miércoles, 24 de octubre de 2012

Susurros en la oscuridad (y III)


-¿Has oído eso, Mika? –preguntó Jaytee.
-Lo he pillado: 41 horas... que sería pasado mañana a las 8:00 -respondió Mika después de espiar la conversación sobre el envío de las unidades necesarias para hacer funcionar los sensores del centro minero. Hizo clic en su comunicador-. Paca –dijo por el dispositivo-, tenemos algo que te interesará.
Paca salió de la habitación contigua. Jaytee ya había transferido a una tarjeta de datos la información que querría. Se puso de pie en su puesto de intercepción agitando la tarjeta en dirección a Paca.
-Las unidades de control de sistemas: están listas para su envío desde Garan. Todos los preparativos están aquí -dijo Jaytee.
-Genial. Mika, alerta a nuestros equipos para que estén a la espera de órdenes -les dijo Paca cuando Jaytee le entregó la tarjeta de datos.
Su mente ya estaba trabajando duro. Esa era la información que habían estado esperando con ansias durante días. Los imperiales habían estado trabajando en las piezas para los controles sistemas informáticos en Garan debido a que la flota había estado tan ocupada con la Nueva República que habían sido incapaces de suministrar unos pocos componentes vitales para los sistemas de sensores de las minas.
Paca tocó delicadamente la tarjeta de datos. Sonrió para sí mismo, conocedor de la valiosa información que contenía. Ahora la resistencia tendría la oportunidad de destruir ese envío antes de que consiguiera llegar a las minas.

***

La antigua Carretera Currahen estaba tan tranquila como de costumbre a las 13:00. La carretera al norte de Garan era una ruta principal para ir a Ariana, a unos 40 kilómetros al noroeste. Siempre tenía mucho tráfico. Pero esta sección, al sur de la ciudad, conducía a las minas y sólo recientemente había observado un aumento de tráfico. Tráfico imperial.
El ataque contra el convoy de suministros tendría lugar en la Encrucijada Currahen, a unos 12 kilómetros al suroeste de Garan. La Encrucijada se encontraba en un puerto de alta montaña, y ofrecía varias opciones de escape para los luchadores por la libertad... estrechos caminos hacia el oeste, hacia los Acantilados Tahika, al sureste hacia el Valle Morcur, más abajo, o de vuelta a Garan.
Dair Haslip había podido confirmar a última hora de la tarde anterior que tres camiones deslizadores estaban cargados y listos para partir desde el centro de distribución de Garan. De acuerdo con la información que tenía, los camiones serían escoltados por dos escuadrones de soldados exploradores, y al menos un AT-ST. Un observador avanzado había visto un segundo AT-ST avanzar a través de las montañas hacia Garan durante la noche.
Los luchadores por la libertad habían estado vigilando las colinas que rodeaban la Encrucijada desde las horas anteriores al amanecer. A las 7:00 había llegado la noticia de que se había establecido una nueva hora de salida a las 9:30. Y entonces esperaron.
Todavía seguían esperando.
El tiempo se había vuelto desagradable. Nubes de tormenta aparecieron rodando desde la costa antes de mediodía. Había estado lloviendo durante más de una hora. La visibilidad era pobre debido a una densa niebla que envolvió las laderas. Si no hubiera sabido lo contrario, Alex juraría que era el atardecer en lugar de mediodía.
-Gracias, Cardy -dijo cuando uno de sus compañeros le entregó una taza de té caliente de su termojarra.
-¿Qué crees que ha pasado con el convoy? -le preguntó él-. Deberían haber llegado aquí hace mucho tiempo.
Alex se calentó las manos en la taza.
-¿No estarás preocupado, verdad? -le preguntó ella.
-No. Es sólo que toda esta espera me pone nervioso -dijo, tomando un sorbo de su propia taza.
-Sí, ya sé lo que quieres decir. Pero habríamos oído algo si no fueran a venir. -Miró a través de sus macrobinoculares-. Llegarán -lo tranquilizó. Un trueno lejano resonó en el bosque. Hizo que un escalofrío recorriera su columna vertebral-. ¿Qué tal está ese bebé? -preguntó Alex, tratando de aligerar el oscuro estado de ánimo de Cardy.
Él sonrió.
-¡Está creciendo tanto! Gateando por todas...
Un zumbido del intercomunicador les sobresaltó a ambos. Esa era la señal. Los camiones deslizadores aparecerían a la vista en cualquier momento.
-¡Allá vamos! –susurró Cardy, mientras se alejaba de ella subiendo más por la colina.
Un chirrido metálica retumbó por las colinas... maquinaria pesada en movimiento... ¡AT-STs! Hay uno, pensó Alex mientras miraba a través del visor de su rifle bláster. Le seguían tres camiones deslizadores rodeados de soldados exploradores. Un segundo AT-ST cerraba la marcha.
Era el momento...
Un misil pasó rugiendo sobre la cabeza de Alex. Uno de los AT-ST estalló en mil pedazos. Diez soldados exploradores cayeron bajo la primera andanada de fuego de bláster procedente de las laderas. Otro disparo del Plex sólo rozó al otro caminante. Los soldados exploradores salieron de la carretera y se dispersaron hacia las colinas.
El segundo AT-ST fijó sus armas en el lanzador de misiles Plex que había acabado con su compañero. Una explosión iluminó la ladera de la montaña justo por encima de Alex.
Escuchó el grito agonizante de Cardy y subió corriendo por la ladera para ver cómo estaba.
-¿Cardy? -gritó por encima de los sonidos de la batalla mientras las explosiones continuaban estallando a su alrededor. Vio el lanzador y se dirigió hacia él... parecía como si lo hubiesen tirado descuidadamente a un lado como hace un niño con sus juguetes cuando se ha cansado de ellos. Cardy yacía a un metro de distancia, mortalmente herido.
-Coge... el misil... -balbuceó.
-Vamos, te sacaré de aquí -le dijo. Consiguió con dificultad pasarle brazo por los sobacos, sabiendo en su corazón que sus esfuerzos serían inútiles. Y Cardy también lo sabía.
-No... demasiado tarde... para mí -dijo, ahogándose en sus palabras. Tomó un último aliento y murió. Otro amigo perdido. Alex apretó el puño pensando en el niño que nunca conocería a este hombre valiente. Acercó su cuerpo hacia ella, cerrando los ojos y abrazando el cuerpo sin vida en sus brazos durante unos breves segundos.
Un disparo le pasó rozando la cabeza. Dejó el cuerpo de Cardy en el suelo, luego agarró el Plex y se dirigió colina abajo. Estaba decidida a eliminar ese otro AT-ST. Un soldado explorador pasó casi tan cerca que podía tocarlo, pero no la detectó.
En el lado oriental del camino los compañeros de Alex lanzaban granadas contra los camiones deslizadores, ignorando valientemente el AT-ST que los buscaba. Un camión explotó en una enorme bola de fuego. El caminante adquirió un blanco. Pero Alex estaba lista. Disparó el Plex antes de que el AT-ST tuviera la oportunidad de hacer un solo tiro. La cabina se incendió, regando el camino de escombros y haciendo que un segundo camión comenzara a arder.
El comunicador de Alex zumbó. Esa era la señal para retirarse. Uno de los soldados exploradores debía de haber salido fuera del alcance de las interferencias y había pedido ayuda. Se colgó el Plex del hombro y se apartó de la carretera, regresando a las colinas.
El fuego de bláster resonaba en las montañas mientras los soldados exploradores continuaban su persecución de los luchadores por la libertad. Afortunadamente para Alex y sus amigos, el terreno hacía difícil el seguimiento. Y con sus sensores interferidos, los imperiales tenían que limitarse a la visión directa en un territorio que la resistencia conocía mucho mejor.
En la cumbre de la Colina de Adni, Alex se encontró con dos de sus compañeros. Juntos caminaron cinco kilómetros a través de la maleza hasta un deslizador terrestre oculto, sin llegar a ver nunca el menor rastro del enemigo. Pero eran conscientes de los sonidos distantes de batalla. Todos pensaban en la emboscada, en sus amigos, en su propia supervivencia, y en su voluntad de continuar la lucha otro día más. Pensamientos comunes que compartían, pero que sin embargo nunca decían en voz alta.
El deslizador terrestre serpenteaba por los estrechos senderos de montaña. La lluvia finalmente había cesado, pero la niebla en el bosque daba un resplandor misterioso a la luz del sol que luchaba por abrirse paso entre las nubes.
Llegaron al primer punto de recogida casi una hora después. Alex se despidió de sus compañeros y les vio tomar una curva en la carretera antes de caminar el medio kilómetro que la separaba de su propio deslizador.
Se sentó a los mandos y, por primera vez en horas, se dio cuenta de lo agotada, fría y mojada que estaba. Respiró hondo y cerró los ojos durante unos segundos. Fue entonces cuando apareció la visión. Fue breve, pero más vívida que cualquier sueño que hubiera tenido antes...
Hacía tanto frío... y le dolían todos los músculos del cuerpo... una mano se extendía hacia ella... “Alex, toma mi mano”, gritó una voz por encima del aullido del viento... cuando las yema de los dedos se tocaron sobre un fondo blanco, en ladera de una montaña nevada, miró hacia arriba... e inclinado sobre ella, con una mano extendida hacia ella, estaba el hombre de un sueño que había tenido... el hombre con el cabello castaño del color de la arena y los ojos azules...
Y tan repentinamente como había comenzado, la visión terminó abruptamente.
Alex abrió los ojos. Sus manos temblaban mientras cogía los mandos del deslizador. ¿Quién eres?, pensó. ¿Por qué estás en mis sueños?
Entonces, una abrumadora sensación de calma tocó su alma. En algún lugar, en el fondo de su mente, una voz parecía estar llamándole en voz baja. Le susurraba en la oscuridad, pero el mensaje era alto y claro.
La Fuerza estará contigo.

martes, 23 de octubre de 2012

Susurros en la oscuridad (II)


-Buenas tardes, caballeros -saludó Alex a los dos oficiales en el área de recepción del general Zakar-. ¿Está disponible el teniente Haslip?
-Señorita Winger –dijo el teniente Nilo-, es un placer verla de nuevo. El teniente acaba de salir. Estoy seguro de que estará de regreso en breves momentos.
-Está bien. Le esperaré -dijo, tomando asiento junto a la ventana que daba a la avenida. Escondió el asco que sentía al ver la calle bullendo de tráfico militar.
Dair entró en la habitación.
-Alex, eh, señorita Winger –tartamudeó-. ¿Cómo está usted?
Alex se puso en pie.
-Muy bien, Teniente -dijo ella, mirando a los otros dos hombres que pretendían hacer caso omiso de una escena que habían presenciado en varias ocasiones.
-¿Qué puedo hacer por usted hoy? –preguntó él.
-A mi padre y a mí nos gustaría que se uniera a nosotros para la cena de esta noche -dijo ella, dejando que un ligero rubor apareciera en sus mejillas.
El teniente Nilo podía oír el temblor de su voz y le lanzó una sonrisa maliciosa al teniente Polg. Normalmente, Alexandra Winger era tan serena y confiada. Obviamente, no era tan fría en los asuntos del corazón.

Dair estaba de espaldas a los otros oficiales de la habitación. Ocultó su sonrisa, representando su papel como un actor en una escena de una obra teatral.
-Me encantaría cenar con ustedes -dijo.
-¿Por qué no viene a eso de las seis? Padre llegará antes de las siete, así que tendremos tiempo para dar un paseo a lo largo de los Acantilados y disfrutar de la vista.
-Sólo hay una vista que me interesa, Alexandra -dijo en voz baja, sabiendo que Nilo y Polg le oían igualmente.
Alex le miró y sonrió, luego se volvió hacia la puerta.
-Nos vemos esta noche, teniente –le dijo ella, volviéndose.
Dair se quedó parado y suspiró cuando la puerta se cerró tras ella. Nilo y Polg estaban riéndose para sí mismos. Era obvio para ellos que Dair Haslip estaba locamente enamorado.
-Nos vemos esta noche, teniente -repitió Nilo, imitando a Alex.
Dair le fulminó con la mirada.
-Oh, cállate -dijo, enderezando su uniforme-. Además, ¿qué estás mirando?
-Nada, teniente -dijo Nilo inocentemente.
-Bien, entonces vuelve a tu trabajo.

***

-Buenas noches, teniente Haslip -saludó a Dair el droide sirviente-. La señorita Alexandra le espera en el patio.
-Gracias, Ceté -dijo Dair-. Yo mismo encontraré el camino.
-Por supuesto, señor.
La vista desde la mansión del gobernador imperial probablemente era una de las mejores que podían hallarse a lo largo de los Acantilados Tahika. Alex estaba allí de pie, contemplando el mar en calma, mientras las últimas horas de luz del sol brillaban sobre el agua. Oyó cómo Dair se acercaba y se volvió para darle la bienvenida con una sonrisa en su rostro. Él la tomó en sus brazos y la besó en los labios, lo que la pilló por sorpresa.
-Vi a dos soldados exploradores en la parte delantera de la casa -le susurró al oído-. ¿Alguno aquí atrás que pudiera estar observándonos?
-Sí -dijo ella, comprendiendo el motivo de esa muestra de afecto-. Hay dos más patrullando las tierras, que yo sepa.
-Está bien -dijo él, apartándose de ella, pero plantándole un suave beso en la frente-. Esta empezando a haber demasiada gente aquí, ¿no te parece?
-Vamos a dar un paseo por los Acantilados –sugirió ella-. Tenemos por lo menos una hora antes de la cena.
Tomó la mano de Alex en la suya y la condujo bajando por las escaleras de piedra a los jardines. Ella podía sentir su nerviosismo y sabía que no era porque estuviera preocupado por los soldados exploradores.
-¿No es hermoso esto? -le preguntó ella cuando estaban al borde de los Acantilados.
Dair no estaba mirando el paisaje.
-Hermoso -dijo en voz baja. Alex lo miró, sintiendo sus pensamientos-. Alex, yo...
-¡Shh! -susurró-. Me gustas, Dair. Eres un buen amigo. Trabajar juntos contra el Imperio de esta forma... Bueno, ya sabes... No quiero que te lleves una impresión equivocada. Por favor, no compliques nuestras vidas más de lo que ya están.
Él sabía que ella tenía razón. Había tenido esta misma conversación con él mil veces.
-Lo entiendo, Alex.
Ella le sonrió tímidamente, pero había un destello de exuberancia juvenil en sus ojos.
-¡Hey, vamos! ¡Te echo una carrera!
Ella se había echado a correr antes de que él pudiera recordarle que tenían que tener un aspecto medio decente para la cena con el gobernador. Pero salió corriendo tras ella, alcanzándola finalmente cuando se detuvo de pronto para mirar alrededor. Estaban cerca de las minas, tal vez a tres kilómetros o así. Por un momento, Alex tuvo una fugaz sensación de peligro. Pero luego desapareció.
-¿Qué pasa? -le preguntó Dair.
Ella frunció el ceño, encogiéndose de hombros.
-No es nada. Veamos cuánto tiempo les lleva rastrearnos -dijo ella, tomándolo de la mano y conduciéndolo por otro camino que seguía paralelo al borde de los acantilados.
Habían caminado unos cinco minutos, cuando Alex se dejó caer en el suelo.
-Este parece un buen lugar -comentó.
-¿Un buen lugar? –preguntó él-. Sí. Para que nos encuentren.
-Bueno, si tú lo dices. -Alex miró su cronómetro-. Desde luego, les está tomando un tiempo.
-Tal vez no patrullen esta zona de forma regular. Y sabes que los sensores de sus motos deslizadoras no son tan fiables cerca de los Acantilados -dijo.
-Podría ser –convino ella, mirando en dirección a las cuevas a una distancia de medio kilómetro. Se preguntaba lo fácil que podría ser trasladar el lanzador de misiles Plex que la resistencia tenía escondido cerca. Si a esos soldados exploradores les costaba tanto tiempo encontrarles...
-Ahí vienen -dijo ella, con esa misma mirada lejana en sus ojos que había visto antes ese mismo día en el centro de operaciones.
Dair se esforzó por escuchar los sonidos de motos deslizadoras.
-Yo no oigo nada -dijo.
-¡Shh!
Diez segundos después, el zumbido de los motores se hizo evidente. Dair se sorprendió al comprobar la agudeza del oído de Alex... ¿o era otra cosa? Sacudió la cabeza con incredulidad y la miró fijamente.
Alex se acercó más a él.
-Ahora, recuerda que esto es sólo un trabajo. -Ella vaciló, mirando a otro lado por un momento. Entonces lo miró fijamente a los ojos-. ¿Estás listo? -le preguntó.
-¿Eh? ¿Listo para qué? -preguntó mientras las motos deslizadoras se acercaban.
-Para esto... -Ella se inclinó y le besó suavemente, ignorando las motos deslizadoras que se habían detenido a pocos metros de distancia.
Dair representó su papel como algo natural, sin necesidad de estímulo alguno. No era consciente de los pasos que se acercaban, y no rompió el beso en ningún momento.
Alex finalmente abrió los ojos y vio a los dos soldados exploradores de pie sobre ellos.
-Dair -dijo ella, alejándose de él-. Tenemos compañía.
-¿Qué dem...? -Se levantó y se enfrentó a los soldados.
-Lo siento, teniente, pero esta zona está fuera de límites –le dijo uno de los hombres.
-¿Fuera de límites? –exclamó Alex-. ¡Estas tierras pertenecen a mi padre!
El soldado miró a la joven por un momento.
-Órdenes del general Zakar, señorita Winger.
Alex miró al soldado, y luego se marchó.
-¡Alex, espera! –exclamó Dair-. Muchas gracias -le dijo al soldado con sarcasmo-. ¡Alex!
Dair la alcanzó, poniéndole un brazo alrededor de los hombros.
Ella estaba temblando. Pero al ver la expresión de su rostro, tuvo que contener la risa.
-Buen espectáculo -susurró.
-Esta noche vamos a ser la comidilla del cuartel -dijo riendo.

***

Alex se frotó los ojos. Sólo el suave resplandor de la luz de la luna iluminaba su habitación. Se sentó en la cama, tratando de imaginar lo que diría Paca si supiera lo que estaba a punto de hacer. Se rió para sus adentros. ¿Qué era lo que le había dicho ayer...? ¿Alguna vez me has visto correr riesgos? Oh, bueno, pensó.
Ese lanzamisiles Plex era todo en lo que podía pensar. Estaba tan cerca, apenas a un kilómetro de la mansión del gobernador. El Plex debía ser trasladado antes de que los imperiales lo encontrasen. Y Alex estaba en la mejor posición para hacer precisamente eso. Después de su pequeño experimento con Dair a última hora de la tarde, estaba segura de poder entrar y salir de la zona con suficiente rapidez para evitar la detección.
Alex salió de la cama y se vistió, luego estudió los terrenos alrededor de la mansión. Ni rastro de soldados exploradores.
-No hay nada como un paseo a medianoche -se dijo.
Salir de la casa era incluso más fácil de lo que Alex había imaginado. Salió por a los terrenos por la parte trasera, y se dirigió hacia el sur, avanzando paralela a los acantilados. A menos de 30 metros de la mansión, los árboles ofrecían una buena cobertura.
El bosque era un hervidero de sonidos nocturnos. Alex apenas podía oír sus propios pasos sobre el suelo del bosque, tapados por el canto nocturno de los crupas que habitaban en los árboles. Y los boetays aullaban a las lunas de Garos, prestando sus voces a la armonía de la noche. No había sonido de motos deslizadoras imperiales interfiriendo en esa sinfonía natural.
Alex cubrió la distancia hasta las cuevas en poco más de diez minutos, y se sentía a salvo oculta en las profundidades de sus sombras. Descansó unos minutos antes de colgarse el lanzamisiles al hombro y salir de nuevo a la noche. En la boca de la cueva se asomó a la oscuridad. Aún no había señales de soldados exploradores. Estaban allí fuera, pero no estaban demasiado cerca... o por lo menos eso creía ella.
Girando hacia el oeste, Alex se dirigió hacia los acantilados. Decidió regresar por una ruta ligeramente diferente. Si alguien se acercaba, sería muy fácil tirar el Plex por los Acantilados.
Nadie interrumpió su avance hasta que, a la vista de la mansión, Alex sintió a alguien cerca. No podía creer que hubiera llegado tan cerca de recuperar el Plex y que ahora tuviera que tirarlo. No podía permitir que eso sucediera. Moviéndose rápidamente, lo dejó caer al suelo, arrojando hojas y algunas ramas caídas de los árboles sobre el lanzador. Se había alejado más de diez metros de él cuando la moto deslizadora se le acercó por detrás.
Su corazón se aceleró. Respiró profundamente varias veces para calmarse. El soldado explorador aparcó su moto junto a ella. Alex se detuvo cuando se dio cuenta de que tenía desenfundado su bláster.
-¿Qué quieres? -le preguntó, indicando por el tono de su voz que estaba bastante irritada por su aparición.
Él la miró, iluminándole el rostro con una luz.
-¿Quién eres? -preguntó.
-Soy Alexandra Winger, hija del Gobernador Imperial -dijo con su voz más altiva.
Él dudó por un momento, estudiándola de cerca.
-¿Qué está haciendo aquí a estas horas de la noche, señorita Winger?
-¿Qué te parece que estoy haciendo? No podía dormir, así que salí a dar un paseo. Ahora, si no te importa... -Empezó a alejarse de él.
-La acompañaré de regreso a la mansión, señorita Winger.
-Está bien –accedió ella-, si insistes.
-Y le sugiero que la próxima vez que desee dar un paseo en medio de la noche, pida una escolta. Es difícil para nosotros protegerla si sale usted sola de esta manera -le dijo.
Ella asintió con la cabeza mientras él la seguía hasta la mansión.
-Buenas noches, señorita Winger -exclamó mientras ella ascendía las escaleras de piedra hasta el patio.
Conforme el soldado explorador se alejaba del lanzador oculto, Alex echó una última mirada hacia los Acantilados. Exhaló un suspiro de alivio. El lanzador de misiles estaría seguro por el momento. No creía que fuera demasiado difícil llevarlo al centro de operaciones de la resistencia... pero decidió pensar en ese problema mañana.

***

Dair Haslip estaba sentado en su escritorio tratando de trabajar. El general Zakar estaba esperando ese informe sobre la construcción del bunker en el centro minero.
Dair miró a Nilo, que estaba en el videocomunicador hablando con el comandante general Carner. Nilo no parecía contento, pero desde luego la conversación sonaba interesante.
Se volvió para mirar por la ventana. Ya era una hora tardía del día. Se estiró, flexionando los brazos por encima de su cabeza. Luego se levantó y se acercó a la ventana. El Pub Chado ocupaba el primer piso del edificio de enfrente. Empezaba a haber cada vez más ajetreo allí conforme la jornada de trabajo llegaba poco a poco a su fin. Una luz brillaba desde una ventana abierta. Dair lo comprobó rápidamente: segunda ventana de la izquierda, tercer piso. Parece que Paca ha convocado una reunión para esta noche. Suspiró, se frotó los ojos y volvió a su escritorio. Iba a ser un largo día.
El general Zakar irrumpió por la puerta, con el teniente Polg pisándole los talones.
-Haslip, ¿qué tal va ese informe? –preguntó el general, sin molestarse siquiera en parar.
-Estará en su escritorio a primera hora de la mañana, señor.
-Bien. -Zakar entró en su despacho con Polg justo detrás de él. Dair se levantó y les siguió. El general miró a los informes sobre su escritorio. Cada vez que se alejaba por más de una hora, parecían reproducirse. Era irónico que acabase de pedirle otro a Haslip.
-Polg, organice una reunión con el gobernador Winger y el comandante general Carner mañana por la tarde. Voy a tener que revisar el informe de Haslip antes de la reunión, así que asegúrese de mantener despejada mi agenda. -Echó un vistazo a Dair-. ¿Cuánto tiempo voy a necesitar, Haslip?
-Alrededor de una media hora, general -contestó Dair.
-Está bien. A ver si puede hacerle un hueco.
-Sí, señor -dijo Polg, haciendo una anotación en su tableta de datos-. ¿Desea algo más, mi general?
-No, eso es todo por ahora, teniente.
-¿Señor?
-¿Sí, Haslip?
-El consejero Baro ha estado todo el día tratando de reunirse con usted.
-¿Baro? -preguntó, buscando en su memoria-. Ah, sí, el de Zila.
-Sí, señor. El consejero está preocupado acerca de nuestras actividades allí -le dijo Dair.
Zakar frunció el ceño.
-¿Con que sí, eh? -Sacudió la cabeza con impaciencia-. Entonces recuérdele quién está al mando, Haslip. Le diré lo que necesite saber, si necesita saberlo, y cuando necesite saberlo. -Y si mis superiores me dan cualquier pista sobre sus objetivos.
-Sí, señor. Se lo diré, señor. Me pondré a trabajar en ese informe ahora.
La puerta se cerró tras él.
Nilo acababa de terminar su conversación con el comandante general Carner. Puso los ojos en blanco.
-Generales -dijo en voz baja, apretando los dientes.
-¿Qué pasa con Carner? ¿Te está dando algún problema? -Dair rió entre dientes.
Nilo le fulminó con la mirada, frunciéndole el ceño.
-Oh, está molesto por las órdenes de envío de las unidades de control de sistemas.
Polg levantó la vista de su trabajo divertido por la conversación.
-¿Y eso es nuevo? -preguntó.
- El general Zakar sólo ha autorizado dos escuadrones de soldados exploradores para trasladar las piezas desde Garan a las minas. Y Carner quiere más protección para el convoy. Entonces, ¿quién se lleva los gritos? ¡Yo!
Muy interesante.
-Para eso están los tenientes, Nilo -dijo Dair.
-¡Únete al club! –dijo Polg. Había estado en el extremo receptor de ese tipo de comportamiento demasiadas veces como para llevar la cuenta.
-Trata de no tomarlo como algo personal, Nilo. Carner ha estado encima de todo el mundo debido a las actividades del metro -le recordó Dair.
-Sí, lo sé. Supongo que será mejor pasar la queja de Carner al general. No me gustaría ser negligente en mis deberes, ¿verdad?
Dair agitó la cabeza. Se preguntó qué añadiría el general: ¿otro escuadrón de exploradores, o tal vez un AT-ST? Siempre podías contar con el Imperio para hacer las cosas más difíciles para los luchadores por la libertad.
Un zumbido del intercomunicador interrumpió su breve descanso del trabajo.
-¿Sí, mi general?
-Polg, tráigame las actualizaciones más recientes de las ubicaciones de sensores en el centro minero -retumbó la voz de la otra habitación.
-Se lo traigo de inmediato, general.
Dair y Nilo se miraron el uno al otro mientras Polg tecleaba furiosamente solicitando el archivo y lo transfería a una tarjeta de datos. Pobre Polg, el general nunca le dejaba parar un momento. En menos de 30 segundos, ya se había levantado de su escritorio. Nilo se encogió de hombros, se levantó y siguió a Polg a la oficina de Zakar.
Dair consultó su cronómetro de nuevo. Tan pronto como terminase ese informe podría salir de ahí y cenar antes de reunirse con Paca en el centro de operaciones de la resistencia.
Sin duda, iba a ser una larga noche.

lunes, 22 de octubre de 2012

Susurros en la oscuridad (I)

Susurros en la oscuridad
Charlene Newcomb

Wink Tasion refunfuñó para sí mismo en voz baja. Sabía que los soldados exploradores a los que vigilaba estaban a punto de cambiar de frecuencia. Podía distinguirlo por el tono de sus voces, aunque no entendía más que una palabra de cada cinco, debido a la estática en el canal de comunicación.
Levantó la vista de su estación de trabajo cuando un movimiento en la sala llamó su atención. Saludó con la cabeza a Alex Winger cuando esta entró en el centro de operaciones de la resistencia. Ahora el día ya tiene un lucero brillante, pensó para sí mismo. Ella le apuntó con el dedo como si fuera un bláster. Él sonrió, sacudiendo la cabeza... era una broma entre ellos que se remontaba casi un año.
Alex había estado en dos de sus clases en la universidad. En aquel entonces, Wink la conocía como la hija del Gobernador Imperial de Garos IV, no como uno de los miembros más valiosos de la resistencia. Así pues, cuando ella entró con pasos danzarines en el centro de operaciones el primer día de trabajo de Wink, este casi le disparó. Gracias a la Fuerza, uno de sus camaradas le detuvo. ¡Y por suerte, Alex tenía un gran sentido del humor!
-Vi esa mueca en tu cara desde el otro lado de la habitación -le dijo medio en broma mientras se acercaba a mirar por encima de su hombro.
-Hoy la señal es pésima -dijo, entregándole un auricular de repuesto-. "Hey, Mika, ¿puedes escuchar esto? -exclamó al supervisor en otra estación de intercepción, a dos asientos de distancia.
Mika Kaebra sacó una visualización de los canales imperiales que estaban siendo monitorizados por los operadores, luego tecleó el canal de Wink para escucharlo. Como jefe de comunicaciones de esta estación de monitorización en Ariana, recorría las longitudes de onda imperiales en busca de cualquier tráfico de mensajes interesante. Y los operadores siempre podían contar con su ayuda cuando surgía algún problema.
Hoy tenía cinco operadores... típico para la primera parte del día. Dos de ellos estaban asignados a la tarea de monitorizar las comunicaciones de los soldados exploradores en el complejo del centro minero al sur de Ariana. Uno trabajaba en las comunicaciones entre el complejo y los cuarteles imperiales de la ciudad, y los otros dos llevaban el control del tráfico de mensajes hacia y desde el mundo exterior y otros puestos de avanzada en Garos IV.
Alex hizo una mueca cuando la estática rompió las ondas.
-No puedo oír nada... ¿Se han trasladado?
-Eso creo. -Wink dudó, tratando de escuchar cualquier señal de vida. ¡Allí estaba!- Alguien todavía está ahí... espera...
-Puedo oírle. –A duras penas, pensó Mika, mientras escuchaba por un oído y comenzaba a rastrear canales por el otro-. ¿Qué está diciendo?
Escucharon una voz lejana tratado de hablar sobre la estática.
-Es TK-21. Está pidiendo instrucciones -dijo Wink.
-¡Supongo que está teniendo tantas dificultades como nosotros para oír! –observó Mika-. Vamos, 21, ¿dónde está tu jefe? -le dijo al soldado explorador que estaba vigilando, sabiendo que el hombre no le habría escuchado aunque el canal estuviera libre de interferencias. Había que tener sentido del humor para permanecer sentado en esas estaciones de intercepción durante horas y horas, o de lo contrario podrías volverte loco.
-¿Quién está en el canal B-2? –preguntó otro operador.
-Podrían ser tus chicos, Wink. Compruébalo -le dijo Mika.
-B-2 –repitió Wink, mientras cambiaba los canales.
-TK-21 sigue pidiendo ayuda -le dijo Mika.
Wink escuchó la conversación durante unos segundos.
-Sí... son ellos. El jefe acaba de enviar a TK-16 para llamar a 21.
-Está bien –dijo Mika-: Voy a seguirles por aquí de momento.
Wink sonrió a Mika y le hizo un gesto con el pulgar hacia arriba. La señal en B-2 era mucho más clara. Esta unidad de soldados exploradores que estaban monitorizando era una nueva red que la resistencia había descubierto alrededor de una semana antes. Los soldados estaban literalmente montando el nuevo sistema de defensa del perímetro en el complejo del centro de minero donde los imperiales estaban excavando.

El Imperio estaba espabilando después de que la resistencia hubiera atacado a varios de los convoyes de suministro. Estaban colocando sensores en un radio de cinco kilómetros alrededor del centro minero, lo que incluía áreas en las que la resistencia tenía depósitos de armas ocultos. Eso significaba que la resistencia tendría más dificultades para observar la actividad cerca de las minas, por no hablar de la recuperación de sus propias armas.
Lo que antes había sido una pequeña guarnición de tropas imperiales, había crecido en los últimos meses a cerca de 500 oficiales solamente en Ariana. Además de todo el personal de apoyo y los exploradores y los soldados de asalto que los acompañaban, incluidos los asignados al centro minero. La resistencia nunca se había enfrentado a condiciones como ésas. Solía ser relativamente fácil robar equipos imperiales, acechar los suministros de alimentos y atacar los pocos puestos de avanzada que el Imperio había establecido. Pero todo eso había cambiado.
Enfrentados a crecientes dificultades, los luchadores por la libertad de Garos IV estaban decididos a continuar la lucha. Como uno de sus líderes les había dicho, sólo tenían que esculpir en el bloque de piedra una única imagen cada vez. Una victoria pequeña seguía siendo una victoria.
Alex dejó el auricular, dio unas palmaditas a Wink en la espalda y se dirigió al otro lado de la habitación para hablar con Magir Paca, uno de los líderes del movimiento de resistencia. Estaba estudiando la pantalla principal con el teniente Dair Haslip. Nadie estaba seguro de qué era más extraño: ver ahí abajo a alguien en uniforme de oficial Imperial, o trabajar con la hija del gobernador imperial.
-Paca. Dair –Alex saludó a los dos hombres.
-Hola, Alex -dijo Paca.
Ella señaló con la cabeza hacia la pantalla.
-¿Más malas noticias?
-El general Zakar ha solicitado otros 2.000 soldados -explicó Dair.
-¿Dos mil? –exclamó Alex.
-Bueno, no es inesperado -dijo Paca-. Con nuestro continuo acoso a sus exploradores, y dada la obvia importancia de las minas, supongo que Zakar quiere estar seguro de poder hacer la entrega cuando el siguiente Destructor Estelar regrese para una recogida.
-¿Todavía no hay información acerca de dónde están enviando los imperiales el mineral? -preguntó Alex.
-Ni una palabra. Estoy casi seguro de que ni siquiera el propio general Zakar lo sabe- dijo Dair, aunque apenas podía creerlo él mismo.
-El secreto parece ser una prioridad muy alta.
Paca gruñó.
-Es irónico, ¿no? Están aumentando los efectivos y añadiendo sensores, ¡y aún quieren mantener en silencio toda esta operación! Recordad mis palabras, amigos. La Nueva República se enterará de esto. Rastrearán esa base secreta –dijo Paca, esperando que su voz expresase más confianza de la que sentía. Como todos los demás, había oído los rumores acerca del empuje de la Nueva República hacia Coruscant. Si Coruscant caía, sería sólo cuestión de tiempo hasta que se extendieran hacia Garos IV.
Alex miró a la pantalla principal con una mirada lejana en sus ojos. Nunca había hablado a sus amigos acerca de las visiones. Visiones de aerodeslizadores avanzando hacia el complejo del centro minero. Visiones de una batalla en los cielos sobre Garos IV.
-La Fuerza está con nosotros -dijo. Su voz se volvió apenas un susurro-. Vendrán. Estoy segura de ello.
Los dos hombres miraron a Alex. Sólo su forma de decirlo les daba esperanza para el futuro. Pero aún así, en el fondo de sus mentes se preguntaban si la resistencia podría continuar operando contra el mejor equipado Imperio. ¿Podrían aguantar hasta que la Nueva República llegase para ayudar?
-¿Qué pasa con la construcción en las minas? -preguntó Alex cuando se dio cuenta de lo que estaban mirando.
-El último de los cuarteles estará listo para su ocupación en dos o tres semanas -les dijo Dair-. Pueden albergar fácilmente a 1.200 personas en el complejo.
-¿Y el bunker? –preguntó Paca.
-De los informes que he leído, la construcción está casi terminada. Está previsto que entre en funcionamiento dentro de una semana... si reciben la entrega de esas unidades de control de sistemas Anscot para los sensores.
-Cuando consigan activar esos sensores, el lugar será casi impenetrable -observó Alex.
Dair y Paca se miraron entre sí y luego a Alex. Los dos estaban sorprendidos por su comentario. Ella no era de los que se daban por vencidos.
Alex captó sus miradas.
-¡He dicho casi impenetrable!
-No te preocupes, Alex. ¡Apuesto a que encontrarás un punto débil! –dijo Dair, medio en broma.
Ella le sonrió, sacudiendo la cabeza.
-¿No has oído nada acerca de las unidades de control? -preguntó Paca a Dair.
-Probablemente lo mismo que Mika y sus operadores están escuchando. Sólo están tratando de averiguar cuando las cosas estarán listas para su envío desde Garan.
Paca asintió.
-Está bien, mantén los oídos bien abiertos.
-Paca -Mika lo llamó desde el otro lado de la habitación-. Tenemos un problema. Mira esto.
Paca, Dair y Alex miraron por encima del hombro de Mika mientras este transcribía, prácticamente palabra por palabra, la conversación que estaba espiando.
-¿Has conseguido fijar la localización? –preguntó Dair.
-Todavía no -dijo Mika, sin detenerse siquiera mientras sus dedos volaban sobre el teclado-. Jaytee, recoge el canal A –pidió a otro operador cuando dos de las voces se separaron de la red principal.
-Lo tengo -confirmó Jaytee.
-Maldita sea -maldijo en voz baja Paca mientras leía los mensajes entre TK-32 y su comandante de escuadrón.
-Tengo la ubicación -informó Mika.
-Ponla en el monitor principal –le dijo Paca, volviéndose a mirar cuando un pequeño punto rojo apareció en la pantalla. Alex meneó la cabeza. Los imperiales habían localizado uno de los escondites de armas de la resistencia en una cueva no muy lejos del centro minero.
Paca tecleó algo en su propia tableta de datos: una lista de lo que estaba almacenado en esa ubicación.
-Armas pequeñas –dijo-. ¡Gracias a la Fuerza que no han descubierto el lanzador de misiles Plex que tenemos escondido por ahí! -Un pequeño consuelo; la resistencia necesitaba todas y cada una de las armas que pudiera conseguir. Colocó un aviso para indicar a todos los equipos el descubrimiento de los imperiales y escribió una nota para que se discutiera acerca de cómo mover otras armas fuera de esa zona. Entonces se dio cuenta de que Jaytee estaba ocupado en su puesto de intercepción-. ¿Qué están haciendo tus chicos?
-Hablar de la seguridad en la mansión del gobernador.
Así que mi padre finalmente ha pedido guardias para la casa, pensó Alex. Voy a tener que ir a la universidad después de todo.
-Dair, ¿por qué no te unes al Gobernador y a mí a cenar esta noche? Podemos probar su dispositivo de seguridad. Tendremos que saber lo que está pasando alrededor de la mansión antes de intentar mover las armas de las cuevas.
-Buena idea, Alex -dijo Paca.
-Pasaré por tu oficina más tarde y entregaré una invitación formal -dijo Alex a Dair.
-Está bien.
-Tened cuidado -les dijo Paca.
Alex le dio una sonrisa fanfarrona.
-Hey, ¿alguna vez me has visto correr riesgos? -Hizo una pausa, y luego le señaló con el dedo-. ¡No contestes a eso!
Paca se rió, sacudiendo la cabeza.
-¿Podrás informarnos mañana sobre el dispositivo?
-Tengo clase a las 9:00. ¿Qué tal a las 10:30? –Soltó una risita, señalando a Jaytee que seguía escuchando a los dos soldados exploradores en la mansión-. ¡Apuesto a que Jaytee sabrá tanto como yo!
-De acuerdo. -Paca sonrió-. Mañana a las 10:30.
-Hecho -dijo, dirigiéndose al otro lado de la habitación hacia la puerta que conducía a los túneles.
Paca y Dair la vieron alejarse. Había algo muy especial acerca de Alex Winger. Ambos hombres compartían el mismo pensamiento cuando la puerta que daba al sistema de túneles se cerró tras ella. La Fuerza estará con nosotros.

viernes, 19 de octubre de 2012

El destino de Chessa

 El destino de Chessa
Peter Schweighofer


-Y eso es todo lo que hay que contar -dijo Starter.
-Eso es una sarta de mentiras -exclamó Platt, inclinando hacia atrás su cabeza, haciendo ondear su pelo rubio platino-. Qué montón de estiércol de bantha.
-Me gustó especialmente la parte en la que secuestraste el Destructor Estelar sin ayuda de nadie -dijo Tru'eb, casi con seriedad-. Tienes un gran talento para la heroica.
-Oye, eso es lo que pasó -declaró Starter-. En serio.
-Tal vez, pero tienes que admitir que es una gran historia -agregó Jai.
-Oye, Harkness, has estado bastante callado toda la noche -dijo Starter-. Sin duda tienes alguna historia que mejore mi relato del Destructor Estelar.
Harkness levantó la vista de su jarra, observó a sus compañeros reunidos alrededor de la mesa central en el Reposo de Gorkin, y se rascó el parche blanco sobre su ojo izquierdo.
Volvió a bajar la mirada hacia su jarra.
-Eh, Harkness, no nos vengas con ese aspecto deprimido -dijo Platt-. Te conocemos demasiado bien.
-Vamos, Dirk, cuenta sólo una historia -pidió Jai, frotando su mano en el hombro de Harkness.
Harkness puso su jarra sobre la mesa, se recostó en su silla y apoyó las botas sobre la mesa.
-Una historia. No más.
-¡Genial! Cuéntanos cómo un viejo cascarrabias como tú terminó en la Rebelión y todo eso -dijo Starter.
-No siempre fui un cascarrabias -comenzó Harkness-. Yo solía ser un tipo bastante despreocupado. Todo comenzó hacia la época en que se destruyó la primera Estrella de la Muerte. Tenía unos 20 ó 21 años...
-¡Eso no es verdad! –dijo Jai, golpeándole el hombro-. No eres tan joven.
Harkness sonrió a Jai.
-Yo había estado trabajando en un carguero como mecánico de la nave. La primera oficial y yo, bueno, teníamos una historia juntos.
-Esa era Chessa, ¿no? –preguntó Jai.
-Sí, su nombre era Chessa, y era posiblemente la persona más inteligente que haya conocido surcando el espacio en aquella época. Solíamos sentarnos junto a la estación de ingeniería y soñar con casarnos, vivir en un pequeño mundo pacífico y formar una familia.
"Pero al igual que todos los caminos de nuestras vida, el Imperio también tuvo que cruzarse en éste.
"Acabábamos de terminar de descargar un cargamento de motores repulsores en el puerto estelar de Kelada. El capitán Granf ya se había ido hacia el puerto estelar para terminar algunos tratos, dejándonos a Chessa y a mí descargando el cargamento. Yo suponía que los equipos de transporte terrestre se habían hecho cargo de todas las cajas, cuando Chessa se acercó a mí, pidiéndome que la ayudara a cargar unas cajas sueltas en un esquife de carga...

***

-¿Qué es todo esto? –preguntó Dirk, deslizando la última caja alargada en el esquife de carga.
Chessa estaba asegurando en el esquife el resto de las cajas.
-Oh, sólo algunas piezas de repuesto que he apartado para un pedido especial. Un tipo que conozco en Kelada tiene un taller de reparación de repulsoelevadores y le gusta tener un buen suministro de repuestos a su alrededor.
-¿Y qué vas a hacer después de hacer esta entrega especial? –preguntó Dirk.
Chessa se inclinó sobre las cajas y la barandilla del esquife y besó suavemente a Dirk en la frente.
-¿Por qué no vamos a un lugar que conozco...?
-Podría invitarte a cenar -sugirió Dirk.
-O podría invitarte a cenar yo -dijo Chessa, besándolo en la frente de nuevo-. Me tengo que ir.
-Bueno, estaré dentro haciendo limpieza -dijo Dirk, subiendo por la rampa de carga del carguero-. Te veo en un rato.
Se detuvo justo dentro de la bodega de carga para mirar melancólicamente cómo Chessa aseguraba el resto de las cajas.
Dirk estaba a punto de dirigirse hacia la escotilla de ingeniería cuando oyó una voz diferente en la bahía de atraque.
-¡Alto! –exclamó el sargento de las tropas de asalto.
Dirk se asomó de una esquina de la escotilla de la bahía de carga. Ocho soldados de asalto estaban avanzando hacia Chessa desde el ancho puerto de carga de la bahía de aterrizaje.
-¿Qué hay en esas cajas? -dijo el sargento-. Queremos ver alguna identificación...
El bláster brilló, hubo gritos, soldados de asalto cayeron y Dirk gritó. Siguió apretando el gatillo hasta que sus orejas ardieron por el sonido de sus disparos.
Cuando Harkness abrió los ojos, estaba en la entrada de personal a la bahía de atraque. Dejó caer la pistola bláster de su mano temblorosa y se apoyó contra la puerta. Oyó voces detrás de él en la bahía de atraque. No miró atrás. Harkness salió corriendo a las calles del puerto estelar de Kelada.
Harkness no sabía cuánto tiempo estuvo corriendo; todo era una confusión de calles de la ciudad, espaciantes mirándole, vistas del suelo, del cielo, el rugido de los cargueros despegando y las entradas de a las bahías de atraque girando en su cabeza.
Se detuvo delante de un pequeño escaparate, podría haberse tratado de un bar.
-Entra, muchacho -dijo un espaciador que pasaba y que lo empujó hacia la puerta-. Parece que necesitas un trago.
Las puertas se abrieron de golpe y Harkness tropezó con una confusa multitud de espaciantes, humo y conversaciones.
-¡Oye, cuidado, amigo!
-Gley Hinga to'el Natcha!
-¿Estás bien, muchacho?
-Yulek nak otkev!
-La barra es por ahí.
La barra se materializó ante los ojos de Harkness y casi se estrelló contra ella. Dejó caer los brazos en la barra y enterró su rostro en ellos.
-Hey, hola, chico, ¿puedo ponerte un trago?
La mujer detrás de la barra probablemente era lo bastante mayor para ser la madre de Harkness, y había algo de maternal en ella. Tal vez fuera su grasiento delantal de camarera.
Harkness levantó la vista, con los ojos llorosos e inyectados en sangre. Asintió con la cabeza.
-¿Qué vas a tomar? -preguntó la mujer.
Harkness encogió de hombros. Golpeó dos dedos en la barra.
-¿Qué tal si te pongo un Arréglalo-todo Nooniano? Tal vez te ayude a olvidarte de tus problemas.
Cuando la mujer regresó, deslizó la bebida delante de Harkness. Él rebuscó en sus bolsillos en busca de algunos créditos, pero sólo encontró algunas arandelas ventrator de repuesto y algunas abrazaderas para un alimentador de corriente.
La mujer detrás de la barra examinó un momento a Harkness.
-¿Un poco corto escaso de créditos? No te preocupes, esta va a cuenta de la casa.
Harkness bajó la vista y dio un sorbo a su bebida. Cuando levantó la vista de nuevo, la mujer había desaparecido.
Sostuvo la bebida en sus manos. Era más fuerte de lo que hubiera preferido, pero no le importaba. Chessa estaba muerta.
Al otro lado de las botellas de cerveza y los tubos de las máquinas de mezcla automática había otros parroquianos en una segunda barra. La ajetreada multitud y la congestión del bar estuvieron a punto de hacer que Harkness se desmayase. Apoyó la cabeza en la barra antes de tomar otro sorbo de su bebida.
Casi saltó hacia atrás cuando vio al hombre al otro lado de la barra. Miraba directamente a Harkness como un gundark acorralado. ¿Era espuma lo que goteaba de sus labios? El hombre simplemente se quedó mirando. Su cabello estaba enmarañado en todas direcciones, y su rostro era una gran mancha de suciedad y lágrimas.
-No te asustes demasiado -dijo la mujer detrás de la barra, bloqueando la vista de Harkness-. Sólo es un espejo. Este antro está completamente lleno de ellos.
Harkness se quedó mirando su imagen en el espejo, el rostro de un hombre perdido. No parecía el ingeniero de una nave, parecía algo sacado de una pila de sucio y húmedo pelaje de bantha. Sus ojos habían cambiado; ahora no había luz en su interior.
-Oye, tranquilo, hijo -dijo el de la barba muy recortada-. Estamos aquí para ayudar.
-Somos amigos de Chessa -dijo el otro a través de su bigote oscuro-. Hemos oído que le ocurrió algo.
Harkness trató de decirles que estaba muerta, pero de sus labios no salió ninguna palabra.
Los dos hombres se miraron entre sí y luego se volvieron hacia Harkness.
-Puedes contárnoslo más tarde -dijo el hombre de la barba, tomando suavemente a Harkness por el brazo-. Ahora tenemos que llevarte a un lugar seguro.

***

-Y así fue como conocí al general Corros y me uní a la Rebelión.
-¿Nada de Destructores Estelares estallando ni grandes combates aéreos? –exclamó Starter con incredulidad.
-Eso es todo -dijo Harkness, retirando los pies de la mesa y apartándose a su rincón.
-Tengo que admitirlo -dijo Platt-. Tu historia es casi tan tenue poco animada y melancólica como tú.
-Pero sí que revela las complejidades detrás del origen de la disposición de Dirk -agregó Tru'eb.
-¿Qué pasó después de que conocieras a Corros? –preguntó Starter-. ¿Cómo te involucraste con la Inteligencia de la Alianza?
-Como he dicho, sólo una historia por esta noche.
Harkness devolvió la mirada al fondo de su jarra.