su temor se convirtió en esperanza.
-¿Ria?
Cuando ella abrió los ojos y alzó la mirada hacia él, le ofreció su sonrisa más seductora.
-No está mal para una geóloga.
El brillo en los ojos de la joven fue más intenso que nunca.
-No está mal para un rebelde –le dijo ella.

***

En la rampa de acceso del Cuerno Roto, Lando echó una última mirada a Ciudad Tarkin. El lugar ya no se parecía en nada al campamento desolado que era cuando había llegado. Los refugiados se afanaban entre las chozas, armándose con blásteres del transporte de tropas o creando de forma tosca sus propias armas. Dirigiendo toda esta actividad se encontraba Ria Clarr, confinada en una camilla repulsora a causa de sus heridas, pero no por ello menos determinada en su lucha contra el Imperio.
Lando suspiró. Les había pedido –le había suplicado a Clarr- que subieran a bordo del carguero de Vizago y abandonaran Lothal, explicándoles que el Imperio regresaría con toda su fuerza y no tomaría prisioneros. Pero no pudo persuadir a nadie, y aún menos a Clarr. Su acto de resistencia y su victoria resultante sobre los soldados de asalto había sacado a esa gente de su abatido letargo, les había dado un propósito, les había inspirado. Sí, puede que Ciudad Tarkin fuera un lugar abyecto y miserable en el que vivir, pero era su hogar. Y lo defenderían, hasta la muerte si era necesario.
Clarr acercó su camilla a la rampa. Miró a Lando ofreciéndole una sonrisa.
-Gracias. Por todo.
-No hay de qué –dijo Lando, incapaz de mostrar él también una sonrisa-. Buena suerte.
Entrando en el carguero, casi se sintió culpable por no quedarse atrás. Pero lo cierto era que Ciudad Tarkin no era su hogar, y el Imperio no era su enemigo. No todavía, al menos. Y si ese día llegaba, una cosa estaba clara: Lando Calrissian no podría contar con su suerte. Los jugadores inteligentes sabían cuando jugar a doble o nada, y cuando no hacerlo, particularmente si las probabilidades iban tan en su contra, como ocurriría con el Imperio.
El Cuerno Roto despegó, pilotado por los droides guardaespaldas de Vizago. El plan que Lando había trazado con Vizago les obligaba a permanecer a salvo fuera de Lothal durante un par de semanas, para que cualquier investigación imperial no se les llevara por delante.
-Oculta mi alijo de transpondedores en la cabaña y recuerda pasear al cerdo inflable –le dijo Lando a W1-LE, su droide de protocolo, por el comunicador-. Quiero que siga olisqueando en busca de mineral.
Apagó su comunicador y permaneció de pie a solas en la cabina principal. Al otro lado de la ventanilla, Ciudad Tarkin iba haciéndose cada vez más pequeña hasta que sólo fue una luz más en la superficie de Lothal. Pronto no fue ni siquiera eso.
Vizago llegó a su lado.
-Todavía me debes el pago de esas tierras, Calrissian.
Lando toquiteó los escasos créditos que quedaban en su bolsillo, los que no había apostado. No eran mucho, pero tal vez fueran suficientes, si tenía suerte.
-¿Hace una partida de sabacc?