viernes, 15 de marzo de 2013

Cita con el destino (I)

Cita con el destino
Charlene Newcomb

Las paredes eran de un tono gris pálido y carentes de ornamentación. El aire viciado silbaba a través de los sistemas de ventilación antiguos. Ese lugar no había visto la luz del día en más de un milenio.
Alex Winger apoyó los codos sobre la mesa, descansando la cabeza entre las manos. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Cuatro horas? ¿Ocho?
Sus ojos azules se desplazaron a los monitores de vídeo suspendidos del techo. Se preguntó quién había estado observando el interrogatorio anterior y su reacción a ese aislamiento. ¿Creerían su historia?
La puerta se abrió. Dos hombres, vestidos con uniformes del ejército de la Nueva República, entraron en la habitación y se sentaron frente a ella. El teniente se agitó un poco en su silla, obviamente carente de experiencia en esos asuntos. El comandante era inexpresivo, con sus ojos fijos en Alex. Ella podía sentir que él seguía siendo escéptico respecto a su historia.
-Muy bien, señorita Winger -dijo el comandante, pronunciando lentamente cada palabra-. Hábleme de este centro de investigación secreto imperial una vez más.
Alex le miró a los ojos, tratando de enterrar su creciente impaciencia. Explicó con calma -tenía que ser por lo menos la cuarta vez- que su camarada, un científico investigador llamado Carl Barzon, había sido trasladado a la base secreta. Y ese mineral, extraído en su mundo natal de Garos IV, estaba siendo enviado allí. La ubicación de la base seguía envuelta un velo de secretismo imperial que sus amigos de la resistencia garosiana no habían podido penetrar.
La voz del comandante era tan fría como su mirada helada.
-¿Y espera que creamos que la hija de un gobernador imperial trabaja para la resistencia en Garos IV?
-Es cierto -dijo, golpeando la mano sobre la mesa en señal de frustración.
De repente escuchó que una voz conocida la llamaba.
-¿Alex?
Mirando alrededor de la habitación, Alex se frotó los ojos. Computadoras, equipos de comunicaciones y pantallas de todo tipo parpadearon creando un arco iris de colores en la habitación poco iluminada. El golpeteo de dedos en un teclado era el único sonido que oía. Estaba en el centro de operaciones de la resistencia -en Garos IV- muy lejos de esa sala de interrogatorios en Coruscant que aparecía en su visión.
Su amigo, un operador de comunicaciones que respondía al nombre de Wink Tasion, frunció el ceño mientras transcribía un mensaje entrante. La preocupación en su rostro no podía ser más evidente. Pero no estaba mirando su pantalla. Estaba mirando a Alex.
-¿Estás bien? -le preguntó incluso antes de terminar de teclear la transmisión que había recibido-. Parecía que estabas en otra parte.
Alex suspiró, sonriéndole suavemente.
-Podrías decirlo así -dijo ella, quitándose los auriculares-. ¡No te lo vas a creer, pero he soñado que estaba siendo interrogada por alguien de Inteligencia de la Nueva República! -Agitó la cabeza y una amplia sonrisa se extendió por todo su rostro-. Tenían dificultades con la idea de la hija de un gobernador imperial trabajando para los buenos.
Riéndose, Wink recordó su propia presentación a la luchadora por la libertad Alex Winger en el centro de operaciones. La había apuntado con un bláster hasta que sus compañeros le convencieron de que la hija del gobernador Tork Winger era en efecto un miembro del movimiento de resistencia en Garos. Se habían reído mucho de eso desde entonces.
-Bueno –bromeó-, hay que admitir que suena un poco descabellado.
La sonrisa de Alex se desvaneció y se quedó mirando fijamente a los mensajes en su pantalla.
-¿Cómo podré convencerles de que estoy diciendo la verdad? -dijo, haciendo caso omiso de su burla.
-No estás sola en esto, Alex -le recordó.
Pero Alex no parecía oírle.
-Ya no queda mucho tiempo -dijo en voz baja. Pensamientos de una montaña cubierta de nieve capturaron sus sentidos... dos figuras, una mano extendida para agarrar otra, el viento azotando sus cuerpos, las manos se sueltan, cayendo... ¡No!
-¿Eh? ¿Qué quieres decir? -preguntó. Él vio esa mirada lejana en sus ojos.
Ella suspiró, sacudiendo la cabeza.
-Es sólo una sensación que he tenido.
Wink volvió a su monitor, su frente surcada por arrugas de preocupación.
-Tal vez ese sueño tuyo es una señal, Alex. Mira este mensaje que acabo de recibir.
Alex se inclinó hacia él para leer la pantalla. Sus sentidos se estremecieron de emoción. Uno de sus agentes en el Pub de Chado estaba informando de una interesante conversación con una capitana cuyo carguero estaba cargando suministros en el espaciopuerto.
-Hmm... Capitana del Búsqueda Estelar... ¿No es ese el carguero ligero Suwantek que está en hangar tres? –le preguntó a Wink.
-Ese mismo –dijo él.
Los comerciantes independientes habían sido una visión más frecuente en el espaciopuerto de Ariana en las semanas posteriores a la derrota del Gran Almirante Thrawn. Con la flota imperial en desorden, estos independientes habían sido contratados para transportar suministros a la instalación secreta de investigación del Imperio. Alex y sus amigos de la resistencia tenían la esperanza de que la noticia de esta operación finalmente llegase a la Nueva República... quizás a través de un contacto como esa capitana de carguero.
-Iré a comprobarlo -dijo Alex.
-Yo informaré a Paca.
Alex negó con la cabeza, señalando con ella el cronómetro que marcaba las 2:00.
-No, no le molestes –respondió-. Probablemente sea otra pista falsa.
-Está bien –dijo Wink mientras ella se levantaba para irse-. ¿Hey, Alex?
-¿Sí? -Alex vio cómo Wink estudiaba su rostro.
-Buena suerte –dijo él-. Que la Fuerza te acompañe.
Alex se preguntó si Wink sospechaba que planeaba hacer algo más que "comprobar" la tripulación de ese carguero. Nunca había hablado a nadie sobre sus visiones de la montaña nevada que albergaba esa base Imperial secreta. Algo, o alguien, le estaba conduciendo hacia allí. Tenía que ir allí. Era parte de su destino.
Despidiéndose con la cabeza de su compañero, Alex se dirigió al sistema de túneles subterráneos. Tenía un presentimiento sobre ese carguero en el hangar tres. Una sensación de que no era simplemente otro barco contratado por el Imperio para trasladar suministros.

***

Ojos rosados y antenas animadas estudiaron las pantallas en una docena de paneles diferentes en la cabina del Búsqueda Estelar. Cuando comprobó que estaban en el lugar correcto, la capitana Tere Metallo tiró de las palancas de hipervelocidad y observó cómo las líneas estelares se convertían en puntos de luz diferenciados. Tres horas antes, su carguero había partido de Garos IV cargado con suministros. Los imperiales le habían ordenado que se dirigiera a esas coordenadas, y sus instrucciones eran esperar otro contacto.
Recogiendo su cuaderno de datos, Metallo examinó en silencio el programa de virus que iba a introducir en la red informática imperial en Sarahwiee... su granito de arena como respaldo de los Comandos de Page. Sonrió para sí, acariciándose suavemente la cicatriz que atravesaba su rostro gris pastoso.
Gil Crosear, el primer oficial de Metallo, se deslizó discretamente en la cabina. Metallo había decidido hace mucho tiempo que su extraña habilidad para moverse inadvertido era un talento que el joven enjuto había adquirido de la naturaleza. Después de cuatro años de trabajar con Gil, había veces que ni siquiera ella podía detectarlo en una multitud.
Examinando el vacío a su alrededor, Gil dio unos golpecitos de impaciencia en uno de los sensores de largo alcance de la nave.
-Bueno, ¿dónde están? -preguntó finalmente. Sus ojos oscuros pasaron rápidamente de los paneles al espacio más allá de la ventanilla.
Metallo se acomodó en su asiento, retorciendo tranquilamente sus delgados dedos alrededor de la trenza plateada de un metro de longitud que sobresalía de su cabeza, por otra parte sin pelo. Sus "escanantenas", como Gil llamaba a sus sensores con forma de estambre, captaron el aumento de su pulso. La paciencia era una virtud que Gil todavía no dominaba.
-Relájate, Gilly -le reprendió suavemente-. Vendrán.
Gil respiró hondo y apartó de sus ojos un mechón suelto de cabello oscuro
-¿A qué distancia está el otro equipo? -preguntó.
-Una coma tres horas.
-Entonces -Gil señaló el cuaderno de datos que Metallo sostenía en su mano-, ¿crees que este virus borrará todo lo que Page y sus bombas no puedan destruir?
Metallo asintió.
-No hay duda al respecto.
-Este es un extraño transporte de suministros, capitana -dijo Gil, tecleando hábilmente en un tablero para modificar la exploración de su sensor-. Esperando aquí en medio de la nada.
Mirando a su socio, las antenas de Metallo se contrajeron levemente. Aunque trataba de ocultarlo, Gil estaba un poco más nervioso que en sus misiones anteriores.
-De acuerdo a los informes que el Mando nos dio, este es el procedimiento normal -le tranquilizó.
-¿El Mando? –preguntó una voz desde la parte trasera de la cabina. Metallo y Gil se volvieron en el mismo instante. Dos blásteres apuntaron a la joven polizona. Entonces, de repente, una alarma comenzó a sonar a todo volumen en el Búsqueda Estelar-. ¿Es eso lo que estáis esperando? -preguntó Alex con calma, señalando hacia el crucero imperial clase Ataque que emergió del hiperespacio a unos 1.000 kilómetros de su amura de babor.
-¡¿Quién krazsch eres?! –preguntó Metallo, cayendo en su lengua riileb nativa.
-Soy Alex –les dijo-. ¿No creéis que será mejor que respondáis a su señal de saludo?
Gil la miró con los ojos muy abiertos, con su desintegrador centrado en Alex, mientras Metallo silenciaba la alarma de proximidad. Accionando un interruptor en su tablero de comunicación, llamó:
-Aquí Tere Metallo, capitana del Búsqueda Estelar.
-Transmita la señal de reconocimiento, Búsqueda Estelar -respondió una voz autoritaria por el canal de comunicación.
-Transmitiendo ahora -respondió Metallo, mirando hacia Alex. Sus antenas se movían imperceptiblemente, evaluando a la joven que miraba fijamente por encima del hombro de Gil. No captó ninguna señal de angustia, sólo una tranquila firmeza. Y le pareció extraño que, en lugar de sentirse preocupada de que su tapadera hubiera sido descubierta, se encontrase pensando en ese nombre: Alex. Sólo lo había escuchado otra vez para referirse a una humana. Su anterior primer oficial, un hombre llamado Matt Turhaya, le había hablado de una joven hija que había perdido en un ataque imperial. Su nombre también era Alex.
-Prepárense para recibir nuevas coordenadas, Búsqueda Estelar.
La áspera voz interrumpió las reflexiones de Metallo.
-Estamos listos, cuando quieran -exclamó.
-Comenzando transmisión.
Metallo comprobó la pantalla mientras su nuevo destino era introducido en el ordenador de navegación de la nave.
-Transmisión recibida. Búsqueda Estelar fuera -respondió. Cerrando la comunicación con un clic, Metallo desvió toda su atención a su invitada no deseada. Se dio cuenta de que había más en esa joven de lo que se veía a simple vista-. ¿Qué estás haciendo en mi nave?
-Soy un miembro de la resistencia de Garos IV -les dijo Alex. Las cejas de Gil desaparecieron detrás de sus cabellos oscuros. Lanzó una mirada de soslayo hacia Metallo, cuyos ojos permanecían clavados en Alex-. Hemos estado mucho tiempo esperando a alguien como vosotros -añadió Alex.
-¿Esperándonos? -preguntó Metallo.
-A la Nueva República...
-¡Eh, espera! ¿Quién dijo nada acerca de la Nueva República? Nos pagan por transportar suministros para el Imperio -insistió Gil, dolorosamente consciente por la expresión en el rostro de Alex de que cualquier intento de subterfugio era en vano.
-Es posible ellos os paguen -respondió Alex-, pero he escucha lo bastante en vuestras conversación para saber dónde están vuestras lealtades.
Metallo permaneció indiferente.
-Sigue hablando –dijo a Alex.
-Veamos –dijo Alex-: El Mando os dijo que este era un procedimiento estándar, el otro equipo va justo delante, bombas, virus informáticos... parece que planeáis dejar algo más que suministros.
-Eso todavía no nos explica por qué estás aquí -dijo Gil.
-Uno de mis colegas fue arrestado en Garos. Está siendo obligado a trabajar en la instalación de investigación -dijo Alex, estudiando detenidamente a Metallo-. Por favor, capitana, sólo quiero sacarlo de ahí.
Metallo concentró su análisis en Alex: ritmo cardiaco normal, presión arterial normal... La chica parecía estar diciendo la verdad. Por la formación que los equipos de comando habían recibido sobre Garos IV, Metallo sabía que un explorador anterior había informado de actividad de resistencia en el planeta.
-¿Tus líderes han autorizado esta pequeña aventura?
Alex evitó los ojos de Metallo.
-No exactamente.
Gil sacudió la cabeza con incredulidad, y Metallo advirtió que estaba más relajado de lo que había estado en horas.
-¿Quieres decir que has decidido hacer esto por su cuenta? -preguntó.
Alex miró a Gil y luego a Metallo.
-Tuve un presentimiento. Realmente no puedo explicarlo. -Miró por la ventana-. Me pareció que el tiempo se estaba acabando -dijo en voz baja.
Metallo miró a la joven, sorprendida por el tono de urgencia en la voz de Alex y esa mirada en sus ojos. Algo en ella le recordaba la expresión de Luke Skywalker en la reunión previa a la misión. Había algo en sus ojos, también... ese sentido de urgencia, el temor de descubrir otro de los secretos del Emperador. Incluso después de todo lo que había pasado en las últimas semanas, todo lo que había dicho fue: "Tenemos que ir allí.”
-Te has arriesgado micho, chica -dijo Metallo-. ¿Y si hubiéramos sido leales al Imperio?
-Bueno –vaciló Alex- entonces creo que me habría presentado como la hija del gobernador imperial.
Los ojos de color rosa Metallo se estrecharon.
-Eres buena, niña -hizo una mueca-. Eres muy buena.
-No es mala idea -se rió suavemente Gil-. Sólo una adolescente rebelde que se escapa para un pequeño viaje de placer, ¿eh?
-Sí -dijo Alex con un suspiro de alivio-, algo así.
-Entonces... ¿tienes un plan para rescatar a tu amigo? -preguntó Metallo.
-Bueno, tengo algunas ideas para pasar la seguridad imperial -les dijo Alex.
Gil se echó a reír de nuevo, con una amplia sonrisa cruzando su rostro.
-Una cosa es segura: ¡no le faltan agallas!
Alex sonrió por primera vez. Metallo frunció el ceño, pero Gil tenía razón. El espíritu de la niña era de admirar. Se quedó mirando el ordenador de navegación. Tenían que empezar a moverse.
-Gil, haz una verificación cruzada para estas coordenadas.
-Parece que nos dirigimos hacia el lugar correcto, capitana -dijo, verificando su destino-. Nuestras cartas estelares muestran espacio vacío. Pero, conociendo al Imperio, apuesto a que vamos a encontrar un centro de investigación secreta.
Metallo asintió.
Alex tocó suavemente el hombro de Metallo.
-¿Capitana?
-¿Sí?
-No estorbaré –le dijo Alex-. Y no interferiré con vuestra misión.
-Claro, niña -respondió Metallo-. Ahora salgamos de aquí. Tenemos un trabajo que hacer. -Pasó la mirada de Alex a las estrellas en la distancia-. Y nuestra pequeña amiga de la resistencia de Garos tiene muchas más preguntas que responder.

jueves, 14 de marzo de 2013

Para luchar otro día (y V)


Daye había tratado de relajarse cuando el médico humano de Estación Plata le introdujo en el tanque y lo llenó de líquido claro. Trató de respirar normalmente a través de la máscara. El fluido sintético no le picó en los ojos.
A continuación, el médico liberó un torrente de brillante bacta rojo en el tanque. Miles de millones de diminutas criaturas parecían arrastrarse sobre él. Un olor extraño se deslizó en su máscara de respiración. Su piel se retorció en los lugares donde había sido herido y comenzó a sanar, ya fuese naturalmente o revestida de sintocarne. El médico le había advertido de que su cuerpo podía resistirse al tratamiento. Tenía que relajarse y tratar de dejar que el bacta actuase. Él buscaría la carne herida. El tejido sano no se veía afectado a su paso.
Para no luchar contra ello, se puso a pensar. Había tirado todo por la borda cuando hizo volar Armamento I’att. ¿En qué se estaba convirtiendo? ¿En un idealista sin esperanza, en un luchador por la libertad?
Ahora podría sobrevivir. El bacta podía curarlo.
(Criaturas microscópicas picoteaban su carne, mordisqueando sus cicatrices...)
Si el bacta lo sanaba, correría hacia Tinian...
No. Seguiría apartando a Tinian de él, tanto por su bien como para poder servir a la Alianza libremente. Además, pensar en Tinian abría heridas frescas en otra parte de él que estaba tratando de sanar.
Se preguntó si el bacta bailaba en sus tímpanos o era que estaba escuchando una alarma. El médico se había marchado varias vidas atrás, en realidad sólo minutos, pero... A través del líquido rojo y el cristal divisó una enorme forma oscura seguida por otra con cuernos de gotal. ¿Woyiq y Toalar? Las formas llegaron con rapidez. La grande se redujo de nuevo, alejándose.
Luego regresó, levantando algo encima de su cabeza. Algo con un montón de ángulos rectos. ¿Una silla?
El tanque de Daye se abrió de par en par. Los fluidos salpicaron el suelo de la clínica.
Toalar agarró a Daye y empezó a desenganchar su mascarilla y su arnés. Hablaba rápidamente mientras trabajaba, poniendo una cantidad asombrosa de expresión en su voz monótona.
-Estación Plata está bajo ataque. No sé si los ranats nos han delatado o si han seguido nuestra nave, pero el Imperio está aquí. Hay pulsos de escaneo rebotando por todas partes. Una Poot no tiene ninguna fuerza de defensa. La estación se está cayendo a pedazos.
Toalar siempre había dicho que sus receptores en forma de cono recogían las emisiones de energía.
-Toma, Daye. -Woyiq le arrojó un manojo de tela marrón-. Es todo lo que pude encontrar. Lo siento. Espero que sea suficiente...
Antes de que Woyiq se disculpase por segunda vez, Toalar había deslizado a Daye dentro del manto givin usado. Sus mangas colgaban sobre sus manos y el dobladillo inferior se arrastraba bajo sus pies, pero al menos cubría su desnudez.
-¿Puedes levantarte? -preguntó Toalar-. ¿Ha funcionado el bacta?
-Lo intentaré. -Daye apretó los dientes y trató de mover sus piernas. Una le siguió. La otra no-. Será mejor que me llevéis.
-De acuerdo -dijo Woyiq-. Sube.
Se dio la vuelta.
Daye rodeó con sus brazos el cuello del hombre grande. Woyiq se enderezó. Daye intentó agarrar la cintura de Woyiq con las piernas, pero sólo funcionaba su pierna derecha. Al menos el hombro no le dolía tanto como antes.
-Adelante -gruñó.
Se agarró hasta que ambos brazos y hombros le dolieron, y luego siguió agarrándose. Toalar corría por delante de Woyiq. Blandiendo una pistola, miró al otro lado de una esquina e hizo una señal de todo despejado.
Tan pronto como Woyiq dobló esa esquina, el pasillo estalló en fuego de bláster. Disparos de láser salpicaron las paredes. Woyiq giró, y Daye salió volando. Golpeó un muro con los pies. Los nervios recién regenerados gritaban con ansias homicidas.
Armaduras blancas aparecieron en el otro extremo del pasaje.
-¡Marchaos! –exclamó Daye-. ¡Yo sólo os retrasaré!
-Buen intento -murmuró Woyiq mientras se inclinaba sobre Daye-. Casi te perdimos una vez.
Cogió Daye por ambos brazos y se lo echó por encima del hombro.
Daye levantó la cabeza para mirar hacia atrás. Un soldado de asalto se agachó a posición de disparo. El hombro de Woyiq se clavó en el estómago de Daye. Se enroscó alrededor de ese hombro, tratando de amortiguar los golpes en su estómago... y de presentar un blanco más pequeño.
-¡Alto! –gritó Toalar. Daye levantó la cabeza de nuevo, trató de orientarse, y se sintió caer. Se agarró a algo. Espuma amarilla roció sus manos.
-¡Ahí vienen! –gritó Toalar de nuevo.
Woyiq bajó su hombro y corrió hacia una escotilla bien cerrada.
Daye entrecerró los ojos para ver lo que había activado. Parecía un extintor de incendios, enganchado por un clip al tabique. Se abalanzó sobre el clip y lo soltó, y luego se deslizó hacia atrás para apoyarse contra el tabique. Apuntó con el espeso espray  amarillo hacia el pasaje, más allá de Woyiq y Toalar.
Una forma blanca se abalanzó en su línea de fuego. Llegó en posición vertical, se puso diagonal, y se deslizó fuera de la vista en posición horizontal. Woyiq presentó su otro hombro y embistió de nuevo la escotilla. Sonó como una enorme campana. Apareció luz a lo largo de un borde.
-¡Lo has conseguido! –gritó Daye, manteniendo constante el espray. Otro soldado de asalto se deslizó en la sustancia resbaladiza, a través de ella, y pasó de largo... pero ahora tenían soldados a ambos lados.
Woyiq recogió a Daye y lo empujó por la estrecha abertura. Daye la atravesó, golpeando la pared por arriba y por abajo. Algo cedió. La escotilla se abrió. Daye cayó a través de un cambio de gravedad de 90 grados y golpeó la cubierta de nuevo. Esta vez rodó, absorbiendo el impacto. Le dolía por todas partes.
Woyiq lo levantó como un muñeco y lo llevó en ambos brazos. Toalar cubrió su retirada, disparando detrás de ellos.
Woyiq giró a la derecha.
-¡No! –gritó Toalar-. ¡Recto! ¡Ya casi estamos en el muelle principal!
Woyiq aceleró por un último pasaje, giró una esquina más, y subió una rampa de acceso. Se detuvo de golpe al ver el cañón de un rifle bláster.
-¡Somos amistosos! -exclamó Toalar-. ¡Una, déjenos pasar!

***

¡Gracias a la Fuerza!
-¡Date prisa! -gritó Una-. ¿Lo habéis traído?
La nave cisterna se estremeció. Woyiq corrió al interior del pasillo principal.
-Han dispararon los cierres explosivos -exclamó Toalar-. Estamos en marcha.
-¿Ese es Daye? -Una odiaba repetir las preguntas. Especialmente las urgentes-. Necesitamos a ese muchacho.
Woyiq se dio la vuelta para que Daye y Una Poot pudieran verse el uno al otro. Manchas rosadas en el rostro de Daye evidenciaban un tratamiento de bacta incompleto.
-Bien –dijo ella-. Llévalo al puente.
Daye preguntó:
-¿Están las piezas de armadura a bordo?
-Sí, aunque no sé por qué. -Una Poot agarró el brazo de Woyiq y tiró del enorme humano conforme avanzaban. Se sentía como una chadra-fan acarreando a un whiphid-. Nuestra gente no puede permitirse el lujo de armadura personal-. Sin embargo, conocía a gente que podría ser capaz de desarrollarla. Le vino a la mente la Alianza uniformada. Esta vez, no descartó la idea. Con Estación Plata a punto de estallar, tendría pasar desapercibida por un tiempo... tan pronto como su nave cisterna entregase un envío al sistema Monor-. ¿Por qué tardasteis tanto? -resopló.
-Lo siento -dijo Woyiq-. Realmente, lo siento...
-Nos detuvimos para jugar al tú la llevas con tropas de asalto. -Toalar enfundó su bláster y se frotó los cuernos sensoriales-. Ha sido un día muy largo.
-Subid aquí -ordenó Una-. Poned a Daye donde pueda ver la pantalla principal. -Este ataque le costaría muy caro. Ahora nunca conseguirían meterle en bacta a tiempo para una regeneración completa. Necesitaría prótesis, y por la contracción nerviosa en su cara, parecía saberlo. Ella debía darle esperanzas. Estos sensitivos solían ser delicados.
La nave cisterna se estremeció.
-¡Nos han dado! -gritó uno de los tripulantes.
-No os preocupéis -gruñó Una-. Estos escudos soportarán cuatro o cinco impactos directos. El Pato de Feria era una buena nave incluso con dos docenas de tanques de gas culslon a remolque. Lo lograremos. Ahí, hijo. Mira. -Señaló un vector.
Estación Plata se contrajo en la distancia. Más lejos, una pequeña nave con forma de platillo se abalanzaba hacia un caza TIE, disparando ráfagas de energía. El imperial explotó. El platillo salió disparado fuera de la nebulosa y desapareció.
Aún mecido por Woyiq, Daye tiró de la túnica givin para cerrarla sobre su pecho.
-En cualquier caso, alguien les ha devuelto el golpe -dijo.
-Esa ha sido tu dama -alardeó Una-. Ella también escapó a salvo.
Tinian también había utilizado un valioso tiempo de comunicaciones rogando a Una que rescatara a Cheeve, Redd y Yccakic. Una había transmitido su respuesta: estaban tan a salvo como ella.
-Gracias -exclamó Daye-. Pero, ¿cómo sabe que es Tinian?
-Se alió con un amigo mío, un wookiee grande y fuerte. Chenlambec necesitaba un socio con su clase de habilidades.
Asociar a esa pareja había sido un golpe de suerte poco común. Otra larga mecha chisporroteaba ahora bajo el trono del Emperador.
-Los activistas wookiees no son conocidos por llevar una vida tranquila -objetó Daye suavemente.
Drogue también había sido sobreprotector. Él sentía dolor cuando Una lo sentía.
-¿Quieres luchar contra el Imperio? Ella también. Pero ella necesita a alguien que le enseñe. ¿Vas a negárselo?
Antes de que pudiera contestar, Toalar señaló a la pantalla de popa.
-¡Mirad!
Dos escuadrones de cazas TIE perseguían a la nave cisterna a toda velocidad. Estaba claro que no alcanzarían distancia de disparo antes de que el Pato saltase al hiperespacio.
-Esta es una buena nave. -Daye tiró de la túnica Givin para cerrarla de nuevo.
Una sonrió.
-Por eso la reservamos para la evacuación final. Es mía, y he mantenido al equipo preparado.
-Pero Estación Plata está en manos imperiales. -Daye agitó la cabeza-. Estamos derrotados, ¿no, Una Poot?
Una pensó en la chusma rebelde que la esperaba en Monor y en la carga escondida en sus bodegas. Plantó ambas manos en sus caderas.
-Nunca. El Imperio no puede ganarnos, mientras uno de nosotros siga con vida. Cada vez que escapamos, vivimos para luchar otro día. Si se alzan suficientes mundos, expulsaremos al imperio de la galaxia.
Los ojos oscuros de Daye brillaron.
-Espero que podamos sobrevivir a ver eso.
Misión cumplida: su tristeza se había disipado. Ella le palmeó el hombro lesionado.
-Tan pronto como saltemos a la velocidad de la luz y mi médico te mire, ¿qué tal un poco de música para ayudarte a descansar? Disfrutará de la banda de mi sobrino Cheeve...
-¿Cheeve? –Las extrañas cejas de Daye se alzaron-. ¿Sprig Cheever, de Druckenwell?

miércoles, 13 de marzo de 2013

Para luchar otro dia (IV)


Para sorpresa de Tinian, Una Poot los convocó a ella y a sus compañeros para que volvieran al comedor esa noche. Detrás de la anciana se encontraba un enorme wookiee de un color que Tinian nunca había visto. Su pelaje era de color marrón oscuro, pero cada pelo tenía un brillo plateado en la punta. El efecto le hacía brillar.
-Este es Chenlambec -dijo Una Poot-. Puede que él sea capaz de ayudarte a pasar ese mensaje.
Tinian ladró un breve saludo. Chenlambec ladró de nuevo. Una Poot levantó sus dos escasamente pobladas cejas.
-¿Dónde aprendiste a hablar wookiee?
-Wrrl me enseñó -explicó Tinian-. ¿Chenlambec trabaja para usted?
El wookiee se inclinó hacia delante, riendo.
-No por el momento. -Una Poot sonrió con ambos lados de su boca esta vez-. Él es un cazador de recompensas.
Tinian le miró fijamente. Había oído hablar de seres que cazaban a otros por dinero... que mataban por lucro, no por patriotismo. Despreciaba la idea. Nunca había soñado que pudiera encontrarse frente a un cazador.
-Los dos podéis hablar en mi alcoba privada, si lo deseáis. -Sonriendo, Una Poot señaló una escotilla a un lado del comedor.
Tinian entrecerró los ojos, asqueada por el sentido del humor de la mujer.
Chenlambec soltó una rápida frase en shyriiwook, preguntando cómo había conocido a Wrrlevgebev.
No creía que el cazador de recompensas apreciase saber públicamente que Wrrl había sido esclavo de su familia. Era evidente que tendría que dirigirse a él en privado, si es que decidía hablarle.
Y eso habría significado mucho para Wrrl. Podía hacerlo por Wrrl. Condujo al gran wookiee hacia la alcoba privada de Una Poot.
Era pequeño y desnudo con una sola luma antigua colgando del techo.
-Yo tenía 12 años cuando conocí a Wrrl.
Tinian cerró la escotilla y apoyó la espalda en ella. Colocó la mano cerca del control que la abriría de nuevo.
Chenlambec se inclinó para ponerse en pie bajo el techo bajo de la alcoba. Se quedó en una esquina frente a ella.
-Había esclavistas en Il Avali, la ciudad donde crecí. Uno de ellos estaba golpeándole... parecía como si quisiera matarle con un látigo choque. Más tarde, descubrí que había tratado de evitar que vendieran a una joven kitonak apartándola de su hijo. En cualquier caso, me solté de mi abuela y salté en medio. -Nunca había sido consciente del peligro-. Me tiré sobre la pobre criatura ensangrentada y le grité a los esclavistas que yo lo compraría. Mi abuela discutió conmigo, pero yo gané. Así fue como conocí a Wrrl. -Wrrl había sido absolutamente ético, totalmente leal. ¿Cómo podía ningún wookiee rebajarse a la caza de recompensas?
Chenlambec cruzó sus brazos plateados. Una ancha bandolera negra le cruzaba el pecho desde el hombro derecho a la cadera izquierda, tachonada con extraños cubos plateados. Ladró una pregunta.
-Yo entonces no sabía nada sobre tu pueblo y la deuda de vida -respondió ella-. Pero lo descubrí tan pronto como aprendí a hablar shyriiwook. Por favor, dile a su clan que cumplió su deuda por completo, Chenlambec. Murió ayudándome a escapar de los soldados de asalto imperiales que mataron a mis abuelos.
Él inclinó la cabeza y ladró suavemente.
-De nada -dijo ella, confusa pero impresionado por su educadas maneras.
Luego él levantó la cabeza y contó una extraña historia. Evidentemente, varias de las recompensas que el Imperio le había pagado fueron en vano. En realidad, había ayudado a que varias "adquisiciones" escapasen a la Alianza Rebelde, y luego había donado la mayor parte de los fondos que el Imperio le había pagado... a Una Poot para la compra de armas, esta vez; la vez anterior, a un grupo de refugiados. Agregó que Una Poot era una de las tres personas -cuatro, ahora- que sabían su secreto. Le pidió que lo honrase.
Tinian, boquiabierta, cerró la mandíbula y deseó que Daye estuviera allí... no sólo porque lo echaba de menos tan desesperadamente, sino porque él habría sabido si el enorme extraño estaba mintiendo. Dependiendo de sí misma, tenía que confiar en su intuición de que Chenlambec era lo que decía -alguien cuya misión realmente la emocionaba- y que quería a cambio su respeto. Cheeve y Yccakic habían tratado de consolarla cuidando de ella, pero ella necesitaba cuidar de alguien más.
Extendió una mano.
Él la estrechó con un agarre tan suave y fuerte como lo había sido el de Wrrl. Seriamente, le dio las gracias de nuevo. Luego hizo un gesto invitándola a salir por la escotilla.
-Espera –exclamó ella.
Chenlambec retrocedió una larga zancada.
Se preguntó de dónde -en todos los miles y miles de mundos- había sacado esa loca idea. Pero ella no era música. Y sabía de explosivos. Y Chenlambec le daba ganas de vivir
-¿Me dejarías ser tu aprendiz?
Chenlambec soltó un ladrido de sorpresa.
-Lo digo en serio –dijo-. Crecí en una fábrica de armamento. Mis conocimientos sobre explosivos podrían ser útiles en tu negocio.
Los ojos azules del wookiee brillaron mientras se disculpaba y se negaba: era demasiado pequeña y delicada para la caza de recompensas. Él había sobrevivido a la muerte de dos socios, uno muy recientemente. A partir de ahora, él cazaría solo.
-No tengo miedo de morir -insistió Tinian-. En tu profesión, si muriera, sería de forma limpia y rápida.
No necesariamente. Él se cruzó de brazos y miró a media distancia, una pose que Wrrl había utilizado sólo cuando se negaba rotundamente.
-Ya veo -dijo ella con tristeza-. Bueno. Gracias por llevar esa noticia por mí.
Salió de la alcoba preguntándose qué iba a hacer con el resto de su vida. Había descubierto de nuevo cómo preocuparse, y que quería preocuparse, y había sido un alivio... aunque temporal. Tal vez Una Poot tuviera un lugar para ella.
La anciana no estaba esperando con Cheever y Yccakic.
-¿Está todo bien? -preguntó Yccakic.
Tinian se encogió de hombros.
-Sí. Adiós, Chenlambec.
El wookiee alzó una mano en señal de despedida y luego la dejó sola con sus compañeros de viaje. Desanimada, siguió a Cheeve y Yccakic de vuelta a la habitación de literas. Mientras ella estaba hablando con el cazador de recompensas, ellos habían accedido a tocar un concierto de crucero especial para Una Poot y su círculo íntimo, mañana por la tarde a bordo de su nave cisterna personal... a cambio del alquiler de su camarote.
-¿Alquiler? –exclamó Tinian-. ¿En este agujero?
Cheeve se encogió de hombros.
-Es una oportunidad para actuar. ¿Ganas de cantar?
Tinian se aclaró la garganta. La esposa de Cheeve, Twilit Hearth, podría derretir un blindaje de energía con su voz.
-Yo no os haría justicia. ¿Sabéis suficientes temas instrumentales?
-Podemos llevar el espectáculo si contribuyes en una o dos canciones...
-¿Alguien está cansado? -preguntó Yccakic-. Será mejor que apaguemos las luces y descansemos un poco, si vamos a actuar mañana.
Tinian se acostó, pero no podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Daye... o a Wrrl, atacando a los soldados de asalto que finalmente lo mataron... o saboteadores, amenazando con hacer agujeros en Estación Plata... De pronto se incorporó de golpe. ¡Se había dormido en los laureles! Debería estar husmeando por los pasillos en busca de explosivos.
El bláster de mano de Cheeve colgaba de un bolsillo de su pantalón, que había colgado descuidadamente sobre un extremo de su litera. Ella lo guardó en el bolsillo de su chaleco y salió furtivamente al pasillo.
Dos horas más tarde, captó un débil efluvio de algo que hizo que se le pusieran de punta los pelos de la nuca: JL-12-F, un producto de uno de los competidores de Armamento I'att. Fabricado para demoliciones controladas en superficies planetarias, explotaba en un patrón simétrico, casi lineal. No debía estar a bordo de una estación espacial.
Sabotaje. Siguiendo el rastro del olor, siguió un corredor que conducía a la zona de aterrizaje.
Eso no podía estar bien. Se dio la vuelta y corrió en la dirección opuesta. El olor se hizo más fuerte. Ella lo siguió bajando por una escalera de acceso.
En el cuarto nivel, lo perdió. Retrocedió de nuevo y se bajó de la escalera en un área que estaba ligeramente más ordenada que otras, que quizá albergase la clase alta de Estación Plata... o algo parecido. Ahí abajo, el olor se hizo tan fuerte que se preguntó por qué nadie más lo había notado. Sujetó con fuerza el pequeño bláster en una mano y siguió avanzando hacia adelante.
Dos formas oscuras y peludas estaban agachadas junto al mamparo plano exterior de la construcción original de Estación Plata.
-¡Hey! –gritó Tinian. Apuntó con el bláster.
Los alienígenas se volvieron hacia ella. Cada uno tenía un hocico largo y puntiagudo y orejas pequeñas y redondas.
-¡Hey! –repitieron ambos a coro.
Luego atacaron.
Tinian disparó. Un ranat calló hecho un ovillo, chillando. El otro siguió avanzando. Dientes largos y afilados se cerraron sobre su pierna izquierda. Tinian gritó y luchó por obtener un tiro limpio sobre la odiosa criatura sin dispararse a sí misma en el pie. El ranat sacudía su pierna tan fuerte que las estrellas danzaban delante de ella. Se inclinó buscando mantener el equilibrio.
¡Un tiro limpio! Tinian lo aprovechó. Las poderosas mandíbulas soltaron su pantorrilla, y la criatura le gritó. Ella retrocedió y volvió a disparar.
El ranat atacó contra su otra pierna.
Ella disparó otra ráfaga. El ranat se derrumbó a sus pies.
Lo pateó lejos, salpicándolo con la sangre de su pierna.
El otro ranat no se había movido. Pero, ¿qué pasaba con ese explosivo? Avanzó cojeando. Su pierna lesionada tembló cuando intentó agacharse.
Mantén la calma, se aconsejó. Se agachó, aunque le doliera. El JL-12-F estaba empaquetado en un cilindro estándar, soldado al mamparo exterior. Soldados en su otro extremo había un cebador y un circuito integrado. De alguna manera, los ranats habían obtenido un detonador de estado sólido, casi a prueba de fallos.
Sin embargo, el circuito integrado tenía dos puntos vulnerables, donde el circuito principal entraba y salía del mecanismo temporizador. Tinian volvió de nuevo junto al primer ranat y lo registró. Encontró un cuchillo en su cinturón, volvió cojeando junto a la bomba y delicadamente cortó las conexiones. Eso desactivó el detonador.
Exhaló. Luego frunció el ceño. Puede que el circuito electrónico estuviera muerto, pero no podía dejar un bote explosivo tan cerca de un mamparo exterior. Si se encendiera una chispa allí, todo el mundo a bordo estaría en peligro, desde Cheeve hasta Chenlambec. Trató de hacer palanca con el cuchillo en una grieta entre el cilindro explosivo y el detonador. Su hoja no se doble, lo que la preocupó. El acero debía ser frágil; Se quebró sin previo aviso. Lo dejó caer a tiempo para salvarse de otro corte profundo y desagradable.
Eso no era algo que pudiera desarmar sin las herramientas adecuadas... pero el JL-12-F requería una chispa, no un impacto, para detonar. Retrocedió junto al cilindro, se apoyó sobre su pierna herida, y golpeó fuertemente con su talón. Fuertes oleadas de dolor atravesaron su pierna. El cilindro se desprendió de la mampara y cayó sobre la cubierta.
Con cautelosa, lo recogió y lo llevó hacia el interior la estación. Miró hacia atrás para ver si algún ranat la seguía. Un rastro de salpicaduras rojas marcaba su camino. Cuando empezó a caminar de nuevo, casi se resbaló en un charco rojo. ¡Se había formado rápidamente!
Dejó el bote explosivo en mitad de pasillo y aporreó la puerta más cercana.
-¿Hola? –gritó-. ¡Esto es una emergencia!

***

El trabajador de la estación la llevó a un médico en el Nivel Tres y llamó a Cheeve. Cuando Tinian surgió una hora más tarde, apoyada en Cheeve, un wookiee enorme y brillante la esperaba en el pasillo exterior. Le habló aullando sombríamente.
-Estoy bien –aseguró Tinian a Chenlambec (¡Tengo un amigo más en el universo!)-. No tienen un droide médico, pero tienen un humano competente. Fusionó la arteria. Se supone que simplemente debo permanecer en calma durante unos días.
Él ladeó la cabeza y ladró una peculiar pregunta: ¿se había dado cuenta de que él y docenas de otros tenían una deuda de vida con ella?
Tinian rió.
-No, no. Salvé mi propia vida, también. Así que no cuenta.
Él ladró una oferta. Tinian le miró fijamente.
-¿Qué ha dicho? -preguntó Cheeve.
Tinian se sentía un poco extraña por los analgésicos químicos.
-Yo, hum, ayer me ofrecí a asociarme con Chenlambec en su negocio. Acaba de invitarme a bordo de su nave para ver qué sé de su oficio.
-¿Pero no es un...?
Chenlambec unió sus manos cubiertas de pelaje, con aspecto calmado.
-Es tu vida –dijo Cheeve poniéndole una mano sobre el hombro-. Pero me gustaría que te quedaras con nosotros. ¿Quién va a cantar en el bolo de esta noche?
-Habéis sido muy amables, Cheeve. Mucho más amables de lo necesario, y os agradezco todo lo que habéis hecho. Pero no soy cantante. Tengo que encontrar mi propio lugar. Es lo que queréis, ¿no?
-Por supuesto.
Yccakic se volvió para que Chenlambec no pudiera ver su rostro.
-Tinian, ten cuidado. Él podría...
-Estaré bien.
Si Tinian entendía algo sobre los wookiees, era sin duda la deuda de vida. Con razón o sin ella, Chenlambec se consideraba ligado a ella.
Cojeando con su pierna entumecida, lo siguió de vuelta a la zona de atraque, y luego a través de un pasillo de conexión hasta una pequeña nave en forma de platillo con tres gigantescos motores. Al igual que Estación Plata, había visto días mejores. Décadas mejores, decidió mientras frotaba una mancha de óxido.
Sin embargo, esta parecía ser su oportunidad de herir al Imperio.
Chenlambec le indicó que se sentara frente a su ordenador de a bordo. Hizo aparecer una sucesión de imágenes de armamento. Tinian recitó sus características durante una hora. Entonces él le pasó un rifle bláster. Ella lo desmontó y volvió a montar en cuatro minutos.
Luego bostezó. Al instante, Chenlambec se disculpó. Ella no tenía por qué hacer todo el camino de regreso a su habitación de literas, insistió. Podía echar una siesta a bordo de su pequeña nave Wroshyr, llamada así por los árboles originarios de Kashyyyk. Por la tarde, después de que hubiera echado una larga y reparadora siesta, podrían discutir los términos... si ella todavía quería ser su aprendiz.
Se dejó caer en un banco que parecía más suave que las nubes y se quedó dormida antes de que pudiera darle las gracias.

***

Daye Azur-Jamin cerró los ojos y dejó que sus compañeros lo llevaran a través de la esclusa de aire del pequeño burlador de bloqueos. Retrasado en el Puerto Espacial de Doldur, habían agotado su último medipac hace dos días, y el dolor había vuelto con toda su fuerza. No podía sentir en absoluto una pierna, pero eso era una bendición. La otra pierna lo compensaba. Una de sus manos también estaba aplastada, y sus compañeros le habían vendado el hombro y la cabeza con sintocarne, pero debajo de esa capa curada superficialmente, todo le palpitaba.
Woyiq, un humano fornido y grande, llevaba el extremo de la camilla de Daye más cercano a sus pies. Soltó una mano e hizo un gesto a un droide de la estación.
-¡Eh, tú! ¿Podrías... podrías traernos una cama flotante? ¡Aquí tenemos un humano herido!
Era indicativo de la fuerza Woyiq que la plataforma no se tambalease cuando soltó un lado.´
El androide se apresuró a acercarse. Era una vieja unidad de protocolo, probablemente a cargo de los aterrizajes.
-Soy Toalar Yalom Yalom -dijo el gotal que llevaba el extremo de cabeza de la camilla. Dos cuernos sensoriales en forma de cono sobresalían de la parte superior de su cabeza-. Una Poot me conoce. Querrá este hombre sea llevado a un médico de inmediato.
-Aquí en Estación Plata aún es primera hora de la mañana -dijo el droide-, y acabamos de salir de una alerta de sabotaje. Todavía estará durmiendo.
-Este hombre todavía podría recuperarse si se le mete en bacta hoy mismo. –Las nudosas cejas de color marrón grisáceo de Toalar bajaron sobre sus ojos rojos-. Llévanos a vuestra estación médica.
-Lo siento. Todas las llegadas deben ser revisadas antes...
-Está bien. Llévanos a que nos revisen ahora. –Los gotals hablaban con voz monótona, pero Toalar tenía un aspecto feroz. Los cuernos ayudaban.
Evidentemente, el droide también estaba programado para reconocer la ferocidad. O eso, o daba permiso automáticamente en caso de emergencia. Los condujo a las profundidades de la estación de paredes grises.
-¿Alerta de sabotaje? -murmuró Daye mientras lo llevaban.
-Fuera lo que fuese, ya pasó -respondió Toalar.
En un comedor lleno de mesas, Woyiq y Toalar posaron la camilla de Daye. Toalar se acercó a una anciana que tenía unos ojos increíblemente fríos. Toalar había dicho a Daye que la actuación de Una Poot como una vieja incompetente era su versión de una buena tapadera, aunque estaba un poco loca. Toalar afirmaba que tenía contactos y recursos que le sorprenderían. Evidentemente, la célula de resistencia de Toalar allá en Druckenwell dependía del apoyo táctico de Una Poot.
-Toalar -graznó ella-. Benditos sean tus cuernos. No habías informado desde hace mucho tiempo. ¿La resistencia murió en Druckenwell?
El rostro de Toalar se crispó. Era plano donde un ser humano hubiera tenido una nariz.
-Nada más lejos. Druckenwell se encuentra completamente revuelto en este momento. Necesito...
Ella se acercó a la camilla de Daye.
-¿Quién es este?
Daye trató de incorporarse, pero su mano y el hombro no soportarían el peso.
-Ayuda, Woyiq -pidió. El gran humano se colocó en posición detrás de la cabeza Daye y deslizó sus manos bajo los hombros de Daye para ponerlo en posición vertical-. Mi nombre es Daye Azur-Jamin. Soy especialista en armamento. Quiero unirme a la rebelión.
-Bien. Pero, ¿por qué deberíamos aceptarte?
-Trabajé directamente con Strephan I'att, de...
-¿Armamento I’att en Druckenwell? -cacareó la vieja-. Entonces serviste al Imperio.
-Sí -admitió Daye. Percibió la sinceridad de la mujer, a pesar de sus modales desagradables. Ella confiaría en él sólo si era absolutamente honesto-. Strephan I'att y yo desarrollamos un campo de armadura que habría hecho invulnerables a los soldados de asalto.
Al instante, sintió que la noticia sorprendía a la mujer. ¿Le conocía? ¿Debería él conocerla? Ella le dio la espalda y caminó varios pasos para hurgar en una caja en una mesa. Sacó un pequeño objeto cuadrado. Cuando lo llevó para mostrárselo a Daye, había recuperado su expresión de vieja escéptica.
-¿Reconoces esto?
Daye entrecerró el ojo bueno. Era un circuito electrónico, y... ¡por la Fuerza, que lo reconocía!
-Esa es una unidad de procesamiento preliminar –dijo-. La función de deflexión térmica de la armadura disipa momentáneamente la energía, hasta que el campo anti-energía...
-Bien -dijo Una Poot-. Eres sincero.
-Tinian –suspiró él-. ¿Ha estado aquí? ¿Quién la trajo? ¿Está todavía aquí?
La risa de Una Poot sonó como un gruñido.
-Ella no está a bordo, ya que eso es lo que realmente quieres saber.
El sentido interno de Daye le dijo que esa declaración era literalmente cierta... pero engañosa.
-¿Dónde está?
Una Poot enganchó un pie en un banco del comedor.
-Escucha, hijo. He enterrado a tres maridos en el espacio. El amor de juventud no dura. Mientras el Imperio siga extendiéndose, hay trabajo más importante que hacer que sentarse a mirarse mutuamente los ojos. ¿Puedes vivir con esa ética? Porque si no puedes, no te quiero.
-Puedo -dijo Daye-. Dejé que Tinian pensara que yo había muerto cuando la fábrica fue destruida. Cuando yo la hice estallar... desde el interior.
Las arrugas de expresión de la anciana se suavizaron.
-Oh -dijo en voz baja.
-Estoy decidido a dedicar lo que me queda de vida para derrocar al Imperio.
Ella sonrió.
-Buena respuesta, chico. En ese caso, bienvenido a la Alianza Rebelde. Llamaré al médico y le diré que vas de camino. Pero tan pronto como estés fuera de la sopa, tendré trabajo para ti.
-Por supuesto. Para eso vine aquí. No tenía ni idea de que tendría piezas con las que trabajar. Esto lo simplificará todo.
Sintió la débil sorpresa de la mujer; no tenía intención de asignarle trabajos de I+D. Pero ella respondió a sus palabras como si ese hubiera sido su plan.
-No podemos darnos el lujo de construirlo aquí. Ese es el único problema. ¿Toalar? -Una Poot se volvió a compañero gotal de Daye-. ¿Te acuerdas de dónde está el centro médico? ¿Cubierta Tres?
-Creo que sí.
-Entonces lleva a Daye Azur-Jamin allí abajo de inmediato.

***

Tinian despertó con una sirena de alarma sonando en sus oídos. La pierna le palpitaba al mismo ritmo.
-¿Qué pasa? -exclamó. Entonces recordó que estaba acostada en la nave de un extraño. ¿Había sido traicionada?
No por un wookiee. Si él pensaba que ella le había salvado la vida, lo último que haría sería traicionarla.
Avanzó cojeando en la única dirección posible y encontró a Chenlambec sentado frente a la consola de mandos del Wroshyr.
-¿Qué pasa? -preguntó de nuevo.
Él enseñó los dientes y señaló la pantalla de visión.
Una enorme nave en forma de cuña había aparecido cerca de Estación Plata.
-Un Destructor Estelar -susurró. La adrenalina la atravesó. Un enjambre de pequeñas naves, cazas TIE y demás, se abalanzaron a través de la estrecha distancia entre el Destructor Estelar y la desamparada estación. Algunas ya la habían alcanzado.
Una luz parpadeó en la consola de Chenlambec. Pulsó un control. Una voz quebrada surgió de un altavoz de la cabina.
-...atracadas actualmente, al habla Una Poot. Estamos bajo ataque y en inferioridad numérica. Evacuen si pueden. A todas las naves atracadas...
Chenlambec rugió un desafío. Luego señaló a la otra pantalla visora. Un escuadrón de cazas imperiales corría junto a Estación Plata, derramando rayos de energía en la articulación donde se unían dos de sus pasillos externos. Un largo cilindro se separó de su vecino. Surgieron gases por el extremo cortado haciendo que el cilindro describiese un ángulo aún más desesperado.
Tinian tragó saliva.
-¡Mis compañeros están ahí en alguna parte! ¡Tenemos que ayudarles!
Chenlambec rugió una negativa: él no podía permitirse retrasos, y ella no podía ayudar a sus compañeros muriendo con ellos. Golpeó un control con su puño peludo, y a continuación activó una fila de conmutadores enlazados.
-¿Estás arrancando la nave? -Tinian se agarró a un conducto del techo-. ¿Vamos a pelear o a escapar?
Él no respondió. En el momento en que las luces brillaron indicando que todo estaba listo, aceleró un momento... y a continuación, pulsó la fila de conmutadores enlazados, apagándolos. El Wroshyr dio una sacudida. Tinian supuso que acababan de desengancharse de la estación. Los imperiales, explicó él, dispararían contra cualquier cosa que tratase de escapar con sus sistemas activados, y sus escudos no eran lo suficientemente fuertes para absorber la energía a esa corta distancia.
-¿Por qué no? -exclamó ella-. ¡Tienes que tener escudos!
Él ladró: un blindaje completo costaría más que la propia nave. Más de lo que podría ganar con una buena recompensa.
Tinian se quedó boquiabierta. ¿La gente moría porque no podía pagar la protección? Siempre había dado el blindaje por sentado. Ahora se daba cuenta de que la pobreza y el peligro a veces viajaban juntos.
Poco a poco, Estación Plata parecía alejarse a la deriva del Wroshyr. Tinian se sorprendió conteniendo el aliento. Esto igual que antes, a la espera de ser descubierta y fusilada. Cheeve, Redd y Yccakic... Espera. Había dormido toda la tarde. A estas alturas, deberían estar a bordo de la nave cisterna privada de Una Poot. ¡Qué suerte! Cheeve tenía un don para salir de la ciudad antes de que llegaran los problemas.
Chenlambec sugirió que si ella no quería mirar, se apresurase a ir a popa y se abrochase los arneses de seguridad.
Tinian se hundió en su silla de copiloto.
-Prefiero ayudar, si puedo.
Chenlambec pasó una mano a través de la fila de los controles del motor: principales, laterales, retros. Él manejaría el cañón laser de la nave si ella estaba dispuesta a encender todos los motores al mismo tiempo. Él programaría una ignición en el ordenador de navegación.
Tinian siempre había aprendido mejor bajo presión.
-Haré lo que pueda -prometió.