jueves, 4 de julio de 2013

Medidas desesperadas (IV)


Era el cambio de estación en Hargeeva, y las hojas de color óxido se soltaban de las esqueléticas ramas azotadas por el viento aullante. La tormenta se precipitó sobre Ciudad Arginall justo cuando la última luz abandonó el cielo. Makintay se encogía dentro de su mono de trabajo; el callejón en el que se había escondido hacía poco para protegerlo de los fríos vientos. Debe ser ya cerca de medianoche. ¿Pedrin había decidido no visitar a su amante después de todo?
Una explosión de luz brillante iluminó repentinamente el callejón y Makintay entrecerró los ojos por reflejo, dirigiendo la mano a la culata del bláster oculto bajo su largo abrigo. Le siguió el fuerte estruendo de un trueno, y luego un torrencial aguacero de lluvia helada.
-Oh, genial. -Mak se apresuró a cruzar el estrecho callejón hacia el refugio de una escalera de emergencias que sobresalía de la pared y que daba acceso al apartamento de la amante de Pedrin. Hojas embarradas crujieron bajo las botas de Mak y un roedor carroñero se ocultó de nuevo en su agujero. En la unión de la pared y el pavimento había varios tablones rotos que dejaban a la vista puntales del muro y una oscuridad más profunda que debía ser un sótano. Esto estaba lejos de ser una parte prestigiosa de la ciudad. "Apartamento" era una palabra demasiado lujosa para los miserables cuartuchos que rodeaban la salida de la escalera de emergencia, dos pisos más arriba.
En medio de todos los relámpagos, Mak casi no vio las luces del aerodeslizador hasta que se estabilizaron y llenaron la calle exterior. La oscuridad volvió cuando el motor se apagó y se escuchó el siseo de mecanismos hidráulicos cuando se abrió la puerta del pasajero. Mak no necesitaba verificación visual para saber que era Pedrin quien entraba al edificio. Mak consultó su crono; esperaría el tiempo justo para coger a Pedrin con la guardia baja.
Mak se movió para ver la habitación de arriba, pero tuvo que regresar rápidamente a su escondite cuando escuchó ruido de botas acercándose a la entrada del callejón. Hubo un destello de armaduras blancas cuando aparecieron dos soldados de asalto, uno de los cuales se acercaba para comprobar la escalera de la salida de emergencia. Maldiciendo en silencio, Mak soltó su asidero en los tablones rotos de la pared y se dejó caer en la estrecha abertura del sótano junto el nido de roedores. Diminutos colmillos afilados se hundieron en la pantorrilla de Mak y uno de los animales chilló y salió disparado hacia afuera, casi haciendo tropezar al soldado de asalto que estaba mirando para arriba hacia la escalera de la salida de emergencia.
El soldado le dio una patada, y exclamó con desagrado hacia su compañero:
-¡Sólo es un apestoso agujero infestado de bichos! Aquí no hay nadie que pueda ver nada. Venga, vamos. Quiere privacidad; ¡pues que la tenga!
Los soldados se fueron y un rato más tarde, el aerodeslizador despegó y desapareció en el oscuro cielo lluvioso. Makintay esperaba que Pedrin les hubiera dicho que no volvieran por él antes del amanecer. Acurrucado en su escondrijo con olor a humedad, Mak esperó, y luego comenzó a subir con cautela por la escalera de la salida de emergencia.
Estaba sólo a mitad de camino cuando oyó fuertes voces airadas, una de hombre y otra de mujer. Luego se escuchó un fuerte chasquido, un grito, y una mujer que soltaba maldiciones mezcladas con sus sollozos. Últimamente no tienes suficientes rebeldes a los que golpear, ¿no? Mak soltó una maldición, subiendo apresuradamente los escalones restantes.
En la sucia ventana de vidrio panelado, hizo una pausa, y miró al interior. Una débil luz brillaba en una pequeña lámpara de mesilla. Pedrin estaba de espaldas a la ventana, y su capa estaba extendida sobre una silla cercana. Una mujer vestida con un traje de noche estaba sentada acurrucada en el suelo delante de él. Levantó la mirada hacia el Imperial y Mak vio que su rostro estaba magullada y surcado de lágrimas, con los ojos brillando de puro odio.
Pedrin levantó un puño amenazador cuando también él observó esa expresión de desafío.
-No, por favor -rogó la mujer, retrocediendo sobre sus manos y rodillas.
Makintay aprovechó su oportunidad. Forzando la ventana, saltó al interior, sacó su bláster y aturdió a Pedrin justo cuando otro relámpago iluminaba la habitación.
La cabeza de la mujer se volvió para seguir la caída del cuerpo de Pedrin, luego alzó de nuevo la mirada, con los ojos muy abiertos por el horror al ver la figura oscura junto a la ventana. Su boca se abrió y se llevó las manos a la boca para ahogar un grito. Mak enfundó su bláster y levantó una mano suplicante.
-Calma. Vine a por él. No voy a hacerte daño. ¿De acuerdo?
Ella tragó saliva y asintió. Mientras Mak se inclinaba y colocaba esposas en las muñecas de Pedrin, la mujer se puso temblorosamente en pie y se retiró para sentarse en la cama. Temblaba de pies a cabeza, pero no hizo ningún otro sonido, mirando con sus ojos nerviosos las manos de Makintay.
-Maldita sea -murmuró Mak-. Estará inconsciente por lo menos una hora. Se acabó el poder hacerle preguntas.
-¿P-preguntas? -tartamudeó la mujer.
-Sí -dijo Mak, mirándola fugazmente y luego devolviendo su mirada asesina al imperial inconsciente-. Él envenenó a una amiga mía.
La mujer resopló amargamente y levantó una mano para examinar la dolorosa magulladura en su mejilla.
-Parece su estilo.
Mak se volvió hacia ella y vio cómo se apartaba el desordenados pelo hacia atrás sobre sus hombros y lo aseguraba con alguna clase de broche. Su ojo izquierdo estaba ya cerrado por la hinchazón y había verdugones del tamaño de un dedo cruzándole la mejilla.
-¿Estás bien? -le preguntó, acercándose un paso más-. ¿Hay algo que pueda hacer para ayudarte?
-Ya lo has hecho -dijo, y señaló a Pedrin con la cabeza-. Gracias. No se habría detenido hasta que necesitase un médico.
-Dímelo a mí -dijo Mak con amargura-. Yo fui su prisionero.
-Oh. -Había gran cantidad de simpatía en esa pequeña palabra.
Mak le dirigió una retorcida sonrisa.
-A ver, deja que me ocupe de esos moretones. ¿El baño es por ahí?
Mientras Makintay le aplicaba primeros auxilios, Thera Capens contó su historia; Pedrin había amenazado a sus amigos, obligándola a convertirse en su amante. Ella se quedó en silencio y empezó a temblar de nuevo.
-Tranquila. -Mak le puso una manta por encima-. Ya se acabó. Él ya no volverá a hacerte daño.
-¿Vas a matarlo? -preguntó, todavía temblando.
Mak lo miró fijamente. En realidad no había considerado eso. ¿Podría matar a un hombre indefenso a sangre fría, incluso aunque fuera alguien como Pedrin?
-No lo sé -contestó en voz baja-. Quiero decir, van a trasladarlo.
Ella negó con la cabeza e hizo una mueca por encima de sus magulladuras.
-Ahora no, ya no será así. Antes tendrán que investigar todo esto.
Mak exhaló un suspiro y se dejó caer para sentarse en la cama junto a Thera.
Por supuesto. No lo había pensado.
Hubo un largo momento de silencio y Thera preguntó:
-Necesitas que te diga cómo curar a tu amiga, ¿no? -Mak asintió. Ella le palmeó la mano, que aún sostenía el hisopo de algodón que había utilizado para limpiarle la cara-. Tienes un toque suave, rebelde. ¿Cómo planeas hacerle hablar? -Mak se encogió de hombros y ella le dirigió una sonrisa irónica-. Eres nuevo en esto, ¿no es así? En interrogar a gente, quiero decir.
Mak resopló.
-No es algo que te enseñen en Palacio.
El ojo bueno de Thera se abrió de par en par.
-¿Eres uno de los hombres del rey?
-Ahh... bueno... más o menos. Lo fui.
Thera suspiró y miró de nuevo a Pedrin.
-Las amenazas no funcionarán con él. Costará mucho tiempo hacerle hablar, y no tienes tiempo. Sus guardias estarán aquí al amanecer.
-Lo sé -dijo Mak pesadamente-. Estaba esperando tener suerte. Ahora no tengo más remedio, voy a tener que llevarlo a otro lugar para ocuparme de él.
-Tienes que conseguir que salir de aquí primero. No recomiendo la puerta principal, demasiados cotillas y ojos espías. Puedo hacer que un amigo mío traiga un moto-trineo si consigues sacar a ese ser rastrero por la escalera de la salida de emergencia.
-No hay problema, estaba pensando que tendría que cargar con esa alimaña todo el camino de vuelta a mi nave.
-¿Tienes una nave? -Thera lo miró esperanzada-. ¿Puedes llevarme fuera de este mundo? No quiero estar aquí cuando sus matones regresen haciendo preguntas.
Hasta ahora Makintay no se había parado a pensar en lo que podría ocurrirle a la amante de Pedrin después de que el imperial desapareciera de su vida. Desde luego, no podía dejarla para ser interrogada por los imperiales.
-De acuerdo –dijo sombríamente-. Haz las maletas, y consigue ese vehículo. ¿Qué te parecería unirte a la Alianza Rebelde?
A modo de respuesta, Thera le rodeó con sus brazos y lo abrazó con deleite.

***

Cuando el mayor Pedrin Nial finalmente consiguió enfocar de nuevo su visión borrosa, definitivamente no le gustó lo que vio. Al otro lado de una pequeña cabina a bordo de una nave, de pie apoyado insolentemente contra el mamparo, y vistiendo uniforme de la Alianza, estaba el comandante Stevan Makintay.
-¿Has disfrutado de tu bonito sueño? -se burló Makintay, acercándose-. Me temo que no te va a servir de mucho, pero eso es mejor que nada, ¿no es cierto?
Pedrin ignoró la burla. Se dio la vuelta para ver su entorno y de inmediato se arrepintió. Su cabeza parecía a punto de partirse. Vestido sólo con la camisa y los pantalones de su uniforme, húmedos por la lluvia, estaba atado con nudos dolorosamente apretados a una silla ante una pequeña mesa en una cabina por lo demás vacía. La cubierta y los mamparos reverberaban con la inconfundible sensación de los motores hiperespaciales a todo gas.
El pánico momentáneo hizo que el pulso de Pedrin se desbocase. ¡Hiperespacio! Los expertos que le habían implantado la micro-baliza transpondedora en el brazo habían asegurado a Pedrin que podrían seguirla al otro lado de la galaxia, si fuera necesario. Pedrin les había dicho que sería mejor que no llegara a hacer falta o responderían por ello. Les había ordenado capturar a los rebeldes antes de que pudieran salir de Hargeeva. El pánico se convirtió en rabia cuando Pedrin se dio cuenta de que alguien por encima de él había hecho uso de su rango para obligar a su equipo a que permitieran que Makintay dejase Hargeeva con él. Obviamente, el Alto Mando había decidido que no podían confiar en que sus inquisidores consiguieran la información, por lo que habían optado por seguir la nave rebelde todo el camino hasta su base. Era muy fácil para ellos, pero eso dejaba a Pedrin en manos de los rebeldes al menos durante las próximas horas.
Pedrin trató de encontrar suficiente humedad en su boca seca para poder hablar.
-Nunca te saldrás con la tuya, Makintay -comenzó.
El comandante rebelde arqueó una ceja con desdén.
-¿En serio? Haces un uso demasiado libre de esa palabra, “nunca”, mayor. También me dijiste que nunca volvería a ver a Ketrian de nuevo, ¿recuerdas?
-Así que ella nos traicionó, después de todo -se burló Pedrin-. Eso sólo sería sorprendente para mis superiores. Por suerte, se tomaron medidas para asegurarnos de que no fuese de ninguna utilidad para vuestra lamentable Rebelión.
-Y yo no creía que me pudiera gustar golpear a un hombre atado. -Los ojos verdes de Makintay brillaban como el hielo en un banco de nieve-. Sin embargo, tú no eres un hombre, ¡¿verdad, escoria?! -Lanzó un poderoso golpe con el puño derecho que impactó contra el costado de la cabeza de Pedrin-. ¡Dime qué usaste en ella o recibirás una paliza que hará que la que me diste parezca una nadería!
Pedrin aspiró en el interior de su mejilla partida y tragó sangre. Esperaba que esta nave no estuviera lejos de su destino. ¡Esos tontos de Inteligencia pagarían por meterlo en esto!
-Y vosotros, los rebeldes, pretendéis tener esa ética tan pura -se burló-. ¿Lo ves? Recurrís a la tortura con la misma facilidad que nosotros.
Makintay se sonrojó y se alejó, y luego dijo en voz baja:
-Te equivocas. -Se volvió de nuevo hacia su prisionero. Si sus ojos eran helados antes, ahora eran letalmente fríos-. Pero puedes estar seguro de que haré lo que sea necesario para mantener a Ketrian con vida. ¿Crees que puede resistir a mi desesperación, Pedrin? Ya sabes lo mucho que ella significa para mí. ¿Realmente crees que puedes resistir a cualquier cosa que su muerte me lleve a hacer? Y se está muriendo, escoria. Poco a poco, con cada respiración, se debilita. Si ella muere, tú mueres también. Pero te garantizo que tu muerte no llegará en absoluto de forma más rápida o menos dolorosa. Te mantendré con vida mucho tiempo, Pedrin. Mi dolor no tendrá límites.
Mirando para arriba a esos ojos de calavera, Pedrin se estremeció. Tragó saliva y trató de decirse a sí mismo que la ayuda no estaba muy lejos. No funcionó.
-Mira, Makintay -dijo nerviosamente-. No quiero que Ketrian muera. Ella vale mucho para el Imperio, y...
Makintay se inclinó hacia delante, agarró la parte delantera de la camiseta interior de Pedrin, lo atrajo hacia sí y gritó:
-¡Olvida tu maldito Imperio!
-Vale, vale - asintió Pedrin, retorciéndose frenéticamente para liberarse-. Sólo estaba tratando de decir que envenenar a Altronel fue idea suya. Les dije que podía salir mal. Les advertí...
Makintay le soltó y dio un paso atrás, con la expresión más tranquila.
-¿Qué es lo que le dieron?
-Sólo la droga estándar, se puede curar fácilmente con una dosis de Trypanid.
-¡Mentiroso! -rugió Makintay-. Debería matarte, sucio cobarde. -Sacó su bláster y pasó el ajuste de aturdir a matar-. Basta de perder el tiempo. Dímelo ya o disparo. –La boca del arma apuntaba al corazón de Pedrin. Él tragó saliva y palideció-. Y esta vez, asegúrate de acertar.
Pedrin necesitó varios intentos para encontrar su voz.
-Te lo juro, es la verdad –declaró-. El Trypanid la curará...
El dedo de Makintay tembló en el gatillo y el cañón del bláster se balanceó de un lado a otro mientras se esforzaba por recobrar el control.
-Nuestro médico ya ha probado con Trypanid, escoria. Conocemos la fórmula de la droga de seguridad estándar del Imperio desde hace meses. Eso no es lo que usasteis en Ketrian. Tienes una última oportunidad, y luego empiezo a abrir agujeros de ventilación en tu cuerpo.
Los ojos de Pedrin se hincharon y su mandíbula se contorsionaba convulsivamente. No podía apartar la mirada del amenazante cañón de ese bláster.
-¡Te digo  que es la verdad! ¡Tiene que pasarle alguna otra cosa! -Los nudillos de Makintay estaban completamente blancos sobre el gatillo-. ¡Mátame y ella también morirá!
Makintay pronunció una grosera maldición, le dio la espalda, enfundó el bláster y golpeó la apertura de la puerta.
Pedrin pudo vislumbrar rápidamente un corredor exterior brillantemente iluminado antes de que la puerta se cerrase de nuevo. Se hundió contra sus ataduras e intentó ignorar el sudor que caía a raudales sobre sus ojos. El corazón le latía con tanta fuerza que le dolían las costillas. Le había dicho la verdad. ¿Por qué Makintay se negaba a aceptarla? Altronel debía de haber contraído alguna enfermedad extraña. Pedrin deseó fervientemente que la base rebelde no estuviera muy lejos. En el momento en que la nave atracase allí, la Flota del Sector llegaría detrás exigiendo la rendición de los rebeldes. Imaginar lo que haría a Makintay poco después de eso, hizo que Pedrin comenzase a reír mientras esperaba.

miércoles, 3 de julio de 2013

Medidas desesperadas (III)


Con el comandante Farland fuera de la base, no había misiones planeadas para los cazas. Era una hora muy temprana de la mañana y el hangar principal estaba inusualmente tranquilo, lo que era apropiado para el propósito de Makintay. Se dirigió rápidamente hacia el área asignada al Escuadrón Verde. Su ala-X se recortaba contra el sol naciente más allá de la boca abierta del hangar, con su elegante cuerpo de metal reluciente bajo la pálida luz amarilla. Makintay se detuvo repentinamente, dándose cuenta en ese instante del escollo imposible en su impulsivo plan. Maldijo silenciosamente y dio media vuelta, mirando las otras naves agrupadas más allá de los escuadrones de alas-X-
-Tienes un problema allí, ¿no te parece, Mak? -dijo una voz cercana, arrastrando las palabras con aire divertido. Makintay se sobresaltó cuando una figura baja y rechoncha vestida con el monótono uniforme gris de los técnicos salió de debajo del puerto de acceso de un ala-X.
-¡Maldita sea, Merin! -Mak frunció el ceño-. No te acerques tan sigilosamente.
-Sólo un hombre culpable se asusta de ese modo. ¿Qué estás planeando, oh, grande y noble líder? -La jefa de técnicos Merinda Niemeh, una sullustana, era traviesa por naturaleza y sonrió por su propia broma mientras se acercaba. Su ancha boca de labios gruesos parecía dividir su rostro desde una enorme oreja a la otra. Pero el brillo de malicia en sus grandes ojos oscuros se desvaneció al leer la expresión de su viejo amigo-. ¿Esa científica novia tuya no ha mejorado todavía?
Mak se estremeció y apartó la mirada, sacudiendo la cabeza. No quería decir lo mal que estaba.
Merinda se acercó y apretó el brazo de Mak.
-Todo irá bien. Tú y el equipo estaréis de vuelta con el antídoto antes de que te des cuenta. -Merinda había pasado por la enfermería varias veces y Mak le había hablado de su plan de contingencia. Agitó un brazo hacia los alas-X preparados-. He estado dando a vuestro escuadrón un último repaso. Están todos preparados para daros...
-Ellos no irán -dijo Makintay suavemente-. Acabo de darle un puñetazo al Cabeza Hueca de Baran.
Merinda parpadeó, pero se recuperó rápidamente.
-Bien por ti. Con Farland fuera de la base, sabía que ese idiota tendría delirios de grandeza. Llevaba mucho tiempo tratando de cortarte las alas, Mak. Supongo que rechazó la misión, ¿no?
Makintay todavía tenía la mirada perdida en las sombras del hangar.
-No voy a dejar que mate a Ketrian, Merin.
-¡Me encanta cuando la aristocracia se amotina! -resopló Merinda con ironía-. Voy un paso por delante de ti, mi príncipe. Ven por aquí. Tengo una sorpresa para ti.
-¿Eh? -dijo distraídamente Makintay, todavía perdido en sus maquinaciones.
Merinda suspiró y le agarró del brazo, tirando de él hacia delante.
-Al otro lado del hangar. Tengo un pequeño carguero esperándote. El que el Equipo Rojo capturó en Ongella, ¿recuerdas? Necesita una tripulación de dos personas. –Makintay la miró fijamente-. Sí, sé que estaba hecho una ruina -dijo, dedicándole otra sonrisa-, ¡pero ya no! Los chicos y yo hemos estado trabajando en él en nuestro (si me perdonas la expresión) tiempo libre. Está cargado de combustible y listo para funcionar. Incluso tiene número de registro nuevo. -Makintay se había detenido, cómicamente boquiabierto-. Sigue avanzando, Su Realeza. Estamos a punto de desertar.
-¿Estamos? -Makintay parecía aturdido, pero siguió avanzando como se le había dicho.
Merinda sacudió la cabeza con fingida exasperación.
-Es triste ver a nuestro poderoso príncipe reducido a palabras inconexas. Sí, “estamos”. –Ella sabía que él discutiría ferozmente en contra de ponerla en peligro, así que no paraba de hablar-. Te ha costado bastante tiempo darte cuenta de que destacarías como un faro sobre Hargeeva en tu flamante ala-X. ¿Y hasta dónde creías que podrías llegar vagando por una ciudad guarnecida por el Imperio con tu uniforme de oficial rebelde? -Ella chasqueó la lengua con desaprobación, al tiempo que le empujaba hacia el carguero-. ¡Por suerte para ti, tienes una astuta compañera sullustana! Tengo todo lo que necesitas a bordo... incluyendo tu unidad R2. Esperemos que pienses con más claridad después de haber dormido unas cuantas horas de camino a Hargeeva.

***

El Mayor Imperial Nial Pedrin nunca se había destacado por su carácter alegre, pero actualmente sus administradores prácticamente jugaban a sacar la pajita más corta con la esperanza de evitar la obligación de atenderlo. Estaba sentado pensativo en su oficina dentro los altos muros custodiados que rodeaban la refinería y la guarnición de Ciudad Arginall, malhumorado por el último comunicado que había recibido de su alto mando fuera del planeta.
Pedrin siempre había creído su talento se estaba desperdiciando en Hargeeva, un planeta atrasado útil tan sólo por sus exóticos depósitos de minerales y su brillante científica metalúrgica Ketrian Altronel. Pedrin había esperado que su descubrimiento de una nueva aleación resistente al calor también pudiera jugar a su favor. Esperaba además que la captura del comandante de la Alianza Makintay le hubiera proporcionado un ascenso, si hubiera tenido éxito al torturar al rebelde para que revelase la ubicación de la base.
Pero ninguno de los planes de Pedrin había dado sus frutos. Había fracasado al hacer hablar a Makintay y el rebelde había sido enviado, junto con Altronel, a Coruscant. Ahora Pedrin había sido informado de que ambos valiosos activos imperiales se habían perdido por el camino, al haber sido su transporte aparentemente atacado por piratas. En un ataque de puro rencor, el superior de Pedrin había decidido hacerlo responsable. Pedrin debía ser degradado y enviado a un mundo aún más aislado y atrasado que Hargeeva. Se acabaron todos los sueños de Pedrin de regresar a un puesto en su amado mando de AT-AT’s.
Y así se había recluido en su oficina, tratando desesperadamente de descubrir un medio de evitar su ignominioso destino. Y finalmente, justo cuando a parsecs de distancia través de las estrellas Makintay y Merinda dejaban la Base Nido de Águila, Pedrin encontró una solución. Estaba seguro de que los piratas habían sido en realidad rebeldes. Lo que significaba que Altronel probablemente todavía estaba sufriendo los efectos de la droga de seguridad imperial que se había asegurado que recibiera antes de salir de Hargeeva. ¿Qué podrían hacer los rebeldes con una valiosa científica enferma mucho? Enviarían a alguien a registrar los archivos de Pedrin en busca del antídoto.
Sonriendo maliciosamente para sí mismo, Pedrin llamó a su ayudante y le hizo preparar una comunicación con el alto mando. Pedrin conseguiría la ubicación de esa base y ganaría para sí un puesto de combate; esta vez no había fallas en su esquema, no había manera de que el agente rebelde evitase su trampa. Pedrin rió de nuevo, por lo que su ayudante se estremeció. Esperaba que enviasen al comandante Stevan Makintay. Esta vez Pedrin causaría a su prisionero rebelde algo mucho peor que el dolor físico.

***

El mono de técnico que Merinda había preparado para Makintay era más del tamaño de un wookiee que de un humano. Se había enrollado los puños de las mangas, pero las perneras de los pantalones seguían cayendo sobre sus talones y le hacían tropezar. Al tambalearse una vez más, y casi perder el agarre de los controles del trineo repulsor, un hargeevano cercano se apartó a toda prisa del camino, cubriéndose la nariz con la mano. El hombre cruzó al otro lado del estrecho callejón de Ciudad Arginall que cruzaba el sector industrial bordeando el puerto.
-¿Alguna vez se ha lavado este mono? -se quejó Mak mientras revisaba las correas que mantenían su unidad R2 segura y oculta en el trineo, y siguiendo después a su amiga técnica-. Huele como si alguien hubiera muerto dentro.
-Quejas, quejas –murmuró ella, haciendo una pausa para comprobar la esquina que daba entrada a un callejón de sentido único-. ¡Lamento no haber podido encontrar ninguna capa con joyas incrustadas! Te estás mezclando con la plebe, mi príncipe.
-¿Podrías dejar de llamarme así? Tal vez pueda acostumbrarme al olor... tal vez... ¡pero vas a tener algunos problemas para llevarme cuando tropiece y me rompa una pierna! Algo de mi talla habría estado bien.
-No es culpa mía que parezcas tan alto como una montaña desde aquí abajo. Además, necesitas todos esos tropezones. Honestamente, tal y como sueles caminar con la nariz levantada al cielo, cualquiera distingue de inmediato que formas parte de la poderosa alta sociedad.
-Yo no ando con...
-Shh... -lo interrumpió ella cuando se detuvo ante una puerta-. Vamos. Este es el lugar. Mete aquí dentro ese trineo repulsor. Tu pequeño amigo droide va a hacer algo de elegante pirateo.
Hasta aquí todo bien, pensó Makintay, siguiéndola al interior. La población local, por lo general poco acostumbrada a la vista de elevadores de repulsión y no humanos, no se había mostrado demasiado inquieta, asumiendo que las dos figuras con monos eran extranjeros entregando alguna pieza de equipo técnico desde fuera del planeta al centro industrial de Arginall. Y tal era efectivamente la tapadera que él y Merinda habían ideado durante su viaje allí. Mak había hecho todo lo posible para disuadir a su amiga de que lo acompañase en lo que podría ser una misión suicida, pero Merinda había dicho que iría ella sola si fuera necesario.
No tuvieron problemas para pasar los controles de varios supervisores aburrido dentro de la fábrica de comunicadores; Merinda era experta fabricando documentos de identidad y permisos de trabajo falsos. Makintay descargó el androide en una oficina de ventas vacía y vio como las diestras manos de Merinda trabajaban expertamente para comprobar la conexión correcta. A pesar de todas sus protestas, Mak sólo podía sentirse intensamente agradecido y aliviado por que ella estuviera allí para ayudarle con cosas en las que él sólo habría podido probar suerte.
-Vamos, Cerebro de Barril -indicó al droide que rodaba hacia delante, con su acoplamiento informático extendido-. Haz lo que sabes.
Esa fábrica suministraba a la guarnición repuestos y piezas de reemplazo para gran parte de su equipo de alta tecnología. El droide charlaba con pitidos para sí mismo mientras se abría camino a través de un código de seguridad tras otro. Makintay esperaba que tuvieran éxito: si pudieran acceder a los archivos de Pedrin y encontrar la fórmula del veneno aquí y ahora, podrían estar de nuevo fuera del planeta en menos de una hora y Ketrian se salvaría. Makintay temía al pensar en poner en peligro la vida de Merinda más de lo que ya había hecho.
El alegre pitido del pequeño droide se convirtió gradualmente en quejidos que sonaban preocupados. Finalmente se quedó completamente en silencio y retiró su enlace del ordenador.
-¿Y bien? -dijo Makintay con impaciencia desde donde estaba vigilando las oficinas exteriores. Se volvió cuando escuchó a Merinda soltar una grosera maldición.
-No ha habido suerte -dijo ella con cansancio-. Tu pequeño amigo ha atravesado sin problemas todos los códigos de seguridad, pero...
-¿No hay archivo del veneno? -terminó Mak con tristeza.
-Me temo que no, mi príncipe. Sin embargo, hay buenas noticias; tu encantador antiguo amigo, el mayor Nial Pedrin, ha sido degradado. Se lo llevarán del planeta mañana, en el mismo transporte que va a traer a su sustituto. -Consternado por el fracaso en el pirateo, Makintay simplemente se encogió de hombros. Merinda suspiró-. Vamos, tenemos que salir de aquí antes de que alguien empiece a sospechar.
Cuando estuvieron a salvo de nuevo en el exterior, Merinda preguntó:
-Entonces, ¿qué hacemos ahora?
-“Hacemos” no, Merin. -Mak se volvió y le lanzó una mirada de advertencia mientras tomaba aire para discutir-. Ya no, no debería ni siquiera permitirte que me esperaras en la nave.
-Vale, vale -murmuró, pero parecía aliviada de que él no le hubiera dicho que despegara sin él-. ¿Supongo que esto significa que pasas al Plan B? -Él asintió con la cabeza. Ella maldijo-. He estado queriendo decirte algo, su Realeza, pero no quería herir tu delicada sensibilidad.
-¡Ja! -Mak resopló y sonrió con ironía, contento como siempre de la capacidad de su amiga para animarlo justo cuando más lo necesitaba-. ¡Eso nunca te ha detenido antes!
-Es verdad. -Ella sonrió, pero estaba muy seria cuando agregó-: El Plan B es tan descabellado como la ruta de vuelo de un mynock. Nunca funcionará.
Mak le acarició la parte superior de la cabeza; un gesto que él sabía que a ella le gustaba tanto como a él que le llamase por títulos reales.
-Sólo lo odias porque no formas parte de él.
-No -dijo ella en voz baja-, lo odio porque podría hacer que te maten.
Él dio media vuelta y le sostuvo la mirada.
-Podrían matarme cada vez que vuelo en una misión de combate, Merin. -Le guiñó un ojo-. Hey, por lo menos moriría como un hombre feliz. El Plan B tiene unas compensaciones muy buenas.
-Sí, supongo -accedió a regañadientes-. Cuando captures a ese cretino de Pedrin, ¿vas a traerlo de vuelta a la nave?
-Sólo si no puedo conseguir que hable de inmediato.
Los ojos oscuros de Merinda adquirieron un brillo salvaje cuando lo miró de nuevo.
-¡Bueno, entonces, asegúrate de darle un montón de incentivo y añade alguno de mi parte!
-Será un placer -respondió en el mismo tono salvaje.
Continuaron hacia la zona de la bahía de atraque, y se detuvieron en el cruce de una calle principal.
-Te veré más tarde, entonces -dijo Makintay, con los ojos mirando al flujo del tráfico. La mayoría de los vehículos eran coches de superficie pasados de moda. El ejército imperial tenía la mayor parte de los aerodeslizadores disponibles en Ciudad Arginall-. Espero poder encontrar un coche de alquiler, o va a ser una larga caminata.
Merinda le apretó el brazo para que bajase la mirada hacia ella.
-Prométeme que no vas a tratar de entrar en la guarnición, Mak. –Él quiso negar con la cabeza y ella apretó más fuerte-. ¡Por favor! Te arrestarán en el momento en que algún soldado te reconozca como su preso importante fugado número uno.
Mak apartó suavemente los dedos de ella de su muñeca.
-Ten calma, sé que tienes razón. No debería acercarme lo más mínimo a la guarnición. Te dije que Ketrian me dio un montón de información privilegiada sobre los hábitos de Pedrin. Si van a sacarlo fuera de aquí mañana, seguramente querrá decir adiós a su amiguita en la ciudad esta noche. Y... -alzó un dedo para impedir que ella le interrumpiera- Ket dice que Pedrin se avergüenza de admitir que es humano, por lo que nunca lleva un guardia consigo.
-Eso fue antes de que tú y... -empezó a decir ella.
-...Antes de que el equipo de la Alianza y yo causásemos cierta conmoción aquí, sí. Pero Merin, mataron a todo el mundo de ese equipo y acabaron con la célula clandestina con la que contactamos. Pedrin no tiene ninguna razón para creer que vaya a haber más problemas.
-Espero que tengas razón, Mak -dijo Merinda en voz baja-. Te espero de vuelta en la nave mañana por la tarde, entonces. –Él asintió con la cabeza y se volvió para marcharse y ella añadió-: Que la Fuerza te acompañe.

martes, 2 de julio de 2013

Medidas desesperadas (II)


-¿Qué quiere decir con que no? -gritó Makintay con enojada incredulidad. Sin duda, no podía haber oído lo que creía haber oído de boca del oficial de inteligencia del Nido de Águilas, pequeño, con cara de roedor y ojos saltones.
El comandante Biros Baran era completamente humano pero su expresión bizca y llorosa, y el hábito de esconderse detrás de un abarrotado escritorio en su oficina oculta en los túneles hacía que la mayoría del personal de la base pensase en él de otra manera. Por desgracia, su parecido con un roedor terminaba en su aspecto y su actitud; no tenía nada de la aguda inteligencia habitual en las especies de roedores. Makintay se preguntó si el hombre sabía que todo el mundo en Nido de Águilas se refería a él como "Cabeza Hueca" Baran. ¿Y este era el oficial a quien Makintay se había visto forzado a solicitar la aprobación de su propuesta de misión para regresar a Hargeeva? ¡El oficial al mando de la Base Nido de Águila, el coronel Farland, también buen amigo de Makintay, tenía que haber elegido precisamente ese día para estar fuera del planeta! ¡Maldito fuera el mando de sector por haber llamado al hombre justo cuando Makintay más lo necesitaba!
-Ya has oído lo que he dicho, Makintay -dijo Baran, acrecentando el insulto al no levantar la vista del cuaderno de datos en el que estaba introduciendo códigos-. La misión que propones pondría en grave peligro esta base. Casi trajiste a los imperiales hasta nosotros durante tu última visita a Hargeeva. Fue sólo la incompetencia de los interrogadores de tu perdido mundo imperial lo que les impidió romper tus defensas y obtener la ubicación.
Makintay quedó boquiabierto presa de la indignación. Pedrin había sido un interrogador más que competente... tal y como Makintay estaba seguro que Baran sabía después de leer el informe médico que Tarrek proporcionó en el estado de combate de Mak. Mak apretó los puños y tembló de pies a cabeza mientras luchaba contra el impulso de saltar por encima de la mesa y estrangular al pequeño burócrata. Esperaba que el coronel Farland estuviera en ese mismo instante negociando con el mando del sector en lo relativo al reemplazo de Baran. Habían perdido muchos buenos pilotos debido a la lectura inexacta por parte de Baran de los informes entrantes de las sondas de inteligencia.
-Mire... Comandante -dijo Mak lo más cortésmente posible-. Ya he explicado cómo podríamos soslayar los riesgos de seguridad. Yo seré el único que vaya y si las cosas van mal me aseguraré de que nunca me atrapen con vida.
La última experiencia de Mak estando preso, a la espera de ser interrogado por los expertos inquisidores imperiales de Coruscant, le había dado tiempo de sobra para pensar en diversos medios de asegurarse que sería incapaz de hablar.
-Estás perdiendo el tiempo con tus grandiosos planes para hacerte un héroe, Makintay. -Baran recogió otra tarjeta de datos de la pila y la introdujo en su ordenador-. Como he mantenido desde el principio, estás demasiado involucrado emocionalmente. Nunca se te debería haber autorizado a regresar a Hargeeva, para empezar. Ahora Altronel está muriendo a causa de tu torpeza y quieres mejorarlo consiguiendo que te maten. Bueno, no voy a tener...
Cualquier otra cosa que Baran pudiera haber dicho se perdió entre sonidos de asfixia cuando Makintay lo atrapó por el cuello en un letal agarre, levantándolo sobre la mesa.
-¡Miserable insecto llorica! -escupió Makintay, con su rostro a meros centímetros de los horrorizados ojos saltones de Baran-. ¡Si cree que voy a dejar morir a Ketrian sólo para que usted pueda jugar conmigo, piénselo mejor! ¡Que tenga una buena siesta!
Makintay podría haber sacado su bláster y aturdido al hombre, pero eso no era en absoluto tan satisfactorio como la sensación de su puño impactando en la suave carne sobre la prominente nariz de Baran. Los ojos del oficial de inteligencia giraron en sus órbitas y recibió un segundo golpe cuando Makintay lo soltó y la fuerza del puñetazo lo envió contra la pared detrás de su escritorio.
Makintay se apresuró a salir al pasillo subterráneo antes de que los guardias -que también eran más leales a Makintay que a Baran- pudieran venir a investigar el ruido. Estaba seguro de que no se darían ninguna prisa en informar del merecido estado de inconsciencia de su superior. Mak debería tener tiempo más que suficiente para encender su ala-X y despegar hacia Hargeeva. Aguanta, Ket. La ayuda está en camino.

lunes, 1 de julio de 2013

Medidas desesperadas (I)

Medidas desesperadas
Carolyn Golledge

El sonido constante de los monitores de signos vitales sonaba en contrapunto con el silbido rítmico del respirador. Escuchando como lo había hecho casi constantemente durante el último día y medio, el líder de escuadrón Stevan Makintay encontraba que los sonidos eran tan tranquilizadores como irritantes.
Frotando sus ojos doloridos, se volvió y miró de nuevo el rostro pálido de Ketrian Altronel. Despierta, Kel, por favor, le rogó en silencio. Habla conmigo. Por favor, no te mueras.
Una mano fuerte y cálida apretó con simpatía el hombro de Makintay, y él se sobresaltó, se volvió y vio a Tarrek, el médico de la Base Nido de Águilas, inclinado sobre él.
-Realmente deberías ir a dormir un poco, Mak -repitió Tarrek-. Te haré saber inmediatamente si hay algún cambio.
Makintay negó con la cabeza.
-Me quedo -dijo tercamente. Un brote de ira y dolor hizo que los músculos de su mandíbula temblasen y luchó por recuperar el control-. Yo le metí en este lío. Ese perro callejero imperial, Pedrin, nunca la habría envenenado si yo no hubiera...
Tarrek suspiró ruidosamente, interrumpiéndolo.
-Eso no es verdad y tú lo sabes. -Se inclinó sobre la figura inmóvil tumbada en la cama, levantó los párpados de Ketrian y probó la respuesta de dilatación de la pupila-. El Alto Mando Imperial ya se había imaginado el valor de la nueva aleación y sospechaba que ella escaparía para traérnosla aquí. Habrían querido drogarla y enviarla a Coruscant tanto si tú y el equipo aparecíais como si no.
-Bien -espetó Makintay-. Pero ella no estaría aquí tumbada... -Se negó a decir “muriéndose”. Las lágrimas se escaparon de sus ojos y se las limpió con enojo mientras terminaba-... de esta manera. Estaría en Coruscant sana y salva. Habría recibido el tratamiento para la droga de seguridad y estaría disfrutando de su fama recién obtenida. ¡Si tan sólo la hubiera dejado tranquila!
-Nosotros -le corrigió con calma Tarrek mientras se enderezaba de nuevo-. Contactar con ella fue una decisión del Mando de la Alianza.
-Fue idea mía -insistió Mak-. ¿Y bien? -preguntó, inclinándose hacia delante para mirar el cuaderno de datos en el que Tarrek estaba realizando otra anotación-. ¿Ha funcionado mejor que lo último que intentaste? -Se refería a la siempre creciente lista de antídotos que Tarrek había inyectado en Ketrian durante tres días desde su llegada a la enfermería de la Base Nido de Águilas.
Tarrek no podía mirar a los ojos desesperados de Makintay.
-No -admitió con tristeza-. Sigue perdiendo terreno frente al veneno. -Frustrado, enojado por su incapacidad para ayudar, tiró el cuaderno de datos sobre una mesa cercana-. No puedo entenderlo. Parecía estar rechazando tan bien el veneno cuando la tratamos por primera vez...
-He estado pensando en eso -dijo Makintay. Su tono era tan mortalmente frío que Tarrek se volvió y lo miró con ansiedad-. Tú no conoces a Pedrin; yo sí. Poor desgracia. Pero sí sabes lo que me hizo a mí cuando me interrogaron.
Tarrek se estremeció, recordando las evidencias médicas... y lo que había oído cuando había colocado a Makintay en trance hipnótico y trató de ayudar al hombre a superar los efectos psicológicos de su tortura a través de un procedimiento estándar de desprogramación antitraumática de- para ayudar al hombre a través de los.
-Pedrin es un sádico -convino.
-Más que eso. -Makintay apretó la mano inerte de Ketrian, se inclinó y la besó tiernamente en la frente. Su carne parecía tan suave como la cera y estaba perlada de sudor. No vas a morirte, Ket, juró en silencio. No vamos a dejar que ese engendro de pantano imperial gane.
Makintay se puso de pie.
-Pedrin debe haber diseñado un veneno especial. Es lo bastante inteligente. Y lo bastante malvado. Ketrian me dijo que realidad odiaba pensar en que sería ella y no él quien regresase a Coruscant. Apuesto a que en estos momentos está presumiendo ante su alto mando sobre cómo él personalmente se aseguró de que nunca sobreviviría para transmitirnos su nueva tecnología. -El puño de Makintay se cerró sobre la culata de su bláster enfundado y su mirada ardiente se enfrentó a los horrorizados ojos de Tarrek-. Bueno, no va a salirse con la suya. ¡Voy a volver a Hargeeva y juro que le haré hablar! Sólo asegúrate de que Ket sigue respirando hasta que regrese con el antídoto correcto.
-Pero, Mak -protestó Tarrek-, no puedes...
-¿Ah, no? Mírame.
Makintay giró bruscamente para salir de la pequeña habitación y de inmediato se topó con una ayudante del médico que venía sosteniendo una bandeja en sus manos. La dejó caer ruidosamente al suelo. Mak la recogió y pidió disculpas, reconociendo a la ayudante, ligeramente encorvada y de pelo castaño, como una compatriota hargeevana. El padre de Mak, el gran señor, se habría referido despectivamente a ella como una plebeya, una pobre campesina de las empobrecidas calles de los suburbios de la Ciudad Arginall. Mak prefería completamente los términos igualitarios; esa actitud diferente, junto con la insistencia de Mak en proponer matrimonio a la plebeya Ketrian Altronel había hecho que su padre renegara de él y le arrojase en un planeta prisión.
La Asistente Médico Astina Griek parecía sentirse intimidada a fondo por el Gran Señor Makintay. Mantenía los ojos bajos y casi hizo una reverencia mientras se negaba a aceptar la disculpa del joven Makintay.
-Ha sido culpa mía, mi señor.
-No -dijo Mak entre dientes con irritación. Sin duda, la mujer sabía lo mucho que odiaba que le llamasen "mi señor" Era una broma recurrente entre los pilotos de Mak-. No ha sido culpa tuya, Astina. Ya no estamos en Hargeeva más. Llevamos siendo amigos desde que nos unimos a la Alianza. Por favor, olvídate del 'mi señor', ¿de acuerdo? Has estado trabajando muy duro cuidando de Ketrian estos últimos tres días. Debes estar agotada.
Finalmente Griek lo miró, mostrando en sus ojos azules algo menos de intimidación que su voz. Era mucho más baja que él, y su espalda curvada menguaba aún más su estatura. Un legado de sus días en un campo imperial de trabajos forzados. Unos pocos mechones de pelo castaño y largo caían de los moños cuidadosamente peinados en su nuca mientras se echaba ligeramente hacia atrás y le sonreía nerviosamente.
-Es usted tan diferente a su padre y al resto de ellos –dijo-. Siempre se me olvida. Y es usted quien debe estar agotado. Yo al menos he dormido un poco. -Se dio la vuelta y miró a Tarrek-. Entonces, ¿le ha convencido para que se vaya a dormir, doctor?
-No -dijo Tarrek, mirando a Makintay con desaprobación-. Ahora dice que va a volver a Hargeeva para obtener el antídoto.
-¿Qué? -Griek le miró asombrada.
-Descansaré cuando vuelva y vea a Ketrian curada.
Sin que el médico ni su asistente pudieran hacer ningún otro comentario, Makintay salió por la puerta mientras hablaba.