martes, 10 de febrero de 2009

Ascensión y caída de Darth Vader (VI)

Capítulo 5

Era mediodía en Mos Espa, y Anakin estaba limpiando unos interruptores en la chatarrería de Watto cuando su amo le llamó a voz en grito para que vigilase la tienda. En el interior, Watto estaba hablando con un hombre alto y con barba que iba vestido como un granjero; el hombre iba acompañado por un alienígena humanoide de articulaciones flexibles, piel moteada y los ojos en la parte superior de la cabeza, una chica vestida con bastas ropas de campesina, y un droide astromecánico azul con la cabeza en forma de cúpula.
Mientras el hombre alto y el astromecánico seguían a Watto mientras este flotaba hacia el patio de chatarra en busca de piezas de motor, Anakin se aupó para subir al mostrador que serpenteaba por la tienda y estudió a la chica. Tenía rasgos delicados, su piel era demasiado perfecta para ser una campesina. Parecía tener pocos años más que él, y Anakin se encontró incapaz de apartar sus ojos de ella.
-¿Eres un ángel? -susurró.
Ella sonrió, y su corazón se aceleró.
-¿Qué? -dijo ella.
-Un ángel -respondió él mientras ella se le acercaba-. He oído hablar de ellos a los pilotos del espacio profundo. Son las criaturas más hermosas del universo. Viven en las lunas de Iego, creo.
-Eres un niño divertido -dijo ella dulcemente-. ¿Cómo sabes tanto?
-Escucho a los comerciantes y a los pilotos estelares que pasan por aquí. Soy piloto, ¿sabes? Y algún día pienso volar lejos de este lugar.
-¿Eres piloto? -dijo ella, como si lo encontrase difícil de creer.
-Mm-hmm. De toda la vida.
-¿Cuánto llevas aquí?
-Desde que era muy pequeño... tenía tres años, creo. Mi madre y yo fuimos vendidos a Gardulla la hutt, pero luego nos perdió, apostando en las carreras de vainas.
-¿Eres un esclavo? -dijo la chica, con voz sorprendida y alarmada.
Aunque la chica había acertado al suponerlo, a Anakin no le gustaba que le llamasen esclavo, y se sintió herido por su pregunta.
-¡Soy una persona -dijo, mirándola fijamente-, y mi nombre es Anakin!
-Perdona. Me cuesta entenderlo -respondió la chica, y Anakin sintió que lo decía en serio. Incapaz de mantener su mirada, ella echó un vistazo al interior de la tienda, como si buscase respuestas en el surtido de chatarra que se alineaba en los muros-. Este lugar es muy extraño para mí.
Anakin recordó su propia llegada a Tatooine, tuvo que admitir que él también lo encontró extraño. Trató de ignorar al patoso alienígena de piel moteada mientras seguía hablando con la chica durante unos minutos más, hasta que el hombre alto y el astromecánico regresaron con Watto. El hombre anunció que su grupo se iba, a Anakin le dio un vuelco el corazón cuando la ghica salió por la puerta.
Después de que Watto le diera permiso para abandonar la tienda, el chico alcanzó a los tres extranjeros y al astromecánico. Cuando descubrieron que se estaba aproximando una tormenta de arena, Anakin les convenció de que se refugiaran por un tiempo en su casa, donde les presentó a su madre y a C-3PO. Descubrió que el hombre era un caballero Jedi llamado Qui-Gon Jinn, la chica se llamaba Padme Naberrie y tenía catorce años, el patoso alienígena era un gungan llamado Jar-Jar Binks, y el astromecánico era R2-D2. Cuando R2-D2 hizo notar que el droide de protocolo, desprovisto de cubierta exterior, aparentaba estar desnudo, C-3PO se avergonzó bastante.
Anakin había sospechado que el hombre era un Jedi incluso antes de que el hombre lo admitiera con esas palabras. Había visto el sable de luz de Qui-Gon colgando de su cinturón en su camino a la casa de Anakin, y no pudo evitar preguntarse si Qui-Gon había venido a Tatooine a liberar a los esclavos. Aunque Qui-Gon había revelado pocos detalles acerca de sí mismo, Anakin podía decir que era un hombre honorable, del tipo que siempre había escaseado en la experiencia de Anakin. Anakin admiraba el modo en el que Qui-Gon se mantenía, con tranquila confianza. Cuando Jar-Jar cometió el error de usar su propia lengua para coger una pieza de comida de la mesa durante la cena, Anakin quedó a un tiempo divertido y soprendido al ver la mano de Qui-Gon lanzarse a la velocidad de la luz para atrapar la lengua retráctil del gungano entre el pulgar y el índice.
-No vuelvas a hacerlo -dijo Qui-Gon con cierta severidad antes de soltar su agarre, haciendo que la lengua de Jar-Jar volviera de golpe a su boca.
¡Un mago!, pensó Anakin. De pronto, se encontró deseando que Qui-Gon le enseñara cómo ser un Jedi. Pero debido a que Anakin había sufrido bastantes desengaños en su vida, le resultaba difícil imaginar que eso llegase a ocurrir nunca.
Mientras Anakin y su madre estaban sentados con sus nuevos amigos alrededor de la mesa, les contó sus sueños de llegar a ser un Jedi. Descubrió que Padme era una doncella de la reina Amidala del planeta Naboo, y que Qui-Gon estaba escoltando a la reina y su séquito en una importante misión al planeta Coruscant cuando su nave estelar resultó dañada, y se vieron obligados a aterrizar en Tatooine sin los fondos para pagar las reparaciones necesarias. Deseando ayudar, Anakin explicó que una gran carrera de vainas, la Clásica de la Noche Boonta, estaba programada para el día siguiente. Se ofreció a entrar en la carrera, que ofrecía como premio suficiente dinero como para pagar de sobra las piezas que necesitaban.
-¡Anakin! -protestó Shmi-. Watto no te lo permitirá.
-Watto no sabe que la he construído -Volviéndose hacia Qui-Gon, añadió-: Podría hacerle creer que es suya, y lograr que me deje pilotarla para usted.
Aunque a Padme le gustaba su idea tanto como a Shmi, Anakin estaba seguro de que su plan -al igual que su vaina de carreras secreta- funcionaría.

La Clásica de la Noche Boonta era la carrera más peligrosa en la que Anakin había volado jamás. Era una competición feroz, todos contra todos, y más de un corredor se había convertido en víctima de los giros a gran velocidad, los obstáculos rocosos y los trucos sucios de sus ruines adversarios.
El comienzo de la carrera había sido difícil para Anakin. Con la señal de inicio, cuando aceleró los motores de su vaina de carreras, sus turbinas se pararon, y casi se puso enfermo al ver tras los cristales de sus gafas cómo los demás pilotos salían disparados cruzando la Llanura de la Luz Estelar, y haciéndole toser por el polvo que levantaban. Había perdido segundos preciosos mientras luchaba con los controles, pero cuando finalmente consiguió arrancar los Radon-Ulzer, lanzó su vehículo hacia delante y salió disparado del Estadio de Mos Espa a toda velocidad.
Planeando a través de cañones retorcidos y anchas llanuras, Anakin consiguió alcanzar a las demás vainas de carreras durante la primera vuelta. Cuando rebasó las inmensas formaciones rocosas que moteaban la Mesa de las Setas, sintió el olor a combustible ardiendo medio segundo antes de ver esparcidos los humeantes restos de la vaina de motores verdes que pilotaba un gran llamado Mawhonic. De algún modo, en lo más profundo de sí mismo sabía que Sebulba era responsable del accidente, y no tenía esperanzas de que el gran hubiera sobrevivido.
Aferrando con fuerza sus controles, Anakin apretó los dientes. ¡Yo no voy a morir de esa manera!, pensó.
Anakin progresaba a una velocidad feroz, adelantando a varios competidores mientras aceleraba su vaina de carreras aún más, atravesando los peligros de Boonta, con los exóticos nombres de Garganta de la Peña del Diente, Cuevas de la Laguna, y Giro Apurado. Mientras que otros pilotos aminoraban ligeramente para enfrentarse al cañón notoriamente retorcido conocido como el Sacacorchos, Anakin mantuvo una alta velocidad constante hasta que llegó al Aldabón del Diablo, un pasaje tan estrecho que los pilotos se veían obligados a inclinar sus vehículos sobre un costado para atravesarlo. Con una pericia de experto impropia para su edad, inclinó su vaina para lanzarla por el Aldabón del Diablo, y luego aceleró a una velocidad todavía mayor sobre la ancha extensión de un antiguo lecho marino conocida como la Llanura Hutt. Momentos después, el Estadio de Mos Espa apareció a la vista, y entonces pasó como una exhalación ante la multitud que había visto su salida retrasada sólo unos minutos antes.
Aún quedaban dos vueltas para el final.
Anakin sabía que estaba alcanzando rápidamente a los corredores que iban en cabeza. Mientras su vaina cruzaba disparada el Cañón del Mendigo, descubrió a Mars Guo por delante de él en la lejanía, justo detrás de Sebulba. De repente, uno de los motores de Mars Guo estalló, y un instante después su vaina estaba volando en todas direcciones. Anakin maniobró su propia vaina pegándose peligrosamente al suelo, en un esfuerzo desesperado de eludir los feroces escombros aéreos, pero un gran pedazo de metal suelto golpeó contra el cable de control de acerotón que unía su vaina al motor de estribor. El cable de control se liberó, y la vaina de Anakin -unida ahora sólo al motor de babor- comenzó a girar fuera de control.
Sujeto a su cabina con los cintos de seguridad, Anakin tensó los músculos de su cuello y apretó los dientes para evitar perder la cabeza. ¡Mantente enfocado! Sintió que seguía avanzando hacia delante, y supo que la única razón por la que no se había estrellado todavía era porque el arco de energía que unía los dos motores aún no había fallado.
Mientras la superficie de Tattoine giraba como un borrón a su alrededor, golpeó los controles de su cabina hasta que estabilizó la vaina, y luego alcanzó una herramienta de emergencia: su recuperador magnético extensible. Sacó la herramienta fuera de la cabina, apuntando con ella al extremo metálico del cable de control de estribor que serpenteaba y ondulaba cunto a su cabina. Hubo un satisfactorio golpe seco cuando el recuperados magnético enganchó el extremo del cable. Anakin sintió la tensión de su brazo cuando tiraba del cable, y luego dirigió la herramienta directamente a la clavija del cable de estribor. Un instante después, había recuperado el control de su nave.
Anakin no tuvo tiempo de felicitarse. Su pérdida de control momentánea había permitido que el piloto xexto Gasgano y un par de pilotos más le rebasaran, y Sebulba seguía en cabeza. Anakin hizo lo que tenía que hacer: siguió avanzando, sólo que más rápido.
Rodeó a Gasgano, pero mientras intentaba rebasar al piloto veknoide Teemto Pagalies, sintió una súbita sacudida que le hizo estremecerse cuando Pagalies viró bruscamente para empotrar deliberadamente uno de sus largos motores contra la vaina de Anakin. Anakin se tensó en el asiento de su cabina y mantuvo el control, terminando el tramo de las Cuevas de la Laguna por delante de Pagalies, para salir a la base del ancho cañón de elevadas paredes llamado el Giro del Cañón de las Dunas.
¡CRAC!
A pesar del rugido de sus motores, Anakin pudo oír el disparo que venía de arriba. Un milisegundo más tarde, chispas brillantes destellaron frente a él cuando los proyectiles disparados rebotaron en su vaina. ¡Moradores de las arenas! ¡Me están disparando! Empujó las palancas del acelerador, lo que le hizo cruzar el cañón con más velocidad. Anakin lo consiguió. Pagalies no fue tan afortunado.
Anakin alcanzó a Sebulba en el Sacacorchos, pero el cruel dug lanzó una ráfaga de sus motores directamente sobre el joven humano. La vaina de Anakin perdió distancia, pero seguía estando en segundo lugar cuando seguía a la vaina de Sebulba a través del Aldabón del Diablo. Menos de un minuto después, Anakin seguá a Sebulba cruzando de nuevo el Estadio de Mos Espa.
¡Sólo una vuelta más!
Anakin permaneció a cola de Sebulba durante todo el recorrido, y estaba casi justo tras él cuando comenzaron a virar entre los estrechos confines del Cañón del Mendigo. Sebulba se echó rápidamente a un lado, obligando a Anakin a salirse del recorrido, hacia la pronunciada pendiente de una rampa de servicio... Un instante después, los motores de Anakin le estaban llevando hacia arriba, fuera del cañón, impulsándole hacia el cielo.
¡No!, pensó Anakin. Si no ganaba la carrera y el dinero del premio, no sería capaz de ayudar al Jedi a comprar las piezas de la nave que necesitaban para abandonar Tatooine. Y quería con ansias ayudar al Jedi y a la chica que viajaba con él.
¡No puedo perder!
Cuando su vaina alcanzó la máxima altitud que permitían sus elevadores de repulsión, Anakin mantuvo la calma mientras el vehículo se inclinaba para empezar el descenso hacia la superficie de Tatooine. Lejos, abajo, podía ver la vaina de Sebulba que seguía avanzando a través del cañón. Manteniendo la vista en la posición de Sebulba, Anakin maniobró para caer en picado. Sintió el aire que reasgaba sus mejillas mientras caía hacia el cañón, y luego cambió el ángulo de su vaina y aceleró para colocarse delante del airado dug.
La emoción de ir el primero no duró mucho. Mientras Anakin y Sebulba atravesaron la Caída de Jett de camino al Sacacorchos, el motor izquierdo de Anakin se sobrecalentó y comenaron a salir nubes de humo. Los ágiles dedos del niño ajustaron rápidamente los controles para corregir el mal funcionamiento, pero mientras las dos vainas salían disparadas del Aldabón del Diablo y volaban sobre los últimos tramos de la Llanura Hutt, Sebulba comenzó a embestir a Anakin por el lateral en un último y odioso intento de obligarle a abandonar la carrera.
¡Está loco!, pensó Anakin.
El dug golpeó a Anakin de nuevo, pero en lugar de echar a Anakin fuera de la carrera, las barras de dirección de ambas vainas chocaron y se engancharon entre sí. Anakin miró a Sebulba y vio cómo el dug fruncía el ceño. Si permanecían enganchados en esa posición todo el camino hasta la línea de meta, la carrera sería un empate, pero Anakin sabía que eso nunca ocurriría. Sebulba antes me mataría, o haría que ambos nos matásemos, antes de permitir un empate.
Anakin sacudió las palancas del acelerador en todos los sentidos. Tengo que liberarme.
Hubo un fuerte chasquido cuando la vaina de Anakin se liberó de la de Sebulba, y entonces los motores del dug explotaron. Sebulba gritó mientras su despedazada vaina comenzó a chocar contra la arena; Anakin giró bruscamente para evitar los escombros, y luego aceleró para cruzar la línea de meta.
¡Lo he hecho! ¡He ganado! ¡He ganado! La multitud del estadio se volvió loca.
Tras la carrera, un jubiloso Anakin se reunió con su madre, Padme, Jar Jar, R2-D2 y C-3PO en el hangar principal del estadio, donde Watto había entregado las piezas de nave que Qui-Gon había pedido. Anakin no había esperado una celebración de su victoria, pero cualquier esperanza de pasar más tiempo con sus nuevos amigos terminó cuando Qui-Gon apareció unos minutos más tarde y miró a sus compañeros de viaje.
-Vámonos -dijo-. Tenemos que llevar estos componentes a la nave.
Anakin se mordisqueó el labio inferior. Deseaba poder abandonar Tatooine también, pero sabía que era inútil que lo dijera. Mientras Parme y los otros se preparaban para marcharse, miró a Qui-Gon.
-Tengo algunas cosas que hacer antes de irme -le dijo-. Vuelve a casa con tu madre, y te veré allí en cosa de una hora.
Tras volver a casa con Shmi y C-3PO y asearse, Anakin no pudo resistir la tentación de salir fuera para encontrarse con algunos niños entusiastas que le habían visto en la Boonta. Disfrutaba con su atención, y lo hizo lo mejor que pudo para narrar al detalle los numerosos peligros que se había encontrado durante la carrera. Muchos de los niños estaban muy impresionados. Escuchaban atentamente hasta que le interrumpió un joven rodiano.
-Qué pena que no ganases de forma limpia y legal -dijo, hablando en huttés.
Anakin miró fijamente al rodiano.
-¿Me estás llamando tramposo? -dijo.
-Sí -dijo el rodiano-. No hay otro modo de que un humano pueda ganar. Me imagino que seguramente tú...
Antes de que el rodiano pudiera decir otra palabra, Anakin le había derribado sobre el suelo arenoso de la calle. Los demás niños comenzaron a gritar mientras Anakin se abalanzaba sobre el rodiano y comenzaba a lanzarle puñetazos. Sólo se habían intercambiado unos pocos golpes cuando una larga sombra apareció sobre ambos chicos. Distraído, Anakin miró hacia arriba para ver a Qui-Gon de pie junto a él. Un instante después, el rodiano se quitaba a Anakin de encima.
-¿Qué pasa aquí? -dijo Qui-Gon secamente, mirando a Anakin.
-Dijo que hice trampa -dijo Anakin con el ceño fruncido.
Manteniendo sus ojos fijos en Anakin, Qui-Gon alzó las cejas ligeramente.
-¿Es cierto? -dijo.
Anakin se sintió ligeramente ofendido por la pregunta. Después de todo, Qui-Gon sabía que no había hecho trampa.
-¡No! -exclamó Anakin, preguntándose por qué Qui-Gon no le defendía.
Impasible, Qui-Gon miró al rodiano.
-¿Sigues creyendo que hizo trampa? -preguntó.
-Sí -respondió en huttés el rodiano.
Anakin se incorporó, levantándose del suelo.
-Bueno, Ani -dijo Qui-Gon-. Tú sabes la verdad. Tendrás que aceptar su opinión. Pelearse no cambiará nada.
Quizá no, pensó Anakin mientras caminaba junto a Qui-Gon, dejando al rodiano y a los demás niños atrás. Pero no estaba del todo seguro de que la tolerancia fuese la mejor opción. Si tú no defiendes tu honor, nadie lo hará. Se preguntaba si los Jedi tenían que defender su honor alguna vez, pero no se atrevía a preguntárselo a Qui-Gon. Incluso aunque el Jedi no le había reprendido por pelearse con el rodiano, Qui-Gon había dejado bastante claro que no lo aprobaba.
Mientras caminaban el corto trecho de vuelta a la casa de Anakin, Qui-Gon explicó que ya se estaban realizando las reparaciones en la nave estelar de la Reina Amidala, y que había vendido la vaina de Anakin. Le tendió a Anakin una pequeña bolsa llena de créditos.
-Ten. Esto es tuyo -dijo Qui-Gon.
-¡Bien! -dijo Anakin, sintiendo el peso del saquito. Seguido por Qui-Gon, entró en su hogar, donde encontró a su madre sentada ante la mesa de trabajo-. ¡Mamá -exclamó-, hemos vendido la vaina! ¡Mira cuánto dinero!
-¡Oh, cielos! -dijo Shmi cuando Anakin mostró el contenido de la bolsa que llevaba-. ¡Ani, es magnífico!
-Y ha sido liberado -añadió Qui-Gon, de pie en la puerta.
Anakin dio la espalda a su madre y miró a Qui-Gon.
-¿Qué? -dijo, preguntándose si había escuchado bien.
-Ya no eres esclavo -dijo Qui-Gon.
Todavía algo aturdido por esa noticia inesperada, Anakin volvió a mirar a su madre.
-¿Has oído lo que ha dicho? -dijo.
-Ahora tus sueños podrán convertirse en realidad, Ani -dijo su madre-. Eres libre.
Entonces suspiró y bajo la mirada al suelo sucio.
Anakin pensó que su madre parecá estar triste, y no podía entender por que podría estarlo. Antes de poder preguntarlo, ella volvió la mirada a Qui-Gon.
-¿Lo llevará con usted? -dijo-. ¿Se convertirá en un Jedi?
-Sí -dijo Qui-Gon-. Nuestro encuentro no fue una coincidencia. Nada ocurre por accidente.
Sospechando que en realidad estaba soñando, Anakin miró al Jedi.
-¿Significa eso que podré ir entonces con usted en su nave?
Qui-Gon se acuclilló para que sus ojos estuvieran casi al mismo nivel que los del chico.
-Anakin -dijo-, adiestrarse para ser un Jedi no es reto sencillo, y aunque lo superes, es una vida dura.
-¡Pero yo quiero ir! -dijo Anakin-. Eso es lo que siempre he soñado hacer -Dando la espalda a Qui-Gon, miró suplicante a su madre-. ¿Puedo ir, mamá? -dijo.
Shmi sonrió.
-Anakin, es un camino que se ha abierto ante ti. La elección es sólo tuya.
Anakin dudó tan sólo un instante.
-Yo quiero hacerlo -dijo entonces.
-Entonces coge tus cosas -dijo Qui-Gon-. No hay mucho tiempo.
-¡Yupi! -exclamó Anakin mientras corría hacia su habitación, pero entonces se paró en seco cuando un doloroso pensamiento cruzó de pronto su mente. Dejó que su mirada viajase de Qui-Gon hacia su madre, y de vuelta al Jedi otra vez-. ¿Qué hay de mamá? ¿Ella también es libre?
-Intenté liberar a tu madre, Ani -dijo Qui-Gon-, pero Watto no lo aceptó.
¿Qué? Anakin sintió como su le hubieran dado una patada. Se acercó lentamente a su madre.
-¿Vendrás conmigo, verdad, mamá? -dijo.
Sentada aún junto a su mesa de trabajo, Shmi tomó las manos de Anakin entre las suyas.
-Hijo, mi sitio está aquí -dijo-. Mi futuro está aquí. Es hora de que vueles solo.
Anakin frunció el ceño.
-Yo no quiero que las cosas cambien.
-Pero no puedes detener los cambios -dijo Shmi-, como no puedes detener la puesta de los soles -Entonces atrajo a su hijo hacia sí y lo abrazó fuertemente-. Oh, te quiero -dijo. Pasaron unos instantes preciosos, luego separó a Anakin de su cuerpo-. Anda, deprisa -dijo. Le dió una ligera palmada en la espalda antes de que él saliera trotando hacia su habitación, pero sin tanto entusiasmo como antes.
La esquelética forma de C-3PO estaba desactivada, y permanecía tan callada e inmóvil comouna estatua cuando Anakin entró en su habitación. Anakin pulsó un interruptro en el cuello del droide, y un instante después los ojos de C-3PO parpadearon al encenderse.
-¡Oh! -dijo el droide, balbuceando ligeramente como si estuviera sorprendido de encontrarse incorporado-. Oh, vaya -Entonces vio al chico-. ¡Oh! Hola, amo Anakin.
-Bueno, Trespeó -dijo Anakin mientras recogía algunas de sus pertenencias-, he sido liberado, y voy a marcharme en una nave estelar.
-Amo Anakin, tú eres mi hacedor, y te deseo lo mejor. Sin embargo, preferiría estar un poco más... completo.
-Lamento no haberte terminado, Trespeó, ponerte la cubierta y eso -dijo Anakin mientras introducía algunas cosas en una bolsa de viaje-. Echaré de menos trabajar en ti. Has sido un colega estupendo -Anakin se colgó la bolsa del hombro-. Me aseguraré de que mamá no te venda nunca.
La cabeza de C-3PO retrocedió ligeramente.
-¿Venderme? -dijo con genuina preocupación.
-Adiós -dijo Anakin mientras dejaba la habitación.
-¡Oh, vaya! -exclamó a su espalda el droide.
Qui-Gon y Shmi observaron a Anakin salir de su habitación. De repente, Anakin recordó el implante explosivo del interior de su cuerpo.
-¿Está seguro de que no voy a estallar cuando abandonemos Tatooine? -dijo, mirando a Qui-Gon.
-Me aseguréde que Watto desactivase el transmisor de tu implante -dijo Qui-Gon-. Cuando lleguemos a nuestro destino, te lo extirparemos quirúrjicamente.
-Entonces vale -dijo Anakin-. Supongo que estoy todo lo preparado que puedo llegar a estar.
Hasta el momento en el que Anakin salió de su hogar precediendo a su madre y Qui-Gon, no se le había pasado por la cabeza que no tenía ni idea de cuando podría regresar a Tatooine. ¿Qué pasa si nunca vuelvo? De repense se sintió como si le movieran por control remoto, como si no tuviera completo control de sus propias piernas que le conducían hacia la ardiente luz del sol. Era difícil pensar con claridad. Todo lo que había pasado desde que el Jedi llegase a Tatooine parecía más un sueño que la realidad.
Sintió un doloroso pesar en el pecho mientras se despedía de su madre, pero debido a que no quería defraudar a Qui-Gon, trató de no hacer un gran drama del asunto. Comenzó a alejarse con Qui-Gon, tratando de concentrarse en el camino ante él, pero, con cada paso, sus piernas se sentían cada vez más pesadas. Había caminado sólo una corta distancia, cuando se paró, se giró, y corrió de vuelta hacia su madre.
Shmi se acuclilló y abrazó con fuerza a Anakin.
-No puedo hacerlo, mamá -lloró Anakin, fracasando en su intento de reprimir las lágrimas-. No puedo.
-Ani -dijo Shmi, apartándololigeramente con sus brazos de modo que podía ver su entristecido rostro.
-¿Volveré a verte? -balbuceó él.
-¿Qué es lo que te dice el corazón?
Anakin trató de escuchar a su corazón, pero todo lo que sentía era su dolor.
-Eso espero -dijo-. Sí... eso creo -añadió.
-Entonces volveremos a vernos.
Anakin tragó saliva con dificultad.
-Volveré para liberarte, mamá. Te lo prometo.
Shmi sonrió.
-Ahora sé valiente, y no mires atrás. No mires atrás.
Anakin hizo lo que su madre le había dicho, bajando su mirada hacia la calle llena de arena mientras seguía a Qui-Gon en su camino al salir de las viviendas. Cada paso era un esfuerzo para no perder el equilibrio, como si no pudiera estar completamente seguro de que ssus piernas no se detendrían o darían media vuelta para volver con su madre. Avanzaba hacia delante con dificultad, tratando de mantener el ritmo de las medidas zancadas de Qui-Gon. Ahogó un suspiro y sintió que se le secaba la garganta. Gracias al aire árido, no tenía que apartarse las lágrimas, porque se evaporaban a mayor velocidad de lo que podía llorar.
Cuando salían de Mos Espa, Qui-Gon y Anakin se detuvieron brevemente en la plaza del mercado para que Anakin pudiera despedirse de su amiga Jira, una anciana que vendía frutas llamadas pallies. Sentada tras su pequeño puesto de frutas, la curtida cara de Jira brilló al ver acercarse a Anakin.
-He sido liberado -anunció Anakin. Antes de que Jira pudiera hacer ningún comentario, le tendió algunas de sus ganancias-. Tenga -dijo-. Cómprese un climatizador con esto. Si no, estaré preocupado por usted.
Asombrada, Jira se quedó boquiabierta por un instante.
-¿Puedo darte un abrazo? -dijo entonces.
-Claro -dijo Anakin mientras se inclinaba hacia Jira.
-Ay, te echaré de menos, Ani -dijo Jira al separarse de él-. Eres el chico más simpático de toda la galaxia -Radiante, meneó un dedo ante él-. Cuídate.
-De acuerdo -dijo Anakin-. Adiós -Se alejó caminando con dificultad tras Qui-Gon.
Anakin y Qui-Gon estaban justo en las afueras de Mos Espa cuando Anakin tuvo un raro mpresentimiento... Como si les estuvieran siguiendo. Dudaba de que mereciera la pena mencionar esa sensación, pero un instante después Qui-Gon se detuvo de repente y se dio la vuelta mientras activaba su sable de luz, atacando a algo detrás de ellos. Asombrado una vez más ante la velocidad del Jedi, Anakin se quedó boquiabierto al ver cómo el sable de luz pasaba a través de un dispositivo negro, de forma esférica y con repulsoelevadores, que había estado flotando en el aire a sus espaldas. Limpiamente partido por la mitad, el destrozado aparato cayó al suelo. Qui-Gon se inclinó para examinar los restos que seguían siseando y soltando chispas.
-¿Qué es eso? -dijo Anakin.
-Un droide sonda -dijo Qui-Gon-. Qué extraño. Nunca he visto nada parecido.
Anakin había oído hablar antes acerca de los droide sonda. Parecían droides de seguridad, que habían sido diseñados para vigilar lugares, pero sus sensores y programación especializados eran más propios para espiar. Había escuchado rumores de que algunos droides sonda estaban equipados con armas, y que los hutts los usaban como asesinos.
Mirando a su alrededor en busca de cualquier indicio del desconocido propietario del droide sonda, Qui-Gon se alzó rápidamente.
-Vamos -dijo. Se giró y comenzó a correr delante de Anakin, alejándose de Mos Espa y entrando en los páramos del desierto.
Anakin hizo todo lo que pudo para no distanciarse del alto Jedi mientras corrían por las dunas. Pero cuando Anakin pudo ver la larga, lisa y brillante nave estelar de la Reina Amidala justo frente a él, ya iba una buena distancia por detrás del Jedi. Anakin ninca había visto una nave como esa. Su superficie era tan altamente reflectante, que resultaba literalmente cegadora bajo la luz del sol, y Anakin tenía que entornar los ojos para mirarla directamente. Cuando quedó aún más retrasado tras Qui-Gon, temió no poder alcanzar nunca esa preciosa nave.
-¡Qui-Gon, pare! -gritó Anakin mientras avanzaba con dificultad por la oscilante arena-. ¡Estoy cansado!
Qui-Gon se giró y Anakin creyó que le estaba mirando a él, pero entonces escuchó el zumbido de un motor que se aproximaba por detrás.
-¡Anakin, al suelo! -gritó Qui-Gon.
Sin dudarlo, Anakin se lanzó contra la arena justo cuando una moto deslizadora con forma de guadaña pasba sobre él. Anakin alzó la mirada para ver una figura con una capucha negra encender un sable de luz de hoja roja y saltar de la moto. Mientras la moto seguía avanzando sin su piloto, Qui-Gon encendió su propio sable de luz justo a tiempo de bloquear un golpe de su letal asaltante.
-¡Corre! -gritó Qui-Gon a Anakin-. ¡Diles que despeguen!
De nuevo, Anakin obedeció al Jedi sin hacer preguntas. Mientras se levantaba y corría, tan sólo pudo echar un rápido vistazo al rostro del guerrero oscuro, que estaba cubierto por marcas dentadas rojas y negras. Anakin no se detuvo a evaluar si un color correspondía a la piel de la criatura, y el otro era tatuado. Tan sólo siguió corriendo. Y, tan cansado como estaba tras la larga marcha desde Mos Espa, nunca había corrido tan rápido de lo que lo hizo cuando se abalanzó hacia la nave. Prácticamente voló por la rampa de acceso hasta la bodega delantera de la nave. Justo en el interior dela escotilla, encontró a Padme hablando con un hopmbre alto con una túnica de cuero.
-¡Qui-Gon está en apuros! -exclamó Anakin entre jadeos-. ¡Dice que despeguemos! ¡Ya!
El hombre miró a Anakin con el ceño fruncido.
-¿Quién eres? -preguntó.
-Es un amigo -respondió Padme por Anakin mientras cogía al chico sin aliento de un brazo y lo condicía hacia el puente de la nave. El hombre les siguió mientras entraban en el puente, donde otros dos hombres -un tipo mayor con piloto de uniforme, y un hombre más joven con túnica- estaban comprobando los controles,
-Qui-Gon está en apuros -dijo el hombre que había seguido a Padme y Anakin.
El hombre joven de la túnica se agachó junto al piloto.
-Despegue -dijo-. Luego miró por la ventanilla de la nave-. Por allí -dijo, señalando-. Vuele bajo.
Anakin permanecía de pie tras el hombre de la túnica y siguió su mirada para ver a Qui-Gon batiéndose con el guerrero oscuro. En el breve tiempo que llevaba conociendo a Qui-Gon, Anakin había llegado a considerar al Jedi como un ser invencible, pero, ahora, realmente temía por la vida de Qui-Gon.
Los motores de la nave arrancaron, y entonces se elevó de la tierra y comenzó a moverse por el aire hacia la posición de Qui-Gon. Anakin mantuvo el aliento mientras pasaban sobre las figuras que luchaban, y luego miró un monitor que mostraba la bodega delantera. Un instante después, Qui-Gon entraba rodando en la bodega y se desplomaba contra el suelo. Anakin comprendió que Qui-Gon había saltado a la rampa de aterrizaje de la nave, que seguía extendida. ¡Lo logró!
El hombre de la túnica corrió del puente a la bodega delantera, y Anakin le siguió. Qui-Gon aún estaba recobrando el aliento cuando hizo las presentaciones entre Anakin y su aprendiz Jedi. Obi-Wan Kenobi.

A la partida de Anakin de Tatooine siguió una vertiginosa serie de acontecimientos: su llegada al mundo cubierto de rascacielos de Coruscant, hogar del Senado Galáctico y del Templo Jedi; su encuentro con Yoda, Mace Windu y los demás miembros del Consejo Supremo Jedi, quienes probaron sus habilidades con el poder que ellos llamaban la Fuerza; el subsiguiente rechazo del consejo a la petición de Qui-Gon de entrenar a Anakin para que se convirtiera en Jedi, incluso a pesar de que Qui-Gon insistiera en que Anakin era el “elegido”. La mente de Anakin daba vueltas. ¿Elegido? ¿Elegido para qué?
Antes de que Anakin pudiera comenzar a comprender del todo su situación, estaba viajando de nuevo con Qui-Gon y Obi-Wan, mientras escoltaban a la suntuosamente vestida reina Amidala de vuelta a Naboo, que había sido invadida por los ejércitos droide de la Federación de Comercio nemoidiana. En Naboo, Anakin quedó anonadado al descubrir que Padme Naberrie se había hecho pasar por una doncella por razones de seguridad, y que ella era en realidad Padme Amidala, la auténtica reina de Naboo.
Empujado de repente a la batalla entre los droides de la Fedreación de Comercio y los habitantes de Naboo, Anakin apenas tuvo tiempo de refugiarse en la cabina de un caza estelar cuando Qui-Gon y Obi-Wan se enfrentaron al mismo guerrero oscuro que había aparecido en Tatooine. Aunque Anakin no había pretendido pilotar el caza estelar para destruir la gran nave que controlaba a los droides de la Federación, sus acciones llevaron un rápido final a la invasión.
Tras la batalla, Anakin se encontró con Obi-Wan en el palacio de la reina. Por la expresión de pesar de Obi-Wan, Anakin supo lo que había ocurrido. Qui-Gon Jinn había muerto.
Tres dáis más tarde, el Consejo Jedi aceptó el último deseo de Qui-Gon, y permitió que Anakin se convirtiera en el aprendiz de Obi-Wan. Cuando Anakin descubrió que incluso el nombrado Canciller Supremo Palpatine, el antiguo senador de Naboo, estaba al tanto de su papel en la destrucción de la nave de control de droides, pensó que había llegado todo lo lejos que un esclavo de Tatooine podía llegar.
Pero sus aventuras sólo acababan de empezar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario