martes, 29 de octubre de 2013

El gran asalto a la nave rebaño (II)


-¡Noone! ¡Inepto e inútil saco de gusanos de grava! –La voz de Guttu resonó en los estrechos confines de su cámara de audiencias.
Gracias a los Hados, está de buen humor, pensó Noone. Abrió los brazos en un exuberante gesto y se acercó al hutt recostado.
-¡Excelentísimo Guttu! –respondió en huttés-. Benefactor benevolente y patriarca pater...
-No te acerques más. –Guttu le detuvo con un gesto ondulante de su hinchada mano. Grande incluso para ser un hutt, cada año que pasaba Guttu parecía menos una criatura racional y más un pegote pastoso de masa sin cocer. A menudo alardeaba de no haberse movido por sí mismo en 150 años.
En ese momento, el hutt estaba chupando el muslo asado de algún desafortunado animal de rebaño. La pieza de un metro de largo brillaba húmeda bajo la tenue iluminación al asomar de su boca cavernosa. Noone echó un vistazo a su alrededor en la cámara de audiencias. El olor rancio seguía siendo el mismo, al igual que los ostentosos tapices y las alfombras apiladas absurdamente. El ave zancuda moteada, que agitaba sus alas y cubría las alfombras con plumas raídas, era un extraño añadido. Inclinando su pequeña cabeza, la criatura examinaba el suelo en busca de migajas o bichos.
Guttu se inclinó hacia delante, mirando intensamente a la inesperada acompañante de Noone.
-¿Quién es tu sombra? –retumbó. Su aero-silla gimió mientras sus repulsores compensaban el cambio en la distribución del peso.
Noone asintió.
-Mis disculpas. Kels, el Gran Guttu. Kels es la última adición a nuestra alegre tropa. Ahora mismo no es más que una aprendiz, pero creo que estaréis de acuerdo en que sus talentos nos hacen más formidables que nunca. Es la mente maestra que urdió el robo de cristales de facetas de fuego en Druckenwell, echó el guante a las cuatro coronas de...
-Os estaréis preguntando por qué os he convocado. –Guttu claramente no estaba interesado en el historial de Kels, que Noone suponía que era ficticio en su mayoría. El ladrón mostró su cara más atenta.
-Hace dos días un humano fue asesinado. Era el contable de un prestamista rodiano llamado Vop el Usurero... un empleado menor de un criminal inferior. No me importa nada ninguno de ellos. –Guttu se aclaró la garganta, con un gorgoteo grave y húmedo-. Pero el crimen fue orquestado por mi repelente rival, Ritinki el bimm.
-¿El bimm? –dijo Kels con incredulidad, aparentemente ajena al apremiante gesto de cállate de Noone-. ¿Estáis diciendo que uno de esos pequeños pacifistas es un jefe criminal?
El estallido de risa de Guttu sonó como un trueno.
-¡Ah, humanos! –rugió-. Tan pestilentemente comunes, y tan culturalmente ignorantes. Hay excepciones para cada regla, querida. Fíjate en mí, por ejemplo –continuó, pronunciando cuidadosamente cada palabra como si estuviera hablando con un niño rebelde-. Los hutts tienen una injusta reputación de hedonistas crueles y egoístas, y glotones inmoderados. Y sin embargo, sólo necesitas echarme un vistazo para darte cuenta de que eso no es cierto. –A continuación, como si lo tuviera escrito en un guion, soltó un sísmico eructo.
-Eh... sí, claro –dijo Kels con vacilación.
Guttu le sonrió radiantemente, y luego volvió su mirada de nuevo hacia Noone.
-Ritinki y Vop planean realizar un amistoso “encuentro de mentes” a bordo de la nave rebaño ithoriana Canción de las Nubes pasado mañana por la noche. He descubierto que Vop planea usar la reunión como oportunidad para obtener en secreto una caja fuerte sellada de los ithorianos. El dinero ya ha cambiado de manos. El contable iba a escabullirse después de la cena y recoger la mercancía.
-Pero ahora está muerto –comentó Noone.
-Precisamente. Ritinki también tuvo noticias del plan. Liquidó solapadamente y de forma abyecta al contable de Vop, e introdujo a su propio duplicado en su lugar. ¡Y Vop, ese estúpido de mirada perdida, no tiene ni idea! –La fofa masa de Guttu se sacudió en una carcajada.
-De modo que el duplicado de Ritinki recoge la caja y se la entrega a su maestro, no a Vop –especuló Noone-. ¿Qué es, un clon?
-Bah. Ni siquiera Jabba podría crear un clon. Lo más probable es que se trate de una alteración quirúrgica, pero Ritinki podría haber optado por un holo-disfraz. No importa, porque no va a funcionar. –Los ojos de Guttu se estrecharon hasta convertirse en ranuras doradas-. Vais a robar la caja antes de que él llegue allí.
Noone tragó saliva. Estaba temiendo que por ahí fueran los tiros.
-No me defraudes, Cecil Noone.  Los vrblthers están hambrientos en esta época, y conozco una banda de ladrones que sería un exquisito menú de cuatro platos.
-Vaya... –murmuró Noone, sintiendo como si se hubiera hundido varios centímetros en la alfombra.
Guttu introdujo el pedazo de carne aceitosa en su inmensa boca, y luego lo volvió a sacar.
-Perdonadme. He olvidado las obligaciones de un anfitrión. Por favor, tomad un poco de roba. –Con sus gruesos dedos, desgajó un pedazo de grasa blanca como la leche y lo sostuvo, como su estuviera ofreciendo a su nashtah de mascota una golosina especial. Noone avanzó unos pasos y aceptó el tembloroso pedazo.
Guttu arrancó otra tira del muslo y la lanzó con aire ausente a la esquina opuesta, donde rodó bajo un tapiz de mal gusto que representaba la Tercera Batalla de Vontor. El ave moteada graznó hambrienta. En un torbellino de plumas, se abalanzó sobre el pedazo.
Noone apretó tentativamente el pedazo de roba con la punta de los dedos. Estaba húmedo y brillaba por la grasa y la saliva del hutt.
-Entonces –dijo-, ¿cuáles son los detalles del encuentro? ¿Y el tiempo de llegada de la nave rebaño? También... –Se cayó al levantar la vista. Guttu le estaba fulminando con la mirada de forma severa. Respirando profundamente, Noone se llevó a la boca el amargo pedazo de cartílago y sonrió con los dientes apretados. Guttu le devolvió la sonrisa.
-Quammo os dará una tableta de datos a la salida. Ahora, si me excusáis, debo comenzar mi almuerzo vespertino. Volveréis dentro de dos días con la caja fuerte.
Noone se volvió para marcharse, pero Kels tenía una pregunta más.
-La caja... ¿qué hay dentro?
-Querida –dijo Guttu con una risotada-, no tengo ni idea. Pero si hace que dos de mis competidores se apuñalen por la espalda de esta manera, lo quiero.

***

Kels apoyó una mano contra la pared para mantener el equilibrio cuando la sobrecargada lanzadera se alzó temblorosa de la plataforma de aterrizaje. Los platos se entrechocaron, y una de los carritos de catering que le llegaban a la altura de la cintura chocó dolorosamente contra sus rodillas. Se alisó su limpio uniforme blanco y lanzó una mirada al otro lado de la cabina de pasajeros a Noone, que estaba sentado en su asiento acolchado con los arneses firmemente abrochados y vestía un impecable uniforme de lino similar al suyo. Él le sonrió tratando de tranquilizarla.
Ella pasó la mirada a la ventana junto a la cabeza de Noone y observó las parpadeantes torres de Nar Shaddaa pasar disparadas ante ella cuando el piloto de la lanzadera comenzó un lento giro ascendente. La lívida superficie de Nal Hutta, el hinchado planeta del que Nar Shaddaa era luna, estaba comenzando a asomar sobre el dentado horizonte de ferrocemento.
Había pasado día y medio desde su encuentro con Guttu. Cuando Kels y Noone habían regresado al Borgove, tanto Dawson como Sonax habían aullado indignados ante la enormidad de la tarea y el poco tiempo que tenían para prepararla.
-¡Dos días! –había dicho furioso Dawson, con sus ojos brillantes examinando las lecturas que iban apareciendo en la tableta de datos de Guttu-. ¿Dos días para subir a bordo de esto –dijo, mostrándoles la tableta, donde podía verse el esquema de una colosal nave rebaño ithoriana con forma de platillo- y robar su preciosa caja? ¿Era consciente esa babosa enfermiza de que van a sellar todo el tráfico aéreo para mantener la reunión en privado? Hasta después de la reunión, no se permitirá atracar en la nave rebaño a ningún comerciante, agente de compras, o botánico. A nadie.
-Tanto Vop como Ritinki saben que sus rivales tratarán de eliminarles durante el encuentro –había comentado Noone-. Probablemente tampoco confíen el uno en el otro, lo que significa que cada uno de ellos va a llevar su propio ejército personal de matones de seguridad. Añade a esto el hecho de que cada uno de ellos planea salir de la nave con esa misteriosa caja fuerte, y podemos esperar que la nave rebaño realmente esté tan firmemente sellada como la cáscara de un huevo. No nos estamos enfrentando a ningunos estúpidos.
Sonax había oscilado a un lado y a otro, uno de sus tics característicos que indicaba nerviosismo o frustración contenida.
-¿Entoncesss cómo entramosss?
Después de seis horas de sugerencias que conducían a callejones sin salida, y que variaban desde lo convencional (hacerse pasar por un equipo de mantenimiento) a lo ridículo (envolverse en redes de camuflaje y esperar que los ithorianos los subieran a bordo como nuevas y extrañas formas de vida para el zoo de la nave rebaño), fue la cena lo que finalmente inspiró un plan viable.
Sonax había captado una llamada subespacial que la Canción de las Nubes había enrutado por el satélite 355-D del sistema de comunicaciones. La comida de la fiesta iba a encargarse a una empresa externa.
No resultaba extraño que no hubiera mucha demanda para empresas de catering en Nar Shaddaa. La mayor parte de los habitantes de la luna eran vagabundos indigentes, contrabandistas incultos, o decadentes señores hutt como Guttu. Estimables Epicúreos estaba a punto de cerrar sus puertas para siempre cuando la transmisión de la Canción de las Nubes llegó por el comunicador. La petición hizo que cundiera el pánico en la empresa de dos meses de antigüedad.
Estimables Epicúreos tenía una plantilla de doce personas; previamente eran dieciocho, pero un hutt que sufrió una indigestión lanzó a seis de sus chefs a una nebulosa cercana. Este trabajo devolvería a la moribunda empresa al bienvenido camino de la solvencia, pero para poder encargarse de un evento tan grande, habían necesitado doblar su plantilla en veinticuatro horas.
Se habían realizado llamadas frenéticas a las cocinas privadas de los más antiguos clanes hutt, disculpándose por la brevedad de los plazos pero solicitando poder contratar a cualquiera con experiencia culinaria para un trabajo temporal. Tres docenas de seres expresaron su interés; sólo siete llegaron a aparecer en Estimables Epicúreos a la mañana siguiente. Se hizo una comprobación rutinaria a los historiales de los recién llegados, se les proporcionó uniformes blancos limpios y se les puso a trabajar preparando los entrantes para la cena de la noche y cargándolos en tres lanzaderas alquiladas. Gracias a un sencillo apaño informático por parte de Sonax, dos de las caras nuevas pertenecían a Noone y Kels.
Los motores de la lanzadera gimieron enfermizamente cuando la torpe nave superaba la atmósfera y se deslizaba bajo la mole, quemada y a la deriva, de una corbeta clase Merodeador. Kels sabía que el espacio alrededor de Nar Shaddaa estaba cubierto de restos gastados como ese. Esperaba que el piloto hubiera tenido el sentido común de desviar algo de energía adicional a los escudos de partículas.
Con un estremecimiento y un sonido quejumbroso de los compensadores de aceleración, la lanzadera se inclinó bruscamente para evitar un emplazamiento turboláser abandonado con forma de rosquilla que giraba lentamente. A través del sucio parabrisas visible justo después del respaldo de la silla del piloto, su destino apareció a la vista.
La Canción de las Nubes era una visión impresionante; un titánico disco de bronce de casi un kilómetro de diámetro. Su borde estaba punteado de bahías de atraque y esclusas, mientras que su núcleo albergaba una elevada cúpula de transpariacero que cubría arboretos y cuidados jardines de agua. Como la mayor parte de las naves rebaño, la Canción viajaba por las rutas hiperespaciales de la galaxia vendiendo mercancía rara e inusual a todo el que quisiera acercarse. Por norma, los ithorianos de cuello de cuchara fomentaban la interacción con otras especies. Que una nave rebaño fuera alquilada para que tuviera lugar una conferencia privada y exclusiva era un hecho sin precedentes.
Su nave se colocó en situación detrás de las otras dos lanzaderas del catering y siguió sus estelas hasta el hangar más cercano. El palpitante rectángulo azul que indicaba el campo de contención atmosférica crecía de tamaño. Conforme el piloto hacía preparativos para el aterrizaje, una voz aguda habló a la altura del codo de Kels.
-¿Y cuánto lleváis trabajando en la cocina de Tagta? –La voz era irritantemente aguda, con un acento de remilgada educación-. Este negocio nuestro es un pañuelo, y no recuerdo haber visto vuestras caras antes.
Kels bajó la mirada hacia quien había hablado, un humano gordito y retaco con un bigote absurdamente puntiagudo. Él y sus dos compañeros, dos humanoides desgarbados y con piel dorada de una especie que Kels no había visto nunca antes, habían llegado esa mañana con la ayuda temporal. No estaba claro si sospechaba algo, o simplemente estaba siendo amistoso. Rápidamente, recordó su tapadera.
-Dudo que nos hayáis visto. Nos trasladaron al Palacio de Invierno de Tagta hace dos semanas. Nuestro año se encuentra actualmente su residencia permanente en Nar Hekka, así que decidimos obtener unos créditos extra.
La lanzadera se posó en el hangar un una sacudida y un golpe seco. Las puertas de carga traseras se abrieron con un siseo.
-Ah. Bueno, más os vale que nunca lo averigüe –dijo el hombrecito con un bufido-. Tengo entendido que Tagta puede ser bastante inflexible.
-Podemos cuidar de nosotros mismos, ¿sabes? –exclamó Kels, desabrochándose los arneses del hombro. No tenía ganas de charlar con un cocinero demasiado curioso.
El hombre soltó aire súbitamente, con ruido, como si le hubieran dado un puñetazo en su amplia panza.
-¡Bueno! –Sus dos compañeros ya estaban empujando carros por la rampa de popa. Se dio la vuelta para seguirles-. Mantente fuera de mi camino, amateur –exclamó con arrogancia por encima del hombro-. Aprendí con el mismísimo gran chef Porcellus.
-Prima donna –murmuró Kels para sí misma, meneando la cabeza con desdén.
Noone le echó una mirada expectante y colocó ambas manos contra un carro de metal etiquetado como RAÍZ CHARBOTA EN PUDIN DE GUMBAH.
-Comienza el espectáculo.
Empujaron el carrito por la bahía de hangar despejada hacia los serpenteantes pasillos que conducían al patio principal. Noone aminoró gradualmente el paso hasta que el grupo que les precedía desapareció en una esquina, y entonces giraron abruptamente a un pasillo lateral y de allí a un nicho de mantenimiento. Kels soltó los cierres de la esquina del carro, abriendo de par en par el panel lateral. En lugar de pudin de gumbah, el carrito contenía un plato mucho menos apetitoso. Un tynnan y una sluissi, horriblemente apretados.
Kels se arrodilló y se inclinó hacia ellos.
-¿Pasando un buen rato? –susurró con una sonrisa.
Dawson gruñó. El hombro de Sonax presionaba su oreja, y su codo se le clavaba en un ojo. El, por su parte, tenía los dos pies encajados en la parte más fina de la cola de ella. Agarraba el saco de detonadores protectoramente contra su pecho.
-Oh, sí –gruñó-. Ayúdanos a salir de aquí, graciosilla.

lunes, 28 de octubre de 2013

El gran asalto a la nave rebaño (I)

El gran asalto a la nave rebaño
Daniel Wallace

Quince segundos. Ese era todo el tiempo que le quedaba a Lyle Lippstroot en su desastrosa vida.
Se había despertado hacía veintiún minutos en su apartamento alquilado, se había desperezado echándose un poco de agua tibia por el rostro, y se había envuelto en una holgada bata froffli. Vop, ese repulsivo tirano rodiano, había transmitido una nueva serie de cifras durante la noche. En sus quince años como contable de Vop, Lippstroot había cubierto las huellas del prestamista, enterrando innumerables tratos ilegales, y consiguiendo que los suspicaces investigadores imperiales se esforzaran en vano persiguiendo sombras. En ese tiempo, había llegado a detestar el modo en el que Vop el Usurero apestaba constantemente a raava barato. Y el depravado cabezapincho nunca, ni una sola vez, le había dado las gracias.
Lippstroot había tomado la tableta de datos que le esperaba, examinó los nuevos números, y estableció un enlace neural en cuestión de segundos. Su ciberinterfaz SoroSuub 221, que rodeaba la parte trasera de su cráneo como si fuera media corona, seguía siendo formidable, incluso tras dos décadas de uso continuo. Un snivviano sin dientes le había dicho una vez a Lippstroot que los implantes cibernéticos a largo plazo convertían a sus portadores en autómatas carentes de sentimientos, pero él se reía amargamente de eso. La banda SoroSuub no había apagado el dolor de un amor perdido, ni enterrado la vergüenza de su vil y mezquina carrera, ni roto su adicción al lesai. La pieza de dos kilogramos que llevaba en la cabeza le permitía mantener un enlace directo con el ordenador principal de Vop y procesar cifras a velocidad cegadora, y, en ese momento, le estaba diciendo que estaba en problemas.
SU banda contenía ahora un programa trampa bartokk. Alguien había pirateado la matriz de transacciones original e insertado un nuevo fragmento de código. Cuando Lippstroot se enlazó con la tableta de datos, el virus se descargó a su banda craneal y se ejecutó.
En cuestión de un milisegundo, identificó la malignidad. En dos, se dio cuenta de que había poca esperanza. El programa trampa bartokk había sido usado por última vez en un par de asesinatos en Turkana, y, como siempre, había resultado ser fatal. El virus crearía una espiral de sobrecarga en su banda de interfaz y borraría por completo sus rutas neurales en quince segundos. La única solución posible era arrancar el sistema de su cráneo, a mano.
Catorce segundos.
Levantó las manos y alcanzó los cierres externos. Su dedo índice izquierdo soltó la pestaña de duracero, mostrando un pequeño cuadro con dieciséis puntos en relieve.
Once segundos.
Tecleó un simple código de cuatro dígitos en los puntos y fue respondido por un zumbido grave y gutural. ¡Maldita sea! ¡¿Cómo he podido equivocarme en esa secuencia?!
Nueve segundos.
Volvió a introducir el código, escuchó un bienvenido tono agudo, y esperó hasta que los tres ligeros chasquidos indicaron la liberación dermal.
Cinco segundos.
Pulsó el control de retirada, escuchando un sonido húmedo cuando las más profundas de las conexiones neurales se retiraban de su cerebelo y se recogían en su bastidor metálico.
Un segundo.
Con un siseo de presión al igualarse, deslizó la SoroSuub 221 ligeramente hacia delante, preparándose para levantar el dispositivo de su cabeza y arrojarlo a la sucia alfombra...
Lyle Lippstroot cayó hacia delante, chocando contra la mesita baja y enviando tres discos sellados de lesai volando por el fétido aire. Lanzó un breve grito, y quedó en silencio.
Muerto.

***

-¡A cubierto! ¡A cubierto-a cubierto-a cubierto!
Kels retiró los macrobinoculares de su rostro cubierto de sudor y entrecerró los ojos para mirar a través de la desierta zona árida al achaparrado experto en explosivos tynnan. Acababa de levantarse de la mina que estaba colocando y corría a su posición tan rápido como sus breves patas le permitían. Tenía una mirada de desesperación, con los ojos muy abiertos en su rostro con grandes incisivos.
-¡A cubierto!
La chica humana retrocedió corriendo los cuatro pasos que la separaban de la trinchera que acababan de excavar y se lanzó de cabeza. Un instante después, el tynnan saltó a su lado, aplastándole con la rodilla los dedos de la mano expuesta, y tapándose los oídos con sus dos garras palmeadas.
Una explosión ensordecedora sacudió el desierto. Una ardiente onda de choque pasó sobre sus cabezas, seguida de una furiosa lluvia de polvo y arena ennegrecida por el fuego. El tynnan dejó escapar un lento y casi inaudible silbido entre sus prominentes incisivos, sacudiéndose el polvo de su brillante pelaje marrón.
-Ha estado cerca, ¿verdad? –dijo guiñando un ojo a Kels.
Kels le fulminó con la mirada.
-Dawson, por lo que más quieras, creía que eras un experto. ¿Por qué ha estallado antes de tiempo?
El tynnan ignoró el insulto y se ajustó el aumentador ocular que ayudaba a compensar la escasa visión inherente a su especie.
-Vayamos a echar un vistazo, ¿quieres? –Saltó sobre la pared de la trinchera y comenzó a avanzar hacia el cráter recién creado por la explosión.
Kels suspiró. Hacía tres meses que había aceptado convertirse en aprendiz de esta variopinta banda de ladrones: un humano, una sluissi, y este atolondrado tynnan. Era de lejos la más joven del grupo, pero cada vez estaba más segura de que esos autoproclamados “ladrones maestros” estaban aprendiendo más de ella que ella de ellos. Su último intento de hurto mayor había acabado en un peliagudo tiroteo con una patrullera de los Rangers del Sector, dejándolos varados en las tierras yermas de Kamar hasta que pudieron hacer reparaciones en su nave, un viajo carguero pesado que parecía un bantha preñado. Para aprovechar el tiempo en tierra, Dawson había insistido en conducirla al lecho de un lago seco para probar un ecléctico muestrario de explosivos de seguridad.
En el bolsillo del pecho de su mono, su comunicador vibró. Lo tomó, se lo llevó brevemente al oído, y luego gritó a través de la arena a su peludo compañero.
-¡Mueve esa cola, Dawson! Noone quiere que volvamos a la nave.

***

Cecil Noone salió deslizándose en su trineo repulsor de debajo de su nave cuando Kels y Dawson se acercaron a ella. La oscura piel de su rostro estaba manchada de sudor y grasa de motor. Alzó su mano derecha cubierta de grasa y el soldador láser que sostenía en ella, en un saludo casual.
-¿Cómo va el Borgove, jefe? –preguntó Dawson, mirando los componentes de hipermotor dispersos en el suelo del desierto alrededor del carguero sucio de carbonita.
-No tan mal como aparenta. Una vez le vuelva a poner las tripas, estaremos listos para salir de este horno. –Noone se limpió la frente chorreante con el dorso de su manga, la única parte que no estaba pringosa de lubricante-. Y a tiempo, además. Subid a bordo. Sonax os informará.
Kels entró la primera, subiendo por la rampa extendida a la bienvenida sombra de la tripa del Borgove. Deslizó la bolsa de detonadores de su hombro y la dejó caer sobre su catre con un repiqueteo, haciendo que el sluissi inclinado sobre la terminal de datos principal soltase un siseo de fastidio.
-¡Cuidado! –exclamó la delgada alienígena, posándose sobre su gruesa cola musculosa. Los sluissi tenían dos brazos, pero sus cuerpos terminaban en un único y estrecho apéndice con forma de cola de serpiente-. ¡Esssasss cosssasss ssson explosssivasss!
-No, sin espoletas no –replicó Kels-. ¿Verdad, Dawson?
El tynnan arrugó los bigotes de su hocico.
-Tiene razón, Sonax. Pero da igual, Kels, no los tires así. Son piezas de ingeniería sensibles, y si las agitas demasiado pueden fallar o no estallar en absoluto. –Se aclaró la garganta-. Como has podido ver hace sólo treinta minutos.
Kels puso los ojos en blanco.
-Lo que tú digas. Bueno, Sonax, ¿qué pasa?
La reptil gris se deslizó hacia delante y se irguió en una posición sentada. La mayoría de los sluissi que Kels había encontrado en su vida eran metódicos y tranquilos, pero Sonax era distante, susceptible y fácilmente irritable. Kels tenía dificultades para llevarse bien con ella.
-Guttu el hutt –explicó Sonax en su sibilante básico-. Ha transssmitido con nuessstra clave privada esssta mañana. Dice tener un trabajo para nosssotrosss.
La boca de Kels dibujo una fina sonrisa. Una de las cosas que había aprendido entre esos ladrones, aparte de que no eran ni de lejos tan competentes como pretendían ser, era que estaban terriblemente endeudados con Guttu. Aunque el hutt sólo era un jefe criminal de nivel medio en Nar Shaddaa, cuando él silbaba una melodía, este grupo bailaba al son.
-El contable de un pressstamisssta ha sssido asssesssinado –continuó Sonax-. Losss asssesssinosss colocaron un programa trampa en sssu interfaz craneal. –Inconscientemente, alzó una mano para tocar la banda de metal que corría bajo su cresta sagital. La BioTech AJ^6 le permitía trabajar como la experta en ordenadores y pirata informática del grupo, pero Kels sospechó que las noticias del asesinato le habían golpeado demasiado cerca.
-El golpe... ¿lo hizo Guttu? –preguntó Kels.
-Lo dudo. No esss sssu essstilo.
-¿Y qué tiene que ver con nosotros? ¿Cuál es este trabajo?
-No lo sssé. Guttu dijo que nosss dará losss detallesss cuando lleguemosss a Nar Shaddaa.
-¿Y entonces cuándo partimos? –intervino Dawson.
-Ahora misssmo.

***

Noone permanecía de pie en la entrada de lijoso ático privado de Guttu el hutt, tirándose del dobladillo de una chaqueta que le quedaba pequeña. Los pináculos de permacemento más elevados de la ciudad vertical de Nar Shaddaa se alzaban en el rarificado aire de la atmósfera superior. Noone soltó el aliento en una nube de helado vaho.
El Borgove había llegado al sistema una hora antes, justo a tiempo para llegar a la cita de Guttu. Como líder de su pequeña liga de ladrones, era su deber informar a su empleador hutt y aceptar cualquier misión que la babosa hubiera pergeñado para ellos aquella vez. Con suerte, pagaría lo suficiente para dejar de estar en números rojos con Guttu y obtener un pequeño extra para preocupaciones cotidianas como comida o combustible. Siendo realistas, sabía que tendrían suerte si los cuatro escapaban al arresto y engañaban a la muerte una vez más. Algún día, posiblemente bastante pronto, la Dama del Destino les repartiría la carta de la Muerte. Y, con su reciente racha de suerte, probablemente la sacaría del fondo de la baraja.
Volvió a tocar el timbre de la entrada y se echó la capa de brilloseda negra sobre los hombros. A su lado, Kels sorbió ligeramente por la nariz. Noone la miró y alzó desafiante una ceja.
-¿Siempre te pones tus mejores galas cuando vas a visitar a un hutt? –La ligera mueca se había convertido en una amplia sonrisa.
-Guttu prácticamente nos posee –respondió Noone-. Algún día te contaré toda la historia, pero digamos simplemente que una buena impresión no vendrá mal.
La sonrisa se desvaneció, reemplazada por una expresión de diversión indiferente.
-Tal vez. Pero ese estilo pasó de moda hace diez años, cuando yo era una niña. Incluso en el Borde Exterior.
Noone reprimió un gruñido de fastidio. La chica era buena, muy buena. Era una excelente carterista, una brillante timadora, se defendía bien en una pelea, y tenía el potencial para ser una jugadora de cartas mejor que él. Ciertamente necesitaban sus habilidades. Pero no era una buena jugadora de equipo. Aún no.
Con un pesado gruñido, la doble puerta con filigranas doradas se abrieron lentamente hacia dentro. Al otro lado, casi tapando el tenuemente iluminado pasillo con su mole, un sludir de seis patas pisó con fuerza con su pata trasera derecha e hizo un gesto con una zumbante pica de fuerza.
-Mi amo os recibirá ahora.

Granujas

Granujas


Me llamo Kels Turkhorn, y soy una ladrona profesional. Tengo entendido que estabas buscando alguien con quien asociarte.
Eh, no me avergüenzo de lo que hago para ganarme la vida. Al menos reconozco honestamente que soy una ladrona, no como esos impes que disfrazan sus robos y extorsiones bajo el nombre de tarifas y tasas. Oh, y luego están esos rebeldes que roban de todo, desde créditos hasta naves, en nombre de la libertad. Y ninguno de los dos bandos se preocupa de su sus objetivos pueden permitirse reemplazar lo que les están robando. Por principio, yo sólo robo a aquellos tipos que tienen demasiados créditos.
Hace unos meses, conocí a un ladrón llamado Cavv. Me resumió muy bien nuestra profesión: “Kels, si le robas el hombre a una chica, te sacará los ojos con las uñas. Si le birlas el monedero a un hombre, acabarás en el bloque de detención local. Sin embargo, si robas algo realmente grande, serás un héroe popular y te pondrán una medalla. Es una extraña línea de trabajo, la nuestra.”
Todos los profesionales buscamos ese “gran golpe”. No somos deshonestos, vagos y estúpidos como muchos te habrán hecho creer... al menos no aquellos de entre nosotros que somos buenos ladrones.
La banda con la que estoy actualmente está planeando su primer gran golpe. ¿Tal vez quieras unirte a nosotros? Mira, vayamos allá, y te presentaré al jefe. ¿Has oído hablar de Tasariq? ¿No? Bien, pues allí puede hacerse una fortuna. Tenemos un plan a prueba de fallos. Todo lo que necesitamos es un pequeño capital para empezar...

***

¡Bueno, creo que lo mejor será que nos separemos ahora! Los impes se han quedado con mi cara, y sería más un estorbo que una ayuda para ti. Supongo que no debería haber insistido en arreglarle el rostro a ese teniente tan bocazas.
Estoy segura de que la oferta sigue en pie. Noone es un buen tipo, y es el ladrón más digno de confianza que puedas encontrar. Nunca dejaría a un socio en la estacada.
Si llegas a Tasariq, búscanos en algún lugar cerca de la Plaza Paraíso. Si llegas allí antes que nosotros, puedes comenzar la vigilancia de Velerinden. O tal vez puedas hacer fortuna extrayendo cristales tasar. ¡Ja!
Ups. Ahí vienen los soldados de asalto. Subiré al tejado y me aseguraré de que vuelvan a verme. Eso debería atraer su atención y alejarlos de ti. Y no te preocupes. En otras ocasiones he esquivado a los polis del Sector Corporativo en sus propias pocilgas, así que las tropas de asalto apenas son un desafío para mí.
¡Buena suerte! ¡Y espero verte en Tasariq!

viernes, 25 de octubre de 2013

Risas al caer la noche (y IV)

Mirando la acumulación de polvo y piel muerta bajo sus uñas, Ross usó el borde de su cuchillo para limpiarse la suciedad. Se recostó contra el respaldo acolchado de la silla de control, soplando los fragmentos de suciedad conforme iban saliendo. Plegando de nuevo la navaja, la guardó en su bolsillo y suspiró, frotándose la frente para liberar la tensión. Sobre él, en algún lugar en el perímetro de la base rebelde oculta, sonó una explosión. Una sombra apareció en la puerta, y el contrabandista se incorporó en su asiento, mirando en esa dirección.

-¿Qué te ha hecho tardar tanto?

-Tuve que esquivar a los centinelas. –El rostro de Trep estaba ensombrecido por la decepción-. Todo lo que tenían era este t’ssolok. –Extrajo la botella tallada de su abrigo, agitando en su interior el viscoso líquido azul hasta que tiñó todas las paredes de cristal del recipiente-. El cocinero dice que lo bueno está bajo llave en los aposentos de los oficiales. ¿Te esperabas eso? –Se sentó a horcajadas en otra silla de control, frente a Ross-. Uno no puede conseguir un buen trago hoy en día. No importa en qué ejército sea. –Olisqueó con desdén el fuerte aroma del t’ssolok-. ¿Realmente vas a beber esto?

Ross le arrebató la botella.

-¿Tienes algo mejor que hacer?

-Sí, pero está al menos a 50 años luz de este sitio. –Una explosión distante envió una onda de choque por la desierta sala de la estación-. Y es mucho más silencioso. –Observó cómo Ross tomaba un trago de la botella, y luego se atrevió valientemente a tomar otro él mismo-. Eh, no está mal. –De pronto comenzaron a formarse lágrimas en sus ojos e hizo una mueca en respuesta al cáustico sabor que le quemaba los labios y la lengua. Trep jadeó cuando el licor inflamó su garganta, lanzando vapores especiados por sus fosas nasales.

-No es el sabor de lo que tienes que preocuparte –dijo Ross con una sonrisa, tomando la botella de las temblorosas manos de Trep-. Es el regusto el que pega.

Otra explosión sacudió la sala de control, haciendo oscilas las vigas del techo. Las luces parpadearon.

-Guau –dijo Trep con voz ronca, masajeándose la garganta-. Esa ha estado cerca.

-No parece les esté yendo demasiado bien a los amigos rebeldes de Saahir. –Ross echó la cabeza hacia atrás para tomar otro trago, cerrando los ojos cuando el intenso sabor asaltó sus sentidos.

-Así es. –Saahir estaba de pie en la puerta, las gráciles curvas de su esbelto cuerpo eran una oscura silueta contra las brillantes luces del pasillo.

-Tal vez necesiten un poco de apoyo moral –dijo Ross-. ¿Por qué les tarareas unos cuantos compases patrióticos por el comunicador? Eso les calentará el ánimo. –Soltó una suave risa y miró a Trep para que le acompañara e su frío sentido del humor, pero el contrabandista no quiso tener nada que ver con ello.

-¿Qué hay de nuestro pequeño cargamento de municiones? –preguntó Trep con seriedad-. Sin duda igualó un poco las tornas.

-¿De qué sirven 500 rifles si sólo hay 100 hombres para utilizarlos?

-Ya se ha hecho otras veces. ¿Dónde está Marbra?

-Ahí fuera. Con sus hombres –susurró ella, con lágrimas en la voz-. Ahora voy a unirme a él. Me he detenido con la esperanza de que vinierais conmigo.

-No cuentes conmigo –dijo Ross con desdén-. No voy a ninguna parte por nadie. –Puso las piernas sobre la consola, apoyando la nuca en sus manos-. Ya he hecho más de lo que me correspondía.

-Eso es lo que me imaginé que dirías. –Saahir entró más en la sala, cruzando las manos a la espalda mientras se colocaba junto a Ross, bajando la vista para mirarle-. Hay un viejo dicho twi’lek: Es más fácil perdonar a un enemigo que perdonar a un amigo que te traiciona. Te he hecho daño, Ross. Lo sé, y creo que lo lamentaré por el resto de mi vida. –Se volvió, alejándose de él, con un brillo de lágrimas en las mejillas. En la puerta, la twi’lek se detuvo, volviendo la mirada hacia él-. Sólo espero que un día, recuerdes todas las cosas buenas que ocurrieron entre nosotros y encuentres la fuerza en tu corazón para perdonarme.

Trep tomó aire profundamente, mirándola mientras permanecía quieta en la puerta.

-¿Ross?

-Cállate, Winterrs. No voy a picar. –Ross tomó otro trago del t’ssolok, furioso por la debilidad que Saahir siempre conseguía hacer salir a flote. Sintió el afilado aguijón del licor barriendo todo los remordimientos que pudiera tener por rechazarla.

-Cielos despejados, Ross –dijo Saahir en voz baja, y se alejó por el pasillo.

Trep observó cómo la Twi’lek iba desapareciendo de su vista.

-¿Ross?

-¡He dicho que te calles, Trep!

Una violenta explosión y sacudidas secundarias golpearon de pronto con suficiente fuerza para arrojar a ambos hombres fuera de sus asientos. Rodando bajo la consola, observaron horrorizados cómo los refuerzos del techo se doblaban bajo la explosión, permitiendo que los muros interiores se agrietaran y cayeran por las sacudidas. Partículas de polvo y escombros evaporados por el calor de la explosión atravesaron la puerta y entraron en la sala de control. Al contrario que las explosiones anteriores, esta iba acompañada por fuego bláster que resonaba en el pasillo.

Ese familiar y asfixiante nudo regresó a la garganta de Ross.

-¡Saahir! –gritó.

Quitándose los escombros de encima, avanzó tropezando sobre las ruinas de la sala, mientras escuchaba a Trep caminando tras él. En la puerta, las voces creaban un somero pozo de ecos e interferencias, entremezcladas con la estática de las órdenes gritadas por los comunicadores. Un trio de soldados rebeldes cruzó corriendo la puerta, disparando al azar hacia el pasillo oscuro, donde se estaban formando crecientes nubes de polvo blanco. Uno de ellos recibió el impacto de los disparos que surgieron como respuesta, y se derrumbó en el suelo de la guarnición en ruinas. Las inconfundibles siluetas de los soldados de asalto comenzaron a hacerse visibles en la niebla.

Ross extrajo su bláster y saltó al pasillo, disparando aleatoriamente a los soldados de asalto que se acercaban a su posición.

-¡Saahir! –gritó, de pie junto a su cuerpo retorcido-. ¡Trep!

-¡Estoy contigo, socio! –Enrollándose la correa del rifle bláster imperial en el antebrazo, Trep disparó a la hilera de soldados de asalto. Sus primeros disparos causaron una impresión permanente en el equipo de avance de los soldados imperiales. Al ver a Saahir en el suelo junto a Ross, hizo un gesto a los cansados luchadores por la libertad, que se habían detenido para reagruparse tras ellos-. Sácala de aquí, Ross. ¡Te cubrimos las espaldas!

Tomando el ligero peso de Saahir en sus brazos, Ross se quedó espantado ante la gravedad de las heridas causadas por la metralla de la explosión. La acunó contra su pecho y corrió por el pasillo más allá de la sala de control, escuchando cómo Trep gritaba órdenes a los dos rebeldes supervivientes.

-Tú y tú, ¿queréis vivir? ¡Venid conmigo y haced exactamente lo mismo que yo!

Mientras el sonido de los disparos bláster estallaba tras él, salpicado por salvajes exabruptos de su socio, Ross continuó su desesperada huida al final del pasillo. La explosión había arrancado las puertas presurizadas del canal interior, dejando un portal oscuro al frío aire nocturno. Mientras se abría paso entre las puertas de metal retorcido, escuchó el chasquido de blásters apuntando a su espalda y se dio la vuelta, cegado por una batería de luces brillantes.

-¡No disparéis! ¡Es Lady Saahir y su amigo contrabandista!

Protegiéndose los ojos del resplandor, Ross obedeció al tirón que sintió en la manga cuando un líder de escuadrón de cabello canoso le condujo apresuradamente lejos de la puerta.

-Mi socio está de camino con dos de vuestros hombres –dijo Ross.

Los dos rebeldes aparecieron en la puerta, deslizándose a través de las ruinas. Uno de ellos se tumbó sobre su estómago, disparando fuego de cobertura por el pasillo mientras Trep les seguía de cerca.

-Eso es, muchachos. De izquierda a derecha, y luego cambiad el patrón. ¡No sabrán lo que les ha golpeado!

El sargento activó una tenue fuente de luz dentro del refugio médico abandonado y rápidamente despejó una mesa para que Ross pudiera colocar cómodamente a la twi’lek herida.

-Nuestros refuerzos se están retirando, hijo. No tenemos mucho tiempo. Puedes quedarte aquí con ella; pero necesitaremos todas las manos que podamos encontrar para retenerlos hasta que lleguen los equipos de evacuación.

-¡Si no me quedo, ella morirá! –gritó Ross. Mirando el rostro ensangrentado de Saahir, le agarró las manos con más fuerza, como si sujetara su frágil vida entre sus dedos-. ¿Dónde está el médico?

-Muerto.

-¿Muerto? ¿No hay nadie...?

-La única opción de ayuda médica murió con él. –Los rasgos del sargento se suavizaron-. No puedo prometerte nada, hijo. Pero puede que haya una fragata médica en órbita al otro lado del planeta. –Señaló los cielos nocturnos sobre su cabeza. Un escuadrón de alas-X pasó disparado, disparando sobre objetivos al otro lado de la destrozada base-. Estos cazas acaban de llegar desde allí. Los imperiales nos tienen dominados y estamos evacuando toda la base, pero los refuerzos no llegarán a nosotros hasta dentro de una hora, tal vez dos. Si tienes una nave...

-¡Trep! –bramó Ross.

-¡Estoy en ello! –Desapareció en la oscuridad del exterior del refugio.

-¿A dónde...?

-Ha ido a por mi nave –dijo Ross-. Está oculta en una cueva no lejos de aquí.

El sargento asintió, indicando a los soldados que salieran de la tienda.

-Los retendremos tanto tiempo como podamos, hijo. Quédate ahora con ella. Veré si alguno de mis hombres puede localizar esa fragata. –El rebelde se marchó, dejándole en la oscuridad a solas con Saahir.

-¿Ross?

Apenas era un suspiro, pero lo escuchó. Sosteniendo con fuerza los temblorosos dedos de la twi’lek, Ross se inclinó sobre ella.

-Estoy aquí. Estoy aquí –fue todo lo que fue capaz de decir.

-Hace mucho frío.

Ross se quitó la chaqueta y rápidamente la cubrió con ella. Registró el refugio en busca de una manta, y tomó una de una mesa cercana. La tela ensangrentada se agitó en el aire, y el rígido cadáver del comandante Marbra quedó al descubierto. Horrorizado, el contrabandista volvió a arrojar la manta sobre el cuerpo, ocultándolo de la vista de Saahir, y luego volvió rápidamente a su lado.

-¿Mejor? –preguntó, subiéndole el cuello de la chaqueta hasta debajo de la barbilla. Usó un paño húmedo para limpiarle los restos y la piel quemada de alrededor de los ojos.

-No puedo ver nada.

-Quemaduras por destello, eso es todo. Estarás bien en uno o dos días. –Se mordió los labios para reprimir la ráfaga de emoción.

-Tengo miedo. –Se estremeció de pronto cuando el fuego bláster más allá de ellos se intensificó, puntuado por los gritos moribundos de alguien atrapado en el tiroteo-. Está tan oscuro.

-No pasa nada –susurró Ross-. Sigo aquí. –La abrazó suavemente, manteniendo su cara cerca de ella para que ella pudiera sentirle.

-Ross, ¿cómo lo haces?

Ross frunció el ceño, confundido por su pregunta.

-¿Hacer qué?

-Nunca tienes miedo, nunca te asustas. –Saahir tembló de repente, tendiéndole las manos-. ¿Cómo lo haces?

Exasperado por no tener una respuesta, le sonrió, acariciándole las mejillas y la frente.

-Simplemente no pienso en ello. Que es exactamente lo que deberías estar haciendo tú. No pensar. Trep estará aquí en cualquier momento, y te llevaremos a esa fragata médica.

Saahir le apretó las manos con más fuerza, sintiendo su calor deslizándose por la punta de sus dedos.

-Tengo tanto miedo, tanto miedo... –Tragó saliva convulsivamente-. Me lo merezco. Después de todo lo que te he hecho, me lo merezco.

-No, nadie merece...

-Pero te hice daño –sollozó, tomando la mano de Ross y llevándosela a su mejilla-. Te hice daño; y esa es la última cosa que quisiera haber hecho, Ross. Tienes que creerme.

-Te creo. –Le apretó ambas manos, sintiendo que la twi’lek ansiaba notar su tacto.

-Siempre te he amado, Ross. Siempre. No eras como ninguno de los demás. Realmente te he amado; pero nunca pude llegar a creer que tú pudieras amarme del mismo modo... hasta que vi cómo te hice daño al presentar a Juri como mi prometido. –Con labios temblorosos, Saahir inclinó la cabeza hacia él, con lágrimas cayendo por los costados de su rostro magullado-. Lo siento, lo siento mucho. –Sus ojos quedaron súbitamente vacíos, inmóviles, desprovistos de expresión. Una inquietante quietud se asentó en su cuerpo.

-¡Saahir! –gritó Ross con pánico creciente-. ¡Saahir, por favor!

La twi’lek jadeó de pronto, suavemente, con su pecho ascendiendo y descendiendo con ritmo lento.

-¿Recuerdas Isamu, esa pequeña luna del sistema Birjis? –Su voz era apenas audible-. No me creíste cuando te dije que allí los árboles hacían el amor cada noche. Pero entonces lo viste por ti mismo, ¿verdad? Lo viste.

Ross inclinó la cabeza, apoyándola junto al cuello de Saahir, luchando contra las lágrimas que aguijoneaban sus ojos. Asintiendo lentamente con la cabeza pegada a ella, susurró:

-Lo vi.

-No te dije que era simplemente un truco de sombras. En Isamu, los árboles crecen en parejas y, por la noche, parecen amantes besándose bajo la luz de la luna. –Moviéndose con la lenta y elegante gracia que le caracterizaba, Saahir apartó su mano de la de Ross y se quitó el anillo de su dedo. Deslizó la fría sortija en el dedo meñique de Ross y sonrió.

-¿Qué estás...? –Ross ignoró el cálido torrente de lágrimas que manaba de sus ojos-. Saahir, no.

-Quiero que vuelvas allá, Ross, que vuelvas a Isamu a esa arboleda que descubrimos. Quiero que vuelvas allá, y quiero que me perdones por todas las cosas dolorosas que te he hecho. –Sus ojos eran joyas vítreas en la penumbra, y a cada momento que pasaba, su brillo se iba apagando.

-¡Pero ya te he perdonado!

-Quiero que vayas allí con alguien que sea especial para ti.

-No hay nadie más, Saahir. ¡Nadie!

Saahir comenzó a sufrir convulsiones en un ataque de terrible dolor. Comenzó a cantar.

-Antes la oscuridad solía asustarme tanto... antes solía pasarme la vida persiguiendo al sol. Conozco demasiado bien los miedos de la noche. Contigo, sólo había risas, risas al caer la noche. –Soltó una suave risa.

Ross sonrió, pensando que estaba luchando contra sus heridas.

-¿De qué te ríes?

-No hay nada de verdad en esa canción, Ross. No hay risas al caer la noche... sólo silencio.


***


En la atmósfera rancia y estancada del Malecón de Reuther, Ross se recostó contra el inclinado respaldo de su silla, ocultando sus emociones en la comodidad de las sombras. Apartando la botella de t’ssolok vacía, miró fijamente el peculiar cristal, sintiéndose tan hueco y transparente como el vidrio tallado. Para tranquilizar el temblor de sus labios y su barbilla, el contrabandista se limpió nerviosamente las comisuras de la boca, suspirando cuando la realidad de siete torturados años se hundía profundamente en su intranquilo espíritu.

-Murió –dijo con voz rota-. Justo en mis brazos. Y no hubo nada que pudiera hacer.

Reuther apuró su último sorbo de t’ssolok, deseando que el fuerte regusto del licor fermentado pudiera desatar el nudo que crecía en el fondo de su garganta.

-Ese es un vector muy difícil de calcular, Ross. Nunca me imaginé que llevaras contigo ese tipo de carga. Un peso semejante mataría a un hombre normal. –Meneó la cabeza un instante, tragando saliva ante su propio dolor-. Sé cómo te sientes. Cuando el Imperio comenzó a colonizar este sector, mi gente tomó para sí la responsabilidad de enfrentarse a ellos. De mostrar a esos igaluus invasores que no éramos una raza con la que se pudiera jugar. –Frunció los labios con gesto pensativo, cruzando las piernas bajo la mesa-. Perdí mi mujer, mis tres hijas, y mi ánimo por el castigo que siguió a nuestra insolencia. –Reuther miró fijamente a los ojos del corelliano, tamborileando ligeramente en la mesa con los dedos-. Necesitas volver a esa luna, Ross.

Ross se encogió ligeramente.

-¿Cómo sabes que no he estado ya allí?

-Porque aún no la has perdonado. O a ti mismo. Si lo hubieras hecho, no estarías aquí. Estarías ahí arriba bajo la luz de la luna. Hasta que no vayas, no podrás recuperarte por completo.

Mirándose las manos, Ross tomó aire profundamente.

-¿Alguna vez te recuperaste? –preguntó, pensando en la familia de Reuther.

-¿Por qué crees que tengo un bar? Mientras tenga clientes –dijo, señalando con la cabeza a un trío de rodianos que entraba por las puertas-, no tengo que preocuparme por mis problemas. –El najib saludó marcialmente al contrabandista antes de excusarse y alejarse de la mesa.

Ross se frotó pensativo la barba que comenzaba a crecer en su barbilla, escuchando el áspero sonido mientras le raspaba la punta de los dedos. Se puso en pie, dejó unos cuantos créditos sobre la mesa, y comenzó a caminar hacia la puerta. En la entrada, se detuvo brevemente para mirar a Reuther, sonriendo a su pesar cuando el camarero le guiñó un ojo desde donde estaba. Ajustándose el cuello de su camisa, salió a las calles desiertas y se llevó el comunicador a la mejilla.

-194.

-Te recibo, Ross. ¿Qué pasa?

-Establece un curso al sistema Birjis. A Isamu. –Avanzó por el espaciopuerto hasta el patio exterior tras el hangar principal, caminando con suave fluidez inducida por el efecto del t’ssolok.

-¿Qué haremos cuando lleguemos allí? –preguntó Kierra.

Ross se detuvo para mirar al cielo por encima de su hombro. Las lluvias habían parado, dejando un suave brillo fresco y limpio sobre los terrenos y los edificios del espaciopuerto. Más allá del denso manto de las nubes de tormenta, pudo ver romper el alba, abriéndose camino por los niveles superiores de oscuridad para alejar las sombras de la noche.

-Ross –gimoteó Kierra-, ¿qué vamos a hacer en Isamu?

Ross subió la rampa, pulsando el teclado para cerrar la escotilla.

-Vamos a dar descanso a unas cuantas almas.


***


Un gélido viento otoñal sopló desde las tierras altas, empujando una fina capa de niebla en la superficie del lago de la montaña. Ross sintió los suaves dedos de la brisa moviéndose entre sus mechones rubios y sonrió cuando su cuerpo se estremeció bajo el abrazo del frío. Después de siete años hibernando para evitar vivir, vivir de verdad, era confortante experimentar de nuevo las sensaciones del mundo.

Rodeado por las sombras entrelazadas de los árboles mu, sonrió cuando las sombras a su alrededor mezcladas con la luz azul que emitía la estrella primaria de Isamu se asemejaron a una docena o más de amantes, que se hubieran reunido con él a la orilla del lago para celebrar la más preciada de todas las emociones. Doblando el brazo debajo de la cabeza, Ross miró la negra extensión de la atmósfera, dándose el capricho de ponerse a contar todas las estrellas de un sector del cielo nocturno.

-Ross, ¿por qué no me has hablado nunca de este sitio?

Sintiendo un punto de molestia en la voz de la inteligencia droide, Ross se incorporó a regañadientes sobre sus codos.

-No te preocupes, Kierra, no vamos a quedarnos mucho tiempo.

-Oh, no, no, no. No me importa. Es bastante romántico. Me entran ganas de, de...

Ross miró por encima de su hombro hacia donde el YT-1300 estaba posado sobre una extensa formación rocosa.

-¿De qué, Kierra?

-De... –Una risita avergonzada sonó por el comunicador-... de cantar.

Ross sonrió, hundiéndose de nuevo en la hierba.

-Nada te impide hacerlo, querida.

Tras unos instantes, pudo escucharse un suave tarareo. Reconoció los primeros compases de la canción de Saahir, “Risas al caer la noche”. Se tomó el cordón de cuero que llevaba al cuello y soltó el nudo mientras sostenía el anillo metálico que colgaba en un extremo. Estaba caliente por tenerlo tan cerca de la piel.

Sujetando la sortija en el hueco de su mano, volvió a cruzar los brazos bajo su cabeza y suspiró cuando una tranquila paz le invadió. Cerca, la luz reflejada por el planeta que asomaba en el horizonte recortó la silueta de un árbol mu solitario. La enfermedad o el desastre natural habían marchitado a su gemelo, y se alzaba solitario al borde de la orilla del lago, rodeado por parejas reunidas. Sin lamentar su pérdida, el árbol era el único de la zona inmediata que mostraba varias ramas llenas de brotes de otoño tardío.

Ross cerró los ojos, escuchando la melodía de la voz de Kierra, y la del viento. Visualizó detrás de sus párpados al árbol mu, que continuaba creciendo, sin un compañero, que continuaba sobreviviendo, y cayó profundamente en un placentero y muy merecido sueño.