martes, 15 de diciembre de 2015

¡El retorno del Grandioso!

¡El retorno del Grandioso!

Wicket estaba tumbado junto a su amigo en la suave hierba del bosque. Bostezó y dijo:
-No hay nada como la paz y la tranquilidad del bosque en la Estación del Sol, ¿eh, Teebo?
Teebo se puso en pie.
-Salvo que hace demasiado calor. ¡Vamos! Te echo una carrera hasta la presa. Podemos refrescarnos allí.
Los dos ewoks corrieron por el bosque hacia la presa que estaba más arriba del poblado.
-¡Cudvarrk! –jadeó Wicket, deteniéndose para recuperar el aliento-. ¡No tan rápido!
-¡Dangar! –gritó Teebo, deteniéndose de repente, porque el duro suelo del bosque de pronto estaba cubierto de agua. Lo que debía haber sido tierra secada por el sol, era barro pantanoso.
Antes de que Wicket pudiera decir nada se escuchó un fuerte estruendo y el aire se llenó del sonido del agua al correr.
-¡Es la presa! –gritó Wicket-. Los duloks deben de haberla quebrado. Están intentando inundarnos.
-Debemos regresar al poblado lo más rápido posible –dijo Teebo con un jadeo-. Debemos advertir al jefe Chirpa. –Mientras hablaba, corría hacia un caballo snarlf que pastaba cerca-. Vamos, Wicket. Cabalgaremos de vuelta con esta belleza.
Los dos ewoks saltaron a lomos del caballo y galoparon hacia el poblado.
Tan pronto como escuchó lo que había pasado, el jefe Chirpa convocó a Chukha-Trok, el carpintero.
-Necesitamos construir un dique inmediatamente –dijo al fornido ewok-. La presa ha sido saboteada.
-Dejádmelo a mí –dijo Chukha-Trok. Pocos instantes después se escuchó el sonido de dos poderosos hachazos del carpintero seguidos por un fuerte estruendo cuando Chukha-Trok derribó un árbol gigantesco.
Justo a tiempo, cayó en el camino de las aguas desbocadas que amenazaban con inundar el poblado.
-¡Veek! –dijo Teebo con un suspiro de alivio, cuando las aguas rodearon el árbol y cayeron por un acantilado creando una espectacular cascada-. Ahora tenemos tiempo para reparar la presa.

***

Los ewoks habían vivido en el bosque durante cientos de años y creían que sabían todo lo que había que saber de él... pero lo que no sabían era que en las profundidades bajo el suelo del bosque había una vasta caverna oscura. Durante miles de años nada había penetrado el fantasmal silencio, pero el día que se rompió la presa una gota de agua se filtró profundamente en la tierra y aterrizó con un fuerte “plop” que resonó en la caverna. Y luego otra... y otra.
De pronto, otro sonido estremeció la caverna. Era un “¡Urrrrgggghhhhh!” muy, muy fuerte; tan fuerte que las paredes de la caverna comenzaron a temblar: tan fuerte que mucho más arriba, en el bosque, los ewoks temblaron de miedo.
-¿Qué es eso? –dijo Teebo con un jadeo mientras la tierra se sacudía tan violentamente que tuvo que agarrarse a un árbol para mantenerse en pie.
¡Kffllnnnch! Era como si el bosque hubiera sido golpeado por un terremoto mientras los árboles se caían y los escombros salían despedidos por todas partes. Un gigantesco agujero apareció en el suelo y los ewoks miraron incrédulos como una monstruosa cabeza aparecía en él. Salía vapor de los asombrosos orificios nasales de la criatura. Abrió su ancha boca y los ewoks quedaron aterrorizados por los temibles colmillos que asomaban. ¡Cada colmillo era tan grande como un ewok adulto!
El jefe Chirpa jadeó.
-E-e-e-es un k-k-k-kradak –tartamudeó-. Uno de los G-g-grandiosos. Llevaban miles de años extinguidos.
Teebo buscó consuelo abrazándose a Wicket cuando el gigantesco monstruo comenzó a salir de la tierra. Con cada sacudida de su terrible cuello, un árbol del bosque caía con estrépito al suelo.
-¡Si rompe nuestro árbol de apoyo, estamos condenados! –gritó el jefe Chirpa-. ¡Logray! –gritó-. Haz algo.
Logray, el viejo e inteligente sabio de los ewoks, salió corriendo de su choza. Mientras corría hacia el jefe, una rama cayó de un árbol y le golpeó dejándole sin sentido. La princesa Kneesaa corrió junto al viejo ewoks y se arrodilló a su lado. Cuando vio que no estaba gravemente herido, salió corriendo hacia su choza. Teebo y Wicket corrieron tras ella y la encontraron mezclando una poción con las hierbas y aguas que Logray guardaba allí.
-¿Qué estás haciendo? –preguntó Wicket.
-A menudo he observado cómo Logray mezcla sus pociones –respondió la princesa-. Creo que sé cómo ocuparnos del monstruo.
Teebo miró al exterior de la choza. El monstruo ya había logrado salir del agujero y era tan alto que Teebo tenía que inclinar el cuello hacia atrás para poder ver su cabeza. De sus orificios nasales salían grandes chorros de fuego. A su alrededor, valerosos ewoks le golpeaban y le daban patadas, pero el monstruo ni siquiera los advertía.
-¡Aprisa, Kneesaa! –gritó Teebo.
-¡Terminé! –exclamó la princesa Kneesaa, mientras salía corriendo de la choza, sosteniendo un gran cuenco de un líquido verde humeante-. Esto debería calmar al monstruo.
En su precipitación, la princesa no vio un manojo de ramas.
-¡Oh, no! –gimió mientras el cuenco se le escapaba de las manos, lanzando su contenido sobre los ewoks que se encontraban en tierra más abajo.
Uno a uno, los ewoks cayeron al suelo y se quedaron inmóviles donde cayeron.
-Kneesaa, patosa –dijo Wicket-. Has mezclado una poción somnífera. Todo el mundo está inconsciente salvo tú, yo y Teebo...
-¡Y el monstruo! –exclamó Teebo.
Un fuerte rugido de la feroz bestia agitó las hojas de los árboles, cubriendo de follaje a los tres amigos.
-Salgamos de aquí –gimoteó Teebo.
-No seas tonto –ladró Wicket-. Si no hacemos algo, nuestro poblado será destruido.
Mientras tanto, Kneesaa había corrido de vuelta a la choza de Logray y estaba ocupada mezclando otra poción.
-Mantened ocupado al monstruo –gritó.
-¿Que lo mantengamos ocupado? –gruñó Teebo-. ¿Qué quiere que hagamos? ¿Que nos pongamos a jugar al Monopoly con él?
Justo entonces, la princesa Kneesaa salió corriendo de la choza llevando otro cuenco. Esta vez el líquido del interior era amarillo.
-Creo que esto debería ser lo suficientemente fuerte como para hacer que el kradak se duerma...
Y mientras hablaba se resbaló con una hoja húmeda y se deslizó a lo largo de la rama. El cuenco se le cayó de las manos y su contenido se vertió sobre la espada del monstruo.
Dejó escapar un furioso rugido cuando el líquido hirviente le quemó la carne.
-¡Mirad! –gritó la princesa, señalando al kradak.
Los tres ewoks miraron asombrados cómo la criatura comenzó a encoger. Se hizo más pequeña... y más... y más pequeña, hasta que no fue mayor que la mano de un ewok.
-Kneesaa, eres fantástica –vitoreó Wicket-. Mezclaste una poción reductora, en lugar de una somnífera. Estamos salvados.
Para cuando los demás ewoks volvieron en sí, Wicket y la princesa habían construido una pequeña jaula para el diminuto monstruo que mostraba un aspecto muy lamentable.
-Sabes, Teebo –dijo Wicket-. Si desviamos parte del agua del dique al agujero antes de que reparemos la presa, podríamos hacer una súper piscina.
-Qué idea tan genial –convino Teebo-. Pero hagámoslo mañana. Ya he tenido suficiente por un día.

lunes, 14 de diciembre de 2015

¡El secuestro del Jefe Chirpa!

¡El secuestro del Jefe Chirpa!

Todo el claro del bosque resonaba con el sonido de las risas. Todos los ewoks se habían disfrazado de fantasmas y se lo estaban pasando de maravilla en su fiesta anual de Hallowe’en; uno de los mejores eventos del año.
-¡Groar!
-¿Qué es eso? –jadeó Wicket sobresaltado cuando un espeluznante espectro se alzó ante él y casi le hace perder el disfraz del susto.
-Sólo soy yo –dijo Teebo con una risita-. Esta fiesta es muy divertida, ¿verdad?
-¿S-sí? –dijo Wicket, pero obviamente no las tenía todas consigo.
Justo en ese momento la princesa Kneesaa cruzaba bailando el claro, riendo alegremente.
-Mirad eso –dijo ella, señalando una gran criatura roja que se encontraba al borde del claro-. Alguien se ha disfrazado de hanadak.
-Me pregunto quién será –dijo Teebo.
-¡Peligro! –gritó Wicket-. Eso no es ningún disfraz. Es un hanadak de verdad. Mirad los colmillos.
De pronto la atmósfera cambió cuando el miedo se extendió por el pueblo. Wicket congregó a los ewoks tras él, gritó “¡A la carga!” y los valientes ewoks corrieron al ataque.
Con un barrido de su poderosa cola, el hanadak lanzó por los aires a los valerosos ewoks.
-Vamos –dijo Wicket poniéndose en pie-. Tengo una idea.
Teebo y Kneesaa le siguieron a través del pueblo hacia donde se encontraba el Hanadak en ese momento.
-Recoged tantas hojas de dlock azul como podáis –dijo, señalando una alta planta repleta de grandes hojas.
Los tres ewoks pronto dejaron pelada la planta y entonces Wicket condujo a los demás hasta donde se encontraba el Hanadak.
-Ahora arrojadlas sobre la bestia –ordenó, y en un instante el hanadak quedó cubierto por el follaje. El aire se llenó de un aroma embriagador, ya que las hojas de la planta dlock eran las más fragantes y relajantes de todas las plantas del bosque.
Antes de que pudiera decirse “¡Dangar!”, una amplia sonrisa se dibujó en el feo rostro del hanadak, y dio media vuelta internándose en el bosque. Wicket, Teebo y Kneesaa también sonreían ampliamente al regresar junto a los demás ewoks que les vitoreaban ruidosamente.
-Sigamos con la fiesta –dijo Kneesaa con una risita, y pronto los ewoks volvieron a disfrutar inmensamente.
Mientras todo esto tenía lugar, el jefe Chirpa había estado en el almacén de la cosecha preparando la comida para la fiesta. Estaba tan absorto en lo que estaba haciendo que no había escuchado los sonidos de la batalla que había tenido lugar. Tampoco había escuchado cómo un dulok se colaba en el almacén de la cosecha.
El dulok y los dos compañeros que le esperaban fuera se habían enterado de la fiesta de Hallowe’en y habían decidido que, con todos los ewoks ocupados divirtiéndose, sería un buen momento para saquear el almacén de la cosecha.
Estaba muy oscuro en el almacén y el dulok no vio al jefe Chirpa, que estaba ocupado en su tarea. Pensando que todo estaba despejado, indicó a sus dos cómplices que entraran.
Los tres avanzaron de puntillas en el oscuro almacén. Estaba tan oscuro que no vieron la escalera, subido a la cual el jefe Chirpa estaba alcanzando algunas nueces de árbol crujiente. El primer dulok tropezó con la escalera. El segundo dulok tropezó con el primer dulok. Y el tercer dulok tropezó con los otros dos y, al caer, hizo que la escalera se tambaleara salvajemente.
El jefe Chirpa trató desesperadamente de mantener el equilibrio y se agarró a la esquina de un pesado saco en el estante superior. ¡Pero no sirvió de nada! ¡Zas! Voló por los aires llevándose el saco consigo. Se escuchó un fuerte “plop” al aterrizar en una caja de madera. El saco cayó sobre él, cubriéndole completamente.
Los aturdidos duloks recobraron la compostura. Para entonces, sus ojos ya se habían acostumbrado a la penumbra y podían ver el saco de comida que asomaba de la caja. Pero, claro, no podían ver al jefe Chirpa debajo de él.
-¡Mirad! –dijo alegremente uno de los duloks-. Una caja de comida. Llevémosla a nuestro campamento para la cena.
Para entonces la fiesta de los ewoks volvía estar de nuevo a toda marcha, y nadie advirtió cómo los tres duloks, tambaleándose bajo el peso de la caja, se escabullían del claro y se dirigían de vuelta a su campamento.
-Ojalá padre traiga pronto la comida –dijo la princesa Kneesaa-. Me muero de hambre.
-Vayamos a buscarle –dijo Teebo.
Wicket, Teebo y la princesa se dirigieron al almacén de la cosecha y se asomaron al interior.
-No puedo ver nada –dijo Kneesaa-. Traedme una linterna.
Pocos minutos después, Kneesaa sostenía en alto una linterna y miraba en el interior del almacén de la cosecha.
-¡No está aquí! –dijo-. ¡Y mirad!
Señaló la escalera, y luego al suelo.
-Aquí hay algo raro. Eso son huellas de dulok.
-No pueden haberle secuestrado, ¿verdad? –dijo Wicket con un jadeo de asombro.
-¿Qué otra cosa puede haberle pasado? –preguntó Teebo.
-Sigamos las huellas –dijo Kneesaa.
Justo mientras los tres ewoks estaban hablando, el trío de duloks había llegado a su campamento. Depositaron la caja frente a su jefe.
-¡Abrid el saco! –ordenó.
Los tres ladrones dulok extrajeron el saco de la caja y allí, mirándoles fijamente, apareció un furioso jefe Chirpa.
-¡Atrapadle! –rugió el jefe.
-Atrápelo usted mismo –dijo un dulok cobarde con voz temblorosa.
-¡Estúpido! –dijo el jefe, saltando sobre el jefe Chirpa y atrapándolo en el interior de la caja-. Traedme una cuerda.
El jefe Chirpa casi había conseguido sacarse al jefe dulok de encima del pecho cuando lanzaron hacia él una cuerda muy larga. Pero aunque se debatió con todas sus fuerzas, le superaban en número y pronto quedó atado.
-Arrastradlo junto al árbol y atadlo a él.
Pocos minutos después, el jefe Chirpa estaba fuertemente atado a un gigantesco árbol baccy.
-¡Esperad y veréis! –rugió Chirpa-. Cuando me libere, os tendré a todos vosotros de desayuno, comida y cena.
Los duloks bailaron alrededor de su prisionero, riendo y haciéndolo muecas.
-Pediremos un rescate. Pediremos un rescate –se burlaban.
Chirpa rugió y bramó tan alto que, aunque estaba atado al árbol, los duloks retrocedieron asustados.
-¡Todo este ruido me está dando dolor de cabeza! –dijo el jefe dulok-. Dejémosle y comamos algo.
Los duloks se retiraron a sus mesas y pronto estuvieron devorando una copiosa comida. Chirpa seguía rugiendo y gritando.
-Va a hacer que me indigeste –se quejó el jefe dulok-. ¿No puede hacerle callar nadie?
-¡Hágalo callar usted mismo! –dijo un dulok.
-Te haré callar a ti –rugió el jefe, y pronto los duloks estuvieron luchando entre ellos.
El sonido de la lucha llenaba el bosque.
-¡Escuchad! –dijo Teebo quien, con sus dos amigos, seguía siguiendo las huellas.
-¡Duloks! Debemos de estar cerca de su campamento.
-Siguieron los sonidos y pronto estuvieron en el límite del campamento de los duloks.
-Ahí está padre –susurró Kneesaa-. Por ahí.
Los duloks seguían luchando entre sí y no vieron a Wicket mientras este avanzaba sigiloso hasta el jefe Chirpa y le liberaba cortando sus ataduras.
-¡Aagghh! –Con un poderoso rugido, el jefe Chirpa saltó al fragor de la lucha, golpeando aquí y allá a sus enemigos hasta que todos quedaron dispersos por el claro, tan aturdidos que veían las estrellas.
-Volvamos a nuestro poblado –dijo a los otros, y les condujo a su hogar a través del bosque.
Los ewoks estaban tan contentos de volver a ver a su jefe que, aunque ya era muy tarde, se preparó un gran banquete.
Mientras tanto, en el campamento de los duloks, el jefe y sus hombres eran una visión muy lamentable. Estaban llenos de vendajes y moratones.
-Gracias a los dioses que se ha ido –dijo el jefe-. No habría soportado mucho más tiempo todos esos gritos. Qué viejo tan ruidoso. Vosotros podéis consideraros afortunados de tenerme a mí como líder en lugar de ese malhumorado viejo Chirpa.
-Sí –convino un dulok cercano-. Usted es mucho más pusilánime que él.
-Cuidado con lo que dices –dijo el jefe-. O puede que haga una tregua con los ewoks y pida a Chirpa que sea también nuestro líder.
-¡No sería usted capaz! –jadearon los duloks con una sola voz-. Eso sería...
-¿Inconcebible? –sugirió el jefe.
-¡Sí! –contestaron a coro.
-Entonces, ya no tendremos más in... subordicomo-se-diga –continuó.
-...nación –dijo el único dulok con más de una centésima parte de cerebro.
-¡Salud! –dijo el jefe-. Será mejor que vayas a ver al chamán y que te dé algo para ese resfriado.

La ciudad perdida de Tatooine


La ciudad perdida de Tatooine
David West Reynolds

Luke Skywalker condujo su deslizador terrestre a toda velocidad por las vastas llanuras salinas del planeta desértico Tatooine. Los soles gemelos brillaban al amanecer como dos supernovas reflejándose en su parabrisas, y el viento agitaba su cabello.
-¡Es tan genial como siempre pensé que sería! –dijo el muchacho de 16 años-. No puedo creer que por fin haya ahorrado lo suficiente para comprar mi propio deslizador terrestre. ¡Esto es libertad, Biggs!
El mejor amigo de Luke, Biggs Darklighter, estaba sentado en el asiento del pasajero, intercambiando sonrisas con Luke.
-Va muy suave, figura –dijo.
-¿No crees que está demasiado destartalado? –preguntó Luke.
-Creo que es genial –le aseguró Biggs.
Luke se estaba quedando unos días con Biggs, dado que la cosecha había terminado y su tío Owen y su tía Beru finalmente podían permitirle pasar algún tiempo lejos de la granja de humedad. Se suponía que Luke debía quedarse cerca de la casa de los Darklighter, pero los dos amigos tenían otros planes. Tenían pensado salir a explorar un poco.
Las cúpulas blanqueadas del puesto avanzado de Douz aparecieron en el arenoso horizonte, y enseguida Luke estaba deteniéndose frente a una estación de energía. El deslizador necesitaba una recarga.
-¿Adónde vais vosotros dos? –preguntó el viejo mecánico de la estación, mientras acercaba los cables para engancharlos al deslizador de Luke.
-A Metameur –dijo Biggs-. Sólo queremos echar un vistazo a la plataforma de aterrizaje de cargueros.
-¡Y tal vez ver una nave espacial! –añadió Luke.
El viejo mecánico sonrió.
-Metameur está bastante lejos.
-Habíamos pensado en tomar un atajo por los Cañones de la Desolación –dijo Luke.
-Yo no lo recomendaría –dijo el mecánico-. Podríais encontraros con moradores de las arenas.
-Sólo estaremos de paso – dijo Biggs-. No vamos a provocarles.
-Esos moradores de las arenas son salvajes –dijo el mecánico con dureza-. No les llamamos bandidos tusken sin motivo. Matarán a cualquiera. Mataron a todos los ghorfas, ¿sabéis? Y os matarán a vosotros también.
-¿Quiénes eran los ghorfas? –preguntó Luke.
-Los ghorfas eran criaturas que solían vivir aquí, mucho antes de que llegaran los colonos. ¿Alguna vez habéis visto las chozas de esclavos en alguna de las viejas ciudades?
Luke y Biggs asintieron.
-La mayoría de ellas fueron construidas por los ghorfas y convertidas en alojamiento de esclavos cuando los ghorfas desaparecieron –explicó el mecánico-. A veces también puedes encontrar sus ruinas en el desierto. Construían cosas; no eran salvajes nómadas como esos bandidos tusken que recorren el desierto montados en sus banthas. Todo lo que llegan a construir esos tuskens son muros alrededor de sus pozos sagrados. La leyenda dice que hay una ciudad perdida de los ghorfas por ahí, en alguna parte, pero nadie que haya ido en su búsqueda ha regresado.
Conforme se alejaban a toda velocidad de los escasos edificios que conformaban el puesto avanzado de Douz, Luke consideró las posibilidades.
-Si no tomamos el atajo, nunca conseguiremos llegar a Metameur antes de que tengamos que regresar –dijo.
-Parece que entonces habrá que ir por los Cañones de la Desolación –respondió Biggs con una sonrisa.
Las accidentadas tierras del cañón se alzaron en el horizonte, y los chicos abandonaron la ruta regular. Luke condujo el deslizador a través de un barranco en las tierras bajas y aminoró conforme maniobraba por el cálido yermo rocoso.
Biggs alzó la mirada cuando vieron la entrada a un gran cañón, muy por delante de ellos.
-El cielo se está oscureciendo –dijo con preocupación.
Luke miró tras ellos.
-Oh, no –exclamó-. ¡Una tormenta de arena!
-¡Si nos atrapa en terreno abierto, estamos perdidos! –dijo sombríamente Biggs-. ¡Dirígete a esos cañones!
Luke aceleró a fondo.
-¡Estoy en ello!
Los dos atravesaron a toda velocidad el accidentado paisaje, rodeando grandes peñascos y atravesando quebradas. Luke trataba de dirigirse a los cañones lejanos, pero los había perdido de vista entre todas las colinas y valles.
-¡La tormenta se acerca! –dijo Biggs.
-¡Hago lo que puedo! –dijo Luke, esforzándose sudoroso con los controles. Sabía que si estrellaba el deslizador estarían aún en más problemas.
Biggs pulsó el botón que servía para cerrar la carlinga del deslizador formando una burbuja sellada. La mitad trasera se deslizó sobre ellos desde detrás del asiento, justo cuando el rugido de la tormenta y su punzante arena los atrapaban.
-¡Apenas puedo ver nada! –exclamó Luke-. ¡No tengo ni idea de adónde vamos!
-¡Aguanta, figura, puedes hacerlo! –le dijo Biggs.
Luke luchó por mantenerse por delante del núcleo de la tormenta. Pronto las paredes rocosas fueron visibles en la neblina arenosa.
-¡Por ahí! –exclamó Biggs.
-El saliente rocoso –dijo Luke-. Ya lo veo.
Dirigió el deslizador terrestre hacia allí para cobijarse bajo la masa protectora de un gran acantilado. Abrieron la carlinga.
-Mira eso –dijo Biggs, echando un vistazo al cañón-. La tormenta pierde fuerza.
-Eh, Biggs –dijo Luke, desviando la mirada a los confines interiores del hueco del acantilado-. Mira esto.
Ante ellos se encontraban las ruinas de una ciudad de adobe, construida en el interior del muro del acantilado. Una gigantesca estructura escalonada central estaba rodeada por varias terrazas de edificios redondos y cuadrados con extrañas ranuras a modo de ventanas.
-¡Es la ciudad perdida de los ghorfas! –dijo Luke en un susurro.
Los dos muchachos avanzaron cautelosos por la silenciosa ciudad, sintiendo el sonido de los latidos de sus corazones más fuerte que el de sus propios pasos.
Luke advirtió un patrón en el modo en que ciertas piedras estaban unidas.
-Mira, Biggs –dijo-. Ese muro de allí está construido justo igual que los muros que los bandidos tusken usan alrededor de sus pozos. Es extraño.
-Pero esas ruinas de allí tienen el mismo aspecto que las ruinas de los esclavos en las viejas ciudades, y el mecánico dijo que esas las construyeron los ghorfas –dijo Biggs. Señaló un grupo de habitaciones con aspecto de celdas, apiladas unas encima de otras, unidas por estrechas escaleras.
Y entonces encontraron las tumbas.
-Esto son tumbas de moradores de las arenas –dijo Luke, intranquilo. Reconoció las toscas lápidas rectangulares en el suelo, con piedras puestas de pie a cada extremo. Se extendían en hileras profundamente en las sombras del hueco del acantilado-. El tío Owen y yo encontramos una vez algunas por accidente y me dijo lo que eran. Dijo que tuvimos suerte de que no llegaron a vernos cerca de ellas, o nos habrían matado.
-Si esto son tumbas de moradores de las arenas, entonces debieron haber matado a todos los ghorfas que vivían aquí y ocuparon el templo de su ciudad –dedujo Biggs.
Luke estaba adentrándose en las sombras de la caverna formada por el hueco del acantilado.
-Las tumbas más recientes están cerca de la entrada –observó-. Hay otras más antiguas ahí al fondo. Mira cómo cambia la forma.
-Es verdad, y mira cómo comienzan a usar pequeños dibujos tallados en ellas, en lugar de los símbolos que usan los moradores de las arenas –advirtió Biggs-. Esas deben de ser tumbas ghorfa. Luke, ¿dónde terminan las tumbas de los moradores de las arenas y comienzan las de los ghorfa? –preguntó.
-No hay una línea divisoria clara –dijo Luke-. Simplemente va cambiando de forma gradualmente, de una a otra. Qué extraño. ¿Por qué los moradores de las arenas usarían el mismo cementerio de los ghorfas que asesinaron?
Adentrándose más en las sombras, Luke encontró tumbas que estaban construidas con mucho más cuidado y detalles, cubiertas por muchas imágenes. Se arrodilló para examinarlas.
-Mira estas imágenes –dijo Luke lentamente-. Muestras a los primeros colonos llegando a Tatooine y usando grandes máquinas para extraer el agua de todos los pozos hasta secarlos.
Biggs se arrodilló junto a otra tumba. Podía ver en las grietas y el desgaste de las piedras que las tumbas del fondo eran decididamente más antiguas, pero los grabados parecían mucho más avanzados. Y las imágenes contaban una historia muy clara.
-Esa muestra a los ghorfas muriendo de sed –dijo-. No tenían suficiente agua para permanecer en su ciudad.
Luke volvió a mirar la piedra tallada y la hilera de tumbas. Vio cómo se convertían gradualmente en las rudas y toscas tumbas de los moradores de las arenas, sólo con símbolos y sin imágenes.
-Biggs –dijo-, los moradores de las arenas no mataron a los ghorfas. Ellos eran los ghorfas. Y los granjeros que colonizaron esta zona antes que nosotros destruyeron su cultura al robarles toda el agua.
Biggs lo comprendió.
-Tuvieron que volverse nómadas –dijo-. Y ahora son los moradores de las arenas. ¡Son los bandidos tusken!
-No es de extrañar que nos odien, a los granjeros –dijo Luke. En ese momento Luke escuchó el último sonido que querría escuchar en ese momento: el grave bramido gutural de un bantha en el cañón. Y entonces escuchó el timbre de una voz salvaje. Había bandidos tusken ahí fuera, y habían visto el deslizador terrestre.
Biggs y Luke corrieron hacia el deslizador, con la adrenalina recorriendo sus venas. Sabías que si les atrapaban, seguramente les matarían. Al saltar al deslizador, vieron seis banthas y al menos dos docenas de moradores de las arenas en el extremo opuesto del cañón.
Luke activó las turbinas jet cuando los bandidos comenzaron a abalanzarse hacia ellos con horribles gritos de guerra. Uno de ellos les lanzó su bastón gaderffii, una gran porra de metal con un extremo puntiagudo y afilado. Golpeó el capó trasero del deslizador terrestre, y Luke pudo escuchar cómo el parabrisas oculto en su interior se hacía pedazos por el impacto. Pero de pronto las turbinas estuvieron a plena potencia y el vehículo flotante se alejó disparado.
Salieron a los yermos rocosos, sólo para encontrarse con otros bandidos tusken acechando tras los peñascos. Luke maniobró una y otra vez para alejarse de ellos, perdiéndose irremediablemente hasta que pareció que él y Biggs jamás alcanzarían las dunas. Y entonces apareció la arena ante ellos, una amplia extensión abierta, y los Cañones de la Desolación quedaron tras ellos. Estaban a salvo. Los dos muchachos apenas hablaron mientras regresaban al puesto avanzado de Douz a la luz de los soles ponientes.

***

Cuando Luke volvió a casa días después, comenzó a contarle al tío Owen durante la cena su aventura.
-¡Los Cañones de la Desolación! –dijo su gruñón tío-. Si hubiera sabido que te acercarías a esa zona te habría quitado ese deslizador terrestre. Es demasiado peligroso.
-¿Pero y si hubiera algo que aprender? –insistió Luke-. Esa legendaria ciudad perdida... podría ayudarnos a entender... algunas cosas. Tal vez podamos aprender a convivir en paz con los tuskens. Creo que necesitas comprender el pasado para comprender el presente.
-No, Luke –respondió el tío Owen con voz suave-. El pasado es mejor dejarlo tranquilo.
Luke salió y observó la puesta de los soles desde el borde del cráter solitario que era su hogar.
-El pasado alberga claves –pensó para sí mismo-. Y ahora sé quiénes son en realidad los moradores de las arenas.
Luke se preguntó qué claves albergaría su propio pasado. ¿Por qué siempre ansiaba algo más que la granja? ¿Cómo había sido su padre? Algún día, tal vez, lo descubriera. Algún día el pasado también le ayudaría a comprender quién era él.