domingo, 1 de marzo de 2009

Aventura en el Cañón del Mendigo

Aventura en el Cañón del Mendigo
de Jane Mason

Eran tiempos problemáticos. Un malvado Imperio Galáctico gobernaba la galaxia mientras una banda de valientes rebeldes luchaban por la libertad.
En los remotos confines de la galaxia había un planeta llamado Tatooine. Muy lejos de casi todo, este cálido desierto era el hogar de tan sólo unas pocas criaturas y una pequeña población de humanos... incluyendo un adolescente llamado Luke Skywalker.
Luke vivía y trabajaba en una granja de humedad con su tía Beru y su tío Owen. Recolectaban humedad del aire y la vendían a otros moradores del desierto.
Luke amaba a su tía y a su tío, pero la vida de granjero no estaba hecha para él. Más que nada, Luke ansiaba la aventura.
Un día, Luke y su amigo Windy se dirigieron a una remota zona de Tatooine llamada el Cañón del Mendigo.
–Hagamos puntería con algunas ratas womp –sugirió Luke mientras subían a su saltacielos T-16.
¡Por fin, un día de diversión!
Luke condujo hacia el Cañón y el saltacielos se deslizaba a toda velocidad sobre las arenas de Tatooine. Los muros rocosos del cañón se alzaron frente a ellos, y pronto los dos chicos estuvieron esquivando los escarpados picos.
–¡Yuju! –gritó Windy sobre el viento.
Cuando el saltacielos tomó una curva a toda velocidad, Luke abrió los ojos de par en par. ¡Habían llegado a un giro muy pronunciado! Luke giró con todas sus fuerzas hacia la izquierda, ¡pero el saltacielos chocó contra un muro de roca!
En un estallido de llamas, el saltacielos cayó al suelo del cañon.
–¿Estás bien? –preguntó Luke mientras salían de los restos.
–Creo que sí –respondió Windy a duras penas.
Por suerte, nadie había sido herido de gravedad.
¡En pocos instantes, Luke y Windy se vieron rodeados por un grupo de chatarreros jawas! Las pequeñas criaturas extrañas peinaban el desierto en busca de chatarra –viejas naves y trozos de metal– que pudieran arreglar y vender a los habitantes de Tatooine. ¡Y ahora iban a por el T-16 de Luke!
–¡Ey! ¡Fuera de aquí! –gritó Luke.
Gritando y agitando los brazos mucho, Luke y Windy consiguieron finalmente alejar a los jawas. Pero poco después, llegaron visitantes más peligrosos.
–¡Moradores de las arenas! –exclamó Luke con preocupación–. ¡Será mejor que nos escondamos!
Luke y Windy se apresuraron a esconderse tras un gran pedrusco. Asomándose desde su escondrijo, vieron una banda de nómadas de aspecto desagradable descender de sus gigantescos y peludos banthas y aproximarse al T-16.
¡Entonces uno de los moradores de las arenas comenzó a buscar supervivientes! Luke y Windy contuvieron el aliento cuando el nómada pasó junto a su escondite... ¡y siguió caminando! ¡Fiu!
Para cuando los moradores de las arenas montaron en sus banthas y se marcharon, ya estaba oscureciendo.
–Será mejor que acampemos –dijo Luke.
Por suerte, los moradores de las arenas no habían encontrado las mantas ni la estufa que Luke guardaba escondidas en su T-16. Luke las sacó, mientras Windy encontraba un lugar con aspecto de cueva para su campamento.
Justo entonces, un terrible rugido resonó por las paredes del cañón.
–¡Un dragón krayt! –musitó Windy, abriendo los ojos como platos.
Luke miró nerviosamente a su alrededor. Los dragones krayt eran los animales más feroces de Tatooine. ¡Atacaban casi a cualquier cosa!
De pronto, una de esas aterradoras bestias salió corriendo de la oscuridad... ¡directamente hacia ellos!
Presa del pánico, Luke y Windy buscaron una escapatoria. Pero el cañón se alzaba hacia arriba justo tras ellos, y el dragón bloqueaba el camino frente a ellos. ¡Estaban atrapados!
En ese momento, una misteriosa figura surgió de la oscuridad... un hombre vestido con un a túnica con capucha.
Con un simple gesto, la figura alzó su mano frente al dragón. Extrañamente, el dragón retrocedió temeroso, y luego se escabulló en la oscuridad.
–¿Quién es usted? –preguntó Luke.
–Mi nombre es Ben –respondió el hombre–. Vivo en los páramos de Jundlandia.
–¿Cómo hizo eso? –preguntó Windy, aún asombrado por la partida del dragón.
Ben sonrió.
–Será mejor que vosotros dos durmáis un poco –dijo–. Tenemos un largo día ante nosotros si queremos llevaros de vuelta a casa.
Temprano a la mañana siguiente, el trío comenzó el largo trayecto hacia la granja del tío de Luke. Poco después, pasaron a través de una manada de dewbacks salvajes. Windy parecía preocupado, pero Luke notó que Ben se estaba encaminando hacia una de las grandes criaturas. Un instante después, ¡el animal caminaba justo hacia ellos!
Montando en el dewback, Luke, Windy y Ben pronto llegaron a la granja de humedad. Luke estaba aliviado por estar en casa, y excitado por contar a su tía y a su tío cómo Ben les había salvado.
Tras abrazar a su tía y a su tío, Luke se lanzó a contar la historia.
–¡Fue asombroso! –dijo. Pero entonces se dio cuenta de que el tío Owen parecía reconocer a Ben. ¿Sería posible que se conocieran?
Luke se giró hacia Ben, pero este ya estaba lejos en la distancia. ¡Desapareció en el paisaje desértico tan rápidamente como había aparecido en el Cañón del Mendigo la noche anterior!
Al día siguiente, Luke y Windy tomaron un montón de herramientas y se dirigieron de vuelta al Cañón del Mendigo en el deslizador de superficie de Luke.
Mientras Luke se inclinaba sobre el motor del saltacielos y se ponía manos a la obra, Ben vino a su mente. Casi podía sentir como si Ben le observara, como si siempre fuera a estar con él...

jueves, 26 de febrero de 2009

El honor de los Jedi (1)

El honor de los Jedi
de Troy Denning

1
Luke Skywalker está sentado con su espalda contra el muro. Un hombre con una recompensa imperial sobre su cabeza siempre hace eso. No es una decisión consciente; es una costumbre de comodidad, como vestir una chaqueta preferida o llevar un bláster.
La puerta de entrada se abre chirriando y Luke vuelve su atención a los recién llegados. Antes de que la puerta neumática se ocultase hasta la mitad en el muro, seis siluetas blancas irrumpen en la sala. Con la escasa luz reflejándose en sus pulidas armaduras, las figuras parecen más bien espectros en lugar de soldados de asalto. Sosteniendo sus rifles bláster dispuestos para disparar, se quedan de pie a ambos lados de la entrada. Un hombre delgado de cabellos plateados con el uniforme negro de general imperial les sigue. El general tiene los rasgos estrechos y angulosos de un come-serpientes wheloriano. Mientras barre la sala con sus ojos azules como el hielo, la maldad se posa en ella como una niebla cáustica. Cuando la mirada del general se detiene en el rostro de Luke, el piloto rebelde trata de mantener sus facciones inmóviles mientras deja caer su mano sobre la pistola bláster ceñida a su cintura.
Con su cabello revuelto, sus ojos inquisitivos y su complexión curtida por el sol, Luke aparenta ser un joven ingenuo; una presa fácil para los sinvergüenzas, asesinos y agentes imperiales que infestaban los bebederos clandestinos. Cualquiera que juzgase a este joven por su rostro, sin embargo, pronto lamentaría su error. Tras la apariencia aniñada de Luke, yace una mente determinada y entusiasta que puede conducir hacia experiencias sorprendentes.
Está sentado en la pobremente iluminada cafetería de un hostal, con un insípido tazón de concentrados de proteínas sin ningún tipo de condimento frente a él. Treinta bípedos, con rango variable entre humanos hasta apenas humanoides, también están sentados en la lóbrega cafetería. En la esquina más lejana, cinco sullustanos ocupan una mesa. Tienen ojos oscuros y tristes, y mejillas fláccidas que caen desde sus narices como alforjas. Sus expresiones delatan un cinismo y una crueldad extrañas a la mayoría de los rostros de su raza. Un solitario twi'lek estudia a los sullustanos con ojos pálidos que delatan sus mezquinas intenciones. Los dos tentáculos craneales que cuelgan de su cabeza tiemblan y se balancean a su espalda, como la constantemente oscilante cola de una hembra togoriana. Cerca de una docena de otras razas, muchas de las cuales Luke no puede reconocer, comparten la sala. Tiene cuidado de no mirar fijamente, porque eso podría invitar a recibir a cambio una atención no deseada.
La mayoría de los ocupantes de la sala son mineros que trabajan en el cinturón de asteroides Sil'Lume. Aparentemente, no tienen objeción alguna con la insulsa comida, porque la engullen con placer. Quizá los precios del hostal les gusten más de lo que les disgusta la comida. Una colmena de insectoides parecidos a escarabajos regenta el hostal. La colmena pone tarifas considerablemente bajas, porque ellos mismos producen los concentrados de proteínas. Luke prefiere no pensar cómo.
Como Luke, los mineros ocupan toscos bancos a lo largo de las paredes. Un hombre es la excepción: humano, se sienta ante una mesa en el centro de la sala. Cuando Luke entró al hostal, este hombre fue el primer ser en el que se fijó. Se encontró inconscientemente forzado a mirar una y otra vez al hombre durante su almuerzo. El humano, que parece ser unos cinco años mayor que Luke, tiene una mandíbula firme, rasgos pronunciados, y feroces ojos de un marrón rojizo que atraen la atención del observador casual. De hecho, cerca de la mitad de los seres de la sala prestan algo más que una atención pasajera al hombre solitario. Y él, a cambio, sonríe y saluda con la cabeza a cada ser, como si fueran viejos colegas compartiendo algún noble secreto.
¿Es que ese hombre conoce a todo el mundo en la sala?, se pregunta Luke. ¿O todo el mundo le conoce a él? Se comporta como alguien destinado a gobernar, aunque se sienta solo como un humilde sacerdote. Aparentemente, el humano es la única criatura a la que no le preocupa lo que entra por la puerta, porque mira al lado contrario de la entrada. Luke envidia la confianza y la seguridad implícita en esa despreocupación; sólo lleva siendo rebelde unos pocos meses, pero parecen haber pasado años desde la última vez que no tuvo que cubrirse las espaldas.
Desde que destruyó la Estrella de la Muerte en la batalla de Yavin hacía unos meses, Luke ha estado tan ocupado con peligrosas misiones que casi ha olvidado lo que se siente al dormir en la relativa seguridad de una base rebelde. Este último trabajo es el que más le destroza los nervios de todos, ya que el general Dodonna ha asignado a todo el escuadrón de Luke a tareas de exploración en solitario.
Aunque la Alianza ganó la batalla de Yavin, Dodonna sabe que sólo tiene un breve lapso antes de que el Imperio prepare otro ataque. Si la Rebelión quiere sobrevivir, los rebeldes deben trasladar su base a otra ubicación. Encontrar esa ubicación recae sobre los hombros de Luke y sus compañeros de escuadrón.
Hasta ahora, Luke ha pasado más tiempo esquivando corbetas de patrulla imperiales que explorando mundos aislados. La última vez que inspeccionó un sistema “abandonado”, aterrizó en un puesto de avanzada imperial. Así pues, Luke ha decidido explorar las posibilidades del cinturón de asteroides Sil'Lume. A pesar de estar lejos de estar desierto, Sil'Lume tenía varias cosas que lo hacían recomendable. En primer lugar, el comercio de la minería pesada podría cubrir el tráficomilitar rebelde. En segundo lugar, literalmente un millón de planetoides ocupaban el mismo plano orbital. Incluso si el Imperio rastreaba una nave rebelde hasta el sistema, necesitarían semanas o incluso meses para encontrar la base. En tercer lugar, los rebeldes podrían camuflar su base como una operación minera, ocultarla en una mina profunda, o disfrazarla de un cientos de otras formas.
Pero Sil'Lume tiene una pega, y esta acaba de encontrar a Luke.
-¡Las manos sobre la mesa, muchacho! -ordena el general. Su voz contiene un matiz rencoroso. Tres soldados de asalto apuntan a Luke con rifles bláster, pero claramente no esperan que se resista a la orden del general. Los otros tres dirigen sus armas al humano con los feroces ojos marrones rojizos.
Los dos mineros a ambos lados de Luke se apartaron un poco, con cuidado de mantener sus propias extremidades a la vista. Un minero es un fornido humano con una barba entrecana, un curtido rostro rojizo y una inmensa nariz redonda. Luke no reconoce al otro ser; dos pesados cuernos se curvaban desde su prominente frente, sobre su hocico canino.
-¡No voy a repetírtelo! -ladra el general.
El humano carismático hace un ligero gesto a Luke, como diciendo: “Haz lo que dice”.

sábado, 21 de febrero de 2009

Dibujando los mapas de la paz: El relato del granjero de humedad (V)

Día 15: Eyvind y Ariela

Tomé mi deslizador camino de la granja de Eyvind para recoger uno de sus viejos evaporadores estropeados, y él salió de su casa con una bella muchacha.
-Esta es Ariela, mi prometida -dijo-. Vamos a casarnos dentro de cinco semanas.
Tan sencillo como eso. Eyvind no le había hablado a nadie sobre eso, ni siquiera a mí. Yo no sabía que él mantuviera fronteras como esta en nuestra amistad.
-Encantado de conocerte -dije a Ariela-. Y felicidades a ambos.
-Tú eres el granjero con los grandes planes para todos nosotros -dijo ella.
Eyvind me miró fijamente.
-¿Comprendes ahora por qué no quiero que los moradores de las arenas ronden alrededor de mi granja? -dijo.
La discusión no podía detenerse. Apenas conocía a Ariela -apenas me habían informado de su boda- y ya estábamos los tres discutiendo.
-Mirad -dije-. Yo sólo creo que ninguno de nosotros puede sobrevivir ahí fuera si no podemos hacer las paces con los moradores de las arenas y los jawas. En cualquier caso, estoy seguro de que vosotros dos no queréis discutir conmigo cinco semanas antes de vuestra boda. Véndeme ese viejo evaporador, Eyvind, y me iré.
-Pero yo creo que estás haciendo lo correcto, Ariq -dijo Ariela, y eso me detuvo de golpe. No supe qué decir.
-Creo que deberíamos ayudarte... y creo que sé el modo de comenzar. ¿Podrían venir tus amigos jawas a nuestra boda? ¿Podrías invitarlos de nuestra parte? Como vecinos, deberían formar parte de los momentos importantes de nuestras vidas.
-Ella nunca los ha olido -dijo Eyvind.
-Vendrán -dije-. Iré hoy a invitarles.
Y lo hice. Dejé el viejo evaporador en mi casa, preparé un paquete con provisiones para una noche en el Cañón Bildor, y partí. Llegué a la fortaleza jawa antes de la puesta de los soles.
-¡Nos has honrado de nuevo! -gorjeó Wimateeka tras comunicarles la invitación-. ¿Pero qué hay de los presentes? Deberíamos llevar algo, pero ¡tenemos tan poco para dar! Nuestros regalos parecerán baratijas de mal gusto.
-Honrarán cualquier cosa que les deis -dije.
Me llevó, de nuevo, al interior de sus puertas, a la gran cámara del consejo. Hablamos hasta bien entrada la noche sobre regalos de boda: de rocas de sal, que ellos pensaban que podrían ser un buen regalo; de agua, de la que no podían prescindir; de ropa, de la que nunca había suficiente suministro; de droides reacondicionados, los cuales serían regalos elegantes, pero prohibitivamente caros.
-Ofrecedles enseñarles vuestro lenguaje -dije-. Eso sería un buen regalo.
Pero a ellos les gustaba más la idea de las rocas de sal.
No resolvimos el asunto esa noche.

viernes, 20 de febrero de 2009

Ascensión y caída de Darth Vader (VII)

Interludio

Darth Vader nunca pensaba en qué habría pasado si Qui-Gon Jinn no hubiera descubierto al joven Anakin Skywalker, o si Anakin no hubiera ganado aquella crucial carrera de vainas. Tampoco se preguntaba si la vida de Anakin habría tomado un rumbo diferente si Qui-Gon –en lugar de Obi-Wan– hubiera sobrevivido al duelo con el Señor del Sith Darth Maul en Naboo. En Tatooine, Qui-Gon había afirmado que nada pasa por accidente, y aunque había muchas cosas en las que Vader podría estar en desacuerdo con Qui-Gon, habría estado de acuerdo en esto, porque Vader creía en el destino.
Creía que había sido el destino de Anakin abandonar Tatooine y convertirse en Jedi, al igual que había estado destinado para todo lo que ocurrió tras eso. No tenía sentido especular sobre cómo su vida podría haber sido distinta.
Ahora, todavía de camino a Endor, el Señor Oscuro de máscara negra se preguntaba si Luke Skywalker tendría alguna ilusión de ser capaz de controlar su propio destino. Si lucha conmigo, pensó Vader, será derrotado.
Pese a todo, Vader se sentiría casi decepcionado si Luke se daba por vencido demasiado pronto, sin ningún intento de resistirse al poder del lado oscuro. Después de todo, Anakin Skywalker había sido una vez un hombre joven, y nunca se había dado por vencido fácilmente...