martes, 18 de septiembre de 2012

Comando de la República: Probabilidades (I)

Comando de la República: Probabilidades
Karen Traviss

Todo el mundo sabe que intel es casi tan fiable como una bola quay weequay. Pero eso no quiere decir que no tenga sus usos. A veces las mentiras y los mitos son los que te indican todo lo que necesitas saber.
-Sargento Kal Skirata, instructor de comandos, Brigada de Operaciones Especiales, Gran Ejército de la República


Fábrica de droides separatista, Olanet, sistema Siskeen, 460 días después de la Batalla de Geonosis
(De 65 a 67 días después de los acontecimientos de la novela Star Wars Comando de la República: Triple Cero)

A Atin le gustaba una gran y satisfactoria explosión como al que más. Pero había mejores formas de poner droides fuera de combate que convertirlos en metralla. Sólo que esta vez no estaba de acuerdo con los detalles técnicos.
-Ordo me dijo que te gustaba discutir -dijo Prudii.
Atin se encrespó. Pero viniendo de Ordo, eso bien podría haber sido un cumplido.
-Yo sólo quiero hacer las cosas bien.
Atin recorrió la pasarela sobre el suelo de la fundición, tanteando la barandilla de metal cubierta de moho en busca de una sección sólida que aguantase el peso de una cuerda de rappel con un Comando de la República totalmente equipado en el extremo. La única iluminación era el resplandor de las láminas de duracero al rojo vivo que alimentaban los rodillos; los droides no necesitaban luz para ver. El filtro de visión nocturna de su visor se había activado en el momento en que él y Prudii entraron en la fábrica.
Era un objetivo de alto valor. Se decía que la fábrica era una de las más grandes fuera de Geonosis. Una vez más, Intel parecía haber perdido algo en la traducción.
Atin encontró lo que parecía una sección sólida de barandilla y comprobó la integridad del metal con el sensor de su guante. Copos de metal corroído cayeron al suelo de la pasarela, y él los apartó con cuidado a un hueco para ocultar cualquier señal de su entrada.
-Un cinco por ciento adicional de carvanio servirá. -Prudii, el soldado CAR Null N-5, sacó su caja de herramientas de la correa-. Confía en mí. He hecho esto muchas veces.
-Lo sé.
-¿Y? ¿Funcionó? Funcionó.
-Bueno, yo no soy un metalúrgico.
Prudii miró por encima de la barandilla mientras revisaba su línea de rappel.
-Ni yo, pero conocí a un tipo que lo era.
Atin no le preguntó acerca de su uso del tiempo pasado. Él era un asesino y un saboteador, y de los mejores en ambos campos. Hasta que Atin llegase a conocerlo tan bien como conocía a sus hermanos Null, Ordo y Mereel, pecaría de prudente. Los Nulls estaban tan locos como una caja de chags hapanos. Había sólo seis de ellos en el ejército, pero parecía como si fueran muchos más.
El Escuadrón Omega estaba de nuevo de vuelta en el cuartel por unos días. Atin echaba de menos al resto de su equipo, pero se había ofrecido voluntario para esta misión para aprender una técnica. Y aprender es lo que haría.
Yo puedo hacer esto. ¿Me gusta discutir? Me gustan las cosas bien hechas.
Prudii se dejó caer por la cuerda, con su kama agitándose en el aire mientras descendía en completo silencio... lo que no era poca cosa para un hombre de 85 kilos con su armadura completa. Atin tomó aire e hizo una pausa antes de descender tras él. Si un droide les detectase, la misión habría terminado. Tendrían que volar la fábrica... de nuevo. Y entonces los Sepas trasladarían la producción a otros lugares... de nuevo. Si podían conseguir que se fabricasen millones de hojalatas deficientes, mutilados a nivel molecular mediante un pequeño arreglo en la automatización, se ahorrarían muchas cacerías.
-No es nada personal -murmuró Atin, preguntándose qué pasaría en sus cabezas de metal con consciencia de sí mismos-. Sois vosotros o yo, vode.
-¿Qué? –la voz de Prudii llenó el casco de Atin.
-Sólo trato de no ser... organicista.
-No me vengas con ese rollo de osik de que los-droides-tienen-derechos.
-Ni se me ocurriría -dijo Atin.
Aterrizó junto al teniente Null, y bordearon la línea de montaje. En el suelo de la fábrica, a 20 metros bajo el nivel de la superficie, el ritmo de la producción totalmente automatizada continuaba sin interrupción. Sólo los droides trabajadores estaban presentes durante el turno de noche. Las hojas de duracero retumbaban entre los rodillos, eran capturadas por garras gigantes, y trasladadas a la siguiente línea de montaje para su corte. Al final de la cinta transportadora, una prensa con forma de concha daba forma al torso de los droides de combate con un molde antes de hacerlas pasar a través de cubas de refrigeración con silbidos de vapor. Todo el lugar olía a hollín y metal ardiendo.
Un droide de mantenimiento -sólo una caja sobre ruedas con una docena de brazos multifuncionales- pasó rodando junto a Atin y Prudii, tan ciego al perfil electromagnético de su armadura como lo eran todos los de su clase. De todas formas, Atin contuvo el aliento mientras pasaba. Pero ningún sonido escapaba de su casco sellado. Podría gritar hasta que a Prudii le estallase la cabeza, y nadie más oiría nada. El ruido ensordecedor de la línea de montaje habría ahogado cualquier sonido de todos modos.
-Ahí está. -Prudii señaló lo que parecía una hilera de armarios de gran tamaño en una pared del fondo. Sus bisagras estaban tan oxidadas como la pasarela-. Odio el óxido. ¿Es que nadie limpia la casa por aquí?
Atin abrió la tapa con cuidado. No, los Sepas no inspeccionaban los ajustes automatizados muy a menudo, siempre que el panel de estado informase de que todo estaba funcionando bien. En el interior, un conjunto de tarjetas de datos proporcionaba información de plantilla a las diferentes líneas de producción, dictando calibres de alambre, proporciones de aleación, calificaciones de componentes, y miles de parámetros más que eran necesarios para construir un droide de batalla. Atin y Prudii acababan de abrir el cerebro de toda la fábrica. Era hora de practicar un poco de cirugía.
-¿Cuántas veces ha hecho esto? -le preguntó Atin.
Prudii se lamió los dientes audiblemente e inclinó la cabeza, contando.
-Muchas -dijo al fin.
-¿Y no se han dado cuenta todavía?
-No, yo diría que no. -Prudii enganchó cables de derivación a los terminales por encima y por debajo de la ranura para aislarla-. Al menos nunca he activado el diferencial de seguridad. -Inspeccionó una tableta de datos de sustitución, aparentemente idéntica en todos los sentidos a las separatistas, y la insertó en la ranura-. Esto se asegurará de que la fundición añada demasiado carvanio al duracero, y que la toma de muestras del control de calidad lo lea como niveles normales. ¿Ves? -Señaló la lectura en el panel. Un grupo de cifras decía 0003-. Las máquinas creen lo que les dices. Igual que la gente.
-¿Está seguro de que es suficiente?
-Más cantidad y sería demasiado frágil para pasar por los rodillos. Entonces detectarían el problema antes de tiempo.
-Está bien...
Prudii tomó aliento. Era muy paciente para ser un Null.
-Mira, cuando estos chakaare lleguen al campo de batalla, la sobrepresión de una granada de iones básica agrietará sus carcasas como si fuera cristal de Naboo. –Retiró las pinzas de derivación y las enganchó a los terminales que flanqueaban una ranura vertical más arriba en el panel. Más tarjetas con pinchos sustituyeron a los chips originales-. Y en caso de que tengan suerte y detecten ese pequeño problema de control de calidad, éste reducirá el calibre del cable lo suficiente para que, cuando reciba una fuerte corriente, se parta. Me gusta introducir un conjunto diferente de problemas en cada fábrica, para que no puedan detectar un patrón. ¿Cuánto más de esto tengo que discutir contigo?
-Sólo quería asegurarme, señor.
-Olvida lo de señor. Lo odio.
Era un cálculo preciso: sólo lo suficiente para hacer que toda la producción de droides fuese tan vulnerable en el campo de batalla que casi fueran inútiles, pero no lo suficiente como para detectar el problema cuando las unidades eran revisadas antes de salir de la fábrica... revisadas por droides de servicio usando los mismos datos falsificados.
Prudii tenía que estar haciendo algo bien. La tasa de muertes había ascendido de 20-a-uno hasta 50-a-uno en cuestión de unos pocos meses. Los hojalatas todavía no habían vencido a la República, a pesar de las afirmaciones de que podían hacerlo. Mientras Prudii trabajaba, los droides de la fábrica le pasaban casi rozando, ajenos a todo. Se apartó de su camino y les dejó pasar.
-¿Es verdad que ha rastreado al General Grievous? -le preguntó Atin-. Porque sé que dos de ustedes se encargaron de darle caza...
-Yo no. Pregunta a Jaing. O a Kom'rk. Fue trabajo suyo, no mío.
Atin no les había conocido todavía.
-Si lo han encontrado, la guerra puede darse por terminada.
-¿Tú crees? Pues no parece haber terminado todavía.
Atin captó la indirecta y no preguntó por Grievous de nuevo. Se mantenía alerta, con el rifle DC-17 listo, deseoso de no usarlo, para variar. Era extraño ser invisible. Se preguntó por qué el Gran Ejército no usaba revestimiento de sigilo en todas las armaduras de los soldados, ya que la mayor parte de sus enfrentamientos en tierra eran contra droides.
Había muchas cosas que no cuadraban en esta guerra.
-Ya está -dijo Prudii, cerrando el panel suavemente. Dio un paso atrás para inspeccionarlo-. Nunca estuvimos aquí.
Treparon de nuevo a la pasarela usando sus cuerdas y salieron por donde habían venido. El exterior estaba oscuro como un agujero negro. Tenían una hora para llegar al punto de extracción y transmitir sus coordenadas al carguero totalmente modificado que les estaba esperando. En Olanet, eso significaba cruzar kilómetros de zonas de carga y descarga al servicio de la industria de la carne de nerf. Atin podía oír a los animales mugiendo, pero aún no había visto un nerf vivo.
-Este lugar apesta. -Prudii se instaló detrás de un camión repulsor en un patio lleno de centenares de camiones más y se puso en cuclillas a su sombra. El inofensivo pero nauseabundo hedor de estiércol y animales penetraba los filtros de su casco-. Cinco-siete, ¿me recibes?
-Con usted en diez, señor. Espere.
Prudii no hizo ningún comentario sobre el señor. Tomó las tarjetas de datos de su cinturón y les conectó una sonda, uno cada vez. A Atin le pareció una especie de alma gemela, un hombre que no dejaba que los objetos inanimados sacaran lo mejor de él, pero seguía siendo duro de roer.
-Shab, -murmuró Prudii. Sostuvo una de las tarjetas-. ¿Qué piensas de esto?
Atin la introdujo dentro de su propio lector de tarjetas y transmitió los datos extraídos a su HUD. La lectura era sólo cadenas de números, el tipo de datos que había que analizar con cuidado.
-¿Qué estoy mirando? Yo normalmente hago volar estas cosas por los aires. Nunca me he detenido a leerlas.
-Busca el código que empieza por cero-cero-cinco-alfa, el décimo desde la fila superior.
-Lo tengo.
-Ese es el total acumulado de unidades salidas de la línea de producción desde que la tarjeta se introdujo para iniciar el proceso de fabricación. Y la fecha.
Atin escaneó de izquierda a derecha, contando la línea de números e insertando puntos y comas imaginarios.
-Novecientos noventa y seis mil ciento veinticinco. En un año.
-Correcto.
-Tampoco es demasiado. -Atin comprobó que no se hubiera saltado ninguna fila de números-. No, sólo seis cifras.
-Cada fábrica que atacamos está produciendo números como esos. A juzgar por las cargas de materia prima que controlamos, hay todavía muchas más fábricas por ahí, pero creo que estamos hablando de unos cientos de millones de droides.
-Eso es tranquilizador. Gracias. Voy a dormir bien esta noche.
-Y deberías hacerlo, ner vod. -Prudii soltó el sello de su cuello, se retiró el casco y se pasó la palma del guante por la frente; a la débil luz del HUD, apareció brillante por el sudor. De alguna manera parecía más viejo que Mereel y Ordo-. Ellos dicen que están haciendo miles de billones de droides. -Hizo una pausa-. Eso son 15 ceros. Mil millones de millones, no unos pocos cientos. ¿Nos estamos perdiendo algo aquí?
Atin no se ofendió ante la explicación. Cualquier cantidad mayor de tres millones eran malas noticias para él: ese era el número de tropas clon desplegadas o criadas en Kamino.
-¿Ellos dicen? ¿Quién son ellos?
-Esa es una buena pregunta.
-De todos modos, sólo hace falta uno para matarte.
-Pero, ¿dónde están todos? He visitado alrededor de 47 planetas este último año. -Prudii lo hizo sonar como si fuera turismo. Atin tuvo una repentina visión de él admirando las atracciones para visitantes de los planetas sepas y luego volándolas en pedazos. El mango del rifle verpine que colgaba de su espalda estaba bastante gastado. Atin no tenía ni idea de a quién estaba cazando Prudii, y él era más feliz de esa manera-. He visto un montón, he contado muchos. Pero no miles de billones. Simplemente no parecen ser capaces de producir una cantidad cercana a esa.
-Pero por eso estamos luchando, ¿no es así? -Atin trató de no preocuparse por las noticias de la HoloRed y tomó el debate político como algo que no tenía importancia, porque con un androide o con un cuatrillón, serían él y sus hermanos quienes seguirían en la línea del frente-. Porque los sepas nos van a superar con sus ejércitos de droides si no los detenemos. ¿Entonces por qué no se tranquiliza a la población diciendo que la amenaza no es tan grande?
Prudii lo miró por un momento. Atin tuvo la sensación de que, de alguna manera, sentía lástima por él, y no estaba seguro de por qué.
-Porque sólo somos la gente como nosotros los que descubrimos esto cada vez que irrumpimos en una instalación sepa.
-¿Informa de ello?
-Por supuesto que lo informo. Siempre. Al general Zey. Mace Windu lo sabe. Todos lo saben.
-Entonces, ¿por qué las noticias del holodiario dicen miles de millones? ¿De dónde sale esa cifra?
-La escuché por primera vez de Inteligencia de la República.
-Bueno, entonces... -Intel era notoriamente variable en su calidad-. Se lo inventan sobre la marcha.
-Ni siquiera ellos son tan estúpidos.
Prudii se volvió a poner el casco y le tendió la mano a Atin para que le devolviera la tarjeta. No dijo mucho después de eso.
Millones o miles de billones. ¿Y qué? Atin, un hombre que gozaba con los números, miró a los 1,2 millones de soldados clon desplegados en ese momento, añadió los dos millones de hombres que seguían siendo criados y entrenados, y ni siquiera necesitó colocar una coma decimal para saber que no le gustaban las probabilidades.
Pero nunca le habían gustado. Y eso nunca le había impedido desafiarlas.
-¿Quiere que transmita estos datos al cuartel general? -preguntó.
-No -dijo Prudii-. No hasta que Kal'buir lo vea. Nunca hasta que lo vea.
Un buen hijo mandaloriano siempre obedecía a su padre. Los CARs Null no eran diferentes: obedecían órdenes del sargento Kal Skirata -Kal'buir, Papa Kal-, no de la República. Después de todo, un padre Mando ponía a sus hijos en primer lugar, y ellos confiaban en él.
Skirata siempre superaba en rango a todos... a capitanes, a generales... e incluso al Canciller Supremo.

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