lunes, 18 de agosto de 2014

Escuadrón Bastardo (IV)



Todo había conducido hasta ese momento.

Gina Moonsong se daba cuenta de ello ahora; podía ver cómo todos los caminos y variaciones de su vida la habían conducido, inexorablemente, a ese lugar: alguna parte en el espacio cercano a Endor, una luna absolutamente insignificante, que era ahora –gracias a la decisión del Imperio de construir allí su estación de combate- el lugar más importante de toda la galaxia. Toda su vida como contrabandista en Coruscant, toda su resolución para permanecer siempre un paso por delante de la ley y no verse nunca involucrada... bueno, no habían funcionado. Había terminado viéndose involucrada, y de qué manera.

Y ahora ya no había vuelta atrás. Moonsong había tenido bastante experiencia con cruceros de seguridad o policía –había esquivado o huido de prácticamente cualquier tipo de nave existente- pero nunca antes había visto un auténtico Destructor Estelar. Por supuesto que los había visto un millón de veces en holos, había participado en incontables vuelos de entrenamiento, había estudiado sus esquemas hasta que los ojos le escocían... pero esto era diferente. Esto era un monstruoso bloque de metal cubierto de armas y blindaje, tripulado por suficientes personas como para llenar una ciudad... la clase de nave a la que otras naves nunca se acercaban si querían vivir para ver otro aterrizaje. Cada instinto de Moonsong le gritaba que diera media vuelta a su ala-B y huyera... pero de algún modo pudo controlar sus nervios y mantuvo su curso, acelerando hacia el Devastador. Por primera vez desde que se había unido a la Rebelión se dio cuenta de la auténtica magnitud de su situación; la diversión y los juegos habían terminado.

Todo lo que quedaba era morir valientemente.

Se colocó en formación tras el Líder Bastardo, rotando el ala de su nave treinta grados con respecto a la cabina estabilizada giroscópicamente en la que se encontraba; Bastardo Cuatro, el compañero de ala de Moonsong, ejecutó la misma maniobra al colocarse en su retaguardia. No necesitaba comprobar los escáneres para saber que el teniente Braylen Stramm y su compañero de ala estaban igualando su curso y velocidad. Todos los contratiempos y las titubeantes misiones de entrenamiento se habían olvidado; ahora era la hora de la verdad, y el escuadrón se estaba centrando en el momento, trabajando finalmente juntos como una sola unidad sin fisuras. Las naves parecían una especie de bandada de grandes aves mientras se lanzaban en formación de ataque. En la pantalla táctica de Moonsong, el Devastador era una gran bola giratoria de contramedidas electrónicas puntuada por los disparos de cañón láser que les lanzaba. Conforme las naves aceleraban hacia el leviatán, Moonsong pudo sentir cómo crujían los alerones-S de su nave al esforzarse por mantener el curso cuando los disparos de los cañones láser del Devastador drenaban la energía de sus escudos deflectores y sacudían su nave. Por desgracia, no había muchas opciones reales para acercarse a un Destructor Estelar, salvo ir directamente hacia él. Pero en ese momento, los disparos que iban hacia ella era la menor de las preocupaciones de Moonsong; se estaban acercando demasiado rápido como para que los artilleros de la nave pudieran fijar el objetivo en ellos, e incluso así harían falta varios disparos directos para derribar uno de los alas-B. Justo estaba comenzando a pensar que tal vez podrían llegar realmente hasta el Destructor Estelar, cuando...

-¡Mantened la formación, muchachos! ¡Se acercan interceptores!

La voz del comandante de ala Fox resonó por sus auriculares cuando un escuadrón de interceptores TIE apareció como un enjambre rodeando el Destructor Estelar y se dirigió rápidamente hacia ella. Debían de haberse mantenido en un patrón de espera justo a popa de la nave, pero ahora se estaban desplegando en serio contra la amenaza de los alas-B. Sobre el papel, la diferencia era considerable: los alas-B eran cazas de asalto que maniobraban como cargueros, equipados como estaban con paquetes de aviónica reservados habitualmente para las naves capitales de menor tamaño. Los pilotos dependían de los complejos sistemas de navegación para poder obtener disparos efectivos... pero en un combate espacial nave contra nave, los alas-B estaban en considerable desventaja incluso contra los alas-A que los escoltaban. Todo lo que podían hacer era acelerar contra el objetivo, esperando que al menos algunos de ellos se acercaran lo suficiente como para poder lanzar su carga. Moonsong observó cómo los cazas TIE rompían la formación y les pasaban de largo, para a continuación trazar limpiamente un arco que les colocó a popa del escuadrón, lanzando una cegadora cortina de disparos alrededor de los alas-B.



***



El almirante Montferrat no podía creer la audacia de esa escoria rebelde. ¿Es que no se daban cuenta de que se enfrentaban al Devastador? ¿La que había sido la nave insignia de Vader, el orgullo del Escuadrón de la Muerte...? El propio Montferrat se enorgullecía de tener la tripulación mejor entrenada de toda la Armada Imperial. Desde que había tomado el mando de la nave en la batalla de Hoth, Montferrat había realizado una implacable criba personal entre sus filas, reclutando y ascendiendo sólo a aquellos oficiales y soldados que habían superado sus meticulosos y exhaustivos estándares. Y aunque personalmente encontraba desagradable al comandante de cazas TIE Gradd, no cabía la menor duda de que sus capacidades como piloto de caza casi eran comparables a las del propio Darth Vader. Montferrat vio cómo el enfrentamiento cobraba firma en la pantalla táctica gigante del Devastador. Varias naves rebeldes ya habían sido destruidas; el resto estaba recibiendo fuego pesado de los interceptores TIE. En este punto, la mayoría de pilotos en su sano juicio habría abandonado su ataque para ocuparse de sus perseguidores, pero los rebeldes esperaron hasta que estuvieron bien dentro de la cobertura del flanco del Devastador para, ellos también, ejecutar un giro a toda velocidad, asegurándose de que el combate nave contra nave subsiguiente tuviera lugar en las incómodas proximidades de la monolítica nave. Y el irracional factor humano no terminaba ahí: Montferrat observó cómo un único ala-B daba la vuelta en espiral, directamente hacia el corazón del escuadrón de Gradd. El piloto sabía perfectamente lo que estaba haciendo: ganar tiempo para sus camaradas. Un piloto de TIE fue tomado por sorpresa y murió bajo una salva de fuego láser de los cañones cuádruples del ala-B antes de poder saber qué le había golpeado. El piloto rebelde disminuyó entonces de golpe su velocidad, permitiendo que dos interceptores TIE le rebasaran, y luego los acribilló con certeros disparos de los cañones iónicos de su nave. Podría haberse anotado un cuarto derribo si Gradd no hubiera comenzado a disparar continuamente sobre el ala-B haciéndolo saltar en pedazos. Montferrat se volvió furioso hacia uno de sus oficiales artilleros que había seguido disparando sobre el combate espacial, impactando en uno de los alas-B, pero que casi había golpeado a un par de los interceptores TIE.

-¡Alto el fuego, idiota, vas a darle a nuestros propios pilotos!

La sangre se retiró del rostro del oficial artillero; dejó de disparar mientras Montferrat se volvió hacia la pantalla táctica, analizando las posiciones de la flota en la batalla mayor que tenía lugar a su alrededor.

-Timonel, cambie el rumbo siete grados, manténganos entre la fuerza de ataque rebelde y la Estrella de la Muerte. Asegurémonos de que ninguna de sus naves alcance la estación.



***



El comandante Gradd no pudo evitar esbozar una sonrisa macabra al centrase en otro ala-B. Presa del pánico, el piloto rebelde trataba de realizar maniobras evasivas erráticas. La sonrisa de Gradd se intensificó cuando cayó tras él y voló por los aires el sistema de motores cuádruple del caza con un solo disparo. Ni siquiera se molestó en mirar como el caza se desintegraba mientras pasaba a su lado. En la mente de Gradd, no cabía duda de que los pilotos rebeldes eran muy inferiores, si no directamente incompetentes. Había escuchado hablar mucho acerca de los alas-B antes de esa batalla; de cómo suponían un peligro sin precedentes para los Destructores Estelares si obtenían suficiente espacio para maniobrar y desplegar su armamento. Pero Gradd no tenía intenciones de dejarles ese espacio. Tampoco es que importara ya; independientemente de las especificaciones del ala-B, Gradd siempre había puesto más fe en el hombre que en la máquina. Aunque habría sido el primero en admitir que esa era una frase de doble filo; le fastidiaba sobremanera que el piloto más famoso de la galaxia fuera un granjero de veintipocos años que de alguna forma había sido capaz de hacer saltar por los aires la primera Estrella de la Muerte. Pero a veces la suerte era una dama caprichosa. Por desgracia, las esperanzas secretas que Gradd albergaba de acabar con la leyenda de Skywalker en un glorioso encuentro nave contra nave habían sido barridas cuando supo que el mismísimo Emperador había enviado a Darth Vader para que le llevara al muchacho con vida. Gradd tendría que compensar la oportunidad perdida matando a tantos pilotos rebeldes como pudiera. Se dio cuenta que quien quiera que estuviese dirigiendo el ala de pilotos rebeldes tenía cierta experiencia de combate. Eso iba a hacer que la caza fuera aún más satisfactoria. Comprobó su escáner, buscando el caza que recibiera la mayor cantidad de tráfico de comunicaciones; era un viejo truco que usaba para encontrar al líder del ala enemiga. La táctica no le falló; uno de los alas-A de escolta se iluminó en su pantalla y Gradd lo fijó en su ordenador de objetivo.



***



-¡Separaos, separaos! –exclamó Fox por su comunicador.

El Escuadrón Bastardo rompió la formación varios miles de metros sobre la parte superior del Devastador y entabló combate nave contra nave, un furioso enjambre de interceptores TIE, alas-A y alas-B zumbando alrededor de la gigantesca nave. Sólo hicieron falta segundos para que las cosas fueran de mal en peor; los escáneres de largo alcance de Fox detectaron una gran acumulación electromagnética alrededor de la nueva Estrella de la Muerte. Antes de poder siquiera pensar en qué podía estar haciendo la estación, un brillante rayo de luz verde surgió de su cañón radial e incineró por completo un crucero rebelde.

La estación estaba operativa.

Las voces del almirante Ackbar y el general Calrissian resonaron por el comunicador general de la flota, ordenando que la flota rebelde se enfrentara a los Destructores Estelares. Pero Fox tenía en sus manos problemas más inmediatos, con no menos de tres interceptores a su estela y dos más que se acercaban a él desde su horizonte. Le habían identificado como el líder e iban a tratar de atacarle con fuerza. Fox redujo drásticamente su velocidad, esquivando los disparos de los interceptores que llevaba a cola. Uno de ellos le esquivó pasando a su lado toda velocidad, forzando a las naves que llegaban desde esa dirección a virar para evitar una colisión. Mientras el caza fallaba su disparo, Bastardo Uno, el compañero de ala de Fox, consiguió lanzar una ráfaga de fuego, arrancando de cuajo una de las alas de la nave, haciendo que saliera girando fuera de control y chocara contra otro interceptor. Pero el triunfo de Bastardo Uno fue breve cuando dos de los interceptores le atraparon en un fuego cruzado, acabando con él tan rápidamente que probablemente nunca llegó a saber qué le había golpeado. El interceptor restante igualó la velocidad de Fox, siguiendo sobre él a pesar del ondulante patrón de vuelo de Fox. Fox apretó los dientes y se inclinó sobre los mandos.

-Muy bien, quieres jugar –murmuró-. Veamos lo bueno que eres realmente.

...Y realizó un brusco giro cerrado, lanzando la nave en una serie de maniobras mareantes. Pero el interceptor igualó sus movimientos, acercándose incluso más, llenando la pantalla de Fox con la ominosa sombra de su rival. Sus sensores mostraron que los láseres delanteros se estaban cargando para asestar el golpe fatal.



***



Gradd sonrió mientras su ordenador de objetivo se centraba en el ala-A. El panel se iluminó en verde y Gradd lanzó una cortina de fuego desde los cañones láser del interceptor; primero chocando contra los fuertes escudos del ala-A, pero consiguiéndolos atravesar rápidamente. Partes de la nave rebelde comenzaron a arder. Gradd estaba asombrado por la cantidad de daño que su presa era capaz de recibir mientras todavía permanecía operativa; e incluso entonces Gradd necesitaba toda su concentración para seguir las maniobras evasivas del piloto rebelde. En los primeros días de la rebelión, Gradd había llegado a quedar impresionado por esos advenedizos e intuitivos pilotos de caza, que compensaban la falta de pericia con pura audacia y fuerza de voluntad. Ahora había matado a demasiados de ellos para dar algo de crédito a su poco ortodoxo pilotaje.

Motivo por el cual lo que pasó a continuación le tomó totalmente por sorpresa.



***



En el último segundo posible, Fox puso su ala-A boca abajo, tirando de la palanca y efectuando por debajo del interceptor atacante un barril que hizo que su nave sufriera bajo las fuerzas gravitatorias. El piloto imperial renunció a la ventaja de la persecución para poder realizar un disparo final, consiguiendo un impacto directo sobre los sistemas de motores del ala-A, lo que, para sorpresa del interceptor TIE, no dio como resultado un impacto fatal. Probablemente murió preguntándose el por qué cuando Fox salió del barril detrás de él y lo hizo volar en pedazos. Pero Fox no tuvo tiempo de saborear su triunfo; su campo de visión destellaba en rojo por todas las luces de emergencia de su cabina, y fue vagamente consciente de que estaba escupiendo sangre. Abrió su canal de comunicaciones.

-Líder Bastardo a grupo; si conseguís pasar la pantalla de cazas, ejecutad la misión primaria. Cambio y corto.

viernes, 1 de agosto de 2014

Crisis de fe (y XVII)


El único altavoz restante estaba a menos de doscientos metros de los juggernauts detenidos y los tres mil quinientos Soldados que se encontraban rígidos junto a ellos. Fel los observó con cautela mientras mantenía su TIE flotando a la defensiva sobre la plataforma de apoyo, preguntándose si decidirían que debían tomar algún tipo de acción contra la lanzadera, desde la que en ese momento un par de técnicos descendían a la plataforma junto al conjunto de altavoces.
Pero no hicieron nada. Se les había ordenado atacar a los juggernauts, habían hecho eso, y ahora estaban esperando más instrucciones.
-Paciencia –murmuró Fel.
Hubo movimiento junto a la escotilla destrozada de uno de los juggernauts, y dos de los Elegidos de Nuso Esva salieron al exterior, con sus ojos amarillos brillando bajo la luz del sol. Uno de ellos señaló a Fel, y alzaron sus blásters.
Fel acabó con ambos de un solo disparo. Una vez más, los Soldados quesoth no hicieron nada.
Fel echo un rápido vistazo a las escotillas del resto de los juggernauts, y luego realizó otro escaneo de la zona para asegurarse de que no había más de los Elegidos supervivientes lanzándose al ataque. Tal y como Thrawn había ordenado, había dejado intacto este altavoz en concreto, limitándose a cortar los cables de control, energía y comunicaciones que llegaban a él. Eso significaba que los técnicos no sólo tendrían que instalar el mensaje especial en Lenguaje de los Soldados que Thrawn había preparado, sino que también tendrían que derivar energía desde los generadores de la lanzadera.
Con las tropas de as alto de Sanjin luchando todavía por sobrevivir contra su propia masa de Soldados, Fel esperó que los técnicos se dieran prisa.
A dos calles de distancia, otros dos Elegidos más se acercaban con cautela. Fel hizo girar su TIE unos grados en esa dirección y esperó a que salieran al descubierto.
Y entonces, se pronto, los altavoces cobraron vida tras él, llenando el aire con un volumen e intensidad que podía sentir a través de la parte inferior del casco de su TIE mientras el mensaje de Thrawn sonaba atronador por esa parte de la ciudad. El mensaje acabó y comenzó a repetirse.
Por un momento no ocurrió nada. Fel contuvo el aliento...
Y entonces, todos a una, los Soldados junto a los juggernauts comenzaron a moverse. Fluyendo sobre el terreno, más parecidos a un fluido oscuro que a un conjunto de seres individuales, ascendieron por la colina hacia el palacio.

***

Una vez más, los Soldados se habían abierto paso hacia las ventanas de la casa, y Sanjin y los soldados de asalto restantes se habían retirado a una de las habitaciones interiores para realizar su última resistencia, cuando Lhagva escuchó el débil sonido de los altavoces por encima del ruido de los disparos bláster y los golpes de mazas y espadas. Frunció el ceño, sorprendido ante el extraño mensaje... Y entonces, sin una sola palabra, los Soldados bajaron las armas. Dándose la vuelta, se marcharon rápidamente a través de las puertas y los agujeros que habían abierto a golpes en los muros, dirigiéndose a la ciudad.
Dejando a los soldados de asalto jadeando en medio de una habitación vacía.
Sanjin fue el primero en encontrar su voz.
-¿Qué demonios ha sido eso? –preguntó.
Con un esfuerzo, Lhagva consiguió llevar algo de humedad a su boca seca por el combate.
-¿No ha escuchado el altavoz, verdad?
-No, creo que una maza me estaba martilleando en ese momento –dijo Sanjin, frotándose cuidadosamente y en vano el costado de su casco-. Estas cosas no bloquean ese tipo de golpe ni la mitad de bien de lo que me gustaría. ¿Qué ha pasado? ¿Se ha rendido la Reina?
-No lo creo –dijo Lhagva-. Parecía algo preparado por Thrawn.
-Creía que no se podía falsificar el Lenguaje de los Soldados –dijo uno de los otros mientras se arrodillaba junto a un soldado de asalto caído, con su botiquín de campaña en la mano.
-No lo ha hecho –dijo Lhagva-. Parecía ser simplemente una grabación sin editar, obtenida directamente de boca de la Reina.
-¿Y qué decía? –preguntó Sanjin.
-Cruzad las puertas de la Morada –tradujo Lhagva -. Rodead y proteged a los Huéspedes.
-¿Pero eso no es una orden para que los Soldados protejan a Nuso Esva? –protestó uno de los soldados de asalto-. ¿Cómo nos va a ayudar eso?
-Porque –dijo Sanjin, y Lhagva pudo imaginarse la sonrisa oculta por su casco- Nuso Esva lo ignora.

***

Nuso Esva todavía estaba apuntando con su arma a la Reina cuando uno de los otros cabello tormentoso dijo algo en su extraño lenguaje. Nuso Esva ladró algo en respuesta y dio un paso adelante.
-¿Qué les ha dicho? –preguntó-. ¿Qué órdenes ha dado a sus Soldados?
-No he dado ninguna orden –dijo la Reina-. No puedo dar ninguna...
-¡No me mienta! –bramó Nuso Esva, dando otro paso adelante-. Se ha dado una orden. Usted es la única que puede dar tales órdenes. –Dio otro paso hacia ella-. Y ahora todos están viniendo hacia aquí –continuó, bajando súbitamente el tono de su voz-. ¿Por qué están viniendo, Reina de los Rojos?
-No lo sé –dijo la Reina-. Cando lleguen, les preguntaré.
Nuso Esva soltó un bufido.
-No. No lo hará.
Abruptamente, su arma escupió un destello de fuego, y la Reina se desplomó hacia delante sin emitir ningún sonido.
Muerta.
Trevik se quedó boquiabierto, con el cuerpo tenso mientras miraba incrédulo y horrorizado la figura sin vida de la Reina. Ese no era el modo en que morían las Reinas de Quethold. Ese nunca había sido el modo en el que morían las Reinas. Tenuemente, a través del zumbido de la sangre que cruzaba rugiendo sus oídos y su cerebro, escuchó el sonido de más fuego bláster.
-Tú. Traidor.
Trevik giró su rostro. Nuso Esva le estaba mirando, con su arma apuntando directamente al rostro de Trevik.
Y sólo entonces se dio cuenta de que había cuerpos de quesoth muertos por todo su alrededor. Los Obreros, Borosiv de los Circúleos de los Primeros de los Rojos... todos ellos estaban muertos.
Todos ellos habían sido asesinados.
-Vas a llevar a Thrawn un mensaje de mi parte –dijo Nuso Esva, con voz lúgubre y desafiante.
Y pese a todo, bajo la determinación del señor de la guerra alienígena, de algún modo Trevik podía sentir un punto de amarga melancolía. Había cuatro mil Soldados avanzando hacia el palacio, y sabía que su propia muerte avanzaba con ellos.
-Dile a Thrawn que puede que piense que ha ganado –continuó Nuso Esva-. Pero con mi muerte, la suya no estará lejos. Mis seguidores siguen estando ahí fuera, y son mucho más numerosos de lo que jamás podría imaginar. No importa dónde vaya, no importa dónde trate de ocultarse, le encontrarán. Le dirás eso.
Con un esfuerzo supremo, Trevik hizo que las palabras salieran de su boca.
-Se lo diré –prometió.
Por un instante, Nuso Esva se quedó inmóvil. Luego, finalmente, bajó su arma.
-Ve –ordenó.
Trevik estaba en el límite de los terrenos de palacio, abriéndose paso entre las líneas de los Soldados que llegaban, cuando los cabello tormentoso abrieron fuego detrás de él.
Había llegado junto al grupo de humanos con armaduras blancas que aguardaba, cuando los disparos de los cabello tormentoso llegaron a un abrupto final.

***

Parck levantó la mirada del informe.
-Así que se acabó –dijo.
-Se acabó –confirmó Thrawn-. Uno de los cuerpos de la Morada de los Huéspedes ha sido definitivamente identificado como el suyo.
Parck asintió, sintiendo que un extraño cansancio le invadía. Después de diez años de combate esporádico, huidas por los pelos, y victorias improbables por las Regiones Desconocidas, el señor de la guerra finalmente estaba muerto por fin.
-¿Y ahora qué? –preguntó, dejando a un lado la tableta de datos.
Thrawn se encogió ligeramente de hombros.
-Hay poco que podamos hacer por los quesoth salvo ayudar en la reparación de los daños a la Ciudad Roja –dijo-. Pero seguramente les irá bien. Históricamente, ha habido varios casos en los que las Reinas han muerto prematuramente. A veces eso induce que la siguiente Reina se despierte antes de lo previsto; a veces la ciudad afectada tiene que arreglárselas por sí sola hasta que llega el momento habitual del alzamiento. Pero sean cuales sean los esfuerzos que la Ciudad Roja deba soportar en adelante, el pueblo de Quethold sobrevivirá. Eso es lo importante.
-Sí –convino Parck con un escalofrío. Especialmente teniendo en cuenta lo que ese Midli, Trevik les había contado acerca de los planes de Nuso Esva para el planeta. Podía haberlo destruido todo, e incluso haber quedado libre para expandir más de su veneno por las Regiones Desconocidas.
Pero no lo había hecho. Estaba muerto, y realmente se había acabado.
-En realidad, Almirante, estaba preguntándome a dónde íbamos a ir ahora –dijo.
-Usted y el Amonestador se dirigirán de vuelta al Triángulo del Caos para comenzar a limpiar el legado que Nuso Esva ha dejado atrás –dijo Thrawn-. En cuanto a mí, ahora finalmente puedo dirigir mi atención a un problema aún más apremiante que Nuso Esva. Como por ejemplo la restauración del Imperio.
Parck hizo una mueca. Thrawn sólo había regresado ocasionalmente al espacio imperial desde la muerte de Palpatine. Esos viajes habitualmente habían sido breves, siempre envueltos en secretismo, e invariablemente habían dejado al gran almirante frustrado por el creciente desorden que allí reinaba. Entre la incompetencia de sus propios líderes y la firme presión militar de la Nueva República, el Imperio había encogido a apenas una cuarta parte del tamaño que había alcanzado bajo el gobierno de Palpatine.
-Puede que tenga problemas para convencerles de que acepten su ayuda –advirtió-. Algunas de sus experiencias recientes con grandes almirantes no han sido demasiado positivas.
-Hay una persona con la que puedo contactar –le aseguró Thrawn-. El capitán Gilad Pellaeon, actualmente al mando del SDI Quimera. Ya he trabajado con él antes, cuando Nuso Esva realizó su única incursión en espacio imperial.
-Sí, lo recuerdo –dijo Parck seriamente-. Sector Candoras. También recuerdo que fue poco después de eso cuando Nuso Esva lanzó la campaña de Braccio y casi terminó destruyendo media docena de especies.
-Sus recuerdos son correctos –dijo Thrawn, frunciendo ligeramente el ceño-. ¿Qué quiere decir con eso?
-Que Nuso Esva era un hijo de gusano espacial vengativo –dijo Parck-. No espero que sus seguidores lo sean menos. Puede que no sea un buen momento para que usted regrese a la política imperial.
Thrawn meneó la cabeza.
-No se preocupe, capitán. Los posibles seguidores que Nuso Esva haya dejado son pocos y dispersos. Sin su liderazgo, se escabullirán de vuelta a las sombras a las que pertenecen.
-Tal vez –dijo Parck-. Pese a todo, puede que no sea mala idea que tome algunas precauciones adicionales ahí fuera.
-Su preocupación es conmovedora –dijo Thrawn-. Pero le repito que no tiene por qué preocuparse. El capitán Pellaeon es un comandante competente, y ha hecho del Quimera una de las mejores naves de guerra de la flota.
-Lo que quería decir...
-Y también he tomado medidas para hacer que un guardaespaldas me acompañe cuando regrese al Imperio –continuó Thrawn-. Sea cual sea la venganza que Nuso Esva hubiera planeado, o que pensara haber planeado, nunca me alcanzará.
-Espero que no. –Parck respiró profundamente. Seguía sin gustarle la idea, pero era demasiado listo como para discutir con Thrawn cuando este había tomado una decisión-. Con su permiso, almirante, iré a comenzar los preparativos para contactar con el capitán Pellaeon y devolverle al Imperio. –Sonrió ligeramente-. A su Imperio.
-Gracias, capitán –dijo Thrawn en voz baja-. Y no muestre ese aspecto tan abatido. Esto no es sólo el fin de Nuso Esva. –Sonrió ligeramente-. También es el principio. El principio de la victoria.

miércoles, 30 de julio de 2014

Crisis de fe (XVI)



-Hay problemas –dijo la Reina.

Por unos instantes Nuso Esva la ignoró mientras continuaba farfullando en su hablalejos privado en su incomprensible lenguaje alienígena. Trevik se puso tenso, preguntándose qué diría o haría la Reina en este último insulto a su persona.

Pero permaneció recostada silenciosamente en su litera, esperando con escalofriante paciencia a que Nuso Esva terminara su otra conversación. La charla alienígena terminó, y Nuso Esva volvió a enganchar el hablalejos en su cinturón.

-Hay problemas –repitió la Reina.

-Nada de lo que no podamos ocuparnos –gruñó Nuso Esva, con un tono de voz que lindaba con la falta de educación-. Tan pronto como sus Soldados accedan a los juggernauts...

-Hay problemas –volvió a decir la Reina, con mucho más énfasis-. Naves enemigas vuelan libres sobre mi ciudad, destruyendo los hogares de Circúleos y Midlis. Usted dijo que no ocurriría. Dijo que no podría ocurrir.

Nuso Esva pareció recobrar la compostura.

-Cálmese, oh, Reina –dijo, algo más educadamente esta vez-. Puede que los cazas hayan logrado entrar en las zonas exteriores de la ciudad, pero hay otro borde en el conjunto de escudos más hacia el interior. Ese borde los mantendrá fuera de los terrenos del palacio y lejos de nosotros.

-Pero han entrado en mi ciudad –insistió la Reina-. Usted dijo que no lo harían. Mintió.

-No estarán ahí mucho tiempo –dijo Nuso Esva-. A diferencia de los primitivos cañones con los que se han visto obligados a trabajar mis Elegidos, el armamento de los juggernauts está equipado con sensores de objetivo computerizados. Una vez que nos hagamos con ellos...

Uno de los cabello tormentoso que vigilaba las pantallas dijo algo en el idioma alienígena.

-Las escotillas han sido forzadas –anunció Nuso Esva-. Ahora observe cómo destruyo a los cazar enemigos.

Trevik miró las pantallas. Una de ellas mostraba una imagen que se sacudía de forma mareante mientras el cabello tormentoso que llevaba la holocámara corría tras un grupo de Soldados a través del borde de metal dentado donde antes había habido una escotilla. Los Soldados se apresuraron al interior, abriéndose a los lados fuera del campo de visión de la cámara.

De pronto la imagen quedó inmóvil. Muy inmóvil. Durante un par de segundos mostró una vista de una cámara de metal compacta, vacía excepto por luces parpadeantes, pantallas que brillaban débilmente y, al fondo, alguna clase de objeto metálico pequeño y con la parte superior redondeada. Bruscamente, la imagen giró, se detuvo, volvió a girar, se detuvo de nuevo... Nuso Esva soltó un exabrupto que sonó especialmente desagradable.

-No –dijo entre dientes mientras agarraba su hablalejos-. ¡No!

-¿Qué pasa? –preguntó la Reina-. ¿Qué ha ocurrido?

Nuso Esva la ignoró, rugiendo en su idioma alienígena por su hablalejos. La imagen del monitos comenzó a oscilar de nuevo mientras el cabello tormentoso de la cámara corría hacia el fondo de la cámara metálica y se detenía junto al objeto metálico con la parte superior redondeada. Mostró una vista en primer plano de las luces y las pantallas...

-¿Qué ha ocurrido? –bramó la Reina.

Trevik se encogió y retrocedió aterrorizado. Jamás en su vida había escuchado a la Reina gritar de ese modo. Nunca había pensado que pudiera gritar de ese modo.

Nuso Esva apenas se dio cuenta. Continuó gritando a su hablalejos, con su mano libre sujetando el arma que colgaba del cinturón en su costado. Por toda la habitación, los otros cabello plateado también tenían las manos en sus armas. Trevik se puso tenso, esperando que la Reina gritara de nuevo.

Pero permaneció en silencio. Un instante después, Nuso Esva bajó su hablalejos, con sus ojos amarillos brillando de furia.

-Los juggernauts no tenían tripulaciones –exclamó-. Ni tripulaciones, ni soldados. Sus conductores son simples droides. Obreros mecánicos. –Siseó algo que sonó feroz-. Y no hay armas. Todas han sido retiradas.

Durante un largo instante la sala de reunión quedó en silencio. Trevik mantuvo sus ojos fijos en Nuso Esva, temeroso de mirar a la Reina.

-Entonces usted ha fracasado –dijo la Reina finalmente.

-No he fracasado –dijo Nuso Esva, volviendo la cabeza hacia los monitores-. ¿Los juggernauts no nos sirven de nada? Muy bien. Hay otros objetivos que sí nos servirán. –Volvió a mirar a l Reina e hizo una señal de mando-. Ordene a sus Soldados que ataquen los transportes que esperan en los terrenos fuera de la ciudad. Que capturen los vehículos y maten a todos a bordo.

-¿Esos transportes albergan las armas que asegura que le traerán la victoria? –replicó la Reina-. ¿O simplemente está buscando un modo de huir de Quethold y escapar de vuelta a las estrellas?

-No perdamos un tiempo precioso con cháchara estúpida –espetó Nuso Esva-. Dé la orden.

-No puedo. –La Reina señaló a las pantallas-. Los altavoces han sido silenciados. No hay forma de que mi voz llegue a mis Soldados.

-¿Qué? –Una vez más, Nuso Esva giró su cabeza hacia las pantallas-. Vaya –murmuró agriamente-. Ahora vemos la auténtica estrategia de Thrawn. Atrae la mayoría de los Soldados hacia los juggernauts, donde me resultarán inútiles, y luego destruye el medio por el que se les podría ordenar ir a otro sitio. –Se volvió de nuevo hacia la Reina-. Pero, como siempre, su estrategia tiene un fallo. Si su voz no puede llegar hasta los Soldados, oh, Reina, entonces debe ser usted quien viaje hasta ellos. –Señaló a los Obreros acuclillados junto a la litera-. Ordene a sus Obreros que ocupen sus puestos. Vamos de inmediato a los juggernauts.

Trevik sintió que los ojos se le abrían como platos.

-No puede ordenar a la Reina que entre en batalla –objetó.

-Silencio, traidor –dijo Nuso Esva, sin molestarse siquiera en mirarle.

-Tal vez Trevik de los Midli de los Séptimos de los Rojos no sea el verdadero traidor aquí –dijo lúgubremente la Reina-. Tal vez el traidor sea usted, Nuso Esva de los Primeros de los Cabello Tormentoso. Usted nos prometió la victoria. Me prometió la vida eterna. Ha hecho perder la fe en ambas cosas.

-¿Desea la vida eterna? –replicó Nuso Esva-. Entonces vaya a los juggernauts y ordene a sus Soldados que ataquen los transportes.

La Reina hizo un gesto de negación.

-No.

Y entonces, de repente, el arma de Nuso Esva se encontró fuera de su funda y apuntando directamente a la Reina.

-Dé la orden a sus Obreros –dijo, con voz mortalmente tranquila-. O muera.