martes, 2 de octubre de 2012

Un rayo de esperanza (II)


-Buenos días, Padre -saludó a Tork Winger con un beso en la mejilla.
-Alexandra –dijo él, al ver los círculos oscuros bajo sus ojos-. ¿No has dormido nada esta noche?
Alex se frotó los ojos, tratando de despertarse, y tomó un sorbo de té.
-Hoy tengo un examen importante, Padre. Química. Estuve despierta hasta después de la una, estudiando.
Él negó con la cabeza.
-¿Seis horas de sueño? Eso no es tan malo. Pero imagino que soñaste con fórmulas toda la noche. Eso me habría bastado para impedirme un sueño reparador.
Alex asintió con la cabeza.
Comieron el desayuno en silencio. Típico, pensó Alex, sonriendo para sus adentros. Su padrastro siempre quería comer con ella, pero reservaba la mayor parte de la conversación para el final de la comida. Winger revisó su agenda para el día, y leyó las actualizaciones de la mañana. Alex pudo darse cuenta de que estaba preocupado por algo... tenía que ser un informe de la actividad infructuosa de la resistencia clandestina. Finalmente, habló justo cuando Alex estaba tomando el último bocado de su comida.
-Alexandra, me gustaría que me ayudases a organizar la cena de esta noche.
-¿Tenemos compañía especial esta noche, Padre? -le preguntó.
-El Destructor Estelar Imperial Justiciero entrará en órbita esta tarde -le dijo Winger-. Te acuerdas de mi viejo amigo el capitán Brandei, ¿no?
Alex sintió que su corazón se paró durante varios latidos. Un Destructor Estelar Imperial en Garos.
-Sí, por supuesto. Estuvo aquí hace unos tres años. ¿No fue justo después de la Batalla de Endor?
Winger hizo una mueca.
-Alexandra, por favor, no saques ese tema esta noche.
No lo había dicho por amonestar a su hija, sino sólo para recordarle que cualquier mención sobre ese desastre no debía discutirse en presencia de ningún oficial imperial.
-Por supuesto que no, Padre –dijo-. La cena, ¿esta noche? ¿A qué hora?
-A las siete -dijo, sonriéndole-. Tu madre estaría muy orgullosa de ti, Alexandra. Realmente deberías considerar una carrera en el cuerpo diplomático. Te desenvuelves tan bien en funciones como estas. ¡Y eres una mujercita tan brillante!
-¡Lo sé, Padre! ¡Me lo has dicho una y mil veces! ¡Pero odio la política!
Winger se rió entre dientes, dando un último sorbo de su té.
-Está bien, querida, no trataré de convencerte durante el desayuno. -Se levantó y se volvió para salir de la habitación, dándole un último beso en la mejilla-. Te veré esta noche, Alexandra.
-Sí, señor.
Estaba casi en la puerta del solarium cuando se volvió de nuevo hacia ella.
-Ah, y buena suerte en ese examen de química.
Ella le sonrió. Realmente había sido bueno con ella todos estos años. Alexandra lo amaba, pero deseaba que hubiera alguna forma para poder convencerlo de que el método del Imperio para controlar el conflicto garosiano no era la solución al problema.
Tork Winger no necesariamente estaba de acuerdo con el uso de la fuerza por parte del Imperio, pero al menos los bombardeos al azar, los asesinatos, y la lucha abierta entre ciudades controladas por las diferentes facciones parecían haber terminado. Por supuesto, el populacho pronto se encontró con un enemigo común: los imperiales. Los elementos más conservadores de ambos grupos se unieron para formar la resistencia clandestina. Ese pequeño grupo de luchadores por la libertad trataba de hacerle la vida imposible a aquellos desgraciados que el Emperador había enviado a su mundo. Difícilmente podía Tork Winger imaginarse que un miembro de su propia familia formase parte de esa organización clandestina.

Un rayo de esperanza (I)

Un rayo de esperanza
Charlene Newcomb

Alex Winger se puso en cuclillas detrás de un laberinto de rocas con vistas a la carretera que conducía al complejo del centro minero. Esos trabajos normalmente no la ponían nerviosa, pero algo la atormentaba en el fondo de su mente. Esa noche, algo no parecía correcto. El número de personal imperial en Ariana casi se había triplicado en las últimas semanas. Y todas sus energías parecían estar centradas en las minas de Garos IV. Algo dentro de ella le decía a Alex que lo que los imperiales estuvieran haciendo con esos envíos de mineral iba a tener un efecto profundo en su vida.
-Mira, Doro, están cargando un segundo bote de carga -dijo, mirando a través de los macrobinoculares. La noche anterior, habían observado un trineo siendo transportado desde las minas hasta el puerto espacial a las afueras de Ariana. Esa noche, parecía que los imperiales estaban duplicando su carga. Pero esos dos esquifes nunca llegarían al puerto espacial.
-¿Qué galaxias están haciendo con todo ese mineral? -preguntó su compañero. Doro tenía 28 años y esa era sólo su segunda misión de campo. Alex llevaba dos años involucrada con la resistencia clandestina, pero sus experiencias la hacían sentir mucho mayor que sus 18 años.
-Cuento una docena de soldados exploradores en motos deslizadoras -dijo a Doro-. Además de los dos tripulantes de cada trineo. -Alex sacó el comunicador de su cinturón y envió una señal a sus compañeros que esperaban en emboscada a un kilómetro al norte-. Vamos, pongámonos en marcha -dijo.
De repente, disparos de bláster rompieron la quietud del bosque.
-¿Qué está pasando? -preguntó Doro en un susurro.
-Equipo Dos, adelante -llamó Alex en su comunicador mientras se dirigía hacia la ladera boscosa.
-Nos han encontrado –informó con calma la voz en el otro extremo por encima de la estática-. ¡AT-ST’s! Y algunos...
Hubo más disparos bláster, y luego la comunicación se cortó.
-Vamos, Doro, muévete -le gritó Alex a su compañero cuando otra ronda de disparos de bláster resonó por el bosque. Sin duda estaban cada vez más cerca.
Alex y Doro se volvieron hacia el oeste, hacia los acantilados Tahika. El terreno allí era demasiado accidentado para los AT-ST. Incluso las motos deslizadoras imperiales tendrían dificultades en atravesar la zona, sobre todo en mitad de la noche.
Varios disparos pasaron junto a la cabeza de Alex, prendiendo fuego a un árbol cercano. Entonces se dio cuenta de que no escuchaba los pasos de Doro detrás de ella. Alex aminoró el paso durante unos segundos y miró para ver su cuerpo tendido 10 metros atrás. Podía oír las motos deslizadoras acercándose.
Alex respiró hondo, dio media vuelta y llegó a Doro en 10 segundos. Había sido herido en el hombro por un arma y había caído, golpeándose el cráneo contra una roca. Alex no pudo encontrar el pulso. Otro disparo sonó a la izquierda de Alex. Tocó la frente de Doro para desearle buena suerte en el lugar al que la muerte se lo había llevado, y luego se dirigió más arriba en la colina.
Alex podía oír pasos que se acercaban por detrás y reflectores iluminaban la ladera de la montaña. Estaba segura de que podía burlar a esos soldados exploradores. Estaba mucho más familiarizada con el terreno que ellos.
Pero en lo alto de la cresta, Alex dio un paso en falso, y tropezó con algunas ramas caídas. Cayó rodando a toda velocidad por la colina. Parecía que su cuerpo iba chocando contra cada piedra y cada rama de árbol caída. Se detuvo, magullada y dolorida, con una luz brillante apuntándole la cara. Entrecerró los ojos y distinguió con dificultad el uniforme de un soldado explorador.
-¡Levántate! -le gritó-. ¡Despacio, ya!
Alex no tuvo ningún problema en seguir esa orden. Se alzó muy lentamente, poniéndose primero de rodillas, protegiéndose los ojos de la luz brillante con la mano.
-¡Por aquí! –exclamó el soldado explorador llamando a su compañero que estaba oculto a la vista por la densa maleza. Su luz dejó de apuntar a Alex durante no más de un segundo. Ese segundo fue todo lo que necesitó para agarrar una rama caída y lanzarla de lleno contra el soldado con toda la fuerza que pudo reunir. Alex cogió el bláster del soldado mientras éste caía al suelo y corrió los tres metros que la separaban de su moto deslizadora. Otro disparo pasó junto a la cabeza de Alex y ella devolvió el fuego cuando el compañero del soldado explorador estuvo a la vista. Dos disparos de su bláster y el hombre se derrumbó en el suelo del bosque.
Alex saltó sobre la moto deslizadora y se dirigió hacia los acantilados. La marcha era lenta, la oscuridad dificultaba su visión, pero decidió quedarse con la moto deslizadora para poner la mayor distancia posible entre los soldados exploradores que la perseguían y ella. Finalmente abandonó la moto cerca de un kilómetro al sur del deslizador terrestre en el que ella y Doro habían llegado.
Estaba justo donde lo habían dejado, bastante cerca de los acantilados que dominaban el más hermoso, aunque mortal, paisaje de cualquier parte del planeta. Los Acantilados Tahika: durante más de cien kilómetros se extendían por la costa, abruptos e inhóspitos. Desde ese lugar, caían verticalmente casi 200 metros. Pocos habían intentado escalarlos. De ellos, menos de la mitad había sobrevivido. Alex nunca había intentado la escalada, pero en sus sueños se veía a sí misma escalando las paredes de los acantilados. Era un sueño muy inusual. Siempre estaba en compañía de un hombre con cabello castaño claro como la arena y ojos azules. Él estaba allí siempre. Le parecía familiar, pero ella nunca había conocido a nadie que se le pareciera. Así que esperaba el día en el que él entrase en su vida.
Ahora había silencio, a excepción de las llamadas de los crupas que habitaban en los árboles. Alex no oyó motos deslizadoras, ni pisadas en el suelo del bosque. Aceleró el deslizador terrestre y giró hacia el norte, dirigiéndose de vuelta a Ariana.
Evitó las principales carreteras y siguió los caminos que bordeaban los acantilados; no había necesidad de arriesgarse a toparse con las patrullas reforzadas de la zona.
Le vinieron a la mente pensamientos del Equipo Dos... se preguntó si habrían sido asesinados o capturados. No estaba preocupada por si la hubieran identificado. Nadie sabía su verdadero nombre. Así es como se creaban las células clandestinas. Principalmente rostros sin nombre, normalmente de cuatro a seis personas en cada célula. Si uno fuera capturado, nunca podría traicionar a más de un puñado de personas.
Normalmente trabajaban de manera eficiente. Esa noche había sido la primera vez en meses que algo había ido mal. Alex se preguntó si los imperiales habían sido avisados de alguna manera. O si era simplemente el aumento de actividad en las minas -que significaba un aumento en las patrullas- era lo que había causado su mala suerte esta noche. Tendría que hablar de ello con el líder de su célula por la mañana.
Por el momento, se abrió paso hasta la mansión del gobernador y aparcó el deslizador terrestre. Afortunadamente, su padrastro no había sentido la necesidad de contar con guardias de seguridad patrullando los jardines alrededor de la casa. Así que Alex pudo deslizarse desapercibida por la puerta de atrás. La casa estaba en silencio. Subió de puntillas al piso superior, pasando el ala oscura donde Tork Winger dormía. En la seguridad detrás de las puertas de su habitación, se miró en el espejo, moviendo la cabeza.
-¡Menudo aspecto tienes, Alex! -le dijo a su reflejo. Su rostro estaba manchado de suciedad, sus ropas estaban rotas y sucias por su caída por la montaña. Tendría que deshacerse de ellas mañana. Se rió para sus adentros, mirando su crono. Mañana no, pensó, sino hoy, mientras limpiaba la suciedad de su cara.
Cinco minutos más tarde, Alex cayó en su cómoda cama, exhausta. En cuestión de minutos, ya dormía, pero su sueño fue inquieto. Un sueño inquietante entró en sus pensamientos... Explosiones en un edificio... todo era tan confuso... parecían barracones. Un hombre yacía herido en el pasillo, aturdido por una explosión... una mujer se inclinaba sobre él, sosteniendo su cabeza entre sus brazos...
Alex se despertó con un sobresalto, mientras la luz entraba a raudales por la ventana. ¿Quiénes son esas personas? Algo le parecía vagamente familiar en el hombre, pero en realidad no podía ubicar su cara. ¿Y quién era esa mujer?
Estuvo a punto de saltar de la cama cuando su droide sirviente entró en la habitación.
-Buenos días, señorita Alexandra –dijo alegremente-. A su padre le gustaría que se uniera a él para el desayuno en el solarium dentro de media hora.
Ella gimió mientras se sentaba en la cama.
-¿Ya es hora de levantarse?
-Sí, por supuesto, señorita. No querrá hacer esperar al Gobernador.
Alex puso los ojos en blanco y miró el cronómetro. 07:00. Hora de levantarse. Iba a ser un largo día.

Primer contacto (y VI)


-Buen trabajo -comentó Karrde cuando el Comprador Uwana atravesó la atmósfera superior de Varonat y salió al espacio profundo-. Realmente muy buen trabajo. Aunque debo confesar cierta decepción de que en realidad no fueran los morodins tomándose finalmente su venganza.
A su lado, Celina resopló por lo bajo.
-Teniendo en cuenta que probablemente no puedan distinguir a un humano de un krish, y mucho menos a un humano de otro, debe considerarse afortunado que no fueran ellos. Le habrían aplastado en la tierra junto con Gamgalon y su equipo.
-Muy probablemente -admitió Karrde-. ¿De dónde sacaste las grabaciones de gruñidos de morodin?
-Gamgalon me llevó una vez en uno de sus safaris -dijo Celina-. Antes, cuando él todavía pensaba que podría tener una oportunidad de reclutarme en su organización.
-Así que no estabas trabajando para él. Nos habíamos preguntado acerca de eso.
-No me gustan los krish -dijo rotundamente-. Incluso en los honestos, no se puede confiar demasiado, y Gamgalon difícilmente podía calificarse de honesto. Además, para lo único que me quería era para hacer de espía para él en el espacio-puerto. No hay mucho futuro en eso.
-Ya no -coincidió Karrde-. ¿Así que, mientras estabas en la selva de todos modos, avanzaste y grabaste algunos gruñidos de morodin?
Ella se encogió de hombros.
-Pensé que podría ser útil tener registrado algo así. Resulta que tenía razón. -Ella le echó un vistazo-. Me debe esas tres grabadoras, por cierto. Esas cosas no son baratas.
-Te debo mucho más que eso -le recordó Karrde sobriamente-. ¿Por qué nos seguiste ahí fuera, de todos modos?
-Oh, vamos -se burló ella-. ¿Hart y Seoul? Por no hablar de una nave llamada Comprador Uwana. Todo era un poco demasiado curioso. Y recordaba haber oído hablar sobre un jefe contrabandista que tenía una cierta afición por los juegos de palabras curiosos1. Así que me la jugué.
-Y ha valido la pena -dijo Karrde-. Te has ganado una recompensa considerable. Di qué quieres.
Ella se volvió a mirarlo con aquellos ojos verdes suyos.
-Quiero un trabajo -dijo.
Karrde frunció el ceño. No era la respuesta que esperaba.
-¿Qué clase de trabajo?
-Cualquiera –dijo-. Sé pilotar, luchar, hacer de seleccionador de recién llegados...
-¿Mecánico de hipermotor?
-Eso, también -dijo Celina-. Lo que necesites, puedo aprenderlo. -Tomó una respiración profunda, y dejó escapar el aire-. Sólo quiero volver otra vez a la vida social.
Karrde enarcó una ceja.
-Tienes una visión extraña del contrabando si lo consideras vida social.
-Confíe en mí -dijo con gravedad-. En comparación con algunas de las cosas que he hecho, lo es.
-No lo dudo -dijo Karrde, estudiando su rostro. Un rostro muy llamativo, con un cuerpo impresionante acompañándolo. Decorativa y competente a un tiempo; su combinación favorita-. Está bien –dijo-. Has conseguido un trato. Bienvenida a bordo.
-Gracias –dijo-. No se arrepentirá de haberme contratado.
-Estoy seguro de que no lo haré. -Él sonrió ligeramente-. Y ya que ahora estamos trabajando oficialmente juntos... -le tendió la mano-. Puedes llamarme Talon Karrde.
Ella sonrió con fuerza mientras le tomaba la mano.
-Encantada de conocerte, Talon Karrde -dijo ella-. Me puedes llamar Mara Jade.

1 Es habitual que tanto los alias como los nombres de las naves que usa Talon Karrde sean juegos de palabras, en su mayoría intraducibles. En este caso, los alias usados por Karrde y Tapper, Hart-Seoul, en inglés suenan muy similar a Hard soul, es decir, “Alma dura”. Por otra parte, la nave Comprador Uwana es en inglés Uwana Buyer, que suena muy similar a You wanna buy her, es decir, “¿Quieres comprarla?” (N. del T.)

Primer contacto (V)


Los pilotos llegaron una hora después, y durante casi las dos horas siguientes el campamento bulló de actividad mientras embarcaban trozos de carne del morodin muerto y sostenían conversaciones interminables con Tamish y Col-caree acerca de quién se quedaría qué parte de la cabeza y sus preferencias sobre la forma y los materiales para el marco del trofeo. Karrde se quedó fuera de la actividad, retirándose de nuevo a su asiento junto al árbol con un melodium portátil y dejando que Tapper se encargara de su parte del trabajo. Escuchó uno o dos comentarios bastante finamente hilados sobre conducta poco deportiva dirigidos hacia él, pero no les hizo caso. Recostándose contra el árbol, con los ojos medio cerrados, dejó que la música del melodium le envolviera.
Y, subrepticiamente, jugueteó con la configuración del repetidor de comunicaciones integrado en el dispositivo.
El sol se sumergía entre los árboles cuando los pilotos terminaron su trabajo y los aerodeslizadores despegaron hacia el campamento base.
-Confío en que te hayas estado divirtiendo -comentó Tapper, sentándose al lado de Karrde y limpiándose la cara con la manga de su traje de cazador, que ya había dejado de ser elegante-. Algunos de los otros piensan que estás de mal humor.
-No puedo evitar lo que piensen -dijo Karrde-. No te pongas cómodo, vamos a dar un paseo.
-Genial -se quejó Tapper, poniéndose trabajosamente de nuevo en pie-. ¿De qué se trata?
-He estado jugando un poco con el repetidor de comunicaciones -dijo Karrde, levantándose y echándose la correa del melodium por encima del hombro-. Si Falmal y compañía han estado plantando marcadores de transpondedor en los alrededores, deberíamos ser capaces de detectarlos con esto. Despacio y tranquilo; no hay que llamar la atención.
Salieron del campamento y se dirigieron hacia la selva.
La corazonada de Karrde resultó ser cierta: casi de inmediato el repetidor de comunicaciones amañado encontró una señal, procedente de la dirección de donde habían matado al morodin.
Siguiendo el rastro de baba de nuevo, pronto llegaron a lo que quedaba del cadáver, ya pasto de los carroñeros.
-Ahí está -dijo Tapper, señalando a un grupo de arbustos a unos metros de distancia-. Es un marcador de transpondedor, de acuerdo. Y justo junto a uno de los rastros de baba, de nuevo.
-Sí -dijo Karrde, arrodillándose para mirar más de cerca.
Vio que la tierra en el borde de la baba había sido recién removida.
Casi como si hubieran plantado algo allí...
Levantó la vista bruscamente, encontrando los ojos de Tapper. El otro asintió con la cabeza: también había oído el débil ruido de crujidos.
-Viene del campamento -murmuró.
El sonido se repitió.
-Tomemos el camino largo –respondió Karrde también en un susurro, señalando a la sección del rastro de baba por la que Tamish y Cob-caree habían aparecido antes. Explicar a Falmal o a sus secuaces por qué llevaba un melodium en una caminata por la selva podría resultar incómodo.
Sobre todo si encontraban el enlace de comunicaciones trucado de su interior.
Oyeron el crujido de nuevo al abandonar el lugar, pero después de eso pareció desvanecerse detrás de ellos.
Tanto mejor. No más de quince metros más allá en la selva, el rastro de baba desapareció, y cuando reapareció tres metros más lejos, le habían brotado de repente tres ramas más.
-Oh, oh -murmuró Tapper-. ¿Por dónde?
-No estoy seguro -dijo Karrde, mirando detrás de ellos. Toda una manada de Morodins merodeando no era un pensamiento especialmente agradable-. Probemos con este -dijo, señalando el rastro más a la derecha de todos-. Marquemos antes uno de estos árboles para que podamos rehacer nuestro camino si es necesario.
Tapper tenía la mirada perdida en la selva.
-Probemos antes a avanzar un poco más -sugirió lentamente-. Siempre podemos volver.
Karrde le miró frunciendo el ceño.
-¿Has visto algo?
-Una corazonada -dijo Tapper-. Es sólo una corazonada.
Karrde frunció los labios.
-¿Cuánto quieres avanzar?
-Alrededor de trescientos metros -dijo Tapper-. Recuerdo una cresta en esa dirección en el mapa que da una especie de amplia depresión en el terreno.
Karrde hizo una mueca. Trescientos metros en una selva desconocida no era cosa para tomarse a la ligera. Pero por otro lado, casi siempre valía la pena seguir las infrecuentes corazonadas de Tapper.
-Está bien –dijo-. Pero no más allá de la cresta. Y retrocederemos antes si nuestro rastro termina.
-De acuerdo. Vamos.
El rastro de baba se dividió de nuevo pocos metros más adelante, y otras dos veces hizo una de esas breves desapariciones de tres metros con nuevas ramas surgiendo en direcciones diferentes cuando se reanudaba. Durante un tiempo Karrde trató de mantener la cuenta del número de líneas, con la esperanza de averiguar con cuántos animales estaban tratando. Pero pronto abandonó el esfuerzo.
Si los morodins decidían ponerse desagradables, la diferencia entre seis y sesenta de ellos sería bastante retórica.
-Ahí está la cresta -dijo Tapper, señalando hacia delante, hacia la última línea de árboles que parecían abrirse en el cielo azul-. Vamos a echar un vistazo.
Avanzaron entre los árboles. Allí, tendida tal vez a 100 metros por debajo de ellos, se encontraba la amplia depresión con aspecto de valle que Tapper había descrito.
Y reunidos en un extremo de ella había más de cincuenta morodins.
-Hemos encontrado al grupo, de acuerdo -murmuró Karrde con inquietud. La cuesta abajo desde su cresta hasta el valle era bastante pronunciada, pero dudaba que supusiera un problema para algo con el tamaño y la musculatura de un morodin. De hecho, sabía que no lo era; el rastro de baba que estaban siguiendo rebasaba la cresta y continuaba hacia abajo sin descanso.
-No mires a los morodins -dijo Tapper-. Mira los rastros de baba.
-¿Qué pasa con ellos?
-Míralos -instó Tapper-. Dime que tú también lo ves.
Karrde frunció el ceño, preguntándose qué quería decir. La depresión estaba llena de esas líneas, eso estaba claro, claramente visibles entre los árboles y sobre los arbustos aplastados. Un montón de líneas, que mostraban los mismos giros y bifurcaciones que las que habían encontrado ahí arriba...
Y entonces, de repente, lo comprendió.
-No me lo creo –dijo en un jadeo.
-Yo tampoco lo creía -dijo Tapper-. Mira: uno de ellos lo está intentando.
Uno de los morodins se había separado del grupo y se había colocado en el canal de tres metros entre dos de los senderos. Anadeando rápidamente sobre sus cortas patas, avanzó hasta la primera curva y giró hacia la izquierda.
A la primera sección de un laberinto elaboradamente construido.
-Volvamos -dijo Karrde, sacudiendo la cabeza con incredulidad-. Tengo la sensación de que no nos interesa que la gente de Gamgalon nos encuentre aquí.
-Demasiado tarde -dijo una voz suave.
Con cuidado, Karrde miró por encima de su hombro. Dos metros detrás de él se encontraban Falmal y dos de los pilotos krish, los tres con rifles bláster en la mano. Detrás de ellos había un cuarto krish que le miraba pensativamente.
-Desde luego -dijo Karrde, bajando el cañón de su propio rifle y dándose la vuelta para mirarles-. Bueno. Al menos, no deberíamos tener ningún problema para encontrar el camino de regreso al campamento.
-Aún no se ha decidido si vamos a volver directamente al campamento –dijo el cuarto krish con esa misma voz suave-. Bajen las armas, por favor. Y díganme qué están haciendo aquí.
-Estábamos buscando morodins -dijo Karrde, mientras él y Tapper bajaban sus rifles bláster al suelo-. En el proceso nos topamos con el hecho de que son algo más que simples animales. -Arqueó una ceja-. Son seres completamente racionales, ¿no es así, Gamgalon?
El krish sonrió.
-Muy bien –dijo-. En ambas cuestiones. Usted sabe mi nombre; ¿cuál es el suyo?
En estas circunstancias, no parecía tener mucho sentido continuar la mascarada.
-Talon Karrde -se identificó Karrde-. Este es mi socio, Quelev Tapper.
Falmal siseó.
-¿No se lo había dicho, mi señor? –gruñó-. Contrabandistas. Y espías.
-Así parece -dijo Gamgalon-. ¿Por qué estás aquí, Talon Karrde?
-Curiosidad -dijo Karrde-. Había oído historias sobre estos safaris suyos. Quería averiguar qué estaba pasando.
-¿Y lo ha hecho?
-Está cazando seres racionales -dijo Karrde-. En violación de la ley imperial. Incluso en estos días, me imagino que lo que queda del Imperio se encargaría más bien duramente de usted si lo supiera.
Gamgalon volvió a sonreír.
-Imagina usted equivocadamente. Resulta que el gobernador imperial a cargo de Varonat es plenamente consciente de lo que está sucediendo aquí. Su porción de las ganancias es bastante adecuada para asegurarse de que no habrá preguntas indiscretas sobre la caza.
Karrde frunció el ceño.
-Seguramente no está sobornando a un gobernador imperial con los restos de las tasas de inscripción al safari.
-Desde luego que no -dijo Gamgalon-. Pero ya que los safaris proporcionan la cobertura ideal para nuestras operaciones de siembra y cosecha, lo mejor para sus intereses es permitir que continúen.
-Tampoco le está sobornando con bayas de aleudrupa -indicó Tapper- Se pueden comprar esas cosas en el mercado abierto por treinta o cuarenta el paquete.
-Ah... pero no estas bayas de aleudrupa -dijo Gamgalon con aire de suficiencia-. Este cultivo particular crece en suelos saturados de baba de morodin... y durante su crecimiento, estas bayas experimentan un cambio químico extremadamente interesante.
-¿Cómo por ejemplo?
Falmal siseó de nuevo.
-¿Mi señor...?
-No te preocupes -lo tranquilizó Gamgalon-. Piense usted, Talon Karrde, en un carguero que transporte tres cargamentos a un mundo políticamente tenso: rethano-K, triaxlio promhásico y bayas de aleudrupa. Todo inocuo, todo legal, nada que sea tan valioso como para llamar la atención ni de las aduanas imperiales ni de los oficiales de la Nueva República. La nave se deja pasar hacia la superficie, donde es recibida con entusiasmo por sus clientes.
“Quienes, una hora escasa después, estarán lanzando un ataque contra sus enemigos políticos o militares. Con las armas que utilizan una fórmula de bláster tan poderosa como el gas tibanna comprimido.
Karrde le miró fijamente, con un nudo formándose en su estómago.
-¿Las bayas son un catalizador?
-Excelente -dijo Gamgalon con aprobación-. Falmal tenía razón... usted es realmente lo bastante inteligente como para resultar peligroso. Para ser precisos, son las semillas de las bayas las que generan este gas nuevo a partir del rethano y el promhásico. La fruta en sí es perfectamente normal, y puede hacer frente a cualquier prueba química.
-Y los safaris camuflan tanto la siembra y como la cosecha -asintió Karrde-. Con los marcadores de transpondedor ahí para ayudarles a encontrar los cultivos de nuevo después de haberlos plantado. Todos los beneficios del contrabando de armas, sin ninguno de los riesgos.
-Lo ha entendido. -Gamgalon sonrió radiantemente-. Y por tanto también deberá entender por qué no podemos permitir que cualquier indicio de esto se escape.
Hizo un gesto, y uno de los pilotos krish dio un paso hacia adelante, inclinándose torpemente a recoger los fusiles bláster que Karrde y Tapper habían dejado caer.
-Por supuesto que lo entiendo -dijo Karrde-. ¿Tal vez podríamos negociar un acuerdo? Mi organización...
-No habrá ninguna negociación -dijo Gamgalon-. Y soy yo quien decide mis acuerdos. Por aquí, por favor. -El piloto se incorporó, señaló hacia un lado con el rifle de Karrde... Y de pronto las manos de Tapper salieron disparadas, arrancando el rifle de las manos del piloto y golpeando con fuerza la boca del cañón contra el torso del krish. Buscando cobertura en el árbol más cercano, volvió a apuntar con el rifle a Falmal y Gamgalon... y cayó al suelo girando cuando un par de disparos de bláster le atravesaron desde debajo de la cresta, a su derecha. Un único jadeo tembloroso, y él quedó inmóvil-. Confío, Talon Karrde -dijo Gamgalon en el frágil silencio-, que no será usted tan estúpido como para resistirse de manera similar.
Karrde levantó los ojos de la figura encorvada de Tapper, para ver al tercer piloto krish salir de su escondite en la cresta, con el rifle apuntando fijamente al pecho de Karrde.
-¿Por qué no habría de hacerlo? -preguntó, con voz que sonaba desagradable a sus oídos-. Me van a matar de todos modos, ¿no es así?
-¿Elige morir aquí? –replicó Gamgalon-. Por aquí, por favor.
Karrde respiró hondo. Tapper muerto; el propio Karrde desarmado y solo. Completamente solo; incluso los morodins de abajo habían desaparecido, al parecer dispersados por el sonido del disparo de bláster.
Pero no, él no quería morir ahí. No cuando había alguna posibilidad de que pudiera vivir lo suficiente para vengar la muerte de Tapper.
-Está bien -suspiró. Dos de los pilotos se adelantaron y tomaron sus armas, y todos juntos se pusieron en marcha.
Karrde no había esperado que le llevasen de vuelta al campamento, y no lo hicieron. Por la dirección en la que Falmal los llevaba, parecía que se dirigían hacia uno de los otros claros que habían pasado justo antes de montar el campamento. Donde, sin lugar a dudas, estaba esperando el aerodeslizador de Gamgalon.
-¿Qué tipo de red de distribución tienen? -preguntó.
-No necesito ninguna ayuda -dijo Gamgalon, mirando hacia atrás por encima del hombro-. Como ya he dicho.
-Mi organización podría serle útil -señaló Karrde-. Tenemos personas de contacto por toda la...
-Cállese -le interrumpió Gamgalon.
-Gamgalon, escuche...
Y de detrás de él llegó un gruñido profundo y retumbante.
Un gruñido que se repitió un instante después a ambos lados.
El grupo se detuvo repentinamente.
-¿Falmal? –exclamó Gamgalon-. ¿Qué es esto? ¿Por qué hay morodins aquí?
-No lo sé -dijo Falmal, con inquietud en su voz-. Esto no es para nada habitual en ellos.
Los gruñidos llegaron de nuevo, de lo que parecían ser las mismas posiciones.
-Tal vez finalmente se hayan cansado de ser la presa -dijo Karrde, mirando alrededor-. Tal vez hayan decidido celebrar su propio safari.
-Tonterías –escupió Falmal. Pero miró a su alrededor, también. Y estaba empezando a temblar-. Mi señor, sugiero que sigamos adelante. Rápido.
Los rugidos se repitieron.
-Falmal, llévate al prisionero -ordenó Gamgalon, con voz repentinamente sombría mientras sacaba un bláster de debajo de su túnica-. Vosotros, los demás: a los lados y a la retaguardia. Disparad a cualquier cosa que veáis.
Con cautela, los tres pilotos salieron hacia la selva, rifles bláster en alto. Falmal se puso al lado de Karrde, y cerró una mano tensa alrededor de su brazo.
-Rápido -dijo entre dientes.
Gamgalon se acercó al otro lado de Karrde, y los tres juntos se apresuraron a seguir. Más adelante, a través de los árboles, Karrde pudo ver la luz del sol reflejándose en un aerodeslizador. Otro coro de rugidos de morodin llegó hasta ellos, esta vez todos desde atrás. Llegaron a la última línea de árboles, saliendo al claro... Y con un suspiro jadeante Falmal soltó de pronto el brazo de Karrde y cayó cuan largo era en el suelo, con la empuñadura de una navaja sobresaliendo de su costado. Gamgalon gruñó y se dio la vuelta, buscando un objetivo para su desintegrador.
No llegó a encontrarlo. Justo cuando Karrde se agachó instintivamente hacia un lado, la túnica del krish estalló en una breve ráfaga de fuego cuando un silencioso disparo de bláster le golpeó limpiamente en el centro del torso. Cayó de espaldas al suelo y quedó inmóvil.
Karrde se volvió; pero no fue a ninguno de sus compañeros de caza a quien vio saliendo de detrás del árbol que acababan de pasar.
-No se quede ahí parado -gruñó Celina Marniss, bajando el pequeño bláster que llevaba en la mano mientras pasaba junto a él y se dirigía hacia el aerodeslizador-. Mi aerodeslizador está demasiado lejos; tomaremos el suyo. A menos que quiera estar aquí cuando aparezcan los otros krish.