miércoles, 13 de enero de 2010

Boba Fett: Un hombre práctico (III)

Nom Anor: informe diario.

Casi dieciocho años; he estado lejos de mi propia gente demasiado tiempo. Pero hacemos de dondequiera que estemos nuestro hogar, porque ya no tenemos mundo natal. Tengo entendido que los mandalorianos también fueron nómadas, y que eran conquistadores como nosotros, y que su dios era la propia guerra. Y ahora... ahora no lo son, y su adoración a la propia guerra se desvaneció debido a que uno de sus líderes quería que las cosas fueran más civilizadas. Luchan las guerras de otras naciones por dinero, si es que luchan alguna vez.
Cuando vi los tatuajes en esa banda de hembras, pensé por un momento que entre los mandalorianos podría quedar un vestigio de los auténticos guerreros, y que podrían ser como nosotros, valorando su propio dolor y su propia muerte. Pero no... eso es vanidad, decoración, nada más. No tienen castas, orden, ni aspiraciones para mejorar el universo o salvarlo. Sólo se preocupan de sobrevivir día a día. Su cultura está tomada prestada, y ya no se la imponen a los demás. Por tanto, no pueden tener ninguna fe en ella.
Aquello que tú valoras y respetas, debes hacer que otros también lo respeten. Pero no importa. De todas formas resultarán útiles.


Nar Shaddaa: nave de asalto clase Gladiador Beroya, aparcamiento de deslizadores.

–¿Perdiendo los nervios? –preguntó Fett.
El Mandalore, líder de los clanes, era una temblorosa holoimagen azul flotando sobre la consola del caza de asalto de Beviin. Estaba limpiando su bláster.
–Matar un político de la oposición no es un encargo que realice habitualmente –dijo Beviin.
–¿Qué es lo que te preocupa?
–La intranquilidad ciudadana que causará.
–Siempre hay intranquilidad ciudadana –dijo Fett–. El día que comienzas a decidir quién tiene el mayor soporte moral antes de aceptar una recompensa, más vale que te unas al Ejército de la Nueva República. Y ellos tampoco te dejan seleccionar y elegir tus batallas.
Beviin trató de ocultar su malestar. Fett tanía razón: sí, podría ser excesivamente puntilloso acerca de sus encargos y probablemente trazaba demasiadas líneas sobre qué asesinatos y ejecuciones eran correctos y cuales no.
–Pero este asunto me sigue pareciendo algo más allá de un castigo por no complacer a quien te ha pagado.
–Continúa.
–Es demasiado estratégico. Es la sincronización.
–Son cien mil créditos. ¿Cuándo viste tanto dinero por última vez?
–Bien, olvidemos eso. –Desde la cabina del Gladiador, Beviin notaba las miradas nerviosas cuando los viandantes echaban miradas furtivas a la cabina débilmente iluminada del caza y se daban cuenta de que no sólo era un Gladiador, sin que además estaba ocupado. Cuando volvía la cabeza, se apresuraban a alejarse. Incluso en un punto caliente del crimen como Nar Shaddaa, una nave de asalto con grandes cañones y un piloto Mando a bordo era una visión poco habitual en un aparcamiento–. No quiere que tan sólo le parta las piernas o le de una buena paliza. Quiere que un político de la oposición desaparezca justo antes de las elecciones. Eso no es un recuerdo de que se ha pasado la fecha de pago de su factura.
–De modo que es algo político. También lo es tratar con los hutts.
–No, todo esto es muy... impersonal. –Beviin, con un ojo todavía fijo en los grupos de chusma que se quedaban boquiabiertos ante el Gladiador, hizo que las luces de navegación parpadeasen rápidamente, espantando a los espectadores–. Recomendaría... prudencia.
Fett seguía dando vueltas en una mano al visor del EE-3, claramente distraído.
–Necesitas esos créditos.
Beviin se dio cuenta de que debía parecer que estaba pidiendo ayuda.
–No es el mejor año que he tenido, no.
–Tengo más ofertas de las que puedo manejar a mi edad. –El Fett holográfico comenzó a encajar la óptica de nuevo en el cañón del bláster–. Quítame un par de las manos de vez en cuando.
Mand'alor...
–Fett fuera.
Mientras Beviin caminaba de vuelta al Jara' para cerrar el trato con Udelen, ponderó la extraña mezcla de escrupulosa indiferencia de Fett puntuada por escasos actos de lo que cualquier otro hombre habría considerado pura sensiblería. ¿Más ofertas de las que puede manejar a su edad? Aún seguía siendo el mejor del negocio. La oferta de poner trabajo en el camino de Beviin no tenía nada que ver con el hecho de que Fett tenía una fortuna y Beviin se pasaba la mayor parte del año en el paro, no señor. Fett había hecho varias cosas altruistas –y aunque él nunca lo admitiera, se había corrido la voz– porque pensaba que debían hacerse.
Porque era correcto. Fett tenía sus momentos. Y al siguiente te volaba la cabeza porque eran estrictamente negocios.
Beviin volvió a entrar en el Jara'. Udelen seguía allí, casi como si no se hubiera moviso. Beviin echó un vistazo a las mesas al otro lado del bar: la madre y la hija de las armaduras rojas también seguían allí.
–Trato –dijo a Udelen.
El hombre aún tenía un vaso lleno de líquido claro frente a él, y este tampoco parecía haberse movido. Se llevó la mano al interior de la chaqueta –lenta y deliberadamente– y extrajo un chip de crédito.
–Sabrás cuándo has completado el trabajo –dijo–, y yo sabré cómo encontrarte para completar el pago. Si me gusta el resultado, tendré mucho más trabajo para ti y tus camaradas.
A Beviin le gustaba como sonaba eso. Tomó el chip y lo introdujo en el puerto de datos de la placa de su antebrazo para comprobar si era válido: cincuenta mil créditos, suficientes para transformar la vida de su familia durante un tiempo. El parpadeo de una luz azul lo confirmó.
–Es un placer hacer negocios –dijo.
Udelen inclinó ligeramente la cabeza, luego salió caminando del bar con la lenta dignidad de una comitiva funeraria. Su modo de andar reforzó la sensación de Beviin de que no era simplemente violencia entre sacos de escoria. Ahí había algo más.
Un golpe de estado. Tenía que ser un golpe de estado. Un modo curioso de realizarlo, pero a veces el camino más fácil para conseguir el poder era el menos directo. Udelen no parecía un hombre que creyera en el poder de las urnas. Beviin le vio marcharse, y en un momento de curiosidad se quitó el guante blindado e introdujo cautelosamente un dedo en la bebida aparentemente intacta de Udelen. Parecía agua. La probó.
Era agua.
De todos modos, el alcohol y nos negocios no eran una buena mezcla. Sin embargo, el negocio de Beviin ya estaba hecho, de modo que pidió bebidas para las mujeres de las armaduras rojas y avanzó tranquilamente hacia su mesa para poner los vasos delante de ellas. Era tan sólo buenos modales. Algunos de los parroquianos que se alineaban en la barra miraron a Beviin como si fuera a intentar alguna frase de ligue, pero eran aruetiise, extranjeros, y no entendían su obligación.
Oya, vod'ika –le dijo a la chica. Los no mandalorianos pensaban que se trataba sólo de una forma de decir salud, pero era mucho más que eso: Sobrevive, hermanita; Caza, disfruta de la vida, honra a tu pueblo–. Oya manda.
Oya –dijo la chica–. Me llamo Dinua.
–Y yo soy Briika –dijo su madre, de ojos fieros. Su nombre provenía de la palabra que significaba “sonreír”, y Beviin disfrutaba con esa clase de ironías. Podría hacer que cualquiera que la mirase fijamente se marchitase–. Esos guantes blindados son ilegales. Pero eso ya lo sabías.
–Simplemente me gustan las antigüedades –dijo Beviin. Dio unos golpecitos a la vaina que colgaba de su cinturón, que albergaba un antiguo sable en su interior–. Tengo un beskad a juego, además. ¿Algún motivo por el que estéis de viaje?
–Tenemos que ganarnos la vida ahora que mi viejo ha muerto.
Ningún Mando dejaría jamás una viuda o una huérfana abandonada a su suerte. Compartían la suerte cuando se encontraba en su camino, porque la vida era dura y no había forma de adivinar cuándo podrías verte necesitando algo.
–Yo podría ayudaros.
Beviin ya tenía en el bolsillo suficientes créditos para que él y Medrit aguantasen durante el año próximo. Si Udelen tenía más trabajos para ofrecer en las semanas siguientes, habría muchas cosas que Briika y Dinua podrían hacer.
Al igual que Fett, no siempre podía encargarse de todos los trabajos que se ofrecieran.

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