lunes, 17 de septiembre de 2012

Precipicio

Precipicio
Chris Cassidy

Lenguas de relámpago azul recorrían el cuerpo de Obi-Wan Kenobi, concentrándose en sus muñecas y tobillos antes de atravesar su cuerpo hacia arriba y hacia abajo en un viaje diseñado sin duda para conducirle al límite de su resistencia. Estaba retenido prácticamente inmóvil, como un insecto expuesto, clavado en una varilla de algodón, retorciéndose mientras sus músculos se convulsionaban incontrolablemente en un esfuerzo inútil por escapar de su tormento. Era una extraña clase de dolor: una molestia, un hormigueo, un entumecimiento similar al de una extremidad que se había quedado dormida, en combinación con el ardor de los músculos que han trabajado hasta un tembloroso agotamiento. Un brillo de sudor frío cubría su rostro pálido, y perlas ocasionales del mismo rodaban por sus sienes antes de desaparecer en la barba.
Sus ojos azules verdosos se entrecerraron mientras inspeccionaba los alrededores, una empresa ayudada por el hecho de que estaba suspendido a un metro del suelo por una serie de repulsores mientras giraba constantemente como un nerf en un asador. El olor fresco y ácido de la electricidad con un débil hedor a pelo quemado flotaba en el aire de la cámara cavernosa. En otras circunstancias podría haber quedado impresionado por los millones de años de lenta evolución geológica necesarios para crear la estructura de roca roja que le servía como prisión, pero en ese momento sólo era un obstáculo más entre él y la libertad.
Cuánto tiempo llevaba allí, no podía decirlo. Horas, sin duda. Estaba agotado, pero agobiado, con la mente errando lamentablemente, incapaz de concentrarse en una sola cosa durante más de unos minutos cada vez.
Era una forma efectiva de retener a un Jedi, tenía que admitirlo. No podía concentrar ni la mente ni el cuerpo lo suficiente como para aprovechar la energía de la Fuerza con el fin de conseguir escapar. La electricidad estática que emanaba del campo de contención le hacía sentir como si millones de pequeños nimgnats excavaran implacablemente en su carne. Era insoportable y perturbadoramente eficiente.
El Jedi tragó saliva, haciendo una mueca ante el sabor rancio, cobrizo, de la sangre en su boca. Detenerse en su malestar no le beneficiaría ni a él, ni a la Fuerza que había dedicado su vida a servir. Suspiró y trató de centrar su concentración. Una vez más. En lugar de eso, lo único en que podía pensar era en arrancarse la piel de sus huesos.
Cuando otro temblor inducido por la estática recorrió el sistema nervioso de Obi-Wan, éste se maravilló ante la maravillosa hospitalidad de los geonosianos. Generalmente prefería una bienvenida con whisky corelliano, o incluso té, en lugar de un tratamiento de choque, pero cada cultura tenía sus rarezas. Tan sólo esperaba que por su culpa los geonosianos vieran seriamente aumentada su factura de energía.
Respiró hondo y liberó su frustración en la Fuerza. Esperaría y la Fuerza le presentaría los medios y el momento oportuno para escapar. En cualquier momento, ahora... o ahora... o tal vez ahora... La paciencia era una habilidad que generalmente tenía en abundancia, a pesar de que su propio Maestro se había preguntado durante mucho tiempo, desesperado, si alguna vez llegaría a adquirirla.
Qui-Gon Jinn. Muerto desde hacía diez años. El dolor, como las pesadillas por su muerte, se había desvanecido con el tiempo, pero el vacío en la vida de Obi-Wan nunca disminuyó por completo. Obi-Wan apartó despiadadamente el pensamiento de su mente. Reflexionar sobre el asesinato de su Maestro no le iba a ayudar en su objetivo, el cual, se recordó con severidad, era encontrar una manera de centrarse y descubrir una forma de escapar.
De acuerdo. Paredes rojas. Comprobado. Dolor intenso. Comprobado. Nada de ayuda de la Fuerza. Comprobado. Quiso dar una patada a un panel de control. O a un recipiente de almacenamiento. O a su astromecánico. Se preguntó cómo le iría a R4. Esperaba que los geonosianos no la hubieran desintegrado. ¿Habría podido la pequeña droide enviar su última transmisión? Cuando otra serie de descargas atormentaron su ya maltrecho cuerpo, pensó que tal vez la decisión de reportar la información obtenida durante su incursión encubierta en la fortaleza geonosiana antes de salir del planeta no fue su decisión más brillante.
Últimamente, muchas de sus decisiones habían sido menos que estelares, admitió, mientras su mente se dirigía hacia su interior, buscando inconscientemente refugio del dolor, hasta que se topó con cierta brusquedad con el malestar que había estado acechando bajo la superficie de su conciencia desde antes de su partida del Templo Jedi en esta misión de búsqueda de información.
Alguien había borrado el planeta de Kamino de los archivos Jedi. No, no simplemente alguien. Un Jedi. Él mismo había visto la prueba de ello. Su aliento quedó atrapado en su garganta cuando volvió a examinar las implicaciones de eso. Al parecer, un Jedi había contratado hacía diez años a los kaminoanos para crear un ejército de clones para la República, supuestamente para luchar contra los separatistas, en cuya base de operaciones secreta se encontraba ahora encarcelado. Pero hace una década los separatistas ni siquiera existían.
Mientras Obi-Wan consideraba estos hechos, el miedo comenzó a filtrarse en su mente como agua en las grietas del duracemento. La República Galáctica, que había existido durante miles de años, avanzaba a toda velocidad hacia la guerra civil. Los Jedi, que había mantenido la paz durante al menos ese tiempo, se veían incapaces de evitarlo. Y, quizás lo más aterrador de todo, sentía que algo iba terriblemente mal con su Padawan, el niño -ahora hombre- al que había entrenado en los caminos de los Jedi durante los últimos diez años. A pesar de que no estaba del todo seguro de cómo, sus sentimientos le decían que los destinos de estas tres cosas estaban estrechamente vinculados. Ahí en Geonosis estaban operando fuerzas que podrían destruir todo lo que él más estimaba.
Anakin Skywalker no era el Padawan que Obi-Wan habría elegido para sí mismo, lo que era bastante irónico, ya que estaba bastante seguro de que su propio Maestro habría dicho lo mismo de él. Pero no había duda de que amaba a su aprendiz con una fiereza que a menudo le daba miedo. Sin embargo, la formación de Anakin era un poco como esquivar disparos de bláster, siempre a un paso del desastre. No había duda de que el muchacho era uno de los Jedi más poderosos que jamás hubieran existido. Pero la esencia de los Jedi no era el poder, sino más bien lo que se hacía con él.
Un Jedi puede sentir ira, odio, dolor, desesperación -eran, después de todo, seres racionales con sentimientos-, pero un Jedi nunca debe permitir que esos sentimientos guíen sus acciones. Este comportamiento va en contra de los instintos de la mayoría de las especies, motivo por el que los niños Jedi comenzaban su formación tan jóvenes. La capacidad de eludir la naturaleza de uno mismo y depositar una confianza inquebrantable en la guía de la fuerza no era una cosa fácil de hacer. Era una elección que cada Jedi tenía que hacer todos los días. A veces, cada minuto. Pero era esencial. El control era el núcleo de un Jedi. Esa era la lección que temía que había fracasado por completo al tratar de enseñársela a Anakin.
Su aprendiz no estaba preparado para la responsabilidad de la misión en solitario de salvaguardar a la senadora Amidala. El hecho de que Anakin aparentemente hubiera abandonado sus órdenes y estuviera en Tatooine sólo servía para ilustrar este punto. Cuando había expresado sus preocupaciones al Maestro Yoda y al Maestro Windu, le habían restado importancia, para pesar suyo. No era la primera vez que había pasado. Últimamente, el Consejo parecía pensar que sabía lo que era mejor para Anakin. Sentía en sus huesos que estaban equivocados. Y si lo estaban, las consecuencias podrían ser catastróficas.
No te centres en tu ansiedad. ¿Cuántas veces su Maestro le había dicho esas palabras? Más veces que estrellas había en la galaxia. Incluso ahora, en la privacidad de su propia mente, las escuchaba con la voz de Qui-Gon. Respiró profundamente. Qui-Gon tenía razón. Vive el momento. Centrándose en sus temores no lograría nada.
¡Quería arrancarse la carne de la nuca y detener ese insistente picor! Llamó a toda su energía en un intento de mover la cabeza, esperando cualquier tipo de alivio, sólo para descubrir que el Conde Dooku entraba en su celda.
-¡Traidor! –exclamó Obi-Wan a modo de saludo, la amarga palabra escapando de sus labios antes de que tuviera la oportunidad de evaluar la situación. Maldita sea, sabía hacerlo mejor que eso.
Dooku no parecía tan ofendido, sin embargo.
-Hola, amigo. Esto es un error. Un tremendo error. Se han excedido. Es una locura.
La apariencia del anciano contrastaba con la angustia de su voz. Casi parecía como si estuviera de camino a la ópera, con su ropa elegante y su barba perfectamente arreglada, en lugar de en una misión para ayudar a un "amigo" en apuros.
Irracionalmente, el hecho de que ni uno solo de los grises cabellos de la cabeza del hombre estuviera fuera de lugar hizo que Obi-Wan quisiera desatar una tormenta de Fuerza sobre él.
-Creía que tú eras su líder, Dooku -respondió el Jedi, manteniendo su voz tan firme como le fue posible. El líder. La idea le repugnaba. Dooku había sido antes un Jedi. ¡El maestro de Qui-Gon! ¿Cómo podía haber llegado a esto?
-Yo no he tenido nada que ver, te lo aseguro -dijo el conde, haciendo caso omiso de la acusación de Obi-Wan-. Solicitaré inmediatamente que te liberen.
Mientras que sus palabras eran bastante tranquilizadoras, Obi-Wan casi enfermó al sentir un nuevo hormigueo en las esquinas de su conciencia. El antiguo Maestro Jedi estaba forzando las defensas mentales Jedi de Obi-Wan y tratando de acceder a sus pensamientos más íntimos. Luchó contra el asalto, pero el dolor y la distracción de los impulsos eléctricos que todavía le recorrían se aseguraban de que esa batalla estuviera perdida. En su desesperación, Obi-Wan trató de distraer al Conde con una salida sarcástica.
-Pues espero que no tarden demasiado. Tengo mucho que hacer.
Dooku no se desanimó, y el sudor surcó de nuevo la frente de Obi-Wan mientras trataba de ganar una posición ventajosa con su mente.
¿Por qué huyes de mí, amigo mío? La voz de Dooku resonó en la mente de Obi-Wan, al tiempo que este caminaba alrededor de Obi-Wan en el sentido contrario a la rotación del campo de contención, lo que obligaba al Jedi a mantener el control sobre la ubicación de su torturador, tanto mental como físicamente.
El lento caminar de Dooku mostraba una arrogancia subyacente y estaba en agudo contraste con la brusquedad de su invasión en la mente de Obi-Wan. Obi-Wan ahogó un grito y huyó, tratando de establecer nuevas barreras mentales en su estela. Había tenido antes otros usuarios de la Fuerza en su mente. Qui-Gon. Anakin. Incluso el Maestro Yoda. Pero donde su toque fue suave, casi una caricia, el de Dooku era doloroso y humillante.
-¿Puedo preguntar por qué un Caballero Jedi hecho un largo viaje hasta Geonosis?
Las corrientes de energía que rodeaban su cuerpo aumentaron, y Obi-Wan sintió que su fortaleza mental se debilitaba. Se esforzó por no gritar.
-Seguía a un cazarrecompensas llamado Jango Fett. ¿Le conoces? -Su voz sonaba extraña incluso a sus propios oídos.
-Aquí no hay cazarrecompensas. Que yo sepa, los geonosianos no se fían de ellos -dijo el conde.
Pero puedes confiar en mí, Obi-Wan. Las palabras rezumaron en su psique, repugnantes en su sinceridad.
Obi-Wan intentó zafarse de nuevo, pero la presencia mental de Dooku lo inmovilizó. El antiguo Maestro Jedi estaba hurgando en sus recuerdos como un mono-lagarto kowakiano carroñeando en unas entrañas abiertas, sacando lo útil, lo que podía hacerle daño, y apartando el resto a un lado.
Los propios sentimientos de Obi-Wan le asaltaron en un torbellino de dolor y pérdida.
El ligero olor a rancio perfume floral y el material grueso contra sus deditos mientras se aferraba a su madre por última vez.
Lucho mentalmente contra el recuerdo, apartándolo finalmente sólo para sentir los dedos sudorosos de otro Jedi, compañero y rival de infancia, al pasar rozando los suyos mientras el muchacho se precipitaba a su muerte.
Obi-Wan se apartó de ese recuerdo, y le dio a Dooku el espacio que necesitaba para abrir las compuertas. Los recuerdos le fueron arrancados en una lluvia de color, sonido y olor.
...las orejas rojas y el rostro ardiendo por el aguijón de una reprimenda de su Maestro por haberse saltado el toque de queda...
...el peso de la decepción de Qui-Gon por un examen de astronavegación suspendido...
...la luz desvaneciéndose de los ojos de Cerasi conforme la vida la abandonaba. La última víctima de Melida/Daan...
...la sensación de unos labios suaves deslizándose por su frente, no en promesa de una relación más profunda, sino en agridulce reconocimiento de lo que nunca podría ser, según lo dictado por el Código Jedi...
...el aguijón de los celos al darse cuenta de que Anakin le reemplazaría como Padawan de Qui-Gon...
...la tortura de estar atrapado tras un campo de energía, obligado a observar cómo Qui-Gon luchaba contra un monstruo, sabiendo que su Maestro no sobreviviría al encuentro...
...la agonía al sentir que los hilos de su vínculo de entrenamiento se disolvían cuando su Maestro se hizo uno con la Fuerza...
...el pánico ciego al comprender que el destino de un niño estaba en sus manos...
-No se les puede reprochar. Pero está aquí, te lo aseguro –se escuchó Obi-Wan decir a sí mismo, después de lo que parecían haber sido horas, pero que en realidad debían haber sido sólo escasos segundos.
-Es una lástima que nuestros caminos no se hayan cruzado antes, Obi-Wan. Qui-Gon siempre decía excelencias de ti.
Aunque no estaba preparado para tomar otro Padawan. Era una inseguridad que normalmente ya no tenía ningún poder sobre él. Obi-Wan sabía demasiado bien cómo un Padawan no deseado podía convertirse en una parte tan esencial para un Jedi como cualquiera de sus extremidades. Pero ahora, con su vida dispersa a su alrededor como una papelera volcada, las palabras le abrasaron. Las lágrimas le ardían en los ojos al perderse de nuevo en el dolor de un niño de doce años que veía cómo su última oportunidad de tener un maestro le daba la espalda y se marchaba.
-Es una lástima que no esté vivo. –El Conde suspiró teatralmente, y Obi-Wan escuchó las palabras “y que tú no fueses más rápido” clavarse como un cuchillo en su mente-. Me sería de gran ayuda.
-Qui-Gon Jinn nunca te habría apoyado.
Las palabras eran un escudo.
-No estés tan seguro, mi joven Jedi. Olvidas que un día él fue mi aprendiz igual que tu fuiste el suyo.
Y yo era su amigo. Obi-Wan sabía que esto último era mentira. Dooku había sido el Maestro de Qui-Gon, y su profesor, pero nunca había sido su amigo. Era un error táctico, y ese conocimiento vigorizó brevemente a Obi-Wan.
-Él conocía la corrupción del Senado, pero no la habría consentido de haber sabido la verdad como yo -dijo Dooku, mientras continuaba girando de modo exasperante alrededor de su cautivo.
-¿La verdad?
Obi-Wan se maldijo por la curiosidad que reflejaba su voz. Dooku conocía ahora su desdén hacia el Senado y los políticos en general, y no estaba dudando en usar ese conocimiento en contra suya.
-La verdad...
Dooku dejó las palabras colgando durante un largo instante, reuniendo fuerzas, mientras Obi-Wan se disponía a negarse a creer lo que viniera después. Podía sentir la diversión del Conde ante sus esfuerzos. ¿Y quién crees que le enseñó a Qui-Gon esa táctica?
-¿Y si te dijera que la República está bajo el control del Lord Oscuro del Sith?
-No, eso no es posible. Los Jedi lo sabríamos –dijo rápidamente Obi-Wan, pero su voz estaba ensombrecida por la duda.
¿Estás seguro, mi joven amigo? Una imagen de su memoria, de la sala del mapa estelar, con el espacio vacío justo al sur del Laberinto Rishi, apareció ante los ojos de su mente. Se dio cuenta de que estaba temblando, y no era sólo por el efecto del campo de contención.
-El lado oscuro de la Fuerza ha nublado vuestra percepción. Cientos de senadores se encuentran ahora bajo la influencia de un Lord Sith llamado Darth Sidious.
Visión nublada. Sus propios errores de juicio. El fracaso de los Jedi en Antar, y otros muchos pasos en falso que habían precipitado la crisis actual.
-No creo tus palabras.
Pero sí que las creía.
-El virrey de la Federación de Comercio estuvo en un tiempo confabulado con ese tal Darth Sidious. Sin embargo hace diez años el Lord Oscuro le traicionó...
Eso no es verdad, se decía a sí mismo Obi-Wan.
-...acudió a mí y me lo contó todo...
Eso no es verdad. Eso no es verdad. Eso no es verdad, se repetía a sí mismo Obi-Wan, aferrándose testarudamente a su resistencia, usando la negación como baluarte.
Podía sentir a Dooku anulando sus esfuerzos, nublando su mente. La presión se aferraba a su psique como unas tenazas. Se retorció y luchó, pero el agarre sólo se hizo más fuerte, dejándolo débil y confuso.
El Consejo Jedi no le creería, continuó mentalmente el Conde con sus acusaciones.
Eso no es verdad. Eso no es verdad. Eso no es verdad. Eso no es verdad.
El conde siguió caminando, con movimientos cada vez más agitados. He intentado advertirles muchas veces, pero no quisieron escucharme.
ESO NO ES VERDAD.
Pero una pequeña parte del Caballero reconocía que podría serlo. ¿Acaso el Consejo no había restado importancia a sus preocupaciones acerca de la preparación de su Padawan para llevar a cabo su misión con la senadora Amidala? Dooku aprovechó el parpadeo de duda y lo explotó sin piedad. Todas las frustraciones de Obi-Wan con el Consejo por ignorar sus preocupaciones se estrellaron sobre él como una ola.
Sólo ven lo que quieren ver. Ignoran tus preocupaciones. Las palabras estaban recubiertas con miel, suaves y seductoras. ¿Cuántas veces te advirtió Qui-Gon de que siguieras tus propios consejos?
Eso... es verdad. La Fuerza le ayudaba, era verdad. Qui-Gon había cuestionado a menudo la omnipotencia del Consejo. El Consejo había ignorado sus preocupaciones acerca de Anakin.
Dooku se abalanzó sobre esos reconocimientos. Una vez que sientan la presencia del Señor Oscuro, será demasiado tarde.
Demasiado tarde. Las palabras resonaban a través de él. Sería demasiado tarde. El Senado estaba corrupto. El Consejo se hundía. La República caería. Su cabeza daba vueltas con las implicaciones de todo eso. Se esforzó por llevar aire a sus pulmones. ¿Qué habría hecho su Maestro?
-Debes unirte a mí, Obi-Wan, y juntos destruiremos a los Sith.
Destruir a los Sith. Evitar que la República se elimine a sí misma. Salvar a su Padawan. Sonaba tan simple. Tan tentador. Encargarse del asunto con sus propias manos. Alejarse de los dictados del Consejo y dar la espalda a los excesos de la política. ¿Podría servir mejor a la galaxia junto a Dooku?
Obi-Wan se encontraba en un precipicio, al borde de un acantilado sobre un gran abismo que quería tragárselo. Los guijarros cedían bajo sus pies, su roce contra el suelo representaba su menguante resistencia. Sentía que el vacío se abría bajo él mientras empezaba a caer. Una voz que no era la suya lo agarró.
El peor momento de todos es aquel en el que debes seguir el Código Jedi. Aparta tus dudas. Deja que la Fuerza fluya a través de ti.
Qui-Gon. Se aferró a esas palabras y dejó que su verdad le atravesara. Encontró su apoyo. La tierra se hizo firme bajo él. Podía respirar. El alivio y la energía luminosa de la Fuerza le impregnaban. Eligió la Luz. Eligió a los Jedi. Tal y como lo había hecho miles de veces en su vida. Tal y como lo haría hasta el final de sus días.
-Jamás me uniré a ti, Dooku -juró.
Los hombros del conde cayeron ligeramente derrotados y Obi-Wan sintió que los tentáculos de la presencia del otro hombre se deslizaron fuera de su mente.
-No me será fácil conseguir tu liberación –dijo Dooku mientras se volvía para marcharse.
Lo que Dooku no podía entender era que Obi-Wan ya se había liberado.

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