martes, 29 de septiembre de 2009

El honor de los Jedi (8)

8
Un solo minuto más tarde, el asteroide catalogado como Tredway 24 pende ante la cabina de Luke como un gigantesco e infranqueable acantilado. El complejo Tredway está situado justo en el centro del muro del acantilado. Desde el ángulo de Luke, parece como si el complejo fuera a deslizarse hacia el espacio en cualquier momento. El emplazamiento consiste en 14 edificios ubicados en cinco hectáreas de roca nivelada. El edificio más grande es claramente algún tipo de molino, porque una pila de residuo arenoso se extiende por más de tres kilómetros más allá de su extremo más alejado.
Los tres edificios más altos, dispuestos en una especie de triángulo, son obviamente castilletes de minería. Cubren pozos que conducían a las profundidades del interior del asteroide. El más grande, en uno de los de los vértices del triángulo, no tiene más de 20 metros de ancho, pero se levanta a 100 metros de altura. Junto a cada castillete hay un montacargas pequeño y cuadrado. Pesados cables de duracero corren por el armazón de los montacargas hasta los niveles más altos de los castilletes.
La lanzadera de asalto ha golpeado los armazones de los otros dos montacargas más pequeños, reduciendo uno a escombros. Sin embargo, escudos deflectores protegen el castillete más grande y su montacargas, y aparentemente los imperiales no logran atravesarlo para destruir esos edificios.
Situados a mitad de camino entre los castilletes y el edificio del molino se encuentran dos inmensos edificios rectangulares. El edificio más grande obviamente alberga el almacén de equipamiento. Camiones repulsores, andamios de levitación y transporta-rocas, todos ellos destruidos por misiles de conmoción bien dirigidos, yacen esparcidos por su perímetro. Desde el otro edificio, largos y ondulantes flexipasillos conducen al molino, al almacén, a cada castillete y a cuatro edificios residenciales dispersos a lo largo del perímetro del complejo.
Por último, una pequeña y elegante estructura se alza en el centro de una docena de cráteres recién creados. Descansa sobre una serie de terrazas cuidadosamente cultivadas. Hay un gran conjunto de transparimuros orientado hacia el complejo, como si los residentes de la casa encontrasen necesario observar el complejo en todo momento. Sorprendentemente, la residencia permanece intacta; la única explicación puede ser que un pesado escudo la protegía de la metralla creada por los cráteres que la rodean. Ahora, los sensores de Luke no detectan ni rastro de ningún escudo alrededor del edificio.
A doscientos metros de la residencia se encuentra la lanzadera de asalto, con dos rampas de acceso desplegadas. Dos docenas de soldados de asalto en gravedad cero se han apresurado a descender por las rampas para atacar a seis o siete seres ocultos en los cráteres que rodean la casa. Los cañones bláster gemelos de la lanzadera de asalto barren con fuego los cráteres, impidiendo que los defensores, superados en número, monten algún tipo de defensa efectiva contra las tropas asaltantes.
Luke no puede hacer nada contra los soldados de asalto que ya han abandonado la lanzadera. Sus armas son tan potentes que si les dispara, destruirá a los defensores junto con los atacantes. Pero podría tener una bonita sorpresa para la lanzadera.
-Arma un torpedo de protones, Erredós -ordena.
Un instante después, la señal de preparado parpadea. Luke se acerca a la lanzadera rápidamente, a poca altura. La tripulación imperial continúa felizmente ignorante de su aproximación; no volvieron ni una sola arma contra el ala-X. Luke dispara el torpedo, y luego vira para alejarse, pasando disparado junto a la lanzadera antes de que el torpedo impacte. ¿A esta distancia estará bien? El incierto campo de gravedad del asteroide hace el disparo mucho más difícil que las maniobras que solía hacer en el cañón, allá en Tatooine.
Cuando da media vuelta con un rizo, El corazón de Luke se hunde. La lanzadera aún sigue intacta. Un profundo cráter humea a pocos metros ante su proa. Luke arma otro torpedo, y luego potencia sus escudos delanteros. Mientras vuelve a aproximarse, los cañones antipersona de la lanzadera giran para enfrentarse a él. Aunque la lanzadera lleva armamento mucho más pesado, las torretas bláster son lo único que puede permitirse usar cuando está posada en tierra. Es un movimiento desesperado; los pequeños cañones no tienen la menor oportunidad de atravesar los escudos de su caza.
Un oficial con un traje de vacío negro sale de la lanzadera liderando a diez soldados de asalto. Sin detenerse siquiera a evaluar el ataque de Luke, el grupo corre buscando refugio. Los 24 soldados de asalto que ya se habían alejado lo suficiente de la lanzadera detienen su ataque sobre los defensores inferiores en número el tiempo suficiente para ver cómo el ala-X ataca a su billete de vuelta a casa.
Erredós silba un informe.
-¡Intercéptalo e interfiérelo! –ordena Luke automáticamente. No necesita el mensaje de respuesta de Erredós para recordar que, con la radio fuera de combate, no tienen la menor oportunidad de hacer ninguna de las dos cosas. Incluso sin interceptar el mensaje, Luke sabe que la señal era una petición de refuerzos. ¿Pero a qué distancia está la ayuda? ¿Horas, o minutos?
Luke alinea su ala-X para el acercamiento final, deseando que aún tuviera el ordenador de objetivo. Aminora hasta una velocidad muy lenta. Los cañones bláster de la lanzadera se energizan. Oleada tras oleada de pálidos rayos de energía roja se dirigen contra el caza y se disipan inofensivamente en los escudos delanteros. Luke respira profundamente y luego prepara el gatillo.
Dispara. Conforme el torpedo avanza hacia su objetivo, acelera. No debería estar demasiado cerca cuando el torpedo impacte.
Esta vez, no necesita instrumentos para confirmar el resultado de su disparo. Una gran columna de energía azul y blanca asciende de la lanzadera, iluminando con luz fantasmagórica sus hombros en la cabina. Da media vuelta con un rizo sobre el cráter de la lanzadera, permitiéndose una vanidosa vuelta triunfal.
Más abajo, en la superficie del asteroide, los combatientes le ignoran. Como soldados disciplinados que son, las tropas de asalto ya han vuelto a la tarea encomendada. Los pequeños resplandores y pálidos rayos del combate terrestre continúan como si nada hubiera cambiado.
Gideon llega pocos instantes después. Luke encabeza la marcha al extremo alejado del complejo, deseando aterrizar bien detrás de las líneas de los defensores. Mientras descienden, la auténtica magnitud de la destrucción que ha visitado ese planetoide impacta a Luke. Las estructuras que vio desde arriba son inmensas; la mayor podría albergar todo un escuadrón de ala-X, incluyendo personal de ingeniería y apoyo. Varios de esos edificios habían sido arrasados, y sólo el castillete principal había escapado sin daños serios. Si el comandante imperial hubiera usado un destructor estelar, no podría haber hecho un trabajo más concienzudo.
Al no ver ningún defensor que le guíe a una zona de aterrizaje, Luke se posa en el vertedero de deshechos del extremo alejado del molino. El Cubo de Rocas hace lo mismo, y Gideon y Sidney en seguida salen de la nave llevando angulosos trajes de vacío. Gideon lleva un rifle bláster antiguo pero de aspecto efectivo, y Sidney sujeta de un modo ligeramente ansioso una pistola bláster pesada en sus garras. Luke sella su traje de vacío, comprueba su propio bláster y su sable de luz, y luego desciende del ala-X.
-¿A qué distancia está la base imperial más cercana? –pregunta Luke por su comunicador-. La lanzadera lanzó una petición de refuerzos.
Sidney responde.
-Entonces tenemos cuatro horas, no más.
Luke avanza hacia la casa.
-¿Visteis la batalla?
Gideon asiente.
-Los supervivientes podrían estar atrapados en la casa, aunque eso podría ser una distracción. –El minero señala al castillete principal-. Si yo fuera un Tredway, ahora mismo estaría en las profundidades de esta roca.

viernes, 25 de septiembre de 2009

La tribu perdida de los Sith #1: Precipicio (II)

Capítulo Dos
La tripulación permanente del Presagio provenía del mismo grupo de humanos que Korsin: los escombros de una casa noble, lanzada al espacio hacía siglos en la vorágine que formó el Imperio Tapani. Los Sith los encontraron, y los encontraron útiles. Eran hábiles en el comercio y la industria, todo aquello que los Sith más necesitaban pero para lo que nunca tenían tiempo al estar ocupados con sus construcciones y destrucciones de mundos. Sus ancestros dirigieron naves y fábricas, y las dirigieron bien. Y no pasó mucho tiempo antes de que la Fuerza también estuviera en su gente.
Eran el futuro. Lo podían reconocerlo, pero era obvio. Muchos de los Señores del Sith aún pertenecían a la especie de color carmesí que durante mucho tiempo formaba el núcleo de sus seguidores. Pero los números estaban cambiando... y si Naga Sadow quería gobernar la galaxia, tenían que hacerlo.
Naga Sadow. Señor Oscuro, con tentáculos en la cara, heredero de antiguos poderes. Fue Naga Sadow quien había enviado al Presagio y al Heraldo en busca de cristales Lignan; era Naga Sadow quien necesitaba los cristales en Kirrek, para vencer a la República y sus Jedi.
¿O era a los Jedi y su República? No importaba. Naga Sadow mataría al comandante Korsin y a su tripulación por perder su nave. Seelah tenía bastante razón en eso.
Pero Sadow aún no tenía por qué perder la guerra, dependiendo de lo que Korsin hiciera ahora. Aún le quedaba algo. Los cristales.
Pero en ese momento los cristales estaban allá en lo alto.
Había sido una noche de horrores, haciendo bajar a 355 personas desde la elevada meseta. Dieciséis heridos murieron en el camino, y otros cinco se habían despeñado del estrecho saliente que formaba el único camino aparente de ascenso o descenso. Aunque nadie dudaba de que la evacuación había sido la opción correcta. No podían permanecer ahí arriba, no con los incendios aún ardiendo y la nave colgando precariamente. Korsin, el último en abandonar la nave, casi se hace matar cuando uno de los torpedos protónicos se soltó del tubo desnudo, cayendo al olvido por el precipicio.
Para cuando salió el sol, encontraron un claro, a mitad de camino en el descenso de la montaña, tachonado con matojos de hierba salvaje. La vida estaba por todas partes en la galaxia, incluso allí. Era la primera buena señal. Sobre ellos, el Presagio continuaba ardiendo. No hacía falta preguntarse en qué lugar sobre ellos estaba la nave, pensó Korsin. No mientras pudieran seguir el humo.
Ahora, caminando de vuelta al lugar donde el grupo pasaría la noche -más que un campamento, aquello era sólo una reunión-, Korsin sabía que tampoco tendía que preguntarse nunca dónde estaba su gente. No mientras su nariz funcionase.
-Ahora sé por qué manteníamos a los massassi en su propio nivel -dijo, a nadie en particular.
-Encantador -respondió alguien por encima de su hombro-. Debo decir que ellos tampoco están muy contentos contigo.
Ravilan era un Sith Rojo, de sangre pura como pocos. Era el capataz y guardián de los massassi, los desagradables y torpes bípedos que los Sith apreciaban como instrumentos de terror en el campo de batalla. En ese momento, los massassi no parecían tan formidables. Korsin siguió a Ravilan al interior del círculo diabólico, que aún era menos placentero por la fetidez de los vómitos. Rubicundos monstruos de dos y tres metros de alto estaban tendidos por el suelo, temblando y tosiendo.
-Quizá sea algún tipo de edema pulmonar -dijo Seelah, pasando a la gente bombonas de aire purificado recuperadas de un pack de emergencia. Antes de relacionarse con Devore y asegurarse un lugar en su equipo, había sido médico de guerra... aunque Korsin no lo hubiera imaginado a juzgar por su actitud hacia los enfermos, al menos los massassi. Apenas tocaba a los resollantes gigantes-. Ya no estamos en alturas elevadas, de modo que esto debería desaparecer. Probablemente sea normal.
A su izquierda, otro massassi tosió violentamente... y observó en silencio el resultado: un puñado de chorreante tejido corporal. Korsin miró al capataz.
-¿Es esto normal? -le preguntó secamente.
-Ya sabes que no -replicó Ravilan.
Desde el otro lado del claro, Devore Korsin llegó corriendo, dejando a su hijo en manos de Seelah antes de que esta terminase de limpiárselas. Agarró la gran muñeca del bruto, mirando por sí mismo. Sus ojos llamearon hacia su hermano.
-¡Pero no hay nada más resistente que los massassi!
-Nada a lo que puedan golpear, patear o estrangular -dijo Korsin. Un planeta alienígena, de todas formas, era un planeta alienígena. No habían tenido tiempo para hacer un bioescáner. Todo el equipamiento estaba allí arriba. Devore siguió a Seelah, alejándose de los massassi enfermos.
Ochenta de las criaturas habían sobrevivido al choque. Korsin descubrió que los ayudantes de Ravilan estaban quemando a una tercera parte de esos supervivientes, allí mismo, sobre la colina. Fuera lo que fuese esa cosa invisible que había ese planeta y estaba matando a los massassi, lo estaba haciendo rápidamente. Ravilan le mostró la apestosa pira.
-No están lo bastante lejos -dijo Korsin.
-¿De quién? -respondió Ravilan-. ¿Esta depresión es un campamento permanente? ¿Deberíamos trasladarnos a otra montaña distinta?
-Ya basta, Rav.
-¿No tienes ninguna réplica ingeniosa? Estoy sorprendido. Al menos tendrás planeado algo a largo plazo.
Korsin había tenido esgrima verbal con Ravilan en misiones anteriores, pero ahora no era el momento.
-He dicho que ya basta. Hemos inspeccionado la zona. Lo has visto. No hay adonde ir. -Había playas en la parte inferior de la colina, pero terminaban contra los aceitosos acantilados con los que comenzaba la siguiente montaña de la cadena. Y continuar avanzando por la cadena montañosa significaba viajar cruzando marañas de zarzales afilados como cuchillas-. No necesitamos una expedición. No nos vamos a quedar aquí.
-Esperaría que no -dijo Ravilan, torciendo la nariz por el olor de la hoguera-. Pero tu hermano... quiero decir, el otro hijo del capitán Korsin... cree que no deberíamos esperar para volver.
Yaru Korsin se detuvo.
-Yo tengo los códigos del transmisor. Soy yo quien debe hacer esa llamada. -Alzó la mirada un instante, arriba a lo lejos continuaba la distante columna humeante-. Cuando sea seguro.
-Sí, desde luego. Cuando sea seguro.
El comandante no había querido que Devore estuviera en la misión. Años atrás, se había sentido aliviado cuando su hermanastro abandonó la carrera naval, pasándose al servicio mineralogista de los Sith. Allí, buscando gemas y cristales imbuidos en la Fuerza, se conseguía más fácilmente poder y riquezas. Con el patrocinio de su padre, Devore había llegado a ser un especialista en el uso de armas de plasma y equipo de escaneo. El reciente conflicto con los Jedi hizo que estuviera muy solicitado... y le asignaron, con su equipo, al Presagio. Korsin se preguntaba a quién le había molestado para merecerse eso. Le habían dicho que Devore respondía oficialmente ante él, pero eso habría sido toda una novedad. Ni siquiera los Señores del Sith eran tan poderosos.
-¡Deberías habernos mantenido en órbita!
-¡Nunca estuvimos en órbita!
Korsin reconoció la voz del navegante, Marcom, llegando del otro lado de la polvorienta colina. Ya conocía la otra voz.
El viejo estaba tratando de abrirse paso lejos de la multitud cuando Korsin llegó a la cima de la colina a todo correr. Los mineros de Devore no le dejaban marcharse a Boyle.
-¡No conocéis mi trabajo! -gritaba-. ¡Hice todo lo que pude! Oh, de qué sirve hablarle a...
Justo cuando Korsin llegó al claro, la muchedumbre avanzó en tropel, como si alguien hubiera abierto un desagüe. Un chisporroteo asquerosamente familiar sucedió a otro.
-¡No!
Korsin vio primero el sable de luz, rodando hacia sus pies cuando se abrió paso entre la multitud. El viejo timonel de su padre yacía ante él, destripado. Junto a Seelah y Jariad estaba de pie Devore, con su sable de luz brillando de color carmesí en las crecientes sombras.
-El navegante atacó primero -dijo Seelah.
El comandante no hizo ningún gesto.
-¿Qué diferencia supone eso? –Korsin corrió al centro, alzando el sable de luz suelto hasta su mano con la Fuerza. Devore permanecía quieto en su sitio, sonriendo tranquilamente y manteniendo encendido su sable de luz. Sus ojos oscuros tenían un aspecto salvaje, y familiar. Estaba temblando un poco, pero no por miedo... ningún miedo que Yaru Korsin pudiera sentir. El comandante sabía que era otra cosa, algo más peligroso. Apuntó al suelo con la punta apagada del sable de luz del navegante y lo agitó-. ¡Era nuestro navegante, Devore! ¿Qué pasa si las cartas estelares no funcionan?
-Puedo encontrar mi camino de vuelta –dijo elegantemente Devore.
-¡Tendrás que hacerlo! –Korsin era cada vez más consciente del grupo heterogéneo que le rodeaba. Mineros de uniforme dorado en el círculo, sí, pero también tripulación del puente. Un Sith de cara roja... no Ravilan, sino uno de sus compadres. Continuó impasible-. Esto no os va a traer nada bueno, a ninguno de vosotros. Esperaremos aquí hasta que sea seguro volver a la nave. Eso es todo.
Seelah se enderezó, envalentonada por el apoyo de los que le rodeaban.
-¿Cuándo será seguro? ¿Dentro de días? ¿De semanas? –Su hijo gemía-. ¿Cuánto tendremos que aguantar... hasta que sea lo bastante seguro para ti?
Korsin la miró fijamente y tomó una profunda bocanada de aire. Lanzó el sable de luz de Marcom al suelo.
-Dile a Ravilan que hay uno más para la pira. –Conforme la envidiosa multitud le abría paso para salir, dijo-: Nos iremos cuando yo lo diga. Si esa nave estalla, o se desploma en el océano, entonces tendremos problemas realmente. Nos iremos cuando yo lo diga.
El mundo siguió girando. Conforme Korsin caminaba hacia atrás, Gloyd caminaba hacia delante, manteniendo un ojo amarillo alerta en las masas gruñonas. Se había perdido la diversión.
-Comandante.
Miraban más allá de cada uno, viendo Sith en todas las direcciones.
-No hay auténtica felicidad aquí, Gloyd.
-Entonces querrá escuchar esto –dijo el gigantesco houk con su voz rasposa-. Tal como yo lo veo, tenemos tres opciones. Sacamos a esa gente de esta roca con cualquier cosa que vuele. O buscamos un refugio y nos escondemos hasta que se todos maten entre sí.
-¿Cuál es la tercera opción?
Gloyd arrugó su rostro pintado.
-No la hay. Pero me imaginé que le alegraría si pensaba que la había.
-Te odio.
-Genial. Algún día conseguirá convertir a alguien en un buen Sith.
Korsin conocía a Gloyd desde su primera asignación de mando. El houk era el tipo de oficial de puente que todos los Sith querían: más interesado en su propio trabajo que en quedarse con el de los demás. Gloyd era lo bastante inteligente para ahorrarse problemas. O tal vez era que le gustaba demasiado hacer volar cosas por los aires como para abandonar la estación táctica.
Por supuesto, con esa estación a más de un kilómetro hacia arriba en la montaña, Korsin no tenía ni idea de lo útil que podría ser su viejo aliado. Pero Gloyd aún superaba en cincuenta kilos a la mayoría de la tripulación. Nadie podría hacer un movimiento contra ellos mientras permanecieran juntos.
Nadie haría un movimiento en solitario, de todas formas.
Korsin volvió la mirada a través del claro hacia la turba. Ravilan estaba allí ahora, formando corro con Devore, Seelah y un par de oficiales menores. Devore se fijó en que su hermano les miraba y apartó la mirada; Seelah simplemente se quedó mirando fijamente al comandante, imperturbable. Korsin escupió un epíteto.
-Gloyd, estamos muriéndonos aquí. ¡No los entiendo!
-Sí, los entiende –dijo Gloyd-. Ya sabe lo que decimos: Usted y yo, nos ocupamos del trabajo. Otros Sith se ocupan de lo siguiente. –El houk arrancó una raíz escamosa del suelo y la olfateó-. El problema es que todo este lugar es “lo siguiente”. Está tratando de mantenerlos juntos... cuando lo que realmente tiene que mostrarles es que hay algo después de esta roca. No hay tiempo para ganarse a la gente. Elija un camino. Y a los que no quieran caminarlo...
-¿Los empujamos? –dijo Korsin con una mueca. Realmente no era su estilo. Gloyd le devolvió la sonrisa y hundió sus dientes en la raíz. Estremeciéndose cómicamente, el jefe de artillería se excusó. No iban a vivir con los productos de la tierra... no de esa tierra, al menos.
Volviendo la mirada a la hirviente muchedumbre, Korsin encontró sus ojos vagando hacia el oscilante tentáculo de humo que vagaba a la deriva arriba, en las alturas.
Arriba. Gloyd tenía razón. Era el único camino.

domingo, 20 de septiembre de 2009

El honor de los Jedi (40)

40
Luke encuentra los controles como si fueran parte de su propio cuerpo. Con un peso de desesperación en la boca del estómago, da gas a fondo. Su cuerpo se hunde en el asiento conforme el caza acelera. Aunque no tiene ni idea de qué se encontrará ante él, se siente bien haciendo algo.
Tres segundos después, el caza se agita violentamente. Erredós trina un alarmado informe, y luego el ala-X gira fuera de control. ¡Le han dado!
Luchando desesperadamente por mantener la compostura, Luke gira la palanca de control a la derecha, luego a la izquierda. El caza no responde. Informa de la situación a Erredós.
Erredós silba.
Luke choca contra uno y otro lado de la cabina, incapaz de sujetarse ante los impredecibles giros del ala-X. La pérdida de control puede estar causada por un estabilizador dañado o por un mal funcionamiento del ordenador de vuelo, y Erredós puede reparar ambas cosas. Pero mientras Luke no conozca la condición del resto de la nave, no se atreve a dar ninguna instrucción a Erredós. El droide está programado para ocuparse primero de los problemas más urgentes. Si Luke pasa por encima de esa programación sin saber la naturaleza del problema, los resultados podrían ser inmediatamente desastrosos.
Una vez más Luke debe esperar, esta vez dando bandazos de un arnés de sujeción al otro. Su única compensación es que no hay forma posible de que los TIEs centren su objetivo en un blanco que gira tan salvajemente.
Luke continúa dando bandazos por lo que parecen horas. Le duelen los hombros y la cadera por golpearse contra los arneses una y otra vez. Tanto sus brazos como su piernas están magullados y doloridos por golpearse con el equipamiento de la cabina. Con el tiempo, de todas formas, el velo blanco de la ceguera se desvanece.
–Informe de daños –ordena, tan pronto como puede leer los instrumentos de la cabina.
Erredós muestra los problemas del ala-X por orden de importancia. En primer lugar, el sistema de soporte vital apenas funciona. Erredós está físicamente sujetando en su sitio un tubo de oxígeno suelto. En segundo lugar, el estabilizador primario cuelga de un solo remache. Erredós no puede repararlo sin soltar el tubo de oxígeno. En tercer lugar, un tiro desviado ha dejado abierto el convertidor de potencia. La lista continúa hasta 27 elementos. La única buena noticia es que los TIEs ya no se ven por ninguna parte. Probablemente se retiraron poco después de que el ala-X comenzase a girar sin control.
–Está bien –dijo Luke, deslizándose en su traje de vacío–. Olvídate del soporte vital y arregla el estabilizador. Luego encontraré algún lugar para aterrizar y hacer reparaciones.

Con el tiempo, Luke regresa a la base, pero no es de mucha ayuda para la gente atrapada en Tredway 24. Esta aventura ha acabado para él. Vuelve a la sección uno y prueba de nuevo.

El honor de los Jedi (26)

26
Luke encuentra los controles como si fueran parte de su cuerpo. Se siente extrañamente en calma, a pesar de lo desesperado de su situación. Su agarre sobre la palanca de control es seguro y firme, y todo su cuerpo se siente como si estuviera enlazado al ordenador de control del ala-X. Casi parece que él es parte de la máquina, y que la máquina es parte del cosmos.
Sin pensarlo conscientemente, Luke permite que su mano se mueva según su propia voluntad. Guía el caza en un giro amplio y descendiente. La cabina tiembla; un TIE casi da en el blanco. Luke no permite que el fuego enemigo disturbe su meditación. Continúa permitiendo que su mano guíe la nave.
El giro parece durar horas. Luke no es capaz de adivinar cuánto ha girado, o qué piensan los imperiales de su maniobra. Simplemente se concentra en las sensaciones que ofrece el giro y en la suavidad del movimiento.
Finalmente, parece que el giro ha terminado. Permite que su mente tome el control de sí misma lo suficiente para comenzar una serie de maniobras evasivas. Oscila a la izquierda tres veces, luego dos a la derecha, cuatro hacia arriba, y luego una hacia abajo. Cualquier cosa con tal de evitar durante unos segundos más que los ordenadores de puntería de los TIE tengan un blanco claro sobre él.
No tiene ni idea de dónde están los TIEs, de si Gideon ya los ha destruido, ni siquiera de si está volando hacia la nave minera de Gideon. Sólo siente que justo delante se encontrará a salvo. Tiene algo que ver con el pacífico cosquilleo que siente en la base del cerebro. Aparte de eso, no puede explicar cómo sabe que se está dirigiendo hacia la seguridad.
El ala-X se estremece, luego tiembla, agitando la serena confianza de Luke. Los TIEs siguen a su cola, y sus ordenadores de puntería han conseguido centrar el blanco en la silueta del ala-X. Luke gira a la izquierda, luego se lanza en un descenso en espiral.
Una tremenda onda de choque estampa a Luke contra su asiento. Luego todo queda en silencio. Vuela recto hacia delante. ¿Los TIEs se han ido?
Quince segundos después, ve puntos ante sus ojos. Su visión está comenzando a volver. El brillante resplandor de un disparo de energía hace saber a Luke que algo más ha vuelto. Agarra los controles y realiza un giro cerrado, armando sus cañones láser.
A través de su visión moteada, ve una única bola con dos alas justo ante él. La nave minera con forma de caja de Gideon persigue al TIE en vano; está tan distante que Luke apenas puede distinguirla de una estrella débil. Por otra parte, el TIE está tan cerca que Luke puede ver al piloto imperial retirando su ordenador de puntería. Luke sonríe; él es el mejor en ese campo.
Ajusta su rumbo para lanzarse directamente hacia el imperial, y luego dispara. Cuatro rayos azules destellan bajo el TIE y convergen más de 500 metros por detrás de él.
El TIE devuelve el fuego, con sus cañones láser dobles convirtiendo los 50 metros de vacío que separaban las dos naves en un mar de ráfagas de energía. Luke alza el morro del ala-X y dispara. Dos disparos rebanan el pilón de apoyo izquierdo del TIE. El panel solar sale flotando alejándose de la chisporroteante cabina.
Luke asciende bruscamente para evitar al TIE a la deriva, y luego vuelve la vista justo cuando estalla en llamas naranjas.
–Eso ha ido por muy poco, Ben –murmura Luke. Su única respuesta es que el el cosquilleo en lo profundo de su cerebro se desvanece.
Unos segundos después, se acerca a la cabina de la nave minera. Tras los controles del piloto, Gideon está sentado con una gran sonrisa de oreja a oreja dibujada en su barba. Sidney se ha derrumbado en el asiento del copiloto, con las orejas aplanadas contra la cabeza y una máscara de horror y culpa en su hocico. Parece que no es capaz de cruzar su mirada con la de Luke.
Gideon alza la mano, levantando el pulgar, y luego señala al asteroide Tredway. Al principio, Luke no puede ver la lanzadera de asalto. Finalmente, distingue un punto de luz tomando tierra junto al disco brillante cerca del centro del asteroide. Asiente, y luego acelera hacia la lanzadera.