martes, 19 de agosto de 2014

Escuadrón Bastardo (y V)



Stramm vio cómo la nave de Líder Bastardo se apartaba en espiral del ataque, obviamente tratando de mantener el control; Hasta aquí ha llegado Fox, pensó. No había tiempo para pensar si su líder sobreviviría o no. Sólo era un factor más en el caos de la batalla mientras trataba de iniciar un ataque en medio del combate espacial. Pero los gritos histéricos en su auricular no ayudaban.
-¡Demasiados cazas TIE! ¡Tenemos que salir de aquí!
-Negativo, Bastardo Cuatro –dijo Stramm-. ¡Mantened los comunicadores libres de cháchara!
Su ordenador de ataque le dijo que Bastardo Tres y Cuatro estaban con él dentro de la cobertura de defensa del Destructor... y sabía que las naves estarían sincronizando sus sistemas de control de disparo, coordinando automáticamente un ataque conjunto con fuego láser y munición de protones.
-Supongo que tienes los datos de ataque listos, ¿verdad, Bastardo Tres?

***

-¡Lo hago tan rápido como puedo! –dijo Moonsong. Se enfrentaba a una distracción considerable. A pesar de la muerte de su comandante de ala, los interceptores TIE estaban redoblando la furia de su ataque; podía ver sus luces brillantes mientras maniobraban para colocarse tras los cazas rebeldes. Entonces Stramm se separó de la formación de ataque y dio media vuelta a su nave para enfrentarse a los cazas que les pisaban la cola.
-Consigue los datos de ataque; yo los retendré.
Moonsong se mordió el labio. No podía preocuparse por Stramm. Él sabía lo que estaba haciendo.
O eso esperaba.

***

La pantalla táctica ocupaba todo el sistema y era una red de luces e indicadores multicolores parpadeantes que mostraban desde la órbita superior de Endor hasta la titánica batalla que estaba teniendo lugar entre las dos flotas y la nueva Estrella de la Muerte.
Era un lugar adecuado para el final de la rebelión.
Y aun así –a pesar de su satisfacción-, Montferrat se sentía avergonzado de que su propia contribución a ello no hubiera sido absolutamente perfecta. Sólo podía sorprenderse por el nivel de incompetencia que había demostrado Gradd. No sólo su arrogancia había conseguido que le mataran, sino que de hecho había acrecentado la anteriormente minúscula amenaza que los cazas rebeldes suponían para el Devastador. Pero no estaba preocupado... aún no, al menos.
-Control de cazas, informe.
Un oficial inferior de rostro ceniciento se acercó un paso.
-El número de rebeldes se ha reducido a menos de media docena de naves, señor.
-¿Y nuestra pantalla de cazas?
-Nuestra cubierta de vuelo ha recibido grandes daños y no podemos lanzar o recuperar ningún interceptor más. ¿Debo comunicarme con alguna otra nave para pedir apoyo de cazas?
Montferrat ofreció al oficial una gélida mirada.
-Todos los demás están un poco ocupados. Configuren todas las baterías de armamento para fuego a corta distancia y abran fuego a discreción.

***

Moonsong tenía un plan. No era gran cosa, pero era lo mejor que el ordenador de su nave podía hacer en un tiempo tan limitado. Sus sistemas de navegación calcularon los ángulos, encontrando la ruta a través de la parrilla de defensa electrónica del Devastador. Tecleó rápidamente el nuevo vector de ataque y pulsó el botón para transmitirlo mientras simultáneamente alineaba los puntos de mira proyectados en el visor integrado en su casco. Su panel se iluminó en verde, indicando que Bastardo Dos y Cuatro habían recibido los datos... pero luego súbitamente parpadearon y volvió a ponerse en amarillo. El sistema de puntería de Bastardo Cuatro debía de haberse dañado y no podía fijar el objetivo.
-¡Reinicia tu ordenador de objetivo, Fanty! –exclamó Moonsong por el comunicador.
-No puedo hacerlo, todo el sistema está destrozado. Tendréis que ir sin mí.
El escáner de Moonsong mostraba un interceptor TIE maniobrando para apuntar a Bastardo Cuatro mientras salía de la formación. Moonsong maldijo entre dientes; no había nada que pudiera hacer... la pareja de interceptores TIE a su cola la tendrían a tiro en cuestión de segundos. Moonsong estaba convencida de que su breve carrera como piloto rebelde acabaría con los siguientes disparos... pero en lugar de ello ambos interceptores estallaron cuando Bastardo Dos apareció tras ellos y los eliminó con disparos limpios y certeros que sólo un experto podría haber conseguido. Los disparos que los TIEs acababan de lanzar pasaron rozando a Moonsong, fallaron por poco y golpearon al Destructor Estelar, impactando inocuamente en su blindaje. Moonsong sabía que no debía perder tiempo dando las gracias a Stramm; en lugar de eso igualó su rumbo de vuelo con el de él. Ambos tiraron de sus palancas, hicieron girar sus alas ciento ochenta grados, y activaron sus cañones iónicos, descargando sus torpedos de protones y obteniendo impactos directos en los puntos débiles del escudo navegacional del Devastador. El hipermotor de la nave estalló, causando una reacción en cadena de explosiones que llevó la ola de fuego hasta los generadores primarios del Destructor Estelar.

***

Montferrat desenfundó su pistola y disparó al oficial que estaba siendo presa del pánico. Se acabó la insubordinación. Mientras las sirenas aullaban y las luces de emergencia parpadeaban a su alrededor, Montferrat se abrió camino por el puente en llamas hasta una estación de ingeniería y apartó al oficial muerto que la había estado manejando para poder ver por qué la sección de motores había dejado de responder a sus frenéticas peticiones de más potencia. La respuesta era tan simple como definitiva: una sobrecarga iónica había destruido los colectores de refrigeración y había creado una brecha en la burbuja de contención magnética del hipermotor, lo que significaba que todo el personal en la cubierta de energía estaba muerto o moribundo, y que la nave estaba condenada a una destrucción sistemática.
-¡Señor! –exclamó un oficial con serias quemaduras-. ¡El escudo de la Estrella de la Muerte ha caído!
Montferrat miró a las pantallas moribundas que le rodeaban. Toda la situación parecía una especie de sueño. ¿Cómo era esto posible? ¿Cómo la fuerza espacial más poderosa jamás reunida había sido superada por un puñado de inadaptados, renegados y descontentos? Echó una última mirada al puente mientras se quitaba lentamente los guantes negros y los posaba sobre la consola destrozada. Pudo sentir cómo las planchas del suelo temblaban y por un instante pareció alzarse en el aire cuando la gravedad artificial de la nave se apagó. Se sintió ligero como una pluma, y por alguna razón desconocida esa sensación le pareció justa y adecuada.

***

Mientras los alas-B de Moonsong y Stramm aceleraban a su velocidad máxima, el Devastador ardía en su estela. Stramm abrió el canal de comunicaciones.
-Bastardo Dos al almirante Ackbar; camino despejado. Diga al general Calrissian que no tiene más que espacio vacío entre él y la Estrella de la Muerte.
-Recibido, Bastardo Dos. Buen trabajo.
Stramm volvió a cambiar a la frecuencia del escuadrón.
-Bastardo Dos a todas las unidades supervivientes, formad a mi alrededor. Esta lucha aún no ha terminado.
Pero todo lo que Moonsong pudo escuchar fue el eco de la estática... estática que nunca la había hecho sentir tan vacía.
-Aquí Bastardo Cuatro. –La maltrecha nave de Fanty se unió a la formación-. Creo que somos los únicos supervivientes.
-No lo creas –dijo una voz.
Moonsong y Stramm levantaron la morada para ver el ala-A de Fox dirigiéndose hacia ellos. En ese mismo instante, el Devastador comenzó a explotar tras él, iluminando las naves, una pequeña estrella diurna en los cielos sobre Endor. Pero el júbilo de Moonsong pronto se apagó cuando sus sensores le dijeron que la nave de Fox estaba sufriendo múltiples fallos críticos en sus sistemas.
-Eyecte, Líder Bastardo –dijo-. Recuperaremos su cápsula de escape. Salga de ahí ahora mismo.
Pero la voz de Fox estaba resignada a lo inevitable.
-Ya lo he intentado. Los cierres principales están fundidos. No me permiten desengancharme.
-Mantenga el curso; le interceptaré y...
-Negativo, Moonsong. Reagrúpese y mantenga la formación para ayudar a la flota. Nadie ha cancelado la guerra por mi culpa.
Moonsong dudó.
-Ya le has oído –dijo Stramm. ¿Su voz flaqueaba? Moonsong no estaba segura.
Mantuvo firme su nave e igualó su curso con el de Stramm y Fanty; los tres alas-B viraron hacia el resto de la flota rebelde. La lucha estaba ahora en su apogeo alrededor de la Estrella de la Muerte. El escudo había caído y las alas de cazas rebeldes pedían ayuda mientras se lanzaban al ataque de la estación inacabada. Aún quedaban varios Destructores Estelares tratando de contener la aparentemente inacabable marea de interceptores rebeldes. Moonsong observó cómo la nave de Fox se desvanecía en sus pantallas traseras.
Ante ella se encontraba la Estrella de la Muerte.

lunes, 18 de agosto de 2014

Escuadrón Bastardo (IV)



Todo había conducido hasta ese momento.

Gina Moonsong se daba cuenta de ello ahora; podía ver cómo todos los caminos y variaciones de su vida la habían conducido, inexorablemente, a ese lugar: alguna parte en el espacio cercano a Endor, una luna absolutamente insignificante, que era ahora –gracias a la decisión del Imperio de construir allí su estación de combate- el lugar más importante de toda la galaxia. Toda su vida como contrabandista en Coruscant, toda su resolución para permanecer siempre un paso por delante de la ley y no verse nunca involucrada... bueno, no habían funcionado. Había terminado viéndose involucrada, y de qué manera.

Y ahora ya no había vuelta atrás. Moonsong había tenido bastante experiencia con cruceros de seguridad o policía –había esquivado o huido de prácticamente cualquier tipo de nave existente- pero nunca antes había visto un auténtico Destructor Estelar. Por supuesto que los había visto un millón de veces en holos, había participado en incontables vuelos de entrenamiento, había estudiado sus esquemas hasta que los ojos le escocían... pero esto era diferente. Esto era un monstruoso bloque de metal cubierto de armas y blindaje, tripulado por suficientes personas como para llenar una ciudad... la clase de nave a la que otras naves nunca se acercaban si querían vivir para ver otro aterrizaje. Cada instinto de Moonsong le gritaba que diera media vuelta a su ala-B y huyera... pero de algún modo pudo controlar sus nervios y mantuvo su curso, acelerando hacia el Devastador. Por primera vez desde que se había unido a la Rebelión se dio cuenta de la auténtica magnitud de su situación; la diversión y los juegos habían terminado.

Todo lo que quedaba era morir valientemente.

Se colocó en formación tras el Líder Bastardo, rotando el ala de su nave treinta grados con respecto a la cabina estabilizada giroscópicamente en la que se encontraba; Bastardo Cuatro, el compañero de ala de Moonsong, ejecutó la misma maniobra al colocarse en su retaguardia. No necesitaba comprobar los escáneres para saber que el teniente Braylen Stramm y su compañero de ala estaban igualando su curso y velocidad. Todos los contratiempos y las titubeantes misiones de entrenamiento se habían olvidado; ahora era la hora de la verdad, y el escuadrón se estaba centrando en el momento, trabajando finalmente juntos como una sola unidad sin fisuras. Las naves parecían una especie de bandada de grandes aves mientras se lanzaban en formación de ataque. En la pantalla táctica de Moonsong, el Devastador era una gran bola giratoria de contramedidas electrónicas puntuada por los disparos de cañón láser que les lanzaba. Conforme las naves aceleraban hacia el leviatán, Moonsong pudo sentir cómo crujían los alerones-S de su nave al esforzarse por mantener el curso cuando los disparos de los cañones láser del Devastador drenaban la energía de sus escudos deflectores y sacudían su nave. Por desgracia, no había muchas opciones reales para acercarse a un Destructor Estelar, salvo ir directamente hacia él. Pero en ese momento, los disparos que iban hacia ella era la menor de las preocupaciones de Moonsong; se estaban acercando demasiado rápido como para que los artilleros de la nave pudieran fijar el objetivo en ellos, e incluso así harían falta varios disparos directos para derribar uno de los alas-B. Justo estaba comenzando a pensar que tal vez podrían llegar realmente hasta el Destructor Estelar, cuando...

-¡Mantened la formación, muchachos! ¡Se acercan interceptores!

La voz del comandante de ala Fox resonó por sus auriculares cuando un escuadrón de interceptores TIE apareció como un enjambre rodeando el Destructor Estelar y se dirigió rápidamente hacia ella. Debían de haberse mantenido en un patrón de espera justo a popa de la nave, pero ahora se estaban desplegando en serio contra la amenaza de los alas-B. Sobre el papel, la diferencia era considerable: los alas-B eran cazas de asalto que maniobraban como cargueros, equipados como estaban con paquetes de aviónica reservados habitualmente para las naves capitales de menor tamaño. Los pilotos dependían de los complejos sistemas de navegación para poder obtener disparos efectivos... pero en un combate espacial nave contra nave, los alas-B estaban en considerable desventaja incluso contra los alas-A que los escoltaban. Todo lo que podían hacer era acelerar contra el objetivo, esperando que al menos algunos de ellos se acercaran lo suficiente como para poder lanzar su carga. Moonsong observó cómo los cazas TIE rompían la formación y les pasaban de largo, para a continuación trazar limpiamente un arco que les colocó a popa del escuadrón, lanzando una cegadora cortina de disparos alrededor de los alas-B.



***



El almirante Montferrat no podía creer la audacia de esa escoria rebelde. ¿Es que no se daban cuenta de que se enfrentaban al Devastador? ¿La que había sido la nave insignia de Vader, el orgullo del Escuadrón de la Muerte...? El propio Montferrat se enorgullecía de tener la tripulación mejor entrenada de toda la Armada Imperial. Desde que había tomado el mando de la nave en la batalla de Hoth, Montferrat había realizado una implacable criba personal entre sus filas, reclutando y ascendiendo sólo a aquellos oficiales y soldados que habían superado sus meticulosos y exhaustivos estándares. Y aunque personalmente encontraba desagradable al comandante de cazas TIE Gradd, no cabía la menor duda de que sus capacidades como piloto de caza casi eran comparables a las del propio Darth Vader. Montferrat vio cómo el enfrentamiento cobraba firma en la pantalla táctica gigante del Devastador. Varias naves rebeldes ya habían sido destruidas; el resto estaba recibiendo fuego pesado de los interceptores TIE. En este punto, la mayoría de pilotos en su sano juicio habría abandonado su ataque para ocuparse de sus perseguidores, pero los rebeldes esperaron hasta que estuvieron bien dentro de la cobertura del flanco del Devastador para, ellos también, ejecutar un giro a toda velocidad, asegurándose de que el combate nave contra nave subsiguiente tuviera lugar en las incómodas proximidades de la monolítica nave. Y el irracional factor humano no terminaba ahí: Montferrat observó cómo un único ala-B daba la vuelta en espiral, directamente hacia el corazón del escuadrón de Gradd. El piloto sabía perfectamente lo que estaba haciendo: ganar tiempo para sus camaradas. Un piloto de TIE fue tomado por sorpresa y murió bajo una salva de fuego láser de los cañones cuádruples del ala-B antes de poder saber qué le había golpeado. El piloto rebelde disminuyó entonces de golpe su velocidad, permitiendo que dos interceptores TIE le rebasaran, y luego los acribilló con certeros disparos de los cañones iónicos de su nave. Podría haberse anotado un cuarto derribo si Gradd no hubiera comenzado a disparar continuamente sobre el ala-B haciéndolo saltar en pedazos. Montferrat se volvió furioso hacia uno de sus oficiales artilleros que había seguido disparando sobre el combate espacial, impactando en uno de los alas-B, pero que casi había golpeado a un par de los interceptores TIE.

-¡Alto el fuego, idiota, vas a darle a nuestros propios pilotos!

La sangre se retiró del rostro del oficial artillero; dejó de disparar mientras Montferrat se volvió hacia la pantalla táctica, analizando las posiciones de la flota en la batalla mayor que tenía lugar a su alrededor.

-Timonel, cambie el rumbo siete grados, manténganos entre la fuerza de ataque rebelde y la Estrella de la Muerte. Asegurémonos de que ninguna de sus naves alcance la estación.



***



El comandante Gradd no pudo evitar esbozar una sonrisa macabra al centrase en otro ala-B. Presa del pánico, el piloto rebelde trataba de realizar maniobras evasivas erráticas. La sonrisa de Gradd se intensificó cuando cayó tras él y voló por los aires el sistema de motores cuádruple del caza con un solo disparo. Ni siquiera se molestó en mirar como el caza se desintegraba mientras pasaba a su lado. En la mente de Gradd, no cabía duda de que los pilotos rebeldes eran muy inferiores, si no directamente incompetentes. Había escuchado hablar mucho acerca de los alas-B antes de esa batalla; de cómo suponían un peligro sin precedentes para los Destructores Estelares si obtenían suficiente espacio para maniobrar y desplegar su armamento. Pero Gradd no tenía intenciones de dejarles ese espacio. Tampoco es que importara ya; independientemente de las especificaciones del ala-B, Gradd siempre había puesto más fe en el hombre que en la máquina. Aunque habría sido el primero en admitir que esa era una frase de doble filo; le fastidiaba sobremanera que el piloto más famoso de la galaxia fuera un granjero de veintipocos años que de alguna forma había sido capaz de hacer saltar por los aires la primera Estrella de la Muerte. Pero a veces la suerte era una dama caprichosa. Por desgracia, las esperanzas secretas que Gradd albergaba de acabar con la leyenda de Skywalker en un glorioso encuentro nave contra nave habían sido barridas cuando supo que el mismísimo Emperador había enviado a Darth Vader para que le llevara al muchacho con vida. Gradd tendría que compensar la oportunidad perdida matando a tantos pilotos rebeldes como pudiera. Se dio cuenta que quien quiera que estuviese dirigiendo el ala de pilotos rebeldes tenía cierta experiencia de combate. Eso iba a hacer que la caza fuera aún más satisfactoria. Comprobó su escáner, buscando el caza que recibiera la mayor cantidad de tráfico de comunicaciones; era un viejo truco que usaba para encontrar al líder del ala enemiga. La táctica no le falló; uno de los alas-A de escolta se iluminó en su pantalla y Gradd lo fijó en su ordenador de objetivo.



***



-¡Separaos, separaos! –exclamó Fox por su comunicador.

El Escuadrón Bastardo rompió la formación varios miles de metros sobre la parte superior del Devastador y entabló combate nave contra nave, un furioso enjambre de interceptores TIE, alas-A y alas-B zumbando alrededor de la gigantesca nave. Sólo hicieron falta segundos para que las cosas fueran de mal en peor; los escáneres de largo alcance de Fox detectaron una gran acumulación electromagnética alrededor de la nueva Estrella de la Muerte. Antes de poder siquiera pensar en qué podía estar haciendo la estación, un brillante rayo de luz verde surgió de su cañón radial e incineró por completo un crucero rebelde.

La estación estaba operativa.

Las voces del almirante Ackbar y el general Calrissian resonaron por el comunicador general de la flota, ordenando que la flota rebelde se enfrentara a los Destructores Estelares. Pero Fox tenía en sus manos problemas más inmediatos, con no menos de tres interceptores a su estela y dos más que se acercaban a él desde su horizonte. Le habían identificado como el líder e iban a tratar de atacarle con fuerza. Fox redujo drásticamente su velocidad, esquivando los disparos de los interceptores que llevaba a cola. Uno de ellos le esquivó pasando a su lado toda velocidad, forzando a las naves que llegaban desde esa dirección a virar para evitar una colisión. Mientras el caza fallaba su disparo, Bastardo Uno, el compañero de ala de Fox, consiguió lanzar una ráfaga de fuego, arrancando de cuajo una de las alas de la nave, haciendo que saliera girando fuera de control y chocara contra otro interceptor. Pero el triunfo de Bastardo Uno fue breve cuando dos de los interceptores le atraparon en un fuego cruzado, acabando con él tan rápidamente que probablemente nunca llegó a saber qué le había golpeado. El interceptor restante igualó la velocidad de Fox, siguiendo sobre él a pesar del ondulante patrón de vuelo de Fox. Fox apretó los dientes y se inclinó sobre los mandos.

-Muy bien, quieres jugar –murmuró-. Veamos lo bueno que eres realmente.

...Y realizó un brusco giro cerrado, lanzando la nave en una serie de maniobras mareantes. Pero el interceptor igualó sus movimientos, acercándose incluso más, llenando la pantalla de Fox con la ominosa sombra de su rival. Sus sensores mostraron que los láseres delanteros se estaban cargando para asestar el golpe fatal.



***



Gradd sonrió mientras su ordenador de objetivo se centraba en el ala-A. El panel se iluminó en verde y Gradd lanzó una cortina de fuego desde los cañones láser del interceptor; primero chocando contra los fuertes escudos del ala-A, pero consiguiéndolos atravesar rápidamente. Partes de la nave rebelde comenzaron a arder. Gradd estaba asombrado por la cantidad de daño que su presa era capaz de recibir mientras todavía permanecía operativa; e incluso entonces Gradd necesitaba toda su concentración para seguir las maniobras evasivas del piloto rebelde. En los primeros días de la rebelión, Gradd había llegado a quedar impresionado por esos advenedizos e intuitivos pilotos de caza, que compensaban la falta de pericia con pura audacia y fuerza de voluntad. Ahora había matado a demasiados de ellos para dar algo de crédito a su poco ortodoxo pilotaje.

Motivo por el cual lo que pasó a continuación le tomó totalmente por sorpresa.



***



En el último segundo posible, Fox puso su ala-A boca abajo, tirando de la palanca y efectuando por debajo del interceptor atacante un barril que hizo que su nave sufriera bajo las fuerzas gravitatorias. El piloto imperial renunció a la ventaja de la persecución para poder realizar un disparo final, consiguiendo un impacto directo sobre los sistemas de motores del ala-A, lo que, para sorpresa del interceptor TIE, no dio como resultado un impacto fatal. Probablemente murió preguntándose el por qué cuando Fox salió del barril detrás de él y lo hizo volar en pedazos. Pero Fox no tuvo tiempo de saborear su triunfo; su campo de visión destellaba en rojo por todas las luces de emergencia de su cabina, y fue vagamente consciente de que estaba escupiendo sangre. Abrió su canal de comunicaciones.

-Líder Bastardo a grupo; si conseguís pasar la pantalla de cazas, ejecutad la misión primaria. Cambio y corto.

viernes, 1 de agosto de 2014

Crisis de fe (y XVII)


El único altavoz restante estaba a menos de doscientos metros de los juggernauts detenidos y los tres mil quinientos Soldados que se encontraban rígidos junto a ellos. Fel los observó con cautela mientras mantenía su TIE flotando a la defensiva sobre la plataforma de apoyo, preguntándose si decidirían que debían tomar algún tipo de acción contra la lanzadera, desde la que en ese momento un par de técnicos descendían a la plataforma junto al conjunto de altavoces.
Pero no hicieron nada. Se les había ordenado atacar a los juggernauts, habían hecho eso, y ahora estaban esperando más instrucciones.
-Paciencia –murmuró Fel.
Hubo movimiento junto a la escotilla destrozada de uno de los juggernauts, y dos de los Elegidos de Nuso Esva salieron al exterior, con sus ojos amarillos brillando bajo la luz del sol. Uno de ellos señaló a Fel, y alzaron sus blásters.
Fel acabó con ambos de un solo disparo. Una vez más, los Soldados quesoth no hicieron nada.
Fel echo un rápido vistazo a las escotillas del resto de los juggernauts, y luego realizó otro escaneo de la zona para asegurarse de que no había más de los Elegidos supervivientes lanzándose al ataque. Tal y como Thrawn había ordenado, había dejado intacto este altavoz en concreto, limitándose a cortar los cables de control, energía y comunicaciones que llegaban a él. Eso significaba que los técnicos no sólo tendrían que instalar el mensaje especial en Lenguaje de los Soldados que Thrawn había preparado, sino que también tendrían que derivar energía desde los generadores de la lanzadera.
Con las tropas de as alto de Sanjin luchando todavía por sobrevivir contra su propia masa de Soldados, Fel esperó que los técnicos se dieran prisa.
A dos calles de distancia, otros dos Elegidos más se acercaban con cautela. Fel hizo girar su TIE unos grados en esa dirección y esperó a que salieran al descubierto.
Y entonces, se pronto, los altavoces cobraron vida tras él, llenando el aire con un volumen e intensidad que podía sentir a través de la parte inferior del casco de su TIE mientras el mensaje de Thrawn sonaba atronador por esa parte de la ciudad. El mensaje acabó y comenzó a repetirse.
Por un momento no ocurrió nada. Fel contuvo el aliento...
Y entonces, todos a una, los Soldados junto a los juggernauts comenzaron a moverse. Fluyendo sobre el terreno, más parecidos a un fluido oscuro que a un conjunto de seres individuales, ascendieron por la colina hacia el palacio.

***

Una vez más, los Soldados se habían abierto paso hacia las ventanas de la casa, y Sanjin y los soldados de asalto restantes se habían retirado a una de las habitaciones interiores para realizar su última resistencia, cuando Lhagva escuchó el débil sonido de los altavoces por encima del ruido de los disparos bláster y los golpes de mazas y espadas. Frunció el ceño, sorprendido ante el extraño mensaje... Y entonces, sin una sola palabra, los Soldados bajaron las armas. Dándose la vuelta, se marcharon rápidamente a través de las puertas y los agujeros que habían abierto a golpes en los muros, dirigiéndose a la ciudad.
Dejando a los soldados de asalto jadeando en medio de una habitación vacía.
Sanjin fue el primero en encontrar su voz.
-¿Qué demonios ha sido eso? –preguntó.
Con un esfuerzo, Lhagva consiguió llevar algo de humedad a su boca seca por el combate.
-¿No ha escuchado el altavoz, verdad?
-No, creo que una maza me estaba martilleando en ese momento –dijo Sanjin, frotándose cuidadosamente y en vano el costado de su casco-. Estas cosas no bloquean ese tipo de golpe ni la mitad de bien de lo que me gustaría. ¿Qué ha pasado? ¿Se ha rendido la Reina?
-No lo creo –dijo Lhagva-. Parecía algo preparado por Thrawn.
-Creía que no se podía falsificar el Lenguaje de los Soldados –dijo uno de los otros mientras se arrodillaba junto a un soldado de asalto caído, con su botiquín de campaña en la mano.
-No lo ha hecho –dijo Lhagva-. Parecía ser simplemente una grabación sin editar, obtenida directamente de boca de la Reina.
-¿Y qué decía? –preguntó Sanjin.
-Cruzad las puertas de la Morada –tradujo Lhagva -. Rodead y proteged a los Huéspedes.
-¿Pero eso no es una orden para que los Soldados protejan a Nuso Esva? –protestó uno de los soldados de asalto-. ¿Cómo nos va a ayudar eso?
-Porque –dijo Sanjin, y Lhagva pudo imaginarse la sonrisa oculta por su casco- Nuso Esva lo ignora.

***

Nuso Esva todavía estaba apuntando con su arma a la Reina cuando uno de los otros cabello tormentoso dijo algo en su extraño lenguaje. Nuso Esva ladró algo en respuesta y dio un paso adelante.
-¿Qué les ha dicho? –preguntó-. ¿Qué órdenes ha dado a sus Soldados?
-No he dado ninguna orden –dijo la Reina-. No puedo dar ninguna...
-¡No me mienta! –bramó Nuso Esva, dando otro paso adelante-. Se ha dado una orden. Usted es la única que puede dar tales órdenes. –Dio otro paso hacia ella-. Y ahora todos están viniendo hacia aquí –continuó, bajando súbitamente el tono de su voz-. ¿Por qué están viniendo, Reina de los Rojos?
-No lo sé –dijo la Reina-. Cando lleguen, les preguntaré.
Nuso Esva soltó un bufido.
-No. No lo hará.
Abruptamente, su arma escupió un destello de fuego, y la Reina se desplomó hacia delante sin emitir ningún sonido.
Muerta.
Trevik se quedó boquiabierto, con el cuerpo tenso mientras miraba incrédulo y horrorizado la figura sin vida de la Reina. Ese no era el modo en que morían las Reinas de Quethold. Ese nunca había sido el modo en el que morían las Reinas. Tenuemente, a través del zumbido de la sangre que cruzaba rugiendo sus oídos y su cerebro, escuchó el sonido de más fuego bláster.
-Tú. Traidor.
Trevik giró su rostro. Nuso Esva le estaba mirando, con su arma apuntando directamente al rostro de Trevik.
Y sólo entonces se dio cuenta de que había cuerpos de quesoth muertos por todo su alrededor. Los Obreros, Borosiv de los Circúleos de los Primeros de los Rojos... todos ellos estaban muertos.
Todos ellos habían sido asesinados.
-Vas a llevar a Thrawn un mensaje de mi parte –dijo Nuso Esva, con voz lúgubre y desafiante.
Y pese a todo, bajo la determinación del señor de la guerra alienígena, de algún modo Trevik podía sentir un punto de amarga melancolía. Había cuatro mil Soldados avanzando hacia el palacio, y sabía que su propia muerte avanzaba con ellos.
-Dile a Thrawn que puede que piense que ha ganado –continuó Nuso Esva-. Pero con mi muerte, la suya no estará lejos. Mis seguidores siguen estando ahí fuera, y son mucho más numerosos de lo que jamás podría imaginar. No importa dónde vaya, no importa dónde trate de ocultarse, le encontrarán. Le dirás eso.
Con un esfuerzo supremo, Trevik hizo que las palabras salieran de su boca.
-Se lo diré –prometió.
Por un instante, Nuso Esva se quedó inmóvil. Luego, finalmente, bajó su arma.
-Ve –ordenó.
Trevik estaba en el límite de los terrenos de palacio, abriéndose paso entre las líneas de los Soldados que llegaban, cuando los cabello tormentoso abrieron fuego detrás de él.
Había llegado junto al grupo de humanos con armaduras blancas que aguardaba, cuando los disparos de los cabello tormentoso llegaron a un abrupto final.

***

Parck levantó la mirada del informe.
-Así que se acabó –dijo.
-Se acabó –confirmó Thrawn-. Uno de los cuerpos de la Morada de los Huéspedes ha sido definitivamente identificado como el suyo.
Parck asintió, sintiendo que un extraño cansancio le invadía. Después de diez años de combate esporádico, huidas por los pelos, y victorias improbables por las Regiones Desconocidas, el señor de la guerra finalmente estaba muerto por fin.
-¿Y ahora qué? –preguntó, dejando a un lado la tableta de datos.
Thrawn se encogió ligeramente de hombros.
-Hay poco que podamos hacer por los quesoth salvo ayudar en la reparación de los daños a la Ciudad Roja –dijo-. Pero seguramente les irá bien. Históricamente, ha habido varios casos en los que las Reinas han muerto prematuramente. A veces eso induce que la siguiente Reina se despierte antes de lo previsto; a veces la ciudad afectada tiene que arreglárselas por sí sola hasta que llega el momento habitual del alzamiento. Pero sean cuales sean los esfuerzos que la Ciudad Roja deba soportar en adelante, el pueblo de Quethold sobrevivirá. Eso es lo importante.
-Sí –convino Parck con un escalofrío. Especialmente teniendo en cuenta lo que ese Midli, Trevik les había contado acerca de los planes de Nuso Esva para el planeta. Podía haberlo destruido todo, e incluso haber quedado libre para expandir más de su veneno por las Regiones Desconocidas.
Pero no lo había hecho. Estaba muerto, y realmente se había acabado.
-En realidad, Almirante, estaba preguntándome a dónde íbamos a ir ahora –dijo.
-Usted y el Amonestador se dirigirán de vuelta al Triángulo del Caos para comenzar a limpiar el legado que Nuso Esva ha dejado atrás –dijo Thrawn-. En cuanto a mí, ahora finalmente puedo dirigir mi atención a un problema aún más apremiante que Nuso Esva. Como por ejemplo la restauración del Imperio.
Parck hizo una mueca. Thrawn sólo había regresado ocasionalmente al espacio imperial desde la muerte de Palpatine. Esos viajes habitualmente habían sido breves, siempre envueltos en secretismo, e invariablemente habían dejado al gran almirante frustrado por el creciente desorden que allí reinaba. Entre la incompetencia de sus propios líderes y la firme presión militar de la Nueva República, el Imperio había encogido a apenas una cuarta parte del tamaño que había alcanzado bajo el gobierno de Palpatine.
-Puede que tenga problemas para convencerles de que acepten su ayuda –advirtió-. Algunas de sus experiencias recientes con grandes almirantes no han sido demasiado positivas.
-Hay una persona con la que puedo contactar –le aseguró Thrawn-. El capitán Gilad Pellaeon, actualmente al mando del SDI Quimera. Ya he trabajado con él antes, cuando Nuso Esva realizó su única incursión en espacio imperial.
-Sí, lo recuerdo –dijo Parck seriamente-. Sector Candoras. También recuerdo que fue poco después de eso cuando Nuso Esva lanzó la campaña de Braccio y casi terminó destruyendo media docena de especies.
-Sus recuerdos son correctos –dijo Thrawn, frunciendo ligeramente el ceño-. ¿Qué quiere decir con eso?
-Que Nuso Esva era un hijo de gusano espacial vengativo –dijo Parck-. No espero que sus seguidores lo sean menos. Puede que no sea un buen momento para que usted regrese a la política imperial.
Thrawn meneó la cabeza.
-No se preocupe, capitán. Los posibles seguidores que Nuso Esva haya dejado son pocos y dispersos. Sin su liderazgo, se escabullirán de vuelta a las sombras a las que pertenecen.
-Tal vez –dijo Parck-. Pese a todo, puede que no sea mala idea que tome algunas precauciones adicionales ahí fuera.
-Su preocupación es conmovedora –dijo Thrawn-. Pero le repito que no tiene por qué preocuparse. El capitán Pellaeon es un comandante competente, y ha hecho del Quimera una de las mejores naves de guerra de la flota.
-Lo que quería decir...
-Y también he tomado medidas para hacer que un guardaespaldas me acompañe cuando regrese al Imperio –continuó Thrawn-. Sea cual sea la venganza que Nuso Esva hubiera planeado, o que pensara haber planeado, nunca me alcanzará.
-Espero que no. –Parck respiró profundamente. Seguía sin gustarle la idea, pero era demasiado listo como para discutir con Thrawn cuando este había tomado una decisión-. Con su permiso, almirante, iré a comenzar los preparativos para contactar con el capitán Pellaeon y devolverle al Imperio. –Sonrió ligeramente-. A su Imperio.
-Gracias, capitán –dijo Thrawn en voz baja-. Y no muestre ese aspecto tan abatido. Esto no es sólo el fin de Nuso Esva. –Sonrió ligeramente-. También es el principio. El principio de la victoria.