viernes, 14 de noviembre de 2008

Ascensión y caída de Darth Vader (IV)

Capítulo 3

-¿Qué tal avanza tu vaina de carreras, Ani? –preguntó su amigo Kitster mientras se encaramaba en la destrozada turbina de un deslizador de superficie en la chatarrería de Watto.
Anakin lanzó una mirada sobresaltada al chico de pelo oscuro.
-¡Baja la voz! –dijo Anakin en voz baja-. ¿Quieres que Watto lo descubra?
Kitster bajó su propia voz.
-Lo siento –dijo-, lo olvidé. ¿Cuánto tiempo llevas trabajando en él?
-Casi dos años –admitió Anakin mientras recogía una junta gastada.
-¿Realmente crees que volará?
-En cuanto consiga algunas piezas más, seguro que lo hará –dijo Anakin, tirando la junta a un lado-. El problema es que, si vuelo con ella, Watto sabrá que la tengo, y entonces querrá quitármela. Así que no puedo hacer otra cosa que mantenerlo en secreto, y seguir volando con sus vainas destartaladas.
-Me gustaría pilotar una vaina de carreras algún día –dijo Kitster melancólicamente.
-Quizá lo hagas. –Anakin no quería herir los sentimientos de Kitster, pero sabía que su amigo no duraría ni cinco segundos en una carrera de vainas. Manejar una vaina de carreras requería reflejos increíblemente rápidos, la competición era feroz, y Anakin –según creía todo el mundo- era el único humano que consiguió volar y seguir vivo. A pesar de este logro, Anakin sabía que tenía que hacerlo mejor para complacer a Watto. En las más de media docena de carreras en las que había competido, se había estrellado dos veces y había sido incapaz de terminar siquiera una vez. El mayor problema que tenía era ocuparse de Sebulba, su antagonista dug, un sinvergüenza con maneras de matón, quien ganaba a menudo y hacía trampa casi constantemente. Sebulba nunca dudaba en empujar a los demás competidores fuera de la pista, y había causado que más de uina docena de pilotos se estrellasen sólo en el último año. ¡Si no fuera por ese tramposo, pensaba Anakin, yo ya habría ganado!
-¿Crees que ganarás la próxima carrera? –preguntó Kitster.
Anakin se encogió de hombros.
-Sería feliz sólo con conseguir llegar a la meta.
Anakin se giró hacia otro montón de metal, y se encontró mirando un par de lentes ranuradas que estaban rodeadas por cables multicolores contenidos en el interior de un armazón de metal con forma de calavera. Extrañamente, las lentes parecían estar devolviéndole la mirada, y se dio cuenta de que eran fotorreceptores quemados.
-¡Ey, Kitster! –dijo mientras recogía el objeto-. ¡Mira lo que he encontrado!
-¿Qué es?
-¡Una cabeza de droide! –dijo Anakin, limpiando la arena del vocalizador que se encontraba bajo los fotorreceptores que servían como ojos del droide-. ¡Y no un droide mecánico, precisamente! –Habían retirado la cobertura metálica de la cabeza, y los fotorreceptores expuestos tenían una expresión de sorpresa, como si estuvieran muy abiertos. Le pasó la cabeza a Kitster.
-Está bastante hecha polvo –observó Kitster-. ¿Quizá fuese algún tipo de droide de combate?
-No lo creo –dijo Anakin mientras miraba a su alrededor, deseando encontrar alguna pieza de droide más-. El metal es bastante delgado… ¡Oh, VAYA! –Su mirada había caído sobre lo que parecía el cuerpo esquelético de la cabeza decapitada, que yacía retorcido junto una pila de células de combustible descargadas. Como la cabeza, el cuerpo estaba sin cobertura, pero Anakin estaba entusiasmado igualmente-. ¡Tiene el mismo trabajo estructural! ¿Sabes lo que significa esto, verdad?
Kitster lo pensó, esforzándose.
-Umm, no.
-Significa que puedo construir mi propio…
-¡Chico! –interrumpió la voz de Watto, llamando desde el otro lado del portal con forma de arco que separaba la chatarrería de la tienda con forma de campana-. ¡Chico! ¡¿En qué lugar de ese basurero estás?!
-¡Oh, no! –dijo Anakin, mirando a Kitster y luego de nuevo al arco-. ¡Espera aquí! –Tratando de mantener una expresión relajada, se apresuró a salir de la chatarrería.
-¡Ah! ¡Ahí estás! –dijo Watto cuando vio a Anakin. Flotando al, exterior de la entrada de su tienda, hablaba en Hutés-. Por un momento, sospeché que habías huído de Watto.
-Oh, ¿y darte el placer de ver como expotaba mi transmisor?
-¿Placer? –dijo Watto, levantando ligeramente sun nariz en forma de trompa, como si retrocediera ante las palabras de Anakin-. ¿Crees que me gusta limpiar los restos de los esclavos que explotan? ¡Bua ja ja! –Cuando terminó de reir, señaló con una mano de tres dedos algunos contenedores más, llenos de deshechos, que acababan de entregarle-. ¡Ahora vuelve al trabajo! –dijo-. ¡Quiero esta chatarra clasificada a mediodía!
Después de que Anakin hubo conducido los contenedores al patio de la chatarrería, volvió a donde había dejado a Kitster con las piezas del droide.
-¿No les vas a decir lo del droide a Watto? –preguntó Kitster.
-Yo lo encontré. Es mío –dijo Anakin mientras comenzaba arrastrar el cuerpo del droide hacia una zona oculta por una gran pieza de metal de deshecho, donde no era probable que Watto lo descubriese-. Además, Watto no sería capaz de repararlo. Lo llevaré de contrabando a casa, pieza a pieza.
-Pero incluso si logras hacer que funcione –dijo Kitster, pesándole a Anakin la cabeza del droide-, ¿para qué lo vas a usar?
-Para muchas cosas. Hacer recados. Levantar cosas… Ey, ¿qué es esto? –Había encontrado una línea de pequeñas letras grabadas en la base del cráneo del droide, y sostuvo la cabeza para que Kitster también pudiera verlo-. Dice que es un Droide de Protocolo de Galáctica Cybot.
-¿Protocolo? ¿Para qué sirve eso?
-No lo sé –admitió Anakin-. Tendré que preguntarle a mi madre. ¡Ey, quizá hasta pueda ayudarnos a mí y a mi madre a salir de Tatooine! –sosteniendo la cabeza del droide con ambas manos, Anakin estudió sus mecanismos más de cerca-. El giroscopio de equilibrio es antiguo. Supongo que de hace setenta u ochenta años. Apuesto que ha visto mucha acción. Hace que te preguntes… ¿cómo habrá acabado de esta manera?
Anakin miró a los ojos quemados del droide como si pudiera encontrar allí más pìstas de la historia del droide. Pero sólo veía la expresión de asombro congelada del droide. No te preocupes, amigo, pensó Anakin. Me ocuparé bien de ti.


Anakin necesitó cinco días de sigilosas maniobras para mover los restos del droide de la chatarrería a su casucha. Excepto Kitster, no le había dicho a nadie nada acerca de droide. Pero debería habérselo contado al menos a otra persona: su madre, quien no estaba muy contenta de entrar en la casucha y encontrar el último proyecto de su hijo yaciendo en cientos de sucias piezas sobre la mesa del comedor.
Shmi había comprado un pequeño paquete de vegetales secos en el mercado, y los dejó sobre el mostrador de la cocina. Sin querer mirar al extraño esqueleto de metal y cables que yacía en posición supina sobre la mesa con sus ojos muertos fijos en el techo, apartó su mirada de Anakin y el droide.
-Deja que adivine –dijo.
-Sí, qué suerte, ¿eh? Y… bueno, no conozco a nadie más en Mos Espa que sea capaz de arreglarlo correctamente. Si no lo hubiera rescatado del montón de chatarra, ¡prodrían haberlo fundido! -Como Shmi no respondió, Anakin se animó a añadir-: Es un droide de protocolo, mamá. ¿Sabes qué es eso?
Shmi respiró profundamente y se giró para mirar a Anakin.
-Los droides de protocolo hablan millones de idiomas. Se usan como traductores. Por los diplomáticos.
-Oh –dijo Anakin. Podía deducir por el tono de voz de su madre que ella pensaba que los droides de protocolo no eran de ninguna utilidad. Esperando convencerla de lo contrario, continuó-. ¡Oh! Eso… ¡eso es genial! Será realmente útil en el mercado si queremos comerciar con un mercader que no hable básico. Y… ¡además imagínate lo impresionadas que quedarán las visitas cuando les salude en la puerta! Estoy seguro de que será capaz de ayudarnos de un montón de formas más.
Shmi devolvió su atención a los vegetales.
-Necesita fotorreceptores nuevos –dijo Anakin-. Creo que puedo encontrar algunos en la tienda de Watto.
-Será mejor que tenga cuidado –dijo Shmi con aire preocupado-. Watto se enfurecerá si descubre que te has llevado un droide entero.
-¡Pero tenía que hacerlo, mamá! En cuanto vi todas las piezas que había allí, supe que tenía que juntarlas. –Anakin agarró suavemente el antebrazo derecho del droide y lo levantó de la mesa, probando la flexibilidad de la articulación del codo-. Al verlo así, tan roto y destrozado… me sentí muy triste. Si los droides de protocolo son buenos con los idiomas y traduciendo, apuesto a que era realmente. –Anakin miró de nuevo el rostro del droide-. Seguro que tampoco tenía ningún amigo en toda la galaxia. ¿Por qué si no habría acabado en un basurero de Tatooine?
-Quizá hablaba demasiado –dijo Shmi.
-Jo, mamá. Herirás sus sentimientos.
-El droide es una máquina, Ani. No tiene sentimientos.
-¿Cómo lo sabes? –dijo Anakin, incapaz de ocultar el dolor en su voz-. Quizá sus dueños eran malos con él y no les importaba lo que le pasase. Quizá intentó escapar. Quizá… era como nosotros.
Shmi sintió la pena de Anakin, y pensó en el esclavo que había muerto tratando de escapar cinco días antes. Se giró hacia su hijo y puso las manos sobre sus hombros.
-Prométemelo, Ani –dijo-. Cuando… encuentres un nuevo par de fotorreceptores para nuestro nuevo amigo… no dejarás que te pillen.
-¿Quieres decir que puedo quedarme con él?
Shmi asintió mientras examinaba el droide.
-Ahora lo tengo claro. Estás destinado a ayudar a este droide. Eres su segunda oportunidad.
-¡Gracias, mamá! –dijo Anakin, abrazando a su madre-. ¡Cuando consiga que hable, le diré que él también te dé las gracias!
-No, Ani. Después de todo, tú serás su creador. Sólo recuerda que el droide es tu responsabilidad. Y a menos que estés preparado para preocuparte de algo, no mereces tenerlo.
-No lo olvidaré –dijo Anakin.
-Y una cosa más –añadió Shmi con tono severo.
-¿Sí, mamá?
-Quiero el droide fuera de nuestra mesa ya mismo.

martes, 11 de noviembre de 2008

Dibujando los mapas de la paz: El relato del granjero de humedad (I)

Dibujando los mapas de la paz: El relato del granjero de humedad
de M. Shayne Bell

Día 1: Un nuevo calendario

Pensé: Se acabó. No saldré de esta. Ascendí una duna con mi deslizador de superficie -yendo rápido, siempre rápido- y vi ocho moradores de las arenas rodeando el evaporador que había ido a reparar. Apenas tuve segundos, entonces, para decidir qué hacer: Lanzarme a través de las siguientes dunas para salvar un evaporador estropeado cuyo rendimiento necesitaba, o o dar la vuelta y salir disparado hacia la defensa de mi hogar y mis dos droides. Aceleré el deslizador hacia delante.
Los moradores de las arenas se esparcieron y huyeron, y observé hacia dónde huyeron, así que sé desde dónde podrían atacar. Todo por medio litro de agua, pensé. Estaba arriesgando mi vida por medio litro de agua. La producción del evaporador se había reducido en un treinta por ciento hasta algo así como un litro al día, y tenía que conseguir que su producción ascendiera al litro y medio estándar y mantenerla ahí. La granja estaba tan al límite, tanto, que cada evaporador tenía que rendir al máximo o perdería la granja.
En cuestión de segundos estaba junto al evaporador, me detuve en una nube de polvo y arena que levantó mi deslizador.
No podía ver a los moradores de las arenas, aunque su aroma almizclado rondaba alrededor del evaporador en el calor del final del día. Las sombras de los muros del cañón se alargaban sobre las dunas de la superficie del valle.
Pronto estaría oscuro, y yo estaba en un cañón donde habían llegado los moradores de las arenas, lejos de casa.
La tecnología humana asustaba a los moradores de las arenas -mi deslizador ciertamente lo había hecho- pero no permanecerían asustados mucho tiempo. Agarré mi bláster y salté fuera del deslizador para ver qué daño habían hecho al evaporador.
Un indicador de potencia aplastado. Una célula solar rajada. Arañazos alrededor de la puerta del depósito de agua, como si hubieran intentado acceder al agua. El daño era mínimo.
¿Pero qué hacer ahora? No podía vigilar todos mis evaporadores remotos. Tenía diez de ellos, cada uno ubicado a medio kilómetro de arena y roca, no al cuarto de kilómetro estándar; Estaba tan cerca del Mar de las Dunas que un evaporador necesitaba el doble de terreno para extraer el litro y medio de agua que hacía falta recolectar del aire. Si los moradores de las arenas habían descubierto que los evaporadores contenían agua y si estaban determinados a conseguirla, mi granja estaría arruinada. Puedo reemplazar indicadores de potencia y células solares. No puedo resguardar evaporadores a kilómetros de distancia de moradores de las arenas que quieren agua.
Escuché un grave gruñido sobre una duna del norte, e inmediatamente me agazapé junto al evaporador y escudriñé el horizonte. El gruñido sonaba como un bantha salvaje despertándose al calor del día, pero sabía que no era ningún bantha. Los moradores de las arenas regresaban.
Estaban decididos a conseguir ese agua.
¿Y por qué no deberían?, me pregunté de repente. Antes de que yo llegara, el agua recolectada en el interior de mi evaporador habría sido su agua, destilada del aire por el rocío matutino, no extraída a todas las horas del día por una máquina. Deben estar desesperados por el agua para llegar a acercarse a una máquina humana, para tocarla, para tratar de abrirla. ¿Cómo será su sufrimiento para empujarles a esto?
Escuché más gruñidos de “bantha” viniendo del sur de donde me encontraba, sobre las dunas, y luego del este y del oeste, y finalmente del norte otra vez. Estaba rodeado, y en pocos minutos llegaría un ataque.
De repente me di cuenta de lo que debía hacer.
-Adelante, desperdicia tus ganancias -diría Eyvind, que poseía la granja situada tres valles más allá de la mía-, desperdicia tus ganancias para que pueda comprar tu granja barata a tus acreedores cuando te obliguen a abandonar tus tierras.
Pero no haría caso a la voz de Eyvind en mi cabeza, y tampoco le habría hecho caso a él si hubiera estado conmigo entonces. Hablé al evaporador, y un panel se deslizó desde la parte frontal de los controles. Tecleé la secuencia numérica que había programado, y escuché cómo el evaporador sellaba el odre de agua en su interior. Cuando terminó, la puerta frontal del depósito se abrió. Extraje el odre y lo dejé en la arena, al oeste del evaporador, a la sombra, fuera del alcance de la luz del segundo sol poniente. Saqué mi navaja e hice una pequeña abertura en la parte superior, donde estaba el aire, para que los moradores de las arenas pudieran oler el agua y acceder a ella.
Tecleé el comando para cerrar la puerta del depósito, luego le dije al evaporador que cerrase la portezuela sobre sus controles, corrí a mi deslizador y lo dirigí a lo alto de una duna al sudoeste del evaporador. No podía ver ningún morador de las arenas, pero sabía que eran maestros en mezclarse con el terreno y sorprender a los incautos. Había escuchado muchas historias acerca de lo rápidos -y letales- que podían ser con sus bastones gaffi, las armas con aspecto de hacha de doble hoja que fabricaban con el metal que recuperaban de los desperdicios de Tatooine. Me agaché en mi deslizador y traté de observar cualquier movimiento... No me atrevía a volar más lejos: Estaban por todas partes a mi alrededor y con toda seguridad me arrojarían sus hachas si intentaba escapar, y no me apetecía ser decapitado en mi propio deslizador. Además, esperaba que se dieran cuenta de lo que había hecho: que les había dado agua. Lo que aún no sabía entonces es si podía estar seguro de comprar con eso mi vida y su confianza, y por tanto mi granja.
Vi movimiento: uno de los moradores de las arenas, viniendo del norte, lentamente, agachado sobre la arena hacia el evaporador y el agua. Cuando alcanzó el odre de agua a la sombra del evaporador, se arrodilló en la arena y olfateó la bolsa: olía el agua en su interior. Alzó su cabeza lentamente y lanzó un estridente chillido que resonó a través del cañón. Pronto conté ocho moradores de las arenas -no, diez- apresurándose hacia el agua desde todas las direcciones, cuatro de ellos haciendo un amplio desvío alrededor de mi deslizador.
Sólo uno de ellos, uno pequeño -¿joven?- tomó un sorbo. Los otros vertieron el resto del agua en un fino odre de piel de animal para llevarlo con ellos, y no desperdiciaron ni una sola gota. Cuando terminaron, el que primero había olido el agua me miró. Luego todos ellos me miraron. No hablaron ni hicieron ningún ruido, y no huyeron. El que había olido el agua alzó de repente su brazo derecho, manteniendo el puño cerrado.
Salté del deslizador, me alejé algunos pasos de él, y alcé mi brazo derecho con el puño cerrado como respuesta. Permanecimos así, mirándonos el uno al otro, durante algún tiempo. Nunca antes había estado tan cerca de ellos. Me preguntaba si ellos habían estado nunca tan cerca de un humano. Una ligera brisa proveniente del este del cañón soplaba sobre nosotros y nos refrescaba, y súbitamente todos los moradores de las arenas se giraron y desaparecieron en las dunas.
No destrozaron mi evaporador. No trataron de matarme. Dejaron en paz al evaporador después de que yo les diera el agua, y me dejaron en paz a mí. Habían aceptado mi obsequio.
Prometí, entonces, dejarles el agua de este evaporador. Perdería la posibilidad de vender el agua, lo sabía -y necesitaba venderla-, pero me parecía un pequeño precio que pagar si dándoles unos pocos litros entonces ellos no arruinarían mis evaporadores. Podía apañármelas con el rendimiento de los otros nueve evaporadores durante un tiempo; y entre tanto comprar dos de los viejos evaporadores de segunda generación de Eyvind para arreglarlos. Cuanto estos estuvieran en marcha, mi rendimiento volvería al mínimo que necesitaba para sobrevivir.
Todo este esfuerzo parecía un precio pequeño que pagar por ser capaz de vivir cerca de los moradores de las arenas en paz.
Conté los días de mi granja a partir de ese día.

Solitario de Jade (V)

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A mitad del descenso de un largo tramo de escalones, los guardias que la escoltaban aparentemente decidieron que ya habían cargado con ella lo suficiente y la soltaron para que caminase por su propio pie. Aparte de un zumbido prolongado en sus músculos. Mara se había recuperado completamente, pero tuvo el cuidado de mantener para su beneficio un débil tambaleo durante el resto del descenso. Los látigos neurónicos eran la glorificación definitiva del salvajismo y la degradación, justo la clase de cosa que los esbirros de Praysh usarían como su persuasor primario, y no tenía ninguna intención de dejarles que supieran cómo de rápido podía recuperarse de sus efectos.
Los pozos de limo estaban en el nivel más bajo de la fortaleza, compuesto de una serie de trincheras interconectadas de unos dos metros de ancho y cien de largo excavadas en el suelo. En las pasarelas entre ellas se paseaban los guardias drach'nam, palmeando ociosamente sus látigos o jugando con las empuñaduras de sus cuchillos. Quizás doscientas mujeres, la mayoría de ellas de aspecto juvenil, avanzaban lentamente introducidas hasta la cintura en el húmedo estiércol gris de los pozos, dobladas sobre su espalda y excavando en el limo con sus brazos, con la cara a escasos centímetros de la superficie. Todas las que Mara pudo ver tenían tal idéntica expresión de pura desesperación que un escalofrío la atravesó.
-Lo explicaré sólo una vez -dijo el capataz, gesticulando casi amistosamente hacia los pozos-. El limo nutriente de ahí es el hogar de las crisálidas de las criaturas krizar que Su Primera Grandeza usa para patrullar sus tierras. Las crisálidas poseen un duro caparazón y son elipsoidales, aproximadamente del tamaño de uno de tus patéticos y pequeños pulgares. Tu trabajo es encontrar aquellas que estén empezando a salir de sus cáscaras y depositarlas en la pasarela, dónde serán recuperadas recuperarán y trasladadas al criadero principal.
-¿Cómo sabré cuándo están listas...?
-Sabrás cuando están listas cuando empiecen a menearse y a abrirse paso al exterior masticando el caparazón -la cortó bruscamente el capataz. Un par de cabezas se volvieron ante el súbito tono áspero; la mayoría de las mujeres se molestó en alzar la vista-. Y no intentes recoger simplemente todas las que encuentres. Si las crisálidas están fuera demasiado tiempo antes de que estén listas, morirán.
Ondeó su látigo delante de su nariz.
-Y las crisálidas muertas nos hacen muy infelices. ¿Entendido?
Mara tragó saliva, forzándose a retroceder asustada.
-Sí, señor -murmuró.
-Bueno -dijo el capataz, volviendo de nuevo a su tono amistoso, mostrando claramente que era un ser que disfrutaba con su trabajo-. El pelaje de tu cabeza es de un color interesante. No te servirá de nada en los pozos; quizá te interesaría vendérmelo.
-¿A cambio de qué? -preguntó Mara cautelosamente.
-Favores. Más comida, quizás, u otras atenciones.
Mara reprimió una mueca. Pensar en su cabello colgando de la pared de trofeos de un capataz de esclavos era absolutamente detestable. Pero por otro lado, él probablemente podría tomarlo sin pagar a cambio nada en absoluto si así lo decidía. Con suerte, ella no estaría allí el tiempo suficiente para que él lo consiguiera.
-¿Puedo pensármelo? -preguntó tímidamente.
Él se encogió de hombros. Claramente, esto era simplemente un entretenimiento para ayudarle a pasar el tiempo.
-Si quieres. Oh, una cosa más. Si no consigues sacar las crisálidas lo suficientemente rápido, empezarán a excavar a través de las cáscaras por su cuenta. No hay problema con eso; sólo que los palpos de sus bocas siempre son lo primero que salen. Si consiguen entrar en tu piel, necesitarás un viaje al establecimiento médico para extraerlos.
—Oh -dijo Mara con un hilo de voz. Ahora, eso era información muy útil-. ¿Duele?
Él le ofreció una de esas sonrisas malvadas que los drach'nam hacían tan bien.
-No más que el látigo. Ahora entra allí.
Mara bajó la vista hacia su traje de salto.
-Pero...
Ni siquiera tuvo una oportunidad de terminar su protesta. Poniendo un brazo gigantesco por detrás de su cintura, el capataz la empujó fuera de la pasarela hacia la trinchera más cercana.
Al aterrizar, consiguió guardar el equilibrio, manteniendo la cabeza y la mayor parte del tronco fuera del limo. Pero el impacto envió una ola de espeso estiércol húmedo salpicando a las trabajadoras más cercanas.
-Lo siento -se disculpó.
Una de las mujeres la miró, con un grumo de limo resbalando lentamente por su mejilla.
-No se preocupe por ello -dijo con una voz que sonaba más muerta que viva-. No se preocupe por ensuciarse, tampoco. Nunca volverá a estar limpia.
Un látigo neurónico crujió amenazadoramente sobre su cabeza. Mara se alejó, pero la otra mujer no pareció notarlo o darle importancia, sino que siguió excavando en el limo. Con el estómago retorciéndose de asco, Mara introdujo sus brazos en el estiércol húmedo y comenzó a trabajar.

MedStar: Intermezzo (V)

—¿Qué tal va? —preguntó Vaetes.
—Ninguna gran sorpresa hasta ahora —contestó Jos. Tolk pasó un paño por su frente. Detrás de él, el zabrak dormía apaciblemente, con sus tatuajes faciales y corporales brillando bajo las luces halógenas—. Le he quitado la astilla del proyectil del nervio CC, y parece que la conducción de impulsos todavía está trabajando periféricamente, o por lo menos en la mayor parte. Podrá apretar perfectamente un gatillo de nuevo, si sobrevive. Pero va a costar un rato terminar la cirugía del plexo.
—¿Puedes estabilizarlo?
Jos parpadeó por culpa de una gota de sudor —a Tolk se le había escapado esa— que había irritado su ojo izquierdo.
—Quizá. ¿Por qué?
—Tenemos dieciséis heridos que necesitan cirugía, y una pareja que no puede esperar. Si puedes criogenizar a este paciente y volver luego a él, podríamos usar tu ayuda.
Jos se encogió de hombros.
—La criogenización siempre es un riesgo. Pensé que este tipo era un caso especial.
—Lo es, pero no estoy dispuesto a dejar a otros morirse en su lugar. Estabilízalo, Jos. Te necesitamos.
Jos asintió. El coronel se marchó, consiguiendo rápidos informes de estado de otras mesas. Jos se volvió a la anestesista.
—Ponlo en un crio-ciclo de estasis y guárdalo en alguna parte.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé. El máximo. Cuatro horas.
Si, después de ese tiempo, Jos no había terminado con sus otros pacientes, el coronel Omant podría recibir quemaduras por congelación: cuatro horas era lo máximo que un ser consciente era capaz de permanecer estable de ese modo.
Cuando Jos se estaba poniendo un nuevo juego de bata y guantes, uno de los médicos de campaña pasó por el vestíbulo, empujando otra camilla. Hizo una pausa en la puerta.
—Eh, doc, ¿qué ha pasado con esa escoria zabrak? ¿Murió entre grandes dolores, espero?
—Está en crio-estasis —dijo Jos.
El médico, un twi'lek, agitó su cabeza, y su lekku se balanceó con el movimiento.
—Eres mucho más fuerte que yo, doc. Si un sepa hubiera matado a mi amigo, te garantizo que mi mano no permanecería tan firme con un escalpelo.
Jos frunció el ceño.
—¿De qué estás hablando?
—¿No lo sabes? El zabrak era el líder de la unidad mercenaria que cargó contra nuestro Uquemer. El comandante de la fuerza de choque de bios y droides que nos golpeó en primer lugar.
El médico siguió su camino, dejando a Jos parado de pie allí, en el vestíbulo, sintiéndose como si le acabaran de atravesar con una pica de fuerza. Entonces la rabia le golpeó, negra y feroz. Su mano desgarró el guante que se estaba enfundando, atravesándolo por completo.
El comandante de la fuerza de choque de bios y droides que nos golpeó en primer lugar...
¡El engendro Sith de la mesa cuya vida había estado intentando salvar había sido directamente responsable de la muerte de Zan!