viernes, 11 de enero de 2019

Desquite: El Relato de Dengar (III)


Tres: La Soledad

Durante los días siguientes, Dengar pasó mucho tiempo con Manaroo, simplemente hablando. Le habló de su vida en Aruza, criada en una granja por una madre que fabricaba vajilla de loza y un padre que trabajaba como insignificante burócrata. En su granja, Manaroo pronto aprendió cómo hacer brotar flores de los casi sentientes árboles dola, y con el denso jugo que exudaban esas flores se hacía un potente jarabe antibiótico, recetado a menudo por los médicos de Aruza.
A la edad de tres años, Manaroo había comenzado a bailar, y a los nueve ya ganaba competiciones interestelares. Dengar había imaginado que sería una chica de pueblo, poco viajada, sin experiencia en la vida real. Pero le contó historias sobre cómo atravesó navegando las oscuras tormentas del planeta acuático de Bengat, o cómo sobrevivió al abordaje pirata en un crucero estelar.
Y a veces hablaba sobre las experiencias de sus amigos, aquellos con los que compartía el attanni, como si tales experiencias fueran suyas propias. La lista de gente a la que consideraba amigos o familia era enorme, y el dolor que sufría al compartir esas vidas era igualmente enorme, ya que cada uno de sus amigos también había compartido sus recuerdos con otras personas a través del attanni, de modo que todos ellos no eran sino motas de polvo en una inmensa red.
Dengar había pensado que sólo sería una joven, pero descubrió que era mucho más madura de lo que había imaginado, mucho más fuerte de lo que hubiera podido suponer.
Por su parte, Dengar le habló de su vida en Corellia, donde empezó de niño reparando motos barredoras con su padre, y comenzó a correr al inicio de su adolescencia. No le dijo cómo había vivido a la sombra de Han durante esos años, ni le explicó que fue durante una carrera con Han Solo cuando resultó herido. En lugar de eso, sólo le contó las operaciones que le había realizado el Imperio; cómo, entre amenazas de muerte y promesas de que algún día le devolverían su capacidad de sentir, habían avasallado su personalidad convirtiéndolo en un asesino.
Y sin embargo Dengar siempre había elegido sus víctimas, segando sólo las vidas de aquellos que él sentía que merecían morir.
Inevitablemente, Manaroo planteó la pregunta.
-¿Y por qué Han Solo merece morir?
-No estoy seguro de que lo merezca –se vio obligado a admitir Dengar-. Pero casi me mató una vez. Quiero atraparle, obligarle a decirme por qué lo hizo. Entonces decidiré si le dejo vivir.
La tarde siguiente ya casi estaban en Tatooine, y Dengar fue a la consola del piloto a comprobar sus sistemas.
Manaroo se le acercó por detrás.
-Hmmm... –dijo, mientras comenzaba a masajearle los músculos del cuello-. Estás muy tenso. –Él se recostó, disfrutando de la sensación-. Con esta ya van dos veces que me salvas la vida, ¿sabes? Tengo que compensártelo de algún modo. Cierra los ojos.
La mano de la chica se deslizó bajo los retorcidos vendajes que cubrían el cuello de Dengar y tocó su clavija de interfaz cibernética. Dengar sintió que ella conectaba algo en su clavija, y se irguió en su asiento.
-¿Qué es eso? –preguntó, volviéndose.
Ella sostuvo en alto un pequeño anillo dorado, con una rosca para poder encajar en una toma de interfaz.
-Es parte de un attanni –dijo ella-, para que puedas recibirme, sentir lo que siento. Yo no podré leer tus pensamientos ni emociones, ni acceder a tus recuerdos.
Él permitió que ella colocara el anillo en su clavija, girándolo hasta que quedó firmemente encajado. De pronto pudo escuchar a través de los oídos de ella, ver a través de sus ojos. Sintió la intensidad de sus emociones.
Manaroo tenía miedo, y su miedo le provocaba un nudo en el estómago. Lo observó con aprensión.
-Cierra los ojos, para que no veas imágenes superpuestas –dijo ella, pero Dengar no respondió de inmediato.
El miedo de ella lo atravesó, como un fuego frío, y para él parecía la emoción más intensa que jamás hubiera sentido. Al principio se imaginó que volver a sentir aquello era como agua para un hombre que llevaba días sediento, pero algo dentro de él sabía que la gente raras veces sentía de forma tan intensa. Se preguntó por qué tendría miedo ella.
Manaroo lo observaba, y le puso una mano sobre cada hombro; lo besó, y él pudo sentir que ella tenía la boca seca, pudo saborear su esperanza y su deseo, y parte de él se sorprendió por la intensidad de su deseo. Entonces comprendió por qué ella le temía. Tenía miedo de que la rechazara, de que la abandonara. También podía sentir su soledad, un doloroso vacío en su interior. Cada sensación procedente de ella llegaba como si fuera nueva, como si nadie la hubiera descubierto antes.
Ella se sentía consolada por su presencia, protegida, lo que ayudaba a explicar algunos de sus fuertes sentimientos hacia él. Dengar trató de buscar en su mente, ver lo profundos que eran lo que ella sentía por él, pero el attanni que ella había colocado en su implante sólo podía recibir las emociones que ella enviaba. No permitía que él sondease sus pensamientos o recuerdos.
Ella lo besó tiernamente en la frente y lo sostuvo entre sus manos durante un largo instante, y brevemente recordó a su madre, en Aruza, besándola de niña, y entonces hubo un estallido de culpa y remordimiento por haber dejado a sus padres abandonados a su suerte en Aruza, un estallido tan violento que Dengar jadeó, y entonces Manaroo dejó escapar un grito, arrepentida de haberle causado semejante dolor, y se apresuró a retirarle el attanni de la clavija craneal.
Dengar quedó sentado jadeante, respirando pesadamente, con el sudor cayendo abundante de su frente. No había sentido culpa, pura y simple culpa, desde hacía muchos años. Había asesinado a gente decente por el Imperio con tanta facilidad como había abandonado sin pensarlo a los padres y amigos de Manaroo.
Ahora estaba recostado en su asiento, jadeante y sonriente por haber sentido remordimientos por primera vez en décadas.
-Lo siento –dijo Manaroo en un susurro, apresurándose a guardar el attanni en un bolsillo.
-Lo sé.
Dengar le mostró una leve sonrisa, y las palabras se atravesaron en su garganta. Comenzó a ponerse en pie, pero descubrió que esas emociones tan fuertes le habían dejado con las piernas débiles y lágrimas en los ojos. Hubo un tiempo en su vida en el que se habría sentido avergonzado de mostrar tales emociones. Ahora, se limitó a volver a sentarse un buen rato, disfrutando de ellas.
-Tendremos que volver a Aruza –dijo, cuando pudo volver a hablar-, sacar a tus padres del planeta... junto con tanta de tu gente como podamos.
-¿Por qué dices eso? –preguntó abruptamente Manaroo, ya que ella no había revelado su deseo.
-Tu... conciencia... me lo dijo –susurró Dengar, y se sentó, dándose cuenta quizá por vez primera de lo que el Imperio le había arrebatado. Sabía que le habían quitado la capacidad de sentir gozo, de sentir amor, de sentir preocupación y culpa.
Durante los últimos años, nunca había experimentado en deseo de ayudar a otro ser.
En esto consiste ser humano, pensó. Sentarse y saber que en el otro extremo de la galaxia alguien sufre, alguien siente dolor, y por eso es mi deber ir a su encuentro, sin importar el coste o los riesgos, para liberar a esa gente del dolor.
Era una vía del conocimiento que durante mucho tiempo Dengar había tenido... inaccesible; hasta el punto que había olvidado su existencia.
En los últimos meses, mientras perseguía a Han Solo, Dengar a menudo se había sorprendido por el rastro. A veces su némesis se desviaba de una ruta obvia, que le permitiría escapar fácilmente del Imperio, para lanzarse de cabeza a la batalla. Tales acciones desconcertantes hacían casi imposible que Dengar calculara el siguiente movimiento de Solo, porque uno nunca sabría si Solo atacaría a un batallón o embestiría a un destructor estelar. ¡Se rumoreaba que, en una ocasión, Han Solo tuvo la audacia de llamar a Emperador, acusándolo de graves crímenes y desafiándolo a un combate de boxeo! En su momento, Dengar había puesto en duda ese rumor, ya que parecía tan ilógico, pero ahora lo estaba reconsiderando.
Finalmente, Dengar vio por qué su carrera para capturar a Solo había sido tan infructuosa: Han Solo tenía una conciencia, y lo guiaba cual navicomputadora por un determinado rumbo, un rumbo que Dengar no podría haber esperado comprender... hasta ahora.
-Tú y tu attanni podéis resultar muy útiles –dijo Dengar, y le explicó lo que acababa de descubrir-. Contigo, tal vez tenga una oportunidad de atrapar a Han Solo.
-¿Y qué harías con él, entonces? –susurró Manaroo.
Dengar lo consideró. Con una conciencia, tal vez su trabajo también se vería obstaculizado. A decir verdad, en sus primeros años había perdonado la vida a varios de los objetivos que el Imperio le había ordenado destruir.
-No puedo estar seguro –dijo Dengar.
-Para cuando vuelvas a encontrarte con él –dijo Manaroo, deslizándole el attanni en la palma de la mano-. Vayamos a averiguarlo.
Dengar comenzó a teclear nuevas instrucciones en su ordenador de navegación.
-Antes, debemos ir a Aruza y encontrar a tus padres.

***

Dengar finalmente regresó a Tatooine. Entretanto, con la ayuda de Manaroo se hizo pasar por un oficial de inteligencia imperial que se estaba ocupando de trasladar a gran número de diplomáticos aruzanos a una “instalación más segura”.
Con la ayuda de la Alianza Rebelde, consiguió robar una gigantesca barcaza prisión imperial, lo bastante grande para extraer a cien mil personas del planeta, y tripuló la nave con la plantilla adecuada de oficiales de correccional, torturadores y demás personal.
Supuso muy poco esfuerzo para la Alianza Rebelde enviar órdenes falsas al nuevo comandante de la base de la COMPNOR para comenzar a extraer prisioneros y transportarlos a la barcaza.
Los oficiales imperiales estaban bien entrenados, y llevaban a los prisioneros tan pronto se les solicitaban.
Sólo una vez alguien cuestionó a Dengar, quien se había mantenido apartado del trabajo sucio y había permanecido durante toda la misión a bordo de su barcaza, ocupándose personalmente de “controlar la encarcelación”.
Cuando el nuevo comandante de la base de la COMPNOR llamó por holovídeo justo antes de la partida de Dengar, preguntando a Dengar a dónde iban a llevarse a los prisioneros, Dengar se limitó a fijar una mirada helada sobre el hombre.
-Realmente no quiere saberlo, ¿verdad? –dijo.
Había rumores crecientes de políticos blandos, genios tecnológicos e industriales pacifistas que habían desaparecido por toda la galaxia. Se decía que los hombres prudentes no hurgaban en esos temas. El comandante de la base de la COMPNOR farfulló una disculpa rápida.
Dengar cortó la conexión de holovídeo con fingido desdén.

***

Cuando la nave de Dengar llegó a Tatooine, aterrizó en un puerto polvoriento llamado Mos Eisley, una ciudad al borde de un desierto donde los soles gemelos ardían con vehemencia.
Llegaron al mediodía, cuando la ciudad estaba quizá en su momento más tranquilo, y Dengar condujo a Manaroo a una pequeña cantina donde agricultores de la humedad y criminales parecían haberse reunido en igual número.
Dengar fue a hablar en privado con algunos viejos conocidos, y en cuestión de minutos confirmó que Han Solo todavía estaba vivo y que estaba preso en el palacio de Jabba.
-Volveré cuando vuelva –dijo a Manaroo, dejándole unos cuantos chips de crédito, y luego se dirigió en una moto swoop alquilada hacia el palacio de Jabba.
Esa noche, Manaroo regresó a la cantina en un momento de mayor actividad y consiguió algunos créditos bailando. Dengar había agotado su riqueza en las últimas semanas, y Manaroo esperaba por lo menos poder afrontar sus propios gastos. Después de su primer baile, fue a una cabina privada para recuperar el aliento.
Un alienígena se acercó a la cabina y permaneció de pie, mirándola. La criatura tenía pelaje marrón oscuro, una boca enormemente ancha, incluso más que sus hombros, piernas cortas y brazos largos con garras que arañaban el suelo. Los cuernos cortos de su cabeza casi raspaban el techo. Se quedó mirándola por un momento con profundos ojos rojos.
-Tu baile... ¡bueno! –gruñó-. ¡Potente! ¡Gustará a Jabba! Si le gusta baile, tú vives. ¡Ven!
La criatura miró furtivamente a ambos lados, luego tiró de una solapa de piel debajo de su garganta y se lanzó hacia ella. Por un momento, Manaroo gritó cuando la bestia la agarró. Luego se encontró deslizándose al interior de la bolsa ventral de la criatura.
Era difícil respirar allí dentro, y el aire olía a pelo y carne podrida. Ella forcejeó y pateó, pero la piel de la criatura era muy gruesa; si alguien advirtió el bulto de forma extraña dando patadas en el estómago de la criatura, debió de suponer lo peor y no quiso involucrarse.
Manaroo contuvo el aliento durante un buen rato, mientras la criatura se alejaba de la cantina con aire casual. Pronto comenzó a sentirse calor en la bolsa, y le faltó el aire. Con los pulmones ardiendo, propinó patadas y puñetazos a la bestia, pero no logró liberarse.

***

Dengar entró en el palacio del hutt por la noche, cuando los habitantes estaban más activos, y se arrodilló sobre una rodilla. Jabba estaba rodeado de sus lacayos; casi todos ellos eran obligados a dormir en su habitación, ya que el hutt temía ser asesinado y sabía que la mejor manera de evitarlo era mantener al alcance de la vista a todos los aspirantes a asesino. Dengar levantó la mirada, vio a Boba Fett en las sombras a la derecha de Jabba y saludó al hombre con una inclinación de cabeza.
-¿Por qué te presentas ante mí? –bramó Jabba en huttés-. No me has traído a Han Solo. ¡No puedes esperar ninguna recompensa!
-Escuché que tenías a Han Solo cautivo –dijo Dengar-. He venido a ver si era cierto.
-Jo, jo, jo –rio Jabba-. ¡Contémplalo tú mismo!
Se encendió una luz detrás de Dengar, y se dio la vuelta. En el muro, en lo que Dengar había creído que se trataba de un friso decorativo, pudo ver el rostro y la figura de Han Solo, congelado en carbonita gris.
Dengar rio, caminó hasta Solo, y con una mano a cada lado sostuvo el marco que contenía el cuerpo congelado.
-Te tengo –dijo Dengar-. Por fin.
-Jo, jo –rio Jabba desde las profundidades de su panza, y su corte de asesinos rio con él-. Querrás decir que yo lo tengo.
Dengar se volvió para mirar por encima del hombro.
-No –dijo Dengar, mirando fijamente a los ojos del hutt-. Sólo crees que lo tienes. –El hutt frunció el ceño al oír eso-. No puedes contenerlo en... ¡esto! –dijo Dengar, señalando el dispositivo de contención de carbonita-. Sin duda, escapará.
-¡Jo, jo, jo, jooo! –rugió Jabba-. ¡Crees que puede escapar de aquí! Me diviertes, asesino.
Dengar se volvió hacia Jabba y unió las manos ante él, como si rezara.
-Escúchame, oh gran Jabba –advirtió Dengar-. Realmente creo que escapará de ti. Y cuando lo haga, serás el hazmerreír del inframundo. Pero puedo librarte de este destino. Porque te propongo permanecer aquí, para volver a atraparlo. Y cuando lo haga, ¡espero que me pagues el doble de lo que has pagado a Boba Fett!
-¿Pretendes liberarlo tú mismo? –rugió Jabba, de tal modo que parte de su séquito retrocedió, temiendo su ira.
-Nunca será liberado por mi mano –susurró Dengar.
-¿Sospechas de algún complot? –preguntó Jabba, observando los asesinos y matones que tenía en nómina.
-Sus amigos de la Rebelión vendrán a liberarlo –respondió honestamente Dengar.
-¿La Rebelión? –Jabba soltó una risotada-. No les tengo miedo. Entonces queda convenido. Puedes quedarte y unirte a mis secuaces. Y si la Rebelión lo libera y consigues traerlo de nuevo, ¡te pagaré el doble de lo que pagué a Boba Fett!
Boba Fett avanzó un paso, sosteniendo su rifle bláster con gesto amenazante, y Jabba lo silenció con una mirada.
-Pero si la Rebelión fracasa en su intento de liberar a Han Solo –añadió Jabba a media voz-, entonces trabajarás para mí durante un año... ¡fregando las letrinas reales en compañía de los droides de limpieza!
El hutt estalló en carcajadas.

***

Dengar regresó a Mos Eisley al amanecer, planeando trasladar su nave al palacio de Jabba, donde resultaría útil en caso de ataque rebelde.
Pero quedó confundido al entrar en la nave y descubrir que Manaroo no estaba. Realizó una búsqueda superficial y descubrió que nunca había regresado de la cantina. En la cantina, el camarero dijo que ella se dedicó a bailar por unos cuantos créditos, y luego “desapareció”.
Dengar sopesó las noticias, y luego recordó el attanni que Manaroo le había dado. Regresó a la nave, insertó el dispositivo en su enchufe craneal, y luego cerró los ojos, tratando de ver lo que ella veía, escuchar lo que ella escuchaba. Pero el attanni sólo le proporcionó un suspiro de estática.
Dengar dejó el dispositivo conectado y voló a escasa altura sobre la ciudad siguiendo un rápido patrón de búsqueda, pero en ningún momento recibió su señal, así que se dirigió de vuelta al palacio de Jabba y posó el Castigador Uno en los hangares seguros de Jabba.
Durante todo el viaje de vuelta al palacio, estuvo pensando en Manaroo y se preguntó qué habría sido de ella. Descubrió que había llegado a acostumbrarse a su presencia, incluso pensó que se sentía confortado por ella. Una vez, hacía tan sólo unas pocas noches, ella había pedido saber cuál era la otra emoción que el Imperio le había dejado, aparte de su furia y su esperanza, y él se había negado a decírselo. Soledad.
Su soledad no servía a ningún propósito en los designios del Imperio, o al menos no lograba imaginar cómo podría llegar a servir. Dengar ni siquiera estaba seguro de que le hubieran dejado con esa capacidad a propósito. Tal vez cuando extirparon el resto del hipotálamo ni siquiera eran conscientes de lo que dejaban todavía en él.
Pero a lo largo de los años, Dengar sintió que no era la furia ni la esperanza lo que había llegado a definirle, sino su soledad, su certeza de que en ningún lugar de la galaxia encontraría alguien que lo amara, o que lo aceptara.
No fue hasta que estaba de camino de regreso al salón del trono de Jabba que Dengar sintió súbitamente una estremecedora oleada de temor. Cerró los ojos y escuchó con otros oídos.
-Tienes que bailar lo mejor que puedas para Jabba –estaba diciendo una mujer obesa-. Conseguirá su entretenimiento de un modo u otro. Si no le gusta cómo bailas, obtendrá gran placer viéndote morir.
Dengar observó a la mujer gorda a través de los ojos de Manaroo, vio a otras tres bailarinas de diversos mundos, todas ellas descansando en bancos oscuros. Estaban en una celda que olía a humedad, con gruesos barrotes de acero. El aire se sentía fétido, y uno de los guardias de Jabba hacía la ronda fuera de la ventana de la puerta, asomando ocasionalmente su hocico entre los barrotes para mirar lascivamente a las bailarinas.
-¿Y si le gusta cómo bailo? –preguntó Manaroo.
-Entonces te mantendrá por más tiempo. Tal vez incluso te libere.
-Ah, no trates de darle esperanza –dijo otra mujer desde un banco alejado-. Eso sólo ocurrió una vez.
La bailarina gorda se volvió hacia ella.
-¡Pero ocurrió!
-Mira, chica... –dijo la otra bailarina desde el extremo opuesto de la habitación-. O bailas bien, o mueres.
-Pero ya bailé para Jabba –dijo Manaroo-, cuando me trajo el esclavista.
-Entonces has pasado la audición –dijo la mujer gorda-. Ya es algo.
Dengar se quitó el attanni y lo colocó en el fondo de su pistolera, bajo su bláster.
Jabba era una criatura exigente. Una vez que había pagado dinero por algo –ya fuera un esclavo o un cargamento de droga- se tomaba realmente mal perder ese algo. Y el hutt obtenía un gran placer atormentando a los demás. Así como Dengar no sentía la diferencia entre el bien y el mal, el hutt obtenía placer del mal.
Dengar sabía que no podría recuperar a Manaroo sin luchar.
Entrecerró los ojos y pensó en el hutt, tratando de imaginarse a Jabba con cabello castaño oscuro y complexión larguirucha. Pero incluso con el mayor esfuerzo de la imaginación, no podía encontrar gran cosa que sirviera como semejanza entre Jabba el hutt y Han Solo.
-Oh, bueno –gruñó Dengar-. Simplemente tendré que matarlo de todas formas.

***

Afortunadamente, Dengar pronto descubrió que muchos de los secuaces de Jabba tenían motivos para conspirar contra su amo. En tres días, Dengar pudo proporcionar a uno de los secuaces de Jabba, el quarren Tessek, una bomba. Dengar la fabricó a partir de armas almacenadas en su nave, y la hizo lo suficientemente grande como para poner en órbita el cadáver hinchado de Jabba. La entrega de la bomba fue sencilla, ya que solo tenía que dársela a uno de los servidores más dignos de confianza de Jabba, el jefe de garaje, Barada.
Desafortunadamente para Dengar, Jabba se enteró del complot antes de que la bomba estuviera siquiera terminada. Siguiendo el consejo casi clarividente de Bib Fortuna, quien aseguró a Jabba que Dengar estaba haciendo una bomba, Jabba encargó a Boba Fett que vigilara a Dengar.
Boba Fett estuvo a la altura de la tarea. Un microtransmisor colocado en una de las fundas de Dengar fue suficiente. Cuando Dengar entregó la bomba a Barada, sus palabras dieron prueba de la conspiración.
-¿Quiere que retire la bomba? -preguntó Boba Fett cuando informó al hutt de que había descubierto el complot.
El hutt soltó una carcajada, una risa profunda y gutural que sacudió su gran panza.
-¿Me privarías de mi diversión? No, haré que desactiven la bomba, y me aseguraré de que Tessek esté conmigo cuando se suponga que deba explotar. Disfrutaré viendo cómo se estremece. En cuanto a Barada... Haré que espere su castigo durante algunas semanas.
-¿Qué hay de Dengar? –preguntó Boba Fett-. No puede jugar con él. Es demasiado peligroso.
Jabba entornó sus inmensos ojos oscuros y miró fijamente a Boba Fett.
-Dejaré que seas tú quien le castigue, pero no le proporciones una muerte fácil. –La expresión de Jabba se iluminó, y abrió los ojos de golpe-. ¡Hace ya mucho tiempo que no dejo que alguno de mis enemigos sienta el mordisco de los Dientes de Tatooine!
Boba Fett asintió brevemente con la cabeza.
-Como desee, mi señor.

***

Aquel fue un día ajetreado para Dengar. Los cirujanos que lo habían operado hacía tanto tiempo habían extirpado su capacidad de sentir miedo, pero en ciertos momentos extraños descubría que se movía con un poco más de energía y que su corazón latía de manera irregular. Sabía que era sólo un fantasma de lo que los demás sentían cuando temían, pero lo encontraba estimulante. La bomba en el esquife de Jabba iba a explotar temprano al día siguiente, por lo que Dengar se preocupó esa noche cuando los planes cambiaron repentinamente.
Dengar había estado descansando en su habitación cuando Luke Skywalker apareció de repente en el palacio de Jabba e intentó rescatar a Han Solo. Jabba frustró el intento del joven Jedi y lanzó a Skywalker a un pozo con el monstruo mascota de Jabba, el rancor. Skywalker sorprendió a todos al matar a la bestia.
El sonido del grito de muerte del rancor sacudió el palacio, despertando a Dengar, quien se apresuró a acudir al salón del trono de Jabba y alcanzó la parte superior de una pequeña escalera a tiempo para escuchar la sentencia pronunciada sobre Han Solo y sus amigos. Morirían en el Gran Pozo de Carkoon.
El palacio se convirtió en un manicomio. Los secuaces de Jabba corrían de un lado a otro recogiendo armamento y preparando vehículos. Dos guardias gamorreanos subieron apresuradamente las escaleras junto a Dengar
-¿Por qué nosotros necesitar prisa? –gruñó uno.
El otro guardia le dio un cachetazo y lo lanzó tambaleándose contra una pared.
-¡Idiota! Nosotros no querer rebeldes venir. ¡Si ellos descubrir Jabba quiere matar Skywalker y Leia, nosotros tener gran pelea!
Dengar buscó a Tessek en la multitud de abajo, tratando de detectar los tentáculos de la boca del quarren de piel gris, preguntándose si esto cambiaría sus planes.
Pero algunos de los hombres de Jabba ya parecían tener al Quarren bajo arresto. Estaban de pie detrás de él, muy cerca, y Dengar sólo podía escuchar fragmentos de conversación. Tessek le suplicaba a Jabba por su vida.
Poco después, Jabba ordenó al Quarren que hiciera sus maletas para marcharse, y Tessek se escabulló por una salida en la pared del fondo.
Dengar retrocedió agachado hasta el pasillo, ocultándose en la seguridad de las sombras. ¿Había encontrado Jabba la bomba? Obviamente, Jabba sospechaba algo...
Pero el hutt no había matado a Tessek, y tampoco había enviado guardias tras Dengar. Así que Jabba no podía haber tenido pruebas de la traición. Lo que sugería que el hutt simplemente había oído rumores sobre sus planes. O tal vez Jabba tenía alguna otra razón para amenazar a Tessek.
Sin embargo, Dengar no quería estar por allí en ese momento. Si Jabba encontraba esa bomba, rodarían cabezas. Dengar no quería que su cabeza fuera una de ellas.
Todavía había tiempo para escapar. Bien podría ser que Jabba no descubriera la bomba en absoluto, y si ese fuera el caso, podría estar en el esquife o cerca de él cuando éste explotase. El complot todavía podría tener éxito. En cualquier caso, tanto si tenía éxito como si fracasaba, lo haría sin esfuerzos adicionales de Dengar.
Pero si Jabba encontraba la bomba demasiado pronto...
Dengar decidió que ese podría ser un buen momento para ir a Mos Eisley a pasar el día. Si su plan funcionaba, Jabba moriría. Si no... Dengar aún podría escapar.
Dengar regresó a su diminuta habitación y comenzó a arrojar su ropa y sus armas en una bolsa. Entre sus efectos encontró el attanni. No podía contactar con Manaroo con eso... pero Dengar podía recibir imágenes, sonidos, emociones.
Y mientras miraba el dispositivo, recordó el hambre que Manaroo había sentido por su presencia, sus temores por su propia vida. A veces se preguntaba cómo ella podía sentir algo por él. Tal y como él se veía a sí mismo, estaba quebrantado, no merecía la atención de la muchacha. Sin embargo, ella se había quedado a su lado incluso después de haber rescatado a sus padres. Sentía que no le quedaba nada más que ofrecerle, excepto quizás una falsa sensación de seguridad.
Y al salir corriendo ahora, le estaría negando incluso eso.
Se desenvolvió el cuello y atornilló el attanni en su enchufe.
Y lo que vio lo sorprendió. Manaroo se estaba vistiendo para una actuación, poniéndose unas mallas de un material fino de color violeta suave, y una blusa que revelaba sus amplios pechos. Rebuscó en un cubo de instrumentos musicales -tambores, campanas, platillos- tratando de encontrar algo exótico, y decidió tomar una flauta dorada. Tocarla mientras bailaba resultaría difícil, y tocarla mal sería tentar al destino. Pero Manaroo iba a bailar con su vida en juego, y necesitaba impresionar al hutt.
Le habían ordenado que bailara ante Jabba, y todo el mundo de la sala sabía que estaba de mal humor porque el rancor había muerto. Las demás bailarinas estaban sentadas, acurrucadas en la esquina opuesta, y lanzaron a Manaroo miradas compasivas.
Lo que sorprendió a Dengar fue el estado de ánimo de la mujer. Estaba casi paralizada por el miedo y no le quedaba otro remedio que poner su confianza en sus habilidades. Esos sentimientos se posaban firmemente en el fondo de su mente.
Y, en primer término, Manaroo se estaba concentrando, efectuando juegos mentales para tratar de reafirmar su resolución. Al igual que Dengar se mentalizaba a sí mismo antes de un asesinato imaginándose que estaba matando a Han Solo, Manaroo estaba realizando juegos similares en su propia mente.
Visualizaba el salón del trono de Jabba, pero en lugar de estar Jabba en el trono, imaginaba que era Dengar quien estaba allí. Él la miraba fijamente, exclamando “¡Baila, baila por tu vida!” como si se tratara de una inmensa broma.
Y en su ensoñación, Manaroo bailaba amorosamente, con el corazón. Imaginó que todos sus movimientos, practicados durante años, todos sus giros y florituras estaban dedicados a Dengar. Cada uno de ellos había sido concebido y preparado para el hombre que amaba, el hombre con cuya mente esperaba unir algún día la suya, para que se convirtieran en una sola. Y en su imaginación, mientras bailaba grácilmente ante Dengar, ella susurraba: “Si tanto te complazco, mi señor, mi amor, ¿por qué no me complaces a cambio? ¿Por qué no te casas conmigo?”
Dengar se arrancó el attanni, asombrado, y supo que no podía marcharse en ese momento. Las potentes sensaciones que le habían invadido cuando estaba conectado actuaron como una brújula moral, diciéndole qué hacer. Y como Han Solo, que a menudo parecía padecer deseos de morir, Dengar supo que tendría que enfrentarse a la tormenta.
Tenía que salvarla, ¿pero cómo?
Dengar estaba sorprendido de que ella se estuviera preparando para una actuación en ese momento, mientras el palacio estaba presa de tal confusión, e inmediatamente se dio cuenta de que tendría que planear una distracción. Ir a ciegas al salón del trono y tratar de matar al hutt sería una locura, pero en los últimos días habían tenido lugar dos asesinatos en el palacio.
Ambos incidentes se habían investigado a conciencia y causaron una gran conmoción durante varias horas. Unas pocas horas era todo el tiempo que Manaroo necesitaba. Un asesinato aleatorio parecía oportuno. Entre los matones que Jabba tenía en nómina no faltaban víctimas que se lo merecieran.
El problema se resolvió con bastante facilidad. Dengar simplemente subió a una sala de guardia y arrojó una granada. En la cacofonía general del palacio, pocas personas advirtieron siquiera el incidente, pero la posterior investigación tomo gran parte de la tarde, y el ánimo del hutt se iluminó considerablemente después de ver la carnicería que la granada de Dengar había causado en un pobre guardia gamorreano.
Así que fue un gran shock cuando Jabba finalmente alzó la mirada de los restos del guardia y un brillo frío iluminó sus ojos.
-Estoy hambriento –bramó-. ¡Traedme comida, y convocad a mi bailarina! ¡Que todo el mundo se reúna en la gran sala! ¡Esta noche tendremos fiesta, y no aceptaré más interrupciones!

***

Las noches eran cortas en Tatooine, y pocos las pasaban durmiendo, porque era un tiempo para refugiarse del calor abrasador del día.
De modo que bien avanzada la velada Dengar estaba sentado en el salón del trono, aguardando el baile de Manaroo. Llevaba puesto el attanni, y escuchaba los pensamientos de Manaroo. Su mente estaba como anestesiada ante el pensamiento del baile que la esperaba, y se estaba preparando apresuradamente, tratando de tranquilizar su respiración, de calmarse.
En el gran salón los músicos habían comenzado a reunirse, y sirvientes traían rebosantes bandejas de comida. El hutt atrapó algunas cosas escurridizas de una caja y se las arrojó en la boca, y luego bramó reclamando a su bailarina.
Fue entonces cuando Dengar se dio cuenta de su error. Esa noche el hutt se sentía sediento de sangre, y la visión del guardia gamorreano muerto, lejos de distraerlo, lo había alterado aún más. Han Solo y los demás morirían, pero Jabba no era una criatura paciente. No esperaría para obtener sangre. Por eso llamaba a Manaroo.
Dengar aflojó su bláster pesado en su funda y se preguntó qué hacer. Matar a Jabba sería difícil. Los hutts tenían pieles muy gruesas, y podría necesitar varios disparos de su blaster. Dengar no estaba seguro de poder tener la ocasión de efectuar esos disparos. La sala estaba llena de cientos de secuaces y sirvientes de Jabba, todos reunidos para una última fiesta salvaje, ya que muchos temían que al amanecer estarían luchando contra la Alianza Rebelde. Así que los músicos interpretaron su melodía con aire frenético, y los secuaces se dieron un festín como si esta breve comida fuera la última de sus vidas.
Mientras Dengar esperaba que Manaroo hiciera su aparición, Boba Fett se acercó a su mesa, pavoneándose, llevando una larga jarra verde de licor twi’lek.
-¿Tomas un trago conmigo? –preguntó Boba Fett. Normalmente, Boba Fett era un individuo muy reservado. Nunca buscaba la compañía de otras personas, y al principio Dengar quedó confuso por la petición. Pero casi todas las demás mesas estaban llenas, por lo que la petición no parecía fuera de lugar.
-Claro, siéntate –dijo Dengar, acercándole de una patada una de las sillas.
Boba Fett se sentó, dejó la jarra sobre la mesa, e indicó a un joven criado que le trajera unos vasos.
-Te he estado observando –dijo Boba Fett, y los micrófonos de su casco hicieron que su voz sonara antinaturalmente fuerte y grave mientras hablaba para hacerse oír por encima del ruido de las celebraciones-. No eres como los demás de por aquí –señaló a los secuaces que se atiborraban en las otras mesas-, dado a los excesos. Me gusta eso en un hombre. Pareces frío, competente, profesional.
-Gracias –dijo Dengar, inseguro de a dónde querría ir a parar.
-Mañana por la mañana, Han Solo muere –afirmó Boba Fett.
-Sé que está programado, pero no estoy seguro de que Jabba pueda llevarlo a cabo –repuso Dengar, poco dispuesto a admitir que, muy probablemente, su némesis Han Solo sufriría una muerte innoble al alba. Parecía una forma demasiado fácil de marcharse. En una mesa cercana, dos de los secuaces de Jabba comenzaron a cantar una estridente canción de borrachos.
-Me iré después de la ejecución –dijo Boba Fett, más alto-. Tengo un trabajo... un trabajo importante. Más de lo que un solo hombre puede abarcar. Pero las recompensas son desmesuradas. ¿Te interesa?
-¿Por qué debería confiar en ti? –preguntó Dengar con aire ausente. A través de su attanni, podía ver que Manaroo estaba siendo sacada de su celda. Un guardia gamorreano la estaba empujando a través de un pasadizo estrecho que la conduciría al trono de Jabba-. Pusiste una bomba en mi nave. Ya me has traicionado una vez.
Boba Fett se irguió ligeramente en su silla, como si estuviera sorprendido por la acusación.
-Eso fue cuando estábamos en el negocio como competidores. Esta vez, estaríamos en el negocio como socios. Además, permití que siguieras con vida.
-Ciertamente fue muy amable por tu parte. Es por eso que, a cambio, no he tratado de matarte –dijo Dengar.
Boba Fett soltó una risita, un sonido muy perturbador simplemente por el hecho de que era algo que Dengar nunca había escuchado antes. Boba Fett inclinó la cabeza hacia atrás, y las luces del palacio brillaron en su visor como estrellas.
-Tú y yo somos muy parecidos. ¿Qué me dices? ¿Socios?
Dengar estudió a Boba Fett. Era un hombre cuidadoso, un hombre peligroso merecedor de su reputación. Y Dengar estaba escaso de fondos. Asintió ligeramente.
-Socios, supongo. Háblame más de ese trabajo.
Dengar se inclinó hacia delante como si estuviera interesado en hablar con Boba Fett, pero en realidad estaba mirando hacia la zona iluminada ante el trono de Jabba.
Manaroo acababa de salir desde detrás de una cortina, y ahora estaba inmóvil, parpadeando, tratando de dejar que sus ojos se ajustaran a las brillantes luces del escenario tras haber pasado días en las mazmorras. Su corazón martilleó con miedo cuando los músicos comenzaron a atacar otra melodía, y se volvió hacia su líder, rogándole que aguardara un instante.
-Convenido –dijo Boba Fett-. Humedezcamos las lenguas mientras discutimos nuestros planes. He traído un reserva que creo que te sorprenderá. Ya debería haber alcanzado la temperatura adecuada.
Abrió el contenedor verde y sirvió el licor en dos vasos. Durante un instante, Dengar se atrevió a imaginarse que finalmente lograría ver lo que se ocultaba detrás del visor de Boba Fett, pero el guerrero simplemente extrajo una larga pajita desde detrás del visor y la introdujo en el vaso. Luego comenzó a sorber.
Al verlo, Dengar comenzó a preguntarse si acaso todos los rumores acerca de la paranoia de Boba Fett podrían ser verdad. Si tal era el caso, entonces en el pasado su enfermedad le había hecho un buen servicio. La gente pagaba a Boba Fett para ser paranoico. Trabajar con él sería interesante.
Hasta que Dengar no vio que Boba Fett había bebido el licor con seguridad, no tomó un trago también él. Era una bebida seca, picante en boca y de aroma ligeramente dulce. Dengar la encontró bastante agradable.
Más abajo, junto al trono, los músicos comenzaron a tocar la melodía de una danza. Dengar descubrió que sus manos temblaban al compartir el miedo de Manaroo, y supo que necesitaría templar sus nervios en caso de que tuviera que abrir fuego sobre Jabba. Bebió medio vaso de un trago.
-Eh, cuidado –dijo Boba Fett-, no tan rápido. Esto es más potente de lo que te imaginas.
Dengar asintió, ausente. Abajo, en la pista de baile, Manaroo giraba por la habitación, tocando una flauta dorada mientras saltaba, y Jabba se inclinaba hacia delante y la estudiaba con avidez, como si fuera uno de los insectos que se retorcían en su bandeja de comida. El hutt abrió la boca, ligeramente apenas, y se lamió los labios con su horrible lengua.
Dengar se inclinó más, con el corazón latiendo con fuerza. En la pista de baile, Manaroo daba vueltas sin parar, tocando su flauta con deliberado frenesí, y Dengar sintió que la habitación comenzaba a girar a su alrededor. Puso ambas manos sobre la mesa para evitar caer hacia delante, y descubrió que sus párpados parecían tremendamente pesados. Se esforzó por mantener los ojos abiertos, y cada vez que los cerraba veía la habitación tal como la veía Manaroo, dando vueltas, con rostros atentos estudiándola.
-¿Te encuentras bien? –preguntó Boba Fett, con voz que sonaba distante y amortiguada.
-Tengo... que liberar a Manaroo –murmuró Dengar, y trató de ponerse en pie. Sintió como si tuviera las piernas atadas a la silla, y se preguntó cómo podía sentirse tan débil-. Licor... ¿veneno…?
Llevó la mano hacia su bláster. Sus parpados se cerraron por sí solos, y vio cómo la sala daba vueltas, mientras sonaba el antinatural sonido estridente de la flauta que Manaroo estaba tocando.
Cuando abrió los ojos, Boba Fett estaba allí, a su lado, sosteniendo en pie a Dengar, ayudándolo a sacar el bláster de su funda. Dengar sentía sus manos demasiado pesadas, demasiado grandes y carentes de coordinación para una tarea tan delicada, y agradeció la ayuda de Boba Fett para liberar el bláster de su funda.
-Veneno no –dijo Boba Fett, y Dengar tuvo que concentrarse para escucharle sobre el ruido del gran salón y el estridente sonido de la flauta-. Sólo drogado... en el borde de tu vaso. Jabba tiene en mente algo especial para ti. Vas a sentir los Dientes de Tatooine.
Dengar dio un paso en falso, derribando su propia mesa. Por todo el salón del trono, la música se detuvo y todos se giraron para observarlo. El propio Jabba se rio alegremente, con ojos brillantes al ver cómo Dengar se esforzaba por avanzar, con la esperanza de disparar al monstruo.
Alguien colocó un pie para hacer tropezar a Dengar, y éste aterrizó en el suelo, donde rodó sobre su espalda. Se escuchó un grito y un aplauso, y uno de los matones de Jabba alzó su copa brindando por Dengar, y la gente aplaudió. El pequeño y molesto Salacious Crumb, con su aspecto de roedor, había trepado hasta el borde de la mesa volcada y se reía escandalosamente de Dengar.
-¡Desquite! –exclamó Manaroo desde la pista de baile. Dengar estaba seguro de haber escuchado su grito con tanta claridad sólo porque llevaba puesto el attanni.
Vio a través de sus ojos cómo trataba de correr hacia él entre la multitud, pero uno de los guardias gamorreanos de Jabba la agarró de los brazos y la arrojó de nuevo a la pista de baile con un gruñido. El corazón de Manaroo martilleaba presa del pánico.
Entonces los ojos de Dengar se cerraron por decisión propia, y todo se volvió negro.

viernes, 2 de noviembre de 2018

Desquite: El Relato de Dengar (II)


Dos: La Esperanza

Cuando Dengar salió del hiperespacio en el sistema Hoth, las alarmas de los indicadores de proximidad del Castigador Uno comenzaron a sonar de inmediato. La pantalla del visor holográfico mostraba un super destructor estelar imperial justo delante, con otra media docena de destructores estelares haciendo las veces de escolta. Fragatas de ataque, cazas TIE y transportes de personal llenaban el cielo.
Bajo ellos, recortándose en el fondo estrellado, se encontraba un helado planeta blanco, como una perla, cuya superficie permanecía oculta por nubes y tormentas de nieve.
Dengar cambió inmediatamente las frecuencias del transpondedor para que su pequeño JumpMaster corelliano apareciera como una nave de exploración imperial. Era una frecuencia más antigua, una que había usado legalmente meses atrás, pero Dengar no podía arriesgarse a tratar de huir de la flota imperial. Si cambiaba su curso y trataba de rodearlos levantaría sospechas, así que se dirigió directamente hacia la flota, con la esperanza de que nadie examinaría su nave con el detenimiento suficiente para advertir que no estaba pintada con los colores imperiales.
Ya estaba teniendo lugar un enfrentamiento. Dengar observó cómo los transportes y los cazas rebeldes despegaban desde la superficie de Hoth bajo la cobertura de cañones iónicos pesados, mientras los destructores estelares trataban de interceptar y derribar a los rebeldes.
Dengar se coló entre dos destructores estelares y se acercó a la cola de un escuadrón de cazas TIE que se lanzaba hacia la superficie del planeta.
Dengar había recorrido un largo camino para encontrar a Han Solo. Si se encontraba en Hoth, Dengar planeaba atraparlo esta vez.
-Explorador imperial –llamó una voz por el receptor de Dengar-, ¿por qué se ha puesto detrás de nosotros?
Era uno de los cazas TIE.
-Me han encargado que efectúe algunas investigaciones in situ sobre unas aparentes fluctuaciones de energía en el exterior de la base rebelde –mintió con facilidad Dengar-. Pensé que podría protegerme detrás de ustedes durante parte del descenso, si no les importa.
-No se nos ha avisado de su misión.
-Estoy con Inteligencia –repuso Dengar, jocoso-. Ya sabe cómo va esto: Si alguien les hubiera avisado de mi misión, yo tendría que ir a cerrarle la boca cuando volviera.
Aparentemente, su respuesta satisfizo al comandante del escuadrón. Descendieron con velocidad constante hasta que de repente apareció un transporte rebelde abalanzándose contra ellos; un reluciente dirigible metálico. El escuadrón de cazas TIE se lanzó a interceptarlo, y Dengar vio su error demasiado tarde.
Una brillante bola de energía roja surgió del planeta y Dengar aceleró el Castigador Uno, tratando de virar. La nube iónica bañó su nave con un ruido parecido al de la gravilla suelta. Dengar pudo sentir cómo su carga eléctrica le erizaba el cabello, y de repente todas las luces indicadoras y las pantallas se apagaron. La cabina quedó fría y negra. Incluso los chirriantes ventiladores que hacían circular el oxígeno del sistema de soporte vital se ralentizaron hasta detenerse.
Comenzó a dar avisos de emergencia por su comunicador, aunque era un gesto inútil. Con todos los escudos apagados y el equipo polarizado, flotaba como un cadáver en el espacio. Por fortuna, había virado lo suficiente para que su actual trayectoria se alejara del planeta.
Los cazas TIE que le precedían habían estado acelerando hacia el planeta. En cuestión de instantes comenzarían a arder en llamas.
La nave de Dengar avanzó hacia arriba, dirigiéndose hacia un destructor estelar, y casi chocó contra él. Él permaneció sentado, incapaz de hacer otra cosa que observar como pasaba a su lado rumbo a las estrellas lejanas.
Algún oficial imperial alerta debió de haber advertido su situación, porque de pronto sintió que el Castigador Uno se estremecía y frenaba cuando el destructor estelar atrapó su nave con sus rayos tractores.
Dengar se preguntó qué significaría eso; ser capturado por el Imperio. Era un hombre buscado, y sería sentenciado a muerte.
Dengar observaba las estilizadas líneas grises del destructor estelar, tratando de adivinar hacia cuál de las bahías de atraque sería arrastrado, cuando un carguero ligero corelliano cruzó velozmente el horizonte, disparando a los emplazamientos de armas del destructor estelar, esquivando descargas de láser, y con tres cazas TIE pegados a su cola.
-¡Solo! –exclamó Dengar cuando el Halcón Milenario apareció ante su vista. Casi como un acto reflejo, Dengar disparó sus torpedos de protones, pero el control de disparo seguía desactivado.
El Halcón Milenario pasó junto a él, realizando vertiginosos giros, y Dengar corrió a la ventanilla trasera con la esperanza de ver la nave de Solo.
El Halcón y sus atacantes ya eran sólo luces lejanas, desdibujándose entre las estrellas de fondo. Pero el Imperio había modificado los ojos de Dengar. Amplió la imagen, observó cómo el Halcón aceleraba hacia un trío de destructores estelares y se adentraba en las profundidades del espacio tras ellos, hasta que ni siquiera sus ojos pudieron seguir la pista de esos cada vez más diminutos granos de arena.
Entonces el Castigador Uno fue atraído al interior del super destructor imperial donde aterrizó con un suave sonido metálico.
Un instante después, varias decenas de soldados de asalto volaron la puerta de su nave. Dengar tomó un bláster en cada mano y corrió hacia el pasillo de acceso principal, con la esperanza de hacerles pagar su muerte por adelantado, cuando una granada de gas aterrizó a escasos metros por delante de él.
Trató de contener el aliento, pero era demasiado tarde. Dio tres tambaleantes pasos hacia delante, y de pronto sintió como si alguien hiciera que sus pies dejasen de tocar el suelo.
Dengar aterrizó con un golpe seco en el pasillo y quedó tendido en el suelo con aspecto aturdido. Podía ver, escuchar. Únicamente no podía moverse.
En cuestión de escasos minutos, los soldados de asalto le arrastraron a una celda de interrogatorio.


El Imperio no lo mató inmediatamente. Le inyectaron drogas potenciadoras del dolor, colocaron un codificador en su cabeza para reducir su resistencia al interrogatorio. Conocieron su nombre y gran parte de su historia. Fueron capaces de entrar en los registros de su nave, averiguar dónde había viajado. Leyeron sus chips de crédito, descubrieron de dónde provenía su dinero, qué había comprado.
Le interrogaron acerca de su trabajo con los rebeldes, sus motivos para asesinar agentes imperiales. Le sentenciaron a muerte, y le dejaron sentado en su celda durante un día, donde planeó su fuga. Dengar se prometió a sí mismo que no le llevarían fácilmente a la cámara de ejecución. Más de uno de sus captores moriría en el intento.
Y esa noche, mientras Dengar estaba tumbado durmiendo, de pronto fue consciente del sonido de una trabajosa respiración a través de un respirador, un sonido perturbador.
Se volvió en su catre. Ante él se alzaba la figura gigantesca de un hombre con capa negra y un casco negro que le cubría el rostro. Dengar nunca antes le había visto, pero conocía al Señor Oscuro de los Sith por su reputación.
Darth Vader.
La puerta de la celda de Dengar se abrió por sí sola, y Darth Vader permaneció solitario en la entrada, con su respiración áspera. Parecía estar observando a Dengar. Más exactamente, parecía estar absorbiendo a Dengar.
Dengar estudió al Señor Oscuro. Sospechaba que había llegado su verdugo. Era el momento de medidas desesperadas. Con un golpe afortunado, podría incapacitar a Lord Vader. Si era afortunado, y silencioso, podría ser capaz de matar a Vader, y luego escapar.
Darth Vader alzó una mano, y Dengar sintió cómo su garganta se estrechaba, comprimiéndose como si hubiera sido atrapada con unas tenazas.
-No se le ocurra ni pensarlo –dijo Vader.
Dengar alzó las manos en señal de rendición, apoyándose contra el muro de su celda. La presión remitió.
-¡Si ha venido a matarme, acabe con ello! ¡No tengo nada que perder! –exclamó Dengar-. ¡Pero no dejaré que le resulte divertido!
-Yo no soy el Emperador –dijo sombríamente Vader-. Yo no mato por diversión... sólo cuando sirve a mis propósitos.
Dengar sonrió.
-Bueno, entonces tenemos algo en común.
-Parece que tenemos más de una cosa en común... –dijo Vader-. Ambos queremos a Han Solo...
”Por desgracia –continuó-, hay una sentencia de muerte imperial contra usted. Yo no puedo revocar esa sentencia, pero estoy dispuesto a considerar un indulto.
-¿Bajo qué condiciones? –preguntó Dengar.
-Le dejaré vivir para que dé caza a Han Solo. Una vez lo haya encontrado, lo traerá a mí presencia, a él y a sus amigos, vivos. Después de eso, si he quedado complacido, puede que le perdónela vida. Pero si no quedo complacido por su desempeño, le daré tiempo para huir. Entonces comenzará mi cacería.
Darth Vader arrojó un bláster a Dengar, como cuando Dengar le dio uno a Kritkeen. Las palabras de Vader estaban claras. Si Dengar fracasaba en su cacería, Darth Vader pasaría a ser el cazador. El monstruo que había destruido a los caballeros Jedi seguiría el rastro de Dengar. Dengar se pasó la lengua por los labios, pensando que, si Vader le daba caza, Dengar al menos vendería caro su pellejo.
-Solo estaba aquí, ¿lo sabía? –dijo Dengar-. Lo han perdido.
-Aún no lo hemos perdido –repuso Vader-. En este mismo instante, se ha refugiado en un campo de asteroides, y nuestras naves lo están buscando. Usted irá al campo de asteroides y le dará caza. Y si me falla en esto...
Vader cerró el puño como si estrujara algo.
-Sí... señor –dijo Dengar, dudando de si debería usar el tratamiento militar adecuado.
-Sí, milord –corrigió Vader.
Dengar respiró profundamente.
-Sí, milord.
Vader dio un paso al frente, le tomó de los hombros y le miró amenazadoramente a la cara.
-No me falle.
Vader se dio la vuelta, y la puerta de la prisión se abrió. Un teniente permanecía de pie justo al otro lado de la puerta con su impecable uniforme imperial. Vader salió y, mientras la puerta se cerraba, Dengar pudo escucharle hablar con el teniente.
-Este encuentro casual me ha dado una idea. Reuniremos un equipo de cazarrecompensas para ayudarnos en nuestra operación...


-Cazadores de recompensas. ¡No necesitamos esa porquería! –refunfuñó uno de los oficiales de cubierta dirigiéndose a sus compañeros. Dengar permaneció inmóvil en una plataforma mientras Darth Vader caminaba de un lado a otro, inspeccionando a los mercenarios que había reunido, dándoles sus últimas instrucciones.
Los cazarrecompensas eran un grupo variopinto y, a pesar de su escaso número, también eran muy peligrosos. Sin duda el droide asesino IG-88 ponía bastante nervioso a Dengar, pero Lord Vader también había llamado a Boba Fett, quien apenas unos instantes antes se había quejado vehementemente a Vader acerca de los demás cazarrecompensas... lo bastante vehementemente como para que pareciera que la ira de Fett provenía de cierta paranoia subyacente en lugar de cualquier preocupación que pudiera tener por la competencia.
-Los quiero vivos. –Estaba diciendo Vader acerca de Solo-. ¡Nada de desintegraciones!
-Como desee –gruñó Boba Fett.
Hubo movimientos nerviosos en la consola de comunicaciones y el comandante de guardia se dirigió a Vader.
-¡Lord Vader –exclamó -, los tenemos!
El ánimo de Dengar se hundió. Si Han Solo era capturado por los imperiales, entonces Vader renegaría de su oferta de indulgencia. Ejecutaría la sentencia de muerte.
Durante unos breves instantes, varios cazadores de recompensas permanecieron en cubierta, escuchando cómo el capitán Needa gritaba órdenes, jadeante, mientras su destructor estelar perseguía al Halcón Milenario. Boba Fett dio media vuelta y salió corriendo, y Dengar escuchó durante quince segundos antes de darse cuenta de que Boba Fett iba corriendo a su propia nave, con la esperanza de unirse a la persecución.
Para cuando Dengar llegó al Castigador Uno en la bahía de lanzamiento doce, Boba Fett ya estaba comprobando su propia nave, un vehículo de Sistemas Kuat clase Firespray conocido por su velocidad y potencia de fuego. Giraba a su alrededor, como si estuviera mirando si alguien lo había manipulado. Avanzó un paso, y resonó una alarma de advertencia. Dengar vio que Boba Fett realmente estaba paranoico, poniendo alarmas en su propia nave para asegurarse de que nadie se acercaba a ella.
Dengar se apresuró a entrar en su nave, más robusta y mundana, y comprobó rápidamente los sistemas. Los imperiales habían despolarizado los controles, invirtiendo el daño de ionización. Despegó y se dirigió hacia el campo de asteroides. Podía escuchar la cháchara imperial por el sistema de comunicaciones. El destructor estelar ya había perdido a Solo y estaba desplegando cazas para ir en su búsqueda. La última maniobra de Solo había sido lanzarse contra el destructor estelar. Luego había desaparecido de los escáneres.
Dengar supuso que Solo debía de haber vuelto a adentrarse en el campo de asteroides. Tal vez Solo había apagado sus sistemas un instante, para que su propia nave aparentara ser tan sólo otro asteroide más, pero conforme el propio Dengar iba atravesando el campo de asteroides, vio que ni siquiera Solo estaba tan loco como para arriesgarse a efectuar semejante maniobra. Rocas del tamaño de su nave se abalanzaban contra él, y no se trataba de frágiles condritas carbonáceas que sus armas pudieran atravesar... eran rocas de ferro-níquel que podían aplastarlo y hacerle pedazos.
Dengar se vio obligado a mantener sus escudos de impacto a potencia máxima, esquivando los asteroides que podía, y vaporizando los que no podía.
Algunos de los asteroides eran del tamaño de una pequeña luna. Todo ese metal en el espacio invalidaba las comunicaciones e interfería los sensores.
Dengar comenzó a soltar balizas sensoras en las rocas más grandes, con la esperanza de que pudieran retransmitir cualquier señal de movimiento. Afortunadamente, tenía cientos de balizas de esas a bordo. Dejó que sus sensores realizaran un barrido de frecuencia, escuchando la cháchara imperial mientras se preparaban a abandonar el sistema Hoth.
El sudor corría por el rostro de Dengar, y después de tan sólo un par de horas en el cinturón de asteroides, comenzaba a perder los nervios. La flota imperial saltó al hiperespacio y Dengar siguió con su trabajo. Bloqueó todo sonido, todo pensamiento, y simplemente trató de abrirse camino por el campo de asteroides, concentrado en la caza.
Entonces, varios minutos después, tal vez incluso media hora... una de sus balizas cobró vida, informando de movimiento. La nave que despegaba no emitía ninguna señal de transpondedor, y se alejaba renqueante a velocidad subluz.
Dengar registró su trayectoria. Estaba suficientemente fuera del alcance de los sensores de Solo, y quería permanecer así, pero inmediatamente comenzó a salir del campo de asteroides.
Cuando se acercaba al borde del campo, sus sensores remotos detectaron súbitamente algo más, algo extraño. Un meteorito grande, o tal vez una tormenta de iones, parecía seguir la estela de la nave de Solo, justo fuera del alcance de los sensores del Halcón.
Instintivamente, Dengar supo que era otra nave. De pronto recibió una transmisión de banda estrecha, y una imagen de Boba Fett apareció en los monitores de Dengar. El rostro de Boba Fett estaba oculto bajo su maltrecha armadura.
-¡Lamento hacer esto, amigo, pero Solo es mi trofeo! –dijo Boba Fett, y luego se escuchó el chirrido de una transmisión de código binario.
Inmediatamente, Dengar sospechó que se trataba de un código de armado, pero la bomba de su nave estalló antes de que pudiera hacer nada. Procedente de la sala de máquinas, se escuchó un ruido sordo y amortiguado, seguido de un destello de luz. Dengar se agachó cuando las llamas llegaron como una nube por el techo, y luego cobraron vida los extintores automáticos.
Dengar se apartó de un salto de la consola de mando, corrió a la parte posterior de su nave y tomó un extintor manual. Abrió la puerta de la sala de máquinas y descubrió que sus motores subluz se habían convertido en un chamuscado montón de chatarra.
La bomba había sido configurada de modo experto y cuidadoso para causar algunos daños importantes... pero sólo para neutralizar la nave, no para destruirla.
De todos modos, podía tardar días en retirar las partes fundidas, deshacerse de ellas, y colocar repuestos... si es que tenía existencias de las piezas necesarias. Para entonces, Han Solo ya se habría marchado para siempre.
Dengar comenzó a darle vueltas en la cabeza, y su mente quedó paralizada. No sabía por dónde empezar. Después de pensarlo unos instantes, fue a su consola de mando y comprobó la trayectoria de la nave de Han Solo. Había dejado un rastro de partículas de vapor que podría seguirse durante varias horas, o días, si tenía suerte.
Observó la negrura del espacio, donde Boba Fett estaba persiguiendo a Han Solo.
-Adelante, hazme volar en pedazos –murmuró Dengar-. Pero, algún día, descubrirás por qué me llaman Desquite.
Dengar se levantó de su consola y se puso manos a la obra.


Algún tiempo más tarde, la nave de Dengar planeó entre las delicadas nubes de gas tibanna de Bespin, dejando atrás suaves cimas de color rosa y melocotón, hacia el sol poniente.
Ciudad Nube se encontraba justo delante, con sus torres de color óxido brillando pálidamente. Rodeó los casinos de apuestas de la parte superior, y por el comunicador solicitó permiso a las autoridades portuarias para aterrizar en las instalaciones de reparaciones más próximas, y luego envió una información de registro falsa para su nave, no queriendo alertar a nadie de su presencia.
Pudo ver el Halcón Milenario bajo él en una plataforma de aterrizaje. Su corazón se aceleró.
Las autoridades portuarias le condujeron al campo de aterrizaje apropiado y tomó tierra, y luego se deslizó silenciosamente al interior de Ciudad Nube.
Una vez dentro de sus pasillos, el jefe de muelle se acercó a su nave.
-Tengo problemas con mi motor subluz y con mi sistema de comunicaciones. Pagaré cien créditos adicionales si el trabajo está terminado en dos horas.
-Sí, señor –dijo el jefe de muelle, haciendo gestos a su equipo de trabajo para que desplazaran la nave a un atracadero vacío.
Dengar se adentró en los brillantes pasillos de Ciudad Nube y se abrió camino hacia las cámaras de juego superiores, donde se realizaba la mayor parte de los auténticos negocios de la ciudad.
Si Han Solo aún seguía allí, Dengar imaginó que encontraría difícil de ignorar los lujosos comedores y la exaltada atmósfera de los casinos.
El casino principal bullía de actividad con miles de visitantes de cientos de mundos. Oficiales imperiales, contrabandistas, adinerados ejecutivos, celebridades de holovídeo... todos ellos reunidos allí para perseguir sus mutuas pasiones.
Una banda tocaba en el salón principal: gigantescos turans de piel naranja con flautas de nariz, arpas eléctricas y pequeños tambores de percusión tocaban una melodía insistente y excitante que de algún modo logró estimular profundamente a Dengar.
En el escenario había un grupo de bailarines, girando como locos: pequeños hombres y mujeres de piel amarilla, con cintas de tela dorada colgando de sus brazos y piernas. En el centro se encontraba una bella joven de piel azul y cabello azul oscuro. La reconoció: la bailarina aruzana, Manaroo.
Giraba cruzando el escenario, mirando fijamente a los ojos del público; personas de muchas especies, sentadas a sus mesas de comedor o de apuestas. Llevaba en las manos piedras de colores que brillaban con fuerza, como las lunas de Aruza, y hacía malabarismos con ellas arrojándolas en intrincados patrones que atrapaban la mirada.
No había nada de frenético en su baile. Era más bien pacífico, hipnótico, como el fluir de las olas en una playa desierta, o como el movimiento de los pájaros por el cielo. Por un instante pareció no ser una mujer en absoluto, sino una fuerza de la naturaleza. Irresistible, contenida, como un sol haciendo girar planetas a su alrededor bajo su influjo.
Todo el mundo se centraba en ella, y Dengar se encontró a sí mismo sentándose torpemente en una mesa, donde pidió la cena y un agradable vino.
La banda atacó una nueva melodía, y se generó ante ellos un campo repulsoelevador. Dentro del campo, una bomba de aire iba disparando gemas de vidrio, de modo que las gemas se arremolinaban en el aire bajo las luces como una fuente mágica de color violeta, verde y dorado. Dos de los bailarines saltaron al campo, realizando ingrávidas acrobacias en su danza.
Cuando terminó de bailar, Manaroo se acercó a la mesa de Dengar y se sentó a su lado.
-Debería haber sabido que te encontraría en un lugar como este, donde los imperiales no prestan demasiada atención –dijo Dengar.
Manaroo, que acababa de actuar de forma tan perfecta, tenía ahora la cabeza gacha, mirándose las manos entrelazadas sobre su regazo, y podía notarse la tensión en su voz.
-Necesitaba escapar del Imperio –dijo-. Solo que ahora están aquí. Han atrapado a ese hombre que buscabas... Han Solo. Se lo he escuchado decir a uno de los guardias.
Dengar quedó ligeramente sorprendido. A veces le parecía que aquellos que no habían ingerido drogas mnemióticas eran... bueno, estúpidos.
-¿Recordabas el nombre de Solo? ¿Después de todo este tiempo?
-Quería ayudarte a encontrarlo –dijo Manaroo-. Quería devolverte el favor. Yo también lo he estado buscando. –Esto aún sorprendió más a Dengar, al ver cómo un pequeño acto de bondad podía haberle reportado una recompensa tan grande-. Pero no descubrí que estaba aquí hasta después de que lo atraparan. Se lo escuché a un guardia de seguridad. Ahora el Imperio ha prometido entregar a Han Solo a otro cazarrecompensas que lo siguió hasta aquí, un hombre llamado Boba Fett.
-¿Sabes dónde está Boba Fett?
La bailarina negó con la cabeza.
Dengar reflexionó.
-A un hombre como Boba Fett no le gusta abandonar su presa. Querrá poner a Solo a buen recaudo en su nave, y luego se marchará.
Dengar estuvo tentado de acabar con Boba Fett y robarle su presa, pero el hecho era que en los últimos dos días su rabia había remitido. Cierto, Boba Fett había puesto una bomba en la nave de Dengar, pero lo había hecho de tal modo que dejó a Dengar con vida y con probabilidades de llegar a buen puerto. Era un gesto amable, e innecesario.
Así que Dengar quería devolverle el favor. Cierto, quería arrebatarle a Han Solo –ya que, si no fuera por Boba Fett, Dengar lo habría capturado-, pero también quería dejar a Boba Fett en algo parecido a un estado ambulatorio. Conseguir ambos objetivos simultáneamente necesitaría algo de trabajo.
-Entonces, ¿qué vas a hacer? –preguntó Manaroo.
-Si los imperiales aún no han entregado a Han Solo a Boba Fett –reflexionó Dengar-, entonces significa que aún lo están interrogando. Puede que pasen algunos días hasta que hayan acabado con él.
Llegó un camarero, y Dengar dejó que Manaroo pidiera la cena a cuenta suya. Después se recostó en su asiento, observándola detenidamente. Aún parecía nerviosa, arrepentida, como si le hubiera fallado, cuando en realidad le había sorprendido con su persistencia. Aún más, obtener información sensible de un guardia de seguridad seguramente no le habría resultado nada fácil. De pronto consideró la posibilidad de reclutarla como socia.
-¿Te gustó mi baile? –preguntó ella.
-Estuviste muy bien. De hecho, nunca he visto a nadie tan bueno –dijo Dengar-. ¿Cómo aprendiste a bailar así?
-Es fácil –respondió Manaroo-. En Aruza, usamos nuestros enlaces cibernéticos para compartir nuestros sentimientos. Somos tecnoempáticos. Cuando bailo, sé qué complace a mis espectadores, y entonces practico los movimientos que más les gustan.
-Pero no puedes entregarte a ellos por completo –dijo Dengar.
-¿Por qué dices eso?
Dengar luchó con las palabras.
-Porque, cuando bailabas, deseaba que estuvieras bailando sólo para mí. Supongo que todos los hombres deben sentirse así contigo.
Manaroo sonrió y lo miró a los ojos. Sus propios ojos eran tan vivos, tan negros, que él podía ver reflejados en ellos los globos luminosos que flotaban cerca del techo.
-Tienes razón. Siempre bailo para mi público como si todo lo que hiciera fuera para complacerlo, pero, en mi interior, bailo sólo para mí misma.
Manaroo sorprendió a Dengar tomando su fuerte mano, y él se avergonzó. Sus manos eran tan grandes, tan poderosas, que se sentía como si fueran garras, y el fuera algún gigantesco animal alienígena junto a ella.
-Parece que te va bien aquí –dijo Dengar.
-¿Sí? –susurró ella, y una vez más Dengar se sorprendió por lo áspera y ronca que podía resultar su voz-. Pues no es así. Estoy terriblemente sola. Nunca me había sentido tan... vacía.
-¿Cómo puede ser eso? –preguntó Dengar-. Estoy seguro que hay muchos hombres que querrían estar contigo.
-Por supuesto, hay muchos hombres que me desean –dijo Manaroo-, pero pocos están dispuestos a abrirse a mí por completo. Siento como si todos fuéramos extraños, encerrados en nuestras conchas. –Apretó con fuerza y desesperación las manos de Dengar-. En mi mundo, cuando dos personas se aman, comparten más que sus cuerpos. Hacen más que obtener placer el uno del otro. Se unen con el Attanni, compartiendo por completo sus pensamientos y emociones, compartiendo sus recuerdos y su conocimiento. Todos los engaños entre ellos quedan eliminados, y se convierten en una sola persona. En Aruza estaba unida a tres buenos amigos, pero ahora...
Dengar notó como su corazón latía más rápido, porque podía ver el ansia en ella, lo que necesitaba, y sabía que quería obtenerlo de él.
-Me temo que aquí no encontrarás gente que esté dispuesta a unirse así contigo. Nuestros pensamientos y emociones son cosas aterradoras, y por eso los ocultamos, con la esperanza de que los potenciales amantes nunca descubran nuestras debilidades.
-Pero tú no tienes emociones que ocultar. Me dijiste en tu nave que no tenías emociones, que el Imperio te había arrebatado esa capacidad.
Dengar efectivamente recordaba habérselo dicho, una noche mientras cenaban en su camarote. Manaroo se había mostrado curiosa ante la idea, parecía sentir que sería como dormir, un confortable vacío. Pero Dengar no lo veía de ese modo. Para él, era un inconveniente. A veces no sabía si sus palabras o sus acciones molestarían u ofenderían a los demás. De hecho, su vida solitaria no era algo que él hubiera buscado. Vivía solo en su nave porque pocas personas podrían soportar su presencia, su exigente forma de ser. Se lo dijo a ella.
-Siento pocas emociones –dijo Dengar-. Rabia, esperanza, alguna otra. –Ella lo miró con aire interrogante, como si pidiera saber qué otras emociones aún mantenía consigo, pero él soslayó la cuestión encogiéndose de hombros-. Eso es todo lo que el Imperio me dejó. Pero, ¿qué pasa con mis recuerdos? ¿Y con mis actos? Sospecho que los encontrarías... monstruosos.
Ella examinó su rostro durante un largo instante.
-Unirme contigo me haría más parecida a ti. Tal vez sea eso lo que necesite para sobrevivir aquí, en tu mundo.
Dengar pensó en ello, mirando a través de la ventana a las hinchadas nubes de gas tibanna. Unirse con él le enseñaría muchas cosas que nadie debería saber. Le abriría la puerta a todo el dolor y la locura que había vivido desde que el Imperio comenzó a moldearlo en un asesino.
-Preferiría evitarte eso.
Comieron una lujosa cena, charlaron de trivialidades y Manaroo se excusó para marcharse entre bambalinas.
Dengar quedó sentado solo y se puso a pensar. Con Solo capturado, ¿iría Vader tras él? Dengar lo dudaba. El Señor Oscuro de los Sith tenía su propia agenda política, hombres a los que mandar, un Imperio que dirigir. Dengar casi estaba fuera de su atención. Pero Dengar no quería volver a cruzárselo en su camino.
Por los altavoces, Lando Calrissian, el administrador de la ciudad, anunció que tropas imperiales estaban ocupando la estación, y sugería que todo el personal evacuara inmediatamente.
Alrededor de Dengar, los jugadores y los habitantes de Ciudad Nube estallaron en un alboroto. La gente comenzó a correr hacia las salidas.
Dengar terminó su bebida, se levantó, y habló en voz alta para sí mismo.
-Parece que a cualquier sitio que voy últimamente la gente está evacuando.
De una puerta de la entreplanta, sobre él, salieron unos soldados de asalto. Alguien, tal vez un guardia de seguridad de incógnito, o un cliente del casino, extrajo un bláster pesado, y comenzó un tiroteo.
Dengar echó un vistazo al otro lado de la ventana. La nave de Boba Fett se alejaba trazando un arco a través de las nubes, y Dengar supo intuitivamente que el cazarrecompensas no se habría marchado sin su presa.
Maldijo entre dientes, observando la estela de fuego de la nave de Boba Fett. Parecía que eso era siempre lo único que podía ver de Han Solo.
El tiroteo al otro lado de la sala se estaba caldeando bastante, y ahora el aire estaba lleno de humo.
Dengar suspiró y miró su cronómetro. Puede que las autoridades portuarias hubieran tenido tiempo de arreglar su nave, pero lo dudaba. Probablemente los nuevos motores estarían colocados, pero dudaba que estuvieran hechas todas las conexiones electrónicas. Se levantó, estiró los músculos, y decidió ir en busca de Manaroo.
Atravesó una cortina de luces centelleantes y se encontró en un pasillo que conducía a una sala más grande.
En ella, dos soldados de asalto montaban guardia ante media docena de artistas sentados en el suelo, con las manos unidas sobre la cabeza. Manaroo estaba entre ellos.
Dengar se dirigió a uno de los soldados de asalto.
-Disculpe, caballero, pero la bailarina va a venirse conmigo.
Los soldados de asalto volvieron sus blásteres pesados hacia Dengar.
-¡Las manos sobre la cabeza! –exclamó uno de ellos.
Dengar los observó durante medio segundo, luego dio un paso a su izquierda, extrajo su bláster, y los mató a ambos.
-Obligadme –dijo, mientras se desplomaban.
Manaroo estaba sentada en el suelo, boquiabierta de la impresión. Dengar se acercó a ella, la tomó de la mano, y la puso en pie. Los demás artistas se escabulleron sin pensárselo dos veces.
-Salgamos de aquí mientras aún podamos –gruñó Dengar.
-¿A dónde? –tartamudeó ella.
-A Tatooine –dijo Dengar-. Boba Fett llevará a Han Solo a Tatooine.


Afortunadamente, cuando Dengar llegó a los muelles de reparaciones, su nave ya estaba fuera de la bahía de reparaciones y se alzaba brillante en el campo de lanzamiento. El jefe de muelle no se había limitado a reparar la nave, sino que además había limpiado el exterior, rellenando las abolladuras de micrometeoros y aplicando una nueva capa de pintura protectora. Lástima que no hubiera nadie allí para cobrar por las reparaciones.
Por desgracia, media docena de soldados de asalto estaban asentados en la plataforma de despegue junto a un cañón ligero. Dengar y Manaroo estaban ocultos en un hangar de reparaciones, tras un viejo carguero. Los sonidos de las luchas y las explosiones resonaban por toda Ciudad Nube.
Dengar observó a los soldados de asalto, todos posicionados en formación cerrada, y murmuró para sí mismo.
-Para esto están las granadas.
Debía de tratarse de tropas novatas a las que les faltaba entrenamiento básico.
Echó mano al bolsillo de la pierna de su armadura corporal, extrajo una granada, la armó y la lanzó a una distancia de veinte metros, hasta que golpeó contra el casco de un soldado de asalto y estalló.
Ante el sonido de pasos corriendo, Dengar volvió la mirada a un pasillo lateral. Varios soldados de asalto, acompañados por Darth Vader, corrieron hacia un pasillo adyacente.
Instintivamente, Dengar se agachó. Ciertamente no quería atraer atención sobre sí mismo.
Cuando los soldados de asalto hubieron pasado de largo, tomó la mano de Manaroo, corrió hacia su nave y, medio instante después, despegó hacia las nubes.
Había interferidores de señal ocupando todo el espectro, y Dengar no pudo detectar ninguna otra nave en la zona, pero su visor trasero le mostró un trio de cazas TIE descendiendo desde una inmensa nube detrás de él.
Dengar se lanzó al abrigo de una nube cercana, realizó un giro descendiente, y regresó por el camino por el que había llegado. Entonces, con los motores al máximo, salió disparado en una nueva trayectoria, disparando todas sus armas por si acaso alguno de esos cazas imperiales se cruzaba en su camino.
En cuestión de segundos estuvieron fuera de las nubes de gas tibanna, dirigiéndose hacia las estrellas, y cuando el ordenador de navegación trazó el curso, desapareció en el hiperespacio.
Dengar se recostó en su asiento. Era cierto que podía no sentir muchas emociones, que no podía registrarlas con su mente, pero a veces su cuerpo sí las registraba. Ahora sus manos estaban temblando, y su frente estaba cubierta de sudor. Tenía la garganta seca.
Y sin embargo, cuando buscaba en su interior, no podía detectar ninguna sensación de pánico.
Pero Manaroo estaba de pie tras el asiento del piloto, con las manos aferradas al respaldo de la silla y la boca abierta de terror.
-Ahora estamos a salvo –dijo Dengar, tratando de confortarla.
-¿Por qué? ¿Por qué continúas persiguiendo a Han Solo? –preguntó ella-. ¡Ya lo han capturado!
Dengar dudó, tratando de encontrar las palabras adecuadas para contestar. No tenía ninguna esperanza de atrapar a Boba Fett. La nave del cazarrecompensas era demasiado rápida, y lo más probable era que aterrizara directamente en el palacio de Jabba, de modo que no habría ninguna oportunidad de ajustar cuentas con Boba Fett en ningún caso. No, necesitaba algo más.
-Quiero atraparlo de una vez –dijo-. Quiero tocarlo, aunque sólo sea una vez.
”Además, Solo tiene amigos en altas instancias de la rebelión –dijo Dengar, tratando de expresar una irritante sospecha-. Me imagino que irán a liberarlo... si Jabba el Hutt no lo mata antes. Y cuando lo hagan, quiero estar allí, para volver a atraparlo de nuevo.
Dengar se había inventado esa excusa improvisada, pero había un aire de verdad en ella. De algún modo, había descubierto que Han Solo estaba alcanzando proporciones míticas. De igual modo que Dengar parecía condenado para siempre a ser tan solo medio hombre, también había comenzado a sentir que Han Solo sería para siempre su némesis, escurridizo e imposible de atrapar.
Y de algún modo, de algún modo, Dengar sabía que tenía que romper el círculo. Era una vaga esperanza, apenas concebida. Tenía que volver a encontrarse a sí mismo, al igual que tenía que atrapar a Han Solo.