viernes, 15 de noviembre de 2013

Servidor del Imperio (I)

Servidor del Imperio
James L. Cambias

Mace supo que estaba en problemas cuando comenzaron los disparos.
Cuando el crucero de las Aduanas Imperiales había llamado a su nave, Mace trató desesperadamente de ganar tiempo. Usó el viejo truco del “fallo de comunicaciones”, seguido de la estrategia de “¿cómo sé que no sois piratas?”. Estaba a punto de comenzar el número de la “fuga en el reactor” cuando el crucero abrió fuego.
O bien la primera andanada era sólo una advertencia, o bien los artilleros imperiales tenían pésima puntería. Mace puso al máximo los motores y desactivó los bloqueos de seguridad. El Comerciante Ordinario saltó alejándose del crucero como un tauntaun asustado.
¡Bum! La cabina se estremeció cuando un disparo láser golpeó los débiles escudos de la nave. Le siguieron dos disparos más. El panel de estado brillaba en rojo.
Muy bien, así que no son malos tiradores, pensó Mace. ¿Pero qué tal es su pilotaje?
Comenzó a realizar giros y quiebros con el Comerciante Ordinario. Les dio un minuto para que se acostumbrasen al patrón, y entonces... el casco gimió cuando Mace lanzó la nave en un cerrado giro en espiral, haciéndola descender hacia el mayor de los gigantes gaseosos del sistema.

***

En el puente del crucero de patrulla Centinela, el comandante Panatic estaba engañosamente relajado. Habitualmente un oficial serio de aspecto impecable, en combate se desplomaba inmóvil en su asiento. Sólo sus ojos permanecían alerta, pegados a la pantalla de seguimiento.
Cuando el fugitivo cambió su curso, Panatic apenas parpadeó.
-Alférez Monidda, cambie a vector diez por dos-noventa. Mantenga la velocidad.
-¡Va al sistema de anillos del planeta! –exclamó el alférez Av, el astrogador.
-Síganle.
Cuando la vista de los anillos ante ellos cambió de un tembloroso arco plateado a una barrera de icebergs a la deriva, el alférez Monidda comenzó a ganarse la paga. El carguero fugitivo los esquivaba con giros y rizos, y el Centinela se pegó trabajosamente a su cola.
-¡Parada total!
El timonel apagó los motores con un suspiro de alivio.
-¿Va a dejar que escape, señor? –Av parecía confundido.
-Sáquenos de aquí. Vector cero por noventa. –Panatic echó una mirada al astrogador-. No voy a jugar a este juego. Una vez que salgamos de los anillos, pase a modo silencioso. Motores apagados, sensores en modo pasivo. Dejaremos que sea él quien nos encuentre.

***

-¡Ja! –Mace se permitió una risita cuando su escáner dejó de mostrar el crucero imperial-. Lo tienen bien merecido por tratar de seguir a un piloto experto por un anillo de hielo.
Aminoró el Comerciante Ordinario a una velocidad segura, e hizo un barrido de escáner. Ni rastro de la nave imperial en ninguna parte. ¿Habrían chocado contra un pedazo de hielo? Sintió una momentánea punzada de simpatía mientras maniobraba con cuidado fuera del anillo y establecía un curso hacia el espacio abierto. Estaba justo preparando el hipermotor cuando todo salió mal.
El crucero estaba justo enfrente, disparando sus cuatro lásers. Antes de que Mace pudiera reaccionar o ajustar los escudos, el Comerciante Ordinario recibió tres impactos. El panel de control de Mace se iluminó de rojo, mostrando los impulsores de maniobra apagados, el escudo caído y el cañón láser deshabilitado.
-¡Ríndase o será destruido! –aulló el altavoz del comunicador.
-Vale, vale. Me habéis pillado.

Empate

Empate
Angela Phillips

-Muy bien, Chico Azul, llévanos a casa.
Las líneas estelares se convirtieron en un planeta verde azulado cuando Mair Koda sacó su carguero del hiperespacio sobre Vernet.
-Tiene buen aspecto –murmuró, sonriendo ante la primera vista de su planeta natal después de casi seis meses. El Chico Azul descendió atravesando la capa de nubes; Mair siguió la familiar línea de la costa hacia las franjas de cultivos de cereal del continente sudoriental de Vernet. Elevó su nave sobre las montañas de la cordillera continental y Maz-Verlin apareció a la vista, con las luces de la ciudad brillando todavía en los minutos anteriores al amanecer. Mair se dirigió hacia las luces rojas y azules del puerto estelar.
¿Qué es eso? Se preguntó Mair al observar un patrón desconocido de luces terrestres. Parecía como si un bloque de edificios hubiera sido construido al norte de la ciudad, pero el cielo estaba demasiado oscuro y el Chico Azul avanzaba demasiado rápido para poder distinguir cualquier detalle. Tomó nota mental de preguntar por ello más tarde.
Las colonias granjeras de Vernet eran lo bastante pequeñas como para que los lugareños considerasen todo un acontecimiento la llegada de un carguero estelar. Cuando Mair descendió la rampa al campo de arcilla compactada que servía como espaciopuerto de Maz-Verlin, vio un corro de espectadores aguardando ver lo que la “buena vieja” Mair les había traído esta vez. Incluso bajo la luz gris del amanecer pudo reconocer a algunas personas, y sabía lo que cada una de ellas quería. Sus padres de acogida, Arn y Emmi Stonelaw, habían ordenado una nueva variedad de semilla de cereal, un calibrador para su arado láser y veinte metros de duranex para hacer nuevos monos de trabajo para sus hijos. Lorne Turvey, tabernero local así como operario a tiempo parcial del espaciopuerto, había solicitado tantas holopelículas recientes del Núcleo como Mair pudiera traerle. Pursey Vermilla, una personalidad local, esperaba discos de las últimas modas y (siempre en vano) un rollo de seda de enredadera.
-Por los truenos –exclamó Mair, sonriendo ampliamente-, ¿no tenéis nada mejor que hacer, que me estáis esperando a las oscuro y media de la mañana?
-Bienvenida a casa, Mair –dijo Pursey, asomando al frente de la multitud-. ¿Encontraste mi seda?
Con la ayuda de sus clientes, para mediodía Mair ya había descargado casi toda su carga. Sólo unas pocas y aparatosas piezas de maquinaria agrícola permanecían a bordo cuando entregaba el rollo de duranex al quinceañero Yuri Stonelaw y sonrió cuando el muchacho de pelo claro se tambaleó bajo su peso.
-Eh, ¿por qué no ha aparecido tu hermano, chico? –preguntó Mair, ayudando al muchacho a sujetar el rollo. Yuri torció el gesto, con una expresión que parecía fuera de lugar en su rostro redondo y de mejillas sonrosadas-. ¿Qué ocurre? –continuó Mair-. ¿Kristoff está enfermo o algo? No le he visto en toda la mañana; normalmente es el primero de la fila cuando llego... después de Pursey, claro.
-Kristoff –dijo Arn Stonelaw, tomando el duranex de su hijo- tiene ahora preocupaciones más importantes que esperar en el espaciopuerto.
-¿Qué, se ha casado? –exclamó Mair. Dejó de reírse: la expresión de Arn era sombría y Yuri podría haberle matado con la mirada-. Está bien, me pondré seria, lo siento... ¿Qué es lo que anda mal?
-Todo –comenzó a decir Yuri, pero su padre le cortó.
-Nada anda mal... sólo distinto, eso es todo. La gente tiene que adaptarse. Ahora, ayúdame, Yuri, esta tela es pesada. Mair... ven esta noche a la granja, a cenar.
Mair asintió mientras los Stonelaws se marchaban, y luego meneó la cabeza preguntándose qué cambios misteriosos habían ocurrido a sus amigos mientras volvía a la nave para ordenar lo que quedaba.

***

Recogiéndose su húmedo cabello negro en un moño en la base de la nuca, Mair estaba de pie en la rampa del Chico Azul mirando a la ciudad al otro lado de la plataforma de aterrizaje. La Calle Central parecía vacía para ser esa hora del día. La mayoría de las tardes solía haber un grupo de chicos, liderados por Kris Stonelaw, jugando una improvisada partida de quambah sin reglas mientras que cualquier otra persona con algo de tiempo libre les observaba. Ahora no había nadie salvo tres pittins de pelaje color pastel persiguiendo hojas y una figura baja y fornida que caminaba hacia la nave.
-¡Hey, Yuri! –llamó Mair-. ¿Tus padres piensan que necesitan enviarte para llevarme a la cena? ¿Creéis que voy a dejar escapar una comida casera después de semanas de bazofia espacial?
Yuri sonrió mientras ella le rodeaba con un brazo.
-Me alegro tanto de que estés en casa, Mair –dijo-, es tan agradable volver a tener alguien con quien hablar.
-¿Qué, de repente Kristoff ha crecido demasiado para escuchar a un pequeño renacuajo como tú?
Yuri se detuvo, y miró a Mair fijamente a la cara.
-Se lo llevaron –dijo. Sus ojos azules, que hasta donde alcanzaba la memoria de Mair no habían albergado otra cosa que risas, estaban llenos de pérdida mientras repetía-: Se lo llevaron. Se llevaron a todos los chicos.
-¿Quiénes? –preguntó Mair, aturdida.
Yuri examinó la calle vacía, y luego empezó a tirar del brazo de Mair, dirigiéndola de vuelta a la nave.
-¿No lo sabes? –dijo-. ¿Nadie te lo ha dicho?
La espaciante negó con la cabeza.
-Soy un hongo, y me mantienen a la sombra. ¿Qué pasa? ¿Qué puede ser tan grave si no habéis contactado conmigo...? ¡Y no me tires del brazo! –protestó mientras Yuri tiraba de ella al interior del Chico Azul.
-El Imperio –dijo Yuri, como si eso lo explicara todo-. Talaron una zona del bosque, construyeron una base, y alistaron como soldados a todos los jóvenes.
Mair se derrumbó conmocionada en un maltrecho pero cómodo sofá.
-Se acabó el vecindario –gimió-. ¿A todos los jóvenes?
-A todos entre los dieciocho y veinticinco años –dijo Yuri-, a todos los hábiles, quiero decir. No se llevaron a Daoud Vari; aunque el Imperio podría permitirse ponerle prótesis.
-Si el Imperio quisiera reclutas sin piernas, se las cortarían ellos mismos –dijo Mair-. Supongo que, cuando llegaron, os dijeron a todos una sarta de tonterías sobre “estar preparados” y “asegurar la seguridad de Vernet” y “trabajar juntos para combatir la inestabilidad galáctica”, ¿verdad?
-Sí... ¿cómo lo sabes?
-La misma sarta de tonterías con la que siempre empiezan. Tengo amigos... está pasando lo mismo en mundos por todas partes. Los impes llegan hablando de verdad y justicia, y lo siguiente que sabes es que empiezan a meter sus zarpas en todos los envíos de mercancía y tratan de meterte balizas de seguimiento por la nariz.
Yuri se inclinó hacia la espaciante, con un aspecto serio que resultaba incongruente con sus rasgos aniñados.
-Entonces, Mair, entenderás por qué tenemos que sacar a Kris de allí.
-¡Eh, echa el freno, muchacho! –dijo Mair, parpadeando-. ¿Cómo hemos llegado desde “los impes son pésimos vecinos” a “tenemos que sacar a Kris”?
-Bueno, no podemos dejar que se convierta en uno de ellos, ¿no? -dijo Yuri como si enunciara un hecho evidente.
Mair suspiró.
-No sabes lo que me estás pidiendo, chico.
-Conozco una forma de entrar en el campo, si tú montas guardia para cubrirme las espaldas.
-Y si me ven, tendré que abandonar Vernet y no volver jamás. Por no hablar de lo que pasaría si me atrapan.
-No nos atraparán –insistió el chico-. ¡No podemos abandonar a Kris sin más!
-¿Y qué crees que le pasará después de que le hayamos sacado? El Imperio no es demasiado amable con los desertores. También tendría que marcharse.
-¿Qué tal les sentaría eso a tus padres?
-Mejor que como se sienten ahora... al menos sería libre. Bien podría haberse ido ya, o haber muerto, por lo poco que le vemos ahora. Si se va fuera del planeta, al menos sabremos que tiene una oportunidad de vivir su propia vida. Por favor, ayúdanos, Mair.
Mair dejó caer la cabeza entre las manos, suspirando.
-Puedo pensar en un centenar de razones para seguir como si nunca hubiéramos tenido esta charla... pero os quiero a ti y a Kristoff como hermanos. Despegaré de nuevo en un par de días, y por el trueno que Kris estará conmigo. Dime cómo vamos a entrar en el campamento.

***

Yuri salió del arroyo y se sacudió el agua de las ropas. Sacando la bolsa impermeable de su túnica, extrajo el bláster que había tomado de la alacena de su padre y lo comprobó de nuevo para asegurarse que el selector estuviera en “aturdir”. El viento agitaba las copas de los árboles. Un screeg nocturno llamó lastimeramente a su pareja mientras cazaban a la luz de las tres lunas de Vernet. Yuri se animó a sí mismo a ser valiente. Se irguió tan alto como fue capaz y tragó de meter tripa, pero la tarea no era fácil debido al gran montón de pasteles chor que había comido para cobrar fuerzas para su misión secreta a medianoche. Se sentía como si hubiera tragado un bloque de ferrocemento.
Un salpicón en el arroyo llamó su atención. Se ocultó tras un grupo de arbustos y esperó: Debía de ser Mair, nadando bajo el campo de fuerza del perímetro del campamento como él había hecho, pero no estaba de más ser cuidadoso. Un objeto oscuro salió volando del agua hacia la hierba de la orilla: un rifle bláster. Una figura surgió del arroyo y Yuri se tensó lleno de pavor; en lugar de la familiar silueta de Mair Koda, vio la brillante forma acorazada de un explorador imperial. Tragándose el miedo y los pasteles chor, Yuri saltó de los arbustos y abrió fuego sobre el intruso.
-¡Rayos y truenos, Yuri! ¡Soy yo! –dijo la voz modulada del soldado mientras la figura acorazada se lanzaba al suelo-. Aparta esa cosa... ¿Quieres despertar a todo el mundo en el lado nocturno del planeta?
Yuri bajó su arma.
-¿Mair?
Ella se quitó el casco de soldado explorador.
-¡Renacuajo! –exclamó-. ¡Te dije que estaría disfrazada!
-¿Pero como uno de ellos?
Mair soltó una risita.
-¿Cómo si no crees que una mujer puede moverse por un puesto de entrenamiento del Ejército Imperial? –Volvió a ajustarse el casco-. Pese a lo fea que es, no puedo mostrar mi cara... además, tengo un plan de reserva por si acaso nos ven. –Se puso en pie, sacudiendo agua de su armadura-. La clásica historia de “tú eres mi prisionero”. Dame tu arma, Yuri, y pon tus manos sobre la cabeza.
Yuri obedeció.
-Siento haberte disparado.
-Olvídalo... con tu puntería, no le darías ni a un hutt.
-¿Dónde conseguiste esa armadura? –preguntó Yuri.
-De un amigo.
-¿Dónde la consiguió tu amigo?
Mair hizo una pausa.
-Yuri, hay ciertas preguntas que es mejor que no hagas. Sólo sigue avanzando, y habremos sacado a tu hermano de este campamento antes de que los impes sepan siquiera que estamos aquí. No te preocupes.

***

Salieron del bosque cruzando los campos de entrenamiento, en dirección al complejo central. Yuri, con las manos todavía sobre la cabeza, caminaba ante Mair, quien sostenía su rifle apuntándole a la espalda. Avanzaron en silencio por un largo rato. Finalmente, Yuri habló.
-¿Mair?
-Cállate –siseó Mair-. Nos estamos acercando, y si alguien nos escucha hablar, estamos perdidos.
-Pero me estaba preguntando...
-¿Qué?
-Escuché decir que los imperiales lavan el cerebro... ¿Y si Kristoff no quiere ser rescatado?
Mair no dijo nada; el mismo temor había estado rondando su mente, pero ni por asomo iba a compartir eso con Yuri.
-Por supuesto que querrá ser rescatado –dijo, para confortarse a sí misma tanto como al muchacho-, aunque sólo sea porque las raciones del ejército son asquerosas. Por cierto –dijo, cambiando de tema-, ese plan de nadar por debajo del campo de seguridad ha sido un toque de genio.
Yuri se encogió de hombros.
-Vi peces nadando de un lado a otro por debajo, y supuse que si ellos podían, yo también. Paso mucho tiempo allí, sentado junto al arroyo. –Suspiró-. No puedo creer que fuese este mismo verano cuando Kris y yo estábamos nadando allí. El último día (aunque por supuesto entonces no sabía que iba a ser el último día) atrapamos cangrejos de barro y construimos pequeños rediles de tierra para retenerlos, pero no hacían más que escaparse.
-Igual que vamos a escapar nosotros –dijo Mair-. Ahora cállate, nos estamos acercando a los barracones.

***

Los problemas de seguridad aparentemente estaban lejos de la mente del comandante del campo de entrenamiento de Vernet; Mair y Yuri pudieron avanzar en silencio entre los edificios sin ser detectados. La puerta del barracón de los reclutas estaba cerrada desde el exterior, pero Mair consiguió abrirla fácilmente con un par de golpes de su electro-ganzúa. Yuri se deslizó en silencio al interior mientras Mair permanecía junto a la puerta con su armadura de explorador y trataba de aparentar que ese era el lugar donde debía estar.
Yuri se detuvo mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad del barracón sin ventanas y luego comenzó a buscar a su hermano entre los catres. Todos los hijos de Vernet estaban dormidos en hileras idénticas, todos con idéntica ropa interior oscura, todos con el pelo rapado. Algunos dormían tan en silencio que podrían haber estado muertos, y Yuri se estremeció ante el pensamiento de que estaba colándose en una morgue llena con todos sus compañeros de infancia.
Encontró a Kristoff en un catre bajo a mitad de la fila. Se detuvo para mirar a su hermano. Kristoff Stonelaw era alto, musculoso, de rasgos fuertes pero hermosos: todo lo que el joven Yuri aspiraba a ser en pocos años. Yuri se inclinó para dar unos suaves golpecitos en el hombro de su hermano.
-¿Kris? –susurró.
Los ojos de Kristoff se abrieron inmediatamente.
-¿Yuri? ¿Qué estás haciendo aquí?
-Vamos –susurró ansioso Yuri-. Mair nos espera fuera.
-¿Qué? –Los ojos de Kristoff estaban llenos de asombro.
-Va a llevarte fuera del planeta. Vamos, Kris, antes de que se despierten los demás.
-¿Fuera del planeta? –Kristoff se incorporó en su catre-. Yuri, ¿de qué estás hablando?
-Vamos a sacarte de aquí. Vamos a rescatarte.
-¿Rescatarme? –preguntó Kristoff con un tono de incredulidad en su voz-. No necesito que me rescaten. ¿Qué clase de basura te ha estado contando Mair?

***

¿Qué les está tomando tanto tiempo? Se preguntó Mair; temía ya tener la respuesta. Vamos, Kris, escucha a tu hermano, el renacuajo tiene sentido común. Vamos, piensa por ti mismo...
Mientras estaba ahí quieta, ocurrió el suceso que Mair más temía: un solitario guardia en patrulla nocturna dobló la esquina del barracón, casi chocando contra ella.
-¡Eh! –dijo el guardia-. ¿Qué estás haciendo ahí? ¿Cuál es tu número de servicio?
Mair miró en silencio al guardia y pulsó el seguro de su arma.
-Te estoy hablando a ti, muchacho –continuó el guardia-. ¿Sabes siquiera el santo y seña de esta noche?
¿Santo y seña? Se preguntó Mair. Oh, bueno...
-¿Darth Vader lleva ropa interior con puntillas? –sugirió alegremente mientras sacaba su bláster, aturdía al guardia, y salía corriendo.

***

El disparo en el exterior de su puerta despertó a los reclutas; en un instante el silencio del barracón fue reemplazado por los gemidos, gritos y otros sonidos de 100 jóvenes incorporándose en sus catres. Yuri lanzó a Kristoff una última y agonizante mirada; Kristoff trató de agarrar a su hermano pero falló. Yuri se lanzó a través de la oscura confusión y corrió hacia la puerta.
No se veía a Mair por ningún lado, así que Yuri siguió corriendo, lejos de los edificios y cruzando el bosque hacia la puerta principal del campamento, donde se encendieron luces y sirenas y los sonidos de la persecución se hicieron más audibles y organizados tras él.
Por suerte, Yuri encontró un gran árbol nole no muy lejos, en el bosque. Saltó a las ramas y ya había ascendido unos buenos cuatro metros antes de que el grupo de reclutas, adormilados y medio desnudos, pasaran a su lado, apuntando al azar con escáneres de infrarrojos a los arbustos y gritando. Esperó hasta que todo el barullo hubiera pasado de largo, y entonces bajó deslizándose del árbol. En silencio, dio media vuelta hacia el arroyo, rodeando el complejo y sus luces.
Yuri se detuvo al borde del agua, preguntándose si quedarse o marcharse. El corazón le latía con fuerza por miedo a lo que los imperiales podrían hacerle si le atrapaban, ¿pero cómo podría abandonar a Kristoff?
-Yuri –dijo una voz familiar detrás de él. El chico se volvió para mirar a su hermano. Al contrario que sus colegas, Kristoff se había puesto los pantalones, las botas y el cinturón del arma antes de abandonar el barracón. Miraba fijamente a Yuri-. Sabía que estarías aquí –dijo con el fantasma de una sonrisa-. Sabía que era así como conseguiste entrar.
-Kris, ven con nosotros –dijo Yuri-. Aún no es demasiado tarde.
Kristoff negó con la cabeza.
-Este es mi sitio –dijo-. Es aquí donde quiero estar.
-No pensabas de ese modo cuando vinieron a reclutarte.
-Eso es porque ahora lo entiendo mejor –dijo Kristoff. Sus ojos brillaban como el cristal a la menguante luz de las lunas-. Yuri, no sé qué clase de mentiras te ha estado contando Mair, pero...
-Ella no me ha contado nada.
Kristoff alzó la mano pidiendo silencio.
-Yuri, tienes que entenderlo. La galaxia se encuentra ahora mismo en un estado muy frágil. Vivimos tiempos peligrosos. Por todas partes hay amenazas para nuestro planeta: contrabandistas, piratas, terroristas anarquistas rebeldes. Vernet tiene que estar preparado para defenderse, y estoy orgulloso de formar parte de esa defensa. ¿No entiendes que hago esto por ti?
-No te dejan venir a visitarnos –dijo Yuri-. ¡Y ni siquiera nos dejan mandarte mensajes!
-Deben hacerse sacrificios –dijo Kristoff-. Ahora, acompáñame, Yuri.
-¿Qué?
-Tengo que entregarte a mi oficial al mando. Querrá interrogarte acerca de cómo entraste aquí.
-¿Por qué no se lo dices tú?
-Procedimiento estándar. Yuri, tengo que entregarte. Y él tendrá que disciplinarte.
-¿Eh? –Yuri abrió los ojos como platos, presa del miedo.
-No te hará daño, Yuri, no de forma permanente –dijo Kristoff, con voz fantasmalmente tranquila-. Será doloroso, pero tenemos que dar ejemplo contigo. –Alzó el bláster.
Yuri retrocedió hasta el borde del agua.
-Kris, ¿qué estás haciendo con ese arma?
-Si no vienes por tu propia voluntad, tendré que...
-¡Kris, mira lo que estás haciendo! –exclamó Yuri-. ¡Te están obligando a dispararme, están jugando con tu mente!
Algo agarró las piernas de Yuri desde atrás y tiró de él hacia el arroyo antes de que Kristoff pudiera disparar sobre él. Luchó por zafarse, pero unos brazos fuertes le hicieron pasar por debajo de la barrera de fuerza y le sacaron del agua fuera del campamento.
-Vamos –dijo Mair, que se había quitado la armadura, mientras subía al muchacho a su moto barredora-. ¡No podemos ayudarle!
-¡Kris! –gritó Yuri una última vez. Miró por encima del hombro mientras la barredora se ponía en marcha, para ver a su hermano de pie justo al otro lado del campo de fuerza, sujetando sin fuerzas su arma en la mano, con una mirada perpleja en el rostro.

***

Maz-Verlin era un caos cuando la moto pasó rugiendo por la Calle Central: había luces encendidas por todas partes y la gente deambulaba sin rumbo fijo por la calle.
-No puedes ir a tu nave, Mair –dijo Lorne Turvey, de pie a la entrada del espaciopuerto-. Están teniendo algún tipo de problema en la base; llamaron y dijeron que tengo que cerrar el puerto.
Mair le lanzó una mirada fulminante.
-¿Crees que eso incluye mantenerme apartada de mis propias pertenencias?
-Bueno, eh...
-No lo creo –dijo ella, rodeándole con la moto.
-¿Qué hay del chico Stonelaw? –exclamó Turvey a su espalda.
-Necesito su ayuda –dijo Mair mientras subía la rampa al Chico Azul.
Estaban en el hiperespacio antes de que nadie pudiera detenerles.

***

-Eh, renacuajo, alegra esa cara –dijo Mair, sentándose en el catre junto a Yuri y rodeándole los hombros con el brazo.
-Ahora no puedo volver a casa, ¿verdad? –preguntó.
Mair negó con la cabeza.
-Ya escuchaste lo que dijo Kris; para cuando terminen de “disciplinarte” en esa base, te habrán torturado hasta que tus sesos sean chorba machacada. Me harían lo mismo a mí, si me atrapasen. Ya no hay vuelta atrás para ninguno de los dos.
Yuri suspiró y apoyó la cabeza contra el hombro de Mair.
-No puedo creer que hayan vuelto a mi propio hermano contra mí. –Su voz se quebró y las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas-. No puedo creer que Kris estuviera a punto de dispararme. Lo he perdido para siempre.
-Eh, eh –dijo Mair, abrazando al muchacho y reprimiendo sus propias lágrimas-. No te disparó, ¿verdad? Podría haberse lanzado al arroyo tras nosotros y atraparnos, pero no lo hizo.
Yuri asintió en silencio.
-Profundamente en su interior, una parte de él no quería entregarte, no quería hacerte daño. Yuri, puede que no hayamos rescatado a Kristoff del Imperio, pero tampoco creo que lo hayamos perdido del todo todavía. –Sonrió a Yuri a través de sus lágrimas-. Considera que este asalto ha terminado en empate.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Dos por uno (y V)


-Lo siento, no se permite entrar a nadie –dijo el soldado de marina alzando una mano para detener al droide plateado que avanzaba hacia él.
-Tengo órdenes del almirante Drommel en persona.
-Y yo también. El control auxiliar del hipermotor es una zona restringida, incluso para el equipo técnico.
-Estamos a punto de efectuar una prueba en el sistema del hipermotor –dijo el droide-. Mi tarea es monitorizar los resultados del experimento y confirmar las lecturas recibidas en el puente.
-¿Entonces por qué no han enviado un astromecánico?
-No me corresponde cuestionar las órdenes del almirante. –Teequis alzó un comunicador en dirección al soldado-. Contactaré con él para que pueda preguntárselo usted mismo.
El guardia colocó nerviosamente la mano sobre el dispositivo. Estaba presente en la cubierta de mando cuando fue castigada la última persona que osó molestar a Drommel.
-Eso no será necesario. Estoy seguro... uh... de que el almirante no querrá que le molesten.
Se hizo a un lado para dejar entrar a Teequis.
El soldado sabía que era imposible, pero juraría que había escuchado murmurar algo al droide de protocolo al pasar, y había sonado muy parecido a “Pastor de nerfs”.

***

Drommel estaba más irritado a cada microsegundo que pasaba. El prisionero más joven no soltaba prenda, y era imposible hacer callar al mayor.
Cavv comprobó su cronómetro, reprimiendo un bostezo.
-Francamente, esta pequeña charla me ha dejado agotado, así que ya no creo que pueda serle de mucha ayuda. Tal vez podamos continuar con esto más tarde. Desde luego, me vendría bien una buena comida y una ducha sónica. Además eso le dará algo más de tiempo para que se estudie el manual de Interrogatorios Básicos del Alto Inquisidor Tremayne.
La voz de Drommel parecía muy distante.
-Llévenselos. A una celda. Ya.
Mientras los soldados de asalto se llevaban a los prisioneros lejos de él, Cavv obsequió al almirante con la más cálida de sus sonrisas.
-He disfrutado de esta pequeña charla, almirante. Espero que lo repitamos pronto. Aunque puede que usted quiera preparar de antemano algunas preguntas sesudas. Puedo proporcionarle una lista de lectura de material interesante si quiere. Y, oiga, no tenga miedo de mirar sus notas si... –La voz de Cavv continuó su perorata incluso mientras se lo llevaban por el pasillo.
Drommel tenía la mandíbula desencajada, y sus ojos estaban fijos en el techo.
-Almirante –dijo la voz del coronel Niovi desde la puerta. No hubo respuesta, pero él se aventuró valientemente a avanzar de todos modos-. Estamos listos para un salto de prueba al hiperespacio, señor. Todos los sistemas bajo su mando.
-Muy bien, coronel. Me uniré a usted en la cubierta de mando en unos instantes.
Niovi asintió y se retiró rápidamente de la sala mientras dentro resonaba el reconocible sonido de unos muebles siendo gravemente maltratados.

***

La procesión que conducía a Sconn y Cavv a las celdas de detención ganó de pronto otro miembro.
-Por aquí –ordenó la atractiva comandante que guardaba un asombroso parecido con Shandria-. El bloque 220 es donde encerramos a la escoria rebelde.

***

-Todos los sistemas nominales, señor –informó Niovi-. Prueba de velocidad luz a su orden.
Drommel asintió con una fina sonrisa. Ni siquiera las bufonadas de esos estúpidos intrusos podrían estropear ese momento.
-A mi señal.
Toda la cubierta de mando quedó en silencio mientras Drommel comenzaba la cuenta atrás.
-Tres. Dos. Uno. –Alzó una mano enguantada y la cerró en un puño mientras gritaba victorioso-. ¡Ahora!
Hubo un empujón de aceleración palpable y la tripulación mantuvo el aliento al unísono. La monstruosa nave se estremeció mientras las ventanillas mostraban un haz de líneas estelares, y luego un torbellino azul.
Y entonces el proceso se invirtió cuando la nave salió de nuevo del hiperespacio. Las estrellas habían cambiado, y el planeta Soullex ya no era visible, lo que provocó improvisados vítores de la tripulación. Drommel estaba radiante, deleitándose en su triunfo.
Entonces la gran nave tembló de pronto bajo sus pies, haciendo que varios oficiales se desplomaran sobre la cubierta.
-¡Informe! –El almirante se agarró a una consola cercana para mantener el equilibrio.
-¡Estamos siendo atacados, señor! Las coordenadas para nuestro salto de prueba han sido alteradas. Alguien debe de haber sorteado el ordenador de navegación. –Las manos del coronel Niovi volaban por la consola, mostrando más información táctica-. Los sensores detectan un Crucero Estelar de la Nueva República, dos corvetas y una fragata de escolta. ¡Están cargando las baterías iónicas!
-Intensifiquen todos los escudos –rugió Drommel-. ¡Lancen todas las alas de cazas!
Otra andanada de cañones iónicos sacudió al Guardián y una extraña voz filtrada crepitó por el comunicador de la nave.
-Atención, Súper Destructor Estelar. Les habla el Capitán Volahn del crucero Equidad de la Nueva República. Desactiven sus armas y ríndanse de inmediato.
Todos los ojos se centraron en Drommel.
-Incluso en nuestro estado actual somos demasiado rival para esa lamentable flota –dijo con una mueca-. ¿Y osan pedir que nos rindamos? ¡Grabaremos nuestra respuesta a fuego sobre sus cascos!
-Esa es siempre su respuesta a todo, ¿no, Drommel?
El almirante giró hacia el sonido de la voz del fastidioso viejo. Los intrusos entraron en tromba en la cubierta de mando.
-¡Vosotros!
Cavv y Sconn iban en cabeza. Shandria estaba justo detrás, dirigiendo al resto de prisioneros de la República para que se abrieran en abanico buscando cobertura.
Los oficiales imperiales y los soldados de marina sacaron sus armas y también tomaron cobertura detrás de sus estaciones de trabajo. Se encontraban en situación de tablas.
Drommel permaneció al descubierto, de pie en lo alto de su pasarela de mando con los puños apretados de rabia.
-Estúpidos. Nunca saldréis de aquí con vida.
-Ahí es donde se equivoca, almirante –dijo Cavv, saliendo de su cobertura y uniéndose a Drommel en el espacio abierto-. Todo el mundo puede salir sano y salvo de esta situación si usted hace lo más inteligente y se rinde. –Cavv echó un vistazo a la tripulación imperial-. No voy a molestarme en ofrecerles elaborados discursos acerca de la libertad, el honor o el valor. Ni siquiera voy a mentirles y prometerles una amnistía total, pero una resolución pacífica ayudaría a sus posibilidades.
-Ya basta –rugió Drommel-. ¡Matadlos a todos!
La tensión en la cubierta de mando era electrizante. Ambos bandos apuntaron.
Sconn comenzó a hablar.
-Un sabio me dijo una vez: Un buen guerrero sabe cuándo debería comenzar una batalla, pero un gran guerrero sabe cuándo debe terminar.
El silencio volvió a caer sobre la cubierta de mando. Uno a uno, los imperiales bajaron sus armas.
Drommel lanzó un grito ahogado de rabia y frustración. De pronto, apareció un bláster en su mano enguantada y apuntó con él a Cavv. El ladrón se estremeció y cerró los ojos, seguro de que él y el almirante estaban a punto de quedar atrapados en el fuego cruzado cuando ambos lados comenzasen a disparar. Escuchó el primer disparo, pero en lugar de sentir plasma supercalentado quemando su pecho, escuchó un cuerpo cayendo sobre la cubierta.
Cavv abrió los ojos y pasó su sorprendida mirada del cuerpo caído del almirante Drommel, al arma que sostenía en sus manos el coronel Niovi.
-Como comandante en funciones del Guardián, rindo oficialmente la nave y todo su contenido a la benevolente soberanía de la Nueva República.

***

-Bueno, no sé cómo lo hicimos, pero lo logramos –dijo Sconn, alzando su bebida.
Tres copas de buen choholl cassandrano chocaron en un sonoro brindis.
Cavv tomó un largo sorbo y suspiró satisfecho.
-Ahora que estoy retirado, supongo que tomarás el mando de la UAE.
-Ni lo sueñes, tío. Mi renuncia ya está en la mesa del general Cracken.
-Sabía que te unirías a nosotros antes o después, aunque sólo fuera para una sola misión. –Shandria le sonrió-. Me gustó especialmente tu proverbio. Muy elocuente.
-Debería serlo. Yo fui quien se lo enseñó –dijo Cavv. Advirtió el modo en el que Sconn y Shandria se miraban mutuamente y se puso en pie con una ligera sonrisa-. El postre ya debería estar listo. Creo que iré a comprobarlo. –Cavv desapareció en la cocina.
Shandria echó otra mirada evaluadora al apartamento.
-Tu gusto ha mejorado, Sconn.
-Con los créditos suficientes, puedes conseguir cualquier cosa. Bueno, casi cualquiera. –Sconn se quedó mirando su copa-. Aquí siempre ha faltado algo. Durante demasiado tiempo.
Sus ojos finalmente se encontraron.
-¿Es una simple lamentación, o una pregunta velada?
-Ambas cosas. –Sconn respiró profundamente-. Te quiero.
-Lo sabe.
Sconn y Shandria se giraron a la vez para mirar a Cavv, que asomaba desde la cocina. Se llevó la mano a los labios, que se habían retorcido en una sonrisa avergonzada.
-Lo siento.
Shandria sonrió, posando su mano sobre la de Sconn, y dijo:
-Te he echado de menos.
Cavv sonrió radiante.
-Hay un viejo dicho acerca del amor verdadero.
-¿Qué? –preguntaron Sconn y Shandria al unísono.
Cavv abrió la boca para responder, y luego la cerró.
-¿Sabéis? No me acuerdo. Nunca nadie me ha dejado terminar de decirlo.

martes, 12 de noviembre de 2013

Dos por uno (IV)


Sconn apuntó el cañón de su carabina bláster directamente a la cara del droide.
-Comencemos desde el principio, ¿de acuerdo?
-Saludos. Soy CT-EX, relaciones cibernéticas-humanas.
-¿Qué tal si te llamamos simplemente Teequis? –preguntó Cavv.
-Como deseen. ¿Puedo ayudarles en algo?
-Eso depende –dijo Cavv-. ¿Qué tal conoces esta nave?
-¿De qué nave estamos hablando?
-De esta en la que estamos encima –saltó Sconn-. Dentro. Lo que sea.
-Puede que no sea adecuado por mi parte decirlo, señor, pero está usted equivocado. Esto no es ninguna nave.
-¿Entonces dónde estamos, exactamente?
-Aquí. –El droide ladeó la cabeza ligeramente-. ¿Quiere que le proporcione las coordenadas espaciales exactas?
-¿Así que admites que estamos en el espacio?
-Por supuesto que no. Si eso fuera cierto, ustedes ya habrían implosionado.-Hubo una ligera pausa y entonces el droide añadió-: Cabezahueca.
Sconn parpadeó una vez. Dos veces.
-¿Qué acaba de decir?
-No estoy seguro de haberle escuchado correctamente –dijo Cavv, tratando de no sonreír.
-Repite lo que has dicho –ordenó Sconn al droide.
-Lo que has dicho.
Sconn comenzó a apretar el gatillo. Cavv apartó el cañón y estudió a su prisionero mecánico.
-Espera, creo que tengo una idea.
-¿Incluye un detonador termal? –preguntó Sconn, lanzando una furiosa mirada al droide plateado.
Antes de que Cavv pudiera contestar, Teequis intervino.
-Por supuesto que no. Eso abriría un agujero enorme en esta nave. –Pausa-. Pastor de nerfs.
Sconn aún trataba de atrapar al droide mientras Cavv le empujaba hacia la puerta.
-Tal vez deberías quedarte montando guardia hasta que hayamos terminado aquí.

***

Sconn saludó con la cabeza a una patrulla de soldados de asalto que pasaba, y luego se colocó en una rígida posición de firmes. La armadura le daba calor, el casco era pesado, y no le apetecía a jugar a los soldaditos. El ladrón añoraba los buenos viejos tiempos en el Bar Binario, bebiendo, intercambiando trolas y mirando mujeres hermosas. Allí fue donde conoció a Shandria; era una agente de la Alianza huyendo de los imperiales. Siempre había tenido debilidad por una cara bonita, pero ella era mucho más.
Sconn meneó la cabeza, recordando uno de los refranes de su tío. Si pasas mucho tiempo mirando hacia atrás, puede que no veas el gigantesco agujero que tienes delante.
La puerta blindada se abrió, interrumpiendo sus pensamientos. Teequis salió y se marchó sin decir palabra. Cavv salió justo detrás de él, dando una palmadita en el hombro acorazado de Sconn.
-Tenemos que hablar.
Cavv los condujo a un grupo de turboascensores. El dúo entró en la primera cabina y descendió aún más en las entrañas del Guardián.

***

-¿A dónde vamos?
El casco de Cavv siguió mirando directamente al frente.
-Oh, esto no me va a gustar en absoluto, ¿verdad?
-Bloque de Detención 220.
-¡Cuando Tatooine se congele! –Sconn detuvo su descenso y se enfrentó a su tío-. ¿Has perdido la cabeza por completo?
-Teequis me dijo que hay prisioneros de la Nueva República a bordo. Vamos a rescatarlos.
-¿Qué? Esto es ridículo. Si por un asomo de pura suerte realmente conseguimos robar esta maldita nave, quedarán libres de todas formas. Mientras que ir al bloque de detención para orquestar una fuga obstaculizaría seriamente nuestros esfuerzos. ¡Especialmente si nos capturan!
-Tenemos una obligación...
-No empieces con eso de nuevo. Escucha, tío, un ladrón con conciencia es como... como un droide de protocolo grosero. Inútil. Ineficaz.
-Tienes mucho que aprender de la vida, Sconn. Esperaba que esta misión te abriera los ojos al respecto. Hay un mundo más grande a tu alrededor.
Sconn clavó un dedo enguantado en el pecho acorazado de Cavv.
-Tú no eres Obi-Wan Kenobi. Ciertamente yo no soy Luke Skywalker (soy mucho más atractivo), y no me importa si la Reina Princesa de la Galaxia está prisionera aquí, no vamos a ir a un bloque de detención bajo ninguna circunstancia. –Sconn hizo una pausa momentánea, imaginándose la cara que estaría poniendo su tío bajo el casco-. No lo digas.
-Entonces lo haré yo solo.
Sconn soltó un gemido.
-De verdad, de verdad que te odio. Lo sabes, ¿verdad?

***

El jefe de técnicos se cuadró y saludó.
-Los repuestos han sido comprobados, señor.
-Comiencen las reparaciones del hiperimpulsor de inmediato. Triplique su grupo de trabajo si es necesario, pero que nadie duerma hasta que el trabajo esté terminado. –Drommel miraba al planeta bajo ellos a través del ventanal de transpariacero-. Avisen a los comandantes de las guarniciones. Con un poco de suerte nos iremos pronto de este sistema de tres al cuarto. –Sus ojos volvieron a clavarse en el técnico-. ¿Cuánto tardaremos en poder probar el hiperimpulsor?
-La mejor estimación serían como mínimo 48 horas, almirante.
-Entonces debemos estar en marcha en 36. ¿Ha quedado claro?
-Sí, señor.
El técnico giró sobre sus talones, ladrando a su equipo las órdenes del almirante.
Drommel se unió al coronel Niovi, que estaba supervisando la cercana estación de comunicaciones.
-¿Alguna noticia sobre nuestros fugitivos?
-Aún no ha habido contacto, señor.
-Quiero que se les encuentre.
-El coronel Eijul es optimista al respecto.
-Él estará entre las primeras cosas que remodele en esta nave en cuanto regresemos al espacio imperial –dijo Drommel mientras caminaba a grandes zancadas hacia el turboascensor. Niovi se esforzó en seguir su ritmo-. Eijul tendría dificultades localizando los intrusos aunque se dirigieran directamente a un bloque de detención y se entregasen.

***

Las puertas del Bloque de Detención 220 se abrieron deslizándose, y el oficial de guardia les echó una mirada con poco interés. El hombre de uniforme negro continuó introduciendo datos en su consola, suponiendo que los dos soldados de asalto eran parte del grupo que buscaba a los dos soldados de asalto... ¡que eran impostores!
El oficial de guardia alzó la cabeza de golpe justo cuando la culata de una carabina bláster completaba su arco descendente. El campo de visión del hombre saltó de pronto al hiperespacio, y se deslizó al suelo bajo la consola.

***

-¿Alguien más? –preguntó Sconn.
Cavv comprobó la pantalla.
-El resto de guardias está ocupado buscándonos. –El viejo ladrón sonrió-. Deben de haber supuesto que este sería el último lugar al que iríamos.
-Claro. Nadie sería tan estúpido.
Cavv ignoró ese comentario y desbloqueó la puerta blindada que conducía a las celdas. Hizo un gesto grandilocuente, señalando el estrecho pasillo.
-Después de usted.
Sconn empujó a su tío delante de él sin ningún tipo de ceremonia.
-La edad antes que la belleza. Cubre el lado derecho. Yo me encargo del izquierdo.

***

-¡Sabacc! –exclamó Cavv.
Estaba en la última celda de su lado cuando los encontró: Media docena de soldados de la República que se habían visto involuntariamente atrapados por el Guardián cuando salieron del hiperespacio. Eran un grupo revuelto, y tardaron en confiar en Cavv hasta que sus frases en código y sus breves anécdotas les convencieron de que no era ningún imperial.
-¿Ha habido suerte por ahí? –preguntó Cavv.
Sconn se asomó a la siguiente cámara. Una única prisionera estaba allí sentada, vestida con un traje de vuelo manchado de hollín. Sconn se quedó sin aliento. Antes de que su mente alcanzase a su cuerpo, una mano golpeó el panel de control. La puerta se deslizó, cerrándose tras él, que entró a trompicones en la celda.
La hermosa mujer de cabello oscuro alzó la vista confusa y Sconn se encontró mirando un rostro que nunca había imaginado volver a ver.
-¿Qué estás haciendo aquí? –exclamó.
-Estoy prisionera –respondió la mujer, entornando los ojos-. ¿Qué crees que estoy haciendo aquí?
Sconn tiró teatralmente de su casco, esperando quitárselo con una gran floritura. Ni siquiera se movió.
-¿Por qué tardas tanto, sobrino? –dijo Cavv, entrando en la celda sin casco. Abrió los ojos como platos al ver a la mujer.
-¡Cavv! –exclamó ella, corriendo para abrazarle. La chica liberó a Cavv del abrazo y se volvió justo cuando Sconn conseguía quitarse su obstinado casco.
Sus ojos se encontraron y quedaron inmóviles. El tiempo detuvo su aliento.
Sconn fue el primero en hablar, en voz baja pero cargada con todo un espectro de emociones.
-Shandria.
Ella abrió la boca, pero antes de poder hablar el resto de prisioneros entró en masa en la celda para saludar a su vieja camarada. Sconn retrocedió de espaldas hacia la puerta, aunque sus ojos quedaron fijos en Shandria durante un momento más. Entonces apartó la mirada del reencuentro y salió solo al pasillo vacío.

***

-Tengo una idea, pero es un poco arriesgada. –Cavv alzó la vista de la consola de seguridad, haciendo una pausa para permitir a Sconn uno de sus obligatorios comentarios despectivos, pero no hubo ninguno. El ladrón más joven estaba de pie en silencio contra la pared, con la mirada perdida en el espacio.
-Cualquier cosa es mejor que seguir aquí cautivos –dijo Shandria. Un rumor de asentimiento recorrió los prisioneros reunidos.
-Este es el plan –dijo Cavv-. Mi sobrino y yo nos aventuraremos a la sala de ingeniería del Guardián e intentaremos obtener el control manual de los sistemas de hiperimpulsión. Con suerte, eso nos permitirá programar un salto rápido a espacio amigo sin tener que tomar la cubierta de mando.
Sconn permaneció en silencio mientras Cavv recitaba los detalles, sin ofrecer el menor comentario.
Cuando hubo terminado, Shandria comenzó a repartir blásters a su grupo. Cavv y Sconn se prepararon para volver a hacerse pasar por soldados de asalto.
Conforme los dos grupos se separaban, Shandria y Sconn quedaron retrasados. Ambos comenzaron a hablar al unísono, y el resultado fue un galimatías ininteligible de conversaciones que empezaban y se detenían.
El ladrón alzó una mano.
-Deja que empiece yo. Hay algo que tengo que decirte.
-Sconn, yo... Han pasado tantas cosas que... Supongo que lo que intento decir es que ha pasado mucho tiempo y... No puedo hacer esto ahora. –Bajó la mirada al suelo. Su voz se convirtió en un susurro-. Lo siento.
Sconn asintió, y avanzó para unirse a su tío. Cavv estaba ocupado ajustando su comunicador a una frecuencia concreta.
-Teequis, ¿estás listo?
La voz filtrada del droide cobró vida con un chasquido.
-Afirmativo, señor. El jawa cabalga a medianoche.
-El jawa cabalga solo. –Cavv miró a su inusualmente callado sobrino-. Vamos.
-¿Sconn? –La voz de Shandria tembló ligeramente.
Él miró por encima de su hombro.
-Cuídate.
-Desde luego que lo haremos –dijo Cavv, fingiendo indignación.

***

El técnico jefe sudaba profusamente al hacer los últimos ajustes en el recién reparado hipermotor del Guardián. La sudoración no sólo era resultado de la difícil tarea, sino también del incesante golpeteo de la bota del almirante Drommel sobre la cubierta.
-¿Cuánto queda?
-Podemos realizar nuestro primer salto en diez minutos, señor. –El técnico usó el cuello de su mono para limpiarse un poco de grasa de la frente.
Drommel echó un vistazo a la docena de hombres que trabajaba a su alrededor, muchos de los cuales no habían dormido en 24 horas o más.
-Continúen, entonces. Tengo otros asuntos que atender. –Drommel di media vuelta bruscamente y salió. Dos soldados de asalto que entraban en la sala se apartaron para dejarle paso.
El técnico jefe suspiró ante la nueva interrupción y amonestó a los soldados agitando los brazos cuando uno cerró la puerta de seguridad tras ellos.
-Esta es una zona restringida. No están autorizados a estar aquí.
Un disparo bláster derribó al hombre.
Sconn realizó un barrido de lado a lado con su bláster, apuntando el cañón a cada uno de los técnicos restantes.
-¿Alguien más quiere pedir que nos vayamos?
Nadie lo hizo.
Cuando se quitaron los cascos, Cavv miró horrorizado a su sobrino.
-Parece que un bantha acabe de pisarte el dedo gordo del pie –dijo Sconn, con esa familiar media sonrisa asomando en la comisura de sus labios. Bajó el tono de voz-. Tranquilo. Estaba ajustado para aturdir.
Cavv meneó la cabeza con asombro.
-¿Qué, vas a ponerte a trabajar o necesitas una invitación firmada por Mon Mothma?
-Me alegro de tenerte de vuelta –dijo Cavv, dando una palmadita en el hombro a su sobrino al pasar junto a él.
Sconn reunió a los técnicos en una esquina de la sala. Cavv buscó entre los kits de herramientas abandonados, tomó un par de hidrollaves y se acercó al control principal del hiperimpulsor con andar dubitativo.
-¿Sabes lo que estás haciendo? –preguntó Sconn.
-Por supuesto –dijo Cavv con una risita burlona-. No creo que sobrecargar un hipermotor sea tan difícil. –Se puso a trabajar con una hidrollave y casi al instante varias luces de un panel cercano comenzaron a parpadear con un brillante color carmesí.
-¿Qué es eso? –Sconn se inclinó para ver, manteniendo su arma apuntando a los técnicos-. ¿Algún tipo de alarma de manipulación?
-No seas tonto, sobrino. Estos sistemas no tienen alarmas. –Cavv regresó a su trabajo.
Sirenas de alarma comenzaron a aullar, obligando a todo el mundo a cubrirse los oídos por su ensordecedor clamor.
Sconn lanzó una mirada asesina a su tío y luego apuntó su bláster a los sistemas del hipermotor, intentando descubrir cuál de ellos no era importante.
-Ante la duda, pégale un tiro.
-Bien dicho –dijo una nueva voz desde detrás de Cavv y Sconn, quienes se volvieron de inmediato, con las armas preparadas. La puerta de seguridad había vuelto a abrirse. El almirante Drommel estaba de pie tranquilamente en la entrada, con las manos unidas a la espalda. Estaba rodeado por una falange de tropas de asalto y soldados de marina-. Resulta bastante irónico, ¿no creéis?

***

-“No seas tonto, sobrino –dijo Sconn con tono burlesco-. Estos sistemas no tienen alarmas.”
Cavv le lanzó una agria mirada.
Habían sido despojados de sus armaduras y armas y ahora compartían una mesa en una sala de interrogatorios. Los siguientes minutos pasaron en silencio.
Drommel entró con una floritura, seguido por dos soldados de asalto que ocuparon obedientemente sus posiciones junto a la puerta.
El almirante tomó una silla.
-He doblegado sistemas enteros, incluyendo a los lugareños de este munducho –dijo-. Ahora os doblegaré a vosotros. Así que lo mejor para vosotros será que me digáis la verdad y os ahorréis algo de dolor. ¿Qué os parece?
Ninguno de los hombres respondió.
Drommel golpeó la mesa con ambas manos, sobresaltando a Sconn. Cavv siguió mirando fijamente al almirante.
-Responderéis mi próxima pregunta o haré que mis hombres traigan cortadores láser y elijan qué extremidad os cortan. ¿He hablado con claridad?
-Desde luego –dijo Cavv.
-Muy bien. –El almirante se recostó en su asiento-. ¿Qué estáis haciendo aquí?
Cavv permaneció en silencio. Sconn frunció los labios.
-¿No me habéis oído?
-Le he oído –dijo Cavv-. Me dijo que respondiera a su siguiente pregunta, y creo que fue “¿He hablado con claridad?”, a lo que respondí afirmativamente.
-Eso no era una pregunta.
-Bueno, no puedo estar seguro de la puntuación que aparecía en su mente, pero la inflexión interrogativa estaba definitivamente presente.
Sconn observó, fascinado, cómo la vena de la frente del almirante comenzaba a bailar.
Cavv siguió tentando la suerte, osadamente.
-Así que, en efecto, respondí a su siguiente pregunta. Debería ser más cuidadoso con su exactitud semántica.