domingo, 12 de abril de 2009

El honor de los Jedi (108)

108
-Mira a ver si puedes localizar el Centro de Mando -dice Luke.
Para cuando Luke encuentra un uniforme de su talla, Erredós muestra un mapa indicando cómo llegar al Centro de Mando. ¡Está aproximadamente a 450 kilómetros de distancia! Por desgracia, pasa lo mismo con cualquier otra cosa que suene remotamente útil; las estaciones de lanzamiento de Tol Ado están construidas bien lejos de los bloques de celdas para desalentar los intentos de fuga.
-De acuerdo, prisioneros -dice Luke, sujetándose el sabe de luz en el cinturón-, tendremos que encontrar un transporte donde podamos.
Desea que el sable de luz no atraiga atención indeseada, pero no tiene la menor intención de dejarlo atrás.
Gideon abre la marcha hacia el pasadizo. Una hora más tarde, escuchan otro coche repulsor acercándose. Cuando aparece a la vista, Luke se abre camino desde detrás de los “prisioneros” y le hace señales.
El proyectil negro se detiene de golpe. Dos solados de asalto están sentados en la parte frontal.
-Voy a llevarme este vehículo -dice Luke, esperando sonar más autoritario de lo que le parecía.
Los soldados se miran entre sí, y luego a él.
-Pero señor, ¡estamos a 300 kilómetros de nuestro puesto de servicio!
-Eso carece de importancia. He encontrado estos prisioneros escondiéndose cerca de la bahía de suministros, y ya sabéis lo que eso significa. -Hizo una pausa para dejarles pensar qué era lo que significaba-. Los llevo al centro de mando para interrogación. Bajen, ¡ya!
Los soldados de asalto obedecen a regañadientes, y Luke empuja a los “prisioneros” a la parte trasera del coche. Erredós se detiene en el borde del carro y silba de forma lastimera.
-Pongan al droide en el asiento del pasajero.
Después de que obedecen, Luke se lleva aparte a uno de los soldados.
-También necesito su bláster -susurra-. El droide está desarmado, pero los prisioneros no lo saben.
El soldado de asalto suspira, y luego le da el arma a Luke.
-Quizá debamos llevarlos nosotros, señor. Parecen peligrosos.
-¡Debe estar de broma! -le corta Luke, subiendo al asiento del conductor-. Yo he capturado a estos prisioneros, y yo los llevaré al Centro de Mando. ¿Entendido?
El soldado de asalto retrocede.
-Sí, coronel.
-Bien. Enviaré a alguien a recogerles.
Mientras Luke da la vuelta al coche, alcanza a escuchar el comentario de uno de los soldados de asalto.
-Esos prisioneros harán pedazos a ese chupatintas.
Luke se ríe por lo bajo al darse cuenta de que esto es como una truco que Deak y él realizaron en Anchorhead, y luego acelera el carro. Incluso se maneja como el deslizador que tenía en casa.
Cuatro horas más tarde, Luke aminora la marcha del carro repulsor. Han alcanzado las afueras del Centro Administrativo. El centro le recuerda vagamente las abarrotadas ciudades de Ord Mantell, salvo por el hecho de que está rodeada por unos asépticos muros blancos. En una zona de unos 75 kilómetros de diámetro, capa tras capa de complejos se alzan todo un kilómetro sobre la superficie. Cada capa es una ciudad en sí misma, dedicada a alguna inservible función burocrática.
Conforme se adentran en el complejo, el pasillo está cada vez más concurrido por carros repulsores manejados por oficiales imperiales de bajo rango. Una acera de energía de salida corre por el borde izquierdo del pasillo, y una acera de energía de entrada corre por el borde derecho. Soldados de asalto, civiles y algunos oficiales pululan por las aceras de energía, deteniéndose de vez en cuando para mirar a Luke y sus prisioneros.
Luke toma la primera rampa ascendente que ve, luego sigue por una complicada serie de espirales y giros. Finalmente, llega a un nivel dominado por capitanes y comandantes. Luke detiene el vehículo frente a una rampa peatonal de entrada custodiada por dos soldados de asalto.
-Vigilen a estos prisioneros -ordena-. Voy al centro de mando por instrucciones.
Descarga a Erredós y comienza a subir la rampa.
Los soldados de asalto saludan marcialmente, luego apuntan obedientemente a Gideon y Sidney con sus armas. La rampa termina en un vestíbulo en el exterior de un muro transparente. Al otro lado del muro transparente, varios cientos de oficiales vigilan terminales de ordenador, marchan de un superior a otro, o discuten con otros oficiales de su mismo rango. Se detiene para calmar las mariposas de su estómago, y luego entra al Centro de Mando. Erredós le sigue, incapaz de sentir la emoción que hace que las rodillas de Luke se tambaleen.
Allí, los guardias también le dejan pasar sin preguntas. Luke se dirige rápidamente al fondo de la sala. Tropieza con tres uniformes oscuros.
-Tranquilícese, coronel -ordena una voz familiar-. ¡No puede ser tan importante!
La voz pertenece a Sebastian Parnell.
Luke aparta la mirada.
-Lo siento, señor. Soy nuevo aquí.
Se hace a un lado para dejar que el general y sus compañeros pasen.
-Sea más cuidadoso. No puedo dejar que pisoteen a mis oficiales, ¿está claro?
-Sí, señor.
Luke comienza a marcharse.
-¡Coronel! -le detiene Parnell con un grito-. ¿Le he dado permiso para marcharse?
-No, señor -responde Luke. Deja de avanzar, pero no mira a Parnell.
-Nunca olvido una cara. ¿Nos hemos encontrado antes?

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