martes, 11 de septiembre de 2012

Darth Maul: Contención (XIV)


En un cuarto de servicio por debajo de la bahía en la que los soldados de Kirske estaban desplegados, Maul y las hermanas de la noche estaban sobre un andamio de mantenimiento varios metros sobre la cubierta inundada de la sala. La inundación era debida a brechas en las gruesas tuberías que corrían por el techo, abiertas por tajos de la hoja dathomiri de Maul. Tan rápido como el agua brotaba de las tuberías, Talzin –gesticulando ampliamente con los brazos- la convertía en su mayor parte en vapor, y las nubes comenzaban a subir a través de las rejillas de la cubierta del hangar que se encontraba sobre ellos.
-No va a ser tan potente como la tormenta que conjuré en Orsis -dijo Talzin- pero deberá bastar.
Al igual que Maul y las dos Hermanas de la Noche, llevaba una de las máscaras respiratorias de emergencia que Maul había tomado de una esclusa de aire cercana después de que tanto él como Talzin sintieran la emboscada que les esperaba al final del conector. Se habían abierto camino hacia abajo en los pasillos de mantenimiento que corrían por debajo de nivel de la explanada del centro de pasajero. Donde antes Talzin había sido incapaz de llevar a cabo sus magias, sus poderes para alterar el agua aparentemente no estaban afectados por la tecno-esterilidad del resto de la estación.
Talzin continuó haciendo pases mágicos con una mano, mientras que con la otra buscó en las profundidades del un bolsillo de su túnica. Murmurando en dathomiri, sacó una ampolla cristalina y comenzó a arrojar su contenido ámbar en las nubes de vapor sobrecalentado. Gesticulando con ambas manos, hizo que las nubes se arremolinaran, dirigiéndolas más rápidamente hacia arriba, como si potentes ventiladores soplasen desde abajo.
Los cuatro esperaron hasta que desde arriba se oyeron toses y arcadas, y luego se dirigieron hacia el extremo del andamio y subieron una escalera que accedía al hangar superior.
Víctimas de la niebla soporífera y casi impenetrable de Talzin, los soldados del señor de la guerra andaban tropezándose como si estuvieran ebrios o se doblaban sobre sí mismos y vomitaban en cubierta. Las dos Hermanas de la Noche se metieron en medio de ellos con sus espadas parpadeando. Los pocos weequay y siniteens que no habían sucumbido totalmente a la extraña mezcla de Talzin abrieron fuego con sus blásters, pero fueron rápidamente abatidos por las espadas. Dejando la esgrima a las dathomiri enmascaradas, Maul irrumpió en la retaguardia de los hombres del vollick con puños y pies, golpeando cuerpos y rompiendo huesos mientras se abría paso hasta el propio señor de la guerra. Desde fuera de la niebla llegó una lluvia de fuego de los defensores más cercanos al vollick, lo que obligó a Maul a arrojarse a la cubierta, sangrando por un disparo que había rozado su brazo derecho. Poniéndose de nuevo en pie, volvió a la carga, pero para entonces el señor de la guerra y sus principales lugartenientes se habían batido en retirada a través de una de las salidas. Sólo la voz de Talzin impidió a Maul salir en su persecución.
-¡Nuestra nave! -gritó.
Ondas de sus manos causaron que la niebla extendida se fundiera en una esfera líquida, que luego estalló con una sola pasada mágica, duchando la cubierta con agua. Retirándose el respirador del rostro y tirándolo a un lado, señaló en la dirección donde estaba estacionada la nave.
-¡Rápido!
Talzin no esperaba que Maul hiciera caso a sus órdenes, y se preguntó mientras corría por qué estaba corriendo con ellas. ¿Realmente pretendía acompañarlas a Dathomir? Había empezado a dudar de que tuviera el poder para dominarle una segunda vez, o para convencerle para que fuera con ellas. Entonces, ¿qué había cambiado? ¿Acaso el combate había forjado algún tipo de conexión primaria? ¿O estaba dispuesto a aceptar su destino, a pesar de lo que había dicho acerca de haber percibido la presencia de su Maestro?
Corriendo por el hangar, vieron que la cubierta estaba llena de weequays caídos. Ninguno de los cuerpos descoloridos mostraba evidencia de heridas evidentes, pero para un soldado estaba claro que estaban muertos. Era evidente que el vollick los había desplegado para evitar que Talzin y el resto llegasen a la nave espacial. ¿Podrían haberse vuelto unos contra otros? Apenas tuvo tiempo de pensar en ello cuando vio que Maul se detenía bruscamente y cayó de rodillas, con la cabeza gacha.
-Maestro –le oyó decir Talzin.
Un humano apareció a la vista. De estatura media, vestía una túnica oscura cuya capucha cubría su cabeza, ocultando su rostro. Talzin podía sentir su poder, no sólo en la Fuerza, sino en el lado oscuro, como lo conocían algunos. Incluso las Hermanas de la Noche podían sentir el poder del hombre, y dieron un paso atrás con incertidumbre, apuntando a la cubierta con sus arcos de energía. Durante un largo momento, él y Talzin se miraron en solemne silencio. Entonces el hombre de la túnica señaló a Maul.
-Su lugar no está en Dathomir -dijo en básico, haciendo pesar el significado de sus palabras-. Él es mío.
Talzin recordó lo que había dicho la Hermana de la Noche Kycina acerca de haber entregado al pequeño Maul a un humano distinguido y poderoso.
-Entonces no lo abandonaste sin más en manos del falleen.
-Al contrario -dijo.
Talzin echó un vistazo a Maul.
-Le has entrenado bien.
En las sombras que producía la capucha levantada de la túnica, el afeitado labio superior del hombre se curvó.
-No necesito que verifiques lo que sé que es cierto, mujer.
-Por supuesto -dijo, aunque sin una pizca de disculpa.
El hombre señaló la nave de Talzin.
-Encontrarás el cuerpo de tu Hermana de la Noche caída a bordo.
Talzin inclinó la cabeza en señal de gratitud.
El hombre introdujo las manos dentro de las mangas opuestas de su túnica.
-Ahora, marchad de aquí antes de que cambie de opinión.
No acostumbrada a recibir órdenes, Talzin vaciló, pero no por mucho tiempo, y al final hizo un gesto a las Hermanas de la Noche para que subieran a bordo de la nave. Junto a ella, Maul seguía de rodillas, con la cabeza baja. Con aire casual, ella permitió que su mano izquierda pasase rozando la herida sangrienta que Maul tenía había abierta en el brazo. Luego se dirigió, cojeando ligeramente, a la rampa de embarque. Allí se llevó la mano izquierda a uno de los talismanes que colgaban de su cuello, e impresionó la sangre de Maul sobre él.
Con esto, siempre sabré dónde encontrarte.
Dedicando una última mirada al Maestro de Maul, subió la rampa de embarque y desapareció en la nave.
Cuando la nave se hubo marchado, Sidious se dirigió a una ventana de observación que dominaba la multicolor silueta de Orsis. Maul le siguió, dejándose caer en una postura de rodillas y esperando a que hablara su Maestro.
-Lo hiciste bien, Maul -dijo Sidious al fin-. Me agrada que mostrases contención y no traicionases nada de tu profunda formación en el lado oscuro de la Fuerza.
-Lo hice con la esperanza de convertirme algún día en su aprendiz -dijo Maul.
Sidious apartó ligeramente la mirada de las vistas y miró hacia abajo, a Maul.
-Entonces considérate un paso más cerca.
Mutilar dejó escapar el aliento, aliviado.
-Gracias, Maestro.
Sidious se alejó de la ventana.
-Ha llegado el momento de que aprendas algunas cosas acerca de la naturaleza de nuestra empresa. Como te dije, llevo más años de los que tú has vivido poniendo en marcha las etapas de un Gran Plan... un plan en el que podrás desempeñar un papel si sigues demostrando tu valía y tu permanente lealtad. Debes saber, sin embargo, que este plan no fue concebido completamente por mí, y de hecho ha estado fabricándose durante un milenio. Surge de la mente de muchos seres, todos los cuales sirven a una gran tradición. -Hizo una pausa para mirar a Maul-. Una tradición de mucha mayor importancia que la hermandad dathomiri de la que Talzin seguramente te habrá hablado. Es la tradición de la antigua orden conocida como los Sith.
Maul entrecerró los ojos, pensando.
-Me habló de los Sith cuando yo era joven, Maestro.
-Lo que te he ocultado desde entonces es que yo soy el Señor Sith, Darth Sidious. Mi Maestro me confirió tanto el nombre como el título, y, cuando lo estime oportuno, es posible que algún día yo te conceda el mismo honor.
Maul tragó saliva.
-Me esforzaré por demostrarle mi valía, Maestro.
-Sí, lo harás -dijo Sidious, y luego añadió-: A partir de ahora voy a empezar a guiarte en los caminos de los Sith, y poco a poco te permitiré aprender algunas cosas sobre mi alter-ego, y sobre nuestro propósito final. Por ahora, bastará que sepas que somos adversarios de la República, y enemigos jurados de la Orden Jedi. Será nuestra tarea para ver derribada a la primera y a estos últimos borrados de la galaxia. Aunque yo seguiré siendo la mano que lo guíe todo, te corresponderá a ti ejecutar misiones que podrían representar un riesgo para mi posición si se descubriera el verdadero propósito de nuestras acciones.
El corazón de Maul latía con fuerza.
-Nada menos que la perfección será suficiente, Maul -dijo Sidious-. ¿Comprendes?
-Comprendo, Maestro.
-Entonces pongamos eso a prueba, ¿de acuerdo?
Maul levantó la vista.
-¿Otra prueba?
Sidious frunció el ceño.
-¿Otra?
-¿Como la que planeaste con Madre Talzin?
Sidious le sonrió débilmente.
-Lo que pasó en Orsis y a bordo de esta estación no se puso en marcha por mi mano, Maul. De hecho, fuiste traicionado por alguien que le dijo a Talzin dónde encontrarte, y luego la apoyó y colaboró en su plan para capturarte.
Maul abrió sus ojos como platos.
-¿Se puede saber la identidad de quien me traicionó, Maestro?
Sidious lo pensó. Finalmente dijo:
-Meltch Krakko.
Maul quedó boquiabierto por la sorpresa.
-¿Lo sabía Trezza, Maestro?
Sidious negó con la cabeza.
-Trezza no sabía nada. Sin embargo, me temo que no seamos capaces de contener el daño que se ha causado. El mandaloriano sabe demasiado, y aunque siempre he confiado en Trezza, no podemos arriesgarnos a que se extiendan rumores sobre tu desaparición y todo lo que pasó a continuación. -Se quedó en silencio, tocándose la barbilla-. Yo me encargaré del señor de la guerra vollick. Pero será tarea tuya ocuparte de Trezza y los demás en la escuela.
Maul le miró confundido.
-Tienen que morir, Maul. Instructores y aprendices por igual, hasta el último de ellos.
El corazón de Maul quedó convertido en piedra.
-Vivo para hacer tu voluntad, Maestro.
Sidious asintió.
-Y mientras lo hagas, seguirás viviendo.

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