miércoles, 11 de diciembre de 2013

El sistema Garos

El sistema Garos
Charlene Newcomb con Steve Miller

-Hola, Roja.
Carmesí Durasha frunció el ceño. Tumbada sobre su espalda bajo los sistemas hidráulicos inferiores que controlaban los pies de aterrizaje del Luz Estelar Roja, miró más allá de las puntas de sus pies. Todo lo que podía ver desde su posición era un par de botas negras. Aliviada de no ver el color gris imperial, la joven pulsó un interruptor del trineo repulsor y lo condujo sacándolo de debajo del YT-1300.
Sentándose sobre el trineo, Carmesí estudió a su visitante. Era de estatura media, cabello rubio, penetrantes ojos azules, tal vez recién entrado en la cuarentena. Vestía como un centenar más de comerciantes independientes de Byblos: pantalones oscuros, una camisa color azul claro con una chaqueta de cuero marrón. Un bláster pesado DL-44 colgaba bajo de su cadera. A Carmesí le pareció que tal vez se parecía demasiado a los comerciantes independientes que rondaban Byblos... casi como si estuviera haciendo un esfuerzo consciente para pasar desapercibido.
-Mi nombre es Capitana Durasha –dijo ella.
-Lo sé.
Carmesí se puso en pie y posó una mano sobre su propio bláster.
-Entonces tal vez alguien se olvidó de decirle que no me gusta que me llamen “Roja”.
Asintiendo, él sonrió.
-Supongo que tiene razón, capitana. Mi nombre es Matt Turhaya.
Carmesí ignoró la mano tendida a modo de saludo.
-¿Puedo ayudarle en algo? –preguntó-. ¿Necesita alquilar una nave?
-No, no necesito una nave. Sólo algo de información.
Carmesí entornó sus ojos verdes.
-¿Información? No creo que pueda ayudarle. Pruebe en...
Él alzó una mano y la interrumpió.
-Tengo entendido que ha regresado recientemente de un viaje para la Flota de Abastecimiento Imperial a un mundo llamado Garos IV.
-¿Dónde ha sabido eso, Turhaya? –preguntó Carmesí. Ella no habituaba a hablar a nadie sobre sus trabajos pasados.
-Eso no es importante, capitana Durasha. Sólo quiero saber acerca de su transporte de suministros. Tengo la impresión de que quiere compartir lo que vio.
-No sé de qué me está hablando.
Turhaya echó un vistazo a su alrededor en la bahía de atraque, claramente comprobando que no hubiera nadie que pudiera escucharles.
-Me pregunto si la Nueva República sabe lo que está ocurriendo...
Con el rostro rojo de furia, Carmesí cerró su mano sobre su bláster.
-¡Ha descargado el registro de mi nave!
Turhaya asintió.
-Usted no trabaja para el Imperio. Si lo hiciera, ya estaría bajo arresto por este pequeño comentario, ¿verdad? –Carmesí se pasó una mano por su cabello dorado rojizo-. Así que, ¿quién le envía?
-Trabajo con la Inteligencia de la Nueva República –respondió Turhaya-, una organización para la que ya ha hecho algún trabajo en el pasado, de acuerdo con los informes que he visto. ¿Qué puede decirme acerca de Garos?
Carmesí respiró profundamente y luego soltó el aire. Habían pasado casi dos años desde que había estado pasando información y suministros a la Nueva República. Fue en Garos IV donde descubrió que esa época había suavizado parte de su dolor y amargura. Tal vez era el momento de ayudar de nuevo a sus viejos amigos.
-Sube a bordo –dijo, sacudiéndose el polvo de los pantalones.
Carmesí le acompañó subiendo la rampa de entrada al desordenado vestíbulo de la nave.
-Espere aquí –dijo-. Y no toque ese terminal de ordenador.
-Ni se me ocurriría abusar de su hospitalidad –dijo él con una sonrisa pícara.
-Ya. Tampoco es que necesite hacerlo ya –respondió ella, con una amarga expresión en su rostro. Salió del vestíbulo y fue al puente. Una vez que estuvo convencida de que Turhaya no le había seguido, pulsó un botón oculto en la parte inferior de la silla del navegante. Un panel del asiento se deslizó, revelando varias tabletas de datos. Tomó una, cerró el compartimento oculto, y volvió al vestíbulo. Turhaya estaba exactamente donde le había dejado, aunque se había servido una copa de su brandy savareen. Una segunda copa se encontraba sobre la mesa frente al sofá, probablemente esperándole a ella. Dejó la tableta de datos junto a la copa de brandy-. Esto es lo que estaba buscando –dijo-. No tengo mucho más aparte de algunos datos básicos del sistema, pero lo que tengo pinta un paisaje interesante. Creo que el Imperio trata de esconder algo allí, pero necesitan tantos suministros que les está costando mucho hacerlo.
Turhaya se recostó en el sofá con una tableta de datos en una mano y su brandy en la otra, acomodándose para asimilar la información.

***

-Es cierto –dijo Turhaya, dejando a un lado la tableta de datos-. Aquí no hay gran cosa... aparte de que es obvio que el Imperio está tramando algo en el sistema Garos. Y es más que una simple operación minera de hibridio.
Carmesí se encogió de hombros.
-Que sus amigos de la INR envíen algunos rastreadores. Estoy segura de que encontrarán algo.
Turhaya asintió, mirando pensativamente a Carmesí.
-Pero antes necesitamos tener a alguien allí. Alguien que no levante sospechas de los imperiales. Alguien que tenga autorización para estar en el sistema. Alguien cuyo rostro ya conozcan.
Le lanzó una mirada cargada de intenciones.
Carmesí se revolvió en su asiento, con una expresión de incomodidad en su rostro.
-Mire, hace dos años que dejé de traficar con información para la Nueva República.
-Lo sé. Y la INR se ha visto resentida por ello, capitana Durasha.
La expresión de Carmesí se endureció.
-Espero que la INR haya aprendido de esa pérdida y haya dedicado a dedicar más recursos a la contrainteligencia.
-Lo que le ocurrió a su hermano y a su compañero no debería haber sido siquiera posible. La INR lo fastidió. No hay otra forma de expresarlo. Comprendo su dolor, capitana, realmente lo comprendo, pero nos enfrentamos ahora a algo que es más grande que una operación fallida. –Tomó de nuevo la tableta de datos, volviendo a mostrar en la pantalla secciones del texto. Se la tendió a Carmesí-. Garos IV parece un mundo hermoso.
-Lo es –dijo Carmesí en voz baja, mirando la tableta de datos.
-Allí hay un creciente movimiento de resistencia. Usted misma lo dice ahí. ¿Sabe lo que ha ocurrido con algunos de los mundos que se han resistido al Imperio?
-Sí.
-INR ha recibido informes de que la resistencia de Garos IV está preparándose para derrocar el gobierno imperial local. Pero es imposible que ganen sin ayuda externa, y si no ganan, ¿sabe lo que le ocurrirá a ese hermoso mundo?
-Sí. –Carmesí había visto con sus propios ojos lo que ocurría con los mundos que resistían al Imperio y fracasaban. Había escuchado que tanto Froozi como Derilyn habían sido mundos espectaculares cuya belleza probablemente excediera la de Garos IV antes de que el Imperio destruyera virtualmente toda la vida en ellos mediante bombardeos orbitales y el despliegue de armas químicas, matando tanto a los movimientos de resistencia como a los propios planetas de un solo golpe. Por supuesto, también había oído hablar de la atrocidad que finalmente unió a la Alianza Rebelde en un frente unificado contra el Imperio: la destrucción total de Alderaan. No sentía simpatía por el Imperio ni por la Nueva República –ambos le habían arrebatado demasiado-, pero sabía que no podía quedarse sentada y esperar que unos cuantos idealistas de Garos IV se condenasen al fracaso. Tampoco podía permitir que los incompetentes operativos de la INR hicieran indirectamente lo mismo. Tenía que volver al sistema Garos. Volvió a mirar a Turhaya, con un brillo de acero en sus ojos verdes-. Quiero el mismo salario que se me pagaba hace dos años, y trabajaré sola, Turhaya. ¿Lo entiende?
-Sí, capitana.
-Me proporcionará una lista de potenciales agentes de contacto, y yo decidiré a través de cuál transmito la información, si es que es alguno de ellos. Puede que use mis propios contactos para transmitirles la información. Y me comunicaré con ustedes a mi propio ritmo.
-Capitana Durasha, no disponemos de tiempo ilimitado en este asunto. El Imperio trama algo, y hay gente en el Alto Mando que...
-No me eternizaré. Sólo que no quiero que se repita lo que le ocurrió a... hace dos años. Si quiere que trabaje para la INR en esto, tendrá que ser según mis términos.
Turhaya se quedó mirando a Carmesí por un instante, con el ceño ligeramente fruncido. Carmesí sabía que estaba pensando: ¿Puedo confiar en ella? Ha transportado mercancía tanto para el Imperio como para la Nueva República. ¿Dónde residen exactamente sus lealtades? Realmente esperaba que realizase una velada acusación de que planeaba traicionar a los contactos de la INR que le entregase, y estaba preparándose para echarle por la fuerza de su nave, pero entonces la expresión del hombre se relajó en una sonrisa.
-Trato hecho –dijo-. Me costará unos días organizar sus contactos, capitana, pero cuando termine tendremos montada una pequeña red. Y entonces estará lista para regresar al sistema Garos.

martes, 10 de diciembre de 2013

Crédito denegado (y VI)


Nopul hizo girar una vez más la silla de la cabina. Con esa hacían seiscientas veintiocho revoluciones, y aún no había recibido noticias de Rendra.
Después de que ella se fuera, había conectado el sistema de comunicaciones de la nave al canal de MEAES. De acuerdo con los últimos datos, todo Sriluur había estallado en caos. No se permitía despegar a ninguna nave hasta que el control de vuelo pudiera determinar que la amenaza había pasado.
¿Amenaza? Pensó Nopul. Creedme, ya no hay ninguna amenaza.
Echó un rápido vistazo a la pantalla del sensor ocular externo... y entonces se quedó paralizado mirando la escuadra de guardias de seguridad armados que avanzaba directamente hacia el Zoda.
Se acabó. Era el fin. Todas sus esperanzas y aspiraciones se habían frustrado en el transcurso de unas pocas horas. Bueno, por si servía de algo, no iba a dejar que terminase tan fácilmente.
Con sus últimos rescoldos de vigor, saltó de la silla y agarró un rifle bláster del armario de armas de la cabina. Comprobó la carga y vio que estaba a tres cuartos de su capacidad. Soltó una risita nerviosa: probablemente el arma resistiría más que él.
Con zancadas impulsadas por el poder de la muerte inminente, se dirigió a la esclusa. Antes de pulsar la apertura, respiró profundamente, tratando de estimar cuánto tardaría la patrulla en llegar hasta la nave antes de quedarse en guardia ante ella.
Soltó el aire rápidamente y –sin dar tiempo a que su sentido común le informase de su locura- golpeó el control de la esclusa con el codo. Conforme la puerta se abría con un siseo, alzó el rifle bláster y adoptó una postura ofensiva. Comenzó a apretar el gatillo del bláster, lo justo para asegurarse de que él efectuaría el primer disparo.
Cuando la esclusa se hubo abierto por completo para revelar la bahía al aire libre a estribor del Zoda, quedó alarmado por lo que vio.
Nada. ¿A dónde se habían ido? ¿Habían dado la vuelta al otro lado de la nave? ¿Estaban ocultos esperando a que asomase la cabeza para poder volársela en un millón de pedazos sin quedar expuestos?
Cuando nadie apareció para responder sus preguntas, descendió lenta y cautelosamente por la rampa, con cuidado de no recortarse de la silueta del casco. Para sondear las aguas, agitó hacia fuera el cañón de su rifle.
No hubo respuesta.
Lo que no ayudó demasiado a calmar sus nervios. Tal vez eran más listos que él. No, esto no le gustaba ni una pizca.
Dándose cuenta de que no tenía otra opción –la unidad de sensor ocular estaba fija en una vista de popa-, asomó la cabeza y miró en ambas direcciones, esperando no vivir lo suficiente para percibir la información que absorbieran sus ojos.
Así que un instante después quedó totalmente sorprendido al encontrarse ileso, mientras la escuadra de guardias de seguridad iba disminuyendo en tamaño mientras se dirigía hacia otra nave a unas decenas de metros de distancia.
Nopul tomó aire con alivio. La adrenalina, aunque ya no era necesaria, aún corría por sus venas, haciendo temblar sus manos, y, por extensión, el rifle bláster. El movimiento le despertó de su estupor y subió la rampa corriendo, pulsando el mecanismo de cierre. Dejó que la esclusa se cerrase por sí misma mientras se dirigía a la cabina.
Cuando llegó allí vio que la luz de mensajes entrantes estaba parpadeando. Esa era la señal. Tomó sus herramientas de pirateo informático, sopesó la conveniencia de dejar atrás el rifle bláster, y finalmente salió sin él. Tenía mucho que hacer. Rendra, Oro y Vakir dependían de él. No podía correr el riesgo de llevar un arma letal. Si era arrestado o incluso sólo retenido por unos instantes, todos ellos, él incluido, perderían sus vidas. Y eso definitivamente no iba a alegrarle el día.

***

El sol amarillo de Sriluur brillaba con fuerza sobre Rendra desde su posición en el lado meridional del zénit celeste. El día anterior había estado demasiado ocupada para ver lo brillante que era, pero ahora, encadenada a un pilar improvisado en el estrado del centro del suelo del Coliseo, no tenía forma de no advertir esa información.
Junto a ella, Oro, Vakir  y otro alienígena al que no reconocía –aparentemente atrapado en las mismas maquinaciones políticas-, observaban cómo el primer ministro Pon Svale continuaba felicitándose a sí mismo por haber capturado a los asesinos y denigrándola a ella y a sus acompañantes por sus malvadas intenciones. Rendra deseó poder ofrecerle un ejemplo de verdadera maldad. Por suerte para él, había dos metros de cadena de duracero reteniéndola.
Ya había sufrido media hora de tortura en la que le habían arrojado de todo, desde piedras hasta vegetales podridos –estaba bastante segura de que una de las frutas con aspecto de calabaza le había roto un par de costillas-, y ahora la ceremonia parecía estar llegando a su fin.
¿Dónde galaxias estaba Nopul? El tiempo –al menos el suyo y el de sus compañeros- se estaba convirtiendo en un lujo escaso.
-Traidores como estos –continuó diciendo Svale-, deben ser purgados de nuestros sistemas su esta nueva alianza ha de florecer.
La multitud respondió con ensordecedores vítores.
Vakir, que era quien estaba más cerca de ella, la miró.
-¿Seguro que Nopul puede ocuparse de esto?
-¿Pondría yo en juego todas nuestras vidas si no pudiera? –Esperó que su tono forzado ocultara el hecho de que no tenía ni idea de lo que Nopul era capaz. Ella no sabía nada de pirateo informático, siempre le dejaba eso a él, y por tanto nunca había sido capaz de evaluar su nivel de habilidad.
Pero Vakir pareció convencido.
-No puedo esperar a ver a este hombre –dijo, lanzando una mirada de desagrado en dirección a Svale- caer desde su elevado pedestal y ser pisoteado por su propia gente.
Rendra, incluso en medio de su situación actual –o, tal vez, precisamente por eso- no pudo evitar sonreír.
-Ya somos dos.
El rugido de las masas sentadas y de pie en todo el Coliseo –parecía haber más audiencia hoy que ayer, un triste indicador de la condición de los seres racionales, pensó Rendra- se aplacó, y Svale los observó a todos en silencio, creando tensión dramática para obtener la mayor respuesta a lo que estaba a punto de decir, que Rendra, por desgracia, podía adivinar palabra por palabra.
Vamos, Nopul. Tengo fe en ti. Más de la que tengo en mí ahora mismo. Pero estás a punto de quedarte sin tiempo.
-¡Enviad a estos... insidiosos demonios –dijo Svale, con su voz atronadora resonando por los amplificadores colocados en todo el recinto- de vuelta con sus creadores!
Las masas vitorearon, silbaron, aplaudieron y patalearon, haciendo suficiente ruido como para ahogar la última sílaba del decreto de Svale. Cuatro soldados se separaron de su unidad y cruzaron el estrado, tomando posición cada uno junto a uno de los reos y colocando blásters contra las sienes de sus víctimas.
Rendra miró las videopantallas del perímetro del Coliseo. Pasaron de enfocar a Svale al cuarteto de soldados con sus blásters listos para el disparo fatal. Vamos, Nopul. Vamos.
Y entonces todas las videopantallas del recinto mostraron estática. El corazón de Rendra dio un brinco. Casi. Ya casi lo tienes.
Miró a Svale, que se estaba regodeando en la sed de venganza de la multitud. Él hizo un gesto a los soldados, que entonces dirigieron su atención a Rendra y sus compañeros cautivos.
Por el rabillo del ojo Rendra pudo ver movimiento sobre sus cabezas, y alzó la mirada para ver la imagen de Pon Svale en la videopantalla... pero esta vez se encontraba en un pasillo subterráneo, no en el estrado a plena luz del sol. Nopul lo había logrado.
Pero al volverse hacia el soldado que estaba a punto de acabar con su vida, se dio cuenta de que podría ser demasiado tarde. Nadie estaba prestando atención a las videopantallas. Todas las miradas estaban fijas en la ejecución que estaba a punto de tener lugar ante ellos.
-¡Eh! –se sorprendió gritando al soldado weequay-. ¡Mira! ¡Mira la videopantalla! –Él sólo respondió con una expresión confusa-. Puedes matarme dentro de dos segundos. Pero mira por favor a las videopantallas.
Se lo pensó por un instante, y entonces echó una mirada de soslayo por encima de su hombro. Y no apartó la mirada.
El resto de verdugos –aparentemente sus subordinados- también dudaron, no muy seguros de por qué su líder no había llevado a cabo aún su tarea. Ellos, también, miraron las videopantallas.
La audiencia abucheó y silbó... y entonces, sorprendentemente, quedó en silencio cuando vio la escena que se mostraba en las inmensas pantallas.
-Pero gracias a ese atentado contra su vida, cortesía de un servidor –estaba diciendo la imagen grabada de Svale-, he podido demostrarle que se equivocaba.
El ministro Aaregil corrió al estrado.
-Detengan la ejecución. No podemos enviar a estas personas a sus muertes hasta que hayamos investigado esta nueva prueba.
Svale estaba demasiado lejos del micrófono para que se captase lo que decía, pero Rendra pudo ver por su expresión furiosa y sus gestos exagerados que no se estaba tomando muy bien el anuncio de Aaregil.
Aaregil no respondió nada, pero después de unos instantes soportando la diatriba de Svale, indicó a las fuerzas de seguridad que detuvieran al primer ministro.
Media docena de guardias de seguridad bloquearon la visión de Rendra, y volvió su atención al soldado que había estado a punto de acabar con su vida.
-Gracias –le dijo, pero él ignoró el comentario.
Aaregil se acercó a ella.
-Incluso si esta cinta de datos puede verificarse, aún estás en un grave problema.
Ella quiso decirle que no le importaba, pero antes de poder pronunciar palabra, él se marchó.
Miró por encima de su hombro para ver a Vakir hiperventilando –pero vivo-, y apoyó la cabeza contra la columna. Paso uno conseguido. Puede que vayamos a la cárcel durante cincuenta años, pero al menos no vamos a morir hoy.
Conforme la adrenalina abandonaba su cuerpo, comenzó a preguntarse si eso era algo bueno o malo.

***

Dos largos meses después, Rendra, Nopul, Vakir, Oro, e incluso Scrud (Oro había bautizado al droide de espionaje en su lengua nativa, aunque ninguno de ellos pudo descifrar a partir de sus explicaciones cuál era la traducción exacta al básico), se encontraban ante el Zoda en su bahía de atraque descubierta de Sriluur.
-No me gusta –dijo Nopul-. Los colores no van a juego.
-Era esto, o permanecer en el centro de detención para el resto de nuestras vidas –dijo Rendra, por la que supuso que era la centésima vez.
-Sí, lo sé. ¿Pero por qué tenemos que tener el símbolo de la Alianza Houk-Weequay pintado en el costado de nuestra nave? No va a ayudarnos a llevar a cabo estas misiones.
-Aaregil dijo algo acerca de crearse una reputación, tener una presencia... la palabrería política habitual.
Nopul gruñó mientras se echaba hacia atrás los dos mechones de pelo que recorrían su cuero cabelludo. Durante los años, Rendra había aprendido que ese gesto significaba que había aceptado lo que le habían dicho, pero que seguía sin gustarle.
-Entonces, ¿cuál es nuestra primera misión? ¿Labores de escolta para un transporte de frutas?
Rendra echó un vistazo a la tableta de datos que tenía en las manos.
-No exactamente.

***

-¡Te había dejado un disparo perfecto! –gritó Rendra por su auricular mientras hacía un barril con el Zoda para evitar una ráfaga de fuego laser que se acercaba a ellos-. ¿Qué ha pasado?
-Fallé –fue la sencilla respuesta de Oro. Si hubiera estado en la cabina con ella, le habría dado una colleja. Por suerte para él, estaba a toda una cubierta de distancia, en la torreta ventral.
-Están volviendo de nuevo. Dos cazas en... uno-veinte punto cuarenta y cuatro –dijo Nopul, con los ojos pegados a la consola del sensor delante de él. Se volvió hacia ella-. De todas formas, ¿cuánto va a durar este acuerdo con la Alianza Houk-Weequay?
Antes de que ella pudiera responder, el Zoda se estremeció cuando las naves piratas lo golpearon con una andanada de disparos láser. Rendra respondió al ataque elevándose en un nuevo vector, divergente en noventa grados con el anterior.
-No quieras saberlo.
-Tanto, ¿eh?
-¡Oro, Vakir! –gritó Rendra por el auricular-. ¡Me ayudaría mucho si le dierais a algo!
-Cazas piratas, formación de pirámide –anunció Nopul-. Noventa y dos punto siete y acercándose rápidamente.
-Todos los escudos al flanco de estribor. ¡Oro y Vakir, fuego a discreción! –Lanzó al Zoda en una peligrosa maniobra, dirigiéndose directamente hacia los cazas enemigos-. Y, muchachos, esta vez lo digo realmente en serio.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Crédito denegado (V)


Rendra estaba sentada en la cabina del Zoda, activando los sistemas de la nave para poder despegar tan pronto como Nopul y los otros llegasen... si es que llegaban. No le quedaba mucho margen de maniobra, pero ella no iba a dejarles atrás.
Un golpeteo hueco resonó desde la esclusa. Tomó su bláster, que había dejado frente a ella sobre el ordenador de navegación, y se dirigió a la esclusa.
-Soy yo... entrar –dijo una voz en el sistema de comunicaciones entre estallidos de estática-. Deprisa, no... aguantar más.
Rendra pulsó el mecanismo de apertura, y la esclusa se abrió con un siseo. Nopul saltó al interior antes de que se hubiera abierto por completo.
-¡Ciérrala! –fue la primera palabra que salió de su boca.
-¿Qué pasa con los demás?
Nopul la miró de forma más penetrante de lo que a ella le hubiera gustado, y entonces se encogió de hombros.
Ella golpeó con el puño los controles de la esclusa, y los servomotores soltaron su susurro hidráulico conforme la compuerta se cerraba. Rendra se dirigió de vuelta a la cabina.
Sus manos estuvieron bailando sobre la consola antes incluso de tomar asiento. Tras hacer varios ajustes, se encajó sobre los oídos los auriculares de comunicaciones.
-Bueno, nos has metido en un buen lío, pero tengo que admitir –dijo Nopul mientras ocupaba el asiento del copiloto- que tomaste la decisión correcta.
Ella continuó preparando el despegue durante un instante antes de volverse hacia él.
-No estés demasiado orgulloso. Nunca tuve la oportunidad real de tomar ninguna decisión.
-¿Qué?
-No disparé... pero no porque tuviera una epifanía moral. Todo el asunto era un montaje. No disparé porque me di cuenta de que estábamos siendo manipulados.
Nopul no dijo nada y su expresión no traicionó en absoluto sus pensamientos. De todas formas, Rendra no tenía tiempo para enfrentarse a sus pensamientos al respecto, así que volvió a sus rutinas de inicio.
-¿No irás a dejarles aquí, no? –dijo él finalmente.
-¿Qué quieres que haga? ¿Que me acerque a los agentes de seguridad y les diga “Esos son mis mercenarios. Por favor, déjenles ir. Sólo estaban siguiendo mis órdenes.”? Eso nos mandaría a todos al centro de detención.
Nopul se la quedó mirando cómo si la estuviera observando por primera vez. Ella sintió su mirada sobre ella como si fuera gas tibanna cargado, devorándole el alma. Nunca le había visto lanzar una mirada acusadora semejante... a nadie.
Y la primera iba dirigida precisamente a ella. ¿Cómo se atrevía...?
Algo en la expresión de Nopul hizo que detuviera su frase de silencioso desafío. No era acusación lo que asomaba en su rostro. Era sorpresa. Completo asombro.
La misma expresión que su padre había tenido cuando le anunció que iba a abandonar su hogar, y, aún más importante, a él. Sólo más tarde se dio cuenta de que sus palabras le habían dejado devastado, incapaz de hablar. Lo que había interpretado como silenciosa aceptación era en realidad completa conmoción.
Sus manos se deslizaron de la consola a su regazo. Cuando estaba abandonando el Coliseo, no quería otra cosa que rescatar a sus compañeros y hacer que Svale pagase por su traición. Pero una vez que llegó al Zoda, la parte más lógica de su mente había tomado el control. Sólo ahora se daba cuenta de que estaba actuando exactamente igual que había hecho Svale, traicionando a aquellos que habían confiado en ella.
Lentamente se volvió hacia Nopul, que se encontraba ahora mirando por el parabrisas delantero. Tenía mucho que decirle, pero sus pensamientos se apelotonaban de forma que no podía formar ni una sola palabra. Sentía que las emociones nadaban en su pecho, amenazando con subirle por la garganta y explotar en su cabeza. Sólo mediante fuerza de voluntad fue capaz de mantenerlas a raya. Sin mirar, tecleó en el ordenador, apagando los motores.
Nopul se la quedó mirando, con una pizca de esperanza asomando a través del dolor y la rabia.
Ella le miró a los ojos.
-No vamos a irnos sin Vakir y Oro.
El rostro de Nopul mostró una amplia sonrisa, desde la frente a la barbilla. Si Rendra no lo hubiera visto, no lo hubiera creído posible.
-¿Cómo? –fue todo lo que él pudo decir.
-Aún no he llegado a pensar en eso.
En ese instante, un breve zumbido precedió la aparición del droide de espionaje en la entrada de la cabina.
-Pero se me está empezando a ocurrir una idea...

***

Oro tocó suavemente los barrotes de su celda, obteniendo una sacudida de descargas eléctricas que saltaron desde el duracero a sus dedos quemados.
-¡Aah!
Vakir meneó la cabeza.
-¿Qué estás haciendo, cabeza de nerf?
-Tratar de liberarme. ¿Qué haces tú para ayudar?
-Bueno, no malgasto el tiempo comprobando cada cinco minutos si los barrotes siguen electrificados.
-Podrían apagarse.
Vakir soltó una risita sarcástica.
-Si te hace sentir mejor, puedes seguir pensando eso. Pero es casi tan probable como que aparezca Maex a rescatarnos.
Un ruido metálico en el pasillo atrajo su atención. Pero el origen del ruido estaba más allá del alcance de su vista. Un momento después escucharon el suave sonido de unos pasos acercándose a ellos.
Y de pronto Rendra apareció ante su vista, sorprendiéndoles a ambos.
Se llevó un dedo enguantado a los labios, y luego extrajo una ganzúa de su bolsillo. Mientras insertaba la fina varilla en la estrecha cerradura de la puerta de la celda, otra figura flotó tras ella.
Vakir la reconoció como el droide de espionaje que se había colado de polizón a bordo del Zoda... salvo que ahora estaba equipado con cepillos de todas las formas y tamaños. El droide flotó hacia el fondo del bloque de celdas, quedándose finalmente inmóvil en una esquina oscura.
-¿Pero qué...?
Rendra le hizo callar y luego volvió a su tarea. Para Vakir, todo el proceso parecía estar tomando una cantidad desorbitada de tiempo, pero tal vez, decidió, puede que sólo fueran sus nervios alterados. Volvió la mirada para ver a Oro sonriendo como un idiota, y necesitó toda su fuerza de voluntad para evitar darle una bofetada en la cara.
Y entonces todos se quedaron inmóviles. Voces. Al fondo del pasillo.
Rendra sacudió su ganzúa; se negaba a salir de la cerradura. Miró por el pasillo, más allá de donde Vakir podía ver, y luego tiró de la ganzúa con todas sus fuerzas, liberándola con un fuerte sonido chirriante.
-Maex –dijo una voz, cuyo propietario permaneció fuera de la vista de Vakir. Siguiendo la mirada de Rendra, pudo suponer que, fuera quien fuese, estaba acercándose a ella.
El ministro Pon Svale apareció ante su vista.
-Gracias por entregarte. Pensé que podrías intentar algo así de estúpido. Después de todo, caíste completamente en mi pequeño juego.
Rendra asumió una postura despreocupada.
-Tengo que admitirlo, Svale. Me pillaste. Jugaste con mis miedos y mi ética, sabiendo desde el principio que estaría demasiado preocupada con ambas cosas para darme cuenta de lo que estabas haciendo.
Svale soltó una risita complacida.
-No soy brillante, pero soy concienzudo.
-Lo que no comprendo es por qué te tomaste tantas molestias.
-Por favor, Maex, te he estudiado el tiempo suficiente para saber que no eres tan incompetente.
-Bueno, francamente, estoy comenzando a creer que estás loco.
El comentario no le sentó bien a Svale. Su fina sonrisa se convirtió rápidamente en una mueca.
-No sé lo que estás intentando hacer, pero si crees que vas a poder salir de esta, eres tú quien está loca. Estás a una docena de metros bajo la superficie, rodeada por todos lados por miles de soldados que me son leales. No sé cómo has entrado aquí, pero sí que sé cómo vas a salir.
Rendra no dijo nada. Tampoco Vakir ni Oro. Pero Svale continuó.
-Ahora que habéis completado vuestra misión, he sido nombrado Primer Ministro de Defensa, respondiendo sólo ante el propio Uli. Fui yo quien le recomendó que llevase un escudo personal, pese a que él pensaba que era algo políticamente incorrecto. Pero gracias a ese atentado contra su vida, cortesía de un servidor, he podido demostrarle que se equivocaba.
Extrajo un pequeño dispositivo de su bolsillo delantero y pulsó una de sus protuberancias. La celda frente a la de Vakir y Oro se abrió, y Svale indicó a Rendra que entrase.
Ella no se movió de su sitio.
-Por favor, no lo compliques aún más de lo que ya está. –Y diciendo eso extrajo un bláster de su cintura.
Ella finalmente obedeció, entrando en la celda con una expresión de derrota en su rostro.
-Haced las paces con vuestros creadores. Seréis ejecutados mañana después de vuestro juicio. –Svale lanzó una última mirada a los alienígenas y luego se marchó por el pasillo.
El droide de espionaje salió flotando de su escondite.
-Ha funcionado –susurró Rendra-. Ahora vuelve a la nave. De ahora en adelante es Nopul quien tiene que encargarse.
Vakir y Oro se miraron el uno al otro, pero ninguno de ellos parecía comprender nada de lo que acababa de ocurrir ante ellos.
-No os preocupéis –dijo Rendra desde el otro lado mientras el droide se marchaba flotando fuera de su vista-. Os lo explicaré luego. Si las habilidades de pirateo de Nopul son tan buenas como dice, deberíamos tener al menos una ligera oportunidad de salir de esta.
Vakir no sabía cómo estaba recibiendo Oro la noticia, pero para él eso no sonaba tan prometedor como le hubiera gustado.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Crédito denegado (IV)


-Este lugar está realmente ajetreado –dijo Nopul mientras observaba las multitudes que abarrotaban las calles de la ciudad. Mirando hacia abajo desde su plataforma de atraque al aire libre, podían ver la mayor parte del metroplex. Cientos de miles de seres congestionaban las avenidas y las calles transversales, bloqueando el tráfico de superficie a lo largo de kilómetros en todas direcciones. Incluso las rutas aéreas estaban llenas con vehículos planetarios de todas formas y funciones, desde pequeñas motos barredoras hasta las naves repulsoras más elaboradas.
-Era de esperar ante un evento semejante –indicó Vakir.
Todo el mundo se volvió hacia él con expresiones de ligera sorpresa.
-¿Qué? –dijo a modo de respuesta-. ¿No habéis escuchado los MEAES del canal público?
Oro y Nopul conservaron su mirada confusa, así que Rendra añadió lo poco que pudo a la información que se estaba dando.
-Eso significa “Mensajes A Espaciantes”, una frecuencia que informa al tráfico de entrada acerca de vectores de rutas espaciales, normas y leyes locales, y eventos recientes que puedan afectar al viaje interplanetario.
-¿Y? –dijo Nopul a Vakir, ignorando de forma patente a Rendra.
-Y –dijo el nikto-, hoy indica que es... –Se detuvo para pensar un instante, y luego continuó con la lenta y seca cadencia de un locutor de comunicaciones-. El histórico acuerdo de paz entre los weequay y los houk, que durante mucho tiempo han luchado entre sí, especialmente aquí en Sriluur.
-Esa es una imitación muy buena –comentó Nopul-. ¿Puedes hacer a un soldado de asalto imperial?
Rendra hizo callar a Nopul con una mirada.
-Bueno, esto no va a facilitar las cosas. La seguridad será férrea. Sera mejor que esos inhibidores de sensores funcionen.
-Funcionan –dijo Nopul de forma seca y, al menos desde el punto de vista de Rendra, desganada.
-Bien, entonces no perdamos más tiempo –dijo ella, y se dirigió hacia los turboascensores que les llevarían al nivel del suelo.
Una hora más tarde –veinte minutos más tarde de lo que Rendra había previsto-, el cuarteto llegó al Coliseo del Testimonio en el centro de la ciudad. El edificio se alzaba hacia el cielo azulado con una forma vagamente parecida a un champiñón, una combinación de ángulos y curvas entretejidas tan grácilmente que el edificio parecía más la obra maestra de un artista que la idea de un burócrata. Aparentemente, los weequay eran una raza más creativa de lo que sus experiencias previas le indicaban.
-¿Es esto? –dijo Oro detrás de ella.
Ella siguió mirando la estructura, maravillándose aún por su belleza.
-Sí. Activad vuestros inhibidores de sensores. Tenemos un trabajo que hacer.
Quedó inmóvil durante otro instante, y entonces pulsó un interruptor oculto en el interior de su cinturón y avanzó hacia el inmenso arco de entrada del Coliseo, que ya estaba repleto de peatones intentando entrar.
Mientras se colocaban al final de la fila, Rendra examinó a la multitud. Aunque la mayoría eran weequay y houk, había representadas varias del resto de especies del sector. Pudo ver incluso unos cuantos bith y un puñado de rodianos mezclados con el resto. Este evento debe ser bastante importante para atraer a tantos seres. Y no me parece que eso sea nada bueno.
Sintió un vacío en el estómago, y deseó haber comido algo antes de dejar la nave. No necesitaba distracciones.
Lentamente, la fila avanzaba conforme los agentes de seguridad registraban a todos y cada uno de los seres que querían entrar en el Coliseo. Por lo que Rendra podía ver, estaban usando alguna clase de droide para escanear a cada ser en busca de... bueno, en busca de lo que fuera que no querían que entrara al recinto.
Se volvió ligeramente hacia Nopul, que estaba de pie justo tras ella, pero no le miró directamente, sino que fingió estar comprobando la longitud de la fila.
-¿Alguna vez has visto antes ese tipo de droide? –dijo, sin mover apenas los labios.
Por el rabillo del ojo, vio cómo él miraba furtivamente a la estación de seguridad de delante.
-No lo reconozco. Puede ser una variante local de la serie R.
-¿Funcionarán con él los inhibidores?
-No hay forma de saberlo.
Entonces se centró en él, con una mirada en su rostro que era mezcla de temor y fastidio. Él se limitó a encogerse de hombros como respuesta. Ella volvió a mirar hacia delante conforme la fila avanzó de nuevo. Bueno, esto va a ser divertido, pensó mientras miraba cómo los receptores sensoriales del droide escaneaban a un houk de la cabeza a los pies.
Aunque odiaba admitirlo, podía sentir cómo el temor crecía en su interior. Era una emoción que no se había permitido sentir en mucho tiempo... desde la última vez que pensó que tenía algo que perder. Mejor estar preocupada que no tener nada de lo que preocuparse, decidió, esperando que su lado intelectual pudiera convencer al emocional de que se calmara. Por desgracia, el argumento no tenía tanto peso como había pensado.
Después de tener tiempo suficiente para adquirir varios síntomas más de ansiedad –entre ellos una sudoración galopante-, alcanzó la cabeza de la fila. Los guardias de seguridad –un weequay y un houk- le indicaron que se acercase. Al avanzar a su posición, los sensores en miniatura del droide siguieron el contorno de su cuerpo. A mitad de descenso se detuvieron abruptamente.
Rendra miró al guardia weequay, que se había inclinado para examinar una especie de pantalla en el exterior del cuerpo cilíndrico del droide. Una expresión de desconcierto apareció en su rostro, y llamó a su compañero houk. Mientras los dos conversaban, Rendra comenzó a pensar planes de escape. Pero después de un instante se dio cuenta de que no tenía muchas oportunidades de escapar a toda una fuerza de seguridad que ya estaba buscando indicios de problemas.
Finalmente, el weequay se acercó a ella. Rendra trató de poner la mejor cara de inocencia que pudo, pero no tenía forma de saber si esa expresión se traducía al lenguaje corporal de los weequay.
Él se detuvo justo frente a ella, con una mano sobre la pistola bláster pesada de su cintura, y entonces le indicó que avanzase y se volvió para llamar a la siguiente persona.
Durante menos de una fracción de segundo, Rendra se preguntó qué acababa de ocurrir. Entonces su mitad lógica tomó el control y le obligó a cruzar el control. Ya tendría tiempo luego de maravillarse por su suerte.
Pocos metros más allá en el pasillo, se detuvo con aire casual y se volvió a mirar cómo el droide de seguridad escaneaba a Nopul. Tan pronto como el sensor pasó sobre su pecho, el droide comenzó a pitar frenéticamente. Ambos guardias desenfundaron sus blásters y los apuntaron a Nopul.
El houk avanzó cautelosamente, y entonces abrió la pechera de la túnica de Nopul. Desde su posición, Rendra no podía ver exactamente lo que estaba pasando, pero parecía que el guardia estaba examinando algo en el pecho de Nopul.
Tras un instante, el houk alzó su mano para mostrar al weequay el holo-medallón del collar de Nopul. Lo activó, y la imagen de un hermoso mundo azul y marrón apareció a escasos centímetros sobre el dispositivo y comenzó a girar.
El otro guardia asintió, y el weequay indicó a Nopul que avanzara.
Cuando llegó junto a Rendra, esta pudo ver una extraña expresión en su rostro.
-Sí –dijo él, con voz ligeramente insegura-. Definitivamente los inhibidores funcionan, pero parecen tener un alcance limitado. –Se golpeó con la palma de la mano el cinturón en el lugar en el que estaba enganchado el inhibidor de sensores.
Rendra no pudo evitar sonreír a su compañero conforme el color regresaba a su piel.
Un minuto después, Oro y Vakir se habían reunido con ellos y todos estaban dirigiéndose hacia el otro extremo del elevado pasillo. Conforme se acercaban al arco de salida, el murmullo de las voces y los cuerpos moviéndose en el interior del recinto fue haciéndose cada vez más fuerte, hasta que Rendra pensó que la fuerza de la vibración podría derribar los cimientos de la estructura.
Finalmente salieron al amplio estadio... y se detuvieron todos simultáneamente cuando la enormidad del Coliseo inundó sus sentidos. Un anillo de cinco niveles rodeaba la inmensa zona de espacio abierto; Rendra calculó que una moto repulsora a máxima velocidad tardaría al menos diez segundos en alcanzar el espacio opuesto de la arena. Desde el nivel más alto colgaban pantallas planas de unos doce metros de lado, una en cada cuadrante: la pátina plateada de sus superficies sugería que eran alguna clase de antiguo sistema de videopantallas, pero nunca había visto ninguno fuera de los museos, así que no podía estar segura. Cuando su mirada descendió al nivel de suelo, vio que la arena propiamente dicha estaba vacía salvo por un estrado circular ocupado por unas cuantas decenas de sillas vacías.
Rendra tuvo que sacarse a la fuerza de su asombro para recordar cuál era el motivo de su estancia allí. Por la información que le había proporcionado su empleador, los dignatarios entrarían por un arco del nivel de superficie y luego desfilarían hacia el estrado, donde cada uno esperaría su turno para hablar en la tribuna. Se imaginó toda la procesión, tratando de hacerse una idea de los tiempos y de las posiciones de los embajadores y sus fuerzas de seguridad. Cuando pensó que tenía la mejor estimación que iba a poder conseguir, dio un codazo a Nopul.
-Pondremos a Vakir en el lado este del primer nivel y a Oro en el lado norte del segundo. Tú estarás al oeste en el tercero. Eso debería darnos un rango completo de ángulos por si acaso ha tomado alguna precaución. –Tenía que gritarle al oído para hacerse oír por encima del griterío.
Nopul la miró con aire confuso.
-¿Qué quieres decir con “por si acaso”?
-Se supone que nuestro empleador ya se ha ocupado de ese aspecto de la operación... pero no quiero correr ningún riesgo.
Nopul asintió.
-¿Dónde estarás tú?
-En el nivel del suelo. Quiero estar lo más cerca posible. –Para poder enfrentarme directamente a mis acciones, fue lo que dejó sin decir, aunque tenía la sensación de que él lo entendió, por la expresión sombría de su rostro.
Tras un instante, Nopul indicó a Vakir y a Oro que le siguieran. Se dirigieron hacia la escalera que les llevaría a los niveles superiores, mientras Oro hizo un gesto con su mano que Rendra interpretó como “buena suerte”.
Frente a ella, un estrecho juego de escalones descendía al nivel del suelo. Después de respirar profundamente –probablemente la última respiración deliberada que tendría durante un buen rato- se dirigió a su posición.

***

Sonoros trinos de alguna especie de gran instrumento de viento resonaron por la arena, silenciando al gentío para el comienzo de la ceremonia pública. Rendra alzó la vista a los niveles superiores y trató de ubicar a sus compañeros, pero el enorme tamaño del estadio unido a la afluencia masiva de público le impedía localizarlos.
Pero ahora que el ruido se había aplacado, se dio cuenta de que probablemente podía usar su comunicador. Lo sacó de su cinturón y lo activó en modo de envío.
-Nopul, ¿estás en posición?
-Sí –fue la apenas audible respuesta.
-Bien. ¿Vakir?
No hubo respuesta.
Volvió a llamarle.
Nada todavía.
-¿Oro?
Él tampoco respondió.
Tenía que suponer que ambos habían llegado a sus posiciones pero que o bien habían olvidado encender sus comunicadores o no se habían molestado en hacerlo debido al nivel de ruido. Conocían el plan; simplemente tendría que confiar en su capacidad para llevarlo a cabo.
Llevarlo a cabo. Esa era buena. Ni siquiera quería llamarlo por su nombre: un asesinato. Simple y llanamente.
Entonces, ¿por qué era tan difícil admitirlo?
Apartó de su mente esa línea de pensamiento antes de que avanzase más. Supongo que Nopul me está empezando a afectar. Vamos, Rendra, concéntrate.
Dirigió su atención a las dos filas de dignatarios que salían del arco. Una fila estaba completamente compuesta de weequay, y la otra de houk. El primero de cada fila llevaba un estandarte representando a su gobierno. Extrañamente, la tela permanecía pegada a sus mástiles, sin vida. Rendra habría esperado que la estructura del estadio crease fuertes corrientes de aire, especialmente a nivel de suelo, pero los estandartes permanecieron inmóviles mientras el desfile continuaba avanzando hacia el estrado. Venga, vamos. Vamos. Caminad más rápido.
Presionó la espalda contra la pared del pequeño nicho parcialmente cerrado en el que se encontraba, y entonces deslizó su mano entre sí misma y el duracemento, introduciéndola por detrás de su camisa. Lentamente, extrajo el bláster de bolsillo que había sujetado a la piel de la parte baja de su espalda. El débil adhesivo cedió fácilmente, y volvió a sacar su mano con la misma cautela, ocultando el arma lo mejor que pudo mientras la deslizaba al bolsillo delantero de su chaqueta de vuelo.
La multitud permanecía hipnotizada por la ceremonia que tenía lugar ante ellos. En los rostros de los seres congregados, Rendra vio expresiones de tristeza, alegría, gozo, remordimientos y esperanza. Aunque creían que estaban a punto de ser testigos de una ocasión transcendental, sólo Rendra y sus compañeros sabían que sin embargo iba a convertirse en uno de los eventos más ominosos de la historia galáctica.
Se encontró jugueteando con el gatillo del bláster, e inmediatamente sacó la mano del bolsillo. Lo último que necesitaba era efectuar un disparo accidental: el líder weequay ni siquiera había aparecido a la vista aún.
Los latidos de su corazón resonaron con fuerza en su cabeza de nuevo... o siguieron haciéndolo; no estaba segura. Sabía que tenía que calmarse, pero conseguía pensar en nada que pudiera conseguirlo.
De pronto escuchó una voz. Sonó atronadora desde un lado al otro de la arena, pero no hubo ecos resonando tras ella. Definitivamente, los weequay eran arquitectos consumados si habían creado una acústica semejante en una estructura tan enorme.
-El día de hoy marca un hito en la historia de la Periferia –continuó la voz. Rendra supo entonces que pertenecía a un político que se encontraba de pie en la tribuna. El resto de los dignatarios se habían sentado en las sillas que cubrían el resto del estrado. Aparentemente había perdido unos minutos preciosos luchando con sus nervios.
-Durante miles de años, los weequay –dijo señalando hacia un lado del estrado, y luego al otro- y los houk se han enfrentado fervientemente entre sí. Ahora vienen aquí juntos, unidos en paz, para dar fin a sus viejas diferencias. –Hizo una pausa para observar a la entregada audiencia.
-Millones han muerto como resultado de esta rencilla. Esa pérdida llega a su fin aquí y ahora. Los niños ya no sufrirán las muertes de sus padres, ni los padres las muertes de sus hijos. Hoy hacemos la paz.
La entonación de esta última frase indicaba que había llegado al final de su introducción, y la multitud respondió con un estallido de aplausos que rápidamente se convirtió en un estrepitoso rugido de vítores, palmas y pataleos.
Levantó las manos para pedir silencio.
-Ahora quisiera presentar al arquitecto de esta paz. Un político que ha dedicado toda su vida a acabar con la guerra entre nuestras dos especies... el embajador Uli Aaregil.
Un manantial de emoción saludó a Aaregil mientras se levantaba de su asiento y asumía su puesto en la tribuna.
Mientras la multitud se regocijaba, Rendra extrajo el bláster de su bolsillo y extendió el pequeño macroscopio que había instalado para ayudar a su puntería. Se llevó el arma a los ojos como si tratase de obtener una mejor vista de Aaregil a través de un aumentador ocular, manteniendo el bláster oculto entre sus manos. Sería una postura rara para disparar, pero no tenía elección si quería hacerlo de la forma más disimulada posible.
Finalmente, la congregación quedó lo bastante en silencio para que Aaregil hablase. De acuerdo con la información de su empleador, su discurso incluiría la frase “para todos nosotros, desde ahora hasta la eternidad”. Rendra había decidido que esa sería la señal para que todos disparasen. Entre las unidades silenciadoras y los macroscopios, cada uno de ellos debería ser capaz de realizar un disparo y retirarse entre la multitud antes de que nadie pudiera señalarles como los asesinos.
Observó a Aaregil por el visor mientras este toquiteaba una tableta de datos.
-Había preparado un discurso para esta ocasión, pero... pero, para mí, eso es algo demasiado político para este gozoso logro. –Guardó la tableta de datos en el bolsillo de su túnica-. En lugar de eso, me gustaría hablaros desde el corazón, acerca de cómo me siento en este momento... uno que llevo esperando poder ver desde hace ciento veintidós años.
Malditas estrellas, maldijo Rendra. Volvió a guardarse el bláster en el bolsillo y tomó el comunicador, presionándolo contra sus labios.
-Nopul.
Una pausa, y luego:
-Sí.
-No hay discurso. Alternativa: disparar cuando presente al siguiente político.
-De acuerdo.
-Vakir. Oro.
No hubo respuesta... aunque no es que esperase ninguna. Sólo podía esperar que hubieran detectado el problema por sí mismos y contactasen con ella o con Nopul.
Mientras cambiaba su comunicador por su bláster, deseó que Dania Starcrosser estuviera pasando un buen rato, donde quiera que estuviese, con los créditos que Rendra le había pagado, porque era el último buen rato que iba a tener jamás.
Aaregil habló.
-Estamos a punto de embarcarnos en un nuevo camino para nuestras dos especies, uno lleno de liberación... liberación de los horrores del conflicto; liberación de la muerte sin sentido; liberación de los ideales insignificantes.
Ajustó el macroscopio hasta que las lecturas indicaron que tenía un disparo perfecto al pecho de Aaregil. Ideales insignificantes... Debería haberte llevado para que le hablaras a mi padre hace unos años.
Si su padre supiera lo que estaba a punto de hacer, él mismo había disparado a su propia hija. El bueno de papá, siempre poniendo los ideales por encima de todo lo demás... incluyendo su familia. Rendra había dedicado su vida a evitar ese error, y...
Mira a dónde le había traído eso.
Observó a Aaregil por el visor. ¿Qué es lo que estaba haciendo?
Salvarse de regresar a una vida de la que había escapado luchando muy duro, eso es lo que estaba haciendo. Apartó todos sus recelos. Los ideales consiguen que te maten. Tu padre lo aprendió por las malas. No sigas sus pasos.
Dejó escapar el aliento, esperando que se llevara consigo su conflicto interno, cuando sonó su comunicador. Lo sacó de su bolsillo sin molestarse en ocultar el bláster.
-Sí.
-He contactado con Oro y Vakir. Conocen el nuevo plan. –Hizo una pausa-. ¿Seguro que este asesinato vale una nave?
Justo lo que necesitaba ahora mismo, otro extraño cuestionando su vida.
-No –dijo ella secamente-, pero vale mi vida.
-Y la de millones de weequay y houk también, según parece.
Era una frase acusatoria...
Y pese a todo, era cierta. No podía negar la lógica, por mucho que quisiera.
Aaregil continuaba con sus comentarios.
-Pero no estaba yo solo en esta lucha por conseguir la paz...
-Se acaba el tiempo –dijo la voz filtrada de Nopul.
No podía creer que hubiera llegado tan lejos sólo para cuestionarse a sí misma ahora. Debería simplemente hacerlo y superarlo. Entonces no tendría decisiones que hacer.
Pero para entonces ya sería demasiado tarde.
-No sólo es mi colega –dijo Aaregil desde la tribuna-. También es mi amigo.
Rendra levantó su bláster de nuevo y apuntó a Aaregil. Pudo ver entonces que otro weequay se había levantado de su asiento y estaba de pie tras el embajador. La luz del sol se reflejó de pronto en un objeto que colgaba de las ropas del ser, cegándola momentáneamente. Cuando volvió a mirar, se había movido lo justo para que el reflejo cesase.
Ajustó el zoom del macroscopio de su bláster, apuntando al lugar que había brillado un segundo antes.
De una larga cadena a lo largo de su cuello, colgaba un amuleto en forma de media luna hecho con un lustroso metal cuyo brillo oscilaba entre el verde y el azul.
En su mente destelló una imagen del encuentro con su empleador en el templo: el Templo de Quay, el dios weequay de la luna. La comprensión fue instantánea: todo había sido una trampa. Por qué motivo, no tenía ni idea... tampoco es que importase ahora. Ya tendría tiempo para aclararlo más tarde.
-Aquí está –dijo atronadora la voz de Aaregil por los altavoces-, el ministro Pon Svale.
Se llevó el comunicador a la boca.
-¡No disparéis!
El embajador Svale agarró en paz el brazo de Aaregil.
Rendra volvió a pulsar su comunicador, reiniciando todo el sistema por si acaso se había colgado.
-Repito. Abortad misión. ¿Confirmación?
En el estrado, Svale se situó en la tribuna mientras Aaregil se apartaba a un lado.
-¿Confirmación? –susurró tan alto como pudo en el mar de espectadores.
Un par de disparos bláster, cada uno de direcciones distintas, atravesaron el respetuoso silencio en rápida sucesión, impactando de lleno en el embajador Aaregil. Rendra maldijo mientras volvía a introducir su bláster en su túnica... y luego quedó completamente en silencio mientras observaba el resultado de los ataques.
En lugar de abatir al embajador, los disparos chocaron contra un tembloroso campo de energía, rebotaron hacia arriba y se perdieron en el cielo, dejando a Aaregil aturdido pero por lo demás ileso.
En ese momento, la solemnidad de la ceremonia estalló en un caos frenético. Los guardias de seguridad extrajeron sus armas y cargaron hacia la multitud. El ministro Pon Svale gritó órdenes por el sistema de megafonía... sus palabras prácticamente se perdieron en la cacofonía de ciudadanos confusos y ultrajados.
Rendra avanzó de pronto, tirando al suelo a varios weequay perplejos mientras descendía de un salto los escalones hacia la pasarela central. Pulsó su comunicador y gritó con toda la fuerza de sus pulmones:
-¡Que todo el mundo vuelva al Zoda! ¡Ya!
Guardó el comunicador, y entonces empujó para abrirse camino a través del denso gentío, que se dirigía, aunque lentamente, hacia la salida. Se sintió como una ameba atrapada en un charco de plasma pesado, y por una vez pudo imaginarse la vida de un organismo unicelular.
No tenía forma de descubrir en ese momento qué había sido de sus compañeros, así que en lugar de eso se concentró en su propia fuga, deseando que todos se reunieran en el Zoda y salieran del planeta antes de que fuera demasiado tarde... si es que aún no lo era.
Mientras se apretaba entre la multitud, un único pensamiento dominaba su mente: el ministro Pon Svale pagaría caro haberle tendido una trampa. Y que los dioses le ayudasen si alguno de sus compañeros resultaba herido...