jueves, 2 de mayo de 2013

Pasajes (y III)


Matt se frotó el chichón en la parte posterior de su cabeza e hizo una mueca para sus adentros. La luz del sol se filtraba a través de la ventana de su prisión. Había estado inconsciente durante bastante tiempo. Al otro lado de la celda, un hombre roncaba ruidosamente. El tercer ocupante de la celda estaba despierto, con la mirada perdida en el techo.
Matt se sentó, colocando ambos pies en el suelo. Agarrando los lados del camastro con las dos manos, empujó esperando no caer de bruces. Mareado, presionó la parte posterior de sus piernas contra las barandillas de la cama para mantener el equilibrio. Respiró hondo, y luego caminó trabajosamente a través de la celda hacia la ventana. Su borde inferior parecía estar a menos de un metro por encima de su cabeza. Se estiró, y apenas tocó el borde con la yema de un dedo.
-No se puede salir por ahí -dijo el hombre que había estado roncando.
-No, realmente no lo creía -respondió Matt, volviéndose hacia su compañero de celda. El hombre era viejo, su pelo peinado hacia atrás estaba completamente blanco. Las arrugas surcaban un rostro con el que el tiempo no había sido amable.
Sentándose, el anciano dejó caer sus piernas a un lado de la cama.
-No creo que te conozca, hijo. ¿Cómo has quedado atrapado en una celda con un par de espías rebeldes?
Matt desvió la mirada del anciano. Su compañero de celda todavía no se había movido. Parecía analizar con aire solemne el ajedrezado del techo, aparentemente ajeno a la conversación.
-Mi nombre es Matt Turhaya -dijo al anciano-. ¿Estuvo involucrado en esas explosiones de anoche?
-Si. Yo y Chaz, ese de ahí -señaló al joven enjuto-. Me llamo Blaide, por cierto. Sí, los viejos impes nos atraparon a los dos.
Chaz cobró vida de repente, saltando de la cama. Se acercó a Matt y le miró con desconfianza.
-Cuidado, Blaide. Podía ser un topo.
-Le han zurrado de lo lindo para ser un topo, Chaz -dijo Blaide con una sonrisa.
-Eso no prueba nada -dijo Chaz. Se pasó los dedos por el pelo largo y rubio que le caía sobre los ojos verde esmeralda, unos ojos que estaban llenos de más experiencias de las que sugería su edad.
-Sí, tienes razón, Chaz -admitió Blaide-, no hay manera de que podamos estar seguros de que el Sr. Turhaya es quién dice ser. Debo estar haciéndome viejo.
-No soy un espía -insistió Matt.
-Entonces, ¿por qué te han encerrado? -preguntó Chaz.
-Los Imperiales estaban buscando a uno de vuestros amigos. Me tomaron a mí en su lugar.
-¡Lo sabía! -dijo Blaide, golpeándose la pierna con la mano-. Te lo dije, Chaz, ¿no es cierto?
-¿Qué es lo que sabía? -preguntó Matt, sorprendido por el estallido de Blaide.
-Nuestro amigo... tiene que ser Dodger. ¡Te dije que escapó!
-¿Dodger? -repitió Matt.
-El líder de nuestra célula.
-Todavía no podemos estar seguros de que sea él, Blaide. –La voz de Chaz tembló ligeramente-. Podría tratarse de alguno de los otros.
-Mantén arriba el ánimo, joven Chaz. -Una leve sonrisa se deslizó por el rostro de Blaide mientras se levantaba de su camastro. Se acercó a los dos hombres más jóvenes y puso su brazo sobre el hombro de Chaz-. Si Dodger sigue vivo, yo diría que tenemos bastantes probabilidades de salir de aquí. -Blaide asintió con confianza-. Sí, estoy comenzando a sentirme mucho mejor acerca de este lío en el que estamos.
Pero a medida que transcurría el día, Matt se preguntó si alguien podría hacer algo para ayudarlos. Oyó el cambio de guardia al fondo del pasillo, en el cuarto de seguridad. Acababan de recoger las bandejas de la cena, y habían atenuado las luces en el bloque de celdas. El sol se había sumergido en el cielo de primera hora de la noche. Las sombras caían sobre la celda.
Entonces, de la nada, resonaron por el pasillo los gimoteos de una voz de mujer.
-Sargento -estaba diciendo la mujer, con un tono agudo que perforaba los oídos de Matt-, ¿qué quiere usted decir con que no tiene constancia de esta llamada?
Blaide se acercó a los barrotes que los separaban de la libertad. Chaz se sentó en su cama apoyado en un codo, con los oídos alerta. No pudieron escuchar la respuesta del guardia a la pregunta de la mujer. Pero su réplica fue aún más fuerte.
-¡¿Quiere usted decir que algún incompetente me llamó cuando se supone que debo estar fuera de servicio y me hizo venir hasta aquí para nada?! -Hubo un momento de silencio-. Mire, aquí lo pone, sargento: a las 18:42... Llamada del OSE, preso enfermo, acuda de inmediato.
Chaz gimió, cayendo de nuevo en la cama. Matt se volvió bruscamente y lo miró, y entonces sonrió para sus adentros. Gimiendo de nuevo, Chaz se retorcía en la cama.
-¿Lo ve? –exclamó la mujer-. ¡Le dije que aquí había un hombre enfermo! –Echó a caminar por el bloque de celdas.
El soldado de asalto la siguió haciendo resonar sus pasos en el suelo.
-Tendrá que esperar y dejar que verifique esto con el OSE -insistió.
Chaz estaba ahora teniendo arcadas. Matt nunca antes había visto a un hombre ponerse de esa tonalidad de azul.
-¡Dense prisa! -gritó Blaide desde su celda-. ¡Está teniendo problemas para respirar!
Matt miró a la mujer joven de ceño fruncido que apareció a la vista. Una gorra ocultaba el escaso pelo de su cabeza. Su túnica negra le quedaba muy ceñida, un uniforme imperial con insignias del cuerpo médico y la insignia de rango de teniente.
-Abra la puerta, sargento -le ordenó.
-No es más que un espía rebelde, teniente. Lo van a ejecutar en un par de horas de todos modos -gruñó el soldado de asalto.
-Sargento, si desean ejecutarlo, me parece perfecto. Pero mi deber es asegurarme de que se encuentre lo bastante bien para estar de pie frente a ese pelotón de fusilamiento. Después de todo -dijo sarcásticamente, arrugando la nariz ante los hombres al otro lado de los barrotes-, queremos estar seguros de que todos sus amigos sepan que vamos en serio. Ahora –insistió-, abra esta puerta.
-Ustedes dos, apártense -indicó el soldado de asalto a Blaide y Matt. Tecleó el código de seguridad en el panel de acceso. Con su rifle desintegrador preparado, el soldado entró en la celda. La teniente estaba dos pasos por detrás de él, hurgando ya en su bolso médico cuando la puerta del turboascensor se abrió al final del pasillo.
Dos disparos sonaron cerca de la estación de seguridad.
Reaccionando con rapidez, el soldado se volvió, deteniéndose a medio movimiento, cuando se dio cuenta de que la teniente le estaba apuntando con una pistola bláster en la cabeza.
-Suelte el arma, sargento -dijo ella.
Otro par de pasos resonaron por el pasillo mientras el rifle desintegrador del soldado caía al suelo. Matt miró con incredulidad a Metallo corriendo hasta la celda.
-¿Todo el mundo está bien? -preguntó ella. La tensión en su rostro se disipó cuando vio a Matt en la esquina de la celda.
-Sólo unos cuantos chichones, jefa -le dijo Matt, frotándose el punto sensible en la parte posterior de su cabeza.
-Salgamos de aquí -sugirió Blaide, agachándose para recoger el rifle desintegrador del soldado de asalto. En un rápido movimiento se enderezó, golpeando el pecho del soldado con la culata del fusil. El hombre trastabilló hacia atrás y Blaide lo derribó al suelo agarrando su casco y girándolo hasta que el cuello del soldado se rompió.
-¿Eso era necesario? -preguntó Metallo.
-Nos vendrá bien el rifle. Además, ¿quién ha pedido tu opinión?
-Ya basta, Blaide -dijo la teniente con el ceño fruncido.
-Me alegro de verte de nuevo, Midget -saludó Chaz a la joven, saltando fuera de la litera.
-Tu actuación ha sido encomiable, Chaz -respondió ella. Señaló el uniforme del muerto-. Ahora, veamos qué tal haces de soldado de asalto.
Cinco minutos más tarde Midget conducía su esquife por las calles de Eponte mientras el sol se deslizaba por debajo del horizonte. La niebla se había apoderado de la ciudad. Las farolas brillaban como si estuvieran encerradas tras una gruesa cortina. Un edificio incendiado aún ardía desde la breve batalla de la noche anterior.
Blaide miró a su alrededor con nerviosismo cuando unos soldados de asalto los detuvieron en un puesto de control. Chaz, de pie con rigidez en la parte trasera del vehículo, sostenía un rifle bláster sobre su pecho blindado. Midget entregó un cuaderno de datos a uno de los soldados. Inclinando la cabeza, estudió las órdenes que contenía, y luego, lentamente, examinó a sus prisioneros.
-Investigación experimental, ¿eh, teniente? -preguntó el soldado de asalto.
-Así es, capitán -respondió Midget.
-Nunca antes vi algo como eso -dijo, señalando hacia Metallo.
-Interesante, ¿verdad?
-¿Y los otros dos?
-Yo sólo soy la encargada de la entrega, capitán. No tengo ni idea de lo que tienen planeado para ellos -respondió mientras otros dos soldados se acercaban al esquife.
Agitándose incómodo, Blaide tropezó con Chaz y e hizo que perdiera el equilibrio. Alarmado, uno de los soldados de asalto sacó su rifle bláster y apuntó al grupo.
-No pasa nada -dijo Chaz-, lo tengo todo bajo control.
-Más le vale, sargento -contestó el capitán.
-Si no le importa, capitán, tengo que seguir adelante -dijo Midget.
-Un momento, teniente -contestó.
Matt lanzó una mirada preocupada a Metallo. Calmada y fría, se volvió ligeramente para que sus manos quedasen ocultas a la vista. Por el rabillo del ojo, vio a Blaide detrás de él, haciendo un sutil gesto con la cabeza a Chaz.
El capitán se volvió hacia uno de sus subordinados.
-Sargento...
Antes de que tuviera la oportunidad de decir una palabra más, los disparos de bláster iluminaron la estación de control. Midget disparó su pistola contra el capitán de las tropas de asalto. Metallo extrajo su propio bláster y se encargó de un segundo soldado mientras Chaz intercambiaba fuego con el tercero.
-¡Sácanos de aquí! -exclamó Metallo.
Midget aceleró al máximo los controles cuando una explosión golpeó la parte trasera del esquife. Blaide hizo un último disparo, golpeando al soldado de asalto con el que Chaz no había terminado.
-Sabía que no debería haber tomado ese atajo -dijo Midget.
-Está bien, Midget. Estamos todos a salvo -le dijo Metallo.
-Idiotas incompetentes -masculló Blaide entre dientes.
-Por suerte para nosotros -dijo Chaz.
-Hey, Midget, de todas formas, ¿dónde vamos? -preguntó Blaide.
-Hangar 10.
-No hay señales de persecución -le dijo mientras el esquife cruzaba la calle a gran velocidad pasando por delante de una hilera de almacenes oscuros-. ¿Qué pasó con Dodger?
-Nos está esperando.
-Te lo dije, ¿no es cierto, Chaz?
-Sí, tienes razón, Blaide -respondió Chaz, soltando un suspiro de alivio.
-Hangar 10 -repitió Blaide-. ¿Vamos a irnos a alguna parte?
-Con gusto os sacaré del planeta si creéis que no estáis a salvo en Kabaira -dijo Metallo.
-¿Tienes una nave?
-Sí. Es un viejo carguero Suwantek. Suelo transportar suministros, pero creo que puedo sacar de contrabando unos espías rebeldes sin ningún problema.
Blaide asintió.
-Bien -dijo en voz baja. Apuntó con su arma a Metallo-. Creo que eso es todo lo que necesito saber.
-¿Blaide?
-Lo siento, Chaz. Tal vez sea sólo un viejo loco. Pero tengo la intención de estar en el lado ganador cuando todo esté dicho y hecho. -Encogiéndose de hombros, apretó el gatillo del rifle bláster.
-¡No! -gritó Matt, saltando hacia Blaide mientras el fusil disparaba. Golpeado por la explosión, Matt se derrumbó cuando el esquife viró bruscamente en una curva. Chaz embistió con la cabeza a Blaide. Blaide lo empujó a un lado, tratando de recuperar el equilibrio. Se puso en pie. Con los ojos abiertos y una expresión de incredulidad en su rostro, se encontró mirando al cañón del bláster de Metallo. Ella disparó. Agarrando su vientre, Blaide jadeó en busca de un último aliento y cayó al suelo del esquife junto a Matt.
Metallo se arrodilló junto a Matt.
-No te me mueras, Matt. ¡No después de todas las molestias que me he tomado!
-Estoy bien, jefa. -Matt hizo una mueca, incorporándose lentamente a medida que el esquife tomaba otra curva del camino.
-¿Qué estabas tratando de hacer? ¿Conseguir que te maten?
-Sólo me ha rozado, jefa. No vas a deshacerte de mí tan fácilmente.
Metallo sonrió, apretando su brazo.
-Gracias, Matt -dijo mientras el esquife se detenía en el hangar 10.
Hunter salió de la nave saludando a sus amigos en la parte inferior de la rampa. Sonriendo, agarró a Chaz en un abrazo de oso.
-Pensé que te había perdido, hijo -dijo.
-Estoy bien, papá -susurró Chaz al oído de su padre, escuchando la brusca inhalación mientras el hombre más viejo hizo una mueca de dolor-: ¿Y tú?
-Bien. Todo está bien ahora.
Fuera del hangar, otro esquife dobló la esquina, derrapando con un chirrido.
-¡Tenemos compañía! -gritó Midget.
-Es hora de irse, amigos -dijo Metallo, subiendo a la nave por la rampa con Matt detrás de ella.
Hunter golpeó el cierre de la escotilla tan pronto como todo el mundo estuvo a bordo.
-¡Vamos, Tere! ¡Salgamos de aquí! -gritó hacia la cabina.
La nave se elevó lentamente del suelo de duracemento de la bahía de aterrizaje. Levantando polvo, dejó detrás una nube mientras una docena de soldados de asalto entraba precipitadamente en la bahía.
-Matt, ¿puedes ocuparte...?
-Sin problema, jefa. Trazando un curso directamente fuera de aquí -le dijo, tecleando febrilmente en la consola del copiloto-. Nos están llamando del espaciopuerto. Nos ordenan que volvamos atrás.
-Estoy recibiendo varias señales, Matt.
-¿Qué son? -preguntó Hunter, examinando los cielos mientras el Búsqueda Estelar abandonaba la atmósfera de Kabaira y se dirigía hacia la oscuridad llena de estrellas del espacio profundo.
-Tres Cazadores de Cabezas -respondió Matt-. Probablemente la patrulla espacial local.
Chaz se acercó a su padre en la cabina.
-¿He oído que decías Cazadores de Cabezas?
-Sí.
-¿Tienes una nave rápida, capitana? -preguntó Chaz.
-Es una muy buena nave, jovencito -respondió Metallo.
-Escudos activados -informó Matt-. Treinta segundos hasta que saltemos.
Metallo estudió los sensores de la nave. Los Z-95s les estaban ganando un poco de terreno.
-Es hora de un poco de pilotaje creativo, muchachos. Será mejor que os sujetéis bien -les dijo mientras el Búsqueda Estelar se ladeaba fuertemente a babor. Le guiñó un ojo a su co-piloto-. ¡Matt, recuérdame, cuando lleguemos a un puerto seguro, que tenemos que hacer algunas modificaciones al motor si vamos a seguir en esta línea de trabajo!
Matt sonrió.
-De acuerdo, jefa -dijo mientras la nave giraba a través de una serie de rizos. Varios disparos les golpearon la proa.
-¿Tiempo?
-Cinco segundos.
-Nos vamos -exclamó Metallo, activando la hipervelocidad.
Estrellas moteadas llenaron la pantalla de visión cuando el Búsqueda Estelar hizo su paso al hiperespacio. Matt miró cómo las estrellas se estiraban formando líneas estelares, maravillado ante la increíble belleza de todo eso. Y por primera vez en mucho más tiempo de lo que podía recordar, se sintió completo de nuevo. No estaba seguro de lo que le depararía el futuro, pero por ahora era un comienzo, un nuevo pasaje de su vida, con nuevos amigos, nuevas batallas... y nuevos enemigos.

Armaduras de batalla ilegales

Armaduras de batalla ilegales
Philip Tobin

-¡General Geen, general Geen, cuéntenos una historia de las antiguas guerras! –clamaron los niños alrededor del viejo veterano mientras caminaba por el foro de Salliche. Geen se detuvo y se apoyó pesadamente en su bastón.
-Sí, sí, pero sólo un relato corto.
Los niños gritaron jubilosos, siguiendo a Geen a un banco de piedra cercano donde se sentó y comenzó su relato.
-Hace muchos años, cuando el abuelo de mi abuelo era un general en la Antigua República, había una gran banda de bandidos merodeadores que destruían ciudades enteras, mataban a mucha gente inocente y robaban riquezas inimaginables. Destruyeron todo el espaciopuerto de Wroona, y asaltaron las Cámaras del Tesoro de Narner. Nadie sabía quiénes eran esos terribles guerreros, debido a que sus rostros estaban ocultos tras las frías máscaras de sus armaduras de batalla.
“Y qué terribles eran esas armaduras de batalla. Cada brazo estaba erizado de blásters, cada espalda tenía una mochila propulsora adosada, y cada casco supervisaba la batalla con sensores de puntería y computadoras de seguimiento. De los cinturones de municiones y de las corazas de los hombros colgaban trofeos, y las placas pectorales multicolores llevaban las marcas de bláster de numerosas batallas. Nadie estaba a salvo de esos malvados merodeadores.
-¿Cómo detuvieron a esos bandidos acorazados? –preguntó un niño.
-Ah, justo estaba llegando a eso –respondió Geen con una sonrisa torcida-. A pesar de todas sus grandes armaduras y sus poderosas armas, esos mercenarios fueron completamente destruidos por un caballero Jedi solitario llamado Soonis. Lo que únicamente viene a demostrar que las apariencias externas pueden ser a menudo engañosas...

Blásters de alquiler

Blásters de alquiler
Anthony P. Russo

En el infinito vacío del espacio, el crucero de patrulla de la Nueva República Gloria de Yavin se aproximó con cautela y se enganchó a la nave imperial a la deriva descubierta por sus sensores de largo alcance. Tras unos breves instantes para alinear el puerto de atraque del crucero, técnicos con sopletes láser se prepararon para abrir la escotilla de acceso de la nave imperial. Con un gemido de metal reticente, las puertas finalmente se abrieron. Las tropas de abordaje de la Nueva República se apresuraron por el pasillo de acceso, con sus blásters a punto. Avanzando por los pasillos extrañamente silenciosos, el equipo de abordaje avanzaba con técnicos de sensores que blandían sus instrumentos realizando pequeños arcos ante ellos. Un técnico de sensor murmuró al líder del equipo de abordaje.
-Siguen sin detectarse formas de vida excepto nosotros, señor.
-Los instrumentos aún podrían estar equivocados. –El oficial dudó un instante, luego estornudó de repente-. Hay mucho polvo aquí.
Otro soldado se acercó, cubriendo con la mano el comunicador de su casco.
-El segundo equipo ha alcanzado el puente. Están extrayendo datos de los registros. No hay tripulación a bordo. Se han lanzado todas las cápsulas de escape.
Se detuvo para apartar su visor, y estornudó.
El oficial meneó la cabeza. Esto no le gustaba.
-Entonces, ¿qué ha pasado aquí? No hay daños de batalla. No hay signos de lucha. No hay evidencias de un motín.
Pasaron por el pasillo junto al cuerpo averiado de un droide de servicio estándar, cuyas entrañas seguían lanzando pequeñas chispas por un circuito quemado.
-Curioso –comentó el técnico del sensor, rascándose la mejilla al sentir un picor-. Parece que se averió.
-¿Pero por qué? –El oficial estornudó de nuevo, luego se rascó una repentina irritación en la nariz. Otro soldado hizo lo mismo. Luego otro. No pasó mucho tiempo ante de que todo el equipo de abordaje estuvo de pronto aquejado de estornudos incontrolables, seguidos de un irresistible deseo de rascarse. El oficial ordenó que todo el mundo abandonase inmediatamente la nave imperial y acudiera rápidamente a descontaminación.
Más tarde, el capitán del Gloria de Yavin localizó al oficial del equipo de abordaje. Estaba supervisando el examen de su equipo en el laboratorio quirúrgico por los droides médicos de la nave. Salvo por la presencia de algunas erupciones cutáneas fáciles de tratar e irritaciones menores de garganta, él y sus hombres estaban bien. El capitán sacó una pesada bombona metálica, dejándola caer en el regazo del oficial de menor graduación.
-Encontramos esta y cerca de una docena de otras similares en los sistemas de ventilación y reciclado atmosférico de la nave. Todas contenían DX-343, un disolvente industrial. Expuesto a un ambiente rico en oxígeno, se convierte en una neblina microscópica que no sólo causa averías en los circuitos eléctricos, sino que irrita los conductos nasales, los pulmones y la piel. Quienquiera que las colocase, preparó un dispositivo temporizador que hizo que las bombonas se abrieran, una a una, y desactivó los sensores de contaminación de la nave. Debió de haber tomado totalmente por sorpresa a la tripulación, y a juzgar de la gravedad de la reacción de su equipo a los agentes químicos, probablemente les obligó a abandonar apresuradamente la nave. Estamos usando droides de salvamento sellados para limpiar la nave. Aparte de algunos sistemas quemados y un montón de droides inservibles, la nave casi está en perfecto estado. Prácticamente envuelta para regalo para que nos la quedemos. –El capitán se rascó la cabeza-. Pero que me ahorquen si sé quién usaría deliberadamente un agente irritante sólo para obligar a una tripulación a abandonar su nave.
El oficial giró la bombona, revelando una media luna roja que había sido pintada allí, con pequeñas gotas de pintura roja recorriendo los bordes lisos de la bombona. Agitó la cabeza y sonrió de pronto.
-Tenía que haberlo supuesto. Los Lunas Rojas.
El capitán le miró con extrañeza. Obviamente, no era un término familiar para él.
-¿Quién o qué son los Lunas Rojas?
-Mercenarios, señor. Antiguos rebeldes, por lo que he oído. Han estado sembrando el caos en el Alineamiento Pentaestrella cerca del sistema Entralla.
El capitán pareció enojado con la idea.
-¿Mercenarios? Me cuesta creer que la Nueva República pueda caer tan bajo como para contratar mercenarios para que luche por nosotros.
-No los contratamos, señor. –El oficial tendió de nuevo la bombona de disolvente vacía al capitán, con una media sonrisa mientras se rascaba ligeramente la oreja-. Sin embargo, en cierto modo me alegro de que estén de nuestro lado.


¿Quién interfiere en la casa de la moneda imperial?

-No puedo creerlo. –Hugo Cutter apretó los dientes mientras él e Ivey se acercaban a la entrada, abovedada y con gruesas puertas, del Banco del Control de Seguridad y Confianza Pentaestrella, en Entralla. Los oficiales de la Patrulla Pentaestrella, con sus túnicas negras y azules pulcramente planchadas y sus cascos blancos pulidos para darles un lustre brillante, saludaron educadamente mientras cruzaban la entrada-. Ya puestos, no puedo creer que yo esté haciendo esto...
-¡Shh! –le hizo callar Ivey, haciendo un gesto cortante en el cuello-. Se supone que somos lugareños. Deja de parecer tan nervioso.
-¿Quién está nervioso? ¿Yo? ¿Te parece que esté nervioso?
-¡Hugo! –le amenazó Ivey de nuevo.
Una serie de pasajes con cubículos se abrían a su izquierda, mientras que un muro de temperacero blindado se alzaba a su derecha, con ventanillas de cajeros a intervalos regulares. Exactamente como decían los planos que había extraído de las especificaciones del constructor, Ivey contó 13 metros a su izquierda y se movió en esa dirección, llevando a Hugo Cutter reticentemente tras ella. Un dron de vigilancia flotó brevemente sobre sus cabezas, luego se fue a examinar a otro cliente.
-¿Por qué no podría Sully hacer esto contigo? –gimió-. Es mejor que yo en estas cosas.
-Porque es un alienígena, y sabiendo los sentimientos del Alineamiento y del Imperio hacia los alienígenas, no queremos atraer más atención de la necesaria. –Le dio un codazo en las costillas-. Relájate. Casi hemos llegado.
Llegaron a su destino, un escritorio con el cartel “Información de nuevos préstamos”. Un funcionario alzó la mirada de la aburrida pantalla que mostraba el monitor de su terminal, les saludó con un breve gruñido y luego les indicó que se sentaran.
-¿Cómo puede ayudarles hoy Control de Seguridad y Confianza Pentaestrella? –dijo, sonriendo con la frase estándar de la compañía-. Somos responsables de la seguridad financiera de todo un sector... y también de la suya.
-Qué bien. Estamos interesados en realizar una inversión en su banco.
-¡Muy bien! Tenemos 16 formas diferentes y demostradas para doblar su inversión.
Ivey le ofreció la mano al hombre, sonriendo.
-De hecho, estaba interesada en una decimoséptima forma.
El hombre le devolvió la sonrisa mientras se inclinaba para estrecharle la mano. Al hacerlo, ella mostró un brillante brazalete de metal en la otra mano.
El funcionario miró con extrañeza la pieza de metal cromado, pero reaccionó demasiado tarde cuando ella sujetó sus dos muñecas con las esposas y le inmovilizó en el escritorio. Cutter intercambió entonces la pluma estilográfica del bolsillo superior de su chaqueta por un objeto de forma similar.
-¡Eh! ¿Qué dem...?
Ivey le hizo callar con un profundo sonido gutural.
-Escuche, con mucha atención. Mi pervertido amigo, aquí presente, acaba de colocar en su bolsillo un pequeño, pero extremadamente poderoso, artefacto explosivo. Coopere y no lo activará. ¿Entendido?
Una línea de sudor se formó inmediatamente en la frente del hombre, pero no dijo nada. Ivey se colocó entonces junto a él, girando el monitor del terminal hacia ella mientras sus manos danzaban sobre el teclado. El hombre observaba, susurrando casi sin aliento.
-¿Qué es lo que, eh... planean hacer? –Se rió para sí mismo-. ¿Atracar el banco?
Cutter rió, dando una sonora palmada en la espalda al funcionario. El hombre tosió.
-¿Atracar el banco? Avance con los tiempos cósmicos, amigo mío. No estamos robando el banco. Estamos haciendo un depósito.
-¿Un qué? –El funcionario parecía más confuso que nunca.
Ivey hablo, sin levantar la mirada de la pantalla del terminal, que cambiaba rápidamente mientras trabajaba.
-Un depósito. Control de Seguridad y Confianza Pentaestrella toma con mucho gusto el dinero de la gente, y más si puede, ¿no es cierto?
-Bueno, eh... sí. Claro. –El funcionario trató de mirar hacia abajo para ver si el cilindro de su bolsillo realmente era una bomba. Ivey pulsó dos teclas más, y luego devolvió la pantalla a su posición original.
-Hecho. Un depósito de un millón de créditos.
-¿Un millón de créditos? –El funcionario abrió unos ojos como platos-. ¿Pero por qué se tomarían todas estas molestias de esposarme a mi escritorio sólo para depositar un millón de créditos?
-Bueno, no hemos depositado un millón de créditos reales, en sí mimos. –Explicó Cutter mientras ambos se ponían en pie-. Sólo un millón de créditos falsos. Los hice yo mismo con obleas de exo-proteínas reconstituidas. –Sacó una ficha de crédito azul y la hizo caer en el escritorio para que el funcionario la viera-. La dulce dama aquí presente simplemente acaba de alterar el programa de control de inventario del banco para que no pueda distinguir los créditos falsos de los reales.
-¡Créditos falsos! –exclamó el hombre, todavía encadenado a su escritorio como el esclavo corporativo que era. Todo el mundo en el banco se volvió para mirarles-. ¿No se dan cuenta de lo que han hecho? ¡Este banco es el responsable financiero de todo el sector!
Cutter continuó.
-Suponemos que su banco tendrá que cancelar las operaciones durante un tiempo para arreglar el desaguisado. Mientras tanto, el valor de la divisa imperial caerá en picado. Cualquiera que haga negocios con créditos imperiales en todo el sector va a pegarse, digámoslo así, “un chapuzón”. Naturalmente, la gente culpará de todo este lío al Alineamiento Pentaestrella... y a su banco.
Ivey sonrió tan amablemente como siempre mientras pellizcaba al hombre en la mejilla y pulsaba un botón en el cilindro del bolsillo del hombre.
-Gracias de nuevo. Y sinceramente esperamos que los Lunas Rojas podamos hacer más negocios con ustedes en el futuro cercano.
-¡Esperen! ¡Deténganse! –El hombre, sin preocuparse en ese momento de su vida o sus extremidades, finalmente gritó en voz alta-. ¡Ayuda!
Pero pronto desapareció dentro de una asfixiante nube de humo que se extendía rápidamente. Otras bombas de humo, depositadas en las papeleras, estallaron también. Para cuando los guardias se dieron cuenta de lo que había ocurrido, todo el vestíbulo quedó engullido y hacía tiempo que los dos “inversores” habían escapado.

El Alineamiento Pentaestrella

El Alineamiento Pentaestrella
Anthony P. Russo

En algún lugar del espacio...
Ya era demasiado tarde cuando el carguero mercante finalmente se dio cuenta de que la nave contenedora que se acercaba era más de lo que aparentaba. Una cañonera corelliana surgió de repente de la gran compuerta de carga de contenedores, a proa, abrumando al carguero mercante con el fuego de sus cañones iónicos antes de que este pudiera siquiera emitir un quejido pidiendo auxilio. Con bien sincronizada eficiencia, los piratas engancharon rápidamente un garfio de amarre sobre el carguero inhabilitado y eyectaron a toda la tripulación en las cápsulas de escape de la nave. La nave mercante era ahora suya para examinarla a placer.
-Eso era todo. –Tara pasó la tableta de datos a su capitán, que estaba reclinado con aire pensativo en el sillón de mando de la nave mercante-. Cinco toneladas métricas de provisiones, además de 30 barriles de agua de fuego Ipelrilla. Lo bastante para mantener borracha y feliz a la tripulación durante mucho tiempo, imagino.
Roark Slader dio unos golpecitos con el índice en la tableta de datos, corrigiéndola.
-Lo bastante para mantener a un sinvergüenza como Begas Tok borracho y feliz durante mucho tiempo, para un gusano de su tamaño. Él nos pagará bien por el agua de fuego. Tal vez lo bastante para que consigamos otro crucero corelliano de las chatarrerías de los alrededores de Jaemus.
-Estaría bien si fuera otra cañonera –dijo ella, señalando con un gesto al Saqueador de Slader II, que montaba guardia protectoramente a cierta distancia. Tal vez esa Nueva República tuviera algo bueno después de todo, apartando al Imperio fuera de los sistemas locales y dando a los oportunistas como ellos carta blanca para meter mano a los indefensos transportistas de carga interestelares. Últimamente los negocios habían ido tan bien, que tal vez hubiera suficiente espacio en ese sector para otro pirata, pensó Tara sonriendo para sí misma. Tal vez.
Slader se limitó a murmurar algo sin comprometerse a nada cuando sonó su comunicador. Tara reconoció inmediatamente la voz de Mac, a bordo del Saqueador II. Gritaba alterado acerca de una gran masa que acababa de llegar al su espacio local. Slader estaba a punto de ordenarle al hombre que se calmara y se explicase cuando una andanada de turboláseres pesados golpeó a la cañonera desde popa. Tara vio quién había disparado, una forma de cuña demasiado familiar que estaba acercándose rápidamente hacia ellos.
-¡Es uno de esos nuevos cruceros Pacificador! No. ¡Dos de ellos! –señaló.
Slader maldijo en cinco idiomas mientras saltaba fuera del sillón de mando. Ambas naves estaban lo bastante cerca como para ver el distintivo patrón de cinco estrellas pintado en sus cascos.
-Maldito sea otra vez ese Alineamiento Pentaestrella –dijo Slader, vociferando luego rápidamente por su comunicador-. Mac, retrocede con el Saqueador II y toma el camino largo para salir del sistema. Atrae su fuego hasta que Tara y yo nos vayamos en el Saqueador I. –Luego pulsó el botón de llamada general del comunicador usando una frecuencia segura-. Slader a todas las manos, nos vamos... ¡de inmediato!
Cortó el canal y ambos comenzaron a salir del puente de la nave mercante incapacitada.
-¿Pero qué pasa con el agua de fuego y el cargamento? –dijo Tara corriendo tras él-. ¿Qué hay del trato con Begas Tok?
-Eres muy libre de intentar llevárselos a Tok. –Slader se entretuvo el tiempo justo para desenganchar el garfio de amarre del Saqueador I de su presa-. ¡Aparte de eso, la suerte está echada!
Con un remolino de cierres explosivos, el Saqueador de Slader I se apartó de la nave mercante mientras su nave hermana más pequeña conducía a la pareja de cruceros defensivos clase Pacificador por otra ruta. Desde el puente de control del Saqueador I modificado, Tara observó cómo su botín se alejaba lentamente en la distancia. Luego volvió su mirada hacia las ominosas siluetas de las naves del Alineamiento, reprimiendo muecas de dolor cada vez que un cañonazo golpeaba al Saqueador II mientras volaba con dificultades en su desesperada trayectoria de escape.
Tal vez el negocio no fuera tan bien, después de todo, pensó.