viernes, 3 de junio de 2011

La Tribu Perdida de los Sith #6: Centinela (II)

Capítulo Dos
Odio: puro, y opresivo. Tahv era un monumento a ello. Jelph lo sentía en cada callejuela, en cada encrucijada. El lado oscuro de la Fuerza impregnaba este lugar, como en ningún sitio que hubiera visitado nunca.
Muchas veces, mientras crecía en Toprawa, Jelph había pensado que se estaba volviendo loco. Se veía acosado por constantes dolores de cabeza, cada momento de vigilia le pasaba factura. Sólo más tarde se dio cuenta de que la causa había sido su sensibilidad a la Fuerza al desarrollarse, en respuesta a las cicatrices psíquicas que Exar Kun y su clase habían causado a su mundo, años antes.
Pero su mal era pasado. El ácido psíquico que corría por las calles de Tahv estaba vivo. Estaba en todas partes. El edificio junto al que se ocultaba era el hogar de un anciano Sith que castigaba violentamente a un sirviente keshiri. La ventana de enfrente, más allá de la cual una joven pareja planeaba las muertes de sus vecinos. El vigilante que caminaba por la calle, cuyos recuerdos albergaban cosas peores de lo que Jelph era capaz de imaginar.
Jelph trató de rechazar las impresiones que le llegaban a través de la Fuerza sin atraer la atención sobre su presencia psíquica. Era casi imposible. Los Sith difundían felizmente su odio y su ira, como animales salvajes aullando a las estrellas.
Apoyándose contra una pared, Jelph se inclinó hacia delante. Demasiado tarde, se dio cuenta de que no había sido una buena idea comer antes de venir aquí. Se levantó, jadeando y limpiándose el sudor de la frente. ¿Cuántos Sith vivían aquí?, se preguntó. ¿En Tahv? ¿En Kesh? Nunca lo sabría. Seguía siendo un explorador de los Jedi, aunque no lo reconocieran como tal; le habría gustado entregar un informe completo cuando regresara. Pero cada vez que se había acercado a algún núcleo de población, había caído enfermo. Incluyendo ahora, cuando más necesitaba sus facultades.
Jelph luchó por ordenar sus pensamientos. Ori. Necesitaba encontrar a Ori. Su nombre, su rostro sería su salvavidas. Ella era la razón de que estuviera allí... y de que no se hubiera marchado.
Él conocía muy bien la presencia de Ori a través de la Fuerza, pero no tenía ninguna esperanza de encontrarla en el mar de fuertes sentimientos que era Tahv. Se preguntaba cómo había ella sobrevivido siquiera allí. Su naturaleza oscura nunca le había parecido del mismo tipo que la de los con los demás Sith de Kesh, por mucho que ella adoptase esa pose. Ori era orgullosa, no venal, indignada, no llena de odio. De haber sido de otro modo, él habría retrocedido ante su toque. Tenía que estar en lo cierto acerca de ella.
Pero, ¿y si estaba equivocado? ¿Estaba ella siquiera aquí?
Jelph estaba a punto de rendirse a la desesperación que le rodeaba cuando vio una cosa que hizo que algo se agitase en su memoria. En uno de sus primeros encuentros, Ori se había jactado acerca de cómo ninguno de los otros Sables tenía su conocimiento del sistema de acueductos de la ciudad. Era su territorio de patrulla, junto con sus aprendices. Jelph levantó la vista para ver uno de los varios gigantescos edificios de piedra repartidos por toda la ciudad, que recogían el agua que llegaba desde la sierra. Construidos en primer lugar por los keshiri, el sistema había sido mejorado por los primeros Sith, que añadieron depósitos de almacenamiento a decenas de metros del suelo. Ori estaba en lo cierto: desde allá arriba, podía verse todo Tahv. Y, con suerte, no sentirlo, pensó.
Se dirigió hacia las sombras bajo un inmenso soporte del acueducto, un pilar casi del tamaño de una manzana de casas. La sensación lado oscuro no era tan mala allí. Jelph escaló el soporte apoyo, cuidándose de permanecer constantemente en la oscuridad hasta que llegó a la cima.
Con una ancha cornisa a cada lado de las rugientes aguas canalizadas, el canal de piedra tenía el tamaño de una calle de la ciudad. Tumbado boca abajo en la cornisa, Jelph se maravilló del hecho de que los keshiri habían sido capaces de construir, en efecto, un río en el aire mucho antes de los Sith hubieran llegado. ¿De qué podrían haber sido capaces de no haber sido molestados? Sacudiendo la cabeza, alcanzó su mochila y sacó sus macrobinoculares.
Estudiando de la zona, advirtió una cadena de montañas que acechando lejos hacia el oeste. Le llenó de terror. Había escuchado que los Sith mantenían su nave naufragada allí, en un templo. ¿Serían capaces de utilizar materiales de su caza para repararla? ¿O tal vez un Sith simplemente trataría de escapar en su caza, planeando volver más tarde en busca de los demás? En cualquier caso, la búsqueda de Ori era ahora lo más importante. Devolviendo se atención hacia la ciudad que se alzaba bajo él, puso el visor de visión nocturna y escaneó las calles que conducían al gran palacio. ¿Habría ido ella allí, incluso a sabiendas de lo que la Gran Señora Venn había hecho a su familia? Tratando de ver más allá, se atrevió a ponerse en pie.
-Ori, ¿dónde estás?
De repente, una mano invisible le golpeó, haciéndole caer hacia atrás en la corriente de agua. Sus manos dejaron caer los macrobinoculares, que rebotaron una vez en la cornisa y se destrozaron, sin que él pudiera verlo, en un tejado de mármol mucho más abajo. Una vez que tocó fondo en el canal de un metro de profundidad, Jelph afianzó sus botas de trabajo contra el resbaladizo suelo de piedra y se dio impulso hacia arriba... sólo para salir volando de nuevo hacia atrás, empujado por la Fuerza. Incapaz de incorporarse, la corriente le arrastró.
La fuerza de la corriente disminuyó, depositándolo en un estanque de recogida... mucho más abajo, pero todavía muchos metros por encima de los tejados más cercanos. Luchó por llegar a la parte menos profunda, desenganchó el sable de luz de su cinturón, y lo encendió. Con destellos de luz azul en la noche, Jelph avanzó con dificultad en el agua que le cubría hasta la cintura, en busca de su asaltante.
-¡Mentiroso!
El grito provenía de arriba, en el canal. Allí Jelph vio la silueta de una mujer que se lanzaba hacia él, blandiendo un sable de luz carmesí. Agarrando el arma con ambas manos, desvió el potente golpe, permitiendo que la fuerza del ataque de la mujer la hiciera caer en el depósito con él. Ella recuperó su posición con rapidez y golpeó de nuevo.
-¡Mentiroso! -repitió Ori, con sus ojos normalmente marrones ardiendo en color naranja.
-Lo descubriste -dijo Jelph, chocando su sable de luz contra el de ella en un crepitante bloqueo. Era todo lo que se le ocurrió decir.
Ori gruñó algo inaudible y le lanzó una patada a través del agua. Jelph esquivó el movimiento, causando que ambos perdieran el equilibrio... y provocando que a Ori se le cayera su sable de luz a la parte más profunda del estanque.
Al verla chapoteando, buscando el arma, Jelph dio un paso atrás para darle espacio.
-Lo descubriste -dijo, desactivando su sable de luz-. Lo descubriste... y destruiste el jardín. No te culpo.
-¡Yo sí te culpo! –Poniéndose en pie de nuevo, lanzó la mano hacia el agua, sin éxito-. Eres un mentiroso. ¡Eres un Jedi!
-Lo fui -dijo. No tenía sentido negarlo-. Es mi nave espacial lo que encontraste. Gracias a la Fuerza que no trataste de entrar...
-¿Qué? ¿No crees que sea lo bastante inteligente? –Con el agua goteándole por todo el cuerpo, le miró fijamente-. Para ti sólo soy una estúpida... ¡no mejor que los keshiri!
-¡Eso no es cierto!
-Llegamos del espacio, ya lo sabes. ¡Y volveremos a él! ¿Es eso de lo que tienes miedo?
-Sí... entre otras cosas. –Recordando de repente dónde estaba, Jelph miró nerviosamente hacia arriba. El depósito estaba demasiado alto para que pudieran escucharles desde abajo, pero antes había visto centinelas aéreos. Al menos la había encontrado-. ¿Qué... qué estás haciendo aquí?
Ori caminaba por el agua pisando con fuerza, todavía incapaz de encontrar su sable de luz.
-¡Vine a Tahv para hablarles de ti! ¡Para advertirles!
-¿Aquí arriba? -Él había esperado que ella fuera directamente a ver a alguien de importancia. La estudió mientras ella se sacudía el agua del cabello-. Espera. que viste a alguien importante. A tu madre.
La mujer Sith tan sólo frunció el ceño.
-Creía que tu madre ya no estaba en el poder...
-¡Eso va a cambiar! –El rostro de Ori se llenó de rabia-. ¡Con lo que sabemos ahora, ella volverá! ¡Yo volveré!
Jelph dio un paso atrás, como empujado por la fuerza de sus palabras.
-Esto no es propio de ti –dijo-. A la persona que estuvo conmigo esos días ya no le importaba eso. Esa persona...
-Esa no era yo -escupió Ori-. ¡Esa era un fracaso!
-Pero a mí me gustaba esa otra tú... y no me importa cómo la llames. Era una parte de ti.
-¡Esa persona no era Sith! -Señaló a las estrellas, que asomaban entre las nubes en lo alto-. ¡Aquello nos pertenece! No se trata sólo de mí. Hemos vivido aquí mil años, a la espera de volver allí. ¡A la espera de recuperar lo que es nuestro!
Jelph empezó a decir algo, pero se detuvo.
-Eso es cierto -susurró, pensando. La tribu era un remanente de la Gran Guerra Hiperespacial, que había tenido lugar más de un milenio antes. Ella no sabía lo que había ocurrido después.
Él tenía un arma. La Historia.
-Ya no existen los Sith -dijo Jelph.
-¿Qué?
-Ya no existen los Sith –repitió-. Se extinguieron.
-Estás mintiendo -dijo Ori, vadeando hacia el borde-. ¡Esa nave que ocultabas era una nave de guerra! Esas grandes... puntas a cada lado. ¿Me estás diciendo que son por decoración?
Jelph negó con la cabeza.
-Sí, tenemos enemigos. E incluso hemos luchado contra los Sith en tiempos recientes. Un Jedi, Exar Kun, cayó en el lado oscuro y revivió el movimiento. Pero fueron erradicados. Derrotados... todos ellos. -Con cuidado, comenzó a acercarse hacia ella-. Por lo que sé, tu pueblo son los únicos Sith que quedan con vida en la galaxia. Siente mis pensamientos. Sabes que estoy diciendo la verdad.
Respirando con dificultad, Ori le devolvió la mirada. Su ira pasó, se izó en el borde del estanque y se quitó la bota. Cayó agua de su interior.
-Nos alzaremos -dijo, más tranquila ahora-. Solos contra un Jedi, o contra mil millones. Nos arriesgaremos.
-Los Jedi os aplastarán.
-¿Sabe alguien siquiera que existamos? –preguntó ella-. Si los Sith no nos han estado buscando, no creo que los Jedi lo hayan hecho.
-Me están buscando a mí –dijo él-. Y créeme, los Jedi os están buscando.
No sabía que había sido de todos los miembros del Pacto desde que huyó... pero sabía que mientras Lucien Draay siguiera vivo, alguien estaría buscando a los Sith.
Ori se frotó la frente, exasperada.
-Si no puedo salvar a mi familia... y no puedo salvar a mi pueblo... ¿entonces qué se supone que debo hacer?
-¿Qué se supone que debes hacer? -Jelph se echó a reír-.Tú eres la que siempre dice que establece su propio camino. -Se acercó vadeando hacia su posición en el borde-. Simplemente decide lo que deseas.
Durante un largo momento, Ori lo miró, de pie ante ella en el agua iluminada por las estrellas. Finalmente, cerró los ojos y sacudió la cabeza.
-Nunca seremos capaces de confiar el uno en el otro -dijo.
Jelph la miró inquisitivamente.
Ella abrió los ojos y lo miró.
-Puedo sentirlo en tus pensamientos. Crees que soy hermosa. Crees que me quieres. Quieres confiar en mí. Pero estás examinando cada palabra que digo, tratando de descubrirme, tratando de atraparme. Por ser quien soy.
Jelph bajó la mirada hacia el agua. Él no había sabido por qué había venido hasta aquí, cuando tantas cosas estaban en juego. No hasta ese momento.
-Creo que sé quién eres, Ori.
Dio un paso adelante y le puso la mano en el hombro. Ella se encogió ante su toque.
-Jelph -dijo ella, agarrando su mano, pero sin apartarla-. No puedo ser la persona que era entonces en la granja. Si la única manera de estar contigo es ser débil, entonces no puedo hacerlo.
-Puedes ser fuerte –dijo él, agarrándola y tirando de ella fuera del borde, introduciéndola en el agua ante él. Cuando ella tocó el fondo con los pies, levantó la mirada hacia él-. Eres fuerte –dijo él-. Solo que no tienes por qué gobernar la galaxia.
Ella apartó la mirada de él, bajándola hacia el agua.
-Sabes que para eso es para lo nacemos. Para gobernar la galaxia.
-Entonces la Tribu se basa en un truco –dijo él-. En un engaño. Todo el mundo está luchando por algo que sólo una persona puede tener. Sólo una. Lo que significa que ser un Sith... es ser un fracaso casi seguro. Casi todos los que siguen vuestro Código están condenados al fracaso, incluso antes de empezar. -Jelph soltó una risita burlona-. ¿Qué clase de filosofía es esa? -Alzándole la barbilla con su mano, la miró a los ojos, marrones de nuevo-. No te dejes engañar. No se puede perder si no se juega.
La besó, sin preocuparse de lo que cualquier centinela aéreo Sith pudiera ver. Ori le devolvió el abrazo antes de retroceder.
-Espera -dijo ella-. Ya estamos jugando. Está en movimiento. No puedo pararlo.
-¿Qué quieres decir?
Frunciendo el ceño con aire tenebroso, Ori explicó lo que su madre había sugerido que hiciera.
-Ya he mandado aviso a los Sumos Señores rivales -dijo-. Se reunirán conmigo en tu granja para ver la nave espacial.
Súbitamente de vuelta a la realidad por la conmoción, Jelph la soltó.
-¿Qué... qué les has dicho?
Aturdido, salió del depósito.
Ori le siguió, apelando a él. Su madre le había dado una frase para que la usase... un código dentro de la pequeña comunidad de los Sumos Señores para un descubrimiento que pudiera conmocionar Kesh por su importancia.
-No les hablé acerca de la nave espacial, pero saben que es importante –dijo-. Se supone que se encontrarán conmigo allí mañana al atardecer.
-¡Al atardecer! –Jelph quedó abatido. Había tardado todo un día y una noche sólo para llegar allí a pie-. ¿Cómo pretendías llegar allí?
-Iba a robar un uvak -dijo Ori, de pie sobre el borde y señalando una figura oscura arriba en el cielo-. Es por eso que vine aquí arriba: sabía que desde el acueducto podría atraer a uno de los centinelas aéreos aquí abajo. -Ella le devolvió la mirada con petulancia-. Por supuesto, eso era cuando todavía tenía un sable de luz.
-Suerte que has hecho un amigo –dijo él, de pie en el borde a su lado y mirando al centinela volador. Sonrió-. ¿Sabes, Ori? Eres el primer Sith contra el que he luchado.
-Puede que tengas que esforzarse más contra este otro –dijo ella, viendo cómo su sable de luz cobraba vida-. No todos nos dejamos encandilar tan fácilmente.

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