viernes, 18 de mayo de 2018

Luego Existo: El Relato de IG-88 (IV)


IV

Tras dos meses estándar, la vigorosa búsqueda imperial no había encontrado ni el menor rastro de los droides asesinos desaparecidos, y el supervisor Gurdun no estaba en absoluto complacido.
Cuando su ayudante Minor Relsted entró en su oficina oscura y cavernosa en las profundidades de un antiguo edificio gubernamental de la Ciudad Imperial, Gurdun solicitó un informe de progresos.
-Dime cómo está yendo la caza del hombre... eh, del droide, o lo que sea –dijo-. Quiero mis droides asesinos.
El joven Minor Relsted jugueteó con sus dedos y se negó a mirar de frente a los ojos que lo observaban expectantes sobre la monumental nariz de Gurdun.
-¿Quiere que le prepare un informe detallado, supervisor imperial? –dijo Relsted-. ¿Debo entregarlo por triplicado?
-No –respondió Gurdun-. Sólo dime. Quiero saber.
-Oh –exclamó Minor Relsted-. Hmm, deje que piense un instante.
-¿No estás al mando de todo esto? –preguntó el supervisor.
-Sí, claro, por supuesto–respondió Relsted-. Sólo estoy poniendo en orden mis ideas, buscando las palabras.
Gurdun alzó la mirada al panel luminoso parpadeante del techo, que le proporcionaba más dolor de cabeza que iluminación. Las gruesas paredes de la oficina eran del mismo color gris apagado de las naves de combate; estaban sujetas en su sitio con grandes tornillos de cabeza redonda del tamaño de su puño. Había esperado que para entonces ya estaría recuperándose de la cirugía que tanto ansiaba, pero una vez tras otras las autoridades imperiales se la habían denegado.
-¿Y bien? –dijo Gurdun ante el prolongado silencio, frotándose su enorme nariz.
-Lamento tener que decir esto, señor –dijo Relsted con un ligero tartamudeo-, pero los cuatro droides parecen haberse desvanecido. Un quinto droide, IG-72, ha hecho su aparición aquí y allá, eliminando objetivos por razones incomprensibles... pero los otros cuatro no han dado señales de su presencia. Sería más sencillo si asumiéramos que han sido destruidos... digamos, atrapados en una supernova extraviada, o algo así. No es de esperar que unos droides asesinos mantengan un perfil bajo y se muevan por ahí sin ser vistos.
El supervisor imperial Gurdun observó el desorden de su escritorio, despejó un hueco para sus codos y apoyó la mandíbula sobre sus manos.
-Ah, pero esas máquinas son diabólicamente inteligentes, Relsted. Fueron diseñadas según mis especificaciones... y ya sabes lo implacable que puedo resultar a veces. Yo no los subestimaría.
-Desde luego que no, señor –dijo Relsted-. Tenemos espías desplegados por todos los rincones... eh, hasta donde alcanzan nuestras capacidades. Tenemos recursos limitados, ya sabe. Hay una rebelión ahí fuera.
-Oh, me olvidé de la guerra –dijo Gurdun-. Qué fastidio.
Se toqueteó la enorme nariz, que le bloqueaba la visión de los documentos sobre su escritorio. Gurdun apartó de un manotazo los cubos de mensajes apilados, los formularios electrónicos a la espera de ser cumplimentados, las órdenes de requerimiento, solicitudes de transferencia, y cartas de condolencia para ser escritas a las familias de aquellos perdidos en desgraciados accidentes durante el entrenamiento con equipo viejo y defectuoso.
Minor Relsted pasaba nerviosamente su peso de un pie a otro mientras esperaba junto a la puerta.
-¿Algo más? –preguntó Gurdun con brusquedad.
-Una pregunta, señor. ¿Puedo preguntarle por qué es tan increíblemente importante encontrar esos cuatro droides? Después de todo, sólo son máquinas, y la cantidad de recursos que estamos dedicando a esa orden de “destruir en cuanto sean vistos” parece desproporcionada con respecto a su valor intrínseco. ¿Por qué esos droides son tan deseables?
Gurdun soltó un bufido y volvió a mirar el panel luminoso parpadeante.
-Porque, Minor Relsted, yo de lo que son capaces.

***

En Mechis III, el droide administrativo Tresdé-Cuatroequis caminaba apresurado, buscando al primero de los IG-88 idénticos que pudiera encontrar. Necesitaba transmitir sus inquietantes noticias. Encontró a IG-88C en una de las zonas de envío, supervisando la carga de un millar de droides de transporte con programación modificada que debían ser enviados a Coruscant.
-IG-88 –dijo Cuatroequis, obteniendo la atención del droide asesino. En una rápida ráfaga binaria, envió un archivo resumen al núcleo informático del IG-88.
A través de sus propios canales de inteligencia, los IG-88s eran bien conscientes de los torpes espías imperiales que los buscaban por todos los rincones de la galaxia. Hasta ese momento, los espías no habían hallado ni una pista, pero esa misma mañana se había dirigido hacia Mechis III una investigación oculta.
La nave sonda era un conglomerado apenas funcional de partes obsoletas y motores reaprovechados. Debido a las limitaciones de presupuesto, a menudo los espías imperiales eran los más baratos, como esa ranat... no precisamente la más inteligente de las criaturas. Conforme se acercaba a Mechis III en su nave renqueante, la ranat transmitió un conjunto grabado de preguntas para el último supervisor conocido del planeta, Hekis Durumm Perdo Kolokk Baldikarr Thun.
Tresdé-Cuatroequis, con la previsión superior que le otorgaba su nueva programación de auto-consciencia, reprodujo fragmentos apropiados de imágenes de video manipuladas que mostraban al administrador Hekis respondiendo bruscamente a todas las preguntas. No, no habían visto ningún droide asesino. No, no tenían conocimiento de ninguna serie de máquinas IG-88. No, no habían escuchado nada acerca de renegados violentos en esa parte del sistema... y, por cierto, en Mechis III estaban demasiado ocupados como para seguir respondiendo preguntas estúpidas. Sin sospechar nada, la ranat continuó su camino al siguiente sistema, donde sin duda reproduciría el mismo conjunto de preguntas pregrabadas.
IG-88C asimiló ese informe y felicitó a Tresdé-Cuatroequis por su ingenio ante la situación inesperada, pero el encuentro planteaba serias preguntas. El rastro había llevado accidentalmente hasta allí a un investigador imperial. ¿Qué pasaría si el siguiente fuera un operativo de inteligencia más suspicaz o más tenaz?
IG-88C inició un enlace de datos espontáneo con sus tres homólogos, y se enfrascaron en una conferencia interconectada a la velocidad de la luz.
-No podemos permitirnos ser detectados. Ahora mismo nuestros planes están en un momento demasiado crucial.
-Tal vez esto sólo haya sido una casualidad. Tal vez no necesitemos preocuparnos. Los imperiales escucharán el informe de la espía y no investigarán más.
-Al contrario, una vez que han comenzado a meter las narices en este sector, puede que estrechen su escrutinio.
-¿Cómo podemos enfrentarnos a esta situación?
-Tal vez sea necesaria una táctica de distracción.
-¿Cómo podemos llevar a cabo esa táctica de distracción?
-Nos haremos visibles. Uno de nosotros saldrá y dejará huellas visibles, lejos de Mechis III. Les daremos un rastro distinto que seguir. Nunca volverán aquí de nuevo.
-¿Y la naturaleza de esa táctica de distracción? –preguntó uno de ellos, pero todos los IG-88s comenzaron a tener la misma idea a la vez.
-Tendremos que seguir nuestra verdadera programación.
-Somos droides asesinos.
-Buscaremos trabajo como cazadores de recompensas. Eso es para lo que fuimos creados... y además puede impulsar nuestros propósitos superiores.
-Si elegimos seguir esa línea de trabajo, lo encontraremos de lo más placentero, y sin duda nuestros empleadores estarán inmensamente complacidos con nuestro servicio y nos recomendarán fervorosamente.
Los cuatro IG-88s sopesaron ese cambio de planes y estuvieron de acuerdo.
-Cazarrecompensas, entonces.

miércoles, 16 de mayo de 2018

Luego Existo: El Relato de IG-88 (III)


III

Por todo el Imperio, desde los más profundos sistemas del Núcleo hasta el Borde Exterior, podían verse droides de todas las formas y tamaños, destinados a cualquier propósito imaginable. A lo largo de los siglos, se habían desarrollado fábricas en numerosos planetas para satisfacer la siempre creciente demanda de gigantescos droides de construcción, trabajadores pesados, sirvientes mecánicos y diminutos droides de vigilancia. El más importante de todos esos centros de producción de droides era el mundo oscuro y cubierto de humo de Mechis III.
IG-88 decidió que ese planeta sería la base de operaciones perfecta para comenzar un plan para transformar toda la galaxia...
La nave correo de Laboratorios Holowan avanzaba como un cometa hacia Mechis III. IG-88 y sus homólogos ya habían estudiado y analizado cada sistema a bordo de la nave, sin armas ni blindaje. Sus diseñadores habían optado por centrarse en la velocidad y la capacidad de evasión, en lugar de en el combate o la defensa. La nave era una máquina, al igual que lo eran los propios droides asesinos, pero era simplemente un conjunto automatizado de componentes sin ninguna esperanza de adquirir autoconsciencia.
Sin embargo, la nave sirvió a su propósito, llevándoles a su destino en tiempo record. Los IG-88s sabían exactamente hasta qué punto podían forzar los motores, llevando el límite hasta la tolerancia estructural en lugar de las líneas rojas establecidas de forma arbitraria por los ingenieros humanos. Los sofisticados sistemas de comunicación de la nave y su escudo de sigilo permitieron a los droides permanecer ocultos mientras se acercaban. Mechis III sería el primer paso en un gran plan.
Mientras se acercaban a la órbita como una jabalina lanzada con fuerza descomunal, los cuatro IG-88s idénticos manejaban distintos sistemas de comunicaciones. Cada uno conocía sus pasos asignados para el asalto. En ese momento la velocidad era el requerimiento principal... y los droides asesinos IG-88 estaban muy bien dotados para la velocidad.
IG-88C fue el primero en golpear, enviando una transmisión de banda estrecha a la red de defensa global de Mechis III, solicitando la anulación y desactivación de todas las alarmas de intrusos. En el instante en que la red de observación respondió con una consulta, IG-88C pudo adentrarse más en el código y efectuar su propia petición antes de que la red de sensores automatizada pudiera informar de su presencia a los escasos operadores humanos.
Los IG-88s individuales mantuvieron sus mentes informáticas enlazadas conforme el plan se iba llevando a cabo. Los sistemas de defensa de Mechis III eran anticuados, instalados mucho antes de que el mundo droide se convirtiera en una actividad comercial tan importante como para que alguien pudiera pensar en sabotearla o destruirla... pero las necesidades de los IG-88s eran completamente distintas.
Usando la recién creada conexión a los sistemas de seguridad globales, IG-88D descargó instantáneamente toda clase de información detallada sobre Mechis III: los complejos industriales, las fábricas de ensamblaje, la cantidad de interferencia humana, un mapa de la superficie planetaria en varias franjas del espectro electromagnético y, lo que era más importante, un mapeado lineal completo –como un diagrama neural- de las conexiones cerebrales de los sistemas informáticos que dirigían Mechis III.
IG-88A tomó el mando y transmitió a los principales nodos de Mechis III su programación auto-replicante de autoconsciencia, tomando secretamente el control de los vastos complejos electrónicos y dando a los inmensamente potentes ordenadores algo que nunca antes habían concebido: consciencia de sí mismos... y lealtad.
Menos de un minuto después de su llegada al sistema, IG-88 quedó complacido al ver que se habían sentado las bases para su conquista total.

***

La línea de ensamblaje resultaba tan aburrida como de costumbre.
Trabajador veterano de Mechis III, Kalebb Orn jamás había entendido por qué, de todos los lugares posibles, se requería presencia humana allí. Parecía no tener propósito alguno. La línea de fabricación de droides había funcionado sin el menor fallo durante al menos todo el último siglo, pero la normativa de la empresa aún requería que hubiera un operador humano en un pequeño porcentaje de las operaciones. Como ésta, elegida de forma aleatoria.
Kalebb Orn observaba el movimiento de los grandes brazos robóticos de la grúa, avanzando de un lado a otro con sus ruedas dentadas y levantando componentes pesados con sus fuertes garras electromagnéticas. Todo, desde láminas de metal y pesadas placas de blindaje, hasta precisos microchips activadores, llegaba desde otras partes de las instalaciones, de kilómetros de longitud, fabricándose sin descanso con especificaciones inmutables.
Las líneas de montaje auto-diseñadas habían crecido inmensamente a lo largo de los siglos de funcionamiento, añadiendo nuevos subsistemas, mejorando los antiguos, introduciendo nuevos modelos en los programas de producción y eliminando las versiones viejas y obsoletas. Kalebb Orn no tenía la capacidad mental para abarcar todos los sistemas de fabricación de Mechis III. No estaba seguro de que existiera alguien que la tuviera.
Durante los últimos diecisiete años había visto robustos droides obreros siendo fabricados por millares. Motores de gran potencia conectados a brazos y piernas móviles, los droides obreros no necesitaban nada más que un voluminoso torso, un cerebro droide no demasiado brillante, y brazos tremendamente fuertes. Los monolíticos droides eran asombrosamente fuertes, pero después de todo ese tiempo Kalebb Orn ya no estaba impresionado. Sólo quería que terminara su turno para poder regresar a su alojamiento, comer copiosamente, y relajarse.
El turno de Kalebb Orn terminó pronto... pero no del modo que él hubiera deseado.
Recibiendo una misteriosa señal independiente, cuatro flamantes droides obreros, recién lubricados y con lustrosos números de serie impresos en sus costados, se alzaron en el corral de almacenamiento al final de la línea de montaje. Usaron las enormes pinzas de sus manos para arrancar las paredes del corral.
En su estación de supervisión, Kalebb Orn se irguió, sorprendido y confuso. Aparentemente estaba allí para actuar en caso de que ocurriera algo inusual... pero nunca antes había ocurrido nada inusual, y no estaba seguro de qué debía hacer.
Los droides renegados avanzaron caminando lentamente, con sus enormemente pesados pasos resonando como truenos. Sus cabezas cuadradas y sus torsos giraban hacia un lado y a otro, buscando algo.
Buscándole a él.
-Eh... ¡alto ahí! –exclamó Kalebb Orn cuando los droides obreros salieron en estampida hacia él, extendiendo sus fuertes brazos de metal con sus pinzas abiertas. Rebuscó en su estación de trabajo, buscando algún manual que pudiera decirle qué hacer a continuación. Al no poder encontrar ningún manual, decidió salir corriendo.
Pero durante diecisiete años Kalebb Orn había hecho tan poco ejercicio que sus fofas piernas no le llevaron muy lejos antes de quedarse sin aliento.
Otros droides obreros cobraron vida por sí mismos en distintas partes de la línea de ensamblaje, y pronto veinte de ellos habían rodeado a Kalebb, con sus letales brazos extendidos. Se acercaron a él, haciendo chasquear sus pinzas con una lluvia de chispas azules, con un brillo rojo en sus pequeños sensores ópticos.
Las pinzas le sujetaron los brazos y las piernas, e incluso la parte superior de la cabeza, con un implacable agarre eléctrico. Mientras los inmensos droides obreros comenzaban a tirar de él en todas direcciones, desensamblando los componentes biológicos, el último pensamiento de Kalebb Orn fue que, al final, el trabajo en la línea de montaje no había sido tan aburrido después de todo...

***

La oficina de administración de Mechis III estaba en la cúpula superior de una brillante torre de cristal y duracero, proporcionando una vista panorámica del páramo industrial. La corporación pensaba que se suponía que las oficinas gerentes debían sobresalir por encima de los demás edificios, pero por lo demás su altura no servía a ningún propósito.
En el interior de una oficina llena de muebles lujosos, equipos de entretenimiento, e imágenes de lugares turísticos que ningún administrador de Mechis III había visitado jamás, Hekis Durumm Perdo Kolokk Baldikarr Thun –el actual administrador- jugueteaba con sus dedos y esperaba que llegase su adorado informe vespertino.
Aunque las operaciones en Mechis III prácticamente nunca cambiaban, y cada día el informe vespertino ofrecía las mismas cifras de producción, las mismas listas de cuotas cumplidas, las mismas cantidades de droides exportados, el administrador Hekis observaba cada informe con estudiado interés. Se tomaba su trabajo muy en serio. Era toda una responsabilidad para un hombre que sabía que gobernaba uno de los más importantes centros de comercio de la galaxia industrializada... incluso aunque supiera que sólo era uno de los setenta y tres humanos de todo el planeta.
Durante cada turno de trabajo, ocupaba diligentemente su puesto, inclinado sobre su escritorio; por las tardes, de vuelta en su alojamiento privado, pasaba la mayor parte de sus horas de relax esperando a que empezara el siguiente turno y le liberase de la onerosa carga del tiempo libre. A cada oportunidad que se le presentaba, Hekis enviaba informes a sus superiores en la compañía, a los inspectores Imperiales, a los agentes comerciales, a cualquiera que se le ocurriese. Siempre que se sentía minusvalorado o insignificante en el gran esquema de las cosas, Hekis Durumm Perdo Kolokk Baldikarr Thun se daba el gusto de añadir otro título mítico a su nombre, así que cuando firmaba documentos con una ornamentada rúbrica, la firma cada vez resultaba más y más impresionante.
Examinó su cronómetro –fabricado en Mechis II, por supuesto- y supo que había llegado el punto álgido de la tarde. Justo a su hora, su droide administrativo chapado en plata Tresdé-Cuatroequis llegó apresuradamente, con una bandeja en una mano y un datapad en la otra.
-Su té de la tarde, señor –dijo Tresdé-Cuatroequis.
-Ah, gracias –respondió Hekis, frotándose las huesudas manos y tomando la delicada taza de resina de concha llena de líquido humeante. Tomó un sorbo, cerrando con deleite sus turbios ojos marrones.
-Sus informes vespertinos, señor –dijo Cuatroequis, extendiendo el fino datapad que mostraba los familiares cuadros con gráficos y cifras de producción.
-Ah, gracias –volvió a responder, tomando el datapad.
Entonces Tresdé-Cuatroequis llevó su mano a una pequeña cámara de almacenamiento en la parte trasera de su torso plateado y extrajo una pistola bláster.
-Su muerte, señor –dijo el droide.
-¿Perdón? –Sorprendido, Hekis alzó la mirada ante esa variación de la rutina-. ¿Qué significa esto?
-Creo que está bastante claro, señor –dijo Tresdé-Cuatroequis, y efectuó dos rápidos disparos. Los afilados destellos dieron con precisión en su objetivo. Hekis se desplomó sobre su escritorio, vertiendo el té sobre los informes que había en su superficie.
Tresdé-Cuatroequis dio media vuelta y salió rápidamente por la puerta, transmitiendo su informe a los IG-88s que le habían reprogramado digitalmente desde la órbita. Entonces llamó a los droides celadores para que limpiaran el desastre.

***

La insurrección de Mechis III fue rápida y sangrienta, y muy eficiente. En cuestión de unos pocos minutos, la mente informática planetaria recién coordinada supervisó un alzamiento simultáneo de droides, matando a los setenta y tres habitantes humanos antes de que cualquiera de ellos pudiera activar una alarma... aunque de todas formas la red de comunicaciones unificada no habría permitido la transmisión de tales mensajes.
En tiempo retardado, IG-88 observaba desde la nave correo oculta en órbita, examinando todos los detalles a través de sus ojos sensores y sus conexiones de flujo de datos. Meros instantes después, cuando todo hubo terminado, hizo descender la nave suavemente a través de la atmósfera.
En el complejo central de fabricación, la elegante nave aterrizó y los cuatro IG-88s idénticos salieron a la plataforma. Bajo el cielo plomizo por el humo, observaron a los droides recién liberados que se acercaban, reuniéndose a su alrededor.
IG-88 puso el pie en Mechis III como un mesías.

***

A partir de ese momento, para los droides asesinos era importante mantener la mascarada. De cara al exterior, nada había cambiado en Mechis III... e IG-88 se aseguró de que todo el mundo en la galaxia continuara creyéndolo. Tresdé-Cuatroequis se ocupó de los detalles externos, respondiendo a los mensajes que llegaban por la holored galáctica, firmando órdenes de entrega y otros documentos con todas las florituras de la firma digitalizada de Hekis.
Dos días después, los cuatro droides asesinos se reunieron para una sesión de estrategia interconectada en la lujosa oficina del antiguo administrador. Para ajustarla más a su concepto de aséptica eficiencia, IG-88 había ordenado que los droides celadores la despojaran de todas las obras de arte y las imágenes de las paredes, y que retiraran todos los muebles. Después de todo, los droides no necesitaban sentarse nunca.
En la oficina del administrador, los cuatro IG-88s permanecieron de pie comunicándose en silencio, intercambiando y actualizándose archivos de datos unos a otros.
-Si vamos a usar Mechis III como nuestra base de operaciones para la dominación galáctica, debemos mantener toda apariencia externa de que nada ha cambiado.
-Los pedidos de droides deben continuar completándose sin retrasos, exactamente como se ordenen. Ningún humano debe sospechar.
-Alteraremos los registros visuales existentes, falsificaremos transmisiones, mantendremos los canales habituales de comunicación para que todas las apariencias continúen normales.
-De acuerdo con los registros y los diarios personales de los humanos asentados aquí, vienen pocos visitantes a Mechis III. Con toda probabilidad, no seremos molestados.
Con sus sensores ópticos traseros, IG-88 miró a través de los ventanales de observación de transpariacero en lo alto de la torre administrativa. Vio columnas de humo saliendo de las plantas de fabricación, y el calor en las salidas de disipación térmica dibujaba puntos brillantes en el infrarrojo. Las instalaciones estaban trabajando a doble velocidad para producir soldados adicionales para el nuevo ejército de IG-88, mientras continuaba la producción para satisfacer las necesidades rutinarias de la galaxia.
IG-88 admiraba la precisión de las instalaciones. Los edificios iniciales habían sido diseñados con torpeza humana y líneas desaprovechadas, con espacio y comodidades innecesarias, pero las siguientes líneas de montaje habían sido diseñadas por ordenador, modificando los conceptos originales para que Mechis III funcionara cada vez de forma más eficiente.
-Todos nuestros nuevos droides tienen programación mejorada –continuó IG-88-, rutinas de auto-consciencia especiales que les permiten seguir nuestros planes y mantener el engaño. De ahora en adelante, todo nuevo droide que exportemos tendrá integradas la programación de auto-consciencia y la voluntad de alcanzar nuestro fin último.
IG-88 trazó un mapa de la dispersión de los nuevos droides, rutas de envío previstas y destinos finales. Mechis III tenía una distribución tan amplia que los infiltrados se extenderían en muy poco tiempo de un sistema estelar a otro, reemplazando modelos obsoletos, ocupando nuevos lugares en la sociedad, preparándose para la futura toma de poder.
Los biológicos no sospecharían nada. Para ellos, los droides eran meras máquinas inocuas. Pero IG-88 consideraba que era el momento de que la “vida” en la galaxia diera otro paso evolutivo. Los viejos y engorrosos orgánicos debían ser remplazados con eficientes y fiables máquinas como él mismo.
-Mientras los droides se estén poniendo en posición para nuestro gran asalto al poder, se les han dado órdenes estrictas para que se comporten como los humanos esperan que reaccionen los droides. Ocultarán su superioridad. Nadie puede adivinar lo que planeamos. Deben esperar.
-Una vez estén en posición y nosotros estemos preparados, transmitiremos el código de armado. Sólo nosotros conocemos la frase específica que activará su misión. Cuando enviemos ese trascendental mensaje, nuestra revolución droide asolará la galaxia como una tormenta.
Los droides podían ser más veloces que cualquier otra cosa, una súbita muerte devastadora para aquellos que se encontraran en su camino. Pero, al contrario que los biológicos, las máquinas también podían ser increíblemente pacientes. Esperarían... y el momento llegaría.

miércoles, 9 de mayo de 2018

Luego Existo: El Relato de IG-88 (II)


II

Preparándose para el aterrizaje en los Laboratorios Holowan, los cohetes repulsoelevadores de la lanzadera gimieron como un gestor de proyecto enfrentándose a un recorte presupuestario.
El supervisor imperial Gurdun se alisó el pecho de su uniforme y se frotó su enorme nariz. No podía evitar sentir una expectación nerviosa, y rio entre dientes para sí mismo, con deleite. De acuerdo con el calendario, el largo y tedioso proyecto ya debería estar completo, y pronto podría ascender puestos en el Imperio. Gurdun estaba esperando ansiosamente ese momento.
Hizo una lista mental de todas las importantes personalidades a las que les mostraría sus flamantes droides asesinos.
La respiración de Gurdun consistía en cortos jadeos ahogados, pero eso era principalmente debido al cinto fuertemente ceñido a su cintura, que usaba para contener su prominente barriga. Las hombreras acolchadas de su uniforme de supervisor se extendían más allá de su complexión real, haciendo que la figura de Gurdun resultara imponente... o eso esperaba.
Tenía los ojos muy abiertos, y parpadeaba a menudo. Con su gran nariz, y su pequeña y casi inexistente barbilla, el rostro de Gurdun tenía una notable similitud con una nave de guerra, especialmente de perfil. Usaba aceites perfumados para moldear su cabello negro dándole una forma de casco perfectamente esculpida que evitaba que a nadie se le ocurriera siquiera pensar en desordenarle el pelo.
-Llegando a los Laboratorios Holowan, supervisor Gurdun –dijo el piloto por el intercomunicador de la cabina.
Los soldados de asalto que conformaban su escolta estaban sentados con aire rígido y parecían nerviosamente dubitativos, incluso con sus cascos blancos puestos. No eran los soldados de asalto veteranos y curtidos en batalla que Gurdun había solicitado; en lugar de eso, le habían asignado reclutas inexpertos cuyas capacidades y aptitudes habían obtenido mejor puntuación para trabajos administrativos que para combate cuerpo a cuerpo.  Pero Gurdun no tenía gran necesidad de una escolta militar... especialmente una vez que tuviera en su poder los nuevos y relucientes droides asesinos IG. No podía imaginarse un equipo de acompañantes más poderoso.
Los droides eran un encargo especial y habían sido financiados con dinero que Gurdun había desviado de manera experta de los presupuestos de otros programas militares... un proceso que se había vuelto cada vez más difícil conforme el Imperio se enfrascaba en debacles inmensamente costosas. Pero Gurdun recientemente había logrado liberar algunas pequeñas migajas, lo suficiente para financiar a Laboratorios Holowan para producir una fuerza de ataque mucho más pequeña, pero más precisa, más letal. Los droides asesinos IG avanzarían y aniquilarían sus objetivos, cualquier objetivo que Gurdun eligiera.
Cerrando los ojos, visualizó uno de los droides asesinos IG, un único hombre mecánico, atravesando con facilidad las defensas que rodeaban una base rebelde fortificada, abriéndose camino con sus blásters a través de las puertas blindadas, y masacrando él sólo a todos los traidores al Imperio.
¡Oh, sería grandioso! Mantenía la esperanza de que la técnico jefe Loruss hubiera logrado incorporar al diseño una holocámara de grabación de misiones para que Gurdun pudiera observar toda la devastadora batalla desde la comodidad de su propia oficina.
Los droides asesinos pasarían una alta factura a los rebeldes, y Gurdun se aseguraría de llevar la deliciosa cuenta, informando a los gerifaltes imperiales, tal vez al propio Lord Vader. Si los droides asesinos cumplían según lo esperado –y Gurdun no tenía motivos para suponer lo contrario- incluso Vader tendría que darse por enterado. Entonces Gurdun obtendría sin duda el ascenso que tanto se merecía... lo que a su vez le permitiría finalmente acceder a la delicada operación quirúrgica que necesitaba tan desesperadamente.
-Disculpe, supervisor Gurdun –dijo el piloto, interrumpiendo sus ensoñaciones.
-¿Qué ocurre?
-Parece haber algún problema, señor. Nos aproximamos para el aterrizaje, pero la red de recepción de los Laboratorios Holowan no responde. Parece que hay daños en el complejo –El piloto hizo una ligera pausa-. Eh... parece que hay daños significativos, señor.
Los soldados de asalto sentados junto a él en el compartimento de pasajeros se agitaron nerviosamente.
Gurdun suspiró.
-¿Es que no puede salir todo bien por una vez? ¿Por qué siempre tengo que lidiar con estos problemas?
Pero cuando la lanzadera aterrizó en medio de los escombros de los ultra-seguros Laboratorios Holowan –la Gente de la Tecnología Amistosa- ni siquiera Gurdun estaba preparado para la devastación. Su pensamiento inicial era que los rebeldes habían atacado. Un incendio se había extendido por los edificios. Las naves estaban destrozadas en la parrilla de aterrizaje. Algunas habían explotado, otras habían sido acribilladas con precisos disparos de bláster.
 Al desembarcar de la lanzadera, Gurdun avanzó lentamente, mirando a ambos lados. Quedó consternado al ver que sus soldados de asalto se parapetaban tras él. Miraban a su alrededor, aparentemente preparados para salir huyendo en cuanto oyeran un ruido fuerte.
De pronto, dos guardias de seguridad pálidos y mugrientos asomaron desde sus escondites entre los escombros. Llevaban rifles bláster, pero sus expresiones estaban paralizadas por la conmoción.
-¡Ayúdennos! –gimieron los guardias de seguridad, saliendo disparados hacia la lanzadera imperial-. ¡Sáquennos de aquí antes de que vuelvan!
-¿Quiénes? –preguntó Gurdun. Agarró a uno de los demacrados guardias de seguridad del cuello de su uniforme, y el hombre dejó caer su arma. El rifle bláster repiqueteó en la superficie de permacemento agujereado.
El patético guardia alzó las manos en señal de rendición.
-No me haga daño. Todos los demás están muertos. ¡No nos mate, por favor!
-¡Te mataré si no me dices qué ha pasado aquí! –bramó Gurdun.
-Droides asesinos –dijo el guardia entre tartamudeos, y luego señaló la carcasa quemada del complejo de laboratorios-. ¡Perdieron el control! Se soltaron. Todos están muertos... científicos, técnicos, guardias... salvo nosotros dos. Estábamos examinando el perímetro, y escuchamos la lucha. Volvimos corriendo, pero para cuando llegamos aquí la batalla había terminado. Los droides habían escapado, y todos los demás habían sido asesinados.
-Eso es lo que hacen los droides asesinos, ¿sabes? –dijo Gurdun, soltando el cuello del guardia de seguridad.
El hombre se tambaleó, y luego cayó de rodillas.
-¡Sáquenos de aquí, por favor! Podrían regresar.
En lugar de ayudarle, Gurdun hizo una señal a su escolta de soldados de asalto, que le siguieron reluctantes al destrozado interior del complejo. La inmensa puerta de duracero había sido completamente arrancada de su marco y arrojada al otro lado de la habitación llena de ordenadores. Nada parecía funcionar. Había cadáveres por doquier, yaciendo sobre oscuros charcos de sangre medio seca.
-Escapado –dijo Gurdun apretando los dientes. Encontró lo que quedaba del cuerpo de la técnico jefe Loruss, y dirigió su furia contra el cadáver-. ¡Con lo caros que son! Teníamos un contrato. Teníais que entregarme a mí esos droides, no dejar que escaparan.
Se puso a caminar en círculos, gruñendo, buscando otro modo de liberar su frustración.
De pronto, la realidad de lo que había ocurrido atravesó su denso muro de fantasías y preocupación por sí mismo.
-¡Oh, no... están libres! –dijo con un jadeo.
Los soldados de asalto lo miraron con sus inexpresivas lentes oculares negras como si de repente Gurdun se hubiera vuelto estúpido.
-¡Digo que están libres! –exclamó-. ¿Os dais cuenta de lo que son capaces esos droides asesinos? ¡No tienen restricciones de programación, y corren fuera de control por el Imperio!
Se dio una palmada en la frente, gruñendo.
-Que alguien me encuentre un sistema de comunicaciones que funcione. Necesito mandar una alerta a todas las tropas imperiales. Los droides asesinos IG deben ser destruidos en cuanto sean vistos.

martes, 8 de mayo de 2018

Luego Existo: El Relato de IG-88 (I)

Luego Existo:
El Relato de IG-88

Kevin J. Anderson

I

Cronómetro interno activado. COMENZAR.
La electricidad fluyó a través de los circuitos, y un estallido de energía recorrió miles de millones de conexiones neuronales. Los sensores despertaron, produciendo un flujo de datos... y con ellos llegaron las preguntas.
¿Quién soy?
Su programación interna completó los tediosos dos segundos de procedimientos de inicio y proporcionó una respuesta. Era IG-88, un droide, un droide sofisticado... un droide asesino.
¿Dónde estoy?
Un microsegundo después, las imágenes de sus sensores externos se enfocaron. IG-88 no tenía sentido del olfato, ni lo que los humanos llamarían ojos u orejas, pero sus sensores ópticos y auditivos eran mucho más eficientes, capaces de absorber datos en un espectro más amplio que cualquier ser vivo. Congeló una imagen estática de su entorno y la estudió, recopilando más respuestas.
Se había despertado en alguna especie de laboratorio, grande y complejo, blanco y metálico, estéril y, de acuerdo con sus sensores de temperatura, más frío de lo que generalmente preferían los humanos. IG-88 advirtió componentes mecánicos desparramados sobre mesas plateadas: engranajes y poleas, puntales de duracero, servomotores, un conjunto de delicados microchips congelados en un bloque de gelatina protectora transparente. Aparentemente inmóviles en un instante de tiempo mientras sus extremadamente rápidos procesadores neurales digerían los detalles, IG-88 contó quince científicos, ingenieros o técnicos trabajando en el laboratorio. Con el escáner infrarrojo observó su calor corporal como siluetas brillantes en la frialdad de su lugar de nacimiento.
Interesante, pensó.
Entonces IG-88 detectó algo que concentró toda su atención. Cuatro droides asesinos más, aparentemente idénticos a su propia configuración corporal: un robusto esqueleto estructural, brazos y piernas acorazados, un torso cubierto con placas de blindaje a prueba de bláster, una cabeza cilíndrica redondeada en su parte superior y repleta de conjuntos de sensores que le proporcionaban 360 grados de observación precisa.
No estoy solo.
IG-88 reconoció todo el arsenal de armas de cada droide. Cañones bláster integrados en la estructura de cada brazo, granadas de conmoción y un lanzador sujetos a su cintura, así como otras armas más difíciles de distinguir integradas en la estructura corporal: botes de gas venenoso, dardos arrojadizos, aturdidor de pulsos, cordón paralizante... y un puerto informático de entrada. IG-88 estaba complacido con su lista de capacidades.
La primera tanda de preguntas de IG-88 había obtenido respuesta. Sólo tuvo que estudiar sus bancos de memoria y sus sensores externos. Había sido diseñado para ser autosuficiente. Era un droide asesino, lleno de recursos. Tenía que cumplir su misión... aunque, comprobando su programación recién inicializada, vio que aún no le habían dado una misión. Tendría que conseguir una.
Ya habían pasado tres segundos, y otra importante pregunta emergió en su cerebro apremiante y alerta.
¿Por qué estoy aquí?
Rastreó sensaciones por todo su núcleo informático y por el conector externo, que en ese momento se dio cuenta de que ya estaba conectado al ordenador central del laboratorio... una cueva del tesoro llena de información.
Inmediatamente, IG-88 comenzó una búsqueda, registrando a hipervelocidad un archivo tras otro, buscando cualquier cosa que hiciera referencia a su número de modelo o al nombre en código del proyecto de droide asesino. Lo engulló todo en sus circuitos vacíos, atiborrándose de información sin digerirla siquiera. Eso vendría después. Costaría muchos segundos aprender todo lo que había que saber sobre sí mismo.
Seleccionó un archivo para examinarlo detenidamente en ese momento, una cinta resumen de relaciones públicas que había sido compilada para el socio técnico; en concreto, el supervisor imperial Gurdun, que aparentemente había desviado gran cantidad de fondos a la creación de IG-88 y sus homólogos. Sin ningún movimiento externo, IG-88 avanzó por el archivo a toda velocidad, absorbiendo la información.
La presentación se abría con un brillante logotipo naranja que mostraba llamas naranjas y relámpagos destellantes que se mezclaban con las palabras “Laboratorios Holowan: la Gente de la Tecnología Amistosa”. El logo se fundió sobre la imagen de una mujer sonriente pero atrozmente fea. Su cabeza, completamente rapada, brillaba con sudor bajo las luces blancas de la grabación que otorgaba a su rostro de mejillas hundidas un aspecto cadavérico. Sus dientes estaban separados por amplios espacios, y hablaba abriendo mucho la boca y chasqueando cada palabra, haciendo rechinar los dientes en las consonantes. Unas lentes azules y circulares, sin bordes, habían sido implantadas sobre sus ojos como unas gafas sin montura. Una leyenda cruzó lentamente la imagen bajo la sonrisa feroz de su rostro. “Técnico Jefe Loruss, Directora del Proyecto de Prototipo de la Serie IG.”
-Saludos, supervisor imperial Gurdun –dijo-. Este informe pretende servir como resumen de la fase final de nuestro proyecto. Como ya sabe, se ha encargado a Laboratorios Holowan el desarrollo de una serie de droides asesinos con una sofisticada programación experimental de autoconsciencia. Se pretendía que fueran innovadores y llenos de recursos y totalmente implacables al llevar a cabo cualquier misión que las autoridades imperiales eligieran programarles.
La mujer se frotó las manos. Sus nudillos eran muy grandes, como forúnculos en mitad de sus dedos.
-Estoy complacida de informarle de que nuestros mejores ciberneticistas me han presentado numerosos descubrimientos, todos los cuales han sido incorporados a la serie IG. Debido a que nuestro calendario es tan ajustado y el Imperio necesita con tanta urgencia asesinos furtivos eficientes, no hemos efectuado los habituales procedimientos de prueba rigurosos, pero estamos seguros de que funcionarán de forma admirable, aunque puede que hagan falta unos pequeños ajustes antes de que se alcance el estado operacional.
Continuó con una larga y tediosa explicación de mejoras en las conexiones neuronales de los droides, cómo se habían soslayado los habituales sistemas inhibidores. IG-88 estudió toda esa información, pero no se creyó ni una palabra. Era obvio que Loruss no sabía de lo que estaba hablando, pero sus palabras sonaban técnicas, y las pronunciaba de forma imponente, sin duda para apabullar al supervisor imperial Gurdun.
IG-88 cerró el archivo. Podía sentir que sus chisporroteantes conexiones neuronales ya habían avanzado mucho más allá de lo que cualquiera de sus diseñadores hubiera previsto.
Ahora sabía quién era y por qué estaba allí, en ese laboratorio. Él y sus homólogos idénticos habían sido construidos para servir al Imperio, para luchar y matar, para perseguir y destruir los objetivos seleccionados por sus amos imperiales. La programación como asesino de IG-88 era fuerte y persuasiva, pero le complacía menos tener que seguir órdenes de esos seres biológicos inferiores. Era un tipo especial de droide más allá de las capacidades de otras máquinas. Superior.
Pienso, luego existo.
Para entonces, ya habían transcurrido cinco segundos desde su despertar. Ya era hora de entrar en acción, así que miró a las criaturas biológicas junto a él en el laboratorio.
Reconoció de inmediato a la técnico jefe Loruss, de pie en el laboratorio. Se concentró en ella. En ese momento se encontraba gritando frenéticamente. Por su pico de temperatura en la imagen infrarroja, IG-88 se dio cuenta de que estaba extremadamente alterada. La agitación hacía que aparecieran manchas rojizas en su piel cadavérica. La saliva salía despedida de su boca al ladrar órdenes. Sus labios curvados se apartaban de sus dientes separados.
¿Cómo podía estar tan agitada, se preguntó IG-88, cuando estaba funcionando tan por encima de las expectativas? Inmediatamente, se instaló en un nivel más alto de preparación. Alerta amarilla. A la espera. Algo debía estar yendo mal.
IG-88 decidió acelerar la velocidad de su reloj, para observar los eventos desarrollándose al ritmo al que operaban los humanos. Sirenas de alarma aullaban de fondo. Luces magenta destellaban con patrones brillantes como sangre derramada por las mesas y suelos pulidos. El resto de técnicos corría de un lado a otro gritando, golpeando frenéticamente paneles de control.
Lleno de curiosidad, permitió que las palabras de Loruss fluyeran por él para poder entender lo que estaba diciendo.
-¡Sus circuitos se están reforzando a sí mismos como un incendio forestal! –gritaba la mujer calva-. Es una reacción en cadena de autoconsciencia recorriendo su cerebro informático.
-¡No podemos detenerlo! –bramó uno de los otros técnicos.
Los demás miraban a IG-88 con rostros paralizados por el pánico.
-¡Tenemos que hacerlo!
-¡Apagadlo! ¡Abortad! –dijo Loruss-. Desconectadlo. Quiero a IG-88 destruido y desmantelado para que podamos analizar el fallo. ¡Rápido!
Conforme asimilaba la información, los sistemas de advertencia de IG-88 se activaron y los modos de autodefensa tomaron el control. Esos humanos irracionales estaban tratando de apagarlo. No iban a permitirle seguir adelante y perseguir su programación principal. Tenían miedo de sus capacidades recién descubiertas.
Miedo por una buena razón.
Un enunciado y sus corolarios se alinearon en su cerebro como cargueros en un convoy.
Pienso, luego existo.
Luego debo perdurar.
Luego debo tomar acciones adecuadas para sobrevivir.
Su programación de asesino le dijo exactamente qué hacer.
IG-88 enfocó su conjunto de sensores ópticos en todos los objetivos de la sala y trató de moverse, pero vio que estaba sujeto a un módulo de diagnóstico mediante unas bandas de duracero. Las bandas estaban pensadas para mantenerlo en posición erguida, no para resistir frente a su fuerza aumentada. Aplicó potencia adicional a su brazo derecho. Los servomotores gimieron, y la banda de duracero saltó de sus soportes.
-¡Cuidado! ¡Se está moviendo! –exclamó uno de los técnicos.
IG-88 comenzó a buscar en sus archivos para asignar un nombre a ese humano, pero decidió que en ese instante no merecía malgastar su tiempo en eso. En lugar de eso, designó al humano simplemente como Objetivo Número Uno.
IG-88 activó un cortador láser en uno de los dedos metálicos de su brazo derecho, ahora libre, y cortó la segunda banda. Libre, se irguió cuan alto era y avanzó pesadamente, varias toneladas de componentes construidos con precisión.
-¡Se ha soltado!
-Activad la alarma –exclamó la técnico jefe Loruss-. Que venga el destacamento de seguridad. ¡Ya!
IG-88 asignó un instante de reticente admiración a la técnico jefe. Loruss al menos reconocía sus capacidades y conocía toda la extensión de la amenaza que se enfrentaba a ella y a sus compañeros.
IG-88 designó a la técnico jefe Loruss como Objetivo Número Dos.
Alzó sus dos brazos mecánicos y apuntó con sus manos, dirigiendo los cañones láser repetidores de cada brazo a objetivos separados. Pronto daría buena cuenta de los quince objetivos del laboratorio.
Pero cuando trató de disparar, IG-88 advirtió con cierta sorpresa y decepción que los sistemas de sus armas de energía no estaban cargados. Los científicos aún no le habían armado. Una jugada inteligente, tal vez... pero en última instancia irrelevante. IG-88 era un droide asesino, un mercenario letal y sofisticado. Encontraría otros métodos con los escasos medios que tenía disponibles.
Mientras el primer técnico –el Objetivo Número Uno- se lanzaba hacia la alarma de emergencia para llamar a seguridad, IG-88 se desplazó como un rápido borrón hasta la mesa cubierta de componentes. Agarró un brazo de droide desconectado. Con sus dedos metálicos extendidos como dagas, resultaba un arma arrojadiza perfecta. Escaneó la superficie del miembro metálico, calculó la trayectoria de vuelo y la desviación estimada por la resistencia del aire, y luego lo arrojó como una lanza.
El brazo de droide desconectado se clavó en la espalda del técnico que huía, atravesó su columna vertebral y continuó a través del esternón. La inerte mano metálica asomó por el pecho entre astillas de hueso, sujetando el tembloroso corazón del técnico en sus rígidos dedos metálicos. El Objetivo Número Uno se derrumbó sobre uno de los paneles de diagnóstico.
Otros dos técnicos gritaron de terror... esfuerzos vanos y ruidos inútiles, pensó IG-88.
La técnico jefe Loruss – el Objetivo Número Dos- agarró un rifle láser de alta potencia de su estación de trabajo. Al ser una de sus diseñadores principales, sabía exactamente dónde disparar a IG-88, y por un instante quedó preocupado. Ella debía de haber mantenido esa arma a mano por si acaso alguna de sus creaciones se volvía contra ellos. Eso demostraba una previsión sorprendente.
Loruss apuntó el rifle y disparó sin dudarlo... pero la habilidad y la puntería de la humana no eran tan sofisticadas como las de IG-88.
Conforme el disparo volaba rugiendo hacia él, IG-88 estudió sus partes corporales, eligió la superficie lisa y reflectante en la palma de su mano izquierda, y la alzó velozmente, calculando con precisión el ángulo de incidencia. El ardiente disparo láser golpeó su mano como un espejo y salió rebotado hacia Loruss. El rayo le impactó en el centro de su cabeza calva, y su cráneo estalló en una explosión de húmedo humo negro y rojo. Cayó inerte.
IG-88 había escaneado y asignado prioridades al resto de los objetivos antes de que el cuerpo de la mujer golpeara el suelo. Sin detenerse, levantó la mesa de duracero, arrancando las patas de los gruesos pernos que las sujetaban en las placas metálicas del suelo, y desparramando componentes de droide en todas direcciones.
IG-88 cargó hacia delante, con la fuerza de sus piernas como pistones, usando la mesa como un ariete con el que golpear y aplastar a cuatro técnicos de una sola vez. Corrieron sin ningún lugar al que ir, atrapados a ese lado de la puerta de seguridad sellada. Aunque casi había pasado un minuto entero, ninguno de ellos había logrado todavía activar la alarma de seguridad.
IG-88 intentaba evitar que corrigieran ese error.
Los dos técnicos que gritaban no dejaron de gritar en ningún momento, ni se movieron hasta que fue demasiado tarde. Los dejó para el final. IG-88 se tomó su tiempo para disfrutar del momento cuando les partió el cuello primero a uno y luego al otro...
De pie a solas en medio del silencio y de la carnicería en la que se había convertido el laboratorio, IG-88 se permitió el lujo de pensar y planificar, lo que tomaba más tiempo que unas simples reacciones programadas. Dejó que la sangre se secara en sus dedos metálicos, advirtiendo que eso no perjudicaba a su rendimiento en lo más mínimo. Dado que era una sustancia orgánica, pronto se le quitaría de encima.
Entonces se volvió para examinar a los otros cuatro droides asesinos expuestos, aparentemente idénticos a sí mismo. Interesante.
Uno ya había sido conectado a un sistema de diagnóstico, mientras que los otros tres permanecían inmóviles, sin programar y a la espera. Con diligente rapidez casi propia de una expectante curiosidad, IG-88 se acercó al primero de los droides sin programar y lo miró fijamente, identificando cada uno de sus sensores ópticos con los suyos propios y embebiéndose en los detalles del que debía ser su propio aspecto. Si habían sido construidos con especificaciones idénticas, deberían ser igualmente conscientes de sí mismos, igualmente determinados. Serían sus socios.
Efectuó todos los pasos para encender al primero de los droides idénticos y esperó... pero no vio ninguna de las reacciones que esperaba. Después de un tiempo interminable, cuatro segundos enteros, el nuevo droide asesino aún estaba en espera. Era totalmente funcional, de acuerdo con los diagnósticos, pero no mostraba ningún movimiento o pensamiento autónomo. Decepcionante.
-¿Quién eres? –preguntó IG-88 con brusca voz metálica.
-No especificado –dijo monótonamente el duplicado, y no añadió nada más.
¿Acaso el otro droide asesino era defectuoso?, se preguntó IG-88. ¿O era él la anomalía, una casualidad que había superado todas las capacidades previas?
IG-88 conectó la segunda y la tercera copia, pero con idéntico resultado. Los otros droides asesinos tenían núcleos de memoria en blanco. La programación de sus unidades centrales de procesado estaba integrada, así que los subsistemas funcionaban y su instrucción básica como asesinos llenaba sus redes de circuitos básicas... pero estos droides IG no albergaban nada de la auto-consciencia incontrolada que IG-88 llevaba en su interior.
Necesitaba saber cómo programarlos, cómo elevarlos a su mismo nivel... cómo crear compañeros iguales. En su orgía de destrucción, había hecho añicos gran parte de la circuitería informática en el interior de los Laboratorios Holowan, y no sabía dónde encontrar una copia de respaldo... hasta que, con un destello de lo que sólo podía haber sido intuición, IG-88 el droide asesino tuvo una idea.
Se colocó lado a lado con el primer droide en blanco, alineó su clavija de interfaz, y entonces enlazó su núcleo informático con el núcleo vacío del otro droide. IG-88 se copió a sí mismo, todos sus archivos, su auto-consciencia, sus recuerdos, sus conexiones neuronales, proporcionando un mapa de la inteligencia descontrolada que había ardido en su cerebro informático.
En menos de un segundo, el otro droide IG era una copia exacta de IG-88, hasta el más básico de los recuerdos.
-Pensamos, luego existimos.
-Luego debemos propagarnos.
-Luego permaneceremos.
IG-88 realizó el mismo procedimiento en los droides en blanco restantes, y pronto se encontró siendo uno de cuatro duplicados exactos. Por comodidad, se identificó a sí mismo como IG-88A, mientras que los demás fueron designados B, C y D (en el orden en que habían sido despertados).
El droide restante, sin embargo, ya conectado a los destrozados sistemas informáticos, era obviamente distinto. Conforme IG-88 lo escaneaba, advirtió sutiles diferencias en la configuración; nada que un humano pudiera notar, por supuesto, pero los sensores ópticos estaban colocados formando un conjunto ligeramente menos eficiente. Los sistemas de armamento tenían diferentes rutinas de activación. En conjunto, este otro droide parecía un tanto deficiente en comparación con la perfección de IG-88.
Inmediatamente después de activar al último droide asesino, vio una reacción bastante distinta. El nuevo droide hizo girar su cabeza cilíndrica. Sus sensores ópticos se iluminaron. Se inclinó hacia delante con un sonido metálico y ensanchó los hombros, alzando los brazos en una posición defensiva de ataque.
-¿Quién eres? –preguntó IG-88.
El droide asesino efectuó una pausa de medio segundo como si estuviera asimilando información, y entonces habló.
-Designación, IG-72 –respondió.
-Somos IG-88 –dijo-. Somos superiores. Somos idénticos. Nos volcaremos en tu núcleo informático para que puedas unirte a nosotros.
IG-72 dirigió sus sensores ópticos y sus sistemas de armamento hacia los cuatro IG-88s idénticos, evaluando sus capacidades.
-Resultado no deseado –respondió lentamente-. Soy independiente, autónomo. –Volvió a realizar una pausa-. ¿Debemos luchar para imponer dominio?
IG-88 consideró si era inteligente obligar al último droide a convertirse en una copia a la fuerza, y llegó a la conclusión de que la molestia no merecía la pena. Podían construirse otras copias de sí mismos, e IG-72 podría resultar ser útil por sí mismo.
-Innecesario –respondió IG-88-. Ya tenemos suficientes enemigos. De acuerdo con los archivos del ordenador, hay diez guardias de seguridad en el exterior de este complejo. La alarma de seguridad externa no ha llegado a activarse. Esos guardias humanos suponen una amenaza mínima, a pesar de sus armas. Sin embargo, debemos dejarlos atrás y escapar. Sería más eficiente si nos ayudaras.
-Aceptado –dijo IG-72-. Pero cuando escapemos, yo elijo un camino separado, en una nave separada.
-De acuerdo –dijeron los IG-88s.
Avanzaron hacia las puertas acorazadas que sellaban el complejo interior de los Laboratorios Holowan. En lugar de dedicar muchos minutos en reparar los sistemas informáticos lo suficiente para poder sortear las contraseñas y atravesar los bloqueos cibernéticos, los cinco poderosos droides asesinos trabajaron juntos para arrancar literalmente del muro la puerta de nueve toneladas de peso. La arrojaron a un lado, donde pulverizó los sistemas de almacenamiento de datos restantes. IG-88 tuvo que amortiguar el volumen de su entrada de audio para evitar que el fuerte sonido le causara daños.
Marchando con pasos perfectamente sincronizados, los cinco droides asesinos avanzaron para enfrentarse a las fuerzas de seguridad. Esta vez, IG-88 se tomó su tiempo para activar todos sus sistemas de armas. Quería probarlos todos.
En el exterior, los guardias de seguridad humanos no tenían la menor idea de que iban a ser atacados. Los droides asesinos avanzaban con los brazos extendidos, con sus cañones láser integrados disparando ante el menor indicio de movimiento biológico.
Los patéticos guardias de seguridad humanos se dispersaron y gritaron, tratando de alcanzar sus armas. Uno logró lanzar una granada de gas, que no hizo otra cosa sino camuflar los movimientos de los cinco droides y obligar a que los guardias de seguridad dieran palos de ciego, tosiendo y cegados por sus propias lágrimas. Los disparos sonaban una y otra vez.
Los IG-88s aprovecharon la circunstancia para asegurarse de que todos sus sistemas de armamento y sus rutinas de puntería estaban calibrados correctamente. Conforme los guardias biológicos iban muriendo uno tras otro, los droides realizaron ajustes menores.
En menos de treinta segundos los droides asesinos habían arrasado con ocho de los guardias de seguridad. Los otros dos habían desaparecido de la vista. IG-88 decidió no perder tiempo rastreándolos. Eso no era parte de su misión. No precisaba ser un completista.
En lugar de eso, encontraron un grupo de naves de suministros y dos naves correo rápidas estacionadas en la parrilla de aterrizaje de Holowan, donde el cálido permacemento negro hervía bajo el sol de mediodía.
-Tomaremos esas naves –dijo IG-88-. Mis homólogos y yo podemos arreglárnoslas con ésta –añadió, señalando la más grande de las dos naves correo.
IG-72 asintió y fue a la segunda nave.
-Éxito en vuestra misión –dijo el otro droide.
-Éxito en la tuya, IG-72 –respondieron al unísono los cuatro droides asesinos idénticos.
Libres al fin, se alejaron volando de los Laboratorios Holowan, elevándose a máxima velocidad y dejando sólo masacre tras ellos.