martes, 3 de agosto de 2010

Trabajos dolorosos (II)

Un golpe amortiguado resonó en la entrada de la galería, seguido por un epíteto menos amortiguado y muy impropio de un Jedi. (Supongo que habría sido más fácil presentar el producto si hubiera dejado las puertas abiertas.) Los wookiees se apartaron un paso para dejar pasar a “mi joven socio”, empujando dos aerocarretillas en las que se apilaban los objetos: aglomeraciones de aparatos y piezas de recambio soldadas juntas, algunas de un par de metros de altura.
Zayne desactivó las carretillas y se derrumbó contra el marco de la puerta, jadeando mientras se secaba el sudor de su cabello color arena.
—No... me dijiste... lo de la colina.
En mi vida no he tenido muchos esbirros; de un modo u otro, siempre he tendido a trabajar solo. Pero hay momentos en los que un droide no sirve como apoyo, y cuando Zayne se encontró de pronto en las calles como resultado de ciertos inconvenientes, vi la oportunidad de expandir mi franquicia. El chico estaba acusado de algo que no había hecho... y dado que yo también me vi metido en el asunto, decidí que sería interesante ver qué podía hacer un Caballero (o un casi-Caballero, como Zayne) en el mundo del timo. Yo soy así: Muchos de mis colegas odian todo ese asunto de los Caballeros Jedi, viéndolos como policías que no juegan limpio. Yo veo un añadido al juego del que sacar provecho. El poder para influenciar las mentes de los débiles... eso no está lejos de mi estilo.
Hasta ahora, los resultados han sido variopintos. Zayne no era exactamente el primer Jedi de su clase... de hecho, si había alguno peor, probablemente lo habrían enviado a algún recado y nunca regresó. A mi lado, su principal truco parecía ser meterse en problemas. Y además todo parecía convertirse en una negociación.
Como con los aero-palés.
—Te esperaba hace diez minutos —dije. Eso era todo lo que le había pedido que hiciera. Tenemos un droide de carga, pero no es de mucha ayuda. (Esa es otra historia.)
—Lo siento —dijo él, gesticulando hacia las masas de chatarra reunida—. Había una colina. Y dijiste que debía esperar hasta que Acampador saliera del taller.
Acampador era el susodicho Engendrado Loco Arkaniano, cuya nave y laboratorio de científico loco era El Último Recurso. Podía imaginarme que le hubiera costado un buen rato deshacerse de él: Acampador a veces se quedaba abstraído contemplando un tornillo y podía olvidarse hasta de comer. Estaba a punto de hacer un comentario al respecto cuando me di cuenta de que Obohn no estaba mirando al producto, sino, más bien, a nosotros.
—¿Tú eres el socio, humano? —preguntó a Zayne.
—Culpable.
—Te pareces a... ¿cómo se llamaba? —dijo Obohn—. El chico acusado de asesinar a los Cuatro de Taris. Zayne Carrick. —Me miró—. Y él tiene ese cómplice... un snivviano, como .
—Bueno, ese no podría ser el caso —dije—, porque yo soy su jefe. —Me puse ligeramente de puntillas para dar una palmadita en el hombro del chico. (Es demasiado alto.)—. El joven Wervis ha estado ayudándome desde que lo adopté. Liberé al muchacho de una vida de esclavitud en una fábrica, despellejando borrats. —Una lágrima, una, marchando—. A decir verdad, yo soy como un padre para él.
—Menos es más, Gryph —murmuró Zayne entre dientes.
—Calla, Wervis. Sé que es un mal recuerdo. —El patetismo vende—. Ahora, hijo, ¿puedes acercar la mercan... quiero decir, las obras maestras a la luz?
Bajo la claraboya en el centro de la galería, las “esculturas Tikartine” parecían estar en su sitio. Un poco más grasientas que algunas de las otras piezas, quizá... y las nuestras tenían algunas luces parpadeantes de más. Pero ciertamente cautivaron a Obohn y el rodiano, que rodearon el “arte mecánico” y conversaron entre ellos.
—¿Qué son estas cosas que me has hecho traer, de todas formas? —susurró Zayne, mirando a la mayor de las montañas de metal del palé.
—Parece ser un timostato. O una garabatala. O tal vez un quesesto —dije—. Son chatarra metálica... y cuando se acaba el dinero, son nuestra próxima comida.
Antes de que Zayne pudiera preguntar nada más, Obohn se volvió hacia nosotros.
—No —dijo—, no estoy seguro de esto.
Acercándose a su lado, el rodiano graznó de modo escéptico. (Creo; probablemente podría ser cualquier otro modo) Obohn declaró por ambos que querían esperar hasta que un tasador llegase desde Telerath. Eso estaba a varios días de distancia, demasiado tarde para nosotros.
Con aire indiferente, di media vuelta. ¿Sabéis esos tipos verpine que tienen ojos a ambos lados de la cabeza? ¿Que nunca sabes si te está mirando a ti o a tu pareja? Me convertí en verpine. Un ojo en la salida, otro en Zayne.
—Chico —susurré—, te toca entrar en acción.
Zayne se enderezó de golpe y llevó la mano al bulto de su chaqueta, a la defensiva.
—¡Con el sable de luz no!
—Por los espíritus de Cadomai, no. —A Zayne no le gustaba demasiado cortar a gente inocente en trocitos. Solicité a Obohn un momento para poder hablar con el chico y me lo llevé aparte—. ¡Necesito que uses tu magia para convencer a esos tipos de que esta basura es arte!
Zayne retrocedió de nuevo.
—No sé si debería...
—¿Qué te preocupa?
—Me preocupa timar a la gente.
—Bueno, a mí también. Eso se da por sentado.
—Quiero decir, que me molesta timar a la gente —dijo.
—Y a me molesta oírte decir eso —dije. Los Jedi le persiguen... y ahora, ¿sigue haciendo las cosas como ellos? Asombroso—. Mira, esbirro, no me molesta que te sientes en la esquina de la bodega de carga y hagas tu meditación y todo eso. Pero cuando llega el momento de montar el espectáculo, dejas eso en la bodega de carga. ¿Lo pillas?
Me puso la mirada. Odio la mirada.
—Venga yaaaaa —dije, aguantando el temporal—. Esos tipos son ladrones de tumbas. Tratan de saquear los esqueletos de lo que queda de Taris para ponerlos en sus salones. Merecen ser timados.
Una pausa.
—Supongo.
Suspiró. Suspiré.
Con este chico, siempre es como llevar adelante dos engaños a la vez. Tengo que estafar a mi presa... y al mismo tiempo hacerlo de un modo que no ponga nervioso al Pequeño Gira-Sables. Os lo aseguro, apenas merece la pena.
Zayne se enderezó el cuello de la chaqueta y se puso manos a la obra.
—Discúlpeme, señor Obohn —dijo, acercándose a uno de nuestros montones de basura y dirigiéndose al más alto de los dos—. Pero no necesita llamar a un tasador.
—¿No necesito llamar a un tasador? —respondió Obohn.
—Estas son auténticas esculturas Tikartine —dijo Zayne.
—¿Son auténticas esculturas Tikartine?
El tono de la voz es lo que siempre me choca. Soy inmune a esa cosa de ofuscar la mente y, aún y todo, yo mismo casi le creo.
Pero Obohn no.
—¿Por qué debería fiarme de la palabra de un muchacho... de un despellejador de borrat, para empezar? —Exclamó un par de nombres que no reconocí; los wookiees bien vestidos, supuse.
Mis ojos salieron disparados hacia Zayne, quien se encogió de hombros. Ya había dicho antes que sólo funcionaba en los débiles de mente... y aunque otras cosas fallasen en Obohn, tenía un sentimiento muy fuerte hacia su arte. Volví a mirar la salida. ¿Dónde estaban los wookiees?
Pero todos fuimos interrumpidos cuando el rodiano comenzó a tirar de la túnica de Obohn y a cloquear con urgencia.
—¿Qué pasa, Padre? —preguntó Obohn... seguido por más graznidos.
Comprendiendo lo que pasaba, Zayne se arrodilló directamente frente al rodiano hinchado y arrugado.
—No necesita llamar a un tasador, ¿verdad?
El rodiano tembló y se estremeció y gorgoteó otra respuesta ininteligible.
Obohn se inclinó acercándose a él.
—¿Qué, Padre? ¿No necesitamos un tasador?
—Estas son auténticas esculturas Tikartine —repitió Zayne.
—Gwawk gleep glorb snork snork!
—¡Vaya, son auténticas esculturas Tikartine! —dijo Obohn, con el rostro refulgente alcanzando brillos insospechados y acercándose a mí para sacudirme con violencia la mano—. Dudaba de ustedes, pero... ¡no hay detalle que escape a los ojos de Padre! —(Y no hay comida que escape a su zarpa, pensé. Los hutts deberían preocuparse.)—. Son auténticas. ¡No necesitamos un tasador!
El muun dio unos golpecitos en el hombro a un sorprendido Zayne, que aún estaba arrodillado ante el rodiano charlatán. Zayne me miró, un poco desconcertado. ¿Cómo podía influenciar a alguien que no podía entender?
Me encogí de hombros. Pasara lo que pasase, al menos habíamos tenido un buen número de feria.

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