lunes, 1 de diciembre de 2008

Caza Tie: Las crónicas de Stele (VIII)

La armada imperial

Maarek fue “invitado” a unirse a la Armada Imperial y supo que iba a ser entrenado para convertirse en piloto de caza. Tuvo que esperar algunos días. Luego, tras un salto al hiperespacio, fue transferido a bordo de un viejo carguero de transporte. Tras un incómodo viaje de un día a bordo del transporte, desembarcó en una base imperial orbital. Nadie le dirigió la palabra en todo el viaje. Cuando llegó a la base, recibió un paquete de raciones y tuvo que esperar de nuevo. Al cabo de un momento, llegó un pequeño destacamento de tropas de asalto, seguido de un grupo de hombres y mujeres bastante jóvenes. A continuación, los soldados los condujeron hacia otro transporte. O puede que fuera el mismo. Maarek no podía ver ninguna diferencia. Cuando todo el mundo hubo subido a bordo, el jefe tomó la palabra.
-Estáis de camino a una base de entrenamiento imperial. A partir de ahora, sois soldados del Imperio, aunque ahora mismo parezcáis más bien un hatajo de dinkos asustados y os sintáis mal. Permaneced sentados, permaneced callados, y no hagáis nada hasta nueva orden.
El viaje fue largo, tranquilo y glaciar, bajo la mirada impasible de las tropas de asalto. Parecían prisioneros, más que soldados de élite del Imperio. Maarek intentaba olvidar sus inquietudes. Pensaba que todo eso formaba parte del juego. Poco importaba el valor de cada recluta, primero iban a hacerles desmoronarse para reconstruirles mejor después. Eso formaba parte del proceso de selección. Si un recluta se quebraba demasiado fácilmente, no podría soportar mucho tiempo las presiones de los combates, y se convertiría en un peligro para aquellos a quienes debía proteger. Si no se quebraba en absoluto, era demasiado fiero e independiente, y no se podía confiar enteramente en él. Todos los nuevos reclutas iban a caminar por esa cuerda floja durante los siguientes seis meses.
La nave dio un brusco bandazo al salir del hiperespacio, y los pasajeros resbalaron ligeramente sobre la cubierta cuando el piloto engranó el freno dinámico. Los impasibles soldados de asalto se animaron de repente, saltando hacia los cadetes, golpeando a los que no eran bastante rápidos, y gritándoles órdenes a la cara.
-En pie, panda de gusanos podridos, o no viviréis lo suficiente para llegar a vuestro primer entrenamiento.
La rapidez de Maarek le permitió evitar la bota que se precipitaba hacia él. Saltó, sintiendo la adrenalina correr por sus venas, y recorrió la sala con la mirada para saber lo que le esperaba. No esperó mucho tiempo. Mientras las tropas de asalto trataban mal que bien de ponerles en fila, la compuerta delantera del transporte se abrió con un silbido amenazante. Entonces le vio. Todas las miradas giraron hacia él. ¡Una forma humana, sombría, a contra luz, más grande que la vida misma!
Vestía una armadura de soldado de asalto, pero el resplandor rojo proyectaba sobre él un aura irreal. El emblema imperial que llevaba en la parte derecha del pecho atestiguaba la importancia de este hombre. Cuando las tropas de asalto se reagruparon a su alrededor, Maarek observó con disgusto que sacaba a todos los demás al menos una cabeza. Sus dos inmensas manos se alzaron para abrir con precaución el cierre del casco, unas manos lo suficientemente poderosas como para destrozar el cuello de una persona. Se retiró el casco y lo colocó bao su imponente brazo. Tras Maarek, un imprudente balbuceó algo, pero fue recompensado con golpe de culata en las rodillas. Cayó al suelo, retorciéndose de dolor. Se aguantaba para no gritar.
Todos los demás seguramente debieron aguantarse para no manifestar su asombro al descubrir el rostro marcado que les observaba fijamente con su único ojo, mientras el otro permanecía cerrado por gruesos puntos de sutura. Maarek quiso mirar a otra parte, pero no pudo. En cualquier caso, eso no habría sido muy prudente.
-Soy el Sargento Instructor Senior Jona T. Stark -dijo-, pero vosotros me llamaréis Sargento, o Señor. Vosotros os llamaréis como yo quiera llamaros. Vuestro derecho a vivir será a partir de ahora el que yo decida. Vuestra única elección es obedecer. El Emperador es vuestra vida. Encontraré a los guerreros que se encuentran entre vosotros y los guiaré hacia la gloria del Imperio. Pero también encontraré a los incapaces, tomaré sus corazones en mis manos, y los aplastaré.
Así fue como todo comenzó...

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