lunes, 30 de septiembre de 2013

Asesinato en el deshielo (III)


Entraron en la cámara una hora antes de la puesta del sol y cerraron la puerta con pestillo, bloqueándola desde el interior.
[Esta criatura, ¿hace daño a los morrts?], preguntó Kufbrug, acariciando uno de los quince o así que colgaban de su carne, y Callista sonrió y recordó mover la barbilla y gruñir.
[Usted estará en la jaula, para protegerse], dijo. [Todo lo que debe hacer es observar. No salga, porque la cosa es peligrosa: kheilwar, se llama. Una avispa-homúnculo del mundo oscuro de Af’El.]
[¿Y tú?] Kufbrug la observaba a través de la malla mientras Callista cerraba la jaula y le mostraba como usar el cerrojo.
[Alguien tiene que hacer que nos diga lo que sabe.]
Había traído un cuenco consigo, algo mayor que el cuenco de cerámica que había encontrado allí esa mañana, y lo había llenado con una solución de proteínas y azúcares, el análogo, supuso, de la improvisada sangre que habían dejado allí la noche anterior. Suponía que la sangre había contenido algún tipo de veneno, preparado por quien fuera que hubiese liberado al kheilwar en un intento de matarlo, pero había muy pocos venenos que funcionasen en una criatura semejante. Incluso el concentrado de mercurio en su propia solución de proteínas apenas haría nada más que ralentizar al kheilwar. La habitación estaba llena de sustancias orgánicas que la cosa había estado comiendo todos esos días; esa mañana había advertido lo reducidas y masticadas que estaban las alfombras de piel de dwoob, y que se había comido la mayor parte de los mohos de las paredes.
Tomó la última de sus compras –tres lámparas- y las encendió, colocándolas en las esquinas de la habitación donde su luz no quedase bloqueada. Luego se sentó con la espalda contra la malla de la jaula, desenganchó su sable de luz de su cinturón, y se preparó para esperar.
[¿Qué haremos si tu kheilwar no nos dice lo que deseamos saber?
Alzó la mirada con sorpresa ante la pregunta que retumbó a su espalda. La mayoría de los gamorreanos lidian con la simple supervivencia, el simple apareamiento, la simple lucha. No se había esperado una pregunta acerca de contingencias. Incluso Ugmush, que era una de las cerdas más inteligentes, generalmente no pensaba las cosas con antelación.
[Lo hará], dijo Callista. [Si podemos obligarle a ir a esa esquina...] Señaló las secciones reflectoras de las paredes, donde el agrinio brillaba como ámbar fundido en la tenue luz del atardecer. [...y lo mantenemos en esa esquina hasta que llegue el día.]
Después de un largo silencio, Kufbrug dijo:
[Pensé que tal vez Guth y yo huir.]
Callista volvió a mirarla, sorprendida, pero Kufbrug estaba acariciando a uno de sus morrts, con los ojos entornados, y no la vio.
[Dije a Guth, cuando vino a luchar Vrokk. Huimos, no le matan. Pero, entonces Rog y Gundruk gobernarían Bolgoink también. Eso no es bueno. Así que Guth dijo no, él lucharía.]
Kufbrug alzó los ojos.
[Vrokk odia Guth. Guth es bueno. Vrokk no era bueno. Guth...] Dudó, tratando de encontrar palabras para un concepto del que raramente se hablaba. [Yo soy gweek], dijo después de un momento, y se tocó los morrts de los brazos, y señaló la torre que las rodeaba. [Todo esto... gweek. Maridos y verracos y campos e hijos... gweek. A veces... quiero gweek. Gweek para mí. Aún más en deshielo, en el frío y la oscuridad. Guth...] Se tocó con tristeza su inmenso pecho. [Él es gweek en su corazón. Si muere, si Rog le mata...]
Quedó un tiempo en silencio, con su gran mano con garras apoyada en la malla de la jaula y la mirada perdida en un futuro vacío. Callista se levantó y tocó los pesados dedos, con Luke Skywalker regresando a su memoria, como hacía a diario.
-Sí –dijo en voz baja-. Entiendo.
Un guijarro resonó en el otro lado de la cámara, fragmentos de mortero cayendo de una grieta. Callista se dio la vuelta, con el sable de luz zumbando al cobrar vida en su mano. Se le formó un nudo en la garganta por el horror y la impresión al ver aparecer al kheilwar reptando por las grietas del burdo muro de piedra.
Pesaría al menos veinte kilos. Gigantesco y plano, desplegó todas sus afiladas aletas, girándolas y flexionándolas a la fría luz blanca de la lámpara, que absorbía como muchas de las criaturas de Af’El, de modo que parecía ser nada más que planos de sombras que aparecían y se desvanecían. Callista pegó la espalda contra la malla de la jaula cuando la criatura saltó por el aire con increíble velocidad y aterrizó en el cuenco de proteínas envenenadas; escuchó el rechinante zumbido de su boca al aspirar y comer. Gracias a todos los dioses y las estrellas afortunadas y los ancestrales espíritus de la galaxia, pensó Callista, que habían pensado que la habitación estaba encantada y habían mantenido esa puerta cerrada toda la noche...
Se acercó a ella. De golpe, como un corte de edición en un holovídeo: calor, el olor de la sangre o el campo eléctrico de las células vivas, nadie sabía bien qué atraía a esa cosa sin ojos –nadie había sido capaz de estudiarlos muy de cerca-, pero Callista la esquivó, dio un paso a un lado, lanzó una estocada con su sable de luz, retrocedió...
Y supo que tenía una larga noche por delante.
Girando, saltando, una zumbante sierra giratoria de aletas y alas, el ser la siguió, y se las vio y se las deseó para mantenerlo alejada de ella, por no hablar de conducirlo al brillante agrinio de la esquina que había preparado. Al menos no era tan pequeño como para metérsele volando en la nariz o en un ojo o una oreja o la boca, pensó; al menos era lo bastante grande para luchar. Pero su velocidad aumentaba con su tamaño, en lugar de disminuir; era como ser perseguida por toda la habitación por un remoto a turbovelocidad, y aunque le dolía incluso formar su nombre en su mente, Callista agradeció en silencio a Luke Skywalker el intenso rigor físico de su entrenamiento. Puede que ya no fuera capaz de tocar la Fuerza, pensó con tristeza, pero por lo menos movía los pies con rapidez.
Y el pensamiento le susurró: Pero sí que puedes usar la Fuerza.
Lanzó un tajo, una estocada y volvió a esquivar.
La Fuerza es rabia, al igual que es serenidad. Es odio, al igual que es esperanza.
El ser voló hacia su cara como si lo hubiera disparado un cañón de proyectiles, y entre el desgarrador borrón de alas vio sus bocas, sus negros y brillantes dientes cristalinos. Esa vez logró esquivarlo por los pelos, y la sangre comenzó a brotarle en el rostro y los brazos donde la había golpeado el remolino de aletas, y su largo cabello cayendo de su moño deshecho y mojándose en la sangre.
La Fuerza está en esa cosa, igual que está en ti. ¿Por qué limitarte?
Se lanzó hacia delante, lanzando tajos fría y limpiamente, sin odiar, sin sentir, sólo trabajando para conducir el ser hacia la cobertura de agrinio de la esquina. La criatura le esquivó, alejándose livianamente, y atacó, luego se desvaneció durante un desquiciante minuto sólo para aparecer detrás de ella, lanzándose desde debajo de la cama.
¿Por qué no usar el lado oscuro, si eso te salvaría? Tienes derecho a hacerlo.
Y en eso precisamente, pensó con amargura, se basa el lado oscuro.
Apartó la idea de su mente, planteándoselo como si fuera sólo una prueba para su habilidad, una prueba letal, pero física. El ser era grande, y era rápido, pensó, pero podría hacerlo... Si sus fuerzas y su aliento aguantaban hasta la mañana.
Entonces escuchó el golpe metálico de la puerta de la jaula, y vislumbró con el rabillo del ojo el movimiento de la gran y oscura silueta de Kufbrug. La mayoría de la gente piensa que los gamorreanos son torpes, pero eso es porque nunca habían visto a Ugmush en una pelea. Kufbrug se lanzó hacia el muro donde colgaban las armas de Vrokk y luego arremetió contra el kheilwar como doscientos kilos de trueno enfurecido, con una alabarda de doble hoja en cada mano, un poco como si ella misma fuera un kheilwar muy, muy, grande. Callista cayó de espaldas, jadeando, casi exhausta, mientras la cerda se ocupaba del horror giratorio, manteniéndolo lejos de Callista hasta que pudiera recuperar el aliento.  Entonces Callista volvió a la carga, y entre las dos condujeron al ser a la esquina a base de sable de luz y alabardas.
Trató de escurrirse de nuevo por el miro, pero Callista había sido muy cuidadosa al sellar las grietas. Los paneles de agrinio eran tan resbaladizos que el kheilwar cayó al suelo, donde trató de correr por la base del muro hacia la seguridad. Callista lo contuvo por un lado, y luego Kufbrug por el otro.
Fue una larga –una extenuante e imposiblemente larga- noche. Las rodillas y las manos de Callista temblaban de cansancio y agotamiento por la concentración, y su cabello goteaba de sangre y sudor, cuando los primeros hilos de luz comenzaron a verse en la ventana. El veneno de mercurio finalmente estaba actuando en el sistema del kheilwar, o bien el esfuerzo de enfrentarse a dos oponentes le había pasado factura, en sus últimos cinco o seis ataques. Se quedó agazapado en su esquina brillante y reflectora, agitando sus aletas con púas, moviendo las antenas como si captase los cambios en el aire.
Y entonces, como le habían dicho a Callista que hacían los kheilwars –como defensa o como reclamo, los investigadores no estaban seguros-, cambió.
Un rodiano encorvado y de hocico verde apareció ante ellas. Jabdo Garrink, presumiblemente, el turbio importador que trajo el ser al planeta en primer lugar.
-Tenéis que dejarme salir de aquí –dijo, y comenzó a avanzar al borde de los escudos reflectores-. Tenéis que dejarme salir.
Kufbrug le hizo retroceder.
-¡Tenéis que dejarme salir! –Ya no era el rodiano, sino Vrokk, o un jabalí que Callista supuso que era Vrokk, gigantesco y negro con una franja blanca recorriéndole un costado de la cara. Se abalanzó hacia la esquina opuesta de la habitación, y Callista llegó a él de una zancada, blandiendo su sable de luz.
[¡Dejadme salir!] Vrokk, o el eco de Vrokk –el eco de cualquiera que el kheilwar hubiera visto, cualquiera que pudiera servir como engaño- se convirtió en Rog, solo que ligeramente más pequeño, con los ojos rojos y furiosos mientras corría hacia Kufbrug, y Kufbrug le asestó un tajo en la cara con su alabarda. [¡Dejadme salir!] Era el rostro y la voz de Gundruk quien gritaba las palabras. [¡Dejadme salir! ¡Dejadme salir! ¡Dejadme salir!]
Aún seguía gritando eso cuando la luz brilló en la ventana, con el espectro completo de los rayos del sol reflejándose en el agrinio, cegando y quemando los sensores del kheilwar, de modo que este zumbó y cayó al resbaladizo metal, indefenso. Callista dio un paso adelante y lo partió en dos con su sable de luz, y dio un paso atrás alejándose del espeso rastro de porquería marrón en el que se convirtió.

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