jueves, 20 de septiembre de 2012

El último en pie

El último en pie
Jude Watson

A veces hablaba con él en su cabeza. Discusiones más airadas que las que habían tenido. Conversaciones en la que explicaba, de Maestro a Padawan, por qué había hecho lo que había hecho. Palabras sencillas que conseguían decir todo lo que había querido decir, pero más claramente de lo que nunca había sido capaz de decirlo. En estas conversaciones, Anakin escuchaba y comprendía.
Por supuesto, estaba hablando con un fantasma. Anakin Skywalker estaba muerto.
Obi-Wan Kenobi cerró la puerta de su vivienda en Tatooine y se tapó la nariz y la boca con la capa para bloquear la arena levantada por el viento. Comenzó a caminar cruzando las dunas vacías. Los soles estaban comenzando a ascender en el cielo, pero el aire aún tenía el frío de la noche.
La galaxia estaba en manos de un Sith. Los Jedi habían sido completamente destruidos. Se decía a sí mismo estas cosas, pero había momentos en los que todo aún parecía imposible, a pesar de que había estado en el centro de todo ello. Había visto de primera mano muchos de esos acontecimientos y descubrir el resto había sido como recibir puñetazos en su cuerpo.
Anakin seguía vivo en la mente de Obi-Wan. Obi-Wan estaba ligado a él con tanta intensidad que esperaba que su aprendiz apareciera caminando sobre una de esas dunas móviles y le sonriera de nuevo. O le frunciera el ceño. Aceptaría cualquier cosa. Cualquier estado de ánimo, cualquier desafío. Sólo por verlo de nuevo.
Cada día y cada noche violaba todos los principios que los Jedi le habían enseñado acerca de permanecer en el momento presente, acerca de la aceptación. Repasaba cada discusión, cada conversación, para encontrar la llave que debería haber girado con el fin de descubrir los secretos del corazón de Anakin.
¿Por qué había pasado al lado oscuro? ¿Cuándo sucedió? El Anakin que conocía y amaba no podía haberlo hecho. Algo se había torcido en él, y Palpatine lo había explotado de alguna manera. Obi-Wan sabía que descubrirlo no iba a cambiar nada, pero no podía dejar de revivir los mismos hechos, una y otra vez. Las oportunidades que había perdido, las cosas que había visto, las cosas que no.
Obi-Wan llegó a la cima de las dunas y comenzó la caminata hasta las salinas. Se había acostumbrado a la tierra que se desplazaba constantemente bajo sus pies. Había aprendido cómo seguir adelante incluso cuando el mismo suelo que pisaba se enfrentaba a su progreso.
Anakin siempre había odiado la arena. Era una de las muchas cosas acerca de su padawan que Obi-Wan entendía mejor ahora que Anakin estaba muerto. Ese era el terror de perder a alguien: La comprensión llegaba demasiado tarde.
Cuando era un niño, Anakin podía caminar a través de una tormenta de granizo tan fuerte le cortaba la piel. Podía caminar kilómetros y kilómetros bajo el calor abrasador de tres soles. Podía sumergirse en un lago salpicado de témpanos de hielo... pero se quejaba amargamente si tenía arena en sus botas.
A Obi-Wan tampoco le gustaba la arena, pero estaba agradecido por la ausencia de color. No consideraba que el planeta fuera hermoso, así que al menos no sentía ninguna pérdida cuando viajaba a través del paisaje. Él antes había amado los verdes intensos de los bosques, los azules profundos de los lagos y los mares. Ahora todo se mezclaba con todo lo demás, meseta, acantilado, colina, camino. No había vegetación para refrescar los ojos, ni explosiones repentinas de flores para sorprenderte con una nueva apreciación de la vida. Él no quería apreciar nada. Él quería un sitio sin color, con luz plana y sombras oscuras. Era lo que necesitaba ahora.
Cada amanecer y cada atardecer iba a la granja de los Lars. Ellos no lo veían, o, si lo hacían, no daban signos de ello. Recorría el perímetro, asegurándose de que todo estuviera bien.
Ahora sólo tenía un propósito.
Luke era un bebé en una cuna de paja, que se reía mientras Beru realizaba sus tareas con él atado a ella, sujeto a una especie de cabestrillo. Era difícil imaginar a ese bebé feliz creciendo para ser la nueva esperanza de la galaxia, pero Obi-Wan sabía que debía confiar en Yoda.
Esperaba a Qui-Gon. Yoda le había dicho que su antiguo maestro había sido tan poderoso, tan en sintonía con la Fuerza, como cualquiera que hubieran conocido. Sólo que más. Qui-Gon ahora tenía la capacidad de trascender la muerte. Se había entrenado con los antiguos Whills, y entrenaría a Obi-Wan.
Pero Qui-Gon no le había hablado. Sólo existía el sonido del viento.
Obi-Wan se acercó a la Fuerza para encontrarlo, pero sólo encontró la débil agitación de un mundo estéril. Era extraño vivir en una galaxia ahora que no había Jedi en ella. No se había dado cuenta de que antes sentía una zumbante presencia, viva con las capacidades de la Fuerza de sus compañeros Jedi. Se había alimentado de ella, y él ni siquiera lo había sabido.
Obi-Wan subió a un acantilado con vistas a la granja de los Lars. Conocía la rutina de Owen Lars, quien esperaba a la primera luz del día para comprobar los vaporizadores. Owen y Beru –con Luke colgando seguro en su costado- salieron juntos, él para comprobar el perímetro, ella a recoger las setas que se aferraban a la humedad que perlaba sus exteriores. Había poca comida fresca en Tatooine, y las setas eran muy apreciadas.
Beru, por supuesto, era perfectamente capaz de recoger las setas por su cuenta, pero Obi-Wan sabía por qué Owen insistía en ir con ella. Fue en una búsqueda matutina de setas cuando la madre de Anakin, Shmi Skywalker, había sido capturada por un grupo de moradores de las arenas. Capturada y torturada durante un mes. Ella había muerto en los brazos de Anakin. Eso era todo lo que sabía.
Obi-Wan estaba tumbado en el suelo, lo suficientemente lejos para que incluso los agudos ojos de Owen no pudieran distinguirle, pero lo suficientemente cerca para que pudiera llegar junto a la familia en caso de que apareciera un grupo atacante. A pesar de la presencia de un rifle desintegrador en el hombro de Owen, Obi-Wan no se arriesgaba con moradores de las arenas. Eran tribus sin piedad ni escrúpulos, que robaban lo que necesitaban para sobrevivir y se complacían en su brutalidad.
Obi-Wan sintió que algo andaba mal antes de que Owen lo hiciera. Cogió los electrobinoculares que colgaban de su cinturón y se los llevó a los ojos. Echó un vistazo a la extensión de llanuras de arena y sal. Algo faltaba...
Los vaporizadores. Los electrobinoculares se sacudieron conforme ObiWan buscaba, pasando de una posición a otra y viendo sólo montones de arena y un juego de serpenteantes pisadas de bantha. Los moradores de las arenas viajaban en fila india con el fin de confundir a sus perseguidores.
Owen y Beru estaban de pie, hombro con hombro, mirando los lugares donde deberían haber estado sus vaporizadores. Esos dispositivos les proporcionaban agua, la suficiente para hacer funcionar la granja y la suficiente para venderla y salir adelante. La pérdida era un duro golpe.
Abandonando su promesa de no interferir, Obi-Wan saltó con la Fuerza desde el acantilado y caminó los últimos metros hasta donde Owen y Beru estaban de pie.
Observó cómo Beru se acercaba un poco más a Owen y se volvía ligeramente, protegiendo al bebé de Obi-Wan. No era que ella no confiara en él, exactamente. Él le había entregado a Luke a ella, había colocado al bebé en sus brazos. Pero tal vez, en su mente, la preciosidad de ese regalo hacía que fuera más probable que se lo arrebataran.
-Están de vuelta otra vez -dijo Owen-. Son ellos.
No quiso decir su nombre, pero Obi-Wan sabía que se refería a los moradores de las arenas.
-¿Cuántos vaporizadores has perdido? –preguntó Obi-Wan. Su voz sonó como un cauce seco. No había hablado con nadie en meses.
-Tal vez veinte -contestó Owen.
-Oh, Owen -suspiró Beru-. ¿Qué vamos a hacer?
Owen miró a lo lejos.
-Recuperarlos.
-No -dijo Beru-. Vamos a olvidarlo.
-No podemos sobrevivir este año sin ellos -dijo Owen-. ¿Quieres que nos muramos de hambre?
-Encontraremos un camino -dijo Beru-. ¿Cómo puedes pensar en ir tras los moradores de las arenas, después de lo que le hicieron a tu madrastra y a tu padre? ¡No puedo perderte a ti también!
Cliegg Lars había perdido una pierna en el ataque destinado a rescatar a Shmi. Obi-Wan sabía que finalmente había muerto por heridas, más tarde, durante las Guerras Clon.
-¿Qué quieres que haga, entonces? –estalló Owen. Su frustración y su ira resonaban en su voz, y Obi-Wan podía oír el tono de pánico subyacente.
Beru se aferró a su brazo.
-Olvídalo –suplicó-. Probablemente ya los hayan desmontado y vendido las piezas a los jawas como chatarra.
-¿Y ahora voy a tener que volver a comprar mis propios vaporizadores? –La boca de Owen era una delgada línea de determinación-. Voy a hablar con los demás agricultores. Saben que si uno de nosotros es atacado, todos estamos en peligro. Voy a visitar hoy todas las granjas. Estaremos en marcha mañana con la primera luz.
-Empezaréis una guerra.
-Una guerra que ellos comenzaron.
Obi-Wan vio la angustia en el rostro de Beru. A pesar de su valentía e ingenio, Owen no era rival para los bandidos, y ella lo sabía. Las lecciones que Obi-Wan había aprendido de Qui-Gon le inundaron: cómo conectarse a la Fuerza Viva, cómo leer lo que alguien está sintiendo.
Mira sus ojos, sus manos, su postura. Escucha lo que no llegará a decir. Siente la vibración en la Fuerza y léela.
Estaban desesperados y asustados. Eran jóvenes e inexpertos. Cliegg estaba muerto, y él había sido el baluarte entre ellos y la dureza de esta vida. Ellos todavía no habían encontrado su ritmo aquí sin él. Beru provenía de tres generaciones de granjeros de humedad. Conocía esta vida y la amaba. Owen tenía que ser fuerte por ella. No podía arriesgarse a perder la granja. Su furia y determinación le harían ir demasiado lejos.
-Puedo ayudaros -dijo Obi-Wan.
-Sin ánimo de ofender, Ben -dijo Owen-, pero puedo cuidar de mí mismo.
Beru deslizó su mano por la de Owen, y se alejaron hacia la granja.
Y si Owen perdía la vida, se preguntó Obi-Wan, ¿qué pasaría con el bebé?
Yoda no le había dado ningún parámetro. Sólo proteger al niño. Asegurarse de que llegaba a la edad adulta.
Los moradores de las arenas no podían haber ido muy lejos. Tenía un día para actuar.
Recuperaría los vaporizadores él mismo.

***

Los moradores de las arenas no eran fáciles de rastrear. Se movían en fila india y usaban zigzags, falsos giros, y aparentes callejones sin salida para confundir a los rastreadores. A pesar de que conocía sus trucos, Obi-Wan todavía tenía problemas para seguir el rastro. No dejaba de perderlo y tenía que volver sobre sus pasos.
No son los moradores de las arenas los que te lo impiden. Es tu propia concentración.
Eso era lo que Qui-Gon le diría, y tendría razón.
Obi-Wan llegó a un cañón que estaba marcado con una serie de serpenteantes cauces secos. Mientras sus ojos analizaban el terreno en busca de cualquier signo de guijarros perturbado o impresiones de pezuña de bantha parcialmente borradas, una parte de su mente vagó al pasado.
Anakin había hecho exactamente esto. Había seguido con éxito al grupo de bandidos que había secuestrado a su madre, a pesar de que Shmi llevaba mucho tiempo presa. Él la había encontrado, pero era demasiado tarde. Había llevado su cadáver de vuelta a la granja de los Lars.
¿Qué más había hecho allí? Obi-Wan no lo sabía. Sólo sabía que desde ese día, una sombra empezó a engullir a Anakin, algo que Obi-Wan no podía penetrar. Había intentado hablar con Anakin acerca de ello, pero su padawan había esquivado sus preguntas. Ahora se daba cuenta de que Anakin había empezado a confiar en Padmé en vez de en él. Se habían casado en secreto, y el matrimonio había sido parte de la razón por la que Obi-Wan sentía una brecha entre él y su padawan. Si Anakin le hubiera hablado de la unión, él lo habría entendido. No aprobado, pero sí entendido.
Él también había sentido la tentación una vez. También había amado. Si tan sólo Anakin hubiera confiado en él.
Si tan sólo...
¿Y por qué no lo había hecho? Porque Obi-Wan le había fallado. Si hubiera sido un maestro mejor, si hubiera tenido más de la amabilidad y sabiduría de Qui-Gon... Anakin se le habría acercado, se habría sentido libre para decir lo que pensaba o sentía...
Si...
Habían volado juntos, ala con ala. Habían confiado el uno en el otro. Él era más atrevido cuando Anakin estaba con él. Anakin le había enseñado a asumir riesgos.
Pero al final lo había perdido todo.
¡Te odio!, le había gritado Anakin en la ladera volcánica. Retorciéndose de dolor en la arena negra, mientras el río de lava ardía tras ellos.
Ahí era donde Obi-Wan volvía siempre. A esa visión de odio. Porque no importaba cómo Palpatine hubiera corrompido a Anakin, no importaba cómo el lado oscuro lo había poseído, no importaban las decisiones que hubiera tomado en el calor de su furia; había sido el aprendiz de Obi-Wan y terminó por odiar a su Maestro. Y eso era el fracaso de un Maestro.
El paisaje se desvaneció y Obi-Wan vio las cenizas negras de Mustafar. Notó el sabor a ceniza en su boca y el fuego en sus pulmones.
Nunca había esperado, en todas sus misiones, en todos sus viajes, probar la profundidad de ese tipo de fracaso, la agonía de ese dolor.

***

Podía ver las lunas alzándose. Sabía que estaba cerca, pero ahora estaría demasiado oscuro para seguir. Obi-Wan se detuvo y miró hacia arriba con frustración, a la primera estrella que se hizo visible sobre su cabeza. Fue entonces cuando lo oyó... un sonido suave, un sonido agudo... niños llamando.
Se dejó caer de rodillas y se refugió detrás de una roca. Podía oír a los niños de los moradores de las arenas, llamados uli-ah, correr con palos en sus manos. Fingían que los palos eran gaderffi, los bastones que los tusken usaban como armas. Uno extremo era un pincho mortal untado de veneno, el otro garrote con púas. Con gritos guturales, los niños utilizaban la piedra tras la que se acuclillaba como prácticas de tiro. Podía sentir el estremecimiento de los golpes a través de la roca sólida. Entendía por qué los moradores de las arenas eran tan feroces guerreros. Se entrenaban, desde el momento en que podían caminar, en cómo matar.
Obi-Wan siguió a distancia a los uli-ah y, después de trepar por una duna, vio el campamento. Las tiendas urtya, hechas de pieles de animales y palos, formaban un círculo. A un lado, había banthas atados a los postes fabricados con chatarra.
Los bandidos se destacaban por sus habilidades como centinelas. Sabían cuándo alguien se acercaba a su campamento. Nadie sabía si era su sentido del olfato, o la vista, o una capacidad de adivinar cambios en las corrientes de aire, o alguna habilidad extrasensorial. Sin embargo, un Jedi sabía cómo deslizarse suavemente por el mundo, cómo moverse a través del aire y por la tierra sin dejar rastro. Obi-Wan era sólo otra sombra más en la oscuridad.
Los olores y los sonidos de la preparación de la cena llegaron hasta él. Bien. Estarían distraídos. Los moradores de las arenas no eran sociables, ni siquiera entre ellos mismos. Cada familia se retiraría a su propia tienda. Allí comerían su comida y luego se retirarían.
Había aprendido acerca de los moradores de las arenas poco después de su llegada. Los hombres luchaban. Las mujeres mantenían el campamento. No invitaban a los demás en sus tiendas familiares. Su necesidad de ocultación rayaba la obsesión. Si un bandido Tusken dejaba ver su piel, sería expulsado o asesinado. Así que en este momento no estarían rondando. Las familias estarían recogidas.
Obi-Wan avanzó de refugio en refugio, pisando ligeramente. Si los vaporizadores estaban aún intactos, esperaba tener suerte y que estuvieran a la intemperie y sin protección.
Pero no tuvo suerte. Divisó un centinela delante de una de las tiendas.
Se pegó a la piel de la tienda y activó su sable de luz. Sentía el zumbido en su mano, el peso familiar. Cortó una abertura en la parte posterior y entró.
El botín de las incursiones abarrotaba la tienda, paquetes de tela, metal, un droide medio desmontado por piezas. Los vaporizadores estaban apilados en el centro de la tienda. Obi-Wan dejó escapar un lento suspiro. No habían sido desmantelados. Estaba de suerte.
No quería pelear una batalla. Sólo quería sacar de allí los vaporizadores. Pero necesitaba un bantha para llevarlos. El problema con los banthas era que no se podía contar con que mantuvieran la boca cerrada.
Tendría que correr el riesgo.
Los banthas estaban atados a veinte metros de distancia. Deslizándose entre las sombras, se acercó a ellos. Los miró por un momento, dejando que la Fuerza hiciera su trabajo. Eligió un bantha y puso una mano en su costado. Sintió cómo se estremecía, y luego se relajaba. Metió mano en el bolsillo para sacar el liquen que había recogido en el camino y dio de comer a la bestia.
Luego lo condujo de vuelta, más cerca de la tienda. Debería ser capaz de cargar todos los vaporizadores en una bestia. Por suerte, los banthas eran capaces de transportar cargas pesadas.
Audacia. Eso es lo que Anakin alentaría.
Moviéndose rápidamente, Obi-Wan transportó los vaporizadores, cuatro cada vez, a las alforjas que colgaban del lomo del bantha. No hizo el menor ruido. El bantha se quedó callado mientras le daba de comer más pedazos de liquen de su bolsillo.
Casi había terminado cuando la Fuerza le advirtió, activando una alarma. Detrás de él, el gaderffi giró, con el extremo del garrote claveteado dirigiéndose a su cráneo. Obi-Wan saltó hacia un lado, con el sable de luz activado y en su mano. Golpeó el bastón gaffi y lo convirtió en astillas de cuerno y metal humeante. El bandido Tusken dejó escapar un aullido de furia y desafío.
El grito fue respondido por otros.
Los hombres salieron corriendo de sus tiendas. Obi-Wan giró en un lento círculo. Levantaron sus gaderffi por encima de sus cabezas, gritando con terribles aullidos que podrían congelar la sangre a cualquiera que tuviera la mala suerte de estar lo bastante cerca para escucharlo.
Podía leer su confianza en sus posiciones idénticas. No había necesidad de apresurarse. Era una figura solitaria contra muchos. Lo tenían. Disfrutarían de esto.
Luego, con sorprendente rapidez, fueron hacia él. Los bastones gaffi giraban. Saltó y se retorció, haciendo bajar una y otra vez su sable de luz, arremolinado en un arco de luz. Dio un salto, dando una patada con sus botas a un bandido, que cayó al suelo con un grito estrangulado de rabia. Mientras caía, Obi-Wan agarró el bastón gaffi.
Era más de lo que habían esperado, pero no estaban intimidados. Podía oler su sed de sangre. Él sólo los estaba enfureciendo.
El estilo de lucha de Obi-Wan había sido siempre de evasión y engaño. Sus batallas de más éxito se basaban en su capacidad para desviar el ataque y sorprender a su oponente. Rara vez dependía de la fuerza bruta para conseguir la victoria.
Anakin le había enseñado acerca de la agresión.
Sabía que esto era lo que los moradores de las arenas entenderían. Entendían la necesidad; vivían por ella. No cultivaban o fabricaban cosas o compraban cosas. Ellos atacaban y robaban, y sobrevivían.
El tiempo se ralentizó. Miró sus rostros, ocultos por sus intencionadamente aterradoras máscaras. Oscuros agujeros redondos para los ojos, bocas compuestas por fragmentos de metal alrededor de una profunda brecha. Ni una mota de la piel o carne a la vista. Eso les ablandaría demasiado, les haría parecer seres vivos, los conectaría, de alguna manera, a las formas de vida a su alrededor. Ellos querían ser distintos. Querían parecer la muerte andante.
El asco le dejó sin aliento. Los moradores de las arenas no hacían nada y no devolvían nada. Simplemente se aprovechaban de los débiles. Los granjeros de humedad, que trabajaban en jornadas agotadoras, eran atacados en incursiones que a menudo terminaban en muerte y completa destrucción. El robo de los vaporizadores de la granja de Owen y Beru les traería terribles dificultades.
Habían torturado a la madre de Anakin durante un mes. Sólo para poner a prueba su determinación. ¿Era de extrañar que a Anakin le hubiera quedado una herida tan profunda y enconada?
Podía hacer esto por Anakin. Su padawan había muerto, su hermano, su hijo, su amigo. Podría ofrecerle esto. Una terrible rabia desatada. Venganza. Venganza contra los seres en el mundo con tanta oscuridad en su interior que la vida no significaba nada para ellos. Devoraban la vida y la esperanza. Esto era con lo que contaban los Sith, con seres como éstos.
Se habían apoderado de la galaxia. Habían ganado.
Pero no aquí. Hoy no.
Se detuvo. Su quietud les intrigaba. Sostuvo su sable de luz de un modo que cualquier Jedi reconocería como el comienzo de una agresión. No tenía la menor vacilación, ninguna duda de que podía derrotarlos a todos, destruir ese campamento y destruir cada aliento de vida en él.
Sintió que su ira crecía, y se complació en ella. Estaba creciendo dentro de él y borrando todo lo demás. Quería dejarse llevar. No quería ser cuidadoso. Él sólo quería el calor de la satisfacción.
No te conviertas en tu enemigo.
Qui-Gon era como estática en su cerebro. No quería escucharlo. No quería recordarlo en estos momentos.
Pero el recuerdo era demasiado fuerte.
La compasión de Qui-Gon había sido infinita. Su Maestro había sido impaciente, eso estaba claro. Podía ser brusco. Sin embargo, su conexión con la Fuerza Viva nunca había flaqueado. No quitaba la vida si había una alternativa.
La alternativa.
¿Qué era lo que Qui-Gon siempre decía? Si conoces su debilidad, puedes derrotar a tu enemigo. Exponerlos por lo que son.
La rabia todavía estaba allí, pero él le volvió la espalda. Extendió la mano a lo que conocía y atesoraba: la Fuerza. Estaba ahí, incluso en ese lugar de oscuridad, de profunda maldad. Saltó por encima de las cabezas de los bandidos Tusken, enfureciéndolos. Ellos trataron de golpearle con sus gaderffi, fallándole por apenas un centímetro.
Llamó a la Fuerza y esta se arremolinó a su alrededor, impulsándole sobre las tiendas. Mientras volaba sobre ellas, blandió su espada de luz dando sablazos hacia abajo, una, dos, tres veces, y luego aterrizó y saltó de nuevo. Las tiendas se derrumbaron en una ráfaga con un estruendo de palos.
Las mujeres y los niños parpadearon. Algunas de las mujeres no llevaban sus máscaras o sus guantes. Gritaban y arañaban la arena, tratando de enterrarse. Algunas lanzaron lonas sobre sus hijos. Estos gemían y aullaban con la vergüenza de su desenmascaramiento.
Obi-Wan aterrizó. Se aprovechó de la reacción de asombro de los hombres. Usando el bastón gaderffi que había arrancado de las manos de un bandido Tusken, se lanzó al ataque, golpeando a los cinturones de accesorios y a las máscaras. En sus manos el bastón se volvió tan elegantemente preciso como el escalpelo de un droide médico. Las ropas que los envolvían se desprendieron, los cráneos quedaron expuestos, los dedos, las extremidades.
No podían luchar ahora. Sus siglos de normas y rituales derrotaban a su necesidad de atacar. La exposición significaba la muerte. Los hombres corrieron a sus tiendas para proteger a sus mujeres, para encontrar refugio.
Obi-Wan supo que él era ahora algo más que un rival que se atrevía a invadir el campamento. Se había convertido en algo sobrenatural, un espectro que había hecho volar por los aires el ocultamiento que tanto apreciaban, más feroz que cualquier viento. No tenía ninguna duda que las noticias de este hecho se extenderían entre las tribus. Tal vez le conseguiría un grado de misticismo que le ofreciera un grado de protección. Ahora serían más cautos con él.
Saltó al bantha y le hizo galopar, con los gritos de los expuestos resonando en sus oídos.

***

Llevó los vaporizadores a Lars y a Beru esa misma noche.
No esperaba nada, pero la frialdad de la respuesta de Owen le sorprendió. Su rostro era frío como un témpano mientras miraba a los vaporizadores. Beru se quedó atrás. Podía ver la batalla de las emociones en su rostro a la luz de la puerta abierta de la casa. Se sentía aliviada porque Owen no tendría que luchar, pero no quería deberle un favor a Ben Kenobi.
-Te dije que te quedaras al margen -dijo Owen.
-Era algo que podía hacer -respondió Obi-Wan.
-No es que no estemos agradecidos -dijo Beru-. Es que...
-Podemos hacernos cargo de nuestra propia granja -completó Lars-. Aquí somos una familia.
Estaban muy juntos, con Luke entre ellos, acurrucado contra el cuerpo de Beru. Obi-Wan vio con claridad repentina los dedos del bebé, pequeños y perfectos. Abrió la boca e hizo un sonido de bebé, algo así como un gemido, un sonido que Obi-Wan no sabía cómo interpretar. La Fuerza Viva era una cosa. Los bebés otra muy distinta.
Beru extendió un dedo, y Luke lo agarró, haciendo, esta vez, un sonido Obi-Wan reconoció como satisfacción.
-Me iré -dijo Obi-Wan.
Rígidamente, Owen Lars inclinó la cabeza.
-Gracias -dijo bruscamente.
Obi-Wan dio la espalda a la puerta abierta. Salió de la casa y caminó lejos. La arena trataba de tragarse sus botas. Sintió que el viento cobraba fuerza del modo repentino al que se había acostumbrado en Tatooine.
La arena chocaba contra sus mejillas. Esta era ahora su vida. Proteger a un bebé que no lo conocía, que tal vez nunca lo conociera. No tener a nadie a su lado, nunca más. No ser Maestro de nadie, no tener su vida ligada a nadie.
Convivir con recuerdos con los que no podía vivir. Mantener el recuerdo de Anakin como fuego vivo en sus entrañas.
Levantarse todos los días, mantenerse en pie, ver, vivir, cuando tantos habían muerto.
Y seguir caminando.

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