martes, 2 de septiembre de 2014

Motín en el Rand Ecliptic

Motín en el Rand Ecliptic
Michael Stern

Voren Na’al escuchó la siguiente historia en el salón de tripulación de la fragata médica rebelde. La estaba contando Hobbie a un Luke Skywalker tremendamente curioso y nostálgico, durante un intercambio de historias acerca de su difunto amigo mutuo, Biggs Darklighter. Se transcribe aquí la historia con el permiso de ambas partes involucradas, para honrar la memoria de Biggs Darklighter.

Oficialmente, nuestra misión al sistema Bestine era entregar una remesa de mineral de rubindum –una sustancia fundamental para la construcción de motores de hipervelocidad- a los recién construidos Astilleros de la Armada Imperial de ese sistema. Extraoficialmente, Biggs y yo teníamos nuestra propia misión. Mi viejo amigo Lindy estaba destinado en Bestine, y en su última holotransmisión me había hablado de sus nuevos amigos... miembros de la Alianza Rebelde. Ambos estábamos ansiosos acerca de lo que pensábamos que debíamos hacer. Cuando llegáramos a Bestine, íbamos a escapar de la nave, encontrar a Lindy, y unirnos a la rebelión. Al menos, ese era el plan.
Al principio, todo parecía ir bien. Casi demasiado bien. El capitán, en un golpe de pura suerte para nosotros, nos ordenó a Biggs y a mí abandonar el Rand Ecliptic y contactar con el personal del astillero que iba a tomar posesión de la remesa de mineral. El capitán Heliesk era un oficial extremadamente eficiente que usualmente seguía los procedimientos al dedillo. Nos preocupaba que enviara tanto al primer oficial como al oficial ejecutivo de la nave en una misión como esa. Era contrario a su política habitual de que al menos uno de nosotros permaneciera a bordo en todo momento, y nos preguntamos si sospechaba algo.
Aunque estábamos nerviosos, tratamos de ver el lado bueno de la situación. No tendríamos que escapar de la nave después de todo, y dado que nuestras órdenes eran busca y encontrar a alguien, podíamos usar “oficialmente” nuestro tiempo buscando a Lindy.
Nuestra asombrosa suerte continuó, y Lindy nos encontró casi de inmediato. Nos condujo a un hangar vacío donde nos presentó a varios de sus amigos. Todos ellos trabajaban en secreto para la rebelión, sacando de contrabando piezas de naves estelares y materias primas fuera del sistema para que las usaran los rebeldes en la construcción de sus naves. Estaba esperando la llegada de un nuevo contacto rebelde, al que sólo conocía como “Fuego Estelar”.
De acuerdo con Lindy, ese contacto nos ayudaría a tomar una nave y unirnos a la Alianza Rebelde. La situación no era prometedora, pero el eterno optimismo de Biggs consiguió evitar que me echara atrás con todo el asunto. Pero cuando la puerta principal del hangar se abrió y una escuadra de soldados de asalto imperiales entró en la estructura abovedada, deseé por la Fuerza haberlo hecho.
Los soldados de asalto pronto nos rodearon y, como temíamos, estaban liderados por el capitán Heliesk. Sonreía confiado mientras se acercaba a nosotros. Hubo una larga y dolorosa pausa mientras miraba directamente a los rostros de cada uno de los hombres capturados, para terminar finalmente con nosotros. El silencio fue roto abruptamente cuando nos habló a Biggs y a mí.
-Buen trabajo. Llevad a esta escoria rebelde de vuelta a la nave. Encerradlos en la celda fuego estelar.
Entonces me guiñó un ojo y dejó caer un cilindro de rango en la sudorosa palma de mi mano.
El cilindro de rango servía como llave para los aposentos del capitán, y una vez que la escolta de soldados nos abandonó, fuimos directamente hacia allí. El capitán Heliesk no estaba muy lejos de nosotros.
-Muchachos –dijo con una sonrisa-, vais a apoderaros de la nave.
Su plan era sencillo. La Alianza necesitaba nuestro cargamento, pero dado que seguía siendo un valioso espía con una considerable autoridad dentro del Imperio, el capitán no podía permitirse ser descubierto como simpatizante de la Alianza. La solución perfecta era un motín. Biggs y yo fingiríamos una revuelta y tomaríamos el puente. A partir de ahí, podríamos usar la amenaza de activar la autodestrucción de la nave para obligar al resto de la tripulación a marcharse. Pero el problema era lo que podría pasar una vez abandonáramos Bestine. Era un Astillero de la Armada Imperial, y seguramente había una cantidad considerable de cazas TIE que podrían salir en nuestra persecución.
EL primer paso del plan salió bien, y la tripulación no tuvo otra opción que abandonar la nave. Con la ayuda de Lindy y sus amigos, pudimos manejar el puente y sacar del planeta al Rand Ecliptic y su valioso cargamento.
El siguiente paso era el peliagudo. Ei Imperio tenía un numeroso complemento de cazas TIE estacionado en Bestine, y salieron tras nosotros casi de inmediato. Había demasiados de ellos para contenerlos con el débil armamento del Rand Ecliptic, pero sólo necesitábamos resistir el tiempo necesario para hacer los cálculos para el salto a la velocidad de la luz. Biggs tenía ese brillo familiar en sus ojos.
Orientando la bodega de estribor de la nave hacia el enjambre de cazas que se acercaba, soltó la mitad del cargamento de mineral directamente en la trayectoria de las naves. Eso creó un campo de asteroides a pequeña escala. Sólo unos pocos cazas lograron esquivar el letal mineral que flotaba en el espacio. Explosiones dispersas y escombros dando tumbos llenaron el espacio detrás de nosotros. Los pocos cazas que lograron atravesar fueron incapaces de impedir que saltáramos al hiperespacio para comenzar una nueva vida con la Alianza.

Un plan desesperado

Un plan desesperado
Michael Stern

El patrón de ataque usado con tanto éxito contra los caminantes fue diseñado por Luke Skywalker y el renombrado táctico rebelde Beryl Chiffonage. Skywalker y Chiffonage sabían que se enfrentarían a caminantes imperiales en la batalla que les esperaba, y tenían que hacer planes en consecuencia. Con ese fin, desarrollaron cierto número de tácticas para enfrentarse a los aparentemente imparables caminantes.
Hasta que no comenzó realmente la batalla, no se conocía el hecho de que el blindaje imperial era demasiado fuerte para los cañones láser de los deslizadores de nieve. Las dos primeras tácticas de la llamada “Doctrina Pícara” consistían en usar los cañones de los deslizadores tratando de maximizar su efecto.
El patrón de ataque delta hacía que un grupo de deslizadores de nieve se acercara al caminante AT-AT en formación de fila de a uno. Eso proporcionaba al caminante un único objetivo. Cuando los deslizadores llegaban al rango de disparo óptimo, el primer deslizador disparaba. Entonces viraba bruscamente en una dirección. Dado que los AT-AT sólo pueden seguir la trayectoria de un único deslizador, los deslizadores restantes podían efectuar un disparo limpio, y luego alejarse en una dirección distinta.
Otra maniobra, el “señuelo bantha”, fue desarrollada por Luke Skywalker como una variación de un truco que él y sus amigos realizaban con saltacielos T-16 en el Cañón del Mendigo de Tatooine. En ella, dos deslizadores se acercaban por detrás del caminante, flanqueándolo. Un deslizador iba ligeramente detrás del otro. Cuando el deslizador en cabeza pasaba a toda velocidad junto a la cabeza del caminante, se cruzaba delante de la trayectoria del otro deslizador. Cuando el AT-AT giraba su cabeza para seguir al deslizador de cabeza, su cuello, más vulnerable, quedaba expuesto para los puntos de mira del segundo deslizador. Este segundo deslizador aprovechaba entonces la oportunidad para disparar.
La última táctica de la Doctrina Pícara era la más efectiva. Aunque los caminantes eran mucho más ágiles de lo que parecía, seguían siendo meras máquinas. Usando arpones y cables de arrastre para enredar las piernas de un caminante, podía hacerse que la máquina tropezara y que cayera derribada por su propio peso.
Durante la batalla de Hoth, Skywalker indicó a sus pilotos que realizaran esta peligrosa técnica experimental. Esta compleja estrategia requería acertar en primer lugar a una de las patas de un caminante con un arpón de energía, realizar múltiples pasadas completas alrededor de las patas del caminante, y finalmente soltar el cable de arrastre después de que las patas estuvieran suficientemente enredadas. Dado que este ataque requería la participación tanto del piloto como del artillero, muchos de los deslizadores del Grupo Pícaro eran incapaces de usar esta estrategia, debido a las bajas de sus artilleros.
Fue uno de los mejores pilotos de la Alianza, Wedge Antilles, pilotando el deslizador Pícaro Tres, junto con su artillero Wes Janson, quienes demostraron por primera vez que esta estrategia no sólo era posible, sino devastadoramente efectiva. El ataque tuvo un éxito asombroso, causando la completa destrucción de un caminante ante las miradas de las líneas tanto atacantes como defensivas.
Hasta ese momento, la batalla había ido muy mal para las fuerzas rebeldes, ya que parecía que los mastodónticos caminantes eran virtualmente indestructibles. Pero después de atestiguar la destrucción de ese primer caminante, se alzó un gran grito de aprobación en las trincheras rebeldes. Los rebeldes se inspiraron en la visión del leviatán caído y encontraron la forma de derribar algunas más de esas máquinas gigantes antes de que finalizase el día.

En las trincheras

En las trincheras
Michael Stern

Extraído del diario de datos de Voren Na’al.

Anteriormente a Hoth, mi experiencia de combate había sido extremadamente limitada. Desde luego, había habido algunos momentos tensos e incluso uno o dos tiroteos en el pasado. De hecho, ese tipo de situaciones son casi imposibles de evitar cuando viajas con la Alianza Rebelde. Pero para mí, y ya puestos, para casi nadie del resto del personal de la Base Eco, nada se acercaba a lo que experimentamos bajo el bloqueo de la flota imperial. Nada silenciará jamás el eco de los atronadores pasos de esos mastodónticos caminantes imperiales. Hay noches en las que me despierto con sudores fríos, con esos golpes de pesadilla resonando todavía en mi mente.
La primera vez que escuché el sonido lejano de esos monstruosos pies mecánicos golpeando la superficie nevada de Hoth, pensé que tal vez sería mi imaginación. Ninguno de los soldados a mi alrededor sabía mucho acerca de los caminantes; habíamos oído hablar de ellos, pero nunca habíamos visto uno de cerca, ni éramos capaces de imaginar lo aterradoras que podían ser esas horribles máquinas.
El sonido se fue haciendo cada vez más fuerte. Hubo una inquietante llamada de comunicador por parte de nuestros exploradores en el Risco Norte, y terminó con una frase cortada abruptamente por la mitad y el fantasmal chasquido de un canal cerrado a la fuerza. Caminantes imperiales. La idea de enfrentarse a esas bestias sin una buena cobertura ni formidables vehículos de combate bloqueaba nuestras mentes.
La única cosa que impidió que el miedo campara a sus anchas en las filas fue la formación cerrada de deslizadores de nieve del Grupo Pícaro rugiendo sobre nuestras cabezas en ese mismo instante. Provocó vítores espontáneos de los soldados nerviosos agazapados a mi alrededor. Todos habíamos visto a nuestros pilotos de deslizadores de nieve realizando a diario maniobras en los simuladores, antes de que los deslizadores hubieran sido adaptados al frío. Pero nunca antes habíamos visto al escuadrón completo en vuelo, y era una visión alentadora. No estoy seguro, pero creo recordar haber visto cómo el deslizador en cabeza agitaba apenas imperceptiblemente las alas al pasar, como si fuera un gesto de confianza que nos dijera “poneos cómodos; nosotros nos ocuparemos de esto”.
Pero pese a toda la confianza y heroicidades de la galaxia, nada podría haber detenido al Imperio ese día. Los caminantes eran simplemente demasiado poderosos. Todo lo que pudimos hacer fue realizar una retirada con éxito. El plan nunca había sido rechazar las tropas imperiales, ni siquiera aguantar su empuje. Pero hubo momentos en los inicios de la batalla en los que todos nos sentimos como si tuviéramos alguna oportunidad. Yo estaba allí, en esa trinchera, sólo como observador. Llegué con un holograbador en una mano y una tableta de datos en la otra. Pero pasó poco tiempo antes de que, sin pizca de arrepentimiento, me encontrase abandonando esas herramientas aparentemente inútiles y las cambiara por el frío consuelo de un rifle bláster. Al final, como mis compañeros, me encontré en una carrera desesperada en busca de la seguridad de los transportes cuando los soldados imperiales entraran como un enjambre en la Base Eco mientras estaba siendo evacuada.

Horror en la noche

Horror en la noche
Michael Stern

Extraído del diario de datos de Voren Na’al.

Os cuento esta historia con mis propias palabras, porque yo estaba allí, en las congeladas cavernas de hielo, viviendo esa pesadilla con el resto de hombres y mujeres de la base de Hoth. Pienso que la razón principal de que el incidente fuera tan aterrador para las personas involucradas fue que ocurrió sin previo aviso. Se habían colocado marcadores, se habían explorado kilómetros y kilómetros de territorio, y se había establecido una manta de conjuntos sensores, pero todas las señales indicaban lo mismo. Aparte de los escasos y dóciles tauntauns que encontramos, o de algún ratón de las nieves ocasional, no detectamos formas de vida cerca de la Base Eco.
Con eso en mente, sobre nosotros parecía flotar una sensación de seguridad. Aparte de los gélidos elementos de ese mundo, parecía que había muy pocos peligros. Tal vez fue ese sentimiento de seguridad lo que provocó que se abandonaran algunas de las precauciones de seguridad habituales. Los Procedimientos Operativos Estándar dictaban que los exploradores montados debían salir en parejas para que estuvieran mejor preparado en caso de peligro imprevisto. Pero la falta de cualquier peligro aparente y la falta de personal entrenado pronto obligaron a los exploradores a viajar en solitario. Afirmaban que de ese modo podían cubrir el doble de territorio.
Una de las primeras señales de que no estábamos solos fue el descubrimiento de un tauntaun muerto justo en el exterior de la base. Cuando fue conducido ante 2-1B, el droide médico determinó que tenía el cuello roto. Sabedor de la extrema resistencia de los obstinados tauntaun por haber ayudado a poner la silla de montar a algunos de ellos, la idea de que algo pudiera romper el cuello de un tauntaun era algo más que un poco alarmante. El comandante Derlin lo registró en su informe como algo que habría que investigar cuando el tiempo lo permitiera, pero había, comprensiblemente, otras preocupaciones más acuciantes.
El primer signo inconfundible de problemas fue cuando el comandante Skywalker no informó después de colocar sus balizas sensoras. El capitán Solo salió a buscar a su amigo en el frío letal de la noche, un acto aparentemente suicida. Fue una noche oscura para todos, y pocos lograron dormir, pero por suerte terminó con una mañana radiante de sol y el rescate de Skywalker y Solo. Pero el perturbador resultado de este desastre en ciernes esa que Luke había sido atacado por algo. Tenía un profundo tajo en la cara y el pómulo destrozado. La simetría de los cortes sugería que habían sido unas garras... unas garras muy grandes y muy afiladas. Después de todo, ahí fuera había algo.
Cuando Luke revivió en el tanque de bacta, confirmó nuestras sospechas. Aparentemente había sido atacado por alguna especie de criatura, de más de tres metros de altura, con garras letales y muy mal genio. Sólo había visto una de las bestias, pero donde hay una, debe de haber más. Inmediatamente, se acrecentó la seguridad de la base. El comandante Derlin ordenó patrullas de perímetro regulares, y las expediciones de exploración volvieron al sistema de parejas.
No había forma de que nadie hubiera sabido lo que ocurriría después. Cierto, todos nos habíamos vuelto un poco más cautos después de la experiencia del comandante Skywalker, pero nadie sabía la auténtica magnitud del problema. Nadie podría haberlo llegado a adivinar. Hasta la noche siguiente, claro está.
Comenzó con los aullidos. No era un ruido inusual, debido al azote de los fuertes vientos de Hoth, pero esa noche era más fuerte de lo normal, y de algún modo más escalofriante. Luego vino el ataque a Bervin, y una breve llamada de comunicador llena de pánico, interrumpida abruptamente por un sonoro rugido inhumano y un grito horrorizado, claramente humano.
Yo estaba en el centro de mando esa noche con el comandante Derlin cuando llegó la llamada. Nos apresuramos a ir al puesto de perímetro de Bervin sólo para encontrar las señales de una lucha, pero ni rastro del propio Bervin. Había salpicaduras de sangre en la pared de nieve opuesta, donde había aparecido un gran túnel excavado. El rastro de sangre continuaba por la estrecha zanja por donde aparentemente había sido arrastrado el cuerpo de Bervin a través de la apertura excavada en el muro, hacia la congelada noche de Hoth.
No tardaron mucho en comenzar las llamadas. El centro de mando quedó inundado de informes de ataques por todo el perímetro, todos siguiendo el mismo patrón que este. Inquietantemente, todos parecían iguales: un centinela solitario, atacado y arrastrado hacia la oscuridad. Hicimos preparativos para disponer los deslizadores para una acción nocturna, pero no hubo necesidad. Las bestias vinieron a nosotros. Vinieron, atravesando nuestros muros de hielo y nieve cuidadosamente tallados como si esos muros estuvieran hechos de mero plastifino. Vinieron, con garras y colmillos brillando por la sangre de sus víctimas recientes y lanzando sus aullidos capaces de helar la sangre.
En el corazón de su, aparentemente, descerebrado ataque había un denominador común. Había pasado inadvertido en numerosos incidentes, hasta que C-3PO y R2-D2 llamaron la atención del comandante Derlin al respecto. Que la Fuerza guarde siempre a esos dos droides. Se habían dado cuenta de que los agudos pitidos de los droides astromecánicos dispersos por la Base Eco causaban ataques de furia incontrolable a las criaturas de hielo. El propio Erredós sentía miedo de un ataque semejante. Finalmente, teníamos una ventaja.
Todos los seres de la Base Eco veían en los aullantes y terribles monstruos del Imperio algo mucho peor que los wampas. Contuvieron a las bestias con valor, determinación, innovación, y algo de artillería pesada. Las criaturas del exterior de la base huyeron. Debían de haber quedado saciadas de fuego bláster, porque ya no volvimos a verlas. Las criaturas del interior de la base fueron pastoreadas usando grabaciones de droides astromecánicos para atraerlas lejos de los oscuros pasillos helados. Esos gigantescos animales fueron aturdidos, dejándolos incapacitados, y se los encerró en jaulas con fuertes escudos en secciones menos vitales de la Base Eco. El personal rebelde conocía las señales de advertencia naranjas y amarillas pegadas a las puertas de las jaulas, y las apodaron como señales de “no molesten”.
Aunque fueron tomados con humor, había un aspecto muy aterrador en los ataques de los wampas. La aparente inteligencia de esas bestias era tan escalofriante como cualquier noche de Hoth. Trabajaban juntos, en ataques coordinados, probablemente para defenderse de lo que percibían como una invasión de su territorio. De haber permanecido más tiempo en ese mundo helado, no me cabe duda de que habríamos tenido más noches llenas de su horror.