miércoles, 18 de diciembre de 2013

Operaciones Especiales: El arte de la infiltración (II)


El capitán Mylesgood de la Oficina Imperial de Seguridad estaba encorvado en su sillón de oficina, mirando por la gran ventana de transpariacero que ocupaba toda la pared opuesta, cuando escuchó que la puerta se abrió tras él. Apenas acusó el sonido, porque su atención estaba centrada en la escena que tenía lugar ante él. Fuera, todo era caos. El antiguo edificio de administración había sido derribado y sustituido por una cosa horrible de duracemento sin ventanas; la antigua pista de aterrizaje estaba siendo reemplazada por una gran red de plataformas de aterrizaje, y su vista, su hermosa vista de los bosques y las montañas, estaba siendo reemplazada por una vista del muro de duracemento de cuatro pisos de altura que dividía su lado de la base del nuevo y brillante lado de máxima seguridad, donde pequeños edificios negros de baja altura se apiñaban alrededor de la base de una alta torre de seguridad. Mylesgood no podía ver la oficina del jefe de seguridad desde donde estaba sentado, pero sabía que su ventana era el doble de grande que la suya.
-¿Capitán? ¿Señor? –Una voz de mujer. La sargento Chambers, su ayudante-. ¿Le interrumpo?
-Me está observando, Chambers –dijo Mylesgood.
-¿Quién?
Mylesgood señaló la ventana.
-Tenko. Ya sabe, el general.
-¿Le está observando, señor?
-Me está observando ahora mismo desde esa gran oficina suya. Está pensando en todos los soldaditos de asalto blancos que van a venir para llenar su torre de seguridad y relegar a gente como usted o yo a pequeños planetas insignificantes con pequeños trabajos insignificantes. –Mylesgood se dio la vuelta; Chambers estaba expectante, balanceándose sobre las plantas de sus pies-. ¡Nosotros hicimos esta base, Chambers! ¡Nos apropiamos de este planeta sin que el planeta lo supiera siquiera! Ahora Vader y Palpatine tienen que anunciar a toda la maldita galaxia dónde está el Imperio.
-Es un nuevo universo, señor –dijo Chambers.
-Eso es lo que decían cuando me alisté. Salvo que con un tono de voz diferente.
-Señor, hay algo de lo que debo hablarle.
-¿No puede esperar?
-¿Hasta que haya terminado de quejarse, señor? No.
Mylesgood suspiró.
-La voy a echar de menos, Chambers.
-Gracias, señor. Escuche, tenemos un problema.
-¿De qué se trata?
-La patrulla 1138 no ha presentado su informe.
Por primera vez Mylesgood miró directamente a los ojos de Chambers, que estaban inusualmente perplejos.
-¿Toda una patrulla desaparecida? –preguntó.
-No, entraron por la puerta principal hace una media hora. Sólo que no han presentado ningún informe.
Mylesgood tamborileó con los dedos en su escritorio.
-Puede que tan sólo sea otro incidente de borrachos –dijo Chambers-. ¿Quiere que establezca una alerta general?
Mylesgood se volvió en su silla, miró de nuevo a la alta torre de seguridad, y volvió a darse la vuelta.
-No, Chambers. Nosotros mismos nos ocuparemos de esto.
-De acuerdo, señor, si así lo desea.
-¿No quiere saber por qué?
-Suponía que usted me lo diría.
-Porque si es sólo un incidente de borrachos, no quiero que el General Descontento de allí lo use como excusa para recordar a todo el mundo que un puñado de paletos incivilizados solía dirigir este lugar.
-¿Y si no lo es?
-Entonces son terroristas. Y en ese caso, me encargaré de que usted y yo y el resto de los agentes recibamos tantas condecoraciones, que construiremos otra Estrella de la Muerte con ellas y haremos que Vader nos sirva el almuerzo en Coruscant.
-¿Señor?
-En otras palabras, voy a encontrar a esa gente y voy a hacer que prefirieran estar enfrentándose a todo un batallón de soldados de asalto. –Se puso en pie-. Que traigan mi repulsor. Informe a las tropas que configuren sus armas para matar, pero que se aseguren de dejarme uno de los perpetradores para que pueda, cómo lo diría, entrevistarle.
-Muy bien, señor –dijo Chambers, y ambos abandonaron apresuradamente la oficina.

***

Morgan estaba apoyada sobre una mano en el muro de duracemento de cuatro pisos de altura que separaba su zona de la de máxima seguridad. Recorriendo la parte superior del muro había dos gruesos cables cargados con alto voltaje, obviamente porque era más inteligente pasar sobre el muro que a través de él. Típica ilusión imperial.
Bajó la mirada hacia Jayme, arrodillado a su lado. Estaban en una oscuridad casi completa, con la luz de algún reflector de búsqueda pasando ocasionalmente por el muro apenas un metro por encima de ellos.
-¿Cuál va a ser la zona de explosión? –preguntó, sacando de su bolsa un par de cargas cuadradas del tamaño de una mano.
-Sabía que era una pregunta retórica –dijo ella.
-¿Qué?
-Antes, en la sala de archivos. Sabía que T’Charek hablaba retóricamente.
-Muy bien, de acuerdo, Morg, pero dime qué piensas sobre...
-Sé que pensáis que no me entero de nada, ¿sabes? Pero no es así.
Jayme colocó una carga en el muro, a unos treinta centímetros del suelo.
-Necesito un cálculo, Morg.
-¿De qué?
-Dame radio de explosión y distancia de seguridad mínima desde aquí.
-¿Aproximadamente?
-Sí. Sólo una estimación rápida.
Morgan cerró los ojos. Una ecuación parpadeó ante ella, pero no era plenamente consciente de lo que era. Abrió los ojos y miró al complejo, que estaba menos ajetreado ahora que casi era de noche.
-Cincuenta y uno coma trescientos setenta y cuatro metros –dijo.
-¿Por qué coma trescientos setenta y cuatro?
-¡El viento, Jayme, el viento!
-Ah. Vale.
Morgan nunca había podido entender cómo se había ganado la reputación de estar ausente cuando realmente prestaba más atención a los detalles que cualquier otro. Jayme podría haber realizado ese cálculo, pensó, si hubiera querido ponerse a ello. Su problema, y el de todos los demás, era que no sabía que sentarse y calcular hasta quedarse entumecido era una completa pérdida de tiempo. Simplemente tenías que dejar que las respuestas llegaran hasta ti.
-Muy bien –dijo Jayme, dándole tres cargas-. Coloca estas justo sobre tu cabeza, y luego salgamos de aquí.
Morgan sujetó con los dientes el mango de una vara de luz y colocó las cargas en una fila horizontal, como el dintel de una puerta. Luego sacó de su chaqueta el guante detonador, lo deslizó en su mano, dio media vuelta, y salió corriendo con Jayme cruzando el complejo. Ambos evitaron las farolas, que acababan de encenderse hacía un minuto.
-¿No te da la impresión de que T’Charek está un poco tensa últimamente? –preguntó Morgan.
-Casi pierde a todo su equipo –dijo Jayme-. Eso va a atormentarla durante un tiempo.
-Sí, pero no fue culpa suya.
-Eso a ella no le importa. Además, algo así hace que pienses en tu propia mortalidad y en la de los demás. ¿No te sientes distinta?
-No. Para mí comenzó como cualquier otro día; levantarme, cepillarme el pelo, arreglar la rejilla informática principal, ser electrocutada por un droide asesino descarriado que cree que soy un hutt.
Jayme sonrió. A Morgan le gustaba cuando lo hacía, porque era un acontecimiento relativamente inusual, y sólo sonreía delante de ella, T’Charek y Maglenna. Y a veces delante de algún imperial ocasional al que tenía acorralado.
Por supuesto, siempre se ponía increíblemente serio justo después de haber sonreído, como si tuviera que hacer penitencia o algo así por haber mostrado felicidad. Sacó el comunicador de su cinturón y habló con voz áspera.
-Comandante –dijo-. Estamos yendo a casa.
Apenas pudo terminar la frase. El comunicador crepitaba con el sonido de fuego bláster.
-¡Negativo! –exclamó Haathi-. ¡Necesito que...!
El canal quedó muerto.
-¡Oh, genial! Vamos –dijo Jayme, comenzando a correr. Morgan y él doblaron la esquina de la estafeta postal, donde estaba esperándoles su repulsor. Junto con un escuadrón de hombres con uniformes negros y grises y brillantes cascos negros, todos ellos ocupados registrando el repulsor.
A Morgan el corazón le dio un vuelco.
-¡Alto!
En una fluida maniobra, todos apuntaron a Jayme y Morgan con sus rifles bláster.
-¡Manos arriba, despacio y sin trucos! ¡Echaos al suelo! –bramó el sargento.
Levantaron las manos. Morgan miró a Jayme, que la miraba fijamente con aire expectante.
-¿Qué? –preguntó ella.
Él abrió los ojos como platos.
El sargento gritaba.
-¡Al suelo! ¡Ya! ¡Hacedlo!
-Ahhh, eso –dijo Morgan. Sus dedos enguantados fueron cerrándose sobre su palma, primero el índice, luego el anular, luego el dedo medio, dos veces.
Se escuchó una fuerte explosión a 10 metros de distancia, cuando la caseta del generador temporal, que controlaba el cableado protector en lo alto del muro, estalló en pedazos. Morgan notó cómo volaba por los aires, y sabía que tendría que sacar los brazos y protegerse para la caída, pero siguió presionando el guante con sus dedos, haciendo estallar la serie de cargas en puertas, bajo camiones repulsores, y finalmente en el propio muro gigante. En alguna parte, Jayme estaba gritando algo.
Morgan realmente no supo lo que ocurrió a continuación. Tenía un vago recuerdo de las explosiones, pero no estaba segura de cómo habían tenido lugar; y creía recordar haberse puesto en pie y salir corriendo, porque Jayme se lo había dicho.
En cualquier caso, cuando su cabeza se aclaró, Jayme no estaba en ninguna parte, y estaba de pie con la espalda contra el muro de un callejón, con tres soldados apuntando con sus rifles a su cara.
-Te vienes con nosotros, rebelde.

***

Veinte minutos antes, Haathi y Maglenna habían estado en una situación muy tranquila. Los funcionarios imperiales actuaban como un puñado de mascotas nerviosas y sobreprotegidas, y no les gustaba alzar sus voces al volumen de una conversación audible. Y mucho menos advertir la presencia de comandantes y sargentos de aspecto extraño. Lo que significaba que Haathi y Maglenna podían permanecer en el pasillo el tiempo que quisieran mientras no se cruzasen con ninguno de los de seguridad.
-¿Cómo puedo parecer un oficial? –susurró Maglenna.
-Piensa que estás en una reunión del Senado, y uno de los pequeños aduladores de Palpatine cree que lo sabe todo, pero tú sabes que le tienes cazado.
Maglenna inmediatamente adquirió una postura erguida como un pali, una encantadora media sonrisa, y unos gestos fluidos y relajados. Haathi estaba luchando con el impulso de prepararle un cóctel cuando un joven teniente surgió de un grupo de oficinas al final del pasillo y comenzó a ponerse su chaqueta gris.
Haathi trotó hacia él.
-Perdone –estuvo a punto de llamarle “hijo”, pero se contuvo-, señor.
Él la miró; uno de sus ojos estaba inyectado en sangre.
-¿Cómo es que lleva pintura de camuflaje? –le preguntó él.
-Misión de reconocimiento.
-Ah.
-Señor, realmente lamentamos molestarle, pero necesitamos que nos haga un rápido favor.
Él suspiró profundamente, luego miró por encima del hombro de Haathi y pareció advertir la presencia de Maglenna.
-Oh, ah, por supuesto, comandante –dijo, y les condujo a su oficina. Haathi advirtió que todas las demás oficinas de esa fila estaban a oscuras.
Dentro, la sala estaba decorada completamente con un relajante color azul metálico, con una alfombra nueva en el suelo, un panel de control completamente nuevo cubierto de polvo de construcción, y una gran pila de tabletas de datos en una caja cerca de la silla del teniente. Cuando la puerta se cerró, todos los ruidos del exterior desaparecieron. Haathi sintió como si se hubiera sumergido en una piscina.
-Muy bien, ¿qué necesitan?
-Hmm... –Maglenna dejó su tableta de datos sobre la pila-. Tenemos un manifiesto de carga actualizado para el... el Savareen... Rodiano. El Savareen Rodiano. Sí.
-Hmmmsí, deme un momento –dijo el teniente. Deslizó su cilindro de código en la ranura junto al monitor principal y luego tecleó inconscientemente su código de acceso personal-. Savareen Rodiano –dijo tras un instante-. Es un nombre curioso.
-Sí, ¿verdad? –dijo Haathi.
-¿He pedido comentarios al respecto? –exclamó Maglenna, sonando casi genuinamente herida.
-Lo siento. ¿Qué clase de nave es? –Tomó la tableta de datos.
-¿No lo dice en la tableta de datos? –le preguntó Haathi.
-Sí, ¿quiere decir que no lo sabe? –dijo Maglenna.
Él miró a la tableta, y luego levantó la mirada.
-¡Espere un momento! Esto no es... –dijo al cañón del bláster pesado de Haathi.
Después de arrastrar su cuerpo inconsciente, todavía en la silla, a una esquina, Haathi enfundó su bláster y se apoyó en el panel de control.
-Muy bien –dijo a Maglenna-. Esto es lo que va a pasar. Morgan y Jayme están esperando que yo les diga cuál sería el lugar más obvio para un intento de entrada a la fuerza, y dentro de 10 minutos lo harán volar. Ahora voy a quedarme junto al Sr. Terminal Auxiliar aquí presente para averiguar exactamente dónde guardan los imperiales los suministros importantes al otro lado del muro divisorio. Luego haré un trabajo absolutamente horrible para cubrir mis huellas.
-¿Y yo que hago?
-Harás un trabajo absolutamente brillante para cubrir mis huellas.
-¿Y qué hay del super-carguero?
-No tiene importancia ahora mismo. Entra al sistema y pon en movimiento mi nuevo plan.
-¿Y cuál es?
-El Sr. Teniente Imperial te había abierto el archivo de envíos, ¿verdad?
-Sí.
-Vas a cambiar algunas cosas.
-¿Qué, los horarios?
-Eso es lo que tú creerías, ¿verdad? Eso es lo que vamos a hacerles pensar. Tú, por el contrario, vas a re-enrutar las futuras órdenes de envío. Digamos que te encuentras con un cargamento de artillería pesada destinada a alguna gigantesca fortaleza imperial en, no sé, Coruscant o algún sitio grande.
-¿Sí?
-Sería más fácil para la Rebelión si ese importante cargamento fuese a algún sitio pequeño y con mínima seguridad como Rodaj... ¡Oh, cielos, si eso está a tiro de piedra de nuestra base de Vale Cuatro!
Maglenna continuó mostrando preocupación, pero sus ojos se iluminaron.
-Y todo esto ya ha sido procesado por los imperiales –dijo.
-Sí. Todo ha sido aprobado de antemano.
Maglenna se puso manos a la obra con una expresión de diligencia mezclada con asombro. En un espacio de tiempo relativamente breve, ambas pudieron abrirse camino por los archivos de datos, tras hablar brevemente acerca de qué bases rebeldes estaban ubicadas cerca de qué bases imperiales. Haathi, por su parte, concentró sus esfuerzos en el almacén; localizó las zonas que un terrorista sin experiencia querría sabotear, las transmitió a Jayme y Morgan, e hizo un trabajo deliberadamente torpe al ocultar sus pasos informáticos.
Finalmente Haathi comprobó su crono.
-¿Estás ya lista? –preguntó a Maglenna.
-Casi –dijo Maglenna-. ¿Todavía tenemos una base en Sheshar...?
-¡Eh!
Ambas se volvieron de pronto, con los blásters en la mano, para ver a un brigada de mediana edad de pie en la puerta.
Este inmediatamente retrocedió de espaldas hacia el pasillo.
-¡Seguridad! –exclamó, lanzándose como pudo hacia la pared tras él. Los dos disparos aturdidores impactaron en su torso, pero no antes de que apretase el botón de alarma con su codo.
-Oh, vaya. –Haathi salió corriendo al pasillo. Un centenar de técnicos sobresaltados prácticamente habían golpeado el techo de un salto. Al otro lado de la sala principal, detrás del muro de transpariacero opuesto, había un conjunto de tres turboascensores, hacia los que Haathi pensó en correr hasta que advirtió las luces rojas que parpadeaban sobre cada uno de ellos.
-¡Bloqueo de seguridad! –dijo a Maglenna, que ahora estaba de pie junto a ella.
-¿Y eso qué significa?
-Que habrá una escuadra de soldados de asalto aquí abajo en unos dos minutos. Regla número dos: ¡si las cosas van como la seda, estás yendo derecho a una emboscada!
Maglenna claramente estaba luchando por el impulso natural de su cuerpo de sucumbir al pánico, y sostenía el bláster como si no estuviera segura de si simplemente debía enfundarlo y actuar de forma casual. Su pregunta fue respondida por los dos guardias de la puerta blindada principal, que llegaron corriendo, vieron inmediatamente a la mujer, y comenzaron a disparar.

***

El hombro de Jayme le estaba matando. Había aterrizado en los escalones de entrada a la estafeta postal y había vuelto en sí justo a tiempo para ver el cuerpo de Morgan chocando contra tres agentes de la OIS. Ella se levantó; ellos no.
Si hubiera estado algo más lúcido, Jayme podría haber sido capaz de ayudarla, pero, en su estado, se limitó a observar en completo estupor cómo Morgan se tambaleaba alejándose un poco del repulsor y luego activaba la bolsa de explosivos que dos agentes habían encontrado en el suelo. Jayme volvió a desmayarse, y lo siguiente que supo era que el repulsor había sido destruido, los agentes estaban muertos, y Morgan había desaparecido.
T’Charek va a matarme.
Sin pensarlo realmente, Jayme se agarró a la barandilla y se puso en pie. Parecía haber una gran confusión a su alrededor, pero no podía escuchar nada, y por un instante se preguntó si se le habían reventado los tímpanos. Luego escuchó una voz lejana.
-¡Ese es el otro!
Jayme se concentró; la voz provenía de un hombre que no estaba tan lejos después de todo: un capitán de pie en la cubierta trasera de un repulsor que tenía dos agentes de la OIS en el asiento delantero, y otro manejando un gran cañón de cubierta montado cerca del capitán. Uno de los supervivientes de la última explosión escuchó la orden y corrió hacia los escalones. Llevaba las manos cerradas en puños y su pistolera estaba vacía; evidentemente él y su bláster habían sido separados.
Jayme tenía el mismo problema. Su mirada pasó del agente que se aproximaba al capitán del repulsor, y luego al cañón de cubierta que acechaba sobre la cabeza del capitán.
-¡Atrapadle para interrogarle! –gritó el capitán.
Era todo lo que Jayme necesitaba oír. Cuando el agente se acercó a los escalones, Jayme le dio una patada en el pecho. Luego agarró la parte superior del marco de la ventana más cercana –que, como todas las demás de ese edificio, aún no había sido honrada con transpariacero- y saltó al interior con las piernas por delante.
Los pies cayeron sobre un suelo desigual al que le faltaban baldosas, y se apartó de la ventana. Era un lugar muy amplio, sin escritorios, mostradores ni ninguno de los lujos que habitualmente tendría. Si no fuera por un generador de potencia que emitía un brillo azul contra el muro opuesto, la sala habría estado completamente a oscuras.
Jayme agarró uno de los largos cables del generador que yacían por el suelo, lo ató en los postes a ambos lados de la puerta principal, y esperó, con los ojos en las ventanas. Unos veinte segundos después, una silueta oscura con un gran casco negro de la OIS apareció en la ventana situada justo frente a él; el zumbido de un repulsor y la furiosa voz del capitán pasaron por las ventanas del otro lado. Jayme permaneció en las sombras y no dijo nada.
De pronto dos agentes entraron en tromba por la puerta principal, con los rifles bláster a la altura del pecho. Ambos lanzaron simultáneamente jadeos de asfixia al chocar sus gargantas contra el cable del generador. Jayme pateó un rifle y tomó el otro, y salió corriendo por la puerta principal.
Aún no sabía exactamente donde se encontraba, pero había una multitud de soldados de infantería corriendo por allí igual de confusos que él y que no le prestaban ninguna atención. Se irguió y se mezcló entre la gente.
Estúpido, estúpido, estúpido, pensó mientras trotaba con un puñado de soldados que corría alejándose del lugar de la explosión hacia un bloque de residencias. Se separó del grupo y corrió por un callejón lateral. Debería haberme quedado pegado a ella, debería haberla protegido de la explosión de algún modo...
Cuando giró la esquina, seguía pensando en Morgan; así fue cómo dos de los agentes de Mylesgood salieron de las sombras y le atraparon fácilmente en un asfixiante agarre.

martes, 17 de diciembre de 2013

Operaciones Especiales: El arte de la infiltración (I)

Operaciones Especiales: El arte de la infiltración
John Beyer y Kathy Burdette

Las guarniciones imperiales –estructuras severas y ominosas- dominan el paisaje dondequiera que son construidas. Son símbolos del poder del Imperio. Están protegidas por toda clase de defensas letales. Desde patrullas a pie y verjas letales hasta baterías turboláser y patrullas aéreas de cazas TIE, cada recurso disponible es utilizado para asegurarse de que la instalación permanece invulnerable. Aproximarse a ellas es pura locura... atacarlas es suicida. Para conseguir entrar se necesitaría un ejército... o... tan sólo un equipo de Operaciones Especiales especializado en el arte de la infiltración.
Infiltrarse en guarniciones imperiales no es una ciencia; es un arte. La capacidad de conseguir acceder sigilosamente a estas imponentes instalaciones es primordial para misiones de sabotaje, espionaje, o rescate. Sin embargo, no hay reglas claras establecidas de antemano que garanticen el éxito, no hay fórmulas secretas que puedan aplicarse en todos los casos. Sólo hay estrategias generales que han superado la prueba del tiempo, y útiles consejos de los profesionales experimentados, que puestos en práctica incrementan la posibilidad de éxito.

***

-¿Cómo vamos a hacer esto? –se preguntó Maglenna, protegiéndose los ojos del sol de la tarde. Ella y la comandante Haathi estaban sentadas en una raída manta de servicio en la linde del bosque.
Sobre ellas, el cielo se estaba volviendo de un púrpura amarronado con la caída de la tarde; más allá de ellas se encontraba el objeto de su última misión; un depósito de suministros imperial en construcción, protegido tras una red de obstáculos insuperables. Primero había una verja de rejilla metálica de una altura de tres pisos, totalmente electrificada, rodeando la propiedad; luego había una sospechosa extensión de tierra recién removida; luego había una gran colina, cuyas laderas habían sido pulidas hasta quedar lisas como el cristal y cuya cima estaba cubierta de torretas láser pesadas; y finalmente estaba el depósito en sí mismo, un grupo diverso de edificios de duracemento situados junto a lo que se suponía que debía ser una pequeña pista de aterrizaje. Salvo que la pequeña pista de aterrizaje era ahora una inmensa red de plataformas de aterrizaje, con un flujo constante de cargueros y naves estelares entrando y saliendo. Desde allí, se suponía que el equipo de la comandante Haathi secuestraría un super-carguero repleto de suministros.
Dos semanas antes, Haathi había elaborado un plan perfecto para entrar. Sin embargo, esto había sido cuando tenía la impresión de que los informes de inteligencia de la Alianza eran correctos.
-“Entonces, general Madine, ¿está seguro de que los informes de vigilancia son correctos?” “¡Oh, desde luego, comandante!” –dijo Haathi, abriendo un gran medikit refrigerado y rebuscando en su interior-. “¡No hay seguridad! ¡Tan sólo una pequeña verja de rejilla metálica de dos metros de altura, un par de guardias, y un centenar de trabajadores de construcción!” “¡Vaya, gracias, señor!”
Maglenna no dijo nada. No llevaba mucho trabajando con Haathi, pero hasta ahora había observado que cuando Haathi comenzaba a refunfuñar, significaba que estaba pensando. Lo que, de acuerdo con la leyenda, a menudo era algo muy peligroso.
Morgan no parecía pensar lo mismo. Estaba sentada en una silla plegable en lo alto de un pequeño montículo, un poco más allá de Maglenna y Haathi. Llevaba la chaqueta alrededor de la cintura y estaba recostada, con gafas de sol, tomando el sol. Maglenna envidiaba la confianza inquebrantable de Morgan en todo lo que hacía Haathi.
En ese momento Haathi estaba sacando grandes cilindros metálicos del medikit y colocándolos ante ella en la manta.
-¿Qué hacemos ahora? –le preguntó Maglenna.
Haathi blandió uno de los cilindros.
-Esta parte del plan sigue siendo la misma. Entramos en la zona de baja seguridad exactamente como lo planeamos.
-¿Y una vez que entremos? Suponiendo que entremos... ¿Cómo entramos en el sector de alta seguridad?
-Estoy trabajando en ello. –Ofreció el cilindro a Maglenna-. ¿Brandy savareen?
-No, gracias...
Haathi se sentó frente a Maglenna y vertió el denso y transparente contenido en el tapón del cilindro.
-Entonces lo dejaré aquí sin más para guardar las apariencias.
-Comandante...
-T’Charek.
-T’Charek. Sé que no llevo mucho tiempo siendo miembro de este equipo, pero...
-Ya eres el mejor técnico médico que hemos tenido. A estas alturas, el último que tuvimos ya estaría corriendo a su casa.
-Bueno, francamente, eso ha pasado por mi mente.
-Y también por la mía. –Haathi abrió un par de contenedores de metal y vació su contenido marrón de aspecto asqueroso en un plato.
-¿Qué es esa cosa?
-Comida para llevar –dijo Haathi, pasándole un plato a Maglenna. La comida tenía un fuerte olor a moho, y Maglenna rehusó tomar el tenedor que Haathi le ofrecía-. Creo que se supone que es una imitación de algún plato rodiano.
A escasa distancia detrás de Maglenna, se escuchó el sonido de ramitas al romperse, y varias voces.
Maglenna trató de no prestar atención; ya contaban con las voces. Eran una parte importante de su plan original.
-T’Charek –dijo Maglenna-. Hay algo que llevo queriendo preguntarte.
-¿Ahora? –dijo una voz profunda, desde lo alto de los árboles.
-No –respondió Morgan sin levantar la vista.
-¿Qué es lo que quieres saber? –preguntó Haathi a Maglenna, dejando tres platos más sobre la manta como si estuviera repartiendo cartas.
-¿No debería haber recibido más entrenamiento?
Haathi tomó un sorbo de brandy.
-Interesante pregunta.
-Sólo digo que pasé directamente de recibir las órdenes a preparar esta misión. ¿No debería haber ido a una escuela de comunicaciones, o a entrenamiento de bláster avanzado, o...?
-Ahora estás en la escuela –dijo Haathi.
-En serio. Vamos, venga –dijo Maglenna. Había tratado por todos los medios de no caer en la exasperación, pero la técnica de improvisar sobre la marcha de Haathi ya había excedido los locos rumores que Maglenna había escuchado acerca de los líderes de Operaciones Especiales en general. Sin embargo, a Maglenna no le gustaba sentir que se estaba quejando-. No tengas miedo de sonar condescendiente –dijo a Haathi-. De algún modo tengo que aprender.
Haathi posó el último de los platos y se quedó mirando a Maglenna. Los ojos de Haathi eran sus únicos rasgos serios; el resto de su cuerpo siempre estaba fundido en alguna silla o apoyado contra el marco de una puerta, con un brazo levantado para enfatizar algún comentario irreverente que estuviera haciendo, y el otro colgando lacónicamente. Y media sonrisa en el rostro en todo momento. Daba la impresión de que en cualquier momento podías acercarte a ella y ella querría sentarse a tu lado, hablar contigo, invitarte a un trago. Pero cuando fijaba en ti sus ojos negros y miraba fijamente, de pronto sentías que no había lugar suficiente en toda la galaxia para esconderte de ella. Daba igual que fueras un piloto novato o un general. Te sentías empequeñecido. Igual que se sintió Maglenna, aunque Haathi dijera con voz tranquila:
-Maglenna, no es necesario ser condescendiente contigo.
-¿Ahora? -volvió a decir la voz de los árboles.
-No –dijo Morgan.
-Escucha –dijo Haathi, dirigiendo misericordiosamente un segundo sus ojos hacia la nevera-, sé lo que estás pensando. Estás pensando “Oh, cielos, mi oficial al mando ha perdido la chaveta porque aún está tratando de entrar al interior”. La cuestión es que no importa lo bien que hagas los planes. Algo siempre... –Miró por encima del hombro de Maglenna-. Allá vamos.
Maglenna se sobresaltó, pero no se dio la vuelta; las voces habían ido acercándose gradualmente, y ahora se habían detenido. Durante unos segundos todo quedó mortalmente silencioso, salvo por unos pocos pájaros que trinaban en la distancia. Maglenna sintió un escalofrío en la espalda.
Entonces Morgan habló con un discordantemente alegre tono de voz.
-¡Hola, muchachos!
-Señora –dijo una de las voces. Maglenna se dio la vuelta; cinco soldados del ejército imperial (un sargento, tres soldados y un cabo) estaban a unos 10 metros tras ella, con los rifles bláster colgando a la espalda.
El sargento se descubrió.
-Buenas tardes, señoritas –dijo.
-Caballeros –dijo Haathi. Maglenna forzó una sonrisa agradable y tendió el tapón con brandy en dirección al teniente.
-No, gracias –dijo-. ¿Les importaría decirme qué están haciendo aquí?
-¿Qué pasa, es una propiedad privada?
-Señora, se encuentran a escasa distancia de una zona restringida.
-Pero no estamos dentro, ¿verdad?
-No, señora.
Haathi posó ceremoniosamente su tenedor. Abrió sus ojos negros, que de pronto eran todo inocencia y nada amenazantes.
-Escuche, eh... ¿general?
Él soltó una risita.
-Sargento.
-Sargento, prometo que lo limpiaremos todo cuando nos vayamos. Sé que hay zonas habilitadas para picnic junto al lago, pero aquí todo es tan exuberante... Cada vez se está volviendo más difícil poder a sitios donde todavía queden árboles y hierba, ¿sabe? Últimamente todo es “talarlo todo, construir una ciudad, a quién le importa la naturaleza”. Bueno, ¿pues sabe qué? ¡A mí me importa!
-De acuerdo, de acuerdo, no se altere. Sólo le estoy informando de que si se alejan más allá del montículo donde está sentada su preciosa amiga –Morgan le saludó tímidamente con los dedos-, entonces tendré que escoltarlas fuera del bosque. Por su propia seguridad, se entiende.
-¿Sois policías, chicos? –preguntó Morgan.
-Algo así.
Uno de los soldados habló.
-¿Qué estáis tomando, chicas?
-¿Quiere un poco? –preguntó Haathi.
-Oh, no, no es necesario...
-¡No, en serio! ¡Cenen algo! Lo he hecho yo misma. Tomó un plato, vertiendo comida rodiana sobre él.
El sargento frunció el ceño.
-Parece comida para llevar.
-¿Qué? ¡He estado toda la mañana como una esclava preparándolo!
-Yo tomaré un poco –dijo el cabo, acercándose un par de pasos.
Haathi se apoyó sugerente en el medikit.
-¿Sólo usted? –preguntó.
Los otros cuatro soldados avanzaron.
-Ahora –dijo Morgan.
Sonó un susurro de hojas y un ligero chasquido desde el árbol al que se había estado dirigiendo Morgan, y algunas hojas cayeron al suelo; luego, los cinco soldados imperiales se llevaron las manos al cuello casi simultáneamente.
-¡Eh! Algo me ha picado... –exclamó uno de ellos, y luego cayó al suelo junto con los demás.
Unos instantes después, el capitán Jayme asomó en la rama más baja del árbol, con el rostro pintado de verde y su nuevo rifle sujeto al hombro con una correa, y saltó al suelo.
-¡Vaya! –dijo-. ¡Pensaba que no iban a quedarse de pie juntos nunca! –Lanzó el rifle, pequeño y ligero como una carabina, a Morgan-. Se desvía a la izquierda –dijo-. Arréglalo.
-¡Eh! –exclamó Morgan, casi tropezando con sus propios pies para atrapar el arma-. ¡Ten cuidado! ¡Esto no es como tus sucios blásters recién salidos de fábrica! ¡Es frágil!
Haathi se puso en pie y examinó a los oficiales, a los que Maglenna ya les estaba tomando el pulso. Se agachó junto a cada uno, les colocó una mano en el cuello, y analizó la sensación recibida. La temperatura corporal era templada, y sus corazones latían suave y lentamente.
-Están todos inconscientes –dijo.
Haathi meneó la cabeza.
-No deberían dejar que gente como esta accediera a zonas restringidas. –Alzó la mirada-. Maglenna, coge sus cosas. Jayme, tú coge nuestras cosas. Morgan, ayúdame a deshacernos de nuestro pequeño picnic.
Maglenna dudó; si había un procedimiento para desvalijar a los enemigos caídos, no sabía cuál era. Pero supuso que el equipo probablemente necesitaría todo lo que tuvieran. Tomó sus chaquetas, sus pantalones, sus cinturones, sus pistoleras, sus botas, y en cada bolsillo del pecho había una placa de identidad.
Jayme apareció junto a ella mientras se ponía la chaqueta del cabo.
-Necesitarás esto –le dijo, y le colocó una pistolera sobaquera que contenía un bláster de bolsillo completamente nuevo. Era el arma que ella había elegido, y Jayme había pasado las dos últimas semanas enseñándole cómo usarla adecuadamente. Ya había recibido entrenamiento de disparo cuando se unió a la Alianza, pero Jayme había insistido en que supiera cómo entrar en una sala, cómo desarmar a un oponente, cómo cubrir unas escaleras o un pasillo. Le había hecho desmontar y volver a montar su bláster varias veces mientras el equipo estaba en el hiperespacio.
Nadie hizo el menor intento de disimular el hecho de que tenía un medikit, aunque este era de fabricación imperial y había sido adquirido para la rebelión hace tiempo. También tenía un bláster DL-44 guardado en el fondo. Una vez más, por insistencia de Jayme.
En pocos minutos, todos estaban armados y preparados. Morgan y Haathi habían enrollado los restos del picnic –y el uniforme del quinto soldado imperial- en la manta, e introdujeron todo el paquete en un gran recipiente que decía “Gracias por Mantener Limpios Nuestros Bosques”, en la base de la colina. Dejaron a los soldados junto al recipiente, sujetos entre sí por sus propias esposas de retención. Haathi condujo al equipo adentrándose un poco en el bosque, donde esperaba el deslizador de patrulla de los imperiales.
-Yo conduzco –anunció Jayme.
Maglenna volvió a mirar en dirección a la guarnición. El cielo se estaba volviendo azul oscuro con el avance del atardecer, y la guarnición aún parecía lisa, pero esta vez de un modo inofensivo.
-Vaya –dijo a Haathi-. No puedo esperar a ver lo que has planeado hacer una vez consigamos entrar.
-Yo también siento algo de curiosidad –dijo Haathi, saltando al asiento de pasajero delantero-. Conduce, Jayme.

***

Haathi no se lo había dicho a Maglenna, pero estaba tan preocupada como ella por la misión. No era que tuviera miedo de que no se le ocurriera un plan; seguía sin tener uno, pero tenía plena confianza en que muy pronto aparecería uno. Las cosas raramente iban como la seda si las planeaba demasiado, porque en lo único que podías confiar estando en Operaciones Especiales, era que no podías confiar en que las cosas fueran de acuerdo con el plan. Pero Maglenna aún tenía que ver eso por sí misma.
Ya habían atravesado la zumbante verja de tres pisos usando la placa de identidad del sargento; ahora necesitaban pasar al guardia de la puerta principal, y eso iba a costarles algo de trabajo.
Haathi se volvió para mirar a Maglenna.
-Quiero felicitarte –dijo por encima del rugido de los motores- por el papel que estás a punto a llevar a cabo en tu primera misión.
Maglenna se inclinó hacia delante para escuchar mejor.
-¡Pero no sé qué tengo que hacer! –exclamó.
Haathi simplemente mostró una sonrisa pícara y se volvió. Avanzaban por un camino prefabricado que rodeaba completamente el campo de minas y la escarpada colina, y parecía que les conducía directamente a la garita del guardia del lado de mínima seguridad del depósito.
No, la auténtica preocupación no era la misión. La auténtica preocupación eran los compañeros de equipo de Haathi. Maglenna, por ejemplo, parecía tener cada vez más problemas en recordar por qué se había convertido en miembro de este equipo, pero Haathi consideraba que tenía buen ojo para ver quiénes de entre los bichos raros de la Alianza tenían talento. Aunque poca gente se daría cuenta de ello, Maglenna probablemente era la más rara de todos ellos; tenía las manos delicadas de una cirujana, pero había insistido en llevar a cabo entrenamiento militar básico cuando se unió a la rebelión. Parecía apreciar las normas, pero sin embargo nadie podía encasillarla adecuadamente en ninguna posición conocida. Era una diplomática de Alderaan, aunque haber perdido todo su planeta a manos del Imperio le daba un punto de amargura más allá del de típico joven recluta. Aparte de todo esto, sin embargo, Haathi realmente no sabía de lo que Maglenna era capaz, como agente, y aunque Maglenna estaba haciendo todas las preguntas adecuadas, aún estaba por ver lo bien que reaccionaba bajo fuego.
Sí sabía de qué eran capaces Jayme y Morgan, pero también estaba preocupada por ellos. Realmente preocupada.
Miró a Jayme, cuyos gruesos antebrazos llenaban a rebosar las mangas de su traje imperial y cuya gorra imperial colgaba de la nuca de su cabeza afeitada. Él miró en su dirección.
-Sí, pareces realmente imperial –dijo ella, levantando un pulgar de forma exagerada.
Él le respondió con una risita de diversión.
-Al contrario que tú.
-Estoy trabajando en ello. –Untó un dedo en el bote de la pintura verde de camuflaje de Jayme, y comenzó a extenderla por toda su cara azul-. Les diré que estaba cazando o algo.
Jayme le mostró una breve sonrisa.
-Eso les convencerá.
-Escucha –dijo-. He estado, eh... queriendo preguntarte... ¿estás bien?
-Genial. ¿Por qué?
Como si tuviera que preguntarlo. Hacía tres semanas, él y Morgan habían estado a punto de morir a manos de un droide asesino descarriado. Jayme había caído desde una altura de dos pisos por el hueco de un ascensor en construcción; Morgan había sido electrocutada cuando el droide la lanzó contra la parrilla de potencia principal de un YT-1300. El YT-1300 de Haathi. Y Maglenna casi había sido una víctima también, aunque en ese momento no era miembro del equipo de Haathi. Todo el mundo había pasado una semana a bordo de una fragata médica y Haathi había pasado la mayor parte de ese tiempo esperando tener noticias de si Jayme había sufrido algún daño cerebral al caer, o si Morgan había vuelto a caer en paro cardiaco, o si Maglenna tenía algún súbito tumor en los pulmones por haber respirado demasiado humo tóxico. La propia Haathi había respirado bastante de esa cosa, y tuvo que permanecer seis horas inmóvil en una máquina de respiración asistida.
Así que Maglenna podía preocuparse todo lo que quisiera por la misión. Eso era irrelevante. Haathi sólo sabía que podría llegar algún otro día en el que alguien saliera herido estando ella de guardia, y que puede que ella no estuviera allí para evitar que sucediera.
Haathi se volvió para mirar el asiento trasero. La atención de Morgan estaba centrada en la tableta de datos. Llevaba el uniforme de un soldado, con la gorra del revés.
-Morg, ¿podrías al menos intentar parecer imperial?
-Oh, vamos, T’Charek –dijo Morgan sin levantar la vista.
-La vestimenta no es algo trivial. Al menos recógete el pelo.
-Vale, vale, sólo un segundo. –Morgan usó su mano libre para levantar una pequeña holocámara con forma de bláster-. Ahora mírame como si acabase de derramar burbuglub en la consola principal de El Creador.
Haathi puso una horrible mirada asesina, y la cámara zumbó.
-Perfecto. –Morgan alzó la mirada-. Ya puedes dejar de taladrarme con los ojos.
-Aún me estoy recuperando de la imagen aterradora que has puesto en mi mente –le dijo Haathi.
-Tranquila. Lo limpié casi todo.
Haathi sintió que le daba un infarto.
-¿Qué?
-Es broma. Bueno, Maglenna, pon cara de mala...
-Morgan, te lo juro, como encuentre una gota de burbuglub en cualquier parte remotamente cerca de mi cabina...
-Silencio, todos –dijo Jayme. Haathi se volvió; la puerta principal estaba a unos treinta metros delante de ellos. Era la típica entrada a una base militar: un tipo en uniforme sentado en una pequeña oficina de duracemento, saludando a vehículos que entran y salen durante todo el día.
-Morg, ¿tienes preparadas esas placas? –preguntó Jayme.
-Mírame como si fuera el coronel Stijhl- dijo. Él echó una mirada por encima de su hombro; la cámara zumbó. –Bien –dijo Morgan-. Sólo necesito unos treinta segundos.
-Que sean dos –dijo Haathi. Morgan le tendió una placa identificativa de plástico. Tenía el número de serie del sargento cuyo uniforme llevaba Haathi; también tenía la foto de Haathi, con la piel de un color carne pálido en lugar de azulada e impregnada de pintura.
Jayme miró la suya.
-Son unas fotos muy buenas, Morgan.
-Gracias. –Morgan se apuntó a sí misma con la cámara, se puso la gorra del derecho, introdujo su largo cabello castaño bajo ella, y puso una cara amenazante hasta que se tomó la instantánea-. ¿Quieres una copia de la tuya para tu mami, Jayme?
-No. Se enfada mucho conmigo cuando no sonrío a la cámara.
-Puede que también tengas problemas explicándole por qué has vuelto a cambiar de bando –dijo Haathi.
Llegaron junto a la oficina del guardia. Se asomó por la ventana y les miró. Jayme mostró su placa de identidad, y las demás se irguieron en sus asientos.
-Patrulla 1138, adelante –dijo el guardia, cuadrándose con aire aburrido.
Estaban dentro. Hasta que se descubriera a la auténtica patrulla, podrían moverse a voluntad en esa sección de la base. A la izquierda de la puerta había una sencilla señal gris que salía de un matojo de hierba descuidada y que decía “Bienvenidos al Campo Zonith” en letras de un color naranja eléctrico, y en letras negras “Futuro hogar de la Guarnición de Suministros y Apoyo de Laertos. Por favor, disculpe el desorden: ¡estamos ocupados construyendo un futuro mejor!”. Alrededor había agradables edificios residenciales, árboles insertados en islas de duracemento, y edificios oficiales flanqueados por montones de tierra blanda que indicaban futuros céspedes.
-¿No es bonito? –dijo Haathi-. Ya me siento en casa. –Extrajo una caja plana de metal de la bolsa que tenía a los pies.
Maglenna se inclinó hacia delante.
-¿Qué es eso?
-Mi cofre del tesoro –le dijo Haathi. Mostró a Maglenna lo que había dentro: docenas de galones de rango imperiales, rojos, azules y amarillos.
-Bueno, veamos –dijo Haathi, rebuscando entre ellos-. ¿Qué querrías ser? –Sacó una insignia gris y cuadrada con una fila de cuatro galones rojos sobre una fila de cuatro galones azules-. Yo creo que tienes pinta de comandante. Comandante... -miró la placa de identidad de Maglenna- Eckhord.
Maglenna la tomó con aire ausente, y reemplazó con ella sus galones de teniente.
-¿No preferirías estar tú al mando? –preguntó a Haathi.
-Puede que más tarde decida ser coronel, si me conviene. Por ahora necesito que parezca que eres tú quien está al mando.
-¿Cómo voy a...?
-Tranquila. Seguiré siendo yo quien te dé las órdenes.
-¿Hacia dónde, T’Charek? –preguntó Jayme.
-El edificio de administración. Muy poca seguridad.
-¿Sí? ¿Qué vamos a hacer?
Haathi se dirigió a Maglenna.
-¿Querías algo de entrenamiento? Pues toma entrenamiento. Regla Número Uno: Los planes tontos sólo son tontos si no funcionan.
-¿Tienes un plan? –preguntó Maglenna.
-¿Creías que tenía alguno?

***

El edificio de administración era una construcción de color beige con forma de T, con ranuras en lugar de ventanas, y una gran y amplia escalinata en la entrada. Maglenna se ajustó su insignia de comandante y se preguntó si podría haber estado trabajando en el equivalente de este puesto en la Alianza en caso de no haber sido alistada en Operaciones Especiales. En ese momento era difícil saber qué era peor.
Jayme aparcó el vehículo repulsor y todo el mundo descendió, y, por orden de Haathi, Maglenna abrió la marcha subiendo las escaleras. Entraron directamente al interior, cruzando el vestíbulo de suelo negro que aún no disponía de muebles, y mostraron sus placas en el mostrador principal, que en realidad aún carecía de mostrador. El funcionario miró con extrañeza a Haathi, pero les dejó pasar hacia un conjunto de turboascensores de carga.
-Maglenna, estás familiarizada con la administración. ¿Dónde estará ubicado el sistema de archivo informático? –preguntó Haathi.
-En el sub-nivel –dijo Maglenna-. Y –añadió, sintiéndose poseedora de algún conocimiento útil por primera vez en todo el día- serán más cuidadosos con la seguridad ahí abajo.
-Es bueno saberlo –dijo pensativa Haathi.
El turboascensor les dejó en una gran zona con aspecto de almacén. Faltaban pedazos de suelo y había una fina neblina de polvo de duracemento en el aire, y el sonido de un martillo de energía resonaba desde algún lugar en la distancia. A lo largo de los muros y dispersos por todo el suelo había diversos muebles de oficina, y en el muro opuesto había una puerta blindada sellada, flanqueada por dos guardias que aún no habían advertido que nadie hubiera bajado al sótano.
De pronto Maglenna pensó algo. Su mente aún no había registrado qué era, pero tenía el presentimiento de que sería mejor si lo hacía así, de modo que se agachó tras una unidad de consola suelta, con el corazón latiendo con fuerza.
-Distraedles –dijo, agazapándose y avanzando, medio caminando, medio reptando, hacia el extremo opuesto de la consola, hacia los guardias.
Tras ella los demás comenzaron a tirar muebles al suelo. Maglenna salió disparada para ocultarse detrás de un montón de finas sillas, y luego tras un gran escritorio. Echó un vistazo desde un costado. Ambos guardias, uno rechoncho y otro alto, se encontraban ahora a unos 10 metros de ella, con un gesto de pura exasperación en sus rostros.
-¡Eh! –gritó el guardia rechoncho-. ¡Dejad esas cosas en paz, gamberros!
Se apartaron unos cuantos pasos de las puertas blindadas, que tenían “Operaciones Informáticas – Subnivel Uno” pintado sobre ellas.
-Pero simplemente las estamos trasladando –dijo Morgan.
-¡Lárgate, soldado! ¡Lo digo en serio! ¡Esto es una zona restringida!
Morgan comenzó una detallada explicación acerca de sus órdenes. Casi era inaudible sobre el sonido de Jayme y Haathi arrastrando el mueble inferior de cada montón, pero Maglenna reconoció el sonsonete que Morgan utilizaba en sus insufribles peroratas de tecnocháchara. Interesante táctica para tranquilizarles, pensó Maglenna.
Los guardias se apartaron más de la puerta, gritando por encima del discurso de Morgan. Maglenna se plantó de una rápida zancada ante las puertas blindadas. Pensó en la postura que mantenía Jayme cuando se plantaba en medio del camino de alguien, y en cómo Haathi le había mirado antes, y se aclaró la garganta.
-Caballeros –dijo con voz calmada y los brazos cruzados en el pecho.
Ambos se volvieron y luego dieron instantáneamente un paso atrás.
-Pedí a Artillería que enviase personal para meter dentro algunas cosas –dijo Maglenna, señalando las puertas-. ¿O acaso preferís moverlas vosotros mismos?
-No hemos sido informados –dijo el alto.
-Oh, lo siento, ¿se supone que debo pediros permiso para cada insignificante tarea?
-Ehhh... no, comandante –dijo el gordo.
-Si tengo que pasar un solo día más sentada en el suelo mirando esos... –hizo un gesto con la mano abarcando todo- horribles muros sin decoración, me va a dar un aneurisma, y no queremos eso.
Los guardias parecieron pensar en ello por un instante, pero dijeron:
-No, señora.
-¡Porque entonces tendría que golpear algo! ¡Como esta silla! –Dio una patada a la silla de escritorio más cercana, que tenía ruedas y salió despedida por la habitación. Chocó contra una elevada pila de sillas más pequeñas, que cayeron al suelo con un fuerte y chirriante estrépito. Maglenna hizo una mueca; no pretendía haber hecho eso.
Los guardias, sin embargo, palidecieron, y corrieron de vuelta a la puerta.
Haathi y los demás –todos ellos portando algún mueble- mostraron sus placas de identidad. El guardia alto apenas se fijó en ellas mientras él y el otro guardia corrieron a pulsar el botón de apertura de la puerta al mismo tiempo, golpeándose mutuamente las manos.
Maglenna indicó al equipo que entrase.
-¡Y que no vuelva a ocurrir! –gritó por encima de su hombro, y entró ella también al interior.
Cuando las puertas se cerraron tras ellos, sintió algo completamente nuevo; un salvaje subidón de adrenalina.
-Eres un poco demasiado buena en esto de ser imperial, comandante –dijo Jayme, rodeándole los hombros con su brazo a modo de felicitación.
-Son las botas –le dijo ella.
Se encontraban en un pasillo brillantemente iluminado con muros de transpariacero. Había otra puerta ante ellos, y a través de los muros podían ver que conducía a la sala de ordenadores principal: una zona inmensa tenuemente iluminada con pasarelas y terminales informáticos en los lados, un techo elevado, y las luces rojas de los paneles de control rivalizaban con el resplandor azul de los monitores en ser la única fuente de iluminación de la sala. Decenas de técnicos imperiales se entrecruzaban con tabletas de datos o se encorvaban sobre sus terminales, un ejército de pálidas criaturas subterráneas que nunca veían la luz del día.
Haathi encontró un armario cercano lleno de suministros de limpieza, donde dejó el cuadro que llevaba en sus manos.
-¿Quién quiere escuchar mi plan? –preguntó.
Morgan levantó la mano.
-Era una pregunta retórica, Morg.
-Ya lo sabía.
-¿Queréis saber cómo vamos a colarnos en el letal sector de máxima seguridad de la guarnición?
Todo el mundo la miró expectante.
-No vamos a hacerlo –dijo.
-¿Qué? –dijo Jayme.
-Pero vamos a hacerles creer que lo hemos hecho.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Engranajes en movimiento (y III)


Arvee observó las estrellas, puntos blancos contra el cielo negro. La mayor parte del polvo se había asentado, revelando que su bomba improvisada había acabado con bastantes soldados de asalto. Los cuerpos acorazados estaban dispersos entre los rebeldes abatidos, con los brazos y piernas formando ángulos extraños, como muñecos rotos. Tantos cuerpos...
El cuadrúpedo con aspecto de sapo tragó saliva. Había participado en tiroteos, pero no en ninguno con tantas bajas.
-¡Volved a la lanzadera! –ordenó a los rebeldes restantes-. ¡Moved los pies o ninguno de nosotros logrará salir de esta bola de polvo!
Todavía quedaban varias docenas de soldados de asalto a los que enfrentarse... fácilmente el triple de efectivos que los rebeldes que aún permanecían en pie. Pero Arvee confiaba en que sus hombres eran mejores que los impes. Inclinó la cabeza a un lado y escuchó lo que parecía un lamento incesante. Las motos deslizadoras habían alcanzado el extremo opuesto del paso. Estarían aquí en cuestión de instantes. El ruido era fuerte y de distintos tonos. Arvee juró para sí. Había más motos deslizadoras de las que había supuesto inicialmente.
-¡Daos prisa! –aulló a sus hombres. Se agazapó entre los cadáveres que llenaban el espacio entre las dos colinas, esperando que su coloración le ayudase a ocultarse. Arvee pretendía cubrir a los rebeldes que se retiraban, aunque sospechaba que su heroísmo le costaría la vida. Sabía que se llevaría consigo a muchos soldados de asalto, y rezaba por que suficientes rebeldes lograsen llegar a la lanzadera para tripular la nave e informar del incidente de Vengler.
Tras él continuaba el sonido de los rifles bláster. Ambos lados estaban disparando, dedujo, ya que los rifles de los impes tenían un sonido más agudo. Sonó otra explosión en la distancia. Arvee supuso que uno de sus hombres había fabricado una bomba improvisada con paquetes bláster. Débilmente, escuchó un grito de victoria. La voz era sullustana. Se permitió una débil sonrisa.
-Tal vez los bípedos puedan lograr escapar después de todo –susurró. Entonces las motos deslizadoras llegaron prácticamente a su altura, y pudo distinguir las formas de los soldados de asalto corriendo tras ellas-. ¿De dónde han salido todos esos impes? –Blandió su rifle prestado y comenzó a apretar el gatillo. Apuntaba a los motores de las motos en cabeza, y consiguió dos impactos antes de que los soldados exploradores se dieran cuenta de lo que estaba ocurriendo. Las motos chisporrotearon y tosieron y se llevaron a sus pilotos indefensos girando sin control por la colina-. Dos menos, quedan diez –gruñó mientras esquivaba un disparo del cañón de una moto y vio a otra moto dirigiéndose directamente hacia él-. Ah, ratas womp. Ese me ha visto.
Arvee salió disparado hacia su derecha justo cuando el cañón de una moto deslizadora vaporizaba el punto que había estado ocupando tan sólo un instante antes. Giró sobre sus patas traseras, alzó su rifle, y se sintió volando hacia delante. Un explorador en otra moto había pasado tras él, golpeando sonoramente el cráneo del cuadrúpedo con la culata de su bláster.
-Reunid a los prisioneros –escuchó a duras penas Arvee decir al soldado de asalto, mientras se sumía en la inconsciencia-. Tenemos mucho espacio para ellos en la nave.
Arvee se despertó en la bodega de carga, con las piernas esposadas a la pared. Le dolía la cabeza y le ardían los pulmones por inhalar todo ese polvo y el aire cargado de fuego bláster. Entrecerró los ojos en la tenue luz y trató de enfocar la mirada en sus camaradas rebeldes. Contó 20, todos esposados igual que él. Eso significaba que 130 habían muerto en la emboscada. Tal vez, si la Fuerza les acompañaba, algunos habrían escapado.
Meneó la cabeza.
-No se suponía que debía ocurrir así –murmuró.
-Desde luego que sí. –La voz, cortante y rezumante de arrogancia, provenía de una puerta en sombras.
Arvee miró a la oscuridad, y sus ojos separaron las sombras hasta que descubrieron el larguirucho cuerpo de un capitán imperial. El capitán sonrió y se acercó unos pasos.
-Vuestra información era incorrecta –dijo el capitán con aire arrogante-. Se proporcionaron informes falsos a vuestro droide espía, diseñados para que creyerais que sólo había un pequeño puesto junto a la mina.
-La base… -comenzó Arvee.
-Ya lleva bastante tiempo en Vengler –completó la frase el capitán.
-¿Por qué?
El capitán rio.
-¿Por qué tomarse todas estas molestias para vencer sólo a un puñado de soldados rebeldes? No sólo a uno. A docenas. ¿Sabes?, otras trampas están saltando mientras hablamos.
Arvee se hundió contra la pared.
-Tú, y los rebeldes capturados en nuestras demás operaciones, seréis llevados a una fortaleza en Wayland, donde seréis... –se detuvo, buscando la palabra correcta- expertamente interrogados.
-No obtendréis ninguna información de mí o de mis hombres –escupió Arvee.
-Oh, sí que lo haremos. Con el tiempo. Y eso ayudará a adelantar la caída de vuestra lamentable Alianza. No podéis ganar. El Imperio es demasiado fuerte, tiene tentáculos en todas partes. Ahora, si yo estuviera en tu lugar, descansaría un poco. Puede que esta sea la última noche de su vida en la que pueda dormir.

***

-Necesito dormir un poco. –Amalk se apartó del droide de protocolo negro y se pasó los dedos por el cabello que empezaba a ralear-. Llevo trabajando en ti toda la noche. –Echó un vistazo a la ventana del taller, donde la luz rosada del amanecer comenzaba a abrirse paso-. Sí, me tomaré un par de horas de descanso, y luego te daré un baño de aceite. Te pondré en el escaparate.
Hizo espacio para el nuevo droide. La fila de droides de protocolo de Amalk tenía un espacio vacío, justo en el centro. Las unidades de protocolo estaban apagadas, conservando su energía para el día que llegaba. Los astromecánicos habían terminado hace rato sus holojuegos y se habían unido al resto del inventario de Amalk en lo que podría llamarse dormir.
-Puedes quedarte despierto si quieres –dijo Amalk a su nueva adquisición-. Siéntete como en tu casa. Piensa en algún nombre para ti. –Bostezó y se frotó los ojos-. Echo una siesta y te veo luego.
Los ojos blancos del droide observaron cómo Amalk se dirigía a la habitación trasera. Su cabeza negra giró lentamente a un lado y a otro, examinando al conjunto de droides, advirtiendo que ninguno estaba activo, ni siquiera el explorador. Pero para estar seguro... El droide se deslizó detrás del mostrador, y recogió los pernos de contención que Amalk tenía allí para los clientes. Había justo los suficientes para los droides que consideraba una amenaza. Cuando hubo terminado, avanzó sin hacer ruido, siguiendo los pasos de Amalk. Cruzó la puerta, alzó su brazo derecho, y un estrecho rayo bláster salió disparado de la placa de su palma y golpeó al hombre en la espalda cuando este estaba apartando la colcha y metiéndose en la cama.
-¿Qué...? Amalk cayó de rodillas e inmediatamente rebuscó en su bolsillo su única arma, un pequeño bláster que siempre tenía con él por si alguien trataba de atracar su tienda. Lo liberó y apretó los dientes mientras se volvía a enfrentarse al intruso. El dolor de la herida renovó su intensidad al moverse, y se mordió el labio inferior para evitar gritar. Entonces se quedó boquiabierto al ver al droide de protocolo negro apuntándole.
-¿Tú? –Amalk disparó. El rayo de su arma rebotó en el metal brillante y se perdió lejos sin causar ningún daño. Volvió a disparar una y otra vez mientras el droide se acercaba.
-No –dijo el droide.
Era la primera palabra que Amalk escuchaba decir al droide. Debe de haber conectado su vocabulador, pensó¸ mientras estaba ocupado limpiando mis herramientas. Pero, ¿por qué? Le he borrado la memoria. Es un droide de protocolo. No un asesino.
-No –repitió-. No te mataré con este bláster. Habría demasiadas preguntas. –Su cabeza angular giró sobre su cuello, y sus ojos blancos se fijaron en la cuba donde los droides de Amalk recibían sus baños de aceite-. Sí.
Amalk reptó hacia la puerta trasera, con movimientos lentos debido a su edad y al dolor. El droide le siguió y le detuvo agarrándole del hombro con su fuerte mano. El hombre luchó por zafarse, pero el droide le tenía bien sujeto, y luego, bajando una mano al otro hombro, lo levantó en vilo sin esfuerzo.
-¿Qu-qu-qué eres? –tartamudeó Amalk.
-No un droide de protocolo, no nada que puedas poner en un escaparate y vender como un espía. –Los ojos del droide brillaron-. Ya soy un espía. Y sirvo a un amo mucho mejor que tú.
-El Imperio –dijo Amalk.
El droide asintió.
-Pero te borré la memoria.
-¿Pensabas que sólo tú podrías crear un programa tan complejo, tan profundo, que no pudiera ser detectado, ni borrado?
-Alguien me descubrió.
-Y alguien ha estado deshaciendo lo que tú has hecho.
Amalk lloró abiertamente.
-La Alianza. ¿Qué es lo que he hecho?
El droide lo transportó al baño de aceite, lo dejó caer en la cuba, y sostuvo su cabeza por encima de la superficie negra como la tinta.
-Tu sobrino llegará mañana al espaciopuerto y descubrirá tu cuerpo. Un accidente. Te ahogaste mientras tratabas de ayudar a un astromecánico a salir de la cuba. Tu sobrino Eld heredará tu tienda y tu inventario. Seguirá donde tú lo dejaste: vendiendo droides que espíen para los militares. –El droide empujó la cabeza de Amalk bajo la superficie y mantuvo ahí al viejo mientras este se debatía débilmente-. Pero venderá a una clientela distinta. Y será el Imperio quien se beneficie de la red de inteligencia.
Los esfuerzos de Amalk cesaron y el droide soltó el cuerpo. Se limpió las manos en una toalla y volvió a la tienda, ocupando su lugar en la fila de los droides de protocolo.
Se apagó.
Y esperó.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Engranajes en movimiento (II)


-¿Acomodándose para la noche, señor?
El droide explorador dio la vuelta al cartel de “cerrado” en la tienda de Amalk y echó un vistazo a su alrededor para asegurarse de que todo estaba seguro. La única luz del interior estaba sobre una mesa de trabajo donde había desplegadas cuidadosamente varias herramientas. La mayor parte de los droides se habían apagado. Unos pocos estaban en la habitación trasera tomando un baño de aceite y observando a las unidades R2 reunidas alrededor del tablero de juego holográfico.
-No. Esta noche voy a quedarme hasta tarde trabajando.
-¿En los astromecánicos de los jawas?
Amalk negó con la cabeza.
-A ellos les tocará mañana. Estoy más interesado en el droide de protocolo de una pierna.
-Un diseño elegante, señor. Nada que yo haya visto antes, y he visto unos cuantos pasando por su tienda. Puede que sea un modelo muy nuevo, o un diseño único realizado especialmente por encargo. Mmmm. Supongo que también podría ser uno muy viejo, una antigüedad que haya sido mantenida en buen estado. –El explorador ladeó la cabeza-. Excepto por la pierna que falta, por supuesto.
-Tendré que usar esa –dijo Amalk señalando una pierna color gris oliváceo que colgaba detrás del mostrador-. Al menos hasta que pueda conseguir una que haga juego con el resto de su cuerpo.
-Estoy seguro de que Y3-FE9 podría ayudar. Se está volviendo cada vez más eficiente soldado juntas. Yo ayudaría si pudiera. Pero la mecánica y la electrónica no son mis áreas de experiencia.
Amalk no respondió. Estaba ocupado transportando al droide de protocolo negro a su mesa de trabajo. Después de limpiar el polvo de su carcasa, el droide tenía un aspecto suave y brillante, con unos pocos ángulos pronunciados. No había ni un arañazo en su superficie metálica. Lo posó sobre la mesa casi con reverencia.
-Les dije a los jawas que sólo te compraba para usarte como piezas de recambio. Realmente pensaba eso en ese momento –dijo para sí mismo-. Pero tal vez consiga hacerte funcionar. Serás una pieza muy llamativa. Me pregunto qué lenguajes conoces. Cuántos. Me pregunto dónde has estado. ¿Quién te hizo?
-Si no me necesita para nada, señor, me gustaría ir atrás y ver el holojuego.
Amalk hizo un gesto con los dedos, dando permiso al droide explorador para que se fuera.
-Hmm. Tal vez pueda venderte a un señor del crimen que colecciona droides selectos. O a un mercader que viaja por las rutas imperiales. No importa a quién te venda, serás un magnífico informador. –Abrió la placa pectoral y comenzó a tararear. Seleccionando sus herramientas, Amalk comenzó a reparar el droide.
-Definitivamente se te podía arreglar –dijo después de que hubieron pasado unas cuantas horas y se terminase un concienzudo lavado de memoria-. No estabas en tan mala forma después de todo. No. En absoluto. El chip de lenguaje estaba intacto. Los jawas no sabían lo que tenían. Todo lo que necesitas ahora es una nueva pierna, un interruptor de reactivación especialmente modificado, y mi programa de inteligencia implantado profundamente. Indetectable, imborrable. Perfecto. –Continuó trabajando sobre el droide.
-Nadie descubrirá jamás que estás trabajando para la Alianza. Tus fotorreceptores y grabadores auditivos absorberán toda clase de actividad imperial, y me la transmitirás en cuanto puedas tengas un momento libre para descargar información. Vaya, tal vez incluso pueda venderte a un oficial imperial. Abrillantarte hasta atraer su atención. Obtendrías información de primera mano. Sí, serás una buena adición a la red de espionaje rebelde. ¿Sabes? He colocado casi 50 droides con mi programa insertado en sus entrañas. Llevan espiando al Imperio más de un año. Pronto te unirás a ellos.
Engrasó el motivador del droide negro, luego pulió cuidadosamente las placas metálicas que cubrían la mayor parte del cuerpo.
-Eres una belleza –susurró suavemente. La cara del droide estaba bien definida, no muy distinta al rostro del droide chef que había adquirido hacía unas semanas. Pero este era casi hermoso en términos humanos. El ceño inclinado hacia atrás para formar una cresta que parecía los nudillos redondeados de un puño cerrado-. A juzgar por ese locomotor sobredimensionado, diría que serás capaz de moverte muy rápido. Si te engrasas lo suficiente, también serás silencioso. Tienes algunos anexos y compartimentos interesantes. Les echaré un vistazo por la mañana.
Amalk se apartó del banco de trabajo y tomó la pierna gris oliva.
-Odio ponerte esto, pero quiero que puedas ponerte en pie y andar. Quedarás un poco inclinado, pero sólo durante un par de días. Efeenueve me ayudará a fabricarte una nueva pierna, negra y brillante, tan bien hecha que nadie salvo tú y yo (y Efeé, por supuesto) sabrá que no es tu pierna original. ¡Ya está! –Conectó los cables de la pierna gris a la cadera del droide, engrasó las juntas, y luego conectó la unidad de energía.
Los ojos del droide negro brillaron con luz blanca en sus oscuras cuencas.