jueves, 11 de diciembre de 2008

Caza Tie: Las crónicas de Stele (IX)

Entrenamiento básico

El primer día fue una maravillosa mezcla de actividad, caos y algo de orden. Fueron registrados, examinados, puestos a caminar, alimentados (no demasiado), examinados de nuevo, divididos en grupos, y finalmente asignados a sus alojamientos. Varios de los reclutas que viajaban con Maarek ya no estaban allí. Probablemente habían sido enviados de nuevo a sus casas.
Maarek no tenía ni idea de la hora relativa del sistema, pero era muy tarde cuando por fin pudo desplomarse sobre su pequeño e incómodo catre, en los barracones primarios. Cada recluta había recibido un pequeño holo.
-Tragaos esto esta noche, y preparaos para digerirlo mañana -les habían dicho.
Se sentó, tomo el holo en sus manos y lo activó.


Regreso a bordo del Venganza


Durante las semanas que siguieron, Maarek fue examinado, entrenado intensivamente en procedimientos militares, siguió un entrenamiento físico básico y vuelto a examinar una y otra vez. No tenía ni idea de en qué lugar se encontraba. Nadie se lo había dicho. Y había aprendido rápidamente a no hacer preguntas. Pero también aprendió muchas otras cosas, y aparentemente se convirtió en un perfecto soldado bien adoctrinado del Imperio. Sin embargo, mantenía su propia opinión, y soportaba la situación hasta que las pruebas hubieran terminado.
Cuando su entrenamiento básico terminó, fue embarcado de nuevo, pero esta vez a bordo de una lanzadera militar, y transferido a un puesto avanzado, sobre un asteroide aparentemente abandonado. Permaneció algunas horas en un almacén perdido, mordisqueando sus raciones y discutiendo de naderías con el único agente de guardia en el lugar. Era el único recluta que había descendido en ese puesto avanzado. Más tarde fue transferido de nuevo, con otras personas a las que no conocía, a bordo de otra lanzadera que iba a reunirse con el Venganza. Reconoció a uno de los otros pasajeros: la mujer bordali de la lanzadera. Si ella también le había reconocido, no dio muestras de ello.
En total, había abandonado el Venganza hacía poco más de dos meses. La nave no había cambiado mucho.
Salvo que ya no vivía en los alojamientos civiles.
-Vuestras órdenes están anunciadas en la holopantalla, en esa pared -anunció el comunicador cuando desembarcó de la nave.
Maarek leyó la sección que le incumbía. Estaba asignado a la cubierta 3. Sobre el mapa, vio que ese punto estaba situado cerca del hangar de los cazas TIE. Pensó que se trataba sin duda de los alojamientos de los pilotos, y sintió que le invadía cierto nerviosismo.
Durante su entrenamiento básico, aprendió a no hacer preguntas. Eso no le había sido fácil de asimilar, y numerosas veces tuvo que ser castigado a trabajos pesados por haber abierto la boca. No es fácil perder una costumbre tan antigua en unas semanas, pero Maarek había aprendido a aguantar, a esperar el momento adecuado, y a elegir cuidadosamente sus amigos y confidentes.
Sin embargo, estas nuevas restricciones tenían un gran inconveniente: se perdió intentando buscar sus alojamientos, cuando una simple pregunta habría bastado para ponerle más rápidamente en la dirección correcta. Pero finalmente consiguió encontrar su camino, no sin antes haber atravesado zonas donde se veía que no era bienvenido, y donde los oficiales y los hombres de servicio se detenían bruscamente para Mirarle enfurecidos. No obstante, nadie le preguntó qué buscaba, nadie le ofreció su ayuda. Maarek generalmente huía del lugar lo más rápido posible.
Su nueva habitación era un verdadero remanso de paz y de intimidad tras semanas en los barracones del campo de entrenamiento y su periplo por las entrañas del destructor estelar. Había una única litera en la cabina, y se tumbó en ella inmediatamente.
Unos instantes más tarde, alguien se presentó a su puerta y llamó.
-Entre -dijo Maarek con voz dubitativa.
Era Pargo. Permaneció plantado ahí, mirándole con aire estúpido, y Maarek rompió a reír. Su amigo llevaba un uniforme de la armada flamantemente nuevo. Le saludó marcialmente.
Maarek se devolvió el saludo con el corazón encogido, ya incómodo por esas formalidades de la vida militar.
-¿A qué viene esa gran sonrisa? -le preguntó.
Pargo entró en la habitación y se apoyó en el escritorio integrado en la pared.
-Me alegro de volver a verte, tan... -respondió de forma descarada. Aparentemente, se moría de ganas de decirle algo a Maarek. Parecía un monstruo de las nieves a punto de devorar un taun-taun.
-Venga, dime lo que sea -a Maarek no le gustaba que le hicieran esperar para decirle las cosas importantes. Y a juzgar por el gesto de Pargo, debía tratarse de algo muy importante-. ¿Te vas a quedar ahí plantado todo el día, o qué?
-De acuerdo, no te me subas a la parra. Estoy contento por dos razones. La primera, que has vuelto de tu entrenamiento y que ya eres por fin uno de los nuestros. Pasan muchas cosas a bordo de un destructor estelar, cosas de las que los civiles no tienen ni idea...
-Seguro -respondió Maarek prudentemente-. ¿Y la otra razón?
-Voy a convertirme en soldado de asalto. Me han pedido que comience el entrenamiento en tres días.
Maarek no estaba muy seguro de comprender por qué Pargo estaba tan contento. Por supuesto, las tropas de asalto eran la división militar más temida y respetada de las fuerzas del Imperio, pero todo ese aparejo, esa armadura, el hecho de no tener ni nombre, ni cara, lo le agradaban mucho a Maarek. Pero, por otro lado...
-Es genial, Pargo. Creo que la armadura te sentará muy bien. Por mi parte, yo voy a seguir un entrenamiento de piloto.
La sonrisa de Pargo desapareció.
-¿Quieres decir que vas a pilotar uno de esos desvencijados cazas TIE? Esas naves son auténticos ataúdes volantes. ¿Estás loco o qué?
-Eso creo -respondió Maarek-. ¿Has oído hablar de mi pequeña aventura?
-Sí -respondió Pargo-. He escuchado hablar de ella. Ya te vale de presumir de esa manera. ¿Nunca estás satisfecho, eh?
Maarek estalló en carcajadas.
-Hay quien nace con estrella, y otros...
Pero Pargo se había puesto muy serio.
-Ten cuidado. Esto no es una carrera de barredoras. Acabarás en pedacitos dentro de una nube de humo si no eres prudente.
-Harás mejor en preocuparte de ti, Pargo. Una armadura de soldado de asalto nunca ha detenido un disparo de bláster. Y como te conozco, serías el primero en ponerte delante de un bláster para saber si es verdad.
-Creo que ambos tendremos una vida corta y llena de acontecimientos -respondió Pargo con una media sonrisa-. Bueno, debo irme. Entro en servicio en unos minutos.
Poco después de la partida de Pargo, un mensaje apareció en la pequeña consola de comunicaciones de la habitación de Maarek. Le pedían que se presentase en el entrenamiento de pilotos a las siete horas de la mañana siguiente.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Solitario de Jade (VIII)

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El dormitorio-comedor-baño comunal del que Sansia había hablado estaba justo al otro lado del corredor de los hoyos del limo. Y era realmente tan desagradable como su tono le había hecho esperar a Mara. Alrededor de la mitad de las mujeres había terminado su limpieza cuando Mara llegó, dejando el líquido de los abrevaderos asemejándose más a una versión más fluida del limo que a cualquier cosa que se pareciera al agua. Mara se unió a la muchedumbre de mujeres que esperaban su turno, y bajo la cobertura de los cuerpos que se apretaban a su alrededor, extrajo las redomas de su traje de salto y comprobó que realmente contenían los productos químicos que quería. Una vez más, el entrenamiento exhaustivo en sabotajes que el Emperador le había dado hace tanto tiempo iba a resultar útil.
—Creí que estaba bromeando sobre eso de ir a recoger algunas cosas. -La voz de Sansia vino suavemente de detrás de su hombro, demasiado baja para que la oyera cualquiera de las otras mujeres a su alrededor-. ¿Dónde ha conseguido esto?
—El armario de suministros del médico -le dijo Mara, concentrándose en la tarea de verter la primera redoma en uno de los botellines, sosteniendo ambos a la altura de su cintura dónde la actividad estaría oculta a ojos entrometidos.
Sansia carraspeó.
-Supongo que es demasiado tarde para mencionar esto, pero el establecimiento médico probablemente también tenga cámaras de vigilancia.
—Lo sé -dijo Mara-. No se preocupe, me he encargado de eso. Tenga, sostenga esto.
Le pasó la redoma vacía y el botellín lleno, echando un rápido vistazo a Sansia al hacerlo. A pesar de los esfuerzos de la otra mujer por limpiarse, su cabello y su ropa todavía estaban terriblemente rayados y manchados con el limo en el que se había pasado el día. Fueran cuales fuesen las razones de Praysh para odiar a las hembras humanas, decidió oscuramente Mara, había llevado su campaña de degradación al extremo.
—Creí que no iba a regresar -dijo Sansia, con un tono de voz algo raro mientras Mara comenzó a llenar el segundo botellín con una de sus otras redomas-. Me alegro de haberme equivocado.
—Estoy acostumbrada a que me subestimen -le aseguró Mara-. ¿Cree que podrá encontrar el camino a donde guardan su nave?
—Como si fuera el camino de vuelta a casa desde un campo de ejecución -dijo Sansia con sentimiento.
—Bueno. Descríbame la ruta.
Incluso sin mirar podía darse cuenta de la súbita tensión en la mente y el cuerpo de Sansia.
-¿Por qué necesita saberla? -preguntó cautelosamente la otra mujer-. Vamos a estar juntas, ¿no?
—Podríamos separarnos -señaló Mara pacientemente-. O usted podría herirse o incapacitarse de algún otro modo. No quiero tener que cargar con usted y encontrar el camino al mismo tiempo.
Hubo una corta pausa.
-Supongo que eso tiene sentido -concedió al fin Sansia, renuentemente-. Bien. Sale por esa puerta de ahí y gira a la derecha...
Repasó la ruta entera, describiendo cada giro e intersección con gran precisión. Claramente, la mujer tenía ojo para los detalles. Cuando terminó, el segundo botellín estaba lleno.
Y ellas estaban preparadas.
-Bien -dijo Mara, dándole a Sansia la segunda redoma vacía y recuperando de ella el botellín lleno-. Deshágase de las vacías en alguna parte fuera de la vista y luego acérquese a la puerta. ¿Alguna vez han tenido simulacros de incendio aquí?
Sansia parpadeó.
-No desde que yo llegué, no.
—Bueno, pues van a tener uno ahora -dijo Mara-. Cuando los drach'nam vengan corriendo, asegúrese de que no le arrollen. En todo caso, simplemente espere junto a la puerta hasta que yo venga por usted.
—Entendido. -Sansia tomó una respiración profunda-. Buena suerte.
Se alejó de Mara, deslizándose cautelosamente a través de la multitud de mujeres todavía cubiertas de limo. Mara se quedó con la muchedumbre, avanzando lentamente, cuando se abrían espacios, hacia el abrevadero, mientras realizaba mentalmente una lenta cuenta atrás y preguntándose si podía arriesgarse a limpiarse un poco antes de que llevaran a cabo su fuga. Probablemente le daría tiempo, decidió renuentemente. El bith notaría las redomas desaparecidas en cuanto mirase en el armario de suministros, y probablemente sería tan rápido en informar de la pérdida como lo había sido en retirar el limo de la cámara de vigilancia.
La última mujer delante de ella se marchó, y Mara estaba finalmente en posición. Dando una palmada a su última redoma llena, avanzó al abrevadero, y, con un suave movimiento de su brazo, vertió su contenido en el repugnante agua.
Y con un siseo enfadado, el abrevadero hizo erupción abruptamente con una llama chirriante y una nube de humo amarillo.
Hubo una media docena de gritos penetrantes cuando mujeres cuyas mentes habían sistemáticamente reducidas a un estado casi catatónico se despertaron lo suficiente para huir de este súbito e inexplicable peligro. El humo continuó ondulando, y al cabo de unos segundos era imposible ver a través de la sala. Había más gritos y chillos, el ruido sordo de pies y cuerpos colisionando, cuando un súbito pánico invadió a mujeres que casi habían perdido la habilidad de sentir emociones de cualquier clase. No había adonde ir, dónde esconderse, y todas ellas lo sabían.
Los guardias de Praysh reaccionaron más rápido de lo que Mara había esperado. Apenas estaba a mitad de camino a la puerta, abriéndose camino a través del caos, cuando el pesado panel se abrió de golpe y una docena de drach'nam irrumpieron en la sala. Mara alcanzó a vislumbrar pesados extintores cuando la sobrepasaron en su camino al humeante abrevadero...
Y entonces ella llegó a la puerta, y Sansia estaba a su lado.
—¿Qué ha hecho? -siseó la otra mujer.
—Sólo un poco de diversión química -dijo Mara, asomándose a través del humo por la puerta. No todos los guardias habían acudido al rescate de las preciosas obreras esclavas de Praysh: dos de ellos estaban bloqueando el corredor justo fuera de la sala, sosteniendo los látigos neurónicos listos para cualquier intento de las esclavas de aprovecharse de la confusión.
—Quédese detrás de mí -agregó, tomando un botellín en cada mano y saliendo por la puerta.
Uno de los guardias resopló ante esa delgada hembra humana que aparentemente los desafiaba.
-¿Dónde crees que...?
Nunca consiguió terminar su pregunta. Levantando sus manos, Mara apretó uno de los botellines, lanzando un chorro de líquido a las caras de ambos guardias. Ellos escupieron, inclinándose mientras intentaban ponerse fuera del alcance del fluido que les estaba salpicando. Cruzando sus muñecas, Mara cambió el objetivo y dio a la cara de cada guardia una dosis de la otra botella...
Y con aullidos que agitaron el corredor, ambos drach'nam dejaron caer sus látigos y se tambalearon, cayendo ante las mujeres, cubriéndose la cara con las manos.
—Vamos -exclamó Mara a Sansia. Agachándose entre los drach'nam, tomó uno de los látigos caídos y se lanzó en una loca carrera por el corredor.
Alcanzó una intersección de pasillos justo cuando apareció por ella otro par de drach'nam. Boquiabiertos, intentaron agarrar sus látigos, pero antes de que pudieran colocarlos en posición, la tralla de Mara serpenteó, envolviendo sus dos cuellos. Bramaron casi tan ruidosamente como el anterior par mientras caían al suelo de piedra en un revoltijo de brazos y piernas. Mara tomó un látigo de reemplazo de una de sus manos, y continuó avanzando.
—Por aquí -llamó Sansia, que ahora abría el camino-. En el próximo corredor giramos a la derecha subiendo las escaleras...
—¡Deténganlas! -bramó una voz a su espalda. Mara miró por encima de su hombro, sus sentidos hormigueando con el súbito peligro...
Y delante de ella, Sansia gritó.
Mara se giró, su látigo ya en movimiento. Dos drach'nam, emboscados en puertas en los lados opuestos del corredor, habían aparecido, envolviendo con sus látigos a una Sansia que ahora se agitaba violentamente.
Mara chasqueó su látigo al atacante de la izquierda, dándole un fuerte golpe en el hombro y en la espalda mientras se agachaba. Gruñó brevemente alguna palabrota mientras la corriente pasaba a través de él, pero él consiguió mantener el agarre de su propio látigo. Mara volvió a pasar la tralla por encima de su hombro y la envió hacia el otro drach'nam...
Y entonces, sin previo aviso, el arma pareció atrapar abruptamente algo en mitad del aire, y la súbita pérdida de impulso casi la arranca de su mano. Un movimiento en lo alto llamó su atención, y alzó la vista.
Para ver que el techo rocoso sobre ella se había desvanecido, reemplazado por un bosque de gruesas espinas llenas de púas que apuntaban hacia ella. Su látigo colgaba de ellas, desesperadamente enredado entre las púas.
—Humana estúpida -ronroneó la voz de Praysh desde algún altavoz oculto en medio del bosquecillo-. ¿No habrías pensado realmente que yo confiaría únicamente en látigos neurónicos y músculos drach'nam para mantener a raya a mis esclavas, no?
Mara lo ignoró, dirigiéndose hacia los dos guardias que todavía sujetaban a Sansia entre ellos. Con sus látigos bloqueados a su alrededor, sólo les quedaban sus cuchillos...
—Alto -ordenó Praysh, abandonando toda suavidad en su voz-. No tengo ningún interés particular en matarte, humana, pero lo haré si me obligas.
Mara siguió avanzando. Ambos guardias tenían ahora fuera sus cuchillos, y los habían girado para apuntarlos a la humana suicida que corría hacia su muerte. Mara alcanzó las hojas con la Fuerza, preparándose para apartarlas a un lado justo en el momento correcto...
Y entonces, detrás de sus dos oponentes, el corredor estaba de repente llenándose de drach'nam.
Mara se detuvo reticentemente, con el agrio sabor de la derrota en su boca. Con habilidades de la Fuerza o sin ellas. Con entrenamiento de combate imperial o sin él, no había modo de que pudiera encargarse de la guarnición entera ella sola. No ahí, no entonces.
-Me gustaría llegar a un acuerdo -exclamó hacia el techo.
—Estoy seguro de ello -dijo Praysh, ronroneando de nuevo-. Guardias: suelten a la segunda mujer y tráiganlas a ambas a mi cámara de audiencias. Tengo algunas preguntas que hacerle a nuestra pequeña luchadora harapienta.

MedStar: Intermezzo (VIII)

Barriss había terminado su turno en la unidad médica, y fue directa de allí a la sala quirúrgica. Como sanadora y como Jedi, ella tenía habilidades que otros doctores no tenían; ella podía usar la Fuerza para tranquilizar y para reparar lesiones difícilmente tratables con una droga o una hoja. Pero había límites. Uno de esos límites residía en tratar a alguien contra su voluntad, o sin su conocimiento. Una cosa era entrar en la mente de un paciente en coma; otra distinta ajustar los pensamientos de alguien que estaba despierto y funcionando. Sí, los Jedi usaban la Fuerza para influenciar a las mentes débiles, cuando la única opción restante era permitir a esos seres hacer daño a sí mismos o a otros. Pero entrar en la fuerte mente de un cirujano trabajando para salvar a un paciente agonizante era una situación completamente diferente.
Asumiendo que Jos esté intentando salvar al zabrak, y no matarlo.
Leer ese tipo de propósito era difícil a veces. Con todas esas emociones que zumbaban alrededor de la cabeza de Jos, Barriss supo que ella podría confundir fácilmente sus propósitos con respecto a Omant. Indudablemente tenía sentimientos entremezclados, tenía un serio conflicto sobre eso. Y cómo te sientes sobre una cosa no siempre indica cómo actúas con respecto a ella.
Los vestíbulos se estaban vaciando, y ya no había ningún herido alineado fuera de la SO principal cuando ella llegó. Barriss observó el interior de la sala. Los cirujanos, droides quirúrgicos, enfermeras, técnicos, y celadores bullían en su interior, atendiendo a los heridos. Vio a Jos mientras caminaba hacia un nuevo paciente, y la Fuerza le dijo que aún era otro soldado clon, y no el oficial zabrak.
Así está bien, de momento. Había otro aspecto en todo esto que ella tenía que considerar. Si ella usara la Fuerza para afectar a Jos mientras él estaba en medio de un procedimiento delicado, podría muy bien hacerle cometer un error. La suya no era una mente débil, y cualquier conflicto entre su cerebro y el de ella podría traducirse en un fallo nervioso, y a su vez en una mano trémula manejando la hoja.
Peliagudo. Muy peliagudo. Deseó poder hablar con su Maestra, conseguir sus consejos. Pero eso tampoco iba a ocurrir.

Caza Tie: Las crónicas de Stele (VIII)

La armada imperial

Maarek fue “invitado” a unirse a la Armada Imperial y supo que iba a ser entrenado para convertirse en piloto de caza. Tuvo que esperar algunos días. Luego, tras un salto al hiperespacio, fue transferido a bordo de un viejo carguero de transporte. Tras un incómodo viaje de un día a bordo del transporte, desembarcó en una base imperial orbital. Nadie le dirigió la palabra en todo el viaje. Cuando llegó a la base, recibió un paquete de raciones y tuvo que esperar de nuevo. Al cabo de un momento, llegó un pequeño destacamento de tropas de asalto, seguido de un grupo de hombres y mujeres bastante jóvenes. A continuación, los soldados los condujeron hacia otro transporte. O puede que fuera el mismo. Maarek no podía ver ninguna diferencia. Cuando todo el mundo hubo subido a bordo, el jefe tomó la palabra.
-Estáis de camino a una base de entrenamiento imperial. A partir de ahora, sois soldados del Imperio, aunque ahora mismo parezcáis más bien un hatajo de dinkos asustados y os sintáis mal. Permaneced sentados, permaneced callados, y no hagáis nada hasta nueva orden.
El viaje fue largo, tranquilo y glaciar, bajo la mirada impasible de las tropas de asalto. Parecían prisioneros, más que soldados de élite del Imperio. Maarek intentaba olvidar sus inquietudes. Pensaba que todo eso formaba parte del juego. Poco importaba el valor de cada recluta, primero iban a hacerles desmoronarse para reconstruirles mejor después. Eso formaba parte del proceso de selección. Si un recluta se quebraba demasiado fácilmente, no podría soportar mucho tiempo las presiones de los combates, y se convertiría en un peligro para aquellos a quienes debía proteger. Si no se quebraba en absoluto, era demasiado fiero e independiente, y no se podía confiar enteramente en él. Todos los nuevos reclutas iban a caminar por esa cuerda floja durante los siguientes seis meses.
La nave dio un brusco bandazo al salir del hiperespacio, y los pasajeros resbalaron ligeramente sobre la cubierta cuando el piloto engranó el freno dinámico. Los impasibles soldados de asalto se animaron de repente, saltando hacia los cadetes, golpeando a los que no eran bastante rápidos, y gritándoles órdenes a la cara.
-En pie, panda de gusanos podridos, o no viviréis lo suficiente para llegar a vuestro primer entrenamiento.
La rapidez de Maarek le permitió evitar la bota que se precipitaba hacia él. Saltó, sintiendo la adrenalina correr por sus venas, y recorrió la sala con la mirada para saber lo que le esperaba. No esperó mucho tiempo. Mientras las tropas de asalto trataban mal que bien de ponerles en fila, la compuerta delantera del transporte se abrió con un silbido amenazante. Entonces le vio. Todas las miradas giraron hacia él. ¡Una forma humana, sombría, a contra luz, más grande que la vida misma!
Vestía una armadura de soldado de asalto, pero el resplandor rojo proyectaba sobre él un aura irreal. El emblema imperial que llevaba en la parte derecha del pecho atestiguaba la importancia de este hombre. Cuando las tropas de asalto se reagruparon a su alrededor, Maarek observó con disgusto que sacaba a todos los demás al menos una cabeza. Sus dos inmensas manos se alzaron para abrir con precaución el cierre del casco, unas manos lo suficientemente poderosas como para destrozar el cuello de una persona. Se retiró el casco y lo colocó bao su imponente brazo. Tras Maarek, un imprudente balbuceó algo, pero fue recompensado con golpe de culata en las rodillas. Cayó al suelo, retorciéndose de dolor. Se aguantaba para no gritar.
Todos los demás seguramente debieron aguantarse para no manifestar su asombro al descubrir el rostro marcado que les observaba fijamente con su único ojo, mientras el otro permanecía cerrado por gruesos puntos de sutura. Maarek quiso mirar a otra parte, pero no pudo. En cualquier caso, eso no habría sido muy prudente.
-Soy el Sargento Instructor Senior Jona T. Stark -dijo-, pero vosotros me llamaréis Sargento, o Señor. Vosotros os llamaréis como yo quiera llamaros. Vuestro derecho a vivir será a partir de ahora el que yo decida. Vuestra única elección es obedecer. El Emperador es vuestra vida. Encontraré a los guerreros que se encuentran entre vosotros y los guiaré hacia la gloria del Imperio. Pero también encontraré a los incapaces, tomaré sus corazones en mis manos, y los aplastaré.
Así fue como todo comenzó...