viernes, 2 de octubre de 2015

El amor del cobarde

El amor del cobarde
Kathy Tyers

-Mujer, eres una amenaza para la sociedad –dijo Wilek Nereus.
Orn Belden apretó los puños, sujetos en su regazo con un par de fríos grilletes. Miró indefenso desde el otro lado del escritorio de marfil de Wilek Nereus. Eppie estaba sentada bajo un marco compuesto por colmillos, con la espalda erguida y mirada penetrante.
-Viniendo de usted, gobernador –respondió la mujer-, eso es todo un cumplido.
Nereus hizo girar su silla.
-Pero el Senado Bakurano sigue necesitando un líder para la oposición leal. Estoy dispuesto a ser indulgente... contigo, Belden. No con ella.
Orn se avergonzó por sentirse aliviado.
-Por favor –murmuró-. Deje que Eppie se vaya.
Nereus alzó una ceja.
-¿El valiente líder de la resistencia se debilita?
-Orn, no –exclamó Eppie-. No después de todo lo que hemos...
Orn meneó la cabeza. No le gustaba la sonrisa que se extendía desde los ojos hasta la boca de Nereus, levantando sus labios. Esa curva mostraba más crueldad que buen humor.
-Puedo ejecutar a tu esposa –dijo con calma-, o bien asegurarme de que ya no me causa más problemas. Has sido todo un problema, mujer.
Eppie soltó un bufido.
-El Imperio no sabe qué hacer con las mujeres inteligentes.
-Elige, Belden –ordenó Nereus.
Orn había celebrado 164 cumpleaños, 101 de los cuales habían sido en compañía de Eppie. Sus sentidos se habían apagado –le habían realizado siete trasplantes oculares, y su audición estaba mejorada con amplificadores acústicos ocultos-, pero si Nereus ejecutaba a Eppie, la vida no incluiría nada del placer que deseaba.
El gobernador había encontrado su punto débil.
-Orn –le reprendió Eppie-. Déjame morir por Bakura. Así Nereus no podrá controlarte.
-Ah. –Nereus posó las palmas de sus manos sobre el escritorio-. Pero tú no quieres perderla, ¿verdad?
Orn negó con la cabeza, rápidamente y con fuerza.
-Entonces propongo una operación menor. No afectará a sus reflejos... ni disminuirá su belleza. –Arrugó los labios y la nariz-. Pero impedirá que me suponga una amenaza, y yo me mostraré generoso y magnánimo. ¿Trato hecho?
Eppie abrió los ojos como platos. Orn casi podía sentir cómo se mordía la lengua.
-¿Qué clase de operación menor? –El miedo secó la boca de Orn.
-Sin detalles, Belden. Sólo prometo que será más fácil para ella. Indoloro. O... ¿debo ordenar su ejecución?
Orn trató de tragar saliva. Era demasiado cobarde para dejar que Nereus matara a Eppie si quedaba alguna oportunidad. Al contrario que los seguidores del Equilibrio Cósmico, él y Eppie no creían en ninguna vida eterna. La muerte acababa con todo.
Orn pudo ver en los ojos de Eppie que ella ya había dicho todo lo que iba a decir. Ella estaba dispuesta a morir, pero no quería que él sufriera. Orn sintió un nudo en el estómago. Se secó el sudor de la frente.
Delicadamente, Wilek Nereus se frotó las manos enfundadas en guantes negros.
-En mis manos, los sediciosos mueren por cuestión de milímetros.
Orn toquiteó sus grilletes. No debía pensar en el sufrimiento de Eppie. Debía pensar en Bakura. ¿Qué significaría para el senado su elección? Si Eppie vivía, Nereus podría amenazarla una y otra vez, controlándole, influenciando las decisiones en Bakura. La valerosa Eppie estaba dispuesta a morir. ¿Acaso no debería dejarla marchar?
Pero la amaba. Inclinó la cabeza. No podía mirarla. Evidentemente, el amor de un cobarde carecía de valor... pero el amor era todo lo que le quedaba.
-No la ejecute, Nereus.
-¿Es esa tu elección?
-Sí. Pero sea delicado, o juro que le mataré.
-Ah. .Nereus mostró a Eppie una sonrisa como la de una serpiente saludando a un roedor acorralado-. Tienes razón, Belden. Yo también querría que mi pareja fuera tratada con delicadeza. Puedes quedarte a mirar... para asegurarte de que mantengo mi palabra. –Se puso de pie-. Sigamos esta conversación en la clínica.

jueves, 1 de octubre de 2015

Punto de equilibrio

Punto de equilibrio
Kathy Tyers
                   
El primer ministro Yeorg Captison miró a través del panel de la vidriera de su ventana al Parque de Estatuas. La indecisión le desgarraba. Los líderes rebeldes mantenían una actitud discreta por el momento; los Ssi-ruuk estaban en órbita, esperando...
Y Wilek Nereus esperaba a que atacaran los alienígenas. Cuando el Imperio tomó el control, Yeorg quedó complacido por la política de Nereus de dejar en su sitio el gobierno de Bakura. Pero en su corazón, Yeorg sabía hacia dónde Nereus estaba llevando ahora a Bakura. Años de experiencia le aseguraban que el 90% de los bakuranos estarían contentos si el Imperio tuviera el control directo, pero la autoridad del gobierno nativo iba decreciendo constantemente...
Si Bakura se realineaba con los rebeldes, habría terribles dificultades para muchos bakuranos.
En cuanto a su familia... Tiree merecía ciertas comodidades, y el programa de impuestos de Nereus la iban privando lentamente de sus terrenos.
Eso, se dijo a sí mismo, es un pensamiento indigno. Necesitaba una transfusión de joven idealismo para equilibrar el pragmatismo que se había instalado en su alma con la edad y las comodidades.
-¿Ellice? –dijo hacia un panel de su escritorio-. Contacte con la princesa Leia. Sugiérale que... que tengamos una charla –ordenó. No parecía nada comprometedor, pero él sabía que no era así.
Y la senadora Organa también lo sabría.

Demasiados tipos de ceguera

Demasiados tipos de ceguera
Kathy Tyers

La puerta de la oficina de la senadora Gaeriel Captison se deslizó hacia un lado, y su hermana Ylanda pasó al interior. La tosca túnica marrón de Landy casi se arrastraba por el suelo. Su cabello rubio había sido eliminado de raíz media década atrás, cuando renunció a su aspecto, a cambio de bendiciones para Gaeri... pero Gaeri miraba boquiabierta cómo se le marcaban los prominentes huesos de los pómulos, cráneo y hombros. Landy no mostraba ese aspecto tan demacrado cinco años antes, ni había olido de modo tan extraño. ¿Qué había estado comiendo?
Gaeriel se apresuró a rodear su escritorio y abrazó a su hermana.
-Me siento honrada. ¿Qué te trae por aquí?
Ylanda retrocedió liberándose del abrazo.
-Con la marcha del Imperio, la Madre del Hogar cree que es seguro de nuevo que venga a visitarte. En ayuno, por supuesto. Para evitar la tentación.
-¿Seguro de nuevo? El Imperio nos dio libertad religiosa... –Gaeri dudó-. ¿No fue así?
-Para ser una niña tan brillante, te engañaron a conciencia. ¿Verdad?
Landy no sonaba demasiado amargada. Los ascetas encontraban regocijo al ser oprimidos. Eso les conseguía más bendiciones en la Vida Futura.
-En efecto, me engañaron –admitió Gaeri-. Siéntate. ¿Puedes tomar té?
Ylanda sonrió con tolerancia.
-Por favor... adelante. Sírveme una taza de agua caliente. Luego podemos sentarnos y beber juntas.
Varios minutos más tarde, Gaeri tomó asiento junto a Ylanda frente a una gran ventana. De su taza se elevaba vapor de aroma dulzón; lejos, más abajo, en el Parque de Estatuas, caía la lluvia sobre las efigies de los antiguos colonos. Vapor elevándose; agua cayendo. Otro equilibrio.
Jugueteó con su colgante esmaltado, sorprendida por sentirse tan incómoda al estar sentada cerca de Ylanda. Las mejillas de Landy mostraban un aspecto cetrino y sus ojos estaban apagados. De acuerdo con algunos zanazi, el Cuenco y la Pluma eran como la materia y la antimateria. ¿Por qué no habían quedado aniquiladas al tocarse?
-Madre y Padre estarían complacidos –anunció Ylanda.
-¿Hm? –preguntó Gaeriel.
-Porque el Imperio se ha marchado.
-¿Eso crees? Al renunciar al estatus comercial imperial, Bakura sólo ha ganado imponderables.
Ylanda miró a Gaeri como si le acabara de crecer una tercera oreja.
-No puedo creer que nunca lo supieras.
Gaeri frunció el ceño. En ocasiones, Ylanda podía ser realmente irritante.
-¿Saber qué?
-Al final, pertenecían a la resistencia.
-¿Pertenecían?
-Madre y Padre.
Gaeriel se quedó sin aliento.
-¿Qué? ¿Cómo podrías saberlo, aunque fuera cierto?
-Estaba a salvo, enclaustrada. Podían confiar en mí. Aún me sorprende que nunca te dieras cuenta. Tú eras la más dotada.
Así eran las cosas: Landy no había cambiado realmente, ni siquiera con la cabeza calva y una túnica marrón. Aún estaba resentida por comprar los privilegios de Gaeri a través de sus privaciones.
-No te creo.
Ylanda introdujo la mano en su túnica y extrajo una pequeña tableta de datos, la única posesión –aparte de su cuenco de limosnas- que se le permitía.
-Personal –dijo, tras teclear varias veces en ella-. Archivo 12-16. Mostrar.
Entonces la tendió a Gaeri.
El fino rectángulo mostraba un mensaje manuscrito de su padre: “Ylanda... Si ocurriera algo, debes saber que estamos retransmitiendo mensajes para la resistencia. No se lo cuentes a Gaeriel a menos que cambien las tornas, pero si el Imperio también le falla, muéstrale este mensaje. Dile que seguimos apoyándola.”
Dol y Marga Captison... fiscal general y portavoz de relaciones imperiales... no habían sido atrapados en el lugar equivocado en el momento equivocado, después de todo. Durante casi tres años, Gaeri había creído que la muerte de sus padres había sido accidental, pero ahora sabía la verdad. Les habían tendido una emboscada mientras llevaban mensajes secretos, y habían pagado por ello, igual que Eppie. Sintió un hormigueo en los dedos.
-Jamás lo había sospechado –susurró. ¿Sus padres, bendecidos con la Pluma, habrían sido empobrecidos en la Vida Futura, o su sacrificio había equilibrado la rueda?
De pronto, se dio cuenta de por qué había venido Ylanda. La semana pasada, 32 ascetas habían pedido ayunar durante un mes, deseando comprar prosperidad para la recién independizada Bakura. Seguramente habían pedido a Landy que se uniera a ellos. Ella debía de haber ido allí para cumplir su deuda con sus padres... por si acaso no sobrevivía.
La semana pasada, Gaeriel había pensado que el ayuno en masa era simplemente ridículo, pero entonces no había parecido afectarle.
-Me pregunto cuántas vendas he estado llevando –dijo con recato. Tenía entendido que hacían falta entre 40 y 50 días para morir de hambre, pero eso era para una persona sana, bien alimentada.
Landy tomó un sorbo de su agua caliente, sosteniendo su taza de cerámica con ambas manos como si fuera muy pesada.
Gaeri fijó la mirada en la lluvia. Había estado engañada respecto al Imperio. ¿Y si ella y Landy creyeran equivocadamente en el Equilibrio? Algunas fes proclamaban que el universo no se balanceaba sobre un estrecho punto, sino que fluía entre los dedos de una entidad viva. Casi ahogó el pensamiento... y entonces, temerosa por Landy, aflojó su presión y dejó que el pensamiento respirara. Luke nunca había desafiado su Fe, sino que era ella quien la desafiaba ahora. ¿Y si Ylanda había sufrido innecesariamente?
¿Y si Gaeri había rechazado las dubitativas atenciones de un admirable joven Jedi... por nada? Su fuerza de ataque había abandonado Bakura hace semanas...
Pero Landy estaba allí, y con vida, y si Gaeri no decía nada, podría llevar eternamente a Landy en su conciencia. Era ridículo pensar que el hecho de que alguien se arriesgara a morir de inanición pudiera ayudar a la prosperidad de Bakura. Gaeri debía acoger a Landy, apoyarla, revertir algunas de las injusticias entre ellas. El tío Yeorg y la tía Tiree lo entenderían.
Ella ya no creía. La idea le dejó atónita. Si no hubiera conocido a Luke, puede que hubiera dejado que Landy siguiera adelante con eso.
-¿Puedes quedarte esta noche? -preguntó con suavidad-. Tenemos tanto de que hablar.
Ylanda volvió a guardar su tableta de datos entre sus ropas.
-Siempre que me permitas dormir en el suelo –respondió remilgadamente-. Y no puedo comer tu comida.
Gaeri asintió.
-Se lo diré a la tía Tiree.
Voy a alimentarte con cosas peores que la comida, Ylanda, pensó. Tengo la cabeza llena de pensamientos venenosos. Puede que salven mi conciencia... y tu vida.

Fiscal del Equilibrio


Fiscal del Equilibrio
Kathy Tyers

Dol Captison observaba con tristeza cómo su hija menor Ylanda volvía con paso cansado a la mesa del comedor, con los hombros abatidos por la derrota. Se desplomó en su asiento y miró fijamente su postre, que había comenzado a derretirse.
-¿Te has calmado? –preguntó con voz suave Marga, la esposa de Dol-. ¿Llamaste a alguno de los zanazi?
Los ojos verdes de Marga estaban enmarcados en arrugas de preocupación; una sensación de tristeza inundaba lentamente su rostro.
Ylanda apartó un mechón de cabello rubio de sus ojos, pero no contestó. A sus 14 años, era más alta y pesada que Marga o su hermana mayor Gaeriel. Dol suponía que probablemente la había mimado demasiado durante años, creyendo que este día llegaría demasiado pronto... para todos.
Así había sido. Junto al vaso de Ylanda, se encontraba un pequeño cuenco dorado vacío. Dol y Marga habían elegido.
-Lo siento, Landy –dijo Gaeriel, sentada en la mesa frente a Ylanda. Bajo la mesa, sostenía una pequeña pluma blanca. La acarició con un dedo-. No pretendía...
-Presumir –completó Ylanda.
Gaeri se ruborizó, claramente avergonzada. Tenía 16 años, a punto de graduarse en la Escuela Preparatoria de Gesco. La semana pasada, se habían realizado las largamente aguardadas pruebas de aptitud. Como Dol y Marga esperaban, la puntuación de Gaeri fue considerablemente elevada. Esa noche, habían dado a sus hijas el Cuenco y la Pluma que simbolizaban los caminos que debían seguir para el resto de su vida. Gaeriel recibiría la educación ofrecida en la Academia Senatorial de Bakur en Salis D’aar, e Ylanda...
Dol sintió un nudo en el estómago. Tanto él como Marga habían crecido con la Pluma. En la Vida Futura (si existía realmente), renunciarían a las ventajas que habían disfrutado en vida. El Equilibrio había decretado que Yeorg, el hermano de Dol, llevaría el Cuenco en su generación, pero había abandonado la Fe.
Tal vez Ylanda también lo hiciera. Esa noche, Dol comprendió cómo habrían sufrido sus propios padres al darle a Yeorg un pequeño cuenco dorado como única herencia. Un cuenco como el de Landy proporcionaba a su dueño un lugar en un Hogar Sencillo, donde él –o ella- pasaría el resto de su vida. Dol había quedado conmocionado al recibir la pluma. Pensaba que Yeorg obtendría mayor puntuación en las pruebas. Obviamente, Yeorg también lo pensaba. Abandonó su hogar y nunca miró atrás.
-Este es el camino de la vida, niñas. –Marga apartó su plato-. La oferta es generosa. Todos los gastos de Gaeri serán cubiertos. Podrá quedarse con el tío Yeorg.
Tocó la rolliza mano de Ylanda.
-La tuya es una llamada más delicada, Landy.
El cabello rubio le había caído sobre los ojos.
-Dentro de mil años, lo tendré todo. Y ella no tendrá nada.
-Nada no, querida –dijo Marga, alzando una fina ceja-. No quedará despojada de todo, como si fuera...
-¿Cómo si fuera un Jedi? –interrumpió animadamente Gaeri. El día anterior, en el Hogar Sencillo, un zanaz había predicado acerca de los extremos: los Jedi tomaban tanto en esta vida, que el Equilibrio decretaba que no tendrían nada en la Vida Futura.
Dol asintió, y luego miró fijamente a Gaeriel para asegurarse de que entendía lo que significaba el sacrificio de Ylanda. Eran una familia, un todo, un Equilibrio.
-Este es el camino de la vida... aceptar lo que se nos ofrece. El Equilibrio debe preservarse en todas las cosas.
Gaeri sonrió.
-Padre, tú diste mucho de ti mismo. Yo haré lo mismo. Lo prometo.
Ylanda hizo una mueca.
-No puedes pagar de antemano la siguiente Vida. Yo sí puedo. Los zanazi dicen...
-Landy –dijo Dol con firmeza-, ya basta de hablar del tema. Termínate la comida.