lunes, 5 de abril de 2010

Trabajos dolorosos (I)

Trabajos dolorosos
de John Jackson Miller

Si vais a escapar de la ley —no importa demasiado la ley de quién—, recomiendo Ralltiir. Allí, nunca tendréis que preocuparos acerca de dónde van a salir vuestros próximos créditos. Mucho antes de que esos mandalorianos comenzasen a molestar a la República, Ralltiir era el lugar donde la gente venía a tomar malas decisiones comerciales. El bláster con empuñadura reversible proviene de Ralltiir. La locura de los hologramas de karaoke comenzó en Ralltiir. Mi caso es un ejemplo.
Aunque gracias a los cabezacubos, el planeta estaba funcionando de forma aún más ralltiiriana cuando llegué. Las hordas de los del casco aún estaban muy lejos, pero la visión de un grupo de combate de la República formando en órbita hizo que muchos lugareños pensaran lo contrario, comprando y vendiendo tan rápido como podían. No les culpo; los mandies no son tan buenos regateando como los demás turistas. La típica escapada de compras mandaloriana, según mi limitada experiencia, transcurre más o menos así:

Vendedor: Bienvenido, amigo acorazado. ¿Le gustaría ver algún deslizador de lujo?
Mandaloriano: ¿Copaani mirshmure'cye, vod? ¡Libero esta mercancía en nombre de los Mando'ade!
Vendedor: Ay. Me está haciendo daño. Vuelvo a decirlo, ay.
Mandaloriano: Sois un pueblo de cobardes, y este asiento del conductor no se reclina lo suficiente.
Vendedor: Dolor. Dolor y ay.
Mandaloriano: (Se aleja conduciendo)

De modo que Raaltiir era propicia para los negocios, en cualquier cosa, en todo. Ahora bien, normalmente, a El Gryph —es decir, a mí— le gusta una buena “Oferta de Última Hora”. Pero, como dije, las circunstancias estaban requiriendo que me moviera rápidamente para ir por delante de las autoridades.
Bueno, un poco de eso es de esperar en mi línea de trabajo. Una vez hubo un estudio que decía que el 8'5 % de todos los cargamentos enviados a espaciopuertos del Borde Exterior nunca llegaban a sus destinos. En aquél momento, hace un año, yo era el “coma cinco” en el lugar donde vivía... con planes de convertirme en el “ocho”. En ese momento, un poco de notoriedad era buena para el negocio... y ayudaba el hecho de que, de todas formas, la mayor parte de las especies no pudieran distinguir un snivviano de otro. (Si yo pensaba que era malo que Mamá no pudiera distinguirnos a mi hermano y a mí, sólo era porque aún no me había aventurado fuera del planeta.)
Últimamente, en cualquier caso, he estado viajando por el espacio en un viejo carguero de chatarra con un par de balas perdidas arkanianos, incluyendo un inventor vejestorio que se dejó el sentido común en sus otros pantalones. Y allí estaba mi guardaespaldas del momento, un chico humano expulsado de la Escuela Jedi y al que, por su parte, se le buscaba por una impresionante cantidad de cargos. Sobre Zayne Carrick podría decirse...
...bueno, hablaré sobre él más tarde. La cuestión es que necesitábamos viajar lo más ligeros posible, y eso me convirtió en vendedor. Lo que, de nuevo, no resultaba ser un problema, porque Ralltiir estaba de pronto bullendo con refugiados que llegaban de los mundos conquistados, vendiendo cualquier cosa que tuvieran en ellos para pagarse el pasaje. Había muchos lugareños dispuestos a gastarse su dinero...


...como esos tipos. No os contaré cómo descubrí la Galería Obohn de Estética Industrial —proteger las fuentes, ya sabéis—, pero diré que los conservadores eran la pareja de personas más extraña que había visto desde el desayuno. Dremullar Obohn di Garthos (¿no se te llena la boca?) era el muun, y era más muun de lo normal. Casi el doble de alto que yo con su inexistente nariz apuntando alto en el aire, parecía moverse entre las estatuas metálicas de la galería como si fuera una de ellas.
No creo que nunca hubiera hecho contacto visual conmigo si un llega a ser por el otro tipo, un rodiano gordo en una silla repulsora. Debía ser más viejo que... bueno, nunca ha existido nadie tan viejo. ¿Sabéis esas culturas antiguas de las que siempre hablan, forjando la galaxia y todo eso? Este rodiano probablemente ya estaba entonces sentado en su silla, mirando su trabajo y diciendo: “Eh, chicos, buen trabajo en este sistema estelar. En serio, muy bueno”.
Sólo que no le habrían entendido, porque no creo que nadie pudiera entenderle. Sólo dejaba escapar graznidos siseantes, y sólo hacia el gran tipo muun, quien se inclinaba una y otra vez sobre él para atenderle como si fuera una planta muy querida. El rodiano balbucearía, y sus escamosas mandíbulas verdes se agitarían. Y el Maestro Obohn (así es como lem gustaba que le llamasen) escucharía, sonreiría, y su rostro tomaría un poco de color... pasando del blanco al casi blanco. Y, eventualmente, su arrogancia se volvía hacia mí.
—Padre dice que estás aquí para vender algunas estatuas.
—¿Disculpe?
—Estatuas. Obras de arte mecánicas, como estas que ves a tu alrededor.
—Eso lo he entendido —dije, mirando a mi alrededor—. Usted mencionó a su padre.
Este es Padre —dijo el muun, señalando al rodiano, como si yo debiera haberlo sabido.
—¿Su padre?
—Padre.
—Lo que sea. —No conviene tratar de averiguar mucho acerca de tu objetivo como persona. La mitad de las veces comienzas a tomarles aprecio, y entonces es más difícil engañarles. La otra mitad de las veces, comienzas a quedarte confuso. Eso entraba en esa otra mitad—. Acabo de llegar de Taris —dije, yendo al grano—. Tengo algunas cosas que podrían interesarles.
—Ciertamente lo dudo —dijo Obohn como si resoplase por la nariz, y esta es la única expresión que lo describe a pesar del hecho de que yo tenía el 100% de las narices en la conversación—. Taris está bajo asedio de los mandalorianos.
—De eso se trata exactamente —dije, comenzando con mi plan—. Hay muchos tarisianos que, al igual que ustedes, están metidos en el mundo de la escultura industrial. —Obohn pareció quedar un momento confuso con esta frase, el concepto de que alguien fuese igual que él comprensiblemente extraño—. Se han perdido muchos buenos artistas. ¿Ha oído hablar de Adnah Tiblarett?
—¿Tiblarett?
—Tiblarett. —Lo había leído una vez en la Ciudad Superior.
—Nunca escuché hablar de ella. —Obohn dio una palmada... y dos wookiees aparecieron silenciosamente tras él.
No sé qué me pilló más desprevenido: wookies haciendo cosas silenciosamente, o el hecho de que ambos estaban vestidos con blusas, chaquetas y pantalones. Me di cuenta de que había llegado al lugar correcto, porque cualquiera lo bastante rico como para hacer que los wookiees jugasen a los vestiditos ciertamente merecía mi tiempo.
—¡Un momento, Maestro! —dije—. Lo siento... ¡maldito sea mi pobre acento cadomai! No quería decir Tiblarett, sino... uhhh...
—¿Teronto?
—No.
—¿T'gronish?
—No...
—¿No será Tikartine?
—¿Es buena?
—Él.
—¿Es bueno?
—¿Bueno? —Obohn se agarró las mangas de la túnica—. ¡Yo diría que sí! Si has trabajado con Ineas Tikartine...
—Él es, entonces. —La anguila cayó en la trampa—. Tengo Tikartines rebosando mi bodega.
Obohn hizo un gesto con la mano para que los wooks se fueran y se volvió a Papá para otro encuentro en la cumbre... más largo, esta vez.
Lo bueno de traficar con obras de arte es que usualmente es un trato con un único cliente. No se trata de un montón de transacciones, que se acumulan a lo loco sobre tu cabeza. Dejad eso a los novatos de las bandas de moteros, tratando con grandes cantidades de ryll al mismo tiempo. Si no malgastasen su propio producto en ellos mismos, seguirían estando en el hoyo por no tener en cuenta sus propios costes laborales. (Os lo aseguro, si tuvieran un buen contable, los Vulkar Negros podrían comenzar a vender acciones en la Bolsa de Coruscant.)
Pero me estoy yendo por las ramas: Obohn y su papaíto rodiano estaban definitivamente interesados. Pensé que el rodiano estaba a pundo de caerse de su silla... y Obohn no podía esperar para demostrarme que sabía más que yo acerca de ese Ineas como-se-llame. Lo que me venía bien a mí, que iba rellenando los huecos. Sí, el pobre, triste y retraído escultor estaba trabajando duro en su estudio cuando los malditos mandalorianos, cuya idea de arte es una pegatina en una placa del hombro, interrumpieron su genio. Sólo unos pocos afortunados escaparon de Taris... incluyéndome a mí y a mi joven asociado, sus representantes, que portábamos una pocas obras escogidas para venderlas y poder conseguir dinero. Con la ayuda de Obohn, Tikartine y sus trece hijos podrían escapar algún día de Taris... a un lugar donde, con suerte, pudiera continuar transformando trozos de metralla en obras que capturasen el esquivo espíritu de una época.
Establecida la narración. Ahora a presentar el producto.

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